domingo, 3 de mayo de 2015
Darkness
domingo, 29 de marzo de 2015
El disco del mes: Reckless (1984)
sábado, 17 de enero de 2015
Fastlove
Buscando algo de aprendizaje
domingo, 15 de junio de 2014
La oración de Dante
lunes, 29 de octubre de 2012
Buenos tiempos para la lírica
Dejando a un lado los parecidos (vocales) razonables, la canción me llamó la atención por el enorme contraste entre el fondo (una ruptura traumática detallada de un modo crudo y descarnado) y la forma, que ya digo evoca melodías de otro tiempo, suaves y relajantes. Es un tema que se toma su tiempo, al margen de modas y sintetizadores, que tarda más de un minuto y medio en entrar en el estribillo y que, cuando lo hace, solo lo suelta para introducir la estupenda voz de Kimbra, la vocalista que comparte dueto con Wally de Backer. lunes, 26 de septiembre de 2011
Star People (parte II)
Aun dando la razón a todos los que consideren que los artistas de mayor éxito en la actualidad han oscurecido el brillo de los de antaño, y George Michael es un magnífico ejemplo de ello, cualquiera que estuviera anoche en el concierto de Madrid sabrá que eso no es obstáculo para que este cantante, que roza ya los cincuenta, realizara una actuación soberbia y despejara, de paso, todas las dudas sobre su estado físico o vocal.
Lo primero que a mí me sorprendió es, precisamente, la calidad de una voz que mejora, incluso, muchos de los mejores momentos de sus discos. Es un timbre poderoso y melódico, capaz de hacer levantar con su fuerza a todo el estadio o de sumirlo en una intensa y profunda emoción reflexiva cuando alcanza sus cotas más poéticas. El acompañamiento de una orquesta, aunque extraño en un primer momento, se revela como una magnífica opción que da nuevos bríos a temas clásicos del artista, como A different corner, You have been loved, Cowboys & Angels o Praying for Time.
No obstante, la base del concierto es el disco Songs from the last century, que en su momento no tuvo gira de promoción y que ahora recibe una justa recompensa. Los arreglos orquestales sirven de homenaje a Nina Simone (My baby just cares for me, Feeling good), The Police (Roxanne), Johny Mathis (Wild is the wind) o John Mercer (I remember you). Además, Michael se atreve con versiones de temas contemporáneos como Russian Roulette (Rihanna), Let her down easy (Terence Tren d’Arby) o Love is a losing game, en un sentido y acertado homenaje a la fallecida Amy Winehouse.
Aunque el nivel general del concierto fue magnífico, yo eché en falta algunas canciones: Secret love o Miss Sarajevo, del disco Songs… pero sobre todo Jesus to a child, que en su momento el propio Michael estrenó con orquesta en los MTV awards de 1994 y aquí hubiera tenido un lugar de excepción. Y aunque agradecí la inclusión de dos temas nuevos (True Faith y Where I hope you are), me resultó francamente molesto que en ambos utilizase un distorsionador de voz que le hacía parecer un robot. Si precisamente se trataba de disfrutar de su voz sin una banda o sintetizadores, el incluir este truco digital me pareció, además de erróneo, una incoherencia absoluta con el resto del concierto.
Salvando ese asunto, y con un final cada vez más animado que culminó con una divertida mezcla de temas (Amazing/I’m your man/Freedom’ 90), el concierto se cerró con una interpretación del teman instrumental Free, que cerraba el disco de Older. Me pareció significativo, aquel guiño al magnífico LP que me sirvió para introducirme en la música de un artista complejo, que dota a sus creaciones originales de una enorme calidad, talento y, sobre todo, conexiones con otros artistas y estilos en sus versiones de otros temas. Su música remite a otras músicas, invita a conocerlas y ése es, quizá, uno de sus mayores activos. Puede que George Michael ya no vuelva a ser nunca lo que fue en su momento, pero quizá eso sería, tantos años después, incluso contraproducente para él. A mí, desde luego, lo de anoche me supo a gloria y me sirvió, sobre todo, para quitarme una espina que llevaba más de quince años acumulando: poder disfrutar de esa música, su música, en un directo fantástico y rememorar todos los recuerdos asociados a ella, que no son pocos. Creo que nunca había aplaudido de un modo tan sincero el final de un concierto o deseado tanto los bises, que yo hubiera prolongado gustosamente hasta la madrugada, y me consta que no fui el único.

Star People (parte I)
Ayer tuve el privilegio de asistir al concierto de una gira que está llevando a George Michael de una punta a otra del globo, el Orchestral Symphonica Tour. El Palacio de los Deportes estaba abarrotado, y aunque comenzó con retraso, el cantante supo compensar desde el primer minuto la espera con un repertorio fantástico. Fue una mezcla de sensaciones y recuerdos que hacían que, al tiempo que escuchaba cada canción, estuviera yendo y viniendo constantemente de la memoria al concierto.
Debía tener más o menos catorce años cuando compré mi primer disco. Se supone que a esa edad uno debería ir buscando ritmos y géneros que lo hagan bailar, o que estén de moda porque le gustan al resto de amigos o porque lo ha escuchado en una discoteca, qué se yo. Sin embargo, mi primera elección fue Older, el primer disco con material nuevo que George Michael lanzaba tras más de cinco años de silencio musical.
Mi primera reacción al escucharlo fue una cierta decepción, porque a excepción de Fastlove, el single más accesible para un oído adolescente como el mío, el resto era una colección de medios tiempos que iban mucho más allá del pop que lo lanzó a la fama mundial en los años 80, donde competía de tú a tú con Michael Jackson, Madonna o U2 cuando estos se encontraban en el punto álgido de sus respectivas carreras. En sus diferentes aproximaciones a cada uno de los géneros, Older se adentraba en los terrenos del R&B, jazz, soul, funk, new age y, por si no quedara claro, jugaba a reírse del pop melódico en clave de parodia en la ya citada Fastlove.
Sólo con el tiempo, y con lo que fui aprendiendo de la vida y milagros del artista, pude comprender y apreciar este disco en toda su magnitud, y así cada canción fue cobrando una dimensión cada vez mayor. Supe que el germen de muchas de estas composiciones fue el profundo dolor por la pérdida de su amante, que inspiró, entre otras, la magnífica balada Jesus to a child. La angustia por la enfermedad de su madre, que finalmente terminaría con ella solo un año después de publicado el disco, deja también su huella en las letras, que confirmaron que George Michael ya no era el compositor de estribillos pop de consumo rápido. Con más de cien millones de discos vendidos a sus espaldas sentía, con razón, que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, y por eso retó a sus fans a adentrarse en otros terrenos musicalmente mucho más apetecibles.
Older completaba su colección de singles con la canción que daba título al álbum, un desarrollo explícito de su sentimiento de madurez asociado a la edad y al dolor de las experiencias vitales que lo acompañaban, así como Spinning the wheel, donde hacía un guiño a los crooners clásicos. Star People, una corrosiva visión sobre la celebridad y You have been loved, que reincidía en el concepto de la pérdida emocional y la superación, fueron los últimos bocados de un disco que vendió más de 12 millones de copias en todo el mundo.
A partir de ahí fui siguiendo una carrera marcada, como todo el mundo sabe, por los desencuentros con la prensa, una tendencia irritante a hacer de su vida un circo mediático y, finalmente, a sus escarceos con la droga, la cárcel y el escándalo. A nivel musical fue lanzando, con cuentagotas, discos que confirmaban su nuevo giro hacia una madurez más ambiciosa, como su excelente colección de versiones en clave clásica, Songs from the last century, o Patience, donde volvía a componer tras otros seis años de silencio. Muy poco alimento, a mi juicio, para tanta leyenda.
El declive del artista parecía imparable por su desgaste físico y emocional, que lo llevó en estos últimos años a parecer una sombra de aquel gigante que en los ochenta se convirtió con discos como Faith en una estrella mundial. Quizá por todo ello, y a pesar de mis buenos recuerdos, tampoco albergaba muchas esperanzas cuando anoche se apagaron las luces del Palacio de los Deportes y comenzaron a sonar los primeros acordes.
viernes, 14 de mayo de 2010
Un Oasis musical

Más o menos dentro de un mes saldrá a la venta Time flies… 1994-2009, una recopilación de todos los singles de la banda británica Oasis, que allá a mediados de los noventa se autodenominó la “más grande del mundo” empujada por no pocos fans y críticos entusiasmados ante el innegable talento de los hermanos Gallagher y compañía para hacer pop/rock del bueno.
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Oasis surgió en 1994 prácticamente de la nada con el disco Definitely Maybe, una confusa amalgama de sonidos que recogían herencias que iban de T-Rex a Los Beatles, pasando por (no se lo pierdan) ecos de Nirvana. Era un álbum furioso e irregular, incluso en su brillantez, y contenía canciones de indudable calidad, como Live forever o Supersonic, que parecían realmente impropias de una banda tan joven.
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La locura se extendió por toda Inglaterra y buena parte de Europa, acompañada de ventas millonarias. Después de décadas a la caza y captura de unos nuevos Beatles, los mass media británicos se lanzaron a ensalzar las andanzas de una banda inmadura para asimilar tanto halago y, especialmente, tanto éxito. Hasta 50 semanas estuvo en lista el discreto single Whatever (1994), que sirvió de enlace con el siguiente álbum de la banda, What’s the story (morning glory)? (1995).
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Recientemente, los británicos eligieron ambos discos entre los 10 mejores de toda la historia, compitiendo codo a codo con el inmortal cuarteto de Liverpool (Oasis es de Manchester). Puede que sea algo exagerado, pero lo cierto es que …Morning glory? parece, más que un disco, una colección de grandes éxitos. Hasta 6 sencillos fueron extraídos del álbum, entre ellos su canción más representativa y una de las mejores de la historia de la música contemporánea, Wonderwall. Puede que con el tiempo se olvide buena parte de la música de Oasis (por no decir casi toda), pero estoy convencido de que esta canción permanecerá durante décadas en el panteón de las mejores porque es, sencillamente, una obra maestra.
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A pesar de que Liam, el menor de los Gallagher, era el cabeza de portada de todas las revistas, el cantante de casi todas las canciones y el más fotogénico del grupo, realmente el alma del grupo era Noel Gallagher, ya que componía, arreglaba y perfeccionaba cada detalle de cada canción. Su torrente compositivo parecía no tener límites, y por ello acompañaba cada sencillo de una o dos caras-B de una calidad asombrosa, que el grupo recogió en el maravilloso The Masterplan (1998), una marcianada con canciones tan buenas como Acquiesce, Half the world away o la que daba título al disco y que demostró, una vez más, la supremacía creativa del período 1993-96 por parte de Oasis. De las 18 canciones que incluyeron en su recopilación de grandes éxitos de 2006 (Stop the clocks), no por casualidad 13 pertenecen precisamente a estos tres años.
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Después del boom inicial, Oasis entró en barrena. A los continuos problemas de drogadicción de Noel se unieron los de alcohol de Liam, lo que, sumado a su carácter furioso y temperamental, fruto todo ello de una infancia traumática de abusos y palizas, llevó a la banda al borde de la quiebra. Dos de sus miembros fundadores (el batería y el bajo) abandonaron el grupo en 1999, después de la debacle que supuso el fallido Be here now (1997), que se suponía iba a devolver a Oasis a lo más alto.
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No fue así. De hecho, ya nunca fue así. La banda se rehizo algo del golpe contratando nuevos músicos, y ha seguido vendiendo discos (Be here now fue el más rápidamente vendido en sus primeros días en toda la historia del Reino Unido, de hecho), y todos sus discos desde entonces entraron como número 1 de ventas, pero ni estos ni sus canciones han tenido el mismo impacto mediático, comercial, crítico y hasta cultural que la banda cosechó a mediados de los noventa.
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Y mira que lo intentaron. Tanto Noel como Liam aparcaron sus diferencias, dejaron las drogas y dieron lo mejor (que quedaba) de sí mismos, especialmente en The Hindu Times (2002) y Don’t believe the truth (2005), álbumes donde por momentos recordaron sus mejores tiempos (canciones como Little by little, Songbird, The importante of being Idle o Lyla suenan fenomenal), pero al final fue todo inútil. Lejos quedaban ya los tiempos de la guerra del britpop (más que nada porque sus archienemigos de Blur habían desaparecido de la faz de la tierra), bandas más jóvenes y talentosas como Coldplay o los Artic Monkeys llevaban ahora la voz cantante y a nadie, le importaba ya, francamente, lo que los Gallagher tuvieran que decir acerca del mundo.
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Dig out your soul (2008), último intento de Oasis por recuperar el cetro de la música británica, europea y mundial por ese orden, fue la confirmación de que la banda estaba pasada de moda. Ninguno de sus singles llegó al número uno (apenas lograron entrar en el top 5), las ventas fueron un desastre y sus conciertos tuvieron un impacto, por decirlo de un modo suave, menor (qué duro debió ser para los Gallagher, especialmente recordando el multitudinario concierto de 1996, el de mayor asistencia de público de toda la historia de Inglaterra). Quizá por todo ello, Noel y Liam anunciaron la disolución de la banda y confirmaron que estaban ya trabajando en proyectos diferentes. Era el fin de Oasis.
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Puede que la recopilación de Time flies… 1994-2009 sirva para refrescar la memoria de unos años en que, le pese a quien le pese, el trono de los Beatles estuvo tambaleándose. Puede que Oasis no sea la mejor banda de rock del mundo, y que nunca lo fuera. Qué más da. Escuchar sus primeros discos es, aún hoy, un soplo de aire fresco entre tanta rubia de bote enseñando las cachazas mientras balbucea palabras ininteligibles y vende singles a porrillo por i-Tunes. Ay, si John Lennon levantara la cabeza…

sábado, 22 de agosto de 2009
De artistas, circos y revuelos.
Ya que estamos con revuelos veraniegos, sin duda el de mayor repercusión global ha sido el del fallecimiento de uno de los iconos más importantes de la música contemporánea, Michael Jackson.
No ha habido noticiario, periódico o página web en la que no fuera portada del 26 de junio, como no hubo tampoco televisión o radio que no difundiera la noticia de su desaparición el mismo día 25. Hubo entrevistas con familiares, búsqueda de reacciones de sus principales amigos y colaboradores y, como no podía ser de otra manera en el universo Jackson, todo tipo de especulaciones, a cual más desproporcionada, debido a las causas reales de la muerte del artista.
Digo artista y no cantante, músico o compositor, porque yo no considero que Jackson fuera nada de esto último. Al igual que ocurre con otras superestrellas de la música, como Madonna y sus sucedáneos, me parece que estamos ante fenomenales empresarios, gente de ideas luminosas sobre cómo vender millones de discos sin ofrecer otra cosa que canciones fáciles y pegadizas, productos de laboratorio destinados a arrasar en las listas de ventas, llenar las pistas de baile o multitudinarios conciertos-espectáculo, pero que poco tienen que ver con la música como arte.
Por otra parte, la muerte de Jackson ha retratado, una vez más, la tremenda hipocresía de la sociedad norteamericana, que primero lo aupó a las mieles del éxito para luego condenarlo al ostracismo más absoluto tras las acusaciones de abuso de menores, algo que fulminó su carrera en pleno apogeo, allá por principios de los 90, y terminó por reducirlo a una grotesca parodia de sí mismo. (Hay que decir, en honor a la verdad, que esto último Jackson lo propiciaba mejor que nadie, con unas excentricidades y rarezas propias de alguien que desde que tuvo uso de razón demostró que vivía en un universo muy, muy alejado de la realidad.)
Lo hipócrita de todo esto es que ahora resulta que la parodia era un genio, un prodigio de la música, un pobrecito incomprendido que no supimos valorar en su momento, y sólo ahora que ha muerto nos damos cuenta (qué tendrá la muerte, que hace siempre valorar más y mejor al difunto).
Al margen de sarcasmos, sí parece haber cierto consenso en que su música ha influido de forma poderosa sobre las siguientes promociones de artistas y que canciones como Billie Jean, Beat it o Smooth Criminal fueron auténticos himnos generacionales de los 80, verdaderas joyas de la cultura popular con el omnipresente sello de Quincy Jones (pues él es el auténtico artífice del éxito de Jackson, como lo prueba su mediocridad musical tras la marcha del productor).
Ahora bien, más allá de eso no hay mucho donde rascar. De hecho, de su estrambótica discografía yo sólo rescataría un disco, quizá por su condición de filtro con algo de sentido: el ampuloso, aunque acertado, HIStory: Past, Present and Future, con el que Jackson quiso reavivar en 1995 una carrera destruida por su propia fama. Es un doble álbum que combina lo mejor de su trayectoria anterior (1979-1991) con un segundo CD de temas nuevos, de un nivel superior al que nos tenía acostumbrados.
Del resto de su producción casi mejor no hablar, porque en ocasiones puede llevar al sonrojo, como el que provocan ciertos discos tan soberanamente mediocres como Invincible, Dangerous, Bad o Blood on the dance floor, pero que la muerte del artista ha revalorizado hasta el infinito y más allá (en el colmo del delirio, la prensa hasta ha llegado a comparar a Jackson con Mozart, ni más ni menos. Para echarse a temblar).
Cierto es que no hay personaje más popular a nivel mundial, nadie tan reconocible y controvertido en los últimos 30 años. Ahora bien, déjenme a Wolfgang en su sitio, por favor, porque este muchacho brillante, pero reprimido, trastornado y a ratos exasperante llamado Michael Jackson no fue ningún genio de nada, sino simplemente una marioneta del circo comercial contemporáneo que algunos se empeñan en calificar, en su vertiente sonora, de música.
martes, 26 de mayo de 2009
Al calor de los aplausos.
Para los legos en esto del flamenco como un servidor, asistir a Carmen, de la compañía de Sara Baras, debe ser algo así como acudir a una final de la copa de Europa para alguien que no sabe lo que es un balón. No obstante, pude disfrutar de ese algo indefinido que los sabios en este tema llaman pasión, duende o como se prefiera, ese embrujo que convierte un tablado, unos tacones y una falda bien volteada en puro ritmo en movimiento.
Lógicamente, la que mandaba en el escenario era la Baras, y bien que se notó desde el principio. Gozaba de los mejores momentos, de las más cuidadas escenografías e iluminaciones, pero sobre todo de momentos de particular intimidad entre ella, sus gráciles movimientos y un público totalmente entregado.
A mí, sin embargo, me conmovieron más los momentos en que se dejaron de músicas en diferido y se pasaron a la guitarra, canto y palmas en directo (una duda razonable: ¿era realmente necesario pasarlo todo por megafonía?). Viendo allí reunida a toda la trouppe flamenca, que incluía una decena de bailarines y otra de músicos más los tres bailarines principales, sentía que la obra se elevaba muy por encima del resto de momentos que, con mayor o menor fortuna, se inspiraban en el clásico de Georges Bizet.
Y al margen de toreros, bailaoras y demás topicazos de la España cañí, salí con un buen sabor de boca, aunque quizá por mi falta de costumbre me sobraron cuatro o cinco canciones (especialmente la última, ya en medio de las fatigosas salvas de aplausos), y no terminé de entender del todo a santo de qué esas imágenes impostadas de mujeres desnutridas o con el burka ocultando su mirada femenina. Sara Baras no necesita de esos recursos fáciles para el aplauso, porque éste lo tiene ganado ya con sólo salir a escena.
sábado, 18 de abril de 2009
Aplausos per secula...

Bastante más bochornoso me pareció, como siempre, la inevitable salva de aplausos que se produjo al final, y que tuvo en el director de orquesta a su gran protagonista (por cierto, lo de las melenas de estos tipos, ¿es por obligación contractual o por alguna clase de ritual atávico-capilar?). El caso es que este hombre salía y regresaba, y cada vez que lo hacía venga a aplaudir, y luego nos iba señalando uno por uno (¡uno por uno!) a los ochenta miembros de la joven banda, y venga a aplaudir, y luego salía y volvía a aparecer otra vez, y así hasta el infinito y más allá.
No se crean que esto es exclusivo de la música. En el teatro tengo siempre esa sensación de que la gente de las tablas nunca tiene suficientes aplausos. Da igual que te dejes las palmas al término de la obra, que te esfuerces en demostrar que sí, que te ha gustado mucho la actuación o incluso, en un arranque febril, que te levantes y grites aquel famoso ¡bravo! o similares. Ellos salen y vuelven, como el turrón, y no se cansan, y parece que si por ellos fuera nos podían dar las doce que ahí los tendríamos, señalándose unos a otros como diciendo: “no, no, si en realidad el mérito es de este o aquella, yo soy sólo un humilde actor”, y venga con reverencias y palmadas hasta dejarse ellos los riñones (o nosotros los callos, que tanto da).
Francamente, tanto aplauso me estraga. Sólo con echar un vistazo al precio de las entradas uno tiene la sensación de que los que deberían aplaudir son los actores al espectador por haberse dejado su soldada en según qué número de feria, y no al revés. Pero es que aun acudiendo a un espectáculo digno, tanto boato festivo y autocomplaciente me sigue pareciendo tan lamentable como sonrojante.
Entiendo que las profesiones de músico y actor requieren una disciplina soberbia, por no mencionar el talento implícito a cierto nivel, pero cuando los aplausos y demás halagos sonoros superan los cuatro o cinco minutos y son fruto de una convención o ritual, y no de una reacción espontánea (en cuyo caso no tendría objeción alguna que hacer), entonces todo se reduce a un simple paripé, que como bien define el diccionario de la RAE no es otra cosa que fingimiento, simulación o acto hipócrita.
miércoles, 1 de abril de 2009
Vivir de unas sustanciosas rentas.
De un tiempo a esta parte, el grupo de rock irlandés U2 se ha dedicado al tan español oficio del rentismo con un descaro tan evidente como sonrojante para los que, como un servidor, seguimos con interés una trayectoria que arranca nada menos que a finales de los 70.
Por aquel entonces, el cuarteto compuesto por Bono, The Edge, Larry Mullen y Adam Clayton miraba al horizonte musical con ilusión y talento, fruto del cual vieron la luz álbumes tan esperanzadores como Boy (1979), War (1983) o The unforgettable fire (1984). Esos fueron los cimientos de su época de mayor gloria, la comprendida entre el espectacular The Joshua tree (1987) y esa obra de arte llamada Achtung baby (1991), que dio lugar a singles tan memorables como With or without you, I still haven’t found what I’m looking for o One, y que se unían al repertorio de himnos generacionales de su anterior etapa tipo Sunday bloody Sunday o New Year’s day.
Puede decirse que los 90 fueron una etapa confusa para U2, llena de experimentos extraños y poco fértiles, (Zooropa (1993) no llegaba ni a la altura de disco, y el excéntrico Pop (1997) era poco menos que una broma de mal gusto para sus fans). Por suerte, dos discos antológicos, en el mejor de los sentidos, pusieron las cosas en su sitio: U2: The best of (1980-1990 y 1990-2000). Esto fue así, entre otras cosas, porque además de sus clásicos de los 80, Bono y compañía tuvieron la genial idea de revisitar sus experimentos techno-pop-rock de los 90, dándoles el aire rock sin pretensiones que el público y los críticos habían esperado desde el principio.
Así llegamos a la siguiente década, donde U2 no demostró estar mucho menos perdido que en la anterior. Al flojo All that you can´t leave behind (2000), seguido, eso sí, del más que digno How to dismantle an atomic bomb (2004), se le une ahora el reciente No line on the horizon (2009), que evidencia el agotamiento de una fórmula que simplemente no da más de sí. A pesar de la presencia de poderosos singles, como Beatiful day, Vértigo o el magistral Sometimes you can’t make it on your own, los dos primeros discos se limitaban a volver a unas raíces que nunca debieron ser abandonadas, pero sin aportar la misma creatividad y energía de sus álbumes de finales de los 80 y principios de los 90.
No obstante, How to dismantle… era su mejor disco en quince años, y dio esperanzas de un resurgimiento que no se ha producido. No line… es un disco frío, calculado, sin pasión ni fuerza. No hay rastro de la guitarra de The Edge, Bono parece estar leyendo un misal en cada canción, y lo que es peor, los cortes carecen de la chispa y esa vitalidad que caracterizaba a los singles de la banda. El primero de ellos, Get on your boots, retoma ese aire pseudo jurásico-jovial que tanto afectó a su imagen con el incomprensible The saints are coming, dueto con Green Day para el aún más incomprensible recopilatorio de éxitos, 18 (2007). Pero es que, aparte del single, no hay nada más. El resto de canciones suenan lentas, aburridas y como si tuvieran hastío de sí mismas, y esa sensación termina por contagiarse a un oyente que se preguntará, con razón, a qué tanta gloria para una banda que desde el lejano Achtung baby se ha dedicado sin más a vivir de unas sustanciosas rentas. Me perdonen los fans acérrimos, pero me parece que ha llegado el tiempo de pasar página.





