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lunes, 21 de octubre de 2013

El país de los pícaros



Cuando hace unas semanas el Comité Olímpico Internacional descartó a las primeras de cambio la candidatura de Madrid para ser sede de los Juegos Olímpicos de 2020 (es la tercera vez consecutiva que Madrid pierde esta candidatura, tras los fiascos de 2012 y 2016, que fueron a parar a Londres y Río de Janeiro, respectivamente), toda nuestra ilustre caterva política salió a escena para barruntar en un lenguaje absolutamente incomprensible máximas del calibre de "hemos perdido, pero nunca nos derrotarán". Dijeron, además, que la candidatura era perfecta, que el proyecto era aún más perfecto todavía, y que no había ciudad más deportiva que Madrid ni país más olímpico que España.

Puede que buena parte de las críticas al proyecto español se las haya llevado cierta alcaldesa y su lamentable spanglish, pero a mí lo que me da auténtica pena, auténtica vergüenza, es que no se sostiene la afirmación de que este país es deportivo, limpio y competitivo, de que es merecedor de celebrar juegos olímpicos ni nada parecido. El asunto del dopaje, que otros países se toman tan en serio que llegan a desposeer a sus medallistas olímpicos de títulos y premios, como pasó en Estados Unidos con Marion Jones o Lance Armstrong, aquí en España se trata con una ligereza absoluta. La operación Puerto se saldó con una sentencia totalmente surrealista, plagada de absoluciones y destrucción de pruebas; el pasaporte sanguíneo de Marta Domínguez, campeona del mundo de atletismo en 2009, está pasando de mano en mano por todos los organismos nacionales competentes para juzgar si esta buena señora cometió o no dopaje, y al final parece que terminará en manos de algún tribunal internacional; la unión ciclista española fue incapaz de condenar a Alberto Contador por su positivo por clembuterol y tuvo que actuar la UCI de oficio para que cumpliera su sanción de dos años, al tiempo que lo desposeía de los títulos afectados por el positivo.

Pero no es solo eso. No es solo que este país mire a otro lado de forma descarada en temas de dopaje patrio, sino que se comporta de una manera totalmente desvergonzada en cuanto tiene ocasión para ello. Resulta que en el año 2000 nuestra selección paralímpica de baloncesto ganó una medalla de oro absolutamente fraudulenta: 10 de los 11 jugadores del equipo no tenían ningún tipo de minusvalía o discapacidad, se tenían que controlar para no ganar por paliza a sus rivales y, en el colmo de los colmos, ahora su única defensa es decir que en realidad todas las demás selecciones hacían lo mismo y que allí el único discapacitado era porque se habría colado en el "casting". Bueno, pues resulta que esto se ha sabido porque uno de los jugadores del equipo era un periodista que quería destaparlo todo desde dentro, lo hizo y el Comité Paralímpico ha tardado la friolera de 13 años (¡13 años!) en lograr que la Audiencia Provincial de Madrid haga algo al respecto. ¿Saben lo que ha ocurrido? Pues que 19 personas, entre ellas todos y cada uno de los falsos discapacitados, han sido absueltos, y la única sanción se la ha llevado el presidente de la federación de entonces: la sanción mínima que contempla la ley para estos casos, de apenas 5.400 euros.

Todo esto debería llevarnos a algún tipo de reflexión. Yo no creo que todos los deportistas españoles sean unos tramposos en cualquier sentido, ni mucho menos. Es más, estoy convencido de que la gran mayoría tratan de entrenarse a diario, competir y ganar con la mayor honradez profesional posible. Sin embargo, hay un porcentaje significativo de deportistas, gestores en diferentes áreas y médicos cómplices que van en la dirección contraria, y de un tiempo a esta parte están aniquilando la imagen de nuestro deporte fuera de nuestras fronteras. 

Aquí la prensa tiene un papel fundamental, que a base de casos bochornosos como los que estamos viviendo parece que va tomando una posición algo más crítica. No siempre fue así. Recuerdo perfectamente que en 2011, cuando Contador ganó el Giro de Italia de aquel año, la prensa española (no solo la deportiva, ojo) se congratulaba diciendo que el día anterior al comienzo de la carrera Contador estaba en la playa con su novia, tomándose unas merecidas vacaciones desde hacía no sé cuántos días. Su entrenador lo llamó y le dijo que al día siguiente tenía que comenzar a pedalear porque les había fallado otro corredor, y así, sin ningún tipo de preparación, fue, vio y venció, como el César. Cuando estalló el caso de Contador, me vino inmediatamente a la memoria aquella bravuconada mediática, y muchas piezas me encajaron, pero me chocó la defensa a ultranza de prácticamente todos los medios, que aseguraban de forma machacona, una y otra vez, la inocencia de un deportista que, por más que se quiera pretender lo contrario, fue condenado a cumplir sentencia por haber dado positivo de una sustancia prohibida.

Lo que más me indignó anoche, mientras escuchaba a dos jugadores de aquella fraudulenta selección paralímpica de baloncesto (que por supuesto no se atrevieron a dar sus nombres), fue cómo todos derivaron el debate desde la inmoralidad de todos los implicados en el evento, que es donde debería haberse mantenido, a las acusaciones sin pruebas de ninguna clase acerca de que "todas las demás selecciones hacían lo mismo". Esa estúpida, infantil e inmadura postura del "y tú más", que tanto nos indigna en política, hizo que aquí todo el mundo se fuera a la cama pensando que en el fondo qué más da, si los rusos, los alemanes, los turcos y todos son más tramposos, y tonto el último. Lo mismo dijeron los miembros de la delegación de Madrid, insinuando que Turquía y Japón también tenían casos de dopaje, y el desmedido apoyo incondicional en torno a los casos de Contador, Marta Domínguez y tantos otros, que se ven en la obligación de acusar a todo el mundo para que los suyos, los nuestros, parezcan los más buenos del patio, o al menos tan malos como los demás, pero no peores. Es una auténtica vergüenza que nos hace indignos, bajo cualquier óptica moral, deportiva o como se quiera, de albergar nada más trascendental que un torneo de chapas. Y seguro que hasta ahí nos las apañábamos para saltarnos las reglas.

En suma, mientras siga sin existir una cultura del esfuerzo, trabajo y honradez en buena parte de nuestros deportistas, mientras nuestros organismos y federaciones no sigan una política de tolerancia cero contra el fraude y el dopaje, mientras nuestras instituciones judiciales no actúen de manera contundente con sanciones ejemplares hasta en el más pequeño de los casos demostrados, seguiremos siendo a ojos de todo el mundo un país de pícaros, de tramposos y de chapuceros con el mayor de los merecimientos, y lo de menos será quién se tome o deje de tomar la dichosa relaxing cup de café con leche...

viernes, 14 de junio de 2013

La leyenda del indomable




Corría septiembre de 2004 cuando, de vacaciones en casa de unos amigos, uno de ellos detuvo el mando a distancia en un partido de tenis. Era una semifinal o unos cuartos de final de la Copa Davis contra Francia, y uno de los puntos decisivos de la eliminatoria (que iba 1-2 por aquel entonces) lo jugaba un chaval de 18 años llamado Rafael Nadal. Recuerdo que me senté en aquel sillón como hipnotizado por aquellos puntos que se sucedían a una velocidad de vértigo, unos drive de derecha casi imposibles y una mentalidad a prueba de bombas, que no daba un solo punto por perdido, que nunca daba una bola por mala. Para cuando Nadal ganó aquel partido y clasificó a España, yo ya era, en apenas unos minutos, testigo de una leyenda que no había hecho nada más que comenzar.

Puede parecer extraño, pero hubo un día en que nuestros mejores tenistas eran apenas flor de un día. En la década anterior habíamos tenido grandes jugadores, campeones de Roland Garros como Sergi Bruguera o Carlos Moyá, que llegó a ser incluso número 1 del mundo, así como Albert Costa, Alex Corretja o Juan Carlos Ferrero, que poco antes de Nadal era la gran estrella de este deporte en España. Sin embargo, su brillo apenas duraba dos o tres años. Tan pronto como aparecían y ganaban algún torneo relevante volvían a desaparecer sin apenas darnos tiempo a apreciar las cualidades de su tenis. Todo eso, como tantas otras cosas, cambió con Nadal.

Solo unos meses más tarde de conseguir la copa Davis 2004, Nadal se alzó con la victoria en Roland Garros y convulsionó el mundo del tenis. Tenía entonces 19 años, el récord absoluto en la historia de un torneo fetiche en su carrera deportiva, y sin embargo no muchos supieron ver la enorme diferencia en la victoria respecto a los tenistas antes mencionados. Lo que en aquellos fue el momento culminante de sus carreras en Nadal era, junto a la copa Davis del año anterior, la primera piedra en un camino que conocería glorias aún mayores.

Por aquel entonces, Nadal era un tenista que basaba sus triunfos en una serie de aspectos clave: a una fortaleza física descomunal y un físico envidiable unía una contención y un autocontrol del todo infrecuentes en alguien de apenas 20 años. Su derecha (aunque es zurdo, el término en tenis es así, qué le vamos a hacer) era un auténtico suplicio para una amplia mayoría de jugadores diestros, que sufrían los constantes ataques a su revés por parte de un Nadal siempre incansable, siempre generoso en el esfuerzo y el sacrificio. No obstante, su saque y ciertos aspectos de su juego en red y en el revés todavía podían mejorar, y a fe que lo hicieron.

Por otro lado, y lejos de encasillarse en su terreno favorito, la tierra, Nadal optó por ampliar sus horizontes a la hierba, asignatura pendiente para el tenis español, así como a la pista dura. En 2006, además de levantar su segunda copa de los mosqueteros en París, llegó a la final de Wimbledon, un torneo maldito hasta la fecha, donde cayó ante el mayor especialista en esa superficie de la presente generación y uno de los mejores tenistas de la historia, Roger Federer. Idéntico resultado sucedería en 2007, con su tercer Roland Garros y su segunda final de Wimbledon, donde jugó a un nivel aún mejor. Esta progresión se vería coronada finalmente en 2008, donde además de levantar el cuarto título de Roland Garros con un auténtico recital a Federer, al que derrotó por 6-1, 6-3 y 6-0, se adjudicaría su primer Wimbledon, en una final de más de cinco horas ante Federer que está considerado el mejor partido de tenis de todos los tiempos. La felicidad con la que Nadal celebró el título fue descomunal porque encerraba toda la tensión acumulada en años anteriores y su obsesión por triunfar en un terreno tan exigente, en cuya final Nadal demostró estar a la altura de los más grandes.

2008 fue coronado por la medalla de oro de los Juegos Olímpicos y su segunda Copa Davis, aún más meritorias por haberse producido ambas sobre pista dura, y un más que merecido número 1 del mundo en el ránking de la ATP. Y a partir de ahí, la vorágine de éxitos sería imparable, a pesar de protagonizar la única derrota de toda su carrera en Roland Garros ante Soderling, un gigante que lo apeó de la final de 2009 en semifinales de un torneo que acabaría ganando, cómo no, Roger Federer. A pesar de ese borrón, Nadal se alzó con la victoria en el Open de Australia ante un Federer que terminó llorando de pura desesperación. Nadal le había ganado el 70% de las veces en que ambos se habían enfrentado, una estadística que no haría sino aumentar con el paso de los años. Las lágrimas estaban más que justificadas: ni la mejor versión de Federer, lejos de la hierba de Wimbledon, era capaz de doblegar a un Nadal que se crecía siempre ante la adversidad, como demostró también en la final de su tercera copa Davis, en 2009, donde España barrió a la República Checa por un aplastante 5-0 con un Nadal pletórico. Por aquellas fechas tuve ocasión de verlo en el masters de Madrid, venciendo a Nico Almagro en las semifinales de un torneo que terminaría ganando, y me quedé boquiabierto: en directo la calidad de su tenis no hace sino verse aumentada, y me confirmó punto por punto que la emoción que se transmite por la televisión está plenamente justificada cuando es él el que empuña la raqueta.

Es fácil imaginar la presión mediática que recaía sobre un Nadal al que todos parecíamos exigirle siempre ganar, ganar y ganar. Y, a pesar de todo, el de Manacor respondía siempre con más victorias: en 2010 levantó nada menos que su quinto Roland Garros (dándole una paliza a Soderling en la final, ironías del destino), su segundo Wimbledon y su primer y único US Open hasta la fecha, frente a un Novak Djokovic que acababa de aterrizar en la élite del tenis para sustituir a Federer como el gran rival por el liderato del tenis mundial. Tres torneos del Grand Slam en un año, algo que solo unos pocos han podido igualar o superar en toda la historia, para redondear su año imperial, posiblemente la cima de toda su carrera deportiva y en la que demostró haber mejorado aspectos clave como el saque, un revés a dos manos que ahora era endiablado y una mayor paciencia en los partidos para dosificar sus energías. Nadal era un tenista total, competitivo en todas las superficies y el dominador absoluto de la tierra batida, donde batía año tras año récords de torneos Master.

La explosión de Djokovic en 2011 es un hito del tenis que se llevó a (casi) todos por delante. El serbio logró triunfos colosales en Wimbledon, Australia y Estados Unidos y sin embargo Nadal, que había caído en las tres finales anteriores ante Nole, logró engrosar su palmarés con un nuevo Roland Garros (y ya iban 6, igualando el récord histórico de Björn Borg), además de su cuarta copa Davis. Por todo ello, el hecho de que algunos medios españoles consideraran "fracaso" ese año de Nadal, donde se alzó con un Grand Slam y llegó a las finales de los otros tres, más el triunfo en la Davis, me parece más que osado, fruto de la ignorancia y mezquindad tan propias de este país.

A todo eso se suma una serie de problemas físicos en la rodilla que hicieron que Nadal perdiera comba en 2012, a pesar de lo cual se las apañó para ganar su séptimo Roland Garros. Tras su victoria, decidió hacer un parón que muchos vieron como casi definitivo: desde 2011 arrastraba dolores fortísimos que llevaron a muchos médicos a recomendarle una intervención quirúrgica por un problema de ligamentos. Finalmente, su entorno decidió, con el omnipresente Toni Nadal a la cabeza, que optarían por un tiempo de descanso mayor y un tratamiento específico que, meses después, debería demostrar su eficacia sobre la pista. Nadal cayó en la lista ATP al cuarto puesto por incomparecencia en todo el segundo tramo de 2012 (perdiéndose también los juegos olímpicos de Londres, toda una decepción para el propio Nadal), mientras Djokovic seguía devorando el circuito y Federer veía declinar aún más su brillo.

A principios de 2013, un Nadal más tímido que de costumbre regresó a las pistas para, literalmente, arrasar: ganó 6 de los 8 torneos que jugó (llegando a 8 finales de 8, ojo), y para cuando Roland Garros abrió sus puertas volvía a ser favorito para levantar su octavo título en un mismo Grand Slam, algo que nadie ha hecho jamás (Sampras y Federer, los siguientes en lista, tienen 7 Wimbledon). La victoria de Nadal, que pasó como una apisonadora ante sus rivales y únicamente sufrió ante un Djokovic que terminó mordiendo la raqueta y maldiciendo a Mallorca entera, es uno de los triunfos más merecidos y reconfortantes de su carrera deportiva, un hito colosal que sitúa a Nadal como el mejor jugador sobre tierra batida de todos los tiempos y como a un deportista que, al fin, se ha quitado todas las espinas que le quedaban. El futuro que tiene ante sí, como había ocurrido hasta 2011, vuelve a estar en sus manos, como lo están sus límites, que llegan únicamente hasta donde él se marque. Y, ya de paso, fue la ocasión perfecta para acallar a todos esos bocazas que llevan años dando lecciones de tenis a costa de criticar a un Nadal al que, me temo, son incapaces de llegar a la altura de la suela de los zapatos. Incluso el público francés, que tanta tirria le tenía en sus primeros años, lleva ya varias ediciones rendido, reconociendo sin ambages la incontestable superioridad de este tenista sobre todos los demás.

Pero por encima de victorias, títulos y estadísticas, lo que siempre he admirado de este deportista es un carácter a la altura de su mito. Su educación, su respeto al rival, su entrega absoluta y su inmenso talento para jugar al tenis, con golpes imposibles, jugadas maestras y una visión de juego espectacular, están solo al alcance de los deportistas elegidos. Nadal ha batido todos los récords y únicamente juega ya, como los más grandes, para sí mismo y para la historia, y sobre todo para hacer disfrutar a los millones de seguidores que desde hace tantos años sufrimos y saltamos de alegría a su lado, ya sea en la grada o en el televisor. No es casualidad que todo el circuito del tenis mundial pasado, presente y futuro lo admire y reconozca como uno de los grandes a la menor ocasión: Nadal es, con su forma de ser dentro y fuera de la pista, un ejemplo para millones de personas y un verdadero patrimonio nacional. Ojalá no llegue nunca el día en que una lesión, el cansancio o la edad pongan fin a esta leyenda.


domingo, 14 de abril de 2013

Sueños de campeones


Hace ahora mismo quince años, un domingo como hoy, me levanté a toda velocidad, desayuné a toda prisa, me puse la camisa azul, los pantalones, las botas y las medias y salí corriendo hacia casa de Alber. Se tomó su tiempo en bajar, como era su sana costumbre, y una vez juntos fuimos hasta el campo de fútbol en menos que canta un gallo. Peñalara despuntaba a lo lejos y bajo el sol de aquella mañana luminosa, mientras nosotros tomábamos posiciones en el terreno del mismo nombre. Fran daba instrucciones desde la portería, tan nervioso como consciente de lo importante de aquel partido. Héctor y Arraco bromeaban con Gorris en el banquillo, a sabiendas de que su turno llegaría más tarde. Alex y Mante se miraban, tensos, con el balón en el centro y a la espera de la señal del árbitro, mientras David me daba una palmada en el hombro para darme ánimos en la defensa y, ya de paso, para despertarme. Nos jugábamos la liga en aquel partido.

Lo cierto es que había sido un año vertiginoso. Nuestro equipo se había formado a última hora del plazo de inscripción, compuesto por retales salidos de amigos de aquí y de allá, de esa pandilla que se juntaba en verano para jugar al fútbol por la mañana y por las tardes con una breve pausa para comer. En realidad, el equipo era un pretexto para seguir jugando juntos durante el curso, para darle continuidad a ese verano que nadie quería que terminara nunca. Era una forma de sobrellevar la rutina de las clases, que los martes y los viernes se convertía en entrenamiento por la tarde, sin más entrenador ni guía que nuestras ganas de disfrutar y de pasarlo en grande con un balón y unos cuantos amigos de por medio.

Las victorias comenzaron a llegar antes de lo previsto. Llegaban sin ruido, sin estruendo de goleadas, pero llegaban y no se detenían. Algún empate aquí, alguna derrota allá, pero la norma general nos llevaba siempre a terminar los partidos con un dulce sabor, que alcanzó una cima inesperada en aquella final de la copa de Navidad donde nos alzamos con el trofeo en el último suspiro. Y desde entonces, el carrusel por la liga, por ese zamora que estaba cada vez más cerca, por esa deportividad que recompensaba no darle patadas a nadie ni ver cartulinas de ningún color. No podíamos decir que habíamos llegado a aquel partido decisivo sufriendo y luchando, porque sencillamente no era verdad: habíamos llegado allí jugando lo mejor que sabíamos, ganando de forma limpia, deportiva, sana y disfrutando, sobre todo disfrutando. 

Nuestro rival de aquel año fue siempre el don Can, que estaba peleando el título con uñas y dientes. Allí jugaban muy buenos jugadores, gente acostumbrada a ganar y a quien yo conocía bien por haber coincidido con muchos de ellos en un equipo previo de benjamines, del que luego salió la base de aquel nuevo y formidable enemigo. Yo entonces era muy pequeño, y recuerdo haberme ido de aquel equipo no por no jugar ni un solo minuto (no debía dar el nivel que el resto, supongo), sino porque tenía la sensación de que ese ostracismo en el campo se reflejaba también en las relaciones con el resto de compañeros, y ahí era donde más dolía.

Nada que ver con el Rotty. En este equipo nuevo el que más y el que menos era amigo mío, alguien en quien se podía confiar y compartir tanto la alegría como la derrota con una sonrisa cómplice. Estaba Alber con sus regates imposibles, Héctor con sus chupinazos desde cualquier lado, David con su clase y su toque, Alex con esa zurda que era un misil, Gorris al corte y Fran volando de un lado a otro para salvar tiros imposibles, Mante con sus extravagancias y genialidades y Arraco con su buen humor permanente, y yo en mitad de todos ellos, con la confianza recuperada tras muchos años pensando que era un inútil, metiendo goles y defendiendo como el que más.

Recuerdo muy poco de aquel penúltimo partido de liga contra el don Can, en realidad. Recuerdo la emoción con que iban pasando los minutos, aquel primer gol de Alber a la media vuelta que Minguet, su delantero estrella, logró empatar al poco tiempo de un zurdazo ajustado al palo largo. Recuerdo  la angustia posterior, pero sobre todo recuerdo aquella penúltima cabalgada mía por la banda derecha, el desmarque de Arraco y ese centro chut que me salió sin pensar, que botó delante de Arraco, pasó por entre sus piernas y las del portero y finalmente entró para asombro de todos, yo el primero. Recuerdo haberme abrazado a todo el mundo como si hubiéramos ganado la Champions, y cómo lo fuimos a celebrar después entre risas y cantos.

Cuando la gente me pregunta que por qué diablos me gusta tanto este deporte, recuerdo siempre aquel gol y esa sensación de que explotaban fuegos artificiales en mi pecho. Muy pocas veces he vuelto a sentir una alegría semejante, una emoción compartida con tantos y tan buenos amigos que aún hoy, quince años después, nos sigue trayendo tan buenos recuerdos. No todo el mundo tiene la fortuna de poder compartir esos sueños de campeones, que en nuestro caso fueron realidad durante un verano, durante el curso entero y especialmente aquel día luminoso de finales de abril por cuya memoria parece que no pasa el tiempo.



viernes, 26 de octubre de 2012

El crepúsculo de los dioses (del engaño)


Se ha conocido hace unos días una sanción de la Unión Ciclista Internacional, a instancias del organismo americano más importante del ciclismo (la USADA), que castiga de una manera inédita en la historia del deporte al que, hasta la fecha, era uno de sus máximos exponentes: Lance Armstrong, el hombre que se recuperó de un terrible cáncer para después convertirse en el máximo campeón del tour de Francia, con unos increíbles siete triunfos consecutivos (1999-2005), ha sido despojado de todos sus títulos por haberse demostrado que siguió un complejo y meticuloso plan de dopaje que implicaba a cientos de corredores, médicos y patrocinadores. La UCI, en una rueda de prensa bastante lamentable, llegó a afirmar que Armstrong había sido "borrado de la historia" y que ahora se abría "una nueva era" de limpieza y transparencia en la historia del ciclismo.

Supongo que ahora resulta sencillo subirse al carro de los escépticos y proclamar aquello de "yo ya lo sabía", "era imposible que alguien ganara tanto y tantas veces seguidas", etc. A mí siempre me pareció extraño, e incluso hasta cierto punto ventajoso, que una persona como Armstrong tuviera trato de favor en los controles por los medicamentos derivados de su tratamiento contra el cáncer, y que ganara siete tours seguidos me sonaba excesivamente glorioso para ser verdad. En cualquier caso, digo que la rueda de prensa de la UCI me pareció lamentable porque esa cantinela de la transparencia llevamos ya escuchándola décadas. Lo cierto es que, por desgracia, en el caso del ciclismo a mí me quedaba ya muy poca ilusión tras la sucesión de escándalos que llegó a finales de los noventa, justo cuando (casualmente) surgió la estrella ascendente de Armstrong para eclipsarlo todo.

Yo me aficioné a este deporte viendo con mi padre aquellas etapas del Tour del primer lustro de los 90, aquel en el que Miguel Induráin igualó el récord de cinco victorias en la ronda francesa que hasta entonces ostentaban Hinault, Merckx y Anquetil, añadiendo el plus de que lo hacía de forma consecutiva (1991-1995). Me parecía espectacular ver cómo Induráin ascendía aquellos puertos, sufriendo pero venciendo y convenciendo a todos sus rivales, que lo respetaban como jamás ha vuelto a ocurrir con un gran campeón posterior. Induráin era un ejemplo para todos de discreción, de sinceridad y sencillez que dejaba atónitos a propios y extraños, en un deporte tan dado al ego y a la megalomanía como el ciclismo, y quizá por todo ello no tuvo ninguna dificultad en ganarse el corazón de todos los españoles y parte del extranjero, que admiraban tantísimas virtudes como no podía ser de otra forma. Por todo ello, mi decepción llegó con más dureza justo al año siguiente de su último triunfo en Francia, en 1996, año de la victoria de Bjarne Riis (que luego confesó haberse dopado aquel año), ya que la prensa internacional y nacional se dedicó a machacar a Induráin por ser incapaz de conseguir el sexto triunfo. Siempre recordaré aquello como uno de los tratos más injustos y lamentables, especialmente viniendo de nuestro país, donde le llegaron a reprochar hasta no haberse proclamado vencedor de la nada prestigiosa Vuelta a España, porque gente como Induráin aparece en nuestro deporte en contadísimas ocasiones y denostarlo es únicamente una muestra más de la mala memoria, ingratitud y paletismo de la que hace gala este país en cuanto tiene ocasión.

Poco después de la retirada de Induráin estalló el escándalo de Marco Pantani, "el pirata", el campeón de la edición de 1998 que apareció muerto en la habitación de su hotel con todos los indicios de una sobredosis. Su victoria en el Tour quedó en entredicho, al demostrarse que se había dopado. Y luego vino el caso Festina, y la operación Puerto, en los que decenas de grandísimos corredores, como Alex Zulle o Richard Virenque, fueron hallados culpables de doparse. La muerte del Chava Jiménez, la otra gran esperanza española, involucrado también en temas de dopping, fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia y me llevó a desentenderme por completo de aquel deporte que llegué a ver infectado hasta la médula de una terrible epidemia de mentiras, drogas e ilusiones. Qué lejos me quedó el mito aquel del deportista que ascendía esos impresionantes puertos de montaña basándose únicamente en el esfuerzo de su pedalada. 

Tantos años después, las revelaciones de Armstrong y su trama de dopaje no deberían sorprender a nadie, con semejantes antecedentes. A mí desde luego no me sorprenden en absoluto. Es simplemente la confirmación de que el mundo del ciclismo se basa en el engaño permanente, en autotransfusiones de sangre y en buscar a escondidas la estrategia para que no se descubra un pastel que huele, de tan rancio, a podrido. No sé si Contador está también metido en este universo, (espero que no), pero desde luego yo de él me olvidaría de alcanzar glorias como las de Armstrong y me dedicaría a otra cosa. No merece la pena.

Para mí el ciclismo terminó aquel día que Induráin ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Verlo ahí, ya con su carrera a punto de terminar, subido en lo más alto del podio y con una inmensa sonrisa de felicidad, fue para mí la más dulce de las venganzas contra todos aquellos que lo cuestionaron solo unas semanas antes y llegaron a tacharlo de inútil (qué vergüenza). Hay quien asegura que la historia de este deporte hace sospechosos a todos sus campeones, sin excepción, y que el dopaje no lo ha inventado Armstrong. Puede que sea verdad, y que como dijo aquel corredor cuyo nombre nunca recuerdo, "a ver si alguien se cree de verdad que nos hacemos el Giro, el Tour y la Vuelta comiendo solo macarrones", pero una parte de mí quiere creer que el mito de Induráin, como el de Anquetil, Merckx o Hinault son intocables. Lo contrario sería una decepción difícilmente explicable, algo que no se puede decir del caso Armstrong, al que más le valdría desaparecer de verdad. Muy posiblemente sus lamentables acciones hayan hundido el escaso prestigio de este deporte hasta límites irrecuperables, y es por eso por lo que, más que por todo lo demás, se le guardará un resentimiento especial.

Ojalá algún día el ciclismo recupere la senda que nunca debió abandonar, aunque para ello deje de batir marcas y récords de velocidad que, sinceramente, no importan nada. Ojalá algún día vuelvan los grandes campeones y podamos olvidar, de verdad, que todo esto no fue más que el crepúsculo de los dioses del dopaje y el engaño.

P.D: (Actualización del 19 de enero de 2013: Armstrong acaba de conceder una entrevista a Oprah Winfrey en la que confiesa que todas las acusaciones sobre su dopaje son ciertas: consumió EPO, se administró autotransfusiones de sangre durante sus carreras y todas y cada una de sus victorias entre el periodo 1999-2005 están condicionadas por el consumo de sustancias prohibidas. Reconoce haber ganado los siete Tours con trampas al más alto nivel de sofisticación y afirma, en el colmo de su arrogancia, que él no inventó el sistema del dopaje y que es injusto que ahora se ceben con él condenándole de por vida a no practicar deporte de competición (pobrecito mío). Por supuesto, y por mucho que dice "I'm sorry", no se le ve arrepentido en absoluto. Hasta ahí podíamos llegar).

domingo, 29 de julio de 2012

Altius, citius, fortius (made in Spain)




Imagino que como muchos de mi generación, los primeros recuerdos olímpicos que guardo en mi memoria corresponden a los de 1992 en Barcelona. Patrioterismos al margen (porque no hago más que escuchar estos días que aquellos fueron los mejores juegos de la historia, dogma repetido una y otra vez por los medios de comunicación como si fuera una verdad irrefutable), sí recuerdo una especial alegría con las victorias de Fermín Cacho o las de la selección de fútbol (ante la todopoderosa Polonia, no lo olvidemos), y aquellas 22 medallas quedaron ahí, como un récord que ya veinte años después sigue a la espera de ser cuando menos igualado.

En estos veinte años, hemos pasado por unas cuantas olimpiadas ya como para que alguien se dé cuenta de que el modelo de financiación de los deportistas en este país (con las famosas becas del programa ADO a la cabeza) está desfasado y necesita urgentemente una revisión. Y esta consideración la hago al margen de las medallas, que parece que aquí al personal es lo único que le importa (recordemos: 17 en Atlanta, con el genial Induráin a la cabeza; 11 en Sidney, 19 en Atenas y las 18 de Pekín 2008, con Nadal a lo grande, como siempre). Es cierto que hay quien pueda decir que es un número importante, pero ahí va un dato: frente a las 13 medallas de oro de Barcelona, todas las demás olimpiadas juntas posteriores superan esta cifra por poco. En casos como Sidney o Atenas solo logramos 3 de oro en cada una, lo cual es una cifra muy baja para un país que envía de media unos 270 deportistas a los juegos.

Hay más datos relevantes. En las últimas olimpiadas, por ejemplo, un porcentaje mayoritario de nuestros deportistas apenas se clasificaron para las rondas finales y, lo que es peor, apenas un 10% igualó o superó sus registros personales. Es como si, por alguna extraña razón que no termino de entender, a muchos les bastara con clasificarse para la olimpiada y, a partir de ahí, ya todo les diera más o menos igual. Precisamente cuando los deportistas tienen que enfrentarse al mayor reto de sus carreras (en ocasiones una ocasión única, ya que los juegos son cada cuatro años y la edad no perdona en este ámbito), vamos los españoles y, con honrosas excepciones, pensamos que ya es bastante con haber llegado ahí.

Me resulta muy curioso todas las argumentaciones que se dan para justificar estos resultados mejorables. Está, por ejemplo, el de que hay razas genéticamente superiores que nos barren en disciplinas como las carreras de fondo o de pista, o de que países como Estados Unidos o Rusia cuentan con infraestructuras infinitamente superiores a las que tenemos aquí, y sus respectivos gobiernos no tienen problemas en dar alegres subvenciones y primas para que sus muchachos lleguen dispuestos a comerse el mundo. Imagino que algo de eso será cierto, pero sigo pensando que si este país hiciera las cosas como debe en este terreno (como en tantos otros) no necesitaríamos acudir al victimismo para justificar una posición mediocre en el deporte internacional. 

Se me dirá que esto es una aberración, y que el deporte en España está ahora en su mejor momento de la historia, con gente como el propio Nadal, Gasol, Alonso y toda la selección de fútbol a la cabeza. Ya, pero es que me estoy refiriendo a un porcentaje algo más amplio, el deporte en un sentido general que incluye TODAS las demás disciplinas (que parece que aquí todo se reduce al fútbol, baloncesto, la fórmula uno y el tenis). Gente como el citado Fermín Cacho o aquel nadador, López Zubero, son verdaderos marcianos en un país que no da pie con bola en el 90% de las disciplinas olímpicas. No sé a los lectores, pero yo ya estoy acostumbrado a ver que en muy pocas finales hay representantes españoles (y los que podría haber este año, ya sea por lesión como Nadal o por las sospechas de dopaje, como Contador, no están donde deberían). 

He escuchado también, y creo que por aquí pueden ir los tiros del deporte patrio, que este amplio porcentaje de deportistas españoles tienen que salir adelante "a pesar" de las condiciones que se dan en sus respectivos ámbitos laborales. Y aquí me refiero, aunque no solo, al tema económico. Las becas ADO se otorgan en función de unos resultados, de unas determinadas marcas e hitos que el deportista tiene que ir logrando en campeonatos nacionales e internacionales, como por ejemplo su clasificación para los mundiales o los juegos olímpicos. Se pueden imaginar ustedes que ni todas las becas son de la misma categoría ni permiten, en su mayoría, que estos profesionales puedan dedicarse única y exclusivamente al entrenamiento y práctica del deporte, de modo que muchos de ellos deben alternar esta labor con segundos y terceros trabajos. Eso explicaría que mucha gente se "conformase" con alcanzar los objetivos mínimos que les garantice la beca, porque literalmente llegar a esos objetivos los deja con la lengua fuera como para encima andarse con medallas. Y así no hay manera.

Insisto, para mí este es un problema relativo al modelo de cómo se crea, fomenta y da alas al deporte en España. Falta de medios, falta de recursos... sí, todo eso está muy bien, pero yo me pregunto si realmente tenemos una mentalidad adecuada para el fomento de la práctica profesional de esta actividad. Porque si tanto los responsables de los distintos organismos del deporte, como la prensa y la nación entera se limita a reducir el asunto al vil metal medallero y solo nos acordamos de que en este país existen gimnastas o lanzadores de peso una vez cada cuatro años, (y encima esta pobre gente tiene que sobrevivir como puede a base de becas y limosnas varias, sin un sueldo digno de verdad), así nos seguirá yendo siempre en estas y en todas las olimpiadas habidas y por haber.


lunes, 21 de mayo de 2012

Tántalos de la modernidad




El otro día asistí a un debate acerca del deporte y la relación que mantenemos con él a lo largo de la vida. Entre los participantes había un monitor de gimnasio, que nos aseguró que después del instituto, e incluso antes, buena parte de la sociedad pierde totalmente su relación con cualquier actividad deportiva, de lo cual se derivan después no pocos problemas de salud, entre los que ciertas lesiones y el descontrol del peso son quizá los más visibles. Esta persona nos aseguró que, por suerte, la tendencia a que cada vez más gente se apunte a gimnasios como el suyo puede equilibrar de nuevo esa balanza y devolver hábitos saludables a personas que, de otro modo, están más expuestas a sufrir todo tipo de situaciones que un cuerpo vigoroso rechaza sin problemas.

El debate continuó cuando otra persona aseguró que, siendo cierto el primer punto de la argumentación del monitor, es decir, la ausencia de actividad deportiva a partir de los 17/18 años, quizá lo que se debería buscar es un sistema de fomento del deporte en adultos a través de los municipios, potenciando las ligas sociales de baloncesto, fútbol, tenis o natación que ya existen en muchos lugares pero que aún podrían tener una mayor presencia y relevancia. Evidentemente esto es compatible con la existencia de gimnasios, pero dota al asunto de un carácter más social.

Ante esto, el monitor respondió diciendo que los gimnasios también son un importante punto de encuentro social, además de lugares donde se practica deporte, y que muchas de las clases que allí se imparten (todas ellas con nombres de lo más moderno como spinning, body-pam o body-combat) están precisamente orientadas a que participen 20, 30 o más personas, dependiendo del tamaño y recursos del gimnasio en cuestión. No todo se reduce a correr en una cinta o a levantar pesas en una solitaria esquina. Respecto a los deportes antes citados, y con la salvedad de la natación, el monitor los criticó duramente argumentando que son un foco de lesiones gravísimas en las que no suele haber calentamientos adecuados, preparación ni, lo que es más importante, la continuidad y rutina deportiva que supone la asistencia a un gimnasio (recordemos que todo el debate se refería a una práctica no profesional del deporte: es evidente que Nadal, Gasol y compañía se entrenan a diario).

Reconozco que mi experiencia me acerca más a la postura B, la de alguien que, como yo, ha practicado siempre deporte en equipos de fútbol, campos de tenis o piscinas, y que las pocas veces en que ha pisado un gimnasio el rechazo ha sido generalizado. No dudo de que en estos lugares haya gente, como mi amigo, que estén dedicados en cuerpo y alma a ayudar a la gente a mantenerse en forma, pero me pregunto hasta qué punto un porcentaje significativo de clientes de los gimnasios van a hacer deporte y a estar sanos o más bien a moldear sus cuerpos en función de ciertos criterios estéticos, ya sea para perder barriga, ganar músculo, etc… Estoy convencido de que alguien que asista con regularidad y criterio a según qué clases, pueda reducir su nivel de grasa y tonificar su cuerpo, pero mucho me temo que el cliente medio de un gimnasio es aquel que, presionado por esta sociedad del culto a la belleza y juventud eternas, se arrastra con un agudo sentido de culpabilidad para “pagar” por sus excesos en un acto que roza el masoquismo, subido en esas sillas estáticas mientras suda a chorros o alzando pesas entre estertores de dolor como hacían aquellos que en épocas de los griegos empujaban piedras en el Hades eternamente porque habían ofendido a los dioses.

En ese sentido, la práctica de ciertos deportes en espacios distintos a un gimnasio me parecen más fuera de duda. Mis compañeros de equipo de fútbol tenían una gran musculatura en las piernas pero era una consecuencia de su pasión por un deporte en el que les importaba meter gol por la escuadra, no tener los muslos tonificados. Del mismo modo, mis compañeros de clase de tenis tenían unos brazos y hombros importantes, pero dudo sinceramente de que fueran buscando eso porque su preocupación estaba en lograr unos objetivos dentro del juego en cuestión. Por último, aquellos con los que compartí clase de natación tenían espaldas anchas y una gran resistencia física, pero no estaban tan obsesionados con los espejos como a muchos de los que sí veo en los gimnasios con ese inmenso complejo de Adonis.

No nos engañemos: una persona no necesita unos abdominales de infarto o la musculatura de Hércules para estar sana y saludable. Si nos han convencido de lo contrario a través de la publicidad, las películas o esas infames revistas donde dan “consejos” de dietética, nutrición y deporte, la culpa es exclusivamente nuestra por habernos creído semejante tontería. Yo desde luego no asocio la idea del deporte a la de sufrimiento, y puedo asegurar que en los gimnasios en los que he estado he sufrido de lo lindo y lo he pasado francamente mal. Lo siento por mi amigo monitor, pero para mí el deporte ha sido, es y será siempre adecuado cuando, al margen de proporcionar un ejercicio bueno para el cuerpo, se asocie también con la idea de juego, diversión y entretenimiento, a ser posible con amigos o conocidos. Lo demás, y me perdonen los fans de los esteroides, me parece un negocio muy bien montado que tiene que ver más con un show que con el deporte (tal y como yo lo entiendo, por supuesto).

lunes, 23 de mayo de 2011

Gracias, vieja gloria






.En estos tiempos de bipartidismos electorales y otros menos importantes, los futboleros, me llegan las pésimas noticias de que el único equipo que se ha acercado a ser el de mis amores, mi Depor, ha descendido matemáticamente a la segunda división.


Digo lo de los tiempos bipartidistas porque, allá por principios de los años 90, la liga española se la repartían, como ahora, el Madrid y el Barça. La irrupción del Deportivo de la Coruña en aquella situación lo cambió todo, y contribuyó decisivamente a que la liga española ganara un prestigio que goza aún hoy (e inmerecidamente, cabe añadir), porque gracias a equipos como él nació la llamada “clase media”, equipos de no tan gran presupuesto pero muy equilibrados, competitivos y con muchísimas posibilidades no ya sólo de complicar la vida a los gloriosos, sino de arrebatarle muchos y buenos títulos (el Valencia, el Sevilla, a veces hasta el Atlético...)


Aquel Deportivo de los primeros noventa tenía una plantilla corta, pero llena de talento, con Liaño en portería, Nando en el lateral izquierdo, Voro, Paco y Djukic en la defensa y un centro del campo ocupado por Mauro Silva, Donato, Fran y Manjarín, con Claudio y el genial Bebeto en la delantera. Fue subcampeón de liga dos veces, a punto estuvo de ganar una de no ser por el celebérrimo penalti de Djukic ante el Valencia y finalmente logró alzarse con una Copa del Rey, dos Zamoras y una Supercopa, todo ello conducido por el entrañable Arsenio Iglesias.


Aquel equipo se recicló en un segundo “superdepor”, que sería, de la mano de Javo Irureta, aún más fructífero en títulos: una liga, una copa del rey, dos supercopas, dos subcampeonatos y, sobre todo, unas estupendas temporadas en Europa que lo llevaron en 2004 a las mismas semifinales de la Copa de Europa, ahí es nada.


Y ahí seguía Fran, bien escoltado por Valerón, Tristán, el holandés Mackaay, y otros jugadores tan fantásticos como Djalminha, Naybet, Víctor, Sergio, Pandiani o Molina. Fue precisamente con su retirada, la del canterano Fran, cuando el Depor perdió brillo y esplendor. Los grandes jugadores ya no llegaban, sino que más bien se retiraban o fichaban por otros equipos. Las penurias económicas, la mala planificación y un entrenador, Lotina, que no ha terminado de convencer a casi nadie, han sido causas determinantes en que un equipo plagado de anónimas mediocridades consume un descenso que no hace honor, ni de lejos, a la trayectoria de un equipo que, durante unos años, se convirtió en el más simpático, en el ojo derecho de todo aquel que, como yo cuando contaba con apenas diez o doce años, no tenía aún ni idea de lo que era el fútbol, y que aprendió a amarlo viendo a aquellos jugadores humildes y bien avenidos pero sobre todo a Fran y a sus estupendas cabalgadas por la banda izquierda, a sus pases imposibles y a sus goles, (vaya goles), a ese carisma y a esa entrega que tanto he admirado y tratado en vano de lograr cuando jugaba.


Gracias Depor, en cualquier caso, por estos 20 años de recuerdos, de partidazos y de alegrías y a ver si vuelves pronto con ganas de reeditar tus, por desgracia, ya viejas glorias.




domingo, 23 de mayo de 2010

Campeón de los charlatanes

Hace unos días asistí al Masters de tenis de Madrid, en la jornada de semifinales que enfrentó a Rafael Nadal contra Nicolás Almagro (victoria para Nadal por 4-6, 6-2 y 6-2). Fueron más de dos horas de tenis del más alto nivel, con unos tenistas entregados que en ningún momento perdieron la templanza y demostraron por qué se encuentran en lo más alto del tenis mundial.

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Hace tiempo que Nadal ha traspasado las barreras del deporte de elite para convertirse en un icono mundial a la altura de Messi o el tristemente célebre Tiger Woods. Y esto es así porque, al margen de su palmarés o su impresionante talento, Nadal tiene algo que a muchos les falta: carisma, personalidad, pasión y, sobre todo, las ideas muy claras y un entorno muy favorable que mantiene sus pies en el suelo. Como atleta, es un coloso: verlo en la Caja Mágica defendiéndose como podía ante un Almagro pletórico en el primer set y bravo en los siguientes era toda una gozada. Nadal corría, subía y bajaba, y devolvía los golpes de su adversario con una determinación inquebrantable. Tardó más de lo previsto en ganar pero ganó, y bien. Y al final del partido, agotado tras más de dos horas de gran tenis, atendió a no menos de seis medios de comunicación en la misma pista, regaló pelotas firmadas a los aficionados y se fue ovacionado con una mezcla de admiración, respeto y entrega por parte de un público que lo adora vaya donde vaya.

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Semejante laudatoria viene a cuento no sólo como crónica a deshora del evento deportivo (en la final Nadal arrasó a Federer por 6-4 y 7-6 (t)), sino a propósito de dos sucesos que han tenido lugar en este deporte cuya corona aspira a recuperar el de Manacor. Primero aparece Federer, el gran campeón del tenis contemporáneo, y se descuelga diciendo que “en tierra sólo se necesitan piernas, una derecha y un revés increíbles y aguantar cosas. No quiero decir que en tierra baste con mantener la bola en juego y esperar un error, pero a veces es demasiado fácil” (pero recalcando, eso sí, que no lo dice por quitarle mérito a Nadal, el mayor experto del mundo en dicha superficie). Federer viene a decir que con tener dos piernas fuertes y arrear muletazos con la raqueta, cualquier puede ganar en tierra. Ya. Eso explica por qué ha estado a punto de jubilarse sin ganar Roland Garros, después de perder hasta cuatro finales contra Rafa (la que ganó fue el año pasado, sin Nadal en el camino). Luego concluye afirmando que el manacorí es “su heredero”, para rematar el inútil desprestigio a un jugador que, recordemos, le ha ganado 12 de las 17 finales que han disputado juntos.

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Pero lo peor ha llegado hoy, cuando nuestro segundo top ten español, Fernando Verdasco, ha perdido totalmente los papeles en la final del torneo de Suiza ante el francés Gasquet, al que ha insultado de todas las formas posibles (cito sus amables palabras, tras fallar el 10º revés paralelo seguido de Gasquet: "¡Su puta madre, puto francés de mierda, puto francés de los cojones!"), para después dirigirse con igual cortesía al público, también francés, que estaba cansado de las constantes salidas de tono del español cuando perdía (“Es el peor público del mundo, los putos franceses de los cojones") y cuando ganaba algún que otro punto (Joderos, joderos. A ver quien tiene más cojones"). Luego va y dice, el bueno de “Fer”, que en realidad no se dirigía al público francés, que asegura adorar con locura, sino sólo a un par de energúmenos. Ah, y que lo siente mucho. Qué vergüenza.

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Todo esto, en suma, debería servirnos para no perder la perspectiva cuando se hable de grandes campeones de este deporte. Federer podrá ganar 2.000.000 de grand slam de aquí a que se retire, y Verdasco otros tantos (o no, seguramente), pero mucho me temo que su arrogancia, presunción y divismo les hace perder demasiados enteros. Es posible que, por su especial naturaleza, no haya deporte donde el ego saque a relucir lo peor de un profesional como el tenis, plagado de divos como el inefable letón Gulbis (otro que tal baila). Cuando uno gana, el mérito es 100% suyo. Y lo mismo debería ocurrir cuando uno pierde, pero aquí vemos que, ya sea el número 1 del mundo o el 200, el orgullo lleva a muchos tenistas a perder más fuerza por la boca que por la raqueta.

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Esto explica mi gran admiración hacia Rafael Nadal, un deportista de una honestidad, discreción y humildad hasta ahora intachables, alguien capaz de ganar un Open de Australia a un Federer envuelto en lágrimas y decir que es el más afortunado del mundo por poder disputar encuentros con el mejor tenista de todos los tiempos. Nadal no es grande por su probada calidad como tenista, sino porque a ello suma una educación exquisita, un saber estar y una conciencia clarísima de lo que es y lo que tiene entre manos.

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Y, precisamente por eso, da igual si vuelve a ser número uno o no, o si no levanta ya nunca más trofeos: Rafa es y será siempre el más grande porque con cada golpe de raqueta, cada gesto al vencer un punto o cada atención que tiene con la gente transmite toda su calidad humana. Y los demás que hablen, que así les va

jueves, 29 de abril de 2010

"Fúrbol" hasta en la sopa

Menuda semanita mediática nos espera tras la derrota del Fútbol Club Barcelona en semifinales de la Copa de Europa. Entre el festivo bombo de unos (la prensa nacionalista madrileña) y el no menos estruendoso, en este caso amargo y rencoroso de los otros (los nacionalistas catalanes) creo que ya me he hartado del fútbol, y lo peor es que todo obedece a causas extradeportivas.

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Porque, en lo deportivo, el asunto no merece la menor consideración. Lo único que ha sucedido es que un equipo ha sido eliminado de dos competiciones con toda justicia (copa del Rey y de Europa), que su liderato en la liga se mantiene con una ventaja de un solo punto frente a un perseguidor que parece incansable, y que hay gente en Barcelona que teme que vayan a pasar de ganar 6 títulos a ganar 0 en un solo año. Y de ahí el pánico, y el ruido.

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Porque todo se reduce, en definitiva, a ruido, que es lo que llevan haciendo la prensa catalana y madrileña desde que el mundo es mundo, con su sensacionalismo barato, sus manipuladoras informaciones y sus malintencionados artículos y viñetas, un día tras otro. Qué lamentable resulta que estos periódicos deportivos sean la prensa más vendida y consultada en este país de analfabetos funcionales, qué triste que triunfe ese espíritu de tabloide y horrenda escritura que hace palidecer de infartos gramaticales a todo aquel que osa poner sus ojos sobre ella.

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Claro que todo esto sólo se entiende si se analiza con algo de calma a sus “artífices”, unos periodistas deportivos que son, con excepciones muy honrosas (Alfredo Relaño, Santiago Segurota, Miguel Rico y para de contar) gente con escasa formación cultural, lingüística y, lo peor de todo, deportiva. Su único recurso ante semejante panorama es la apelación al tópico, a la frase hecha y a la argumentación demagógica para ganarse a un público básicamente iletrado que, casi con toda seguridad, ni siquiera entenderá lo que lee (si es que lo lee, que me temo que tampoco).

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Digo prensa deportiva cuando, en realidad, debería decir futbolística. No hay más que comprobar el espacio que en este país se dedica en prensa, radio y televisión al fútbol frente a otros deportes (una relación de 90% a 10% ya se quedaría corta), para darse cuenta de que ni siquiera la cuestión es la afición desmedida al deporte. ¿Quién sabe en este país algo de atletismo o gimnasia en sus múltiples disciplinas, esgrima, halterofilia, esquí, natación, tiro, hípica o patinaje? En todas esas disciplinas tenemos grandes deportistas que merecerían mucha más atención que la enésima repetición de los goles, o los torpes balbuceos mentales de tal o cual futbolista al que se le pregunta hasta por la caída de la hoja, y cuando hasta eso ya no basta nos saturan con imágenes de las gradas de los estadios, con octogenarios que se sacan mocos o escupen sin rubor alguno, como si ello fuera el colmo de la noticia futbolera.

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Y lo siento, pero no me vale lo del baloncesto, el tenis o la fórmula 1. No, señor. Si en este país se habla de eso es única y exclusivamente porque tenemos referentes mundiales (Gasol, Nadal, Alonso), casos aislados que, cuando se jubilen, devolverán a esas disciplinas al cajón de los olvidados donde figura, sin ir más lejos, el golf (dejado de la mano de Dios desde que Ballesteros se fue: fíjense que ahora sólo hablamos de eso por Tiger Woods y sus líos de faldas).

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No se engañen: en el país de la pandereta todo es fútbol, fútbol y más fútbol. Fútbol los sábados, los domingos y los lunes (liga), fútbol los martes y miércoles (copa de Europa), fútbol los jueves (Europa League) y hasta los viernes (segunda división). Es fútbol en el desayuno, a la hora de comer, en la cena y hasta de madrugada, (por no decir la sopa). Es fútbol en verano, otoño, invierno y primavera, y de nuevo verano, (no se olviden del mundial), y luego la pretemporada y los torneos veraniegos, y la supercopa, y la ultra copa y la megahipercopa, y el mundialito de clubes y….

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Y cuantos más partidos y más torneos innecesarios, más titulares, más rotativos, más manolos casposos entrevistando a magnates de la construcción, más programas interrumpidos en cualquier medio y a cualquier hora por los ciento y un mil partidos del siglo que hay cada semana, sin descanso, y así hasta el infinito y más allá porque lo único que importa es vender camisetas, entradas, periódicos, contratos publicitarios y cromos hasta que los casi cinco millones de parados de este país acaben con la lengua fuera y la billetera vacía, pidiendo una tregua de, al menos, un día sin el fútbol de las pelotas dando el coñazo.





P.d: Me perdonen el desahogo. No podía más.

jueves, 8 de abril de 2010

Réquiem por el díscolo.



José María Gutiérrez, más conocido por el sobrenombre de “Guti”, ha anunciado que no seguirá más en el Real Madrid, club donde ha militado desde que era un benjamín y en cuya primera plantilla lleva la friolera de 15 años. Aunque ha reconocido que aún tiene la ilusión por seguir jugando uno o dos años más, su destino parece encaminarlo más bien a clubes de Inglaterra, Italia o los países árabes. Ofertas no le van a faltar, desde luego.


A nivel de clubes, Guti lo ha ganado absolutamente todo, como así lo atestigua su impresionante palmarés: 3 Copas de Europa, 5 títulos de la Liga española, 4 Supercopas de España, 2 Intercontinentales y 1 Supercopa de Europa. Semejante currículum sólo está a la altura de los más grandes.

Sin embargo, a nivel individual existen numerosos matices que han empañado la carrera de Guti desde sus inicios hasta estos últimos partidos que está disputando con su equipo de toda la vida. Ni la crítica especializada ni el público han soportado jamás las muchas y variadas excentricidades de un futbolista al que han reprochado su carácter díscolo, altanero, arrogante y presuntuoso, adornado todo ello con una fijación por la estética que, en este país donde el deporte debe ser de machos sudorosos y velludos, alguien como él, tan fino y estilizado, sencillamente no se entiende. Semejante carácter (que, por cierto, suscribe hasta el mismo Guti) le ha llevado a ser uno de los jugadores más detestados por las hinchadas propias y rivales, que siempre lo reciben con un cántico de lo más afectivo (a saber, ¡Guti (x3) maricón!) y lo acompañan durante los 90 minutos de silbidos e imprecaciones a cada balón que toca.

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Lo que muy pocos reconocen, y los que lo hacen es a regañadientes, es que este muchacho es posiblemente el futbolista mejor dotado técnicamente que ha conocido el fútbol español en toda su historia. No ha habido nadie que haya gozado de su visión de juego, de su capacidad para desarmar las defensas rivales, de sus saques de falta, sus antológicos pases al hueco o genialidades en forma de gol o asistencia. Por calidad y aportación a ese aspecto estético siempre tan denostado por los puristas, Guti debería formar parte del panteón del fútbol sin discusión alguna y al lado de los mejores especialistas brasileños, holandeses, franceses e italianos de la historia.

Tampoco hay que perder de vista que su probada falta de constancia y regularidad se ha visto acompañada por una mala suerte que yo he visto pocas veces: prácticamente todas las temporadas los fichajes eran precisamente en el puesto que ocupaba Guti, ya fuera la mediapunta, el centro del campo o la delantera (donde llegó a jugar, de la mano de Vicente del Bosque en la temporada 2000-2001, llegando a la nada despreciable cifra de 15 goles). La presión de saberse constantemente en el punto de mira de técnicos, periodistas y espectadores no ha debido ser fácil de llevar para un chaval de clase humilde y formación escasa, y de ahí sus frecuentes explosiones de carácter.

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Así, toda esa mezcla de rebeldía e incomprensión por parte de todos los entrenadores que han tenido la suerte de dirigirlo, ha llevado a Guti a ocupar un lugar menor en estos quince años de indiscutibles éxitos madridistas. Él ha sido partícipe de una generación que ha devuelto al club más importante de España a la primera plana internacional tras 32 años de sequía en las competiciones europeas (que parece que ya nadie lo recuerda, pero era todo un trauma en su momento). También ha sido, junto a Raúl, el máximo exponente de la cantera madridista durante más de una década, y al igual que el delantero centro, tampoco ha conocido un relevo semejante como sí ha ocurrido en otros grandes clubes, como el Barça con esa magnífica línea sucesoria que une a Guardiola, Xavi, Iniesta y compañía.

Que nadie se lleve a engaño: no hay otro jugador como Guti en el panorama actual, a lo sumo distinto: él mismo ha señalado posibles recambios como Cesc Fábregas o David Silva, pero todo el mundo es consciente de que con él se pierde un talento irrepetible. Por eso, me consta que el Bernabéu lo va a echar de menos como al agua de mayo la temporada que viene y eso es algo que, se pongan los raulistas como se pongan, no sucederá con Raúl, mucho más desgastado, viejo y achacoso que el “14” blanco.


Siempre he sentido una enorme admiración por Guti, lo que me ha llevado a sufrir las burlas de media humanidad: no me importa. Cuando una vez le preguntaron al brasileño Ronaldo quién era el mejor de aquel Madrid galáctico que dio la vuelta al mundo, dijo sin dudar: Guti (y mira que entonces estaban en el vestuario estrellas de la talla de Figo, Zidane o Roberto Carlos). El jugador justificó una respuesta tan inesperada con el argumento más sencillo posible: “es el que mejor juega al fútbol”.


De no haber sido por su irregularidad y un entorno que, me temo, nunca le ha aconsejado del todo bien, estaríamos ante un ocaso mucho más apacible y plagado de reconocimientos. Por desgracia, no es así: Guti se retirará la próxima temporada dejando actuaciones tan lamentables como el día en que se rebeló cuando su equipo fue eliminado de la Copa del Rey por un Segunda B y, en el otro lado, tan gloriosas como el taconazo ante el Deportivo, que dejó maravillado al mundo entero, o el otro día ante el Racing, cuando salió en la segunda parte para desatascar el embarullado, confuso y yermo juego de su equipo con una asistencia prodigiosa y un disparo que, por milímetros, no se coló por toda la escuadra.


Así es Guti, así ha sido siempre y así seguirá siéndolo: tan genial como desaprovechado. Qué lástima.

jueves, 12 de noviembre de 2009

¡El dúo sacapuntas ataca de nuevo!



El otro día tuve la mala fortuna de presenciar un espectáculo televisivo de la peor calaña. No es que uno pueda esperar gran cosa de una sección de deportes de un canal televisivo que se hace llamar a sí misma “Los Manolos”, (espacio presentado por los “periodistas” Manuel Carreño y el inefable Manolo Lama), pero lo del martes fue sencillamente de juzgado de guardia.


A la “entrevista” asistía el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, que será todo lo arrogante que se quiera y andará por ahí presumiendo de billetera, pero que sin duda no se merecía la encerrona traicionera, cutre y maleducada que le dedicaron “los Manolos”: preguntas inconexas plagadas de comentarios subjetivos y opiniones de los propios “entrevistadores”, vídeos ofensivos e inapropiados y, lo peor de todo: ninguna posibilidad de responder tranquilamente a lo que se “le preguntaba” (“recriminaba” sería más apropiado), ya que lo interrumpían constantemente para lanzarle más y más acusaciones.

Fue todo un ejemplo de cómo no se debe hacer periodismo, un ataque personal, directo e injustificado (las reacciones furibundas del tal Lama eran asombrosas, si uno considera la de años que lleva este buen hombre ejerciendo la profesión), y mientras Florentino ponía cara de póquer y toreaba el asunto como buenamente podía, los otros dos personajes se dedicaban a darle cera por todas partes acusándolo de prepotente, metomentodo, dictatorial, caprichoso, vanidoso, malcriador de futbolistas, cobarde y, en el colmo de los colmos, llamándole mentiroso a la cara.


No dudo que el dúo sacapuntas buscase notoriedad a costa de la fama de alguien que, seguramente, la merece mucho más que ellos, porque no me creo que gente que conoce bien el negocio audiovisual meta la pata de una manera tan rotunda y grave (las críticas han llovido en la redacción de Sogecable, y con todo merecimiento). En cualquier caso, si su intención era descalificar al presidente de la entidad madridista, los únicos que quedaron a la altura del betún fueron estos dos señores que, obligados y del modo más falso e hipócrita posible, pedían “disculpas” ayer mismo (ver el link), para después volver a meterle tanta caña o más al pobre Florentino (entiéndase lo de “pobre”). Delirante.


http://www.youtube.com/watch?v=sTa4aqiRKaE