jueves, 29 de mayo de 2014
martes, 11 de marzo de 2014
domingo, 13 de enero de 2013
Cinefórum (24): La noche más oscura
La película supone un paso hacia adelante en la evolución de Bigelow hacia un cine a caballo entre el periodismo documental y la crónica de guerra, con la ventaja de que no se conforma únicamente con un magnífico envoltorio visual (como sí hizo Spielberg en Salvar al soldado Ryan, por ejemplo). La noche más oscura es una película angustiosa pero no maniquea; es neutral en la forma pero también en el fondo de una serie de cuestiones, como las torturas de los interrogatorios llevadas a cabo por la CIA en tiempos de la administración Bush, ausentes por completo de valoración. La película de Spielberg precisaba de personajes heroicos que dieran consistencia a una narración de buenos y malos, como los interpretados por Tom Hanks, Matt Damon o Vin Diesel, mientras que Bigelow pone en el ojo del huracán a una frágil mujer obsesionada con una pista que bien podría llevar a toda la CIA a un callejón sin salida en su más importante misión. La frialdad de Jessica Chastain en un papel sin concesiones de ninguna clase sostiene el ritmo de la cinta apoyada en secundarios tan notables como Jason Clarke, Kyle Chandler o Mark Strong, y mucho me temo que tras el imperdonable olvido por parte de la Academia de la actuación de Chastain en El árbol de la vida, ya va siendo hora de que se le haga justicia gracias a este papel, que borda con un estilo, una contención y una sobriedad que asustan.
En cualquier caso, y junto al excelente guión de Mark Boal (premiado también en su momento por En tierra hostil), el montaje de la película es ejemplar en su ejecución. Sus dos primeras horas se remontan a los sucesos del 11-S con una espeluznante selección de llamadas de socorro por parte de algunos trabajadores del World Trade Center, para a partir de ahí ir recopilando momentos significativos de los (escasos) progresos de la CIA en su búsqueda de Bin Laden y de los siguientes atentados terroristas, como el ocurrido en julio de 2005 en Londres. Los últimos cuarenta minutos están dedicados a la operación de caza de Bin Laden, con un sentido del ritmo y la tensión que tenían a todo el cine literalmente en vilo (algo aún más meritorio si se tiene en cuenta que el desenlace era de sobra conocido por todos). Y lo mejor de todo ello es que, al igual que la dirección de actores, el guión tampoco hace concesiones ni está lastrado por moralinas de ninguna clase, por lo que nos ahorra esos momentos para el sonrojo pro militares de los que hacen gala la mayor parte de las producciones bélicas del cine en la actualidad, tipo Black Hawk derribado o Cuando éramos soldados. lunes, 8 de octubre de 2012
Un paraje en ruinas
Por una serie de motivos que ahora no vienen al caso, este curso imparto clases de latín en mi instituto. Se trata de un grupo de cuarto de ESO al que trato durante tres horas a la semana de inculcar el aprecio por una lengua y una cultura que recibí, a su vez, de unos profesores de los que guardo un inmejorable recuerdo. Al igual que ocurría en mi época de estudiante, los grupos que escogen este tipo de asignaturas son poco numerosos, y están básicamente constituidos por dos tipos de alumnos: aquellos que eligen el latín por interés o vocación y aquellos otros que, huyendo de otras opciones que generalmente incluyen itinerarios científicos, terminan por recalar en la ribera clásica sin demasiado convencimiento.
Tanto es así que, conforme avanzan las semanas, las clases de latín se están convirtiendo en mi particular pausa diaria, tanto por el contenido de las mismas como por el ambiente de trabajo tranquilo y agradable que se ha conseguido entre todos sus participantes. Cada clase nos deja siempre cuatro o cinco palabras nuevas sobre las que reflexionar, ya sea "nauta" o navegante y sus actuales derivaciones digitales o algún que otro insulto que me solicitan mis alumnos para poder decirlos sin temor a represalias, como ese "stultus" del que proceden la estulticia o estupidez actuales. Y todo ello viene aderezado por nociones básicas acerca del proceso de romanización en España, de todas las infraestructuras y avances que trajo una cultura tradicionalmente conocida, por desgracia, más por la corrupción de su clase política y sus afanes imperialistas que por la ingente cantidad de transformaciones sociales y culturales que promovió a lo largo de sus muchos años de esplendor. Leemos textos de Catulo, de Séneca, de Ovidio o de Virgilio, rememoramos las trifulcas entre Cicerón y Catilina y, por si fuera poco, damos todo un repaso al panteón olímpico y al anecdotario divino que llevó a Zeus y compañía de una punta a otra del globo en busca de amores o de guerras, que para ellos todo terminaba siendo lo mismo.
Por todo ello, ahora quizá más que nunca siento una inmensa lástima por el hecho de que todo este universo grecolatino esté en un proceso de degradación tan alarmante en nuestro sistema educativo como lo están las ruinas de Pompeya. Acabo de conocer que de cara al curso próximo grupos como el que tengo el privilegio de enseñar este año ya no se van a dar salvo una autorización milagrosa y poco probable del ministerio, dado que no se permitirán grupos menores de quince alumnos por motivos única y exclusivamente económicos. A partir del año que viene, alumnos como los que tengo este año deberán buscar en optativas de mayor pujanza un hueco que, en mi opinión, no se puede compensar ni mucho menos maquillar con estúpidos discursos de la modernidad de nuestro señor ministro de educación, que en su momento prometió hacer obligatorio el latín en 4º de ESO y ahora hace mutis por el foro de la manera más vergonzosa.El Latín, el Griego y la Cultura Clásica llevan demasiados años sometidos a una reducción constante y progresiva de su espacio como para poder ser mínimamente optimistas de cara a su supervivencia. En el fondo, y tal como le ocurre a la Literatura, a la Filosofía o a la Historia del Arte, lo clásico pierde presencia en un currículo cada vez más plagado de asignaturas que, en mi opinión, tienen una importancia injustificada desde un punto de vista de la formación académica que en otro tiempo sentó las bases del antiguo sistema de enseñanza secundaria y bachillerato. Se deja de lado así una visión del mundo, la de las Humanidades, en la que ya pocos o muy pocos podrán formarse salvo por un empeño personal decidido y encomiable, porque los itinerarios y las vías de formación van orientándose únicamente hacia el ámbito de las ciencias, ese que nunca debió verse como el lado útil y práctico del conocimiento. Nada tengo en contra de ellas porque jamás las vi como un enemigo, sino como parte de esa moneda que luce por uno de sus lados y por el otro, sin embargo, ofrece un desolado paraje en ruinas del que parece que ya nadie, ni siquiera Zeus, nos puede salvar.
martes, 28 de agosto de 2012
La última frontera
Por todo ello, aquel aterrizaje modificó esa cosmovisión milenaria de una manera irremediable. Una cosa bien distinta era proyectar en la realidad los sueños de Julio Verne con los submarinos, que en el momento de su escritura eran igualmente impensables, y otra muy distinta hacerlo con los viajes espaciales con la luna como punto de destino. Si lo imposible de pronto se tornaba improbable, o simple y llanamente una cuestión de tiempo hasta que la tecnología lo hiciera posible, entonces aquel hecho abría las puertas a lo desconocido, a la fantasía, a lo fascinante. Posiblemente no se haya producido otro hecho semejante en toda la historia del hombre, quizá con la excepción del descubrimiento de América, que haya removido los cimientos de la conciencia colectiva como hicieron aquellas imágenes desde el espacio exterior, presenciadas en vivo y en directo desde todos los puntos del planeta.
Con el paso del tiempo, y en medio de muy lamentables teorías conspiratorias acerca de la veracidad de las imágenes tomadas por Armstrong y Aldrin en su viaje, el horizonte de la luna se nos fue quedando pequeño, y una vez comprobado que allí no había nada más que roca y silencio, se fijaron nuevas metas que fueron aún más allá, a Marte e incluso a límites aún más recónditos fuera de nuestra propia galaxia. El desarrollo de la tecnología propició telescopios de cada vez mayor potencia y calidad, de modo que las imágenes que se iban emitiendo desde la NASA y otros centros que trataban de seguir su estela seguían dejando sorprendidos a propios y extraños.
Leyendo estos días acerca de la muerte de Armtrong, que ha coincidido en un 2012 en el que el transbordador Discovery ha realizado su última misión oficial y, más importante aún, con un exitoso aterrizaje en Marte que nos está proporcionando imágenes de incalculable valor y belleza, me llamaron la atención unas declaraciones del llamado "mayor héroe americano" (al que hasta hace dos días ya muy pocos recordaban, me temo), donde afirmaba que, lejos de lo que se piensa, lo que más le llamó la atención nada más poner el pie sobre la luna no fue la ausencia de gravedad o el terreno que pisaba, y ni siquiera el paisaje vacío y yermo que se extendía ante él: fue la Tierra. Tantos años de desarrollo e investigación, tantos kilómetros recorridos y tanto empeño solo habían servido para que el genial astronauta se quedara absorto, embobado, con aquella esfera que contenía miles de millones de formas de vida bajo aquella capa de agua y nubes. Armstrong la fotografió desde todos los ángulos posibles, incapaz de apartar su mirada de ella, y aún en el despegue que le llevaría de nuevo a su hogar, con las pulsaciones por encima de 150 y un 50% de posibilidades de quedarse allí abandonados a su suerte, el hombre que dio aquel salto por la humanidad no pudo dejar de contemplar aquella frontera rebosante de vida que, hasta que nuevos descubrimientos confirmen lo contrario, sigue siendo la primera y la última para todos los que vivimos en ella.lunes, 12 de septiembre de 2011
Y el dragón le dio su poder y su trono...
Debían ser más o menos las tres y pico del jueves 11 de septiembre, cuando de repente la transmisión del televisor se interrumpió y aparecieron las imágenes que todos conocemos y que aún hoy, diez años después, me siguen poniendo los pelos de punta. Un avión acababa de estrellarse contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Al cabo de unos minutos vimos en directo el segundo impacto, y entonces salimos de dudas: ya no cabía hablar de accidentes, ni de casualidades. Estados Unidos estaba sufriendo el peor ataque terrorista de toda su historia.
Al principio, imagino que como tantos otros, creí que se trataba de una broma, que aquello en realidad no estaba pasando. Luego pensé que era como una película, como esas en las que los marcianos se ensañan con los monumentos del poder norteamericano, pero conforme se sucedían las explosiones, los derrumbamientos y las noticias de nuevas catástrofes en el Pentágono y en las proximidades de la Casa Blanca me convencí de que era desoladoramente real. Aquello parecía el fin del mundo.
Al margen de las inmensas nubes de humo que se alzaron sobre Nueva York, la imagen que más ha permanecido en mi retina es la de los trabajadores del World Trade Center que, en un acto de desesperación, prefirieron saltar al vacío antes que enfrentarse al fuego que estaba consumiendo las Torres Gemelas. Escuché el otro día al por entonces alcalde de la ciudad, Rudolph Giuliani, que decía que en su vida se habría imaginado que sería testigo de un horror semejante, y que lo que más le impactó era cómo todo el suelo temblaba con cada nuevo choque de los cuerpos contra el suelo, mil veces más terrible que cualquier cascote desprendido de los edificios.
Creo que tampoco soy el único que imaginó que aquello desencadenaría una tormenta de acontecimientos frenética, pero lo cierto es que no fue así. No al menos tan deprisa como pensaba. Hubo que esperar dos años para que finalmente, en marzo de 2003, el presidente Bush lanzara su injustificada y falaz operación militar contra Irak, con apoyos incondicionales como los de Reino Unido o España.
Es de sobra conocido el resultado de todo aquello, de aquellos juramentos y palabras personales en los congresos de las tres naciones por parte de sus respectivos presidentes (los de las Azores, recuerden), que luego quedaron en agua de borrajas cuando, al cabo de los años, se ha comprobado que allí no había las armas de destrucción masiva ni los vínculos con las células terroristas de Al-Qaeda que, en verdad, fueron los únicos argumentos que justificaban el ataque de las fuerzas lideradas por Estados Unidos. Y aún hoy sigue habiendo tropas por Afganistán, sin que yo tenga del todo claro por qué o hasta cuándo.
Debo reconocer que mi pérdida de fe en la política a partir de aquellos días de 2003 fue devastadora. La manera en la que España entró en la guerra, con más del 90% de la población en contra y clamando por un referéndum, y el modo tan chabacano en que se desoyeron a los que, en teoría, gobiernan con sus votos este país, me hicieron bajarme de ese fabuloso carro de la bendita democracia española y olé que nos vendieron en el colegio. Quizá por eso ya no me sorprenden las reformas exprés de la constitución ni todo lo que está pasando en otros tantos campos políticos, sociales y económicos de los últimos años.
Luego llegarían los atentados del 11-M, y aquella conferencia, otro jueves, en la que Aznar salió a afirmar ante todos que el único responsable de la matanza era ETA. Recuerdo su contundencia, su firmeza, que también repetiría en la comisión que investigó sus controvertidas declaraciones, que él seguía reafirmando contra viento y marea. Y también llegó, poco después de que Aznar tratase de convencernos a todos, aquel fatídico fin de semana electoral, del que Zapatero seguramente seguirá acordándose todavía porque ahí fue donde dijo que no nos fallaría, ese mismo fin de semana donde Telemadrid comenzó a granjearse su bien merecida fama de televisión corrompida hasta las cejas.
Políticas nacionales derivadas de las internacionales, órdenes de arriba que cumplimos los de abajo, tanto da que sea Bush o Merkel, y que determinan el rumbo de un país que pasó de televidente a recoger sus propios cadáveres sólo tres años después de aquellas nubes de humo que nos cegaron a todos. Aún viendo el otro día las imágenes podía sentir de nuevo esa sensación apocalíptica, aunque esta vez con una perspectiva algo mejor de todo lo ocurrido, con ese horripilante colofón que fue la muerte de Bin Laden, imagen del mal absoluto durante esta última década. Y sí, podemos consolarnos pensando que Bush ya no está, ni Aznar ni Blair, ni por supuesto Saddam Hussein o el propio Bin Laden. Pero en el fondo, ¿qué ha cambiado?
jueves, 4 de junio de 2009
La tormenta de Oradour

Era una tarde soleada en Oradour-sur-Glane. Después de una primavera más fría de lo esperado, la llegada del verano animaba a la gente a salir un poco y dar algún que otro paseo, amparado en esos inmensos bosques de cedros, chopos y abedules que dibujó Corot en siglos pasados.
Aquel domingo, además, los habitantes de Oradour se preparaban para recibir la visita del médico del distrito de Rochechouart, y por ello no era raro ver corriendo de acá para allá niños de todas las edades, que habían venido de las localidades vecinas. Ya se podía escuchar el claxon del coche, aparcando en medio del bullicio de la plaza, cuando de pronto un estruendo se impuso a cualquier otro.
Varios carros blindados, camiones y vehículos asomaron por las esquinas de las calles periféricas, escoltados por más de un centenar y medio de soldados alemanes. A los primeros gritos sucedieron las carreras enloquecidas, que pronto fueron silenciadas por varios disparos al aire.
Adolf Diekmann estaba al mando de aquella 3ª Compañía del primer Batallón del Regimiento Der Führer, que tomó posiciones en todo Oradour a una velocidad de vértigo. Tras haber reunido a los habitantes en la plaza del pueblo, el oficial los acusó de albergar en sus casas armas para la Resistencia y de alta traición al Reich. Posteriormente, mandó encerrar a las mujeres y a los niños en la iglesia, mientras conducía a los hombres a unos graneros cercanos.
Al llegar allí, los aldeanos vieron que los nazis habían colocado varios nidos de ametralladora delimitando un semicírculo. No les hicieron una sola pregunta. A una orden dispararon a las piernas de los prisioneros y, una vez abatidos, los rociaron con gasolina y prendieron fuego a sus cuerpos.
Entretanto, y haciendo caso omiso de los horribles gritos procedentes del granero, otro grupo de soldados se dirigía a la iglesia, a cuyo interior arrojaron un artefacto explosivo. Al estar defectuoso no hizo explosión, pero comenzó a expulsar un gas letal que obligó a las mujeres y a los niños a buscar salidas de emergencia en medio del caos y la desesperación. Sin embargo, todos aquellos que trataron de escapar por las puertas laterales fueron recibidos por más nidos de ametralladora, mientras el resto moría asfixiado en el interior del templo. Tras los gritos de los últimos supervivientes, se hizo un silencio espectral en todo el lugar.
En aquella soleada tarde del 10 de junio de 1944, los soldados alemanes se retiraron de la población de Oradour-sur-Glene con 642 muertes a sus espaldas, de las cuales 190 correspondieron a hombres, 245 a mujeres y 207 a niños, algunos de los cuales apenas habían cumplido una semana de vida. Entre los restos calcinados de la aldea, que bombardearon hasta su destrucción, los nazis no encontraron ni una sola arma.
Semanas más tarde, gran parte de la Compañía fue abatida en su inútil intento de frenar el avance de los aliados. Entre los muertos de aquellos enfrentamientos se encontraba el oficial al mando Diekmann, que a diferencia de algunos supervivientes de su división, no pudo dar cuenta de sus actos en los juicios que se celebraron entre 1953 y 1983 a propósito de la matanza de Oradour.
Dichos procesos fueron insuficientes en su misión de hacer justicia a las víctimas y sus familiares, pero dieron notoriedad a un suceso que Charles de Gaulle consideró merecedor de perdurar en la memoria de los franceses. Por ello, el general ordenó que no se moviera una sola piedra de las ruinas de Oradour, y mandó construir una nueva población a poca distancia de allí, mientras el tiempo, la maleza y el óxido se adueñaban de la localidad original.
Aún hoy se pueden visitar las ruinas y ver restos de edificios, vehículos y objetos de la vida cotidiana de un pueblo arrasado por la barbarie. Y quizá no por casualidad, se puede comprobar que el cartel de la estación sólo conserva algunas letras: o-r-a-g-e, que en francés significa "tormenta".
El resto es sólo polvo y aire, el eco desgastado de los truenos del horror y la desesperanza que, por fortuna, ya cada vez suena más lejano.
(P.d: http://en.wikipedia.org/wiki/Oradour-sur-Glane, para más detalles. Agradezco a mi amigo Pey las imágenes, que tomó él mismo en el lugar de los hechos, pero sobre todo que me pusiera en contacto con esta historia, de la que tanto se debiera aprender por estos lares.)
domingo, 15 de febrero de 2009
De ocios y negocios.

Haciendo una pequeña investigación por motivos que ahora no vienen al caso, he dado con el origen del fin de semana, algo que desconocía y que me ha parecido muy interesante. Ciertas teorías antropológicas ligan estrechamente el concepto de tiempo libre a la complejidad de las sociedades. Así, por ejemplo, una tribu de cazadores o recolectores dispondría de más horas de descanso que la sociedad victoriana de la misma época (que dedicaba 3650 horas anuales a trabajar, frente a las 1500 de media de las sociedades desarrolladas contemporáneas).
Pues bien, fue precisamente ahí, en la Inglaterra de finales del XIX, cuando surgieron las asociaciones y revueltas obreras a través de las trade unions, que lograron ciertos derechos básicos que ahora los trabajadores damos por sentado, pero que en su momento supusieron no poca sangre, sudor y lágrimas. Entre otras concesiones, lograron precisamente que el sábado fuera reconocido como jornada de descanso, si bien esto no se produjo a una escala general o tan significativa como lo fue después, allá por 1940, cuando Estados Unidos buscaba fórmulas para salir de la depresión financiera que había hundido al país en la miseria.
Puede parecer absurdo que para generar más riqueza los patronos diesen un día más de descanso a sus trabajadores. Sin embargo, la medida tenía su sentido, como se pudo comprobar bien pronto. Entre otros motivos, se pretendía que la existencia de esos dos días animase al ciudadano medio norteamericano a buscar actividades de ocio y tiempo libre, como el cine, teatro o espectáculos, así como para iniciar lo que se denominó “viaje de fin de semana”, que sirvió para potenciar las industrias del automóvil, el turismo interior, el sector servicios, y con ello la creación de puestos de trabajo y el movimiento de capital y riqueza, etc…
Los beneficios fueron inmediatos, y contribuyeron a crear una cultura del ocio concentrada en esos dos días, dejando el resto para lo estrictamente laboral. Además, creó u
na verdadera avalancha mediática que incentivó al sector publicitario y saturó al respetable con anuncios, guías y consejos sobre cómo sacar provecho de todo lo que el país tenía que ofrecer a sus ciudadanos. No debió ser fácil convencerlos de que visitar Las Vegas era mucho mejor que irse a París o a Roma (igual por eso sus gobernantes decidieron llevarse sus símbolos más representativos al desierto americano, collage mediante), pero lo cierto es que lo lograron, sacando a su país de la ruina y, ya de paso, librando a los europeos de unos cuantos turistas empeñados en que la Estatua de la libertad parisina es una copia vulgar y a pequeña escala de la de Nueva York. En fin...
P.d: Para quien no se crea lo de Las Vegas, le remito a un artículo de hace tiempo: http://nacho-lostinchicago.blogspot.com/2008/05/recordaba-yo-las-palabras-de-las.html










