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domingo, 10 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 2)


Nostalgias sin demasiada utilidad al margen, y si se mira seriamente el asunto con algo de perspectiva no habrá mucha dificultad en ver que, por encima de todo, La guerra de las Galaxias ha sido, es y será siempre una inmensa máquina de hacer dinero. Al margen del mayor o menor equilibrio y frescura de su primera trilogía, de los mayores o menores aciertos de aquel desbarajuste que fue la trilogía de precuelas entre 1999 y 2005, el único análisis posible a la hora de evaluar esta franquicia ha sido, es y será siempre el del dinero. Y en ese sentido, el éxito ha sido tan indiscutible, no solo por los datos en taquilla, que también, sino por ese fabuloso concepto capitalista que es el merchandising, que lo raro era que Star Wars permaneciera en el limbo de los justos. Esta gallina tenía que moverse para producir más huevos de oro, y vaya si lo ha hecho.

La adquisición de Lucasfilm por parte de Disney hace ya tres años fue todo un golpe de efecto en la industria de Hollywood, y puso sobre la mesa una nueva realidad a la que nos tendremos que acostumbrar en los próximos años, como es la presencia, casi anual, de películas y todo tipo de productos relacionados con esta franquicia. La invasión ya ha empezado, pero para el estreno del Episodio VII: El despertar de la fuerza, será algo imparable.

En cuanto a la película, no hay mucho que decir. Tanto el avance publicado hace meses como el tráiler oficial que apareció hace un par de semanas nos dejan ver realmente poco de lo que nos aguarda. La presentación de algunos personajes nuevos y el retorno de otros clásicos, como Han Solo o Chewbacca, nos hacen presagiar un complejo equilibrio donde estos deberán dar paso a aquéllos para hacer que la transición generacional sea todo lo suave que se pueda. Que nadie va a quedar contento ya se lo digo yo, al margen de lo que haga el nuevo director (J.J.Abrams). Y sí, es cierto que muy mal tendría que hacerlo para bajar el listón más de lo que ya lo dejó George Lucas con sus últimos "intentos" como director galáctico, pero insisto en que aquí lo de menos va a ser la cinta. Lo que importa es que la máquina de hacer churros ha vuelto a activarse. 

A diferencia de lo que me ocurrió en la anterior ocasión, donde me dejé llevar por la nostalgia y la expectativa de presenciar algo especial, aquí voy a rebajar el nivel al cero absoluto. Ni me dejo llevar por la emoción de los nuevos actores, que no me parecen mejores que el casting del Episodio 1 sobre el papel, ni el trailer con sus fastuosos efectos y su banda sonora añeja me levanta ceja alguna. Veamos la película y opinemos después, y ya veremos si las piezas que aquí se van dejando apuntadas encajan luego como deberían. Yo me temo que no será así, pero no sería la primera vez que me equivoco, así que...

Sí hay algunos detalles que he visto que no me gustan absolutamente nada. Para empezar, el fetichismo y la dependencia de la trilogía original que se apunta aquí, y que tanto lastró el desarrollo de las precuelas, por paradójico a nivel argumental que pueda parecer que el futuro determine el pasado. Esa imagen de la máscara de Darth Vader chamuscada huele a detalle fanboy para que los frikis de turno lloren lágrimas de cocodrilo, pero a nivel argumental es, de puro macabro, insostenible a nivel argumental. ¿Se imaginan ustedes a Luke cogiendo la cabeza de su padre, fundida con el casco del señor oscuro, y llevándosela a su casa como un alegre recuerdo para poner encima de la chimenea? Venga ya...

Miedo me da también, y del bueno, ver lo degradado que está el pobre Harrison Ford, lo que me hace temer una especie de trauma al ver en lo que se habrán convertido Mark Hamill y Carrie Fisher. Es tan fuerte la imagen que tenemos de ellos de la trilogía clásica que no sé hasta qué punto nos va a dar auténtica lástima ver cómo el paso de los años ha dejado una huella terrible en ellos. Desde luego, a mí me dio vergüenza ajena ver al contrabandista junto a su peludo amigo, rememorando su imagen clásica de la primera película, otro guiño al fetiche porque sí que me huele será solo el preludio de una larga y lamentable historia de guiños sin sentido. 

Respecto al villano de la película, un tal Adam Diver al que ya se le ha podido ver disfrazado de Sith y luciendo una absurda espada en forma de crucifijo láser, espero que tenga mejor suerte que los últimos intentos de la saga por darle un villano a la altura de Vader. Menos mal que aquella estúpida idea de clonarlo no llegó a buen puerto, que si no... En cualquier caso, y como decía antes, prefiero esperar a ver el resultado final antes de sacar conclusiones, aunque lo visto hasta ahora no promete más que nuevos dramas estelares en mi ya magullada memoria.

Total, que salvo por esos planos donde el Halcón Milenario vuelve a surcar los cielos y las estrellas, o ese fabuloso plano en que un destructor espacial yace hundido sobre la arena de un planeta desértico, todo lo que hasta ahora sabemos de la nueva trilogía me conduce a pensar que, de nuevo, se intenta vivir de un legado demasiado maltrecho, y que esto va camino de repetir el fenomenal éxito de todas y cada una de las películas precedentes, junto con el aluvión comercial que nos aguarda, que promete ser de aúpa y muy señor mío.

Sea como fuere, a mí ya no me venden más motos. Por más que me traigan a las versiones octogenarias de mis héroes de otros tiempos, el problema está en que esos tiempos se fueron ya para no volver, y labor inútil es tratar de recuperar su eco. Todo esto no son más que sombras de un pasado  más original y fresco que, por desgracia, siguen haciendo millonarios a sus (ir)responsables mandamases. La que nos espera.




martes, 5 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 1)




La infancia es el espacio donde aún la realidad no ha mostrado plenamente sus coordenadas y donde, por tanto, se pueden establecer puentes a una ficción ilusionante ya sea en forma de cuentos, mitos o leyendas. Es una época fascinante donde el aprendizaje sobre el mundo se hace en forma de parábola, de aproximación a través del juego, la imaginación o la fantasía, un espacio donde cabe casi cualquier elemento siempre que sirva a ese fin mayor de toda buena historia: disfrutar y, al mismo tiempo, darnos herramientas para encarar el futuro con mayor conocimiento de causa.

De todas las historias con las que crecí hay una, en forma de trilogía cinematográfica, que se me quedó grabada de una manera indeleble. Al margen de su mucha o poca calidad objetiva, que aquí para eso están los gustos y las edades, lo cierto es que La guerra de las galaxias ha ejercido siempre en mí un extraño poder de evocación mítica, como ha sucedido con tantos millones de espectadores de muy distintas generaciones desde el estreno de la primera película, allá por 1977. Hay algo en esa historia de héroes y princesas, de malvados hasta la médula y contrabandistas carismáticos que hace que siempre que la revisito me haga volver a ese espacio de la infancia que ya queda cada vez más lejos.

El universo creado por George Lucas se apoya en las bases del relato clásico, con su estructura de caída y redención del héroe trágico, la tutela del sabio y el ascenso hasta la cima del héroe épico. Cuenta con los elementos imprescindibles para alcanzar un guión solvente, plagado de diálogos memorables y personajes que logran atrapar al espectador, y todo ello está envuelto por la factura técnica más impresionante vista hasta entonces, una de sus señas de identidad sin lugar a dudas, y que tienen en las espadas láser o las batallas de naves espaciales dos de sus baluartes más significativos. Todo ello, unido a una producción impecable que nos lleva a mundos desconocidos y, sin embargo, reconocibles en desiertos, parajes helados o bosques impenetrables, es suficiente para armar la estructura de un relato en tres partes donde cada nuevo episodio aporta y no se limita a repetir el más grande, más alto y más fuerte.

Para mí, la gran baza de esta saga ha estado, al margen de sus efectos visuales, en sus maravillosos personajes. Tanto los principales (Han, Luke y Leia) como la inolvidable galería de secundarios encabezados por Darth Vader, el villano más asombroso que ha dado la historia del cine, son capaces de sostener la función y de empatizar con cualquier clase de público. Sus idas y venidas, sus acertadas bromas en los momentos menos oportunos y la sensación de que hay química hasta con el más insignificante extra es algo difícil de ver en otras superproducciones de corte similar, un trabajo al que contribuyó de manera decisiva Lawrence Kasdan, que tomó la batuta de guionista a partir de la segunda entrega y no la soltó hasta dejarnos a todos con la boca abierta en su impresionante final. Si bien es cierto que únicamente Luke trasciende la categoría plana que asola al resto, es más que suficiente para llevar de la mano al espectador por toda una galería de escenarios asombrosos que culminan en ese laberinto emocional que es la sala del trono del emperador.

En cualquier caso, no es únicamente la recuperación de la infancia lo que me aporta seguir viendo, cada cierto tiempo, la trilogía original: cada nuevo visitando me aporta una valoración diferente, con el tiempo. Si bien aprecio el sentido del humor y la frescura de la primera película, que tiene el mérito de sentar buena parte de las bases principales de la saga, es sin embargo en El imperio contraataca donde siento que me tiemblan las entrañas. Para mí, que he tenido siempre en lugar sagrado la relación paterno-filial, la historia de desencuentro entre Darth Vader y Luke Skywalker ha sido siempre una fuente de inspiración trágica, una reflexión sobre el destino y las decisiones, un camino de soledad donde la sombra del progenitor se alza, a un mismo tiempo amenazante y protectora. La épica explícita en cada uno de los pasos del héroe hacia su enfrentamiento final, en las mejores secuencias de El Retorno del Jedi, son para mí un punto culminante del cine de aventuras y me devuelven algunos de los mejores recuerdos de mi infancia.



Casi todos los elementos de esta trilogía, con honrosas excepciones, me han parecido siempre soberbios: desde un diseño de producción impecable y absolutamente renovador en la época, unos efectos visuales solventes y unas ideas fabulosas en cuanto a la caracterización de personajes clásicos de la cultura popular, como los ya citados o Han Solo, Yoda, Chewbacca o Boba Fett. Momentos como la batalla de Hoth, el aprendizaje en Dagobah, los duelos de espada láser o la espectacular batalla de Endor son para mí sinónimo de entretenimiento puro y duro, auténtico festín audiovisual al que la partitura de John Williams no hace sino agrandar aún más con temas tan soberbios como la marcha imperial, el tema de la fuerza o la fanfarria inicial, con la que todo el fan que se precie llora de emoción nada más escuchar sus primeros acordes.

Cuando era pequeño, adoraba también elementos que ahora me parecen más cuestionables, como esos adorables peluches llamados Ewoks o el sentido del humor que se establecía entre los androides C-3PO y su inseparable R2-D2, concesiones al público infantil que, sin embargo, y visto lo que han hecho entregas posteriores, me parece casi cine adulto. Hay elementos de las historias apenas sostenibles, como esas estaciones de combate que siempre tienen puntos débiles al alcance de los menos espabilados o esos soldados de asalto que, por imponentes que sean sus trajes, no serían capaces de acertar a un elefante aunque lo tuvieran a menos de un metro de distancia. Nada serio, ni demasiado grave, ni capaz de empañar, en cualquier caso, todas y cada una de las muchas virtudes que han hecho de la trilogía clásica el referente de culto del cine de aventuras y fantasía espacial que es en la actualidad, y al que se intenta volver sin éxito una y otra vez.

Qué duda cabe que este tipo de cine ya no tiene sentido en la época actual. Cada vez que he intentado hablar de narrativa con el ejemplo de cualquiera de estas tres películas, la reacción de mis alumnos ha sido siempre desastrosa: no soportan el lento ritmo de sus historias, se abochornan con la mayor parte de efectos visuales y no paran de quejarse de la falta de explosiones y senos turgentes, que es lo que se lleva ahora. Algo de eso debió pensar el bueno de George Lucas cuando en 1997, y de manera inexplicable, pensó que lo mejor que podía hacer con sus siguientes diez años era dedicarlos a una nueva trilogía. De esa, por suerte, nos ocupamos en la próxima entrega, si les parece bien. No es bueno manchar a los héroes de otros tiempos con las barrabasadas posteriores (o anteriores, según cómo se mire).



domingo, 29 de marzo de 2015

Cervantes y la osamenta perdida



En cierta ocasión viajé a Inglaterra con una amiga que tenía un curioso mapa lleno de referencias a cementerios. No pude menos que preguntarle el motivo de tan macabro listado, y me respondió que en aquellos lugares estaban enterrados ciertos escritores a los que ella profesaba una gran admiración como lectora. Así, en los días siguientes, una de nuestras paradas obligatorias en cada ciudad que visitábamos era la de la tumba de tal o cual novelista, poeta o dramaturgo, donde mi amiga hacía la foto de rigor y guardaba un respetuoso minuto de silencio.

Sin ánimo de menospreciar en absoluto tan curiosa iniciativa, ya que mi amiga era lectora devota y conocía al dedillo versos enteros, párrafos y diálogos de todos aquellos escritores, sí es cierto que hubo una impresión algo contradictoria en mí ante semejante afición. No es que lo viera fuera de lugar ni criticable, pero es algo que en cualquier caso yo jamás habría hecho por propia iniciativa. Como aficionado a la lectura desde que tengo memoria, como estudioso de la literatura desde que tuve algo de uso de razón y como encargado en la actualidad de tratar de transmitir su legado a las jóvenes generaciones, lo último que me importó en su momento o de lo último que hablaría ante mis alumnos es de dónde se encuentran los restos de Quevedo, Fray Luis o Garcilaso. No perdería un solo instante hablando de la fosa en la que quizá esté enterrado Lorca, y desde luego no dedicaré un solo minuto a toda esa fenomenal farándula de mercadillo en que se ha convertido el descubrimiento de los supuestos huesos de Miguel de Cervantes.

Puedo entender el interés por parte de una familia por el lugar en el que reposa tal o cual persona, al margen de su condición de escritor. Hay un aspecto esencial, de rito, en el entierro de un ser querido, y los amplios estudios sobre la memoria histórica han puesto de manifiesto en todas partes del mundo la necesidad de la gente de depositar su luto en un emplazamiento, de dejar que allí se conserve ese recuerdo que permita cerrar la herida con el tiempo.

Nada de eso tiene que ver, sin embargo, con este circo cervantino que es un auténtico despropósito se mire por donde se mire. Lo único cierto es que en este país la marca de Cervantes mueve mucho dinero, y hay un interés evidente, económico, en que existan huesos que podamos atribuir al genio de nuestra literatura para seguir sacando los cuartos a los turistas, sean de aquí o de allá. Nada de esto tiene que ver, insisto, con una obra literaria que podrá ser la segunda más publicada y traducida del mundo, cuando el hecho cierto es que muy poca gente la conoce de primera mano.

La auténtica lástima es que Cervantes y su obra son, para una amplia mayoría de los habitantes de este país, sinónimo de aburrimiento soberano. Todavía recuerdo aquel anuncio en el que un hombre esperaba en una sala para descubrir, con horror, que entre las lecturas para amenizar la espera estaban los dos volúmenes del Quijote. No he conocido todavía un solo estudiante que haya leído capítulos de la obra cervantina y haya mostrado el menor entusiasmo por ello, que vea las representaciones de su teatro y levite o que tenga el menor interés por leer la que pasa por ser una de las mayores obras de la literatura universal. Y conste que aquí hablo de estudiantes, es decir, gente que está más que capacitada para dicha lectura, que cuenta además con otras personas capaces de explicar sus puntos más oscuros; no digamos ya lo que ocurre cuando uno sale a la calle y menciona el nombre de Cervantes, porque a más de uno le falta santiguarse como si más que a un literato se hubiera mencionado al ángel caído.

A pesar de todo, y olvidándonos de osamentas perdidas que en el fondo solo aportan beneficios turísticos a quien corresponda (o no), seguiremos intentando despertar el interés por la obra literaria no solo de Cervantes y los ya citados, sino de todos aquellos que han intentado explicar con su obra el por qué del mundo, de las mentes de sus ciudadanos, de los motivos morales o no tanto de sus acciones, del funcionamiento de una sociedad que avanza a golpe de cañones, de imposiciones y de urnas de dudosa legitimidad, y que además lo hace con el nivel de prosa y verso más elevada, con el refinamiento del lenguaje más preciso y milimétrico de que es capaz un artista, un creador, que a fin de cuentas es por eso, y no por otra cosa, por lo que debemos tenerlos en la memoria y, muy especialmente, en nuestras lecturas.

(Tumba de James Joyce en Zúrich)

El mito del caos y la luz


Son ya varias las veces en que me he visto en medio de una conversación política a lo largo del último mes con un tema casi exclusivo, la regeneración política de España, y un protagonista casi exclusivo, Podemos. Y en todas ellas he tenido la sensación, a veces incómoda, de que era la única persona que no se dejaba arrastrar por la misma euforia que el resto de mis interlocutores, a quienes vaya por delante que tengo en la mejor estima.

Desde hace ya tres lustros participo en las elecciones democráticas de este país, y en prácticamente todas ellas la sensación ha sido la misma, aunque con una pérdida de intensidad progresiva: ilusión inicial, expectativa, decepción continuada y sonrojo final. No ha habido una sola ocasión en que el partido en quien he depositado mi voto no me haya decepcionado, ni una sola en que no me haya arrepentido, sinceramente, de haber confiado en programas que no se cumplían, en líderes que afirmaban que el poder no les cambiaría y en que eran la encarnación de la honestidad y la claridad ante sus electores. En ningún caso he tenido la sensación de que aquella etapa electoral hacía que mi país estuviera mejor que antes, sino más bien al contrario. Por todo ello, mi desilusión con el panorama político de España, y más teniendo en cuenta todos y cada uno de los casos de corrupción, fraude y favores que hemos venido conociendo en los últimos tiempos, es total.

Del discurso de Podemos hay algo que me produce bastante curiosidad, y es el modo en que con tanta eficacia ha hecho calar el mito del caos y la luz entre una amplia mayoría de sus potenciales votantes. Más allá de si el partido es de ascendencia ideológica de izquierdas o de la izquierda radical como proclaman los más agresivos rivales, más allá de si sus miembros son o no tan honestos como ellos mismos se proclaman o de si están siendo sometidos a una fenomenal campaña de descrédito por buena parte de la prensa nacional (que yo creo que sí, aunque ese sería tema para otro artículo), mi principal duda acerca de esta formación política viene por la ausencia de unas propuestas concretas, reflejadas en un programa concreto del que aún no se sabe nada pero del que todos hablan como si fueran los proféticos manuscritos del Mar Muerto.

Lo único que siempre constato en los discursos de sus principales responsables, de quienes admiro su capacidad para la estrategia de comunicación tanto en directo como a través de las redes sociales, es ese mito según el cual la Transición española fue poco menos que un apaño de las clases poderosas para no desentonar demasiado del concierto político europeo de finales de los 70, que permitiera a los mismos de siempre mantener sus privilegios de casta (y aquí cito la dichosa palabra, lo siento). Este cimiento de barro sería el que explicaría, junto con toda una cohorte de políticos "profesionales" cargados de intereses en su propio beneficio, la situación de descrédito de la política española contemporánea, plagada de honorabilísimos señores feudales que han de dar cuentas acerca de sus respectivas en Suiza, por ejemplo, y de una monarquía que despierta de todo menos simpatías en los últimos años. 

Y así como en los mitos fundacionales o cosmogónicos se habla de realidades iniciales oscuras y plagadas de terror, hay siempre en estos relatos un punto de inflexión o de giro radical en el que un héroe surge para poner el orden necesario, para devolver el equilibrio a una balanza desnivelada por la inmoralidad. Este héroe sería  Pablo Iglesias y sus acólitos, claro, desmarcados del resto de políticos con esa etiqueta conveniente de la casta (nobleza moderna, para entendernos), y que tendría como único objetivo devolver el poder a quien siempre ha debido tenerlo, que no es otro que el pueblo.

Los peligros de la simplicidad de semejante discurso son evidentes, máxime teniendo en cuenta que el único argumento real a favor con el que cuenta esta organización es precisamente el hecho de que todavía no han sido puestos a prueba en funciones reales de gobierno o de mando, y no hay nada real que se les pueda reprochar. Pero eso es algo coyuntural, que en la próxima legislatura ya no podrán esgrimir, y además es un argumento peligroso, porque si Podemos quiere entrar de verdad en el juego político debería haber empezado por incorporarse a ese juego aceptando todas las reglas, y no solo las que le interesa. No se puede esperar presentarse a unas elecciones generales, donde se prevé un gran resultado por el voto de castigo a los grandes partidos (PP y PSOE), y pretender que se les vaya a tratar con una vara de medir diferente únicamente porque se autodeclaren ajenos a la casta, porque por mucho que se empeñen ninguno de ellos está por encima del bien y del mal. Y esta gente es demasiado inteligente, está demasiado preparada y se maneja demasiado bien en ciertos ambientes como para que vaya a creer semejante ingenuidad por su parte.

La mayor parte de las personas con las que he podido discutir sobre este asunto me han demostrado tener una fe bastante grande en Podemos, y en la capacidad de sus representantes para liderar un cambio que devuelva a España una cierta identidad perdida, la de su estado del bienestar, y recupere la preocupación por las clases sociales más desfavorecidas, así como la vuelta al orden de aquellos servicios que en los últimos años han sufrido penalidades vergonzosas, como la sanidad y la educación. En efecto, me he tomado la molestia de seguir con atención muchos de sus movimientos en prensa, radio y televisión y he constadado que los dirigentes de Podemos tienen una oratoria cargada de buenas intenciones, que veo lógico que conforme un discurso esperanzador para cierto sector progresista de la sociedad (el conservador, como bien demuestran sus voceros, los ven como una amenaza terrorista de corte venezolano, algo bastante trasnochado, a mi parecer). De ahí a que yo comparta la fe, sin embargo, hay un largo trecho al que no ayudan algunos tics de su flamante líder, como el tema del tic tac o de don Pantuflo pero sobre todo sus vacíos reales de mensaje en muchas de sus entrevistas.

Las urnas darán finalmente la razón a los votantes, como suele pasar, y entonces veremos cómo queda el mapa político de España, un mapa que en cualquier caso a mí me gustaría que fuera mucho más plural de lo que ha sido tradicionalmente, y por lo que celebro que tanto Podemos como Ciudadanos se hayan incorporado al primer plano político. Solo el hecho de que no haya mayorías absolutas, que los presupuestos y las leyes no se aprueben por el artículo 33 y haya necesidad de sentarse a negociar, a ceder por todas las partes, me parece algo positivo para la salud democrática de España. 

Sin embargo, el mayor reto para ambas formaciones no es contar con un líder más o menos joven, más o menos carismático o más o menos acompañado por gente competente, sino el modo en que comiencen a ejercer la política una vez alcanzada una posición de cierta fuerza. Tengo una gran curiosidad por el modo en que ambos, pero sobre todo Podemos, pueda realmente desmarcarse de los poderes fácticos de este país, fundamentalmente de naturaleza económica (y no tanto religiosa o militar, aunque también), y hacer una política independiente. Con perdón de todos mis amigos, y aun reconociendo que no sería la primera vez ni la última en que me equivoco con mis predicciones políticas, tengo serias dudas de que vaya a ser así.

domingo, 31 de agosto de 2014

La vuelta al cole


No sé si a ustedes les habrá pasado alguna vez al llegar estos últimos coletazos del verano que se sienten como en un domingo por la tarde, pero a escala suprema. Del mismo modo que de pequeños abrazábamos la llegada de los calores veraniegos con el júbilo por la tan ansiada libertad, esa misma celebración se convertía en funeral al darnos cuenta de que las hojas del calendario habían caído hasta llegar a ese infausto 31 de agosto, ese apenas suspiro antes del fin del encantamiento.

La tan temida vuelta al cole, como llevan pregonando desde todos los puntos de venta posibles las diferentes superficies comerciales para horror y desesperación de los bolsillos de no pocos padres, marca en efecto para muchos de nosotros un auténtico comienzo. Tan es así que cuando llegan las fechas navideñas y empiezan a hacerse repasos del año y toda clase de hitos, a cual más superfluo y poco duradero, muchos nos llegamos a preguntar si realmente el año ha terminado o, antes al contrario, está solo en su primer trimestre.

No piensen que me tira la deformación profesional, que no solo me refiero a docentes y alumnos: incluso aquellos ajenos al sistema escolar todavía siguen considerando el verano como el parón oficial, a la vuelta del cual todo vuelve a esa normalidad laboral y de obligaciones que con tanto entusiasmo solemos acoger por estas latitudes. Siguiendo con la metáfora del principio, agosto es al domingo lo que septiembre al lunes, y de ahí las ganas arrolladoras con las que uno veía hoy al personal regresar, maletas en mano y pensamiento volador en esa hora fatídica del despertador a primera hora del día siguiente.

Cuando éramos más jóvenes, el verano siempre se ofrecía como una época de márgenes ilimitados para explorar hasta las más recónditas facetas del ocio y desenfreno. Aunque luego se nos pasara volando, por lo general teníamos tiempo hasta de aburrirnos, hasta de esperar con ciertas ganas que volviera el colegio o el instituto para el tan esperado reencuentro con todos nuestros amigos. Sin embargo, ahora que ya muchos peinamos canas (y eso con algo de suerte), los días de verano se valoran como si fueran de oro puro, y el retorno a las tareas cotidianas es un auténtico fastidio, entre otras cosas porque en la mayor parte de los casos los compañeros de trabajo tienen bastante que envidiar a aquella panda de amigos que hacía nuestras horas más felices.

Para mí el verano ha representado en estos últimos años por encima de todo una necesidad casi cercana al metabolismo: la regeneración. El final de curso suele conllevar siempre más cansancio del que muchos queremos reconocer y el parón estival no sirve únicamente para reponer el sueño perdido o las fuerzas, sino para vaciarse del estrés, de las tensiones, o por lo menos para tomar distancia de todas aquellas situaciones que se han ido acumulando a lo largo de los meses y para muchas de las cuales no hay una solución. Si se consigue ese objetivo tan ambicioso de desconectar de verdad, de perder de vista todo aquello que nos generaba la menor alteración, la regeneración no solo es posible: está asegurada. Da igual que sea disfrutando de la playa más concurrida o de la cumbre más aislada, todos tenemos un lugar en el que perdernos y al que nos gusta acudir en caso de necesidad, un espacio donde podemos vaciarnos para dar cabida a lo que el nuevo curso nos depara.

En definitiva, la vuelta al cole no es únicamente para los locos de menos de metro y medio: lo es también para el curso político, para el laboral en buena parte de las empresas públicas y privadas del país y, en definitiva, para toda una sociedad que, mucho más que en enero, es ahora cuando se despereza y retorna a sus tareas habituales. Que lo haga regenerada debidamente o no ya es otra cuestión, claro, así que esperemos que la mayoría formen parte del primer grupo, por la cuenta que nos trae a todos.
 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Adiós, mi capitán



Ayer murió en su casa de San Francisco Robin Williams, un actor y cómico estadounidense que a lo largo de más de treinta años desarrolló una carrera muy irregular donde alternó grandes éxitos (Good Morning, Vietnam, El club de los poetas muertos, El indomable Will Hunting, etc.), con grandes y sonoros fracasos (Popeye, El hombre bicentenario).

Lo que más me llamó la atención de la noticia fue la sensación, bastante extraña, de que en cierto modo perdía a alguien de la familia. Williams ha estado presente en prácticamente todas las etapas de mi infancia y juventud con películas cuyo impacto me resulta mayor, ahora que se siente más notoria la ausencia del intérprete. No sé la de veces que habré visto de pequeño Hook (1991), Señora Doubtfire (1993) o Jumanji (1994), siempre con ese rostro afable y simpático con el que conquistaba a toda audiencia infantil que se ponía ante él. Más discutible me parece, a tenor de lo que oigo y leo en los medios a raíz de su fallecimiento, el peso de su interpretación como el genio de la lámpara en Aladín (1992), ya que en este caso a España llegó principalmente la versión doblada al castellano, con el fenomenal Josema Yuste como genio.

Ya en una segunda etapa, y mientras Williams hacía engendros tipo Flubber y cosas así, me dediqué a explorar una filmografía muy interesante donde encontré rarezas como El Rey Pescador (1991) y sobre todo grandes películas donde el actor contenía un poco su vena histriónica para entregarse a papeles más dramáticos. En concreto, su interpretación del profesor Keating en El club de los poetas muertos (1989) ha sido siempre para mí una inspiración en mi carrera docente, aun siendo muy consciente de toda la carga de idealización que la maquinaria del cine suele aportar a este tipo de historias de superación y de lucha contra los convencionalismos educativos. Williams daba a aquel papel toda la dignidad, hondura y carisma que requería un personaje que era capaz de hacer superar cualquier crisis de fe vocacional con un solo visionado, y se convertía sin problemas en el centro gravitacional de una historia inolvidable.

Evidentemente que me seguí riendo con papeles cómicos como el que realizaba en Jaula de grillos (1996) o Desmontando a Harry (1996) donde daba vida a un actor desenfocado, pero sin duda me atrajeron más otras elecciones mucho más acertadas, como las de sus papeles en Más allá de los sueños (1998), Retratos de una obsesión (2002) e Insomnia (2002). En la primera, daba vida a un esposo que protagonizaba una odisea para rescatar a su mujer ni más ni menos que de un particular infierno, toda una experiencia visual donde Williams se contenía, para bien, y daba rienda suelta a una veta romántica que yo le creía imposible. En las dos últimas sacaba a la luz un lado oscuro aún más impensable, dando vida a sendos psicópatas que me pusieron la carne de gallina y me hicieron replantearme seriamente si aquel señor era el mismo al que había visto tantas veces hacer el ganso en cintas anteriores, pero que en cualquier caso me demostraron, una vez más, la versatilidad de un actor plagado de registros y de talento interpretativo.

Respecto a la única película por la que conoció la gloria del Oscar al mejor actor secundario, El indomable Will Hunting (1997), siempre he tendido a verla como una especie de secuela espiritual de El club de los poetas muertos. Aquí Williams interpreta a un psicólogo y, sin embargo, son sus charlas  inspiradoras y catárticas con el personaje que interpreta Matt Damon las que comentan una historia que, sin él, perdería un anclaje principal como guía y educador. Es un papel tierno, cargado de sentimiento y no exento de humor (las confesiones maritales que hace en un momento de la cinta, fruto de la improvisación, hacen que incluso al cámara le tiemble la mano en uno de los chistes de Williams). Un éxito merecido que, junto a tantas otras películas, convierten a este actor en un clásico de la comedia reciente de Hollywood, y uno de esos que con su marcha nos hace sentir a todos un poco más tristes. Descanse en paz, oh, capitán, mi capitán.



domingo, 13 de julio de 2014

La serie del mes (17): The Americans





Si hace algunos años me hubieran contado que una cadena de televisión americana produciría una serie de televisión sobre dos agentes secretos rusos infiltrados en la sociedad de EEUU en plena guerra fría, hubiera pensado que se estaba riendo de mí o que me tomaba por loco. Y sin embargo, ésa es precisamente la premisa de partida de The Americans, que FX lanzó a la fama el año pasado con su primera (y excelente) temporada.

Los protagonistas de este asunto son el para mí desconocido Matthhew Rhys y la siempre inquietante y hermosa Keri Russell (Felicity). Ambos hacen del casi-perfecto matrimonio Jennings, padres de dos hijos que se creen tan americanos como la Whopper y vecinos ejemplares donde los haya, pero que en sus ratos libres se dedican a hacer y deshacer entuertos propios de los espías de élite para la madre Rusia. Como no podía ser de otro modo, la serie se construye sobre las excelentes interpretaciones tanto de sus dos protagonistas como de un elenco de secundarios de lo más acoplado, con acentos americanos (Noah Emmerich, Richard Thomas) y rusos (Annet Mahendru, Lev Gorn), cuyo gran trabajo hace creíble el conjunto de tramas, juegos de ratón y gato que dan forma y estructura a sus dos temporadas estrenadas hasta la fecha.

Como no podía ser de otro modo, el conflicto entre la tensión creada por la propia inercia de una historia de espionaje a escala internacional, con asesinatos, secuestros y persecuciones, sumado al propio de una familia con hijos adolescentes que empiezan a hacerse (demasiadas) preguntas sobre sus padres es el pivote central de la serie. Y es un equilibrio difícil, del que los guionistas no siempre salen bien parados, como demuestran las algo forzadas tramas de aventuras amorosas, pero que en cualquier caso logran mantener el interés y, especialmente en la segunda temporada, acaban por todo lo alto y anuncian grandes empresas para temporadas venideras.

Uno de los aspectos más satisfactorios de The Americans es su cuidada producción, que nos envía treinta años atrás en el tiempo no solo a través de los buenos diálogos y la mentalidad que irradian sus personajes, sino de un apartado de diseño que nos devuelve literalmente a los años 80, con todos sus atrasos y sus por entonces avances tecnológicos (ver al hijo de los Jennings colarse en la casa de unos amigos para jugar como un poseso a la Atari 2600 no tiene precio). Esto también se traslada al apartado de maquillaje, donde tanto Rhys como Russell deben convertirse en decenas de personajes alternativos falsos, y donde habría sido realmente sencillo entrar en la caricatura y el chiste fácil (¿se acuerdan de Val Kilmer en aquella cosa llamada El Santo?), pero que aquí está bien resuelto, con solvencia y un muy buen hacer por parte de los intérpretes, que están sencillamente fantásticos en su papel.

La primera temporada de la serie terminaba de una manera un tanto caótica, más que nada por el deseo expreso de los guionistas de hacer un desenlace por todo lo alto. El problema es que llevaron las tramas de varios personajes, entre ellos la del genial agente Beeman (que para más inri es vecino de los Jennings, ahí tienen ustedes una conveniencia de las buenas), a quemar más cartuchos de los deseables, algo que ha afectado a buen número de tramas en esta segunda temporada. La solución, sin embargo, ha sido extraordinaria: hacer oscilar todo alrededor de un crimen de otra pareja de agentes infiltrados y amigos de los Jennings, cuyo desenlace ha ocupado toda la tanda de 13 capítulos y que ha tenido una resolución de infarto. Así se hacen las cosas a nivel narrativo, sí señor. 

Uno de los mayores enemigos de la serie, que me temo que terminará afectando al producto final al cabo de varias temporadas, es que la propia esencia de la guerra fría fue la de un conflicto soterrado, de mucha conversación y mucho mensaje cifrado, pero de menor trascendencia bélica de la que a muchos les hubiera, por desgracia, hecho más felices. The Americans tiene que basar su fuerza no tanto en las explosiones como en las emociones contenidas de unos personajes llevados al límite por el amor a su patria, tanto dentro como fuera de unas fronteras reales y morales que nunca están del todo definidas, y me pregunto por cuánto tiempo podrá aguantar un público más acostumbrado al gatillo y la explosión. 

No obstante, lo mejor de esta serie es la propuesta sin maniqueísmos fáciles, que retrata a auténticos salvajes en ambos bandos y también a gente que cree en aquello por lo que lucha. No es fácil hablar de buenos y malos en una historia donde la pareja protagonista estrangula, dispara al corazón, abate a golpes o deja amordazado hasta la muerte al personal que tiene la "suerte" de cruzarse en su camino. Hacer que ambos resulten empáticos, que nos importen como personajes y nos lleguen sus conflictos, sus dudas y sus temores, me parece que nadie desde las ya difuntas Dexter o Breaking Bad era capaz de provocarme sin que me planteara otras cotas filosóficas o morales. Es posible que no supere a ninguna de las anteriores en ritmo, en intensidad o en carisma de personajes, ya que aquí todo se mueve en terrenos mucho más ambiguos y con mayor escala de grises, pero qué duda cabe que en ausencia de auténticos pesos pesados de la televisión en esta época estival The Americans es un producto de lo más recomendable.


lunes, 5 de mayo de 2014

El canon galáctico


Del mismo modo que hoy día todo y todos tienen su momento especial del año, los frikis del mundo tienen el 4 de mayo como una de sus más queridas efemérides. Todo ello se debe a que en este mes es cuando suelen congregarse todo tipo de eventos relacionados con Star Wars, a lo que contribuye un excepcional juego de palabras para reforzar tan señalada ocasión: May the 4th, en inglés, remedando el May the force be with you (que la fuerza te acompañe). Y como no podía ser menos en el cortijo del tío Lucas, las novedades de este año en el universo galáctico han sido para troncharse.

Y es que resulta que, metidos en faena con la producción del futuro Episodio VII, sus responsables, con la nueva jefa de todo Kathlen Kennedy a la cabeza, han salido a la palestra para hacer una revelación de enormes consecuencias (dentro del limitado mundo friki, entiéndase): "A partir de ahora, todo lo que no aparezca directamente en las películas oficiales de la saga no es canon dentro de Star Wars". Y se han quedado tan anchos.

Es decir, que tras décadas de soportar un bombardeo cósmico de novelas, cómics, series de televisión, especiales de Navidad, videojuegos y todo tipo de explotación comercial imaginable en torno a las películas, desentrañando con todo tipo de argucias, a cual más forzada y lamentable, los entresijos que a nadie le importaban acerca del pasado, presente y futuro de los personajes clásicos, el mal llamado universo expandido resulta que ya no vale absolutamente nada. ¿Que Han y Leia tuvieron hijos? Ya no. ¿Que Luke se casó y también tuvo su retoño correspondiente? Para nada. ¿Que el imperio tardó aún años en caer y sirvió de excusa perfecta para cien millones de lucrativas aventuras más? Ni de broma. Todo lo que no coincida exactamente con lo que las próximas películas van a contar, no es historia oficial, no cuenta, no vale, no sirve. Y punto.

Cuando yo era bastante más seguidor de Star Wars que ahora, es decir, antes de las precuelas infames, tuve la desgracia de que cayera en mis manos la primera novela de una trilogía con Han Solo como protagonista. Aquella cosa tenía como objetivo relatar las aventuras del contrabandista desde su infancia en Corellia, su paso por el ejército imperial y, finalmente, su encuentro con Chewbacca y su conversión en la figura que luego conoceríamos en las películas. Lógicamente, ni a nivel literario ni narrativo valía nada, pero al menos me entretuvo un rato. Más prudencia tuve a la hora de abstenerme de la saturación constante, y generalmente de muy dudosa calidad, que siguió después de aquello, quizá con la excepción de unos videojuegos que, muy en la línea del resto, han tocado fondos insospechados que harían sonrojar de vergüenza a más de uno y que, precisamente, tienen a Han Solo bailando una danza nada viril a lo John Travolta en plena sala de congelación en Bespin. De traca.


Digo esto porque, ciertamente, que el universo expandido haya sido borrado de la faz del canon galáctico me importa bastante poco. Más interesante me parece el modo en que toda la gente que ha ido gestionando los derechos de la franquicia se las han apañado para sacarle al personal hasta el último dólar o euro para colmar sus ansias de Star Wars, en la forma física o digital que fuera. Cuando George Lucas decidió vender los derechos de la saga para su posterior explotación comercial parecía lógico pensar que no tenía intención seria de hacer más películas en esa franja temporal, motivo por el cual no debió importarle demasiado la confusa, atropellada y llena de errores línea genética que se inicia a partir de los héroes, con hijos, nietos y tataranietos de Han, Luke y Leia, o que se inventaran desastres como clonar a un emperador que se podía reencarnar en otros cuerpos (como lo oyen), resucitar a personajes que claramente habían muerto, como Boba Fett, o cargarse a otros de las maneras más pedestres, como hacían con el pobre Chewbacca, al que sepultaba un planeta entero en no sé qué triste novela.


Kennedy justifica su decisión para no "limitar" la "creatividad" de los guionistas de los nuevos episodios. Ya. Después de conocer el reparto del Episodio VII, donde a los clásicos Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill se unen gente tan insospechada como Andy Serkis, Max von Sydow, Oscar Isaac o Domhnall Gleeson, comienzo a tener la sospecha de que esto es una máquina que va cuesta abajo y sin frenos. J.J.Abrams ya hizo un auténtico estropicio con el canon de Star Trek, con aquel embolado de universos paralelos donde un octogenario Spock aparece cuando más conviene para darnos la charla exculpatoria de turno, de modo que no me quiero ni imaginar lo que podría haber hecho de haberse mantenido el canon del universo expandido. Quizá, con buen criterio, los gerentes de Lucasfilm han decidido dar carpetazo a aquel totum revolutum y, al menos, liberar a Lawrence Kasdan para hacer un guión que no esté constreñido por clones, falsas muertes y una sucesión de personajes sin ningún tipo de interés o de carisma.

A la espera de en qué se convierte todo esto, el 4 de mayo ha traído para los aún acérrimos fans de la galaxia una de cal y otra de arena. Saber que vuelven actores tan queridos es una alegría, con la velada cautela de ver qué hacen las nuevas incorporaciones o cómo van encajando en un casting del que, sinceramente, sabemos todavía muy poco en cuanto a qué tipo de personajes nos vamos a encontrar. Por otro lado, la destrucción del universo expandido ha sido recibida con críticas en todas partes, salvo por aquellos que, como el que esto escribe, nunca le dieron valor alguno a aquel torrente de descarado comercio galáctico. Todo sea por el canon.


lunes, 21 de abril de 2014

La serie del mes (14): Vikings


Aun a riesgo de ponerse en evidencia frente a producciones mucho más caras y con más tirón popular, el History Channel dio hace un par de años luz verde a un proyecto de aventuras épicas con sabor arcaico, ambientado en el universo de los vikingos. Michael Hirst fue el encargado de llevar toda la producción de la serie, en torno a 10 capítulos por temporada y con el casi desconocido Travis Fimmel como protagonista. A pesar de las dificultades, Hirst se encargó de escribir los guiones y supo dotar al asunto de mayor empaque gracias a la colaboración de todo un equipo de productores que ayudaron a financiar el vestuario y decorados. Con la fotografía de John Bartley, responsable de la imagen de series con tanto relumbrón como Expediente X o Perdidos, Trevor Morris en la banda sonora y con todo un primera espada como Gabriel Byrne en un  jugoso papel secundario, Vikings se reveló como una de las sorpresas de la temporada pasada.

El éxito de la serie fue más que notable, teniendo en cuenta las limitaciones de la producción. Una media de 4,5 millones de espectadores bendecían cada semana las aventuras de Ragnar Lohtbrok, un vikingo rebelde y con ciertos problemas para asumir la autoridad que se lanzaba en una particular odisea para descubrir las tierras inglesas. Frente a él, Byrne interpretaba con fuerza y convicción al conde Haraldson, un hombre corrompido y ambicioso con el único objetivo de hacerle la vida imposible al protagonista. El duelo verbal y físico entre ambos capitalizó el éxito de los seis primeros capítulos, con un crescendo narrativo notable que alcanzó una cima muy intensa. Lástima que el último tercio perdiera algo de fuelle, ya con Ragnar convertido en el nuevo conde de la región escandinava, por mucho que el capítulo final tratara de compensarlo con un final abierto a una merecida y no menos digna segunda temporada, que se está emitiendo actualmente y terminará el 1 de mayo.

Lo primero que me llamó la atención fue la conseguida ambientación de la serie. Tanto a nivel de interiores como de localizaciones externas, Vikings traslada al espectador con bastante fidelidad a una época de la que, por desgracia, no se sabe demasiado. Ha habido bastante polémica entre los historiadores acerca de la traslación de costumbres, tradiciones y rituales nórdicos, así como del vestuario escogido para determinados personajes clave, como los nobles de más alto rango o los sacerdotes. No obstante, la falta de evidencias más claras ayuda a que la serie no se resienta de posibles licencias en este aspecto.


Las localizaciones de Irlanda ayudan a situar la trama en un contexto natural soberbio. Cada vez que los personajes deben salir, ya sea por mar o por tierra a la conquista de lugares desconocidos, la serie se alza en calidad visual gracias a los imponentes riscos y acantilados. Es cierto que el presupuesto queda en evidencia en las grandes secuencias de acción, donde especialmente en la primera temporada se nota la falta de extras, y que los efectos visuales se resienten, en especial al recrear ciudades, castillos o templos vikingos en los bosques, pero aun así resulta un punto esencial junto a los excelentes decorados, como el de la villa del condado con su muelle y sus calles.


Lógicamente, la serie no se sostendría sin un buen guión, y aquí el trabajo de Hirst es encomiable. Él solo ha sido capaz de levantar una trama épica con tintes dramáticos, llena de personajes carismáticos, como el tarado de Floki o el monje cristiano Athlestan, un papel que George Blagden borda en empatía, nobleza y vínculo con el espectador. La evolución de este personaje en particular me resultó fascinante, desde su captura en un monasterio cristiano de la costa a su constante acercamiento a una cultura, unos ritos bárbaros y una religión que a pesar de no compartir, el personaje va interiorizando hasta hacer suyas, a su propia y piadosa manera. El modo en que Athlestan se convierte en consejero de Ragnar, guía de sus hijos y amigo de todos es sencillamente conmovedor. Más discutible, en cambio, es el desarrollo dado a personajes como Lagertha o el hermano de Ragnar, Rollo. Ambos dan bastantes bandazos en busca de un sentido concreto, y en especial todo lo relacionado con Rollo no hace sino ralentizar las tramas principales sin que uno tenga muy claro por qué hace lo que hace, más allá de una envidia totalmente infantil e injustificada que se traduce en traiciones y lamentos bastante caprichosos.

Punto y aparte merece Travis Fimmel en el papel que le ha dado fama internacional. Su Ragnar es un guerrero y líder que escapa a muchos de los tópicos que albergaba en mis temores previos a la serie. Es astuto y hábil, capaz de plantear enigmas a sus oponentes y estrategias que despiertan tanta admiración como respeto en rivales y aliados. La mirada de zorro que tiene en prácticamente todas sus escenas lo hace un héroe de acción atípico, dejando los músculos y la testosterona más para el resto de un reparto plagado de creíbles soldados del norte. Por lo demás, su trama romántica con Lagertha está bien resuelta y es creíble en el contexto en que se plantea, con esa mezcla de amor y lucha permanente donde los celos, las promesas y la tensión sexual planean en cada una de sus muchas y buenas escenas juntos. Y en todas ellas Fimmel da la talla y se convierte en el perfecto estandarte de una serie que siempre que cuenta con él en escena, crece y gana interés.

Del resto de secundarios únicamente merece la pena destacar a Bjorn, el hijo mayor de Ragnar y claro heredero en muchos sentidos de las tramas de su padre. Con un papel que crece a medida que avanza la serie y que cobra un protagonismo más que merecido en la segunda, con el inevitable salto temporal incluido, su personaje garantiza un ascenso en el interés del drama familiar apoyado en las excelentes actuaciones de los dos actores que le dan vida en su etapa infantil y adulta. Resulta llamativo (y acertado) el modo en que Bjorn actúa como contrapeso moral a su padre, aleccionándolo en la paciencia o en la virtud hacia su familia muy por encima del ímpetu y los defectos de un líder imperfecto. (Por cierto, lo de su corte de pelo, y por muy riguroso a nivel histórico que sea, me sigue pareciendo un crimen).

Es de agradecer que Vikings no haga especial hincapié en elementos demasiado morbosos y fáciles, como sí hace Juego de Tronos con la violencia, el sexo o la charcutería de guerra. Se nota que hay una mayor mesura (no confundir con censura, ojo), algo que yo particularmente aprecio porque creo que el interés de los guiones se centra más en el desarrollo de las tramas y personajes. Evidentemente, la producción de HBO cuenta con eso y mucho más, pero sí es cierto que en ocasiones tiende al muestrario gratuito de órganos vivos y muertos, algo que Vikings hace de manera mucho más sutil, como muestran sus escenas de acción o el ritual de sacrificios del penúltimo capítulo de la primera temporada, en un montaje bastante poético y alejado del mal gusto al que escenas como esta podrían haber dado pie con mayor facilidad y peor fortuna.

Por lo demás, la distinción entre temporadas de esta serie resulta bastante artificial, especialmente con un final y un principio claramente enlazados. Cada episodio procura alejarse de estructuras procedimentales y sirve a un propósito mayor, si bien cuenta con arcos argumentales secundarios que van cerrándose con habilidad y sentido del ritmo. Vikings no es una serie perfecta, algunos de sus personajes presentan notables aristas y tiene una producción mejorable en muchos sentidos, pero si el beneplácito del público sigue apoyándola es posible que su tercera temporada logre un nivel de calidad más que notable en todos sus apartados, apoyada en las muchas y buenas virtudes con que ya cuenta. Desde luego, su magnífica ambientación y contexto mitológico la dotan de un particular interés en el panorama de las series de televisión del momento.




domingo, 13 de abril de 2014

De justicieros y asesinos



(La madre de David Moreira, mostrando una foto de su hijo).


Leo con preocupación los sucesos de violencia reciente en Argentina, donde varios jóvenes ladrones están siendo apaleados hasta la muerte por vecinos que conocen de primera mano a los autores de las fechorías y, en estas últimas semanas, han decidido protagonizar una oleada de palizas con ánimo justiciero que terminan con el linchado en el hospital o el cementerio, según los casos.

El más grave de todos es el de David Moreira, un chico de 18 años que fue brutalmente golpeado por gente que sabía que había participado junto a otro joven en el robo de un bolso a una madre que iba de la mano de su hijo. David y su cómplice iban en motocicletas, que emplearon para escapar a toda velocidad. No contaban, sin embargo, con que fueron reconocidos y, posteriormente, identificados y golpeados hasta provocar la muerte de uno de ellos. En una escalofriante entrevista, la madre de David se pregunta, desolada, por qué motivo no se limitaron los vecinos a denunciar el robo a la policía y decidieron pasar de denunciantes a justicieros, y de ahí a asesinos. Porque ése, y no otro, es el término que cabe emplear en el caso de David, "asesinos". 

Ante la situación, la oleada política tenía que venir, como siempre, a enmarañarlo todo. La oposición argentina acusa al gobierno de no mantener una posición de fortaleza capaz de impedir semejantes situaciones. Kirchner acusa a los gobiernos regionales de hacer otro tanto de lo mismo, incapaz de poner orden en su propio cortijo. Menos mal que mientras unos y otros se tiran los platos a la cabeza para no tomar decisión alguna, uno de los deportes favoritos de todo buen político, el secretario de Seguridad, Sergio Berni, ha ordenado el envío de 2.000 policías a Rosario para combatir las drogas en las áreas más desfavorecidas. Algo es algo.

El hecho de que la inseguridad sea uno de los problemas que más preocupan ahora mismo en el país, por encima incluso de la economía, no es casualidad. Existe la sensación de que falta la autoridad competente y necesaria capaz de poner el orden necesario para que la vida pueda desarrollarse con normalidad. Y esto no es algo exclusivo de Argentina, o de Sudamérica, que parece que siempre que sale este asunto todo tiene que derivar en el supuesto salvajismo de los países allende el Ecuador, argumentario tan pobre como plagado de racismo. 

El problema que está padeciendo ahora mismo Argentina lo sufren cientos de países en todo el mundo. La cuestión es cómo el estado de derecho (de aquellos países donde lo haya, claro), es capaz de ofrecer mecanismos eficaces para atajar este tipo de situaciones. No es ya únicamente una cuestión de plagar las calles de policías hasta en los tejados para controlar que nadie mate a nadie. Ese tipo de reacciones son propias de un simplismo que va mucho más allá de la complejidad real del problema, que radica en cómo es posible que ciudadanos de a pie decidan, un buen día, convertirse en delator, juez y verdugo de quien sea por el motivo que sea.

La gravedad de la muerte de Moreira y de las palizas que han recibido los llamados motochorros (allí llaman "chorro" a los ladrones, lo del prefijo "moto-" era cuestión de tiempo) empieza por situaciones de pobreza que incitan al latrocinio, pero que continúa con ese espectáculo lamentable de masas con la creencia de que tienen la potestad para hacer juicios públicos. Cuando eso sucede están fallando todas y cada una de las instituciones y la fe que deben inspirar en los ciudadanos: los poderes económicos, los poderes políticos, los judiciales, las fuerzas de seguridad, todos sin excepción están fracasando en su intento por crear un estado de cosas sostenible en el que todos puedan participar sin sentirse excluidos, siempre desde el civismo, el sentido común y el respeto por los derechos fundamentales de cualquier persona.

Sin embargo, y no me tengo precisamente por adivino pero quizá sí por agorero, mucho me temo que nadie va a indagar en la raíz última de nada. Seguirá el desfile de platos en las alturas y de escarceos con destino trágico en los barrios desfavorecidos, y salvo que intervenga la fuerza de turno para aplacar algunos ánimos, aquí paz y después gloria. Y si no, al tiempo: a ver cuántos responden ante la justicia, esa misma que tantos están desacreditando con sus falsos ideales de potestad popular, y cumplen la condena que merecen.



P.d: Créditos de imagen: The Argentina Independent


martes, 25 de marzo de 2014

Carta abierta







Usted no me conoció. Nunca vio mi cara o escuchó mi voz, aunque imagino que pudo hacerse una idea de cómo podría ser mi vida cuando, años antes de que yo naciera, consagró la suya a un ideal para que todo ello, mi vida y la de tantos otros como yo, fuera posible.

Usted no era científico, físico o matemático. No se dedicó a crear espacios imposibles en ninguna de las formas del arte, sino a una profesión que actualmente está muy mal vista. Se dedicó a la política en tiempos en que la política era imposible porque por aquel entonces una sola mano gobernaba y regía a su antojo y voluntad. Usted se dedicó a la política en tiempos de títeres y prestidigitadores, con la idea de cortar las cuerdas, de desterrar a los ilusionistas y cambiarlos por la voluntad de los espectadores, esos grandes olvidados de la Historia. Porque eso, más aún que política, fue lo que hizo usted y tantos otros a su lado: Historia.

Gracias a su visión, a la capacidad de conciliar las voluntades de aquellos que le rodeaban, monarcas incluidos, voluntades diametralmente opuestas como las del partido al que usted representaba y aquellos otros políticos proscritos por su régimen, España es hoy un país más libre, mejor. Gracias a usted, a su decisión, a su compromiso político y social, este país puede presumir de haber dejado atrás una época de penurias y miserias, de falta de libertades y de derechos fundamentales. Gracias a usted, hoy tenemos una Constitución que nos ampara y un estado de derecho que, si bien tiene aún mucho que mejorar y mucho por lo que seguir luchando, supone una diferencia abismal con lo que había cuando usted se propuso materializar un sueño.

Lamento profundamente que sus últimos años, marcados por la enfermedad, le impidieran darse cuenta de los pasos que ha dado este país. No todo han sido avances, y desde luego no todos los políticos que han venido después de usted han tenido su aplomo, su capacidad para la diplomacia, su sentido de estadista, su coherencia. No todos han sido tan brillantes, ni tan competentes. Pero al menos todos tenemos claro cuál fue el referente que usted dejó, cuál fue su listón y esa imagen de firmeza, que permanecerá siempre en nuestra memoria, ante los violentos que quisieron romper su sueño a punta de pistola.

Gracias a usted, hoy hay millones de personas en este país que pueden decidir con su voto a quién consideran más capacitado para gobernar. No es un sistema perfecto, pero es lo mejor que hemos tenido en toda nuestra Historia como nación, como lo confirman los grandes avances en prácticamente todos los terrenos que hemos logrado en estas largas décadas desde aquellos días en que usted, y todos aquellos que participaron de aquel proceso, cambiaron el rumbo de una nación.

Usted no me conoció, señor Suárez. Nunca vio mi cara o escuchó mi voz, pero me gustaría hacerle llegar mi más sincero agradecimiento por la vida que he tenido y tengo, que en buena medida se la debo usted y a todos aquellos que hicieron posible el país en el que vivo, y en el que puedo ser como quiero, expresarme como deseo y participar para que todo sea un poco mejor que como estaba.

Gracias por la libertad y por la democracia. Gracias, de todo corazón, y descanse en paz.


jueves, 20 de marzo de 2014

Flecos del imaginario colectivo


El otro día me preguntaron varios amigos al respecto de la fenomenal polémica que se montó en torno a un programa de Salvados, espacio que dirige y presenta con bastante éxito Jordi Évole. Como todos habrán oído ya demasiado sobre el tema, voy a omitir detalles innecesarios: hace unas semanas, el programa montó una parodia en torno a una supuesta conspiración de una serie de periodistas, políticos, directores de cine y demás parafernalia para simular el golpe de estado del coronel Tejero, tristemente noticia estos días por una supuesta celebración que le ha costado el cargo a su hijo, también miembro de las fuerzas de seguridad del estado. El caso es que el programa de Évole desató todo tipo de críticas en la prensa nacional por haberse atrevido a tocar un tema sacrosanto como el de la Transición en tono jocoso, casi paródico, con la complicidad de algunas personas bastante respetables en sus respectivas profesiones, como Iñaki Gabilondo, José Luis Garci, Julio Anguita y un largo etcétera.

En primer lugar, me parece oportuno dejar bien claro que lo último que debería estar sobre la mesa aquí es la reputación del señor Évole, su integridad como periodista o su seriedad y compromiso adquiridos (no se sabe cuándo) hacia el respetable por conducir un programa, Salvados, que se ha convertido en algo así como un oasis televisivo del pensamiento progresista en los últimos tiempos. No sé bien cuál es la formación, integridad o intención del señor Évole más allá de lo que proyecta hacia fuera, algo que siempre se debería tener en cuenta a la hora de llevar a quién a según qué patíbulos, y sinceramente no me parece que sea relevante plantearse ir más allá de eso.

Lo que sí me llama la atención, y de qué manera, es el revuelo posterior al programa. ¿Se imaginan ustedes que algo así hubiera sucedido si el programa hubiera versado sobre, digamos, la batalla de Trafalgar? No, claro. A nadie le importa ya dicha batalla. ¿Y sobre las guerras carlistas? Seguramente, tampoco. Ahora bien, ¿qué hubiera sucedido si fuera la Guerra Civil española, el franquismo o, como ha sido el caso, la transición? Pues que se monta todo este embrollo. Porque ahí, en estos hechos que acabo de citar, nos sigue doliendo, y mucho.

Esto se debe simple y llanamente a lo que los estudiosos de la materia llaman "la memoria colectiva". Es un concepto que se aplica a todos aquellos conocimientos, más o menos difusos, que todos tenemos acerca de tal o cual acontecimiento histórico. Para que perviva un suceso en la memoria de una sociedad ha de haber testigos que lo vivieran en primera persona, que puedan contarlo a los demás y hacerles partícipes de ello. Nadie queda ya, por desgracia, de los combatientes de Trafalgar o la Gloriosa para contarnos qué tal fue aquello, y por todo ello estos hechos han pasado a formar parte de lo que llamamos la memoria histórica, es decir, el conjunto de saberes que tenemos que adquirir por fuentes externas, por libros, por los relatos de otros que ya no están. El otro, el colectivo, es el que permanece en nosotros por una serie de vínculos personales, familiares o directos, que hacen que los sintamos como propios de nuestro tiempo. 

Sin embargo, y especialmente gracias al tremendo aparato documental y técnico desarrollado a partir del siglo XX, es mucho más sencillo que sucesos como las guerras mundiales, el Holocausto o la bomba atómica permanezcan en nuestras memorias, no digamos ya si es nuestro abuelo el que nos cuenta de primera mano cómo sobrevivió en la ofensiva sobre Brunete. Por todo ello, precisamente porque casi el 65% de la población española actual vivió la Transición y el golpe de Tejero, este programa ha despertado esta polémica: precisamente porque todos recuerdan bien el terror en los primeros compases del intento, ese escalofrío de hurgar de nuevo en aquellas heridas que habían costado millones de muertos, el asunto se tornó tanto más delicado conforme el programa avanzaba. Es muy probable que una reposición del mismo programa dentro de 50 o 70 años no tenga impacto alguno en nuestros nietos, por lo que mucho de coyuntural y de reciente tiene este hecho como para haber despertado tanto recelo. Pero ahora duele, vaya si duele.

A pesar de todo, también hay otros motivos que explican el escozor mediático, y estos son precisamente los que, entiendo, pretendía criticar el programa. No sé bien cómo actuará en el imaginario de la gente que me saca 20 o 30 años de edad, pero desde luego en mi generación y en las inmediatamente posteriores la Transición es un mito fundacional en toda regla, un acontecimiento genético sobre el que se sustentan las bases de nuestra actual sociedad. Conste que estoy exagerando el cuento para que se entienda mejor, pero esta versión vendría a decir algo así como que antes de la Transición todo era opresión y oscuridad, que la Constitución vino a fulminar, al modo de las tablas de Moisés, con un decálogo de principios democráticos que erradicaron el mal previo, y que tuvo en Adolfo Suárez y en el Rey a sus principales artífices, elevados a la santidad más plausible. Tejero vendría a ser, según esta analogía, una especie de demonio caído que vino a desafiar el poder imperante, una mala hierba que nuestro soberano reprimió con mano firme y contundente para hacer prevalecer los valores de la nueva sociedad española, libre y democrática. Y todos fueron felices.

Obviamente, esta versión que acabo de contar tiene mucho de literario, pero creo que el buen lector sabrá perdonar la ironía. Soy muy consciente de la importancia que tuvo la Transición en nuestra historia, como también lo soy de que no todo cambió de manera sustancial, como se nos quiere hacer creer, sino tan solo superficial para, como decía aquella magnífica novela, El gatopardo: "A veces hay que cambiarlo todo para que todo permanezca igual". Hay una serie de estructuras de poder que en este país se han mantenido al margen de sistemas políticos, partidos en el gobierno y demás influencias extranjeras, y desde luego en la Transición supieron nadar y guardar la ropa de manera ejemplar.  Y esto nadie lo dice.

La grandeza del programa de Salvados está, precisamente, en que ha tocado una materia de una sensibilidad prodigiosa con una óptica y una mala leche como la que nunca antes nadie había tenido con tan magnificado suceso. Hay mucha gente a la que le incomoda que se cuestionen las verdades oficiales, incluso aunque sea en forma de parodia, y para mí lo interesante es precisamente por qué esa molestia, por qué el escozor y por qué esa forma tan burda de desviar el debate hacia la beatificación o condena de su principal responsable. 

Ojalá llegue el día en que pueda sentarme con mis hijos o nietos a reírme sanamente de algo que, por fortuna, quedó en nada gracias a que mucha gente veló porque aquello por lo que tantos lucharon, un sistema político libre, se mantuviera y aún hoy se mantenga, pese al empeño de otros tantos por cargárselo a golpe de decretazo. Si tal cosa ocurriera, si fuéramos capaces de ver estos hechos con la madurez democrática adecuada, es posible que ni siquiera dicho programa tuviera sentido ya. Cosas de la televisión, y de la memoria, dichosa memoria, que mucho más que nuestro rostro o nuestro DNI constituye la esencia de nuestra identidad.