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lunes, 25 de mayo de 2015

2001: Una odisea de contrastes



Hace un par de semanas tuve ocasión de leer, con fruición y como hacía tiempo que no me pasaba, la versión literaria de 2001: Una odisea en el espacio. Sí, me he expresado correctamente: la versión literaria. Sé de sobra que el relato de Arthur R. Clarke es el original, y que sobre él adaptó Kubrick su inmortal clásico de 1968, pero a diferencia de lo que me ha ocurrido en muchas otras ocasiones, en este el referente de verdad es el cinematográfico.

Son tantos los casos donde la literatura ha demostrado ser claramente superior al cine que no sabría ni por dónde empezar. Dando por sentado que son dos lenguajes muy diferentes y que cada uno de ellos puede aportar valores distintos, siempre he preferido el ambiente creado por las novelas, su magia para transportamos de manera profunda al ambiente creado por el narrador, algo que muy pocas películas consiguen por evidentes razones de limitación de tiempo, y que muchas veces no puede sino quedarse en esa superficie que la novela puede penetrar con todo lujo de detalles. 


Bueno, pues en este caso y para mi gran sorpresa, me ha sucedido todo lo contrario. Desde el momento de comenzar a leer 2001, tenía la sombra de la película demasiado presente. Por mucho que intentara abstraerme de ella, el eco de sus poderosas imágenes, su capacidad de evocación y la fuerza de sus diálogos resonaba aquí, sobre el papel, pero sin el mismo brillo, la misma intensidad o la misma capacidad de seducción. Lo que en la pantalla era siempre un hipnótico conjunto de elementos a cual más fascinante, aquí en el texto me resultaba una narrativa demasiado plana, técnica y neutral como para dejarse seducir lo más mínimo. Sí, la historia es la misma, como lo son sus personajes y buena parte de sus diálogos, pero ni la tensión narrativa es comparable, ni el exceso de detalles ayuda en absoluto a crear esa atmósfera de misterio que rodea cada uno de los planos de la versión en celuloide.

Considero que fue un acierto, por parte de Kubrick, no dar demasiados detalles sobre el argumento de la cinta. Puede que eso haga que haya ciertos momentos excesivamente crípticos y que una parte importante del público potencial se pierda, sobre todo en el último tercio de la obra, pero es que lo del relato de Clarke es para echarse a temblar en algunos momentos. El primer acto de la obra, protagonizado por los simios pre-homínidos, no deja absolutamente lugar a dudas de lo que está sucediendo, con demasiados detalles sobre el pensamiento del protagonista y no menos prolepsis sobre hechos que deberíamos descubrir posteriormente. La intervención del monolito es demasiado evidente, con esos rayos más propios de un relato de fantasía que del género que esta obra precisamente ayudó a acuñar.



A partir de ahí, el segundo acto se toma una eternidad para relatar el despegue de la nave que llevará a un científico a la base de la luna. Es realmente aburrido, porque no hay nada más que descripciones técnicas sobre aspectos que fascinarán a los ingenieros, sin duda, pero que a mí me provocaron bostezos más sonoros que los 12 minutos de Danubio Azul de la película.

Y en cuanto al viaje en sí, hubo una sensación francamente molesta en torno al personaje de HAL-9000. Para mí se trata de una de las creaciones más perversas, inteligentes y acertadas de la historia del cine en cuanto a villanos se refiere, con ese ojo inexpresivo que parece que todo lo controla, incluso los pensamientos y emociones de los protagonistas. Aquí, en cambio, su repentino cambio de comportamiento se produce demasiado deprisa, como con demasiada celeridad tienen lugar los acontecimientos que llevan a su desconexión, un momento demencial en la película que aquí llega en un suspiro y deja al bueno de Bowman, el último superviviente de la expedición, demasiado tiempo solo antes del final del libro.



Respecto al final... solo puedo decir que me llevé una sonora decepción. Lo que en la película se convierte en un viaje astral de proporciones épicas aquí es un paseíto donde todo está demasiado explicado, demasiado masticado. La llegada a la sala creada por las formas de vida extraterrestres para Bowman, que en la película me dejaron sin habla, aquí se solventan en media página para pasar, sin más dilaciones a un bochornoso retorno de Bowman a la tierra donde se especifica exactamente cuál es su nueva condición.

En definitiva, creo que estoy ante una de las pocas ocasiones en que, ante la diatriba entre libro y película, recomendaría no solo la segunda a la primera, sino únicamente la segunda. No dudo de los méritos de Clarke a la hora de crear la historia, y seguro que el libro tiene gran cantidad de detalles que lo han convertido justamente en el clásico de la ciencia ficción que es hoy en día. Sin embargo, la película 2001: Una odisea del espacio es un hito en la historia del cine, más allá de su género concreto, una obra maestra que perdura como lo más genial de su genial director, y como una de las cumbres del cine de todos los tiempos, y eso es algo que, después de comprobarlo en mis propias carnes, no se puede decir ni muchísimo menos del libro en el que está basada.







domingo, 10 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 2)


Nostalgias sin demasiada utilidad al margen, y si se mira seriamente el asunto con algo de perspectiva no habrá mucha dificultad en ver que, por encima de todo, La guerra de las Galaxias ha sido, es y será siempre una inmensa máquina de hacer dinero. Al margen del mayor o menor equilibrio y frescura de su primera trilogía, de los mayores o menores aciertos de aquel desbarajuste que fue la trilogía de precuelas entre 1999 y 2005, el único análisis posible a la hora de evaluar esta franquicia ha sido, es y será siempre el del dinero. Y en ese sentido, el éxito ha sido tan indiscutible, no solo por los datos en taquilla, que también, sino por ese fabuloso concepto capitalista que es el merchandising, que lo raro era que Star Wars permaneciera en el limbo de los justos. Esta gallina tenía que moverse para producir más huevos de oro, y vaya si lo ha hecho.

La adquisición de Lucasfilm por parte de Disney hace ya tres años fue todo un golpe de efecto en la industria de Hollywood, y puso sobre la mesa una nueva realidad a la que nos tendremos que acostumbrar en los próximos años, como es la presencia, casi anual, de películas y todo tipo de productos relacionados con esta franquicia. La invasión ya ha empezado, pero para el estreno del Episodio VII: El despertar de la fuerza, será algo imparable.

En cuanto a la película, no hay mucho que decir. Tanto el avance publicado hace meses como el tráiler oficial que apareció hace un par de semanas nos dejan ver realmente poco de lo que nos aguarda. La presentación de algunos personajes nuevos y el retorno de otros clásicos, como Han Solo o Chewbacca, nos hacen presagiar un complejo equilibrio donde estos deberán dar paso a aquéllos para hacer que la transición generacional sea todo lo suave que se pueda. Que nadie va a quedar contento ya se lo digo yo, al margen de lo que haga el nuevo director (J.J.Abrams). Y sí, es cierto que muy mal tendría que hacerlo para bajar el listón más de lo que ya lo dejó George Lucas con sus últimos "intentos" como director galáctico, pero insisto en que aquí lo de menos va a ser la cinta. Lo que importa es que la máquina de hacer churros ha vuelto a activarse. 

A diferencia de lo que me ocurrió en la anterior ocasión, donde me dejé llevar por la nostalgia y la expectativa de presenciar algo especial, aquí voy a rebajar el nivel al cero absoluto. Ni me dejo llevar por la emoción de los nuevos actores, que no me parecen mejores que el casting del Episodio 1 sobre el papel, ni el trailer con sus fastuosos efectos y su banda sonora añeja me levanta ceja alguna. Veamos la película y opinemos después, y ya veremos si las piezas que aquí se van dejando apuntadas encajan luego como deberían. Yo me temo que no será así, pero no sería la primera vez que me equivoco, así que...

Sí hay algunos detalles que he visto que no me gustan absolutamente nada. Para empezar, el fetichismo y la dependencia de la trilogía original que se apunta aquí, y que tanto lastró el desarrollo de las precuelas, por paradójico a nivel argumental que pueda parecer que el futuro determine el pasado. Esa imagen de la máscara de Darth Vader chamuscada huele a detalle fanboy para que los frikis de turno lloren lágrimas de cocodrilo, pero a nivel argumental es, de puro macabro, insostenible a nivel argumental. ¿Se imaginan ustedes a Luke cogiendo la cabeza de su padre, fundida con el casco del señor oscuro, y llevándosela a su casa como un alegre recuerdo para poner encima de la chimenea? Venga ya...

Miedo me da también, y del bueno, ver lo degradado que está el pobre Harrison Ford, lo que me hace temer una especie de trauma al ver en lo que se habrán convertido Mark Hamill y Carrie Fisher. Es tan fuerte la imagen que tenemos de ellos de la trilogía clásica que no sé hasta qué punto nos va a dar auténtica lástima ver cómo el paso de los años ha dejado una huella terrible en ellos. Desde luego, a mí me dio vergüenza ajena ver al contrabandista junto a su peludo amigo, rememorando su imagen clásica de la primera película, otro guiño al fetiche porque sí que me huele será solo el preludio de una larga y lamentable historia de guiños sin sentido. 

Respecto al villano de la película, un tal Adam Diver al que ya se le ha podido ver disfrazado de Sith y luciendo una absurda espada en forma de crucifijo láser, espero que tenga mejor suerte que los últimos intentos de la saga por darle un villano a la altura de Vader. Menos mal que aquella estúpida idea de clonarlo no llegó a buen puerto, que si no... En cualquier caso, y como decía antes, prefiero esperar a ver el resultado final antes de sacar conclusiones, aunque lo visto hasta ahora no promete más que nuevos dramas estelares en mi ya magullada memoria.

Total, que salvo por esos planos donde el Halcón Milenario vuelve a surcar los cielos y las estrellas, o ese fabuloso plano en que un destructor espacial yace hundido sobre la arena de un planeta desértico, todo lo que hasta ahora sabemos de la nueva trilogía me conduce a pensar que, de nuevo, se intenta vivir de un legado demasiado maltrecho, y que esto va camino de repetir el fenomenal éxito de todas y cada una de las películas precedentes, junto con el aluvión comercial que nos aguarda, que promete ser de aúpa y muy señor mío.

Sea como fuere, a mí ya no me venden más motos. Por más que me traigan a las versiones octogenarias de mis héroes de otros tiempos, el problema está en que esos tiempos se fueron ya para no volver, y labor inútil es tratar de recuperar su eco. Todo esto no son más que sombras de un pasado  más original y fresco que, por desgracia, siguen haciendo millonarios a sus (ir)responsables mandamases. La que nos espera.




martes, 5 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 1)




La infancia es el espacio donde aún la realidad no ha mostrado plenamente sus coordenadas y donde, por tanto, se pueden establecer puentes a una ficción ilusionante ya sea en forma de cuentos, mitos o leyendas. Es una época fascinante donde el aprendizaje sobre el mundo se hace en forma de parábola, de aproximación a través del juego, la imaginación o la fantasía, un espacio donde cabe casi cualquier elemento siempre que sirva a ese fin mayor de toda buena historia: disfrutar y, al mismo tiempo, darnos herramientas para encarar el futuro con mayor conocimiento de causa.

De todas las historias con las que crecí hay una, en forma de trilogía cinematográfica, que se me quedó grabada de una manera indeleble. Al margen de su mucha o poca calidad objetiva, que aquí para eso están los gustos y las edades, lo cierto es que La guerra de las galaxias ha ejercido siempre en mí un extraño poder de evocación mítica, como ha sucedido con tantos millones de espectadores de muy distintas generaciones desde el estreno de la primera película, allá por 1977. Hay algo en esa historia de héroes y princesas, de malvados hasta la médula y contrabandistas carismáticos que hace que siempre que la revisito me haga volver a ese espacio de la infancia que ya queda cada vez más lejos.

El universo creado por George Lucas se apoya en las bases del relato clásico, con su estructura de caída y redención del héroe trágico, la tutela del sabio y el ascenso hasta la cima del héroe épico. Cuenta con los elementos imprescindibles para alcanzar un guión solvente, plagado de diálogos memorables y personajes que logran atrapar al espectador, y todo ello está envuelto por la factura técnica más impresionante vista hasta entonces, una de sus señas de identidad sin lugar a dudas, y que tienen en las espadas láser o las batallas de naves espaciales dos de sus baluartes más significativos. Todo ello, unido a una producción impecable que nos lleva a mundos desconocidos y, sin embargo, reconocibles en desiertos, parajes helados o bosques impenetrables, es suficiente para armar la estructura de un relato en tres partes donde cada nuevo episodio aporta y no se limita a repetir el más grande, más alto y más fuerte.

Para mí, la gran baza de esta saga ha estado, al margen de sus efectos visuales, en sus maravillosos personajes. Tanto los principales (Han, Luke y Leia) como la inolvidable galería de secundarios encabezados por Darth Vader, el villano más asombroso que ha dado la historia del cine, son capaces de sostener la función y de empatizar con cualquier clase de público. Sus idas y venidas, sus acertadas bromas en los momentos menos oportunos y la sensación de que hay química hasta con el más insignificante extra es algo difícil de ver en otras superproducciones de corte similar, un trabajo al que contribuyó de manera decisiva Lawrence Kasdan, que tomó la batuta de guionista a partir de la segunda entrega y no la soltó hasta dejarnos a todos con la boca abierta en su impresionante final. Si bien es cierto que únicamente Luke trasciende la categoría plana que asola al resto, es más que suficiente para llevar de la mano al espectador por toda una galería de escenarios asombrosos que culminan en ese laberinto emocional que es la sala del trono del emperador.

En cualquier caso, no es únicamente la recuperación de la infancia lo que me aporta seguir viendo, cada cierto tiempo, la trilogía original: cada nuevo visitando me aporta una valoración diferente, con el tiempo. Si bien aprecio el sentido del humor y la frescura de la primera película, que tiene el mérito de sentar buena parte de las bases principales de la saga, es sin embargo en El imperio contraataca donde siento que me tiemblan las entrañas. Para mí, que he tenido siempre en lugar sagrado la relación paterno-filial, la historia de desencuentro entre Darth Vader y Luke Skywalker ha sido siempre una fuente de inspiración trágica, una reflexión sobre el destino y las decisiones, un camino de soledad donde la sombra del progenitor se alza, a un mismo tiempo amenazante y protectora. La épica explícita en cada uno de los pasos del héroe hacia su enfrentamiento final, en las mejores secuencias de El Retorno del Jedi, son para mí un punto culminante del cine de aventuras y me devuelven algunos de los mejores recuerdos de mi infancia.



Casi todos los elementos de esta trilogía, con honrosas excepciones, me han parecido siempre soberbios: desde un diseño de producción impecable y absolutamente renovador en la época, unos efectos visuales solventes y unas ideas fabulosas en cuanto a la caracterización de personajes clásicos de la cultura popular, como los ya citados o Han Solo, Yoda, Chewbacca o Boba Fett. Momentos como la batalla de Hoth, el aprendizaje en Dagobah, los duelos de espada láser o la espectacular batalla de Endor son para mí sinónimo de entretenimiento puro y duro, auténtico festín audiovisual al que la partitura de John Williams no hace sino agrandar aún más con temas tan soberbios como la marcha imperial, el tema de la fuerza o la fanfarria inicial, con la que todo el fan que se precie llora de emoción nada más escuchar sus primeros acordes.

Cuando era pequeño, adoraba también elementos que ahora me parecen más cuestionables, como esos adorables peluches llamados Ewoks o el sentido del humor que se establecía entre los androides C-3PO y su inseparable R2-D2, concesiones al público infantil que, sin embargo, y visto lo que han hecho entregas posteriores, me parece casi cine adulto. Hay elementos de las historias apenas sostenibles, como esas estaciones de combate que siempre tienen puntos débiles al alcance de los menos espabilados o esos soldados de asalto que, por imponentes que sean sus trajes, no serían capaces de acertar a un elefante aunque lo tuvieran a menos de un metro de distancia. Nada serio, ni demasiado grave, ni capaz de empañar, en cualquier caso, todas y cada una de las muchas virtudes que han hecho de la trilogía clásica el referente de culto del cine de aventuras y fantasía espacial que es en la actualidad, y al que se intenta volver sin éxito una y otra vez.

Qué duda cabe que este tipo de cine ya no tiene sentido en la época actual. Cada vez que he intentado hablar de narrativa con el ejemplo de cualquiera de estas tres películas, la reacción de mis alumnos ha sido siempre desastrosa: no soportan el lento ritmo de sus historias, se abochornan con la mayor parte de efectos visuales y no paran de quejarse de la falta de explosiones y senos turgentes, que es lo que se lleva ahora. Algo de eso debió pensar el bueno de George Lucas cuando en 1997, y de manera inexplicable, pensó que lo mejor que podía hacer con sus siguientes diez años era dedicarlos a una nueva trilogía. De esa, por suerte, nos ocupamos en la próxima entrega, si les parece bien. No es bueno manchar a los héroes de otros tiempos con las barrabasadas posteriores (o anteriores, según cómo se mire).



jueves, 30 de abril de 2015

Cinefórum (44): The Imitation Game



Toda guerra tiene sus héroes, y si películas como Salvar al soldad Ryan (1998) nos mostraba el lado más físico de la Segunda Guerra Mundial, The Imitation Game hace lo propio con los héroes del servicio de inteligencia británico, que con sus laboratorios por trincheras lograron descifrar la máquina de codificación de mensajería más compleja creada hasta entonces por el ser humano. Y a diferencia de anteriores versiones cinematográficas, como la olvidable Enigma (2001), la cinta de Morten Tyldum se mantiene mucho más fiel a los hechos históricos, colocando a Alan Turing como el protagonista absoluto de una historia que gravita en torno a su compleja personalidad, sus dificultades para relacionarse socialmente, su arrogancia intelectual y, por supuesto, su genialidad.

La cinta está protagonizada de principio a fin por un inconmensurable Benedict Cumberbatch, que ya no necesita carta de presentación después de haber hecho auténticas virguerías interpretativas con su particular versión de Sherlock Holmes y haber protagonizado una veintena de películas en los últimos cinco años, en manos de los directores más importantes del panorama internacional. Estamos ante un auténtico todo terreno, capaz de meterse en la piel de Julian Assange, del dragón Smaug, de Khan el terrible o de Alan Turing con idéntico gusto por el detalle y un talento arrollador.

En el caso que nos ocupa, el personaje de Turing está recreado de manera fervorosa, mostrando una cantidad de matices, contradicciones y una contención que, paradójicamente, no encuentra más réplica que la de su propia versión juvenil, interpretada por un impresionante Alex Lawther. Y eso que el resto del reparto es de campanillas, con Mathew Goode, Keira Knightley, Mark Strong o el siempre magnífico Charles Dance en los papeles claves de una cinta algo irregular en su estructura pero que mantiene el interés en todo momento y dosifica bien la tensión, la emoción y el desarrollo de los sucesos históricos que representa. Teniendo en cuenta que toda la acción transcurre en las salas de los laboratorios del MI6 y el ejército británico, tiene bastante mérito poder transmitir dicha intensidad bélica tan lejos de las trincheras, pero así es, y es sin duda uno de los grandes aciertos de la película, junto con su conjuntado reparto.

Donde tengo más dudas es en una estructura narrativa que oscila, en ocasiones de manera algo caprichosa, entre las líneas de los años 20 (juventud de Turing), 40 (episodio de Enigma) y 50 (interrogatorio policial). Es evidente que el centro de atención está en la construcción de la máquina y que todo lo demás, tanto la infancia como la madurez del matemático, están puestos para completar dos episodios clave de su biografía alejados del central. Ahora bien, hay toda una subtrama relacionada con el trato que le dio la justicia a Turing, así como a decenas de miles de ciudadanos británicos desde 1885 hasta 1967, a los que hacía elegir entre la prisión o la castración química debido a su homosexualidad, por la que la película pasa literalmente de puntillas y se conforma con una mera addenda oculta entre las referencias rimbombantes a los años de guerra que evitó y los millones de vidas que salvó Turing gracias a su invento. Dado que el perdón real a título póstumo de 2013 y las reediciones de The Imitation Game, el libro del matemático que también da título a la cinta que nos ocupa, fueron la causa última de este homenaje, me parece que queda incompleto a todas luces ante la falta de ojo crítico en este episodio final.

Con un final abrupto, el poder y la garra que hasta entonces había mostrado la cinta se diluye más de lo que debería, haciendo que la cinta no pase de ser otro de esos biopic para mayor gloria del actor que encarna el perosnaje principal, pero que no logra alcanzar todo su potencial por la falta de valor de un director al que, me temo, este proyecto le venía grande. Qué lástima, porque posee muchas y buenas virtudes en tantos otros aspectos que, a pesar de todo, hace que siga siendo muy recomendable.


martes, 3 de marzo de 2015

Cine (43): El Francotirador



Clint Eastwood declaró con bastante sensatez hace unos años, en el estreno de aquel binomio sobre la Segunda Guerra Mundial compuesto por Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006), que al conflicto bélico de Irak le quedaba todavía mucho tiempo para que el cine pudiera afrontarlo con un mínimo de objetividad. El que pasa por ser uno de los mejores directores norteamericanos de las últimas décadas establecía así un punto fundamental acerca de la relación entre la memoria y la Historia: el tiempo. Ni corto ni perezoso, al propio Eastwood le faltó tiempo para contradecirse y, en la película que nos ocupa, narrar las desventuras de Chris Kyle, apodado "La Leyenda" entre los soldados americanos por su extraordinaria facilidad para manejar el rifle de francotirador, y al que se le atribuyen cerca de 160 muertes en el conflicto más reciente de las guerras americanas.

El Francotirador está basada en un libro de memorias escrito por el propio Kyle, que también ejerció de productor de una película cuya sombra planea por todas partes, con todo lo que ello implica. Interpretado por un asombroso Bradley Cooper, la cinta va dando saltos temporales de la vida de Kyle entre los despliegues militares protagonizados por él, pasando por su infancia y una juventud marcada por una serie de atentados terroristas que son los que motivan, en último término, su entrada en los SEAL, la unidad de élite de las fuerzas especiales americanas. Estos despliegues y las tensas relaciones familiares son el núcleo duro de una película que se ha convertido, sin demasiado esfuerzo, en la más taquillera de 2014, y en el mayor éxito comercial como director de Eastwood.

Sin duda, el relato autobiográfico de Kyle y sus frecuentes charlas proporcionaron al guionista Jason Hall abundante material sobre el que documentarse. Así, las incursiones y, muy especialmente, los duelos con el francotirador del bando rival se convierten en lo mejor de la película, o quizá cabría matizar y definir como lo más interesante. La transformación del siempre elegante Cooper en todo un héroe de guerra aporta credibilidad, fuerza y solidez a una película que encuentra en él, su tensión emocional y esa mirada que siempre dice más de lo que parece, el mejor bastión posible. Lástima que el resto de elementos circundantes no esté a la altura.

Si por algo se ha caracterizado el mejor cine de Eastwood desde la magnífica Sin perdón (1992) es por el modo en que aborda las miserias humanas, al margen del contexto histórico en el que se ambienten. Lejos de los grandes espectáculos pirotécnicos a los que la mayor parte de sus colegas nos tienen acostumbrados en historias de corte similar, él optaba siempre por un enfoque intimista que convertía el corazón de sus personajes en el auténtico núcleo narrativo de sus películas, con cimas tan formidables como las que alcanzan en buena parte de su metraje los protagonistas de Mystic River (2003) o Million Dollar Baby (2004), para mí sus dos mejores trabajos como director.

Nada de eso encontramos en El Francotirador. Por mucho que Cooper borde su papel, la trama familiar se diluye en círculos repetitivos acerca de su doble responsabilidad como héroe patrio y cabeza de familia, papel que alegremente le asigna una Sienna Miller algo desnortada y que siempre llama en el momento menos oportuno. Es como si Eastwood nunca encontrara la tecla adecuada para hacer funcionar esa esencial columna sobre la que se asienta la historia, con unos diálogos flojos y escenas sin apenas tensión que, por lo demás, nos remiten de manera constante y agotadora a todos los tópicos ya consabidos sobre la dureza de los veteranos para reincorporarse a la vida civil tras haber contemplado los horrores de la guerra.

Respecto a la trama bélica, el hecho de que sea lo mejor de la cinta no nos conduce, ni de lejos, a la tensión y garra alcanzada por filmes netamente superiores tanto en el aspecto de enfrentamiento como en el de la intriga terrorista ,respectivamente, de En tierra hostil (2009) o La Noche más oscura (2012), ambas dirigidas por Kathyrin Bigelow. Así las cosas, la cinta transcurre entre las idas y venidas de un soldado incapaz de responder a sus dudas reales (las humanas, esas que asaltan al apuntar a un crío de 10 años), cuya trayectoria militar queda reducida a una hagiografía complaciente con esa visión, perversa, de que los Estados Unidos son por derecho divino los árbitros morales de cualquier disensión internacional, o de que así además protegen sus fronteras y por ello se justifican sus tropelías disfrazadas de cruzada democrática.

Alargada en exceso, con algunas escenas dignas de olvido y otras tan bochornosas como el enfrentamiento final entre los francotiradores, y con una trama donde parece que todo el peso de la contienda cae en las espaldas de ese Atlas en que termina convirtiéndose el personaje de Kyle, El Francotirador navega en territorio indefinido entre la épica militar más partidista y un anodino relato familiar de sobremesa, recreándose en momentos excesivamente violentos pero sin molestarse en aclarar algunos de los puntos más interesantes de la trama, como los motivos de un desenlace algo abrupto y mal resuelto para alguien a quien, como Clint Eastwood, se le presupone más nivel para esta clase de retos. Alguien capaz de firmar cintas tan impresionantes como las ya mencionadas no puede permitir que su filmografía se despida con mediocridades como esta o Jersey Boys (2014). Lástima de Gran Torino (2008), que para mí sigue siendo (o debería haber sido) su verdadero canto de cisne dentro de la profesión, y no esta americanada para mayor loor y gloria de un soldado que  parece que ganó la guerra él solito con la única ayuda del objetivo (y perdón por el chiste fácil) de Clint Eastwood.




lunes, 12 de enero de 2015

Cinefórum (42): Interstellar


El cine de Christopher Nolan ha ejercido desde siempre en mí un fuerte componente hipnótico, una especie de gravedad capaz de atraerme hacia historias truculentas que solo contadas por él me parecerían interesantes (Memento, Insomnia, El truco final), o que directamente me embaucaban y trasladaban a ese lugar al que ansío llegar siempre que me siento en la butaca del cine, como me sucedió con El caballero oscuro y Origen. Hay algo especial en el modo de contar historias visuales de este director, una que le ha dado reconocimiento internacional y lo ha colocado como uno de los creadores con mayor proyección de todo Hollywood, lo que en esta industria equivale a un cheque en blanco para hacer la producción que uno desee. Y si bien él se ha decantado por el formato Imax en lugar de la pseudo-revolución del 3D, en el fondo no es tanto una cuestión de envoltorio como de la originalidad de su propuesta narrativa, visual y hasta sonora (porque vaya talento tiene para manejar al siempre predecible Hans Zimmer).

Todo ello, sumado a las geniales noticias que se iban conociendo sobre su excepcional reparto y equipo técnico, sin comparación ahora mismo en este tipo de filmes, hizo que mis expectativas fueran mayúsculas, una expectación que, no obstante, se volvió directamente proporcional al desencanto con nuevo tráiler, que cada vez que mostraba algo de la trama me iba acercando un poco más a la realidad de esta inflada, pomposa y, en el fondo, vacía trama de viajes espaciales con trasfondo familiar. Pero vayamos por partes.

La película cuenta la historia de un granjero, Joseph Cooper, antiguo piloto de la NASA, en un tiempo futuro en que la Tierra se está quedando sin recursos a consecuencia de ese cambio climático que muchos siguen empeñados en negar. Una serie de circunstancias llevan a Cooper a abandonar a su familia para embarcarse en una misión casi suicida con objeto de encontrar un planeta viable para la humanidad, transportando al espectador a miles de años luz en el espacio-tiempo en una frenética carrera por la supervivencia de la especie.

Dicho así puede sonar fascinante, pero en cuanto la película empieza a sentar sus (lentas) bases en el prólogo en la Tierra, Interstellar pierde fuelle a marchas forzadas. Las películas que tienen que sostenerse en la fe del espectador ante los evidentes misterios que se supone que debe resolver el final tienen un enorme riesgo, especialmente cuando esa fe debe mantenerse casi tres horas. Esto no sería un problema si, como pasa en 2001: Una Odisea en el espacio, cada paso en el camino es sencillamente apasionante: no es el caso (y prometo no hacer más comparaciones con el clásico de Kubrick, palabra). Aquí buena parte de los giros de la trama suenan a una conveniencia extrema de guión, como el modo en que Cooper y su hija llegan a la base secreta de la NASA, o demasiado ligeros y alegres, como el modo en que Cooper se enrola en la misión. Del resto prefiero no decir nada, por temor al spoiler.

Para cuando llega el momento de echarse a volar por el espacio, mi paciencia comenzó a mostrar unos preocupantes síntomas de flaqueza. Habían sido demasiadas conversaciones de cerveza y terraza junto al trigo, demasiada charla científica sobre agujeros negros y demasiado plano de un compungidísimo Matthew McConaughey, que habrá terminado con el ceño hecho polvo después del rodaje y los lacrimales secos de tanto llorar. Y vaya por delante que el actor es lo mejor, con diferencia, de una producción que a partir del despegue inicia, curiosamente, una cuesta abajo imparable. De haber contado con un protagonista menos solvente, esto habría sido literalmente insoportable.

Porque precisamente donde yo esperaba de Nolan esa fuerza de atracción, ese poderío visual que en sus dos mejores cintas mostraban un músculo envidiable, es decir, en la exploración espacial, el viaje y los planetas, es donde más indiferencia, insustancialidad y, por qué no decirlo, aburrimiento encontré. Francamente, me esperaba algo más que un planeta-charco y otro congelado, por muy realistas y científicamente probables que resulten. Me esperaba más que un par de escaramuzas de pseudo-acción resueltas de manera chapucera, con la intervención de un actor invitado que yo me hubiera ahorrado muy gustoso, y especialmente me esperaba más seriedad a la hora de plantear ciertos temas que aquí se resuelven con una alegría espectacular, como todo lo relacionado con la gravedad, las diferencias temporales con la tierra, las nubes sólidas del planeta helado y un larguísimo etcétera que tienen en ese agujero de gusano portátil en el que uno puede eyectarse alegremente la máxima expresión de jolgorio para cualquiera que haya leído un poco sobre el tema. 

Curiosamente, el punto más fuerte de la historia no tiene nada que ver con efectos visuales ni teorías peregrinas sobre la gravedad como una fuerza capaz de trascender no sé qué demonios, sino la relación que se establece entre Cooper y su hija Murphy. Son sus diálogos, la fuerza interpretativa de las dos actrices que dan vida a la joven y el perfecto respaldo de McConaughey lo que sostienen la función hasta el último momento, con escenas memorables capaces de emocionar al más insensible. Eso, la magnífica banda sonora de Zimmer y el buen humor que derrochan unos robots de diseño de dudoso gusto es, a la postre, lo único que salvo de Interstellar, que al final se revela como un relato sobre el vínculo entre padres e hijos: el problema es que para contar ese asunto no hacía falta ningún envoltorio lujoso, aeroespacial ni interestelar, como Clint Eastwood lleva demostrando una y otra vez con sus memorables dramas desde hace más de dos décadas. 

Interstellar es, en definitiva, una película técnicamente irreprochable, que seguramente se llevará todos los premios técnicos que sin duda merece. No se le puede poner un solo pero a su ejecución, a cada uno de esos medidos planos en cualquiera de sus localizaciones, y seguramente irá a los Oscars con ganas de comerse el mundo, como no podía ser menos. Ahora bien, a mí me parece que esta es una película menor en la filmografía de un cineasta al que se le puede y se le debe exigir mucho más que este tosco armatoste lleno de nonadas, donde menos mal que hay algunos alicientes que hacen más llevadero un tramo final simplemente delirante donde hasta los más fans de este director se llevarán las manos a la cabeza. Otra vez será.



viernes, 2 de enero de 2015

Cinefórum (41): La batalla de los cinco ejércitos



Tres han sido los pecados capitales cometidos por Peter Jackson en la adaptación de El Hobbit, errores garrafales que han condenado lo que podía haber sido una excelente película en dos partes a ser un producto hinchado, confuso y atropellado en tres entregas que para nada respeta el espíritu del libro original y, lo que es peor, hace un flaco favor a la trilogía a la que precede cronológicamente, El Señor de los Anillos, con una sarta de interrogantes, paradojas y sinsentidos que provocarán más de un disgusto a quien vea las seis películas en su orden lógico. 

El primero de estos errores ha sido pensar que con solo traer a todo el equipo de producción, diseño, música y reparto posible de vuelta estaba garantizada la calidad y el resultado previos. El fenómeno de El Señor de los Anillos conjugó estos y otros talentos en un momento muy concreto de sus respectivas carreras, con mucha gente con mucho por demostrar y una historia brillante y plagada de epicidad que dio alas a tanto talento e inspiración. Gente como el propio Peter Jackson y buena parte del reparto eran completos desconocidos, y otros como Howard Shore, si bien ya establecido como compositor de bandas sonoras, no había dado todavía el salto de calidad que podía dar. Visto el resultado final de la trilogía, muchas de estas decisiones se han revelado como desacertadas en parte por la excesiva familiaridad y en parte por la escasa, por no decir, nula inspiración de muchos de los departamentos implicados, con Jackson en la dirección y Shore en la composición como los dos ejemplos más claros.

El segundo error fue convertir un proyecto que daba, como mucho, para dos cintas, en tres. Si al material original (180 páginas) se le unía el de los apéndices de Tolkien, el viaje de Bilbo se podía haber contado en una película larga e intensa, quizá en dos si se alargaban determinadas escenas con detalle. Cuando Peter Jackson proclamó ufano a través de las redes sociales que teníamos nueva trilogía entre manos no fuimos pocos los que dijimos que aquello era una mala decisión, motivada claramente por temas económicos y no tanto de necesidad del material literario. La batalla de los cinco ejércitos, con diferencia la peor película de las tres que conforman El Hobbit de Jackson, es la demostración palpable de este fracaso de organización del material, con un prólogo que es un total despropósito y una batalla interminable donde nada tiene demasiado sentido, pero que en cualquier caso resulta gratuita hasta la saciedad y palidece, una vez más, comparada con las climáticas secuencias de acción de Las dos Torres o El Retorno del Rey, con quien Jackson sigue empeñado en competir no se sabe por qué extraña razón.

El tercer error tiene que ver, única y exclusivamente, con decisiones de Peter Jackson relacionadas con la adaptación de la obra, y en especial con los cambios y aportaciones de su propia cosecha. El propósito de hilvanar esta historia con la de El Señor de los Anillos y crear un universo coherente es loable, pero eso se podía haber logrado de muchas formas que no implicaran el regreso forzado y gratuito de no pocos personajes, como Frodo, Bilbo en su versión anciana o, especialmente, Legolas. El elfo, que ya en la trilogía original tenía momentos bochornosos, protagoniza escenas realmente embarazosas en esta nueva saga, con el factor añadido de que no aporta absolutamente nada a la historia salvo entorpecer la trama principal. Junto a él viaja inseparable Taruiel, la obligatoria presencia femenina en una aventura a la que maldita la falta que le hacía, pero que aquí se inserta con un calzador colosal para, además, repetir la historia de amor imposible entre elfos y otras razas con un desenlace que es para ajusticiar al guionista. Pocas veces el concepto del amor verdadero ha dado tanta vergüenza ajena en labios de una actriz.

Mención aparte merece el personaje de Alfrid, que hace serias oposiciones a convertirse en el Jar Jar Binks de esta saga. Para alguien que debería haber muerto en la primera escena junto al gobernador, pero al que Jackson decidió darle cancha cómica por el buen rollo que generaba en el rodaje, no se le puede pedir una actuación más desastrosa, desafortunada y cargante que a Ryan Gage. Su salida de escena con la mención del refajo en plena batalla épica me pareció una más de tantas decisiones lamentables de un guión paupérrimo. Y no fue la última.

En realidad, la principal aportación argumental en esta saga es la concerniente a la fortaleza de Dol Guldur, lugar en el que el espíritu de Sauron anida en la forma del misterioso nigromante. Tras las pobres bases sentadas en las dos primeras películas, que alargaban en exceso las idas y venidas del consejo blanco y en especial de un Gandalf que en esta trilogía está más perdido que nunca, La batalla de los cinco ejércitos plantea una solución fácil y chapucera, con una Galadriel en modo niña del exorcista del todo injustificado. Al margen de otras consideraciones, la principal duda que queda es evidente: si todos los miembros del consejo saben del retorno de Sauron, ¿cómo se explica que dejen pasar los 60 años hasta los eventos de El Señor de los Anillos tan plácidamente? Más aún: si Gandalf es consciente de que Bilbo posee un anillo de poder, y muy probablemente el Anillo Único, ¿por qué no le pregunta más cosas? ¿Por qué luego, en La Comunidad del Anillo, de repente le entra la prisa por investigar y atar cabos cuando podía haber arrojado toda sombra de sospecha en los fuegos del Monte del Destino con una de esas siempre convenientes águilas más de medio siglo antes?

Pero al margen de estos errores capitales, El Hobbit se resiente de una trama limitada, pequeña y de menor ambición, propia del cuento original con el que Tolkien pretendía entretener a sus hijos y que él mismo hubo de rehacer una y otra vez cuando el proyecto de los anillos se le fue de las manos veinte años después. El exceso permanente en que vive instalada La batalla de los cinco ejércitos hace imposible una crítica al uso porque, insisto, no se trata de una película sino de los cabos sueltos que debían haber quedado atados en anteriores entregas. El desenlace de Smaug es imperdonable, con apenas diez minutos que perfectamente podían haber entrado al final de la segunda parte (si no hubiéramos tenido que soportar la dichosa escena de las fraguas, claro). Semejante personaje, el alma de toda esta saga y principal referente, queda reducido a un pelele que únicamente el plano en que desciende muerto sobre la ciudad del lago, cargada de emoción contenida, ayuda a paliar.

Del resto... en fin: ya hemos mencionado los cinco minutos que zanjan el asunto de Dol Guldur, por lo que únicamente quedan las idas y venidas de los trece insustanciales enanos y el bueno de Bilbo, al que Martin Freeman sigue dando vida de forma ejemplar. Toda la trama relativa a Dorin y su bajada a los infiernos de la codicia está llevada de un modo primerizo, en especial con una resolución de golpe y porrazo que no hace justicia a un personaje que, no lo olvidemos, ya conoció las estancias del tesoro de Erebor en su juventud pero que aquí parece verlas por primera vez. Así las cosas, solo nos queda la batalla, lastrada por unos efectos visuales que, por extraño que parezca y por primera vez en toda la saga, no están a la altura. Más que nunca la sensación de estar viendo una secuencia CGI de un videojuego es evidente aquí, con decisiones de diseño tan tristes como esos gusanos comepiedra sacados del saldo de Dune o esos trolls de mediana estatura que, francamente, lucían casi mejor en la primera entrega de Harry Potter.

La sensación de ir hacia atrás en tantos y tantos sentidos es bastante molesta, y es algo que se lleva alargando ya demasiado tiempo como para no mencionarlo. La trilogía precedente dejó toneladas de diálogos memorables, escenas para el recuerdo y canciones impresionantes que resuenan en nuestra memoria colectiva: es escuchar el tema de la Comunidad del Anillo, o de los espectros, o de la Comarca, y de repente se nos ponen los pelos de punta. Sin embargo, la rutinaria y convencional dirección de Jackson, la rutinaria y convencional partitura de Shore y la pobreza de todo lo demás hacen de esta saga un cúmulo de indiferencias, una detrás de otra, que muy pocos vamos a tener ganas de rememorar en futuros visionados, algo que con la trilogía de El Señor de los Anillos, mucho me temo, no va a suceder, pues su legado permanece mucho más sólido y firme.

Nada que ver con este lamentable epílogo de dos horas donde hay más ruido que nueces. Como siempre, aquí el apartado de maquillaje y vestuario destaca por encima de la media y demuestra el carácter de superproducción, pero ni siquiera estos aspectos técnicos salvan una papeleta cuando la historia que se está contando no tiene ni pies ni cabeza y el director y el compositor están tan perdidos como sus propios actores. Son tantos los desatinos (¿por qué los enanos se tiran media hora para vestirse con poderosas armaduras si luego al final salen a pecho descubierto?), tantos los viajes innecesarios con diálogos aún más (¿Legolas hablándole de su madre a Tauriel en la fortaleza de Gundabad?) y tantos los planos épicos que uno termina ya cansado. Alargada, con fallos técnicos y con ese amargo regusto de estar viendo lo mismo, pero peor, La batalla de los cinco ejércitos se convierte en la peor de las seis películas de la Tierra Media y en el colofón, justo en su mediocridad, para una falsa trilogía que, visto lo visto, quizá nunca debió producirse, o no al menos con esta pobre ejecución. Qué triste final para una aventura tan fantástica.



miércoles, 13 de agosto de 2014

Adiós, mi capitán



Ayer murió en su casa de San Francisco Robin Williams, un actor y cómico estadounidense que a lo largo de más de treinta años desarrolló una carrera muy irregular donde alternó grandes éxitos (Good Morning, Vietnam, El club de los poetas muertos, El indomable Will Hunting, etc.), con grandes y sonoros fracasos (Popeye, El hombre bicentenario).

Lo que más me llamó la atención de la noticia fue la sensación, bastante extraña, de que en cierto modo perdía a alguien de la familia. Williams ha estado presente en prácticamente todas las etapas de mi infancia y juventud con películas cuyo impacto me resulta mayor, ahora que se siente más notoria la ausencia del intérprete. No sé la de veces que habré visto de pequeño Hook (1991), Señora Doubtfire (1993) o Jumanji (1994), siempre con ese rostro afable y simpático con el que conquistaba a toda audiencia infantil que se ponía ante él. Más discutible me parece, a tenor de lo que oigo y leo en los medios a raíz de su fallecimiento, el peso de su interpretación como el genio de la lámpara en Aladín (1992), ya que en este caso a España llegó principalmente la versión doblada al castellano, con el fenomenal Josema Yuste como genio.

Ya en una segunda etapa, y mientras Williams hacía engendros tipo Flubber y cosas así, me dediqué a explorar una filmografía muy interesante donde encontré rarezas como El Rey Pescador (1991) y sobre todo grandes películas donde el actor contenía un poco su vena histriónica para entregarse a papeles más dramáticos. En concreto, su interpretación del profesor Keating en El club de los poetas muertos (1989) ha sido siempre para mí una inspiración en mi carrera docente, aun siendo muy consciente de toda la carga de idealización que la maquinaria del cine suele aportar a este tipo de historias de superación y de lucha contra los convencionalismos educativos. Williams daba a aquel papel toda la dignidad, hondura y carisma que requería un personaje que era capaz de hacer superar cualquier crisis de fe vocacional con un solo visionado, y se convertía sin problemas en el centro gravitacional de una historia inolvidable.

Evidentemente que me seguí riendo con papeles cómicos como el que realizaba en Jaula de grillos (1996) o Desmontando a Harry (1996) donde daba vida a un actor desenfocado, pero sin duda me atrajeron más otras elecciones mucho más acertadas, como las de sus papeles en Más allá de los sueños (1998), Retratos de una obsesión (2002) e Insomnia (2002). En la primera, daba vida a un esposo que protagonizaba una odisea para rescatar a su mujer ni más ni menos que de un particular infierno, toda una experiencia visual donde Williams se contenía, para bien, y daba rienda suelta a una veta romántica que yo le creía imposible. En las dos últimas sacaba a la luz un lado oscuro aún más impensable, dando vida a sendos psicópatas que me pusieron la carne de gallina y me hicieron replantearme seriamente si aquel señor era el mismo al que había visto tantas veces hacer el ganso en cintas anteriores, pero que en cualquier caso me demostraron, una vez más, la versatilidad de un actor plagado de registros y de talento interpretativo.

Respecto a la única película por la que conoció la gloria del Oscar al mejor actor secundario, El indomable Will Hunting (1997), siempre he tendido a verla como una especie de secuela espiritual de El club de los poetas muertos. Aquí Williams interpreta a un psicólogo y, sin embargo, son sus charlas  inspiradoras y catárticas con el personaje que interpreta Matt Damon las que comentan una historia que, sin él, perdería un anclaje principal como guía y educador. Es un papel tierno, cargado de sentimiento y no exento de humor (las confesiones maritales que hace en un momento de la cinta, fruto de la improvisación, hacen que incluso al cámara le tiemble la mano en uno de los chistes de Williams). Un éxito merecido que, junto a tantas otras películas, convierten a este actor en un clásico de la comedia reciente de Hollywood, y uno de esos que con su marcha nos hace sentir a todos un poco más tristes. Descanse en paz, oh, capitán, mi capitán.



lunes, 14 de julio de 2014

Cinefórum (40): El Reino de los Cielos


En 2005, Ridley Scott estrenó El Reino de los Cielos, un relato de corte épico ambientado en la época de las cruzadas. Subido por aquel entonces todavía en aquella fenomenal cresta de la ola provocada por el éxito incontestable de Gladiator (2000), Scott pensaba que el género de la espada y el honor  de corte realista aún tenía muchos coletazos que dar en el cine, y por ello apostó buena parte de su patrimonio y el de su propia productora, Scott Free, para darle nada menos que 130 millones de dólares (récord de su carrera) al presupuesto de la cinta.

La historia trata de las aventuras de un personaje histórico, Balian de Ibelin, un noble que sirvió a las órdenes del rey Balduino en la Jerusalén de finales del siglo XII. El guión de William Monahan se toma bastantes licencias, como la de situar al propio Balian (Orlando Bloom) como un humilde herrero en la Francia medieval, lugar al que acude su acaudalado padre (Liam Neeson) para hacerle saber su condición de único heredero (y de bastardo, al mismo tiempo). Las desgracias acumuladas hasta entonces hacen que Balian acepte el pasaje a Jerusalén como un viaje de expiación, una peregrinación espiritual con visita guiada al Gólgota donde poder enterrar el recuerdo de su malograda esposa.


A partir de ahí, el papel de Balian se torna decisivo en las luchas de poder en la corte del rey Balduino (un irreconocible Edward Norton), aquejado de una lepra muy avanzada. Las conspiraciones de los templarios, liderados por los malvados Guy de Lusignan y Raynald de Chatillon (genial Brendan Gleeson), pondrán en jaque la débil tregua con Saladino y harán temblar todos los cimientos de la cristiandad, asentada desde hacía décadas en la ciudad santa y a la que la invasión musulmana hace cuestionarse a todos su particular rol en ese mal llamado Reino de los Cielos.

Ridley Scott, que venía de tres sonoros éxitos de taquilla consecutivos (Gladiator, Hannibal y Black Hawk Down), sabía de la importancia de un reparto de garantías para dar vida a tantos y tan ambiciosos personajes. Mientras Monahan se dedicaba a las labores de escritura y su productora se encargaba del diseño de producción, vestuario y localizaciones (Marruecos y España, principalmente), él se dedicó a los fichajes. Los primeros en firmar fueron Liam Neeson y Jeremy Irons, que hace las veces de mentor de Balian durante su etapa en Jerusalén. Después se fueron uniendo más y más rostros conocidos, desde la siempre fascinante Eva Green como la hermana de Balduino al propio Edward Norton. Gleeson y Bloom fueron casi los últimos en llegar, entre otros motivos por las dificultades para encontrar a un protagonista que reuniera la juventud y, al mismo tiempo, solvencia necesarias para sostener una producción de semejante enjundia.

Mientras que sobre el excepcional reparto de secundarios no hay duda alguna, hay quien todavía se plantea (yo entre ellos) si la elección de Bloom se debió a su por entonces fenomenal estado de fama global (venía de rodar las trilogías de El Señor de los Anillos y estaba inmerso en la de los Piratas del Caribe), o al carisma que irradia como actor. Es evidente que otras opciones, como la de Russell Crowe o Hugh Jackman, parecían poco apropiadas por una simple cuestión de edad, pero qué duda cabe que tanto ellos como la larga decena de candidatos alternativos habría aportado más densidad a un personaje que, seamos francos, se pasa con cara de pasmarote buena parte de la cinta. Solo en las escenas con Sybilla (Green) y Balduino alcanza una cierta química, que se desvanece en cuanto toma la palabra para armar de ánimos a sus soldados o ha de llevar las riendas de una narración que, a mi juicio, le pesaba demasiado para su por entonces escaso bagaje (recordemos que en las sagas antes citadas él siempre era un perfecto secundario, mientras que el peso lo llevaban actorazos como Viggo Mortensen o Jonnhy Deep, entre otros). Si El Reino de los Cielos tiene una tacha de entrada, y de no poca importancia, es un actor principal al que aún le faltaban unos añitos para calzar adecuadamente el traje de caballero.

Lo cierto es que, salvando este detalle, la película mostraba unas virtudes de producción envidiables. El presupuesto se gastó sabiamente en extras y en efectos visuales puestos al servicio de la narración, como a la hora de recrear ciudades, paisajes y grandes secuencias de batalla. La espectacularidad iba de la mano, no obstante, de una enorme sensibilidad y cuidado a la hora de retratar a un imperio musulmán siempre en el ojo del huracán cuando de producciones americanas se trata. La idea clara de la cinta de lanzar un mensaje conciliador, de difuminar las barreras arquetípicas entre cristianos y musulmanes es muy de agradecer, por más que resulte completamente anacrónica y algo sangrante en el ya citado discurso de Balian a las gentes de Jerusalén (eso de que la ciudad es de todos y de ninguno al mismo tiempo le hubiera costado al buen señor algo más que una soterrada queja por parte del obispo, pero bueno...).

Uno de los aspectos que más me llamó la atención de la cinta cuando tuve ocasión de verla en el cine, al margen de su soberbio apartado audiovisual (la fotografía de John Mathieson es fabulosa, y la banda sonora de Harry Gregson Williams tiene temas magistrales), fue la sensación de que aquella historia estaba, de algún modo, esquilmada. Varias de sus secuencias me parecían incompletas, muchos de sus diálogos anunciaban más de lo que decían realmente, y solo a raíz de su publicación en Blu Ray (mi primera adquisición en dicho formato, si no recuerdo mal) puso una explicación racional a tanto desbarajuste. La crítica y el público habían visto una versión de la cinta, de más o menos dos horas y cuarto de duración, que poco tenía que ver con una versión del director que se va a las tres horas pero, a cambio, ofrece una historia mucho más compleja, con varias tramas eliminadas que aportan una mayor profundidad, interés y dramatismo a buena parte de una película que nos llegó demasiado recortada.

La edición especial de esta cinta, seguramente una de las pocas que voy a recomendar jamás en este cuaderno de bitácora, es todo un ejemplo de cómo editar una película para formato doméstico. Al margen de todo el cuidado que se ha puesto en los contenidos adicionales, la edición de la película supera, con creces, lo visto en las salas de cine. Ya no es solo que haya tramas enteras que antes no aparecían, como la que tiene que ver con el hijo de Sybila y que da sentido al personaje de Eva Green o al de Guy de Lusignac, sino que prácticamente en casi todas las escenas hay diálogos ampliados, secuencias añadidas y un sentido mayor de la coherencia y la cohesión. Así, podemos apreciar mucho mejor el drama en el que vive inmerso Balian en su particular infierno en Francia, o el modo en que ayuda a reconstruir Ibelin para dotarla del esplendor perdido; apreciamos más diálogos con Tiberias (Irons) o los hombres de Godfred, el padre de Balian, así como más duración en algunas secuencias determinantes, como la que tiene que ver con el desenlace de la trama del  rey Balduino.

El Reino de los Cielos, en esta versión, es una película netamente superior, si bien incurre en algunos defectos de forma y de fondo, como el detonante de la guerra definitiva contra los musulmanes, que pueden parecer demasiado forzados para engrandecer a los protagonistas y hacer descender a los infiernos (y nunca mejor dicho) a determinados responsables de la cristiandad. Lo que sí se mantiene, en cualquier caso, es la belleza de todas y cada una de las localizaciones, desde los imponentes castillos medievales (que toman el referente del castillo de Loarre, entre otros) a unas panorámicas que son dignas de admiración, y que junto al excelente apartado de vestuario logran recrear como nunca antes se había visto una época demasiado dada a la idealización fácil.


Evidentemente, esta cinta no oculta su origen comercial, lleno de concesiones que harán retorcerse en la butaca al historiador menos exigente, pero no creo que Scott tuviera en mente rodar un documental, sino una cinta que retomara el antiguo sabor de aquellas películas medievales del cine clásico con un toque más contemporáneo, realista en el tratamiento visual y con mayores valores de producción para hacerlo todo más creíble. En este sentido, no creo que ningún espectador aficionado al género quede decepcionado, tanto por la calidad del producto como de todos y cada uno de los integrantes del elenco. Con el tiempo, hasta el bueno de Orlando Bloom se crece en el papel y termina la película bastante mejor de lo que la empieza, algo que vistas las primeras escenas parecía difícil de creer.

Lejos, por otro lado, de las cotas alcanzadas por aquellas obras maestras llamadas Alien y Blade Runner, Scott pone siempre el foco en el corazón de sus personajes, si bien en ocasiones anda más acertado que en otras. Es evidente que en comparación con aquellos clásicos de la ciencia ficción y, en menor medida, de las cotas de Gladiator, El Reino de los Cielos podría parecer hasta cine menor. Nada más lejos de la realidad: esta cinta reúne las suficientes virtudes, en especial en su versión extendida, como para hacer palidecer a todas y cada una de las producciones de corte medieval hechas en las dos últimas décadas. Es una película espectacular e íntima cuando la ocasión lo requiere, que trata desde grandes conflictos internacionales con espectaculares batallas a pequeñas miserias personales con igual acierto; su excelente fotografía nos retrotrae a las Cruzadas como pocas han conseguido hasta la fecha, y cuenta con una trama con el suficiente interés como para querer saber siempre qué va a suceder a continuación.

Casi diez años después de su estreno, El Reino de los Cielos sigue conservando un encanto especial, con unos personajes que se debaten entre el poder y el querer desde los fríos bosques europeos hasta las desérticas llanuras de Tierra Santa; una odisea rodada en tres países, cuatro idiomas diferentes y el único objetivo de plantear un tema para la reflexión, la posibilidad del entendimiento y la paz en medio de una barbarie donde quien más quien menos resolvía las dudas a golpe de espada y después preguntaba al decapitado. La escena final (atención, spoiler), en la que un agotado Balian se identifica como un simple herrero ante el arrogante Ricardo Corazón de León, dispuesto de nuevo a retomar Jerusalén como si nada, es toda una declaración de intenciones de un director que, por desgracia, desde aquella aventura épica no nos ha dejado demasiadas muestras para la esperanza en los últimos años.