Puede que buena parte de las críticas al proyecto español se las haya llevado cierta alcaldesa y su lamentable spanglish, pero a mí lo que me da auténtica pena, auténtica vergüenza, es que no se sostiene la afirmación de que este país es deportivo, limpio y competitivo, de que es merecedor de celebrar juegos olímpicos ni nada parecido. El asunto del dopaje, que otros países se toman tan en serio que llegan a desposeer a sus medallistas olímpicos de títulos y premios, como pasó en Estados Unidos con Marion Jones o Lance Armstrong, aquí en España se trata con una ligereza absoluta. La operación Puerto se saldó con una sentencia totalmente surrealista, plagada de absoluciones y destrucción de pruebas; el pasaporte sanguíneo de Marta Domínguez, campeona del mundo de atletismo en 2009, está pasando de mano en mano por todos los organismos nacionales competentes para juzgar si esta buena señora cometió o no dopaje, y al final parece que terminará en manos de algún tribunal internacional; la unión ciclista española fue incapaz de condenar a Alberto Contador por su positivo por clembuterol y tuvo que actuar la UCI de oficio para que cumpliera su sanción de dos años, al tiempo que lo desposeía de los títulos afectados por el positivo.lunes, 21 de octubre de 2013
El país de los pícaros
Puede que buena parte de las críticas al proyecto español se las haya llevado cierta alcaldesa y su lamentable spanglish, pero a mí lo que me da auténtica pena, auténtica vergüenza, es que no se sostiene la afirmación de que este país es deportivo, limpio y competitivo, de que es merecedor de celebrar juegos olímpicos ni nada parecido. El asunto del dopaje, que otros países se toman tan en serio que llegan a desposeer a sus medallistas olímpicos de títulos y premios, como pasó en Estados Unidos con Marion Jones o Lance Armstrong, aquí en España se trata con una ligereza absoluta. La operación Puerto se saldó con una sentencia totalmente surrealista, plagada de absoluciones y destrucción de pruebas; el pasaporte sanguíneo de Marta Domínguez, campeona del mundo de atletismo en 2009, está pasando de mano en mano por todos los organismos nacionales competentes para juzgar si esta buena señora cometió o no dopaje, y al final parece que terminará en manos de algún tribunal internacional; la unión ciclista española fue incapaz de condenar a Alberto Contador por su positivo por clembuterol y tuvo que actuar la UCI de oficio para que cumpliera su sanción de dos años, al tiempo que lo desposeía de los títulos afectados por el positivo.viernes, 14 de junio de 2013
La leyenda del indomable
Solo unos meses más tarde de conseguir la copa Davis 2004, Nadal se alzó con la victoria en Roland Garros y convulsionó el mundo del tenis. Tenía entonces 19 años, el récord absoluto en la historia de un torneo fetiche en su carrera deportiva, y sin embargo no muchos supieron ver la enorme diferencia en la victoria respecto a los tenistas antes mencionados. Lo que en aquellos fue el momento culminante de sus carreras en Nadal era, junto a la copa Davis del año anterior, la primera piedra en un camino que conocería glorias aún mayores.
2008 fue coronado por la medalla de oro de los Juegos Olímpicos y su segunda Copa Davis, aún más meritorias por haberse producido ambas sobre pista dura, y un más que merecido número 1 del mundo en el ránking de la ATP. Y a partir de ahí, la vorágine de éxitos sería imparable, a pesar de protagonizar la única derrota de toda su carrera en Roland Garros ante Soderling, un gigante que lo apeó de la final de 2009 en semifinales de un torneo que acabaría ganando, cómo no, Roger Federer. A pesar de ese borrón, Nadal se alzó con la victoria en el Open de Australia ante un Federer que terminó llorando de pura desesperación. Nadal le había ganado el 70% de las veces en que ambos se habían enfrentado, una estadística que no haría sino aumentar con el paso de los años. Las lágrimas estaban más que justificadas: ni la mejor versión de Federer, lejos de la hierba de Wimbledon, era capaz de doblegar a un Nadal que se crecía siempre ante la adversidad, como demostró también en la final de su tercera copa Davis, en 2009, donde España barrió a la República Checa por un aplastante 5-0 con un Nadal pletórico. Por aquellas fechas tuve ocasión de verlo en el masters de Madrid, venciendo a Nico Almagro en las semifinales de un torneo que terminaría ganando, y me quedé boquiabierto: en directo la calidad de su tenis no hace sino verse aumentada, y me confirmó punto por punto que la emoción que se transmite por la televisión está plenamente justificada cuando es él el que empuña la raqueta.
La explosión de Djokovic en 2011 es un hito del tenis que se llevó a (casi) todos por delante. El serbio logró triunfos colosales en Wimbledon, Australia y Estados Unidos y sin embargo Nadal, que había caído en las tres finales anteriores ante Nole, logró engrosar su palmarés con un nuevo Roland Garros (y ya iban 6, igualando el récord histórico de Björn Borg), además de su cuarta copa Davis. Por todo ello, el hecho de que algunos medios españoles consideraran "fracaso" ese año de Nadal, donde se alzó con un Grand Slam y llegó a las finales de los otros tres, más el triunfo en la Davis, me parece más que osado, fruto de la ignorancia y mezquindad tan propias de este país.domingo, 14 de abril de 2013
Sueños de campeones
viernes, 26 de octubre de 2012
El crepúsculo de los dioses (del engaño)
Poco después de la retirada de Induráin estalló el escándalo de Marco Pantani, "el pirata", el campeón de la edición de 1998 que apareció muerto en la habitación de su hotel con todos los indicios de una sobredosis. Su victoria en el Tour quedó en entredicho, al demostrarse que se había dopado. Y luego vino el caso Festina, y la operación Puerto, en los que decenas de grandísimos corredores, como Alex Zulle o Richard Virenque, fueron hallados culpables de doparse. La muerte del Chava Jiménez, la otra gran esperanza española, involucrado también en temas de dopping, fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia y me llevó a desentenderme por completo de aquel deporte que llegué a ver infectado hasta la médula de una terrible epidemia de mentiras, drogas e ilusiones. Qué lejos me quedó el mito aquel del deportista que ascendía esos impresionantes puertos de montaña basándose únicamente en el esfuerzo de su pedalada. Ojalá algún día el ciclismo recupere la senda que nunca debió abandonar, aunque para ello deje de batir marcas y récords de velocidad que, sinceramente, no importan nada. Ojalá algún día vuelvan los grandes campeones y podamos olvidar, de verdad, que todo esto no fue más que el crepúsculo de los dioses del dopaje y el engaño.
P.D: (Actualización del 19 de enero de 2013: Armstrong acaba de conceder una entrevista a Oprah Winfrey en la que confiesa que todas las acusaciones sobre su dopaje son ciertas: consumió EPO, se administró autotransfusiones de sangre durante sus carreras y todas y cada una de sus victorias entre el periodo 1999-2005 están condicionadas por el consumo de sustancias prohibidas. Reconoce haber ganado los siete Tours con trampas al más alto nivel de sofisticación y afirma, en el colmo de su arrogancia, que él no inventó el sistema del dopaje y que es injusto que ahora se ceben con él condenándole de por vida a no practicar deporte de competición (pobrecito mío). Por supuesto, y por mucho que dice "I'm sorry", no se le ve arrepentido en absoluto. Hasta ahí podíamos llegar).
domingo, 29 de julio de 2012
Altius, citius, fortius (made in Spain)
En estos veinte años, hemos pasado por unas cuantas olimpiadas ya como para que alguien se dé cuenta de que el modelo de financiación de los deportistas en este país (con las famosas becas del programa ADO a la cabeza) está desfasado y necesita urgentemente una revisión. Y esta consideración la hago al margen de las medallas, que parece que aquí al personal es lo único que le importa (recordemos: 17 en Atlanta, con el genial Induráin a la cabeza; 11 en Sidney, 19 en Atenas y las 18 de Pekín 2008, con Nadal a lo grande, como siempre). Es cierto que hay quien pueda decir que es un número importante, pero ahí va un dato: frente a las 13 medallas de oro de Barcelona, todas las demás olimpiadas juntas posteriores superan esta cifra por poco. En casos como Sidney o Atenas solo logramos 3 de oro en cada una, lo cual es una cifra muy baja para un país que envía de media unos 270 deportistas a los juegos.
Se me dirá que esto es una aberración, y que el deporte en España está ahora en su mejor momento de la historia, con gente como el propio Nadal, Gasol, Alonso y toda la selección de fútbol a la cabeza. Ya, pero es que me estoy refiriendo a un porcentaje algo más amplio, el deporte en un sentido general que incluye TODAS las demás disciplinas (que parece que aquí todo se reduce al fútbol, baloncesto, la fórmula uno y el tenis). Gente como el citado Fermín Cacho o aquel nadador, López Zubero, son verdaderos marcianos en un país que no da pie con bola en el 90% de las disciplinas olímpicas. No sé a los lectores, pero yo ya estoy acostumbrado a ver que en muy pocas finales hay representantes españoles (y los que podría haber este año, ya sea por lesión como Nadal o por las sospechas de dopaje, como Contador, no están donde deberían). He escuchado también, y creo que por aquí pueden ir los tiros del deporte patrio, que este amplio porcentaje de deportistas españoles tienen que salir adelante "a pesar" de las condiciones que se dan en sus respectivos ámbitos laborales. Y aquí me refiero, aunque no solo, al tema económico. Las becas ADO se otorgan en función de unos resultados, de unas determinadas marcas e hitos que el deportista tiene que ir logrando en campeonatos nacionales e internacionales, como por ejemplo su clasificación para los mundiales o los juegos olímpicos. Se pueden imaginar ustedes que ni todas las becas son de la misma categoría ni permiten, en su mayoría, que estos profesionales puedan dedicarse única y exclusivamente al entrenamiento y práctica del deporte, de modo que muchos de ellos deben alternar esta labor con segundos y terceros trabajos. Eso explicaría que mucha gente se "conformase" con alcanzar los objetivos mínimos que les garantice la beca, porque literalmente llegar a esos objetivos los deja con la lengua fuera como para encima andarse con medallas. Y así no hay manera.
lunes, 21 de mayo de 2012
Tántalos de la modernidad
El otro día asistí a un debate acerca del deporte y la relación que mantenemos con él a lo largo de la vida. Entre los participantes había un monitor de gimnasio, que nos aseguró que después del instituto, e incluso antes, buena parte de la sociedad pierde totalmente su relación con cualquier actividad deportiva, de lo cual se derivan después no pocos problemas de salud, entre los que ciertas lesiones y el descontrol del peso son quizá los más visibles. Esta persona nos aseguró que, por suerte, la tendencia a que cada vez más gente se apunte a gimnasios como el suyo puede equilibrar de nuevo esa balanza y devolver hábitos saludables a personas que, de otro modo, están más expuestas a sufrir todo tipo de situaciones que un cuerpo vigoroso rechaza sin problemas.
En ese sentido, la práctica
de ciertos deportes en espacios distintos a un gimnasio me parecen más fuera de
duda. Mis compañeros de equipo de fútbol tenían una gran musculatura en las
piernas pero era una consecuencia de su pasión por un deporte en el que les
importaba meter gol por la escuadra, no tener los muslos tonificados. Del mismo
modo, mis compañeros de clase de tenis tenían unos brazos y hombros importantes,
pero dudo sinceramente de que fueran buscando eso porque su preocupación estaba
en lograr unos objetivos dentro del juego en cuestión. Por último, aquellos con
los que compartí clase de natación tenían espaldas anchas y una gran
resistencia física, pero no estaban tan obsesionados con los espejos como a
muchos de los que sí veo en los gimnasios con ese inmenso complejo de Adonis.lunes, 23 de mayo de 2011
Gracias, vieja gloria

.En estos tiempos de bipartidismos electorales y otros menos importantes, los futboleros, me llegan las pésimas noticias de que el único equipo que se ha acercado a ser el de mis amores, mi Depor, ha descendido matemáticamente a la segunda división.
Digo lo de los tiempos bipartidistas porque, allá por principios de los años 90, la liga española se la repartían, como ahora, el Madrid y el Barça. La irrupción del Deportivo de la Coruña en aquella situación lo cambió todo, y contribuyó decisivamente a que la liga española ganara un prestigio que goza aún hoy (e inmerecidamente, cabe añadir), porque gracias a equipos como él nació la llamada “clase media”, equipos de no tan gran presupuesto pero muy equilibrados, competitivos y con muchísimas posibilidades no ya sólo de complicar la vida a los gloriosos, sino de arrebatarle muchos y buenos títulos (el Valencia, el Sevilla, a veces hasta el Atlético...)
Aquel Deportivo de los primeros noventa tenía una plantilla corta, pero llena de talento, con Liaño en portería, Nando en el lateral izquierdo, Voro, Paco y Djukic en la defensa y un centro del campo ocupado por Mauro Silva, Donato, Fran y Manjarín, con Claudio y el genial Bebeto en la delantera. Fue subcampeón de liga dos veces, a punto estuvo de ganar una de no ser por el celebérrimo penalti de Djukic ante el Valencia y finalmente logró alzarse con una Copa del Rey, dos Zamoras y una Supercopa, todo ello conducido por el entrañable Arsenio Iglesias.
Aquel equipo se recicló en un segundo “superdepor”, que sería, de la mano de Javo Irureta, aún más fructífero en títulos: una liga, una copa del rey, dos supercopas, dos subcampeonatos y, sobre todo, unas estupendas temporadas en Europa que lo llevaron en
Y ahí seguía Fran, bien escoltado por Valerón, Tristán, el holandés Mackaay, y otros jugadores tan fantásticos como Djalminha, Naybet, Víctor, Sergio, Pandiani o Molina. Fue precisamente con su retirada, la del canterano Fran, cuando el Depor perdió brillo y esplendor. Los grandes jugadores ya no llegaban, sino que más bien se retiraban o fichaban por otros equipos. Las penurias económicas, la mala planificación y un entrenador, Lotina, que no ha terminado de convencer a casi nadie, han sido causas determinantes en que un equipo plagado de anónimas mediocridades consume un descenso que no hace honor, ni de lejos, a la trayectoria de un equipo que, durante unos años, se convirtió en el más simpático, en el ojo derecho de todo aquel que, como yo cuando contaba con apenas diez o doce años, no tenía aún ni idea de lo que era el fútbol, y que aprendió a amarlo viendo a aquellos jugadores humildes y bien avenidos pero sobre todo a Fran y a sus estupendas cabalgadas por la banda izquierda, a sus pases imposibles y a sus goles, (vaya goles), a ese carisma y a esa entrega que tanto he admirado y tratado en vano de lograr cuando jugaba.
Gracias Depor, en cualquier caso, por estos 20 años de recuerdos, de partidazos y de alegrías y a ver si vuelves pronto con ganas de reeditar tus, por desgracia, ya viejas glorias.
domingo, 23 de mayo de 2010
Campeón de los charlatanes
Hace unos días asistí al Masters de tenis de Madrid, en la jornada de semifinales que enfrentó a Rafael Nadal contra Nicolás Almagro (victoria para Nadal por 4-6, 6-2 y 6-2). Fueron más de dos horas de tenis del más alto nivel, con unos tenistas entregados que en ningún momento perdieron la templanza y demostraron por qué se encuentran en lo más alto del tenis mundial.
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Hace tiempo que Nadal ha traspasado las barreras del deporte de elite para convertirse en un icono mundial a la altura de Messi o el tristemente célebre Tiger Woods. Y esto es así porque, al margen de su palmarés o su impresionante talento, Nadal tiene algo que a muchos les falta: carisma, personalidad, pasión y, sobre todo, las ideas muy claras y un entorno muy favorable que mantiene sus pies en el suelo. Como atleta, es un coloso: verlo en la Caja Mágica defendiéndose como podía ante un Almagro pletórico en el primer set y bravo en los siguientes era toda una gozada. Nadal corría, subía y bajaba, y devolvía los golpes de su adversario con una determinación inquebrantable. Tardó más de lo previsto en ganar pero ganó, y bien. Y al final del partido, agotado tras más de dos horas de gran tenis, atendió a no menos de seis medios de comunicación en la misma pista, regaló pelotas firmadas a los aficionados y se fue ovacionado con una mezcla de admiración, respeto y entrega por parte de un público que lo adora vaya donde vaya.
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Semejante laudatoria viene a cuento no sólo como crónica a deshora del evento deportivo (en la final Nadal arrasó a Federer por 6-4 y 7-6 (t)), sino a propósito de dos sucesos que han tenido lugar en este deporte cuya corona aspira a recuperar el de Manacor. Primero aparece Federer, el gran campeón del tenis contemporáneo, y se descuelga diciendo que “en tierra sólo se necesitan piernas, una derecha y un revés increíbles y aguantar cosas. No quiero decir que en tierra baste con mantener la bola en juego y esperar un error, pero a veces es demasiado fácil” (pero recalcando, eso sí, que no lo dice por quitarle mérito a Nadal, el mayor experto del mundo en dicha superficie). Federer viene a decir que con tener dos piernas fuertes y arrear muletazos con la raqueta, cualquier puede ganar en tierra. Ya. Eso explica por qu
é ha estado a punto de jubilarse sin ganar Roland Garros, después de perder hasta cuatro finales contra Rafa (la que ganó fue el año pasado, sin Nadal en el camino). Luego concluye afirmando que el manacorí es “su heredero”, para rematar el inútil desprestigio a un jugador que, recordemos, le ha ganado 12 de las 17 finales que han disputado juntos.
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Pero lo peor ha llegado hoy, cuando nuestro segundo top ten español, Fernando Verdasco, ha perdido totalmente los papeles en la final del torneo de Suiza ante el francés Gasquet, al que ha insultado de todas las formas posibles (cito sus amables palabras, tras fallar el 10º revés paralelo seguido de Gasquet: "¡Su puta madre, puto francés de mierda, puto francés de los cojones!"), para después dirigirse con igual cortesía al público, también francés, que estaba cansado de las constantes salidas de tono del español cuando perdía (“Es el peor público del mundo, los putos franceses de los cojones") y cuando ganaba algún que otro punto (Joderos, joderos. A ver quien tiene más cojones"). Luego va y dice, el bueno de “Fer”, que en realidad no se dirigía al público francés, que asegura adorar con locura, sino sólo a un par de energúmenos. Ah, y que lo siente mucho. Qué vergüenza.
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Todo esto, en suma, debería servirnos para no perder la perspectiva cuando se hable de grandes campeones de este deporte. Federer podrá ganar 2.000.000 de grand slam de aquí a que se retire, y Verdasco otros tantos (o no, seguramente), pero mucho me temo que su arrogancia, presunción y divismo les hace perder demasiados enteros. Es posible que, por su especial naturaleza, no haya deporte donde el ego saque a relucir lo peor de un profesional como el tenis, plagado de divos como el inefable letón Gulbis (otro que tal baila). Cuando uno gana, el mérito es 100% suyo. Y lo mismo debería ocurrir cuando uno pierde, pero aquí vemos que, ya sea el número 1 del mundo o el 200, el orgullo lleva a muchos tenistas a perder más fuerza por la boca que por la raqueta.
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Esto explica mi gran admiración hacia Rafael Nadal, un deportista de una honestidad, discreción y humildad hasta ahora intachables, alguien capaz de ganar un Open de Australia a un Federer envuelto en lágrimas y decir que es el más afortunado del mundo por poder disputar encuentros con el mejor tenista de todos los tiempos. Nadal no es grande por su probada calidad como tenista, sino porque a ello suma una educación exquisita, un saber estar y una conciencia clarísima de lo que es y lo que tiene entre manos.
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Y, precisamente por eso, da igual si vuelve a ser número uno o no, o si no levanta ya nunca más trofeos: Rafa es y será siempre el más grande porque con cada golpe de raqueta, cada gesto al vencer un punto o cada atención que tiene con la gente transmite toda su calidad humana. Y los demás que hablen, que así les va
jueves, 29 de abril de 2010
"Fúrbol" hasta en la sopa
Menuda semanita mediática nos espera tras la derrota del Fútbol Club Barcelona en semifinales de la Copa de Europa. Entre el festivo bombo de unos (la prensa nacionalista madrileña) y el no menos estruendoso, en este caso amargo y rencoroso de los otros (los nacionalistas catalanes) creo que ya me he hartado del fútbol, y lo peor es que todo obedece a causas extradeportivas.
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Porque, en lo deportivo, el asunto no merece la menor consideración. Lo único que ha sucedido es que un equipo ha sido eliminado de dos competiciones con toda justicia (copa del Rey y de Europa), que su liderato en la liga se mantiene con una ventaja de un solo punto frente a un perseguidor que parece incansable, y que hay gente en Barcelona que teme que vayan a pasar de ganar 6 títulos a ganar 0 en un solo año. Y de ahí el pánico, y el ruido.
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Porque todo se reduce, en definitiva, a ruido, que es lo que llevan haciendo la prensa catalana y madrileña desde que el mundo es mundo, con su sensacionalismo barato, sus manipuladoras informaciones y sus malintencionados artículos y viñetas, un día tras otro. Qué lamentable resulta que estos periódicos deportivos sean la prensa más vendida y consultada en este país de analfabetos funcionales, qué triste que triunfe ese espíritu de tabloide y horrenda escritura que hace palidecer de infartos gramaticales a todo aquel que osa poner sus ojos sobre ella.
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Claro que todo esto sólo se entiende si se analiza con algo de calma a sus “artífices”, unos periodistas deportivos que son, con excepciones muy honrosas (Alfredo Relaño, Santiago Segurota, Miguel Rico y para de contar) gente con escasa formación cultural, lingüística y, lo peor de todo, deportiva. Su único recurso ante semejante panorama es la apelación al tópico, a la frase hecha y a la argumentación demagógica para ganarse a un público básicamente iletrado que, casi con toda seguridad, ni siquiera entenderá lo que lee (si es que lo lee, que me temo que tampoco).
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Digo prensa deportiva cuando, en realidad, debería decir futbolística. No hay más que comprobar el espacio que en este país se dedica en prensa, radio y televisión al fútbol frente a otros deportes (una relación de 90% a 10% ya se quedaría corta), para darse cuenta de que ni siquiera la cuestión es la afición desmedida al deporte. ¿Quién sabe en este país algo de atletismo o gimnasia en sus múltiples disciplinas, esgrima, halterofilia, esquí, natación, tiro, hípica o patinaje? En todas esas disciplinas tenemos grandes deportistas que merecerían mucha más atención que la enésima repetición de los goles, o los torpes balbuceos mentales de tal o cual futbolista al que se le pregunta hasta por la caída de la hoja, y cuando hasta eso ya no basta nos saturan con imágenes de las gradas de los estadios, con octogenarios que se sacan mocos o escupen sin rubor alguno, como si ello fuera el colmo de la noticia futbolera.
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Y lo siento, pero no me vale lo del baloncesto, el tenis o la fórmula 1. No, señor. Si en este país se habla de eso es única y exclusivamente porque tenemos referentes mundiales (Gasol, Nadal, Alonso), casos aislados que, cuando se jubilen, devolverán a esas disciplinas al cajón de los olvidados donde figura, sin ir más lejos, el golf (dejado de la mano de Dios desde que Ballesteros se fue: fíjense que ahora sólo hablamos de eso por Tiger Woods y sus líos de faldas).
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No se engañen: en el país de la pandereta todo es fútbol, fútbol y más fútbol. Fútbol los sábados, los domingos y los lunes (liga), fútbol los martes y miércoles (copa de Europa), fútbol los jueves (Europa League) y hasta los viernes (segunda división). Es fútbol en el desayuno, a la hora de comer, en la cena y hasta de madrugada, (por no decir la sopa). Es fútbol en verano, otoño, invierno y primavera, y de nuevo verano, (no se olviden del mundial), y luego la pretemporada y los torneos veraniegos, y la supercopa, y la ultra copa y la megahipercopa, y el mundialito de clubes y….
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Y cuantos más partidos y más torneos innecesarios, más titulares, más rotativos, más manolos casposos entrevistando a magnates de la construcción, más programas interrumpidos en cualquier medio y a cualquier hora por los ciento y un mil partidos del siglo que hay cada semana, sin descanso, y así hasta el infinito y más allá porque lo único que importa es vender camisetas, entradas, periódicos, contratos publicitarios y cromos hasta que los casi cinco millones de parados de este país acaben con la lengua fuera y la billetera vacía, pidiendo una tregua de, al menos, un día sin el fútbol de las pelotas dando el coñazo.
jueves, 8 de abril de 2010
Réquiem por el díscolo.

José María Gutiérrez, más conocido por el sobrenombre de “Guti”, ha anunciado que no seguirá más en el Real Madrid, club donde ha militado desde que era un benjamín y en cuya primera plantilla lleva la friolera de 15 años. Aunque ha reconocido que aún tiene la ilusión por seguir jugando uno o dos años más, su destino parece encaminarlo más bien a clubes de Inglaterra, Italia o los países árabes. Ofertas no le van a faltar, desde luego.
A nivel de clubes, Guti lo ha ganado absolutamente todo, como así lo atestigua su impresionante palmarés: 3 Copas de Europa, 5 títulos de la Liga española, 4 Supercopas de España, 2 Intercontinentales y 1 Supercopa de Europa. Semejante currículum sólo está a la altura de los más grandes.
Sin embargo, a nivel individual existen numerosos matices que han empañado la carrera de Guti desde sus inicios hasta estos últimos partidos que está disputando con su equipo de toda la vida. Ni la crítica especializada ni el público han soportado jamás las muchas y variadas excentricidades de un futbolista al que han reprochado su carácter díscolo, altanero, arrogante y presuntuoso, adornado todo ello con una fijación por la estética que, en este país donde el deporte debe ser de machos sudorosos y velludos, alguien como él, tan fino y estilizado, sencillamente no se entiende. Semejante carácter (que, por cierto, suscribe hasta el mismo Guti) le ha llevado a ser uno de los jugadores más detestados por las hinchadas propias y rivales, que siempre lo reciben con un cántico de lo más afectivo (a saber, ¡Guti (x3) maricón!) y lo acompañan durante los 90 minutos de silbidos e imprecaciones a cada balón que toca.
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Lo que muy pocos reconocen, y los que lo hacen es a regañadientes, es que este muchacho es posiblemente el futbolista mejor dotado técnicamente que ha conocido el fútbol español en toda su historia. No ha habido nadie que haya gozado de su visión de juego, de su capacidad para desarmar las defensas rivales, de sus saques de falta, sus antológicos pases al hueco o genialidades en forma de gol o asistencia. Por calidad y aportación a ese aspecto estético siempre tan denostado por los puristas, Guti debería formar parte del panteón del fútbol sin discusión alguna y al lado de los mejores especialistas brasileños, holandeses, franceses e italianos de la historia.
Tampoco hay que perder de vista que su probada falta de constancia y regularidad se ha visto acompañada por una mala suerte que yo he visto pocas veces: prácticamente todas las temporadas los fichajes eran precisamente en el puesto que ocupaba Guti, ya fuera la mediapunta, el centro del campo o la delantera (donde llegó a jugar, de la mano de Vicente del Bosque en la temporada 2000-2001, llegando a la nada despreciable cifra de 15 goles). La presión de saberse constantemente en el punto de mira de técnicos, periodistas y espectadores no ha debido ser fácil de llevar para un chaval de clase humilde y formación escasa, y de ahí sus frecuentes explosiones de carácter.
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Así, toda esa mezcla de rebeldía e incomprensión por parte de todos los entrenadores que han tenido la suerte de dirigirlo, ha llevado a Guti a ocupar un lugar menor en estos quince años de indiscutibles éxitos madridistas. Él ha sido partícipe de una generación que ha devuelto al club más importante de España a la primera plana internacional tras 32 años de sequía en las competiciones europeas (que parece que ya nadie lo recuerda, pero era todo un trauma en su momento). También ha sido, junto a Raúl, el máximo exponente de la cantera madridista durante más de una década, y al igual que el delantero centro, tampoco ha conocido un relevo semejante como sí ha ocurrido en otros grandes clubes, como el Barça con esa magnífica línea sucesoria que une a Guardiola, Xavi, Iniesta y compañía.
Que nadie se lleve a engaño: no hay otro jugador como Guti en el panorama actual, a lo sumo distinto: él mismo ha señalado posibles recambios como Cesc Fábregas o David Silva, pero todo el mundo es consciente de que con él se pierde un talento irrepetible. Por eso, me consta que el Bernabéu lo va a echar de menos como al agua de mayo la temporada que viene y eso es algo que, se pongan los raulistas como se pongan, no sucederá con Raúl, mucho más desgastado, viejo y achacoso que el “
Siempre he sentido una enorme admiración por Guti, lo que me ha llevado a sufrir las burlas de media humanidad: no me importa. Cuando una vez le preguntaron al brasileño Ronaldo quién era el mejor de aquel Madrid galáctico que dio la vuelta al mundo, dijo sin dudar: Guti (y mira que entonces estaban en el vestuario estrellas de la talla de Figo, Zidane o Roberto Carlos). El jugador justificó una respuesta tan inesperada con el argumento más sencillo posible: “es el que mejor juega al fútbol”.
De no haber sido por su irregularidad y un entorno que, me temo, nunca le ha aconsejado del todo bien, estaríamos ante un ocaso mucho más apacible y plagado de reconocimientos. Por desgracia, no es así: Guti se retirará la próxima temporada dejando actuaciones tan lamentables como el día en que se rebeló cuando su equipo fue eliminado de la Copa del Rey por un Segunda B y, en el otro lado, tan gloriosas como el taconazo ante el Deportivo, que dejó maravillado al mundo entero, o el otro día ante el Racing, cuando salió en la segunda parte para desatascar el embarullado, confuso y yermo juego de su equipo con una asistencia prodigiosa y un disparo que, por milímetros, no se coló por toda la escuadra.
Así es Guti, así ha sido siempre y así seguirá siéndolo: tan genial como desaprovechado. Qué lástima.
jueves, 12 de noviembre de 2009
¡El dúo sacapuntas ataca de nuevo!

El otro día tuve la mala fortuna de presenciar un espectáculo televisivo de la peor calaña. No es que uno pueda esperar gran cosa de una sección de deportes de un canal televisivo que se hace llamar a sí misma “Los Manolos”, (espacio presentado por los “periodistas” Manuel Carreño y el inefable Manolo Lama), pero lo del martes fue sencillamente de juzgado de guardia.
A la “entrevista” asistía el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, que será todo lo arrogante que se quiera y andará por ahí presumiendo de billetera, pero que sin duda no se merecía la encerrona traicionera, cutre y maleducada que le dedicaron “los Manolos”: preguntas inconexas plagadas de comentarios subjetivos y opiniones de los propios “entrevistadores”, vídeos ofensivos e inapropiados y, lo peor de todo: ninguna posibilidad de responder tranquilamente a lo que se “le preguntaba” (“recriminaba” sería más apropiado), ya que lo interrumpían constantemente para lanzarle más y más acusaciones.
Fue todo un ejemplo de cómo no se debe hacer periodismo, un ataque personal, directo e injustificado (las reacciones furibundas del tal Lama eran asombrosas, si uno considera la de años que lleva este buen hombre ejerciendo la profesión), y mientras Florentino ponía cara de póquer y toreaba el asunto como buenamente podía, los otros dos personajes se dedicaban a darle cera por todas partes acusándolo de prepotente, metomentodo, dictatorial, caprichoso, vanidoso, malcriador de futbolistas, cobarde y, en el colmo de los colmos, llamándole mentiroso a la cara.
No dudo que el dúo sacapuntas buscase notoriedad a costa de la fama de alguien que, seguramente, la merece mucho más que ellos, porque no me creo que gente que conoce bien el negocio audiovisual meta la pata de una manera tan rotunda y grave (las críticas han llovido en la redacción de Sogecable, y con todo merecimiento). En cualquier caso, si su intención era descalificar al presidente de la entidad madridista, los únicos que quedaron a la altura del betún fueron estos dos señores que, obligados y del modo más falso e hipócrita posible, pedían “disculpas” ayer mismo (ver el link), para después volver a meterle tanta caña o más al pobre Florentino (entiéndase lo de “pobre”). Delirante.














