miércoles, 31 de diciembre de 2014

Hurt





I hurt myself today
to see if I still feel.
I focus on the pain,
the only thing that's real.


The needle tears a hole,
the old familiar sting
try to kill it all away
but I remember everything.

What have I become,
my sweetest friend?
Everyone I know
goes away in the end.

And you could have it all,
my empire of dirt.
I will let you down,
I will make you hurt.

I wear this crown of thorns
upon my liars chair,
full of broken thoughts
I cannot repair.

Beneath the stains of time
the feelings disappear,
you are someone else,
I am still right here.

What have I become
My sweetest friend?
Everyone I know
goes away in the end.

And you could have it all,
my empire of dirt.
I will let you down,
I will make you hurt.

If I could start again
a million miles away,
I would keep myself,
I would find a way.





(Johnny Cash, Nine Inch Nails cover version)

domingo, 7 de septiembre de 2014

La serie del mes (19): Penny Dreadful


A finales del siglo XIX, una serie de relatos conocidos popularmente como los penny dreadful obtuvieron un éxito notable en Reino Unido. Se trataba de narraciones pobladas de toda clase de criaturas fantásticas, como las que jalonaban las novelas más famosas de la época y que, posteriormente, darían lugar al género del terror tal y como lo conocemos en la actualidad: vampiros, hombres lobo, demonios, espíritus del antiguo Egipto... Editados en un papel pobre y vendidos a un penique en las calles (de ahí el nombre, una mezcla del concepto de barato y de lo terrible y macabro de aquellas historias) terminaron por desaparecer y, con el tiempo, reaparecieron en otra forma de arte, el cine, constituyéndose como el género B por excelencia.

Tomando como base este legado, Showtime y John Logan (un guionista habitual de Martin Scorsese) se pusieron hace dos años manos a la obra para crear una miniserie que recogiera buena parte de ese elenco de fantásticas bestias de la noche. Lo primero que Logan demandó fue un reparto de garantías, ya que una historia de estas características no se podría sostener con caras desconocidas. Así, fueron incorporándose al casting Timothy Dalton (que encarna a un aventurero rico y poderoso enfrascado en una personal vendetta), Eva Green (dama exótica donde las haya, aquí haciendo de las suyas como una posesa en toda regla) y Josh Hartnett (que hace de rudo pistolero yanqui). El resto de actores estaría encarnado por caras menos conocidas pero solventes, como Reeve Carney como Dorian Grey o Harry Treadaway como el doctor Frankenstein, y Logan logró, además, la participación de directores de renombre como J. Bayona, experto en estas lides tras su paso por El orfanato (2007).



A este elenco se unió un equipo técnico que buscó por todos los medios trasladar al espectador a un universo que combinara el sabor del terror decimonónico con ciertos toques de imaginería visual, ya fuera por unos efectos especiales cuidadosamente aplicados, un maquillaje a prueba de bombas y un vestuario y un apartado de diseño capaz de sumergir a cualquiera en las páginas de Bram Stoker o  Mary Shelley.

La trama de la primera temporada gira en torno al rescate de la hija de Sir Malcom Murray (Dalton), en manos de una peligrosa secta de vampiros. De la mano del personaje de Harnett nos vamos introduciendo poco a poco en los misterios de una trama donde queda muy claro desde el principio el total protagonismo de Vanessa Ives (Green), personaje sobre el que gravita la mayor parte de las tramas dramáticas y amorosas, dejando la acción pura y dura a Murray y al pistolero Ethan Chandler (Hartnett). El comienzo de la serie es demoledor, con unos primeros episodios frenéticos y plagados de esos lugares comunes de la literatura de terror tan bien combinados y dosificados.

Mayor problema plantea el ecuador de la trama, conforme los personajes de Dorian Gray y Frankenstein van cobrando mayor peso. El primero de ellos resulta intrigante a pesar de lo poco que se revela de él, mientras que del segundo quizá se revele demasiado y se agote en exceso su trama de cara a la ya confirmada segunda temporada. Todo se soluciona, en cualquier caso, en cuanto la señorita Ives entra en escena, ya sea para ese memorable capítulo en forma de flash back que relata los orígenes de su personaje, o ese otro centrado en su exorcismo que se convierte, sin mayor problema, en lo mejor de una temporada plagada de detalles macabros, lúgubres y sombríos, y donde todo está puesto al servicio de mantener al espectador igual de sorprendido que aquellos viejos y olvidados relatos de hace ya demasiado tiempo.

Resulta curioso cómo, a pesar de la sobreexplotación a la que toda esta fauna de lo salvaje ha sido sometida por toda la maquinaria del cine, la literatura y la televisión a lo largo de más de cien años, consigue mantener nuestro interés. Penny Dreadful aporta algunas teorías bastante interesante acerca de la existencia de demonios internos que solo a través de dichas manifestaciones ficticias nos atrevemos a mirar de frente, sin terminar nunca de identificarlos con nuestras propias pesadillas. Y es ahí, en esos maravillosos diálogos que pueblan sus escenas, mucho más que en las secuencias de acción o supuestamente terroríficas, donde la serie se eleva muy por encima de la media. Son sus fabulosos actores, y no lo monstruos, los verdaderos "robaplanos", con un elenco en estado de gracia donde Green y Dalton brillan con luz propia, demostrando por qué son dos auténticos colosos de la interpretación. El despliegue de medios físicos, psicológicos y de matices que hace Green me ha dejado asombrado, y eso que ya la tenía entre mis favoritas de su generación.

Pero es que, además de todo eso, Penny Dreadful es una serie valiente, atrevida, atípica y osada. Llega a lugares donde muy pocas osan, no tanto por exceso de conservadurismo como de falta de talento, simple y llanamente. Todo el equipo que rodea esta producción, con Logan al frente de la nave, ha logrado una auténtica rareza televisiva que se ha ganado por derecho propio una continuidad que, esperemos, sepan aprovechar igual de bien que en esta primera tentativa de ganarse al público. A pesar de sus fallos menores y algún que otro bajón de intensidad a lo largo de sus capítulos, Penny Dreadful es, con diferencia, una de las mejores series de 2014.


domingo, 31 de agosto de 2014

La vuelta al cole


No sé si a ustedes les habrá pasado alguna vez al llegar estos últimos coletazos del verano que se sienten como en un domingo por la tarde, pero a escala suprema. Del mismo modo que de pequeños abrazábamos la llegada de los calores veraniegos con el júbilo por la tan ansiada libertad, esa misma celebración se convertía en funeral al darnos cuenta de que las hojas del calendario habían caído hasta llegar a ese infausto 31 de agosto, ese apenas suspiro antes del fin del encantamiento.

La tan temida vuelta al cole, como llevan pregonando desde todos los puntos de venta posibles las diferentes superficies comerciales para horror y desesperación de los bolsillos de no pocos padres, marca en efecto para muchos de nosotros un auténtico comienzo. Tan es así que cuando llegan las fechas navideñas y empiezan a hacerse repasos del año y toda clase de hitos, a cual más superfluo y poco duradero, muchos nos llegamos a preguntar si realmente el año ha terminado o, antes al contrario, está solo en su primer trimestre.

No piensen que me tira la deformación profesional, que no solo me refiero a docentes y alumnos: incluso aquellos ajenos al sistema escolar todavía siguen considerando el verano como el parón oficial, a la vuelta del cual todo vuelve a esa normalidad laboral y de obligaciones que con tanto entusiasmo solemos acoger por estas latitudes. Siguiendo con la metáfora del principio, agosto es al domingo lo que septiembre al lunes, y de ahí las ganas arrolladoras con las que uno veía hoy al personal regresar, maletas en mano y pensamiento volador en esa hora fatídica del despertador a primera hora del día siguiente.

Cuando éramos más jóvenes, el verano siempre se ofrecía como una época de márgenes ilimitados para explorar hasta las más recónditas facetas del ocio y desenfreno. Aunque luego se nos pasara volando, por lo general teníamos tiempo hasta de aburrirnos, hasta de esperar con ciertas ganas que volviera el colegio o el instituto para el tan esperado reencuentro con todos nuestros amigos. Sin embargo, ahora que ya muchos peinamos canas (y eso con algo de suerte), los días de verano se valoran como si fueran de oro puro, y el retorno a las tareas cotidianas es un auténtico fastidio, entre otras cosas porque en la mayor parte de los casos los compañeros de trabajo tienen bastante que envidiar a aquella panda de amigos que hacía nuestras horas más felices.

Para mí el verano ha representado en estos últimos años por encima de todo una necesidad casi cercana al metabolismo: la regeneración. El final de curso suele conllevar siempre más cansancio del que muchos queremos reconocer y el parón estival no sirve únicamente para reponer el sueño perdido o las fuerzas, sino para vaciarse del estrés, de las tensiones, o por lo menos para tomar distancia de todas aquellas situaciones que se han ido acumulando a lo largo de los meses y para muchas de las cuales no hay una solución. Si se consigue ese objetivo tan ambicioso de desconectar de verdad, de perder de vista todo aquello que nos generaba la menor alteración, la regeneración no solo es posible: está asegurada. Da igual que sea disfrutando de la playa más concurrida o de la cumbre más aislada, todos tenemos un lugar en el que perdernos y al que nos gusta acudir en caso de necesidad, un espacio donde podemos vaciarnos para dar cabida a lo que el nuevo curso nos depara.

En definitiva, la vuelta al cole no es únicamente para los locos de menos de metro y medio: lo es también para el curso político, para el laboral en buena parte de las empresas públicas y privadas del país y, en definitiva, para toda una sociedad que, mucho más que en enero, es ahora cuando se despereza y retorna a sus tareas habituales. Que lo haga regenerada debidamente o no ya es otra cuestión, claro, así que esperemos que la mayoría formen parte del primer grupo, por la cuenta que nos trae a todos.
 

sábado, 30 de agosto de 2014

La montaña de la desconfianza



Corre en los últimos tiempos un tópico que me resulta de lo más curioso, una especie de mantra que los medios de comunicación repiten hasta la saciedad desde todos los enfoques ideológicos (conservador o más conservador, ustedes eligen) y que viene a decir más o menos lo siguiente: por mucho que la gente muestre una comprensible desafección hacia los políticos en estos tiempos inciertos en que vivimos, la política es necesaria, la política es buena y sana, porque esta España nuestra está plagada de políticos honestos, preparados y buenos que se desviven por la sociedad, gente que se sacrifica día a día por nuestro bienestar y que hacen todo lo que está en su mano para cumplir las promesas de la democracia.

Digo que me resulta llamativo todo esto porque por más que los periódicos, la radio o la televisión hagan hincapié en estas máximas, lo cierto es que la realidad que expresan esos mismos medios de comunicación va justo la dirección opuesta: estamos cansados de ver, leer y escuchar que tal o cual conejal, parlamentario o ilustre alto cargo es imputado, condenado, encarcelado por toda clase de fechorías que suelen tener la apropiación indebida de dinero como telón de fondo. Y los que no entran en esa categoría demuestran con sus palabras desafortunadas, sus salidas de tono, su completa incompetencia y su cara dura al tratar temas que deberían afectarles (siquiera un poquito) que no están a la altura de lo que esta sociedad necesita, que desde luego está bien lejos de ese estéril debate del "y tú más" que parece no tener fin.

El caso de Jordi Pujol es, por desgracia, solo el último de tantos que jalonan nuestra triste historia  pero, al mismo tiempo, no es un caso más. Por mucho que haya quien diga que no se debe condenar toda una vida dedicada a la política por un "desliz" como este, estamos hablando de un político de primer nivel en la historia reciente del país, uno que protagonizó la Transición en primera línea de batalla desde uno de los frentes más complejos, el catalán, y que mientras tanto iba acumulando una inmensa fortuna en connivencia con todos los poderes fácticos del gobierno de Cataluña. Ahora todo el mundo se dedica a proclamar su honradez y transparencia (entre ellos el propio Pujol, paradójicamente), pero yo no me puedo creer que alguien sea capaz de hacer algo semejante sin que nadie más lo sepa, sin que nadie más participe de tan suculento pastel, sin que nadie haya sacado una tajada más que provechosa mientras el "molt honorable" se forraba a costa del erario público.

Lo más triste de todo esto es que a mí no me sorprendió enterarme de la fortuna sospechosa de este señor, como tampoco lo haría si mañana fuera tal o cual líder de tal o cual partido el protagonista de un incidente similar. No estoy diciendo de que mi clarividencia me hiciera presentir tamaña riqueza suiza o las que están por venir, sino que por desgracia yo ya espero de los políticos lo peor por principio, un prejuicio injusto, sin duda, pero alimentado por años y años de Jaumes Matas, Franciscos Camps, Luises Bárcenas y Pujoles padres e hijos. Da igual el frente, da igual el bando, a fin de cuentas tengo la impresión de que los honrados no son mayoría, de que los altruistas y desinteresados no pudieron impedir el aeropuerto de Castellón, las financiaciones B, los eres andaluces y un largo y aburrido etcétera. Durante los gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy se han producido nada menos que 266 indultos por corrupción, 25 por prevaricación, 107 por malversación y 16 por cohecho; en esta última legislatura se ha hecho una ley que favorece al estafador a gran escala, pero ni por esas parece que la gente se da por aludida (de tan honrados y honorables que deben ser, sin duda).

Yo lamento haberme apolitizado hasta el punto de ver con más indiferencia que otra cosa el ascenso de Podemos como nueva fuerza parlamentaria. Por más que Pablo Iglesias y compañía hablen hasta la saciedad del fin de la casta política, mucho me temo que no bien se instalen en esa misma esfera terminarán cogiendo vicios y virtudes de tantos a quienes critican, y si no, al tiempo. No tengo fe en un cambio sustancial de la política de este país, por más significativo que sea ese ataque desmedido a todo lo que huela a la nueva formación política, a la que se ha tachado absolutamente de todo (y lo que les queda por aguantar). No, señores míos del mantra, a mí esa sarta de tópicos de la política saludable no me coincide con mis coordenadas de realidad. Si es verdad que este país está lleno de gente honrada que dedica su vida a la política, si de verdad la mayoría es la que nos interesa a todos, si de verdad eso es así entonces me pregunto por qué demonios dejan que sea esa miserable minoría la que maneje todos y cada uno de los dichosos hilos que nos tienen a todos enfangados y sin esperanza en el futuro. Me pregunto, y lo digo sin sarcasmos, dónde están los políticos de verdad, y no encuentro más respuesta que más granos en la montaña de arena de la desconfianza.






martes, 26 de agosto de 2014

El rostro del dolor



Vencido por la angustia, durante un tiempo llegué a pensar que el sufrimiento había sido creado para que yo lo experimentara, que únicamente yo conocía los entresijos de la pena, de la agonía, de la horrible sensación de que bajo este cuerpo habitaba una tristeza tan profunda como el pozo más insondable de la última fosa abisal del océano. Me sentí propietario de la patente del dolor, y me convencí hasta tal punto de que todo lo demás dejó de importarme.

Fue entonces cuando los conocí. A los otros. A otros que, como yo pero en muy diferentes circunstancias, también sabían de los entresijos de la pena, la agonía y la angustia. No éramos idénticos, por supuesto. Cada uno tenía sus particulares motivos, sus profundas causas personales, pero a todos nos unía esa misma mirada de melancolía que no parecía terminar nunca.

Y fue ahí, junto a ellos, escuchando sus historias, sus versiones de los hechos y los sentimientos que traslucían sus palabras, cuando me di cuenta de que yo experimentaba un cambio mucho mayor de lo que jamás hubiera imaginado. Y es que al calor de aquellos relatos tan reales, mi perspectiva sobre el dolor se ampliaba, se magnificaba, adoptaba nuevos enfoques sobre lo que hasta entonces consideraba inamovible: familias destrozadas, enfermedades, tragedia, ruina, pérdidas y ausencias... todo ello no hizo sino acrecentar la terrible certeza de que en realidad mis problemas parecían minúsculos en comparación con aquellos. No era ya solo que hubiera perdido la patente del dolor, es que estaba contemplando el rostro mismo del dolor desde una perspectiva externa, ajena, extraña, algo a lo que jamás habría pensado que llegaría. Por primera vez en mi vida, tanto yo como mis circunstancias se quedaron al margen, a un lado, en el lugar secundario que realmente debían haber ocupado desde hacía tiempo.

Descubrí que mi dolor era lo que me permitía verlos tal y como eran, empatizar con aquellas situaciones en las que podía contribuir a aliviar el pesar. Logré arrancar sonrisas donde únicamente había yermas expresiones de gravedad, escuché al soliviantado, apacenté al furibundo, consolé al solitario: todas y cada una de aquellas personas, al margen de su edad, su género o raza, encontraron en mí alguien en quien confiar, alguien que a pesar de lo mucho que hubieran sufrido jamás los vería con esa estúpida compasión que de nada sirve si no va acompañada de la acción. Encontraron en mí un cómplice en aquel doloroso tramo de sus vidas, del mismo modo que yo encontré en ellos la tabla de salvación que me permitió no hundirme en mi propio ciclón autodestructivo.

No he salvado ninguna vida. A pesar de mis muchos esfuerzos y de la mejor de mis intenciones, únicamente he logrado hacer algo más llevadero algún tramo del camino para unos pocos. Sin embargo, he llegado a la profunda convicción de que ese papel es mucho más importante que cualquier otra labor que hubiera podido desempeñar, de que pase lo que pase, y me pase lo que me pase, mi nombre y mi rostro serán recordados por todas aquellas personas no como el de un mesías, ni mucho menos, sino como el de un amigo que estuvo ahí cuando todos los demás corrieron a esconderse del rostro del dolor, ese en el que a casi nadie le gusta verse reflejado pero que, por desgracia, todos llevamos puesto, como una pesada máscara, en algún momento de nuestras vidas.




domingo, 17 de agosto de 2014

La serie del mes (18): The Killing



Cuando comencé a ver The Killing, hace ahora más o menos tres años, nunca sospeché el rumbo tan estrafalario que iba a llevar la serie. Basada en la producción televisiva danesa del mismo nombre,  la cadena AMC la estrenó en 2011 con el objetivo de cubrir un hueco que desde hacía mucho no tenía un dueño real, el de un drama psicológico de corte realista ambientado en el mundo de los asesinos en serio.

Y a fe que lo hizo, al menos en aquella primera tanda de episodios. Ambientada en la oscura, lluviosa y fría ciudad de Seattle, la historia de las dos primeras temporadas seguía los pasos de dos detectives, Sarah Linden (Mireille Enos) y Stephen Holder (Joel Kinnaman), para atrapar al asesino de una joven desaparecida en las más extrañas circunstancias. Al margen de su excepcional producción y fotografía, la serie basaba su fuerza tanto en la química entre los dos protagonistas como en el excepcional reparto de actores secundarios, encabezados por un gran Billy Campbell como el oscuro  político Dan Richmond. A eso se sumaba una banda sonora de lo más interesante, obra del mismo autor que la versión danesa, y unos fenomenales montajes de final de capítulo donde siempre se superponían las tramas con revelaciones que dejaban con la boca abierta al personal.

En teoría, la serie estaba pensada para durar trece capítulos, algo que por desgracia sus creadores decidieron modificar en el último momento para dejar un final abierto a una segunda y desastrosa temporada que a punto estuvo de suponer la cancelación de la serie. Alargar tanto la trama del asesinato de Rosie Larsen fue un clamoroso error, especialmente por la manera tan burda con que fue resuelto y el modo en que casi quema a todo el reparto. Únicamente Linden y Holder sobreviven a la quema para una tercera temporada plagada de problemas de producción, con Fox al rescate para coproducir una nueva tanda de trece episodios con AMC. 

Fue un alivio ver de nuevo a ambos actores en la piel de sus estrafalarios detectives, plagados de problemas y debates existenciales acerca de la identidad propia, la familia o su rol en la sociedad como agentes de la ley. Pero es que además la tercera entrega contó con una trama apasionante y dos secundarios, Elías Koteas y Peter Sarsgaard como el jefe de la policía y un preso con información clave para el caso, que elevaron el nivel mucho más de lo que podía imaginar. Lo mejor, no obstante, fue la manera tan elegante y coherente con que se cerró esta temporada, a mi juicio la mejor de todas y la que justifica aguantar los sopores de la segunda temporada tras el varapalo del final abierto de la primera. Toda una demostración de cómo se deben hacer las cosas para mantener el nivel de interés del público por todo lo alto.



No obstante, la inesperada espalda del público hizo que AMC decidiera no seguir luchando por esta producción, de modo que hubo que recurrir a nuevos inversores, toda vez que Fox también decidió darse de baja. Fue entonces cuando llegó el nuevo fenómeno, Netflix, esa cadena que hace cosas tan raras como estrenar una serie del tirón para alegría de sus muchos fans, como ocurre con la magistral House of Cards. Con un presupuesto más limitado, que daba únicamente para rodar 6 episodios, con un nuevo caso que esta vez dejaba los asesinatos juveniles y las bandas callejeras para meterse de lleno en el opresivo ambiente de una escuela militar masculina para almas conflictivas. 

Resulta asombroso el modo en que los guionistas se las han apañado para mantener la frescura de sus dos personajes principales, con unas tramas que seguramente en otras manos habrían dado mucho menos juego. Los traumas del pasado de Linden, que justifican ese carácter huraño y, sin embargo, entrañable, o los laberintos personales de un Holder tan enganchado a los estupefacientes como a las plegarias han resultado, de nuevo, esenciales, para acercarse a unos personajes plagados de humanidad, complicidad y química. Solo por ellos, sus diálogos o sus actuaciones en las entrevistas a los sospechosos ya merece la pena deleitarse con una serie donde la calidad y el buen hacer de sus intérpretes es capaz de hacer auténticas virguerías. A eso se suma una secundaria del talento de Joan Allen como la estricta directora de la escuela, y el resultado es, una vez más, a la altura de lo esperado.

Es cierto que seis capítulos saben a poco, por la imposibilidad de desarrollar todas las tramas como quizá hubieran merecido en otras circunstancias, pero es de agradecer el esfuerzo de todos los implicados por hacer que, al menos, las de los dos protagonistas queden completamente cerradas. Es posible que muchos no estén de acuerdo con el desenlace final que se da a cada uno, pero para mí resulta coherente con una trayectoria donde, como dice más o menos Mireille Enos en uno de sus parlamentos finales, "todo parecía estar en orden cuando estábamos juntos en aquel estúpido coche". 

Alejada del gran público, dirigida a una minoría amante de las escenas sin explosiones y los diálogos intensos, The Killing ha pasado por un auténtico carrusel de productoras y estados emocionales, con unos pocos fans haciendo campaña en las redes para mantener viva la serie y con unos actores entregados, comprometidos y muy conscientes de que si ahora se están acercando a públicos mayores con producciones cinematográficas (Enos coprotagonizó Guerra Mundial Z con Brad Pitt y Kinnaman ha sido la estrella absoluta de la reciente Robocop) es gracias a sus detectives disfuncionales, irritables y, sin embargo, cargados de empatía. Para la historia quedan ya sus aventuras imposibles en ese Seattle retorcido y mugriento que tantas alegrías nos ha dado estos años.




sábado, 16 de agosto de 2014

Leyenda del sol en la distancia



Cuenta la leyenda que una vez el astro rey se enamoró de un campo lleno de unas plantas cuyo nombre nadie conocía. Eran altas, delgadas y hermosas, con una piel verde y fina que terminaba en un rostro de una inocencia que traspasaba como los propios rayos del sol.

El astro, enamorado como si nunca hubiera conocido ese sentimiento, se había acostumbrado a encontrarse con aquel campo durante una breve fracción de cada día. Tras alcanzar valles y montañas lejanas, terminaba siempre pasando por encima de aquella mina de incalculable belleza, que parecía aguardar tímida su llegada. Entonces, como si recibiera una inyección de vida que hacía que su núcleo refulgiera como nuevo, el sol se ponía sus mejores galas y lanzaba sus mejores sonrisas en forma de rayos. Sin quererlo ni proponérselo, daba a aquel campo justo el calor que necesitaba para crecer sano y fuerte, la luz que solo él podía ofrecer a todos aquellos sumidos en la oscuridad.

Pero pasado el tiempo, aquel breve momento no fue suficiente para el sol, que hacía su órbita por encima del campo más pausada. Pensaba así el astro que el campo terminaría por enamorarse ciegamente de él como él lo estaba de aquella zona tan pequeña de la Tierra, que se rendiría a sus encantos y terminaría declarándole el mismo amor que él sentía con ardor en lo más profundo de su corazón de helio. Y entonces, casi sin darse ambos cuenta, el campo comenzó a secarse. Ese lapso extra de tiempo que el sol pasaba encima del campo era suficiente para derretir el terreno más resistente, y con el paso de los días y las semanas, una a una, todas aquellas plantas fueron cayendo presa de la enfermedad y la muerte. 

Desesperado, el astro se torturaba durante su órbita entre encuentro y encuentro, tan absorto en sus pensamientos que poco a poco el resto del mundo se fue enfriando por la ausencia de sus rayos y de su alegría. Cientos de millones de campos de cultivo, de flores, de personas, se quedaron cada vez más sin aquella ración de vida y energía que les daba ver aparecer al astro rey en su rutina diaria, y también ellos se fueron apagando poco a poco.

Cuenta la leyenda que un día el astro rey pasó por encima de aquel campo yermo que en otro tiempo fue hermoso e inocente. Cuentan que arrepentido por su actitud y con más dolor del que nunca nadie jamás había conocido hasta entonces se elevó en los cielos hasta una altura insuperable, y clamó a su hermana luna y a sus primas las mareas, invocó el poder del rey de los cetros marinos de antaño y convocó a un ejército de nubes que pudieron alcanzar esa zona toda vez que el astro rey se sentó en su trono de los cielos.

Y entonces comenzó a llover, y así sucedió durante tres días con sus noches. Y por cada lágrima del cielo el sol la acompañaba de un suspiro de fuego de dolor, de sincero y profundo pesar por el daño que su amor descontrolado había causado al campo de las flores sin nombre.

Dicen que de cada lágrima que cayó al suelo, de cada suspiro de fuego nació una nueva planta que se unió a aquella última que aún quedaba sobre la tierra. Cuentan que con el paso de los meses volvió a crecer sano y hermoso, y que la siguiente vez que el astro rey sobrevoló la zona pudo contemplar un milagro aún mayor que el que él mismo había provocado tiempo atrás a raíz de su pérdida. 

Y es que las plantas hicieron algo que nadie nunca había hecho jamás en el reino vegetal: siguieron con la mirada la trayectoria de aquel a quien habían llegado a amar, en la distancia y a su manera, desde que se dibujaron las primeras líneas de sus rayos en el horizonte hasta que estos desaparecían. Y así fue cada día de cada semana de cada mes durante los siglos que siguieron, siempre atentos el uno del otro, siempre cuidándose, siempre manteniendo la distancia que les hacía poder amarse de aquella manera tan especial, sincera y sentida, uno sobrevolando en la distancia, atento y sereno, el otro siguiendo su magisterio de calor y de vida con atención, con respeto, hasta el punto de inclinar la frente al caer la tarde en señal de tristeza.

Y fue entonces, y solo entonces, cuando a un niño que contemplaba la escena se le ocurrió el nombre de aquella planta, el más lógico y el único que cabía ante la belleza de aquella relación. Y así ha sido hasta entonces.



miércoles, 13 de agosto de 2014

Adiós, mi capitán



Ayer murió en su casa de San Francisco Robin Williams, un actor y cómico estadounidense que a lo largo de más de treinta años desarrolló una carrera muy irregular donde alternó grandes éxitos (Good Morning, Vietnam, El club de los poetas muertos, El indomable Will Hunting, etc.), con grandes y sonoros fracasos (Popeye, El hombre bicentenario).

Lo que más me llamó la atención de la noticia fue la sensación, bastante extraña, de que en cierto modo perdía a alguien de la familia. Williams ha estado presente en prácticamente todas las etapas de mi infancia y juventud con películas cuyo impacto me resulta mayor, ahora que se siente más notoria la ausencia del intérprete. No sé la de veces que habré visto de pequeño Hook (1991), Señora Doubtfire (1993) o Jumanji (1994), siempre con ese rostro afable y simpático con el que conquistaba a toda audiencia infantil que se ponía ante él. Más discutible me parece, a tenor de lo que oigo y leo en los medios a raíz de su fallecimiento, el peso de su interpretación como el genio de la lámpara en Aladín (1992), ya que en este caso a España llegó principalmente la versión doblada al castellano, con el fenomenal Josema Yuste como genio.

Ya en una segunda etapa, y mientras Williams hacía engendros tipo Flubber y cosas así, me dediqué a explorar una filmografía muy interesante donde encontré rarezas como El Rey Pescador (1991) y sobre todo grandes películas donde el actor contenía un poco su vena histriónica para entregarse a papeles más dramáticos. En concreto, su interpretación del profesor Keating en El club de los poetas muertos (1989) ha sido siempre para mí una inspiración en mi carrera docente, aun siendo muy consciente de toda la carga de idealización que la maquinaria del cine suele aportar a este tipo de historias de superación y de lucha contra los convencionalismos educativos. Williams daba a aquel papel toda la dignidad, hondura y carisma que requería un personaje que era capaz de hacer superar cualquier crisis de fe vocacional con un solo visionado, y se convertía sin problemas en el centro gravitacional de una historia inolvidable.

Evidentemente que me seguí riendo con papeles cómicos como el que realizaba en Jaula de grillos (1996) o Desmontando a Harry (1996) donde daba vida a un actor desenfocado, pero sin duda me atrajeron más otras elecciones mucho más acertadas, como las de sus papeles en Más allá de los sueños (1998), Retratos de una obsesión (2002) e Insomnia (2002). En la primera, daba vida a un esposo que protagonizaba una odisea para rescatar a su mujer ni más ni menos que de un particular infierno, toda una experiencia visual donde Williams se contenía, para bien, y daba rienda suelta a una veta romántica que yo le creía imposible. En las dos últimas sacaba a la luz un lado oscuro aún más impensable, dando vida a sendos psicópatas que me pusieron la carne de gallina y me hicieron replantearme seriamente si aquel señor era el mismo al que había visto tantas veces hacer el ganso en cintas anteriores, pero que en cualquier caso me demostraron, una vez más, la versatilidad de un actor plagado de registros y de talento interpretativo.

Respecto a la única película por la que conoció la gloria del Oscar al mejor actor secundario, El indomable Will Hunting (1997), siempre he tendido a verla como una especie de secuela espiritual de El club de los poetas muertos. Aquí Williams interpreta a un psicólogo y, sin embargo, son sus charlas  inspiradoras y catárticas con el personaje que interpreta Matt Damon las que comentan una historia que, sin él, perdería un anclaje principal como guía y educador. Es un papel tierno, cargado de sentimiento y no exento de humor (las confesiones maritales que hace en un momento de la cinta, fruto de la improvisación, hacen que incluso al cámara le tiemble la mano en uno de los chistes de Williams). Un éxito merecido que, junto a tantas otras películas, convierten a este actor en un clásico de la comedia reciente de Hollywood, y uno de esos que con su marcha nos hace sentir a todos un poco más tristes. Descanse en paz, oh, capitán, mi capitán.



lunes, 14 de julio de 2014

Cinefórum (40): El Reino de los Cielos


En 2005, Ridley Scott estrenó El Reino de los Cielos, un relato de corte épico ambientado en la época de las cruzadas. Subido por aquel entonces todavía en aquella fenomenal cresta de la ola provocada por el éxito incontestable de Gladiator (2000), Scott pensaba que el género de la espada y el honor  de corte realista aún tenía muchos coletazos que dar en el cine, y por ello apostó buena parte de su patrimonio y el de su propia productora, Scott Free, para darle nada menos que 130 millones de dólares (récord de su carrera) al presupuesto de la cinta.

La historia trata de las aventuras de un personaje histórico, Balian de Ibelin, un noble que sirvió a las órdenes del rey Balduino en la Jerusalén de finales del siglo XII. El guión de William Monahan se toma bastantes licencias, como la de situar al propio Balian (Orlando Bloom) como un humilde herrero en la Francia medieval, lugar al que acude su acaudalado padre (Liam Neeson) para hacerle saber su condición de único heredero (y de bastardo, al mismo tiempo). Las desgracias acumuladas hasta entonces hacen que Balian acepte el pasaje a Jerusalén como un viaje de expiación, una peregrinación espiritual con visita guiada al Gólgota donde poder enterrar el recuerdo de su malograda esposa.


A partir de ahí, el papel de Balian se torna decisivo en las luchas de poder en la corte del rey Balduino (un irreconocible Edward Norton), aquejado de una lepra muy avanzada. Las conspiraciones de los templarios, liderados por los malvados Guy de Lusignan y Raynald de Chatillon (genial Brendan Gleeson), pondrán en jaque la débil tregua con Saladino y harán temblar todos los cimientos de la cristiandad, asentada desde hacía décadas en la ciudad santa y a la que la invasión musulmana hace cuestionarse a todos su particular rol en ese mal llamado Reino de los Cielos.

Ridley Scott, que venía de tres sonoros éxitos de taquilla consecutivos (Gladiator, Hannibal y Black Hawk Down), sabía de la importancia de un reparto de garantías para dar vida a tantos y tan ambiciosos personajes. Mientras Monahan se dedicaba a las labores de escritura y su productora se encargaba del diseño de producción, vestuario y localizaciones (Marruecos y España, principalmente), él se dedicó a los fichajes. Los primeros en firmar fueron Liam Neeson y Jeremy Irons, que hace las veces de mentor de Balian durante su etapa en Jerusalén. Después se fueron uniendo más y más rostros conocidos, desde la siempre fascinante Eva Green como la hermana de Balduino al propio Edward Norton. Gleeson y Bloom fueron casi los últimos en llegar, entre otros motivos por las dificultades para encontrar a un protagonista que reuniera la juventud y, al mismo tiempo, solvencia necesarias para sostener una producción de semejante enjundia.

Mientras que sobre el excepcional reparto de secundarios no hay duda alguna, hay quien todavía se plantea (yo entre ellos) si la elección de Bloom se debió a su por entonces fenomenal estado de fama global (venía de rodar las trilogías de El Señor de los Anillos y estaba inmerso en la de los Piratas del Caribe), o al carisma que irradia como actor. Es evidente que otras opciones, como la de Russell Crowe o Hugh Jackman, parecían poco apropiadas por una simple cuestión de edad, pero qué duda cabe que tanto ellos como la larga decena de candidatos alternativos habría aportado más densidad a un personaje que, seamos francos, se pasa con cara de pasmarote buena parte de la cinta. Solo en las escenas con Sybilla (Green) y Balduino alcanza una cierta química, que se desvanece en cuanto toma la palabra para armar de ánimos a sus soldados o ha de llevar las riendas de una narración que, a mi juicio, le pesaba demasiado para su por entonces escaso bagaje (recordemos que en las sagas antes citadas él siempre era un perfecto secundario, mientras que el peso lo llevaban actorazos como Viggo Mortensen o Jonnhy Deep, entre otros). Si El Reino de los Cielos tiene una tacha de entrada, y de no poca importancia, es un actor principal al que aún le faltaban unos añitos para calzar adecuadamente el traje de caballero.

Lo cierto es que, salvando este detalle, la película mostraba unas virtudes de producción envidiables. El presupuesto se gastó sabiamente en extras y en efectos visuales puestos al servicio de la narración, como a la hora de recrear ciudades, paisajes y grandes secuencias de batalla. La espectacularidad iba de la mano, no obstante, de una enorme sensibilidad y cuidado a la hora de retratar a un imperio musulmán siempre en el ojo del huracán cuando de producciones americanas se trata. La idea clara de la cinta de lanzar un mensaje conciliador, de difuminar las barreras arquetípicas entre cristianos y musulmanes es muy de agradecer, por más que resulte completamente anacrónica y algo sangrante en el ya citado discurso de Balian a las gentes de Jerusalén (eso de que la ciudad es de todos y de ninguno al mismo tiempo le hubiera costado al buen señor algo más que una soterrada queja por parte del obispo, pero bueno...).

Uno de los aspectos que más me llamó la atención de la cinta cuando tuve ocasión de verla en el cine, al margen de su soberbio apartado audiovisual (la fotografía de John Mathieson es fabulosa, y la banda sonora de Harry Gregson Williams tiene temas magistrales), fue la sensación de que aquella historia estaba, de algún modo, esquilmada. Varias de sus secuencias me parecían incompletas, muchos de sus diálogos anunciaban más de lo que decían realmente, y solo a raíz de su publicación en Blu Ray (mi primera adquisición en dicho formato, si no recuerdo mal) puso una explicación racional a tanto desbarajuste. La crítica y el público habían visto una versión de la cinta, de más o menos dos horas y cuarto de duración, que poco tenía que ver con una versión del director que se va a las tres horas pero, a cambio, ofrece una historia mucho más compleja, con varias tramas eliminadas que aportan una mayor profundidad, interés y dramatismo a buena parte de una película que nos llegó demasiado recortada.

La edición especial de esta cinta, seguramente una de las pocas que voy a recomendar jamás en este cuaderno de bitácora, es todo un ejemplo de cómo editar una película para formato doméstico. Al margen de todo el cuidado que se ha puesto en los contenidos adicionales, la edición de la película supera, con creces, lo visto en las salas de cine. Ya no es solo que haya tramas enteras que antes no aparecían, como la que tiene que ver con el hijo de Sybila y que da sentido al personaje de Eva Green o al de Guy de Lusignac, sino que prácticamente en casi todas las escenas hay diálogos ampliados, secuencias añadidas y un sentido mayor de la coherencia y la cohesión. Así, podemos apreciar mucho mejor el drama en el que vive inmerso Balian en su particular infierno en Francia, o el modo en que ayuda a reconstruir Ibelin para dotarla del esplendor perdido; apreciamos más diálogos con Tiberias (Irons) o los hombres de Godfred, el padre de Balian, así como más duración en algunas secuencias determinantes, como la que tiene que ver con el desenlace de la trama del  rey Balduino.

El Reino de los Cielos, en esta versión, es una película netamente superior, si bien incurre en algunos defectos de forma y de fondo, como el detonante de la guerra definitiva contra los musulmanes, que pueden parecer demasiado forzados para engrandecer a los protagonistas y hacer descender a los infiernos (y nunca mejor dicho) a determinados responsables de la cristiandad. Lo que sí se mantiene, en cualquier caso, es la belleza de todas y cada una de las localizaciones, desde los imponentes castillos medievales (que toman el referente del castillo de Loarre, entre otros) a unas panorámicas que son dignas de admiración, y que junto al excelente apartado de vestuario logran recrear como nunca antes se había visto una época demasiado dada a la idealización fácil.


Evidentemente, esta cinta no oculta su origen comercial, lleno de concesiones que harán retorcerse en la butaca al historiador menos exigente, pero no creo que Scott tuviera en mente rodar un documental, sino una cinta que retomara el antiguo sabor de aquellas películas medievales del cine clásico con un toque más contemporáneo, realista en el tratamiento visual y con mayores valores de producción para hacerlo todo más creíble. En este sentido, no creo que ningún espectador aficionado al género quede decepcionado, tanto por la calidad del producto como de todos y cada uno de los integrantes del elenco. Con el tiempo, hasta el bueno de Orlando Bloom se crece en el papel y termina la película bastante mejor de lo que la empieza, algo que vistas las primeras escenas parecía difícil de creer.

Lejos, por otro lado, de las cotas alcanzadas por aquellas obras maestras llamadas Alien y Blade Runner, Scott pone siempre el foco en el corazón de sus personajes, si bien en ocasiones anda más acertado que en otras. Es evidente que en comparación con aquellos clásicos de la ciencia ficción y, en menor medida, de las cotas de Gladiator, El Reino de los Cielos podría parecer hasta cine menor. Nada más lejos de la realidad: esta cinta reúne las suficientes virtudes, en especial en su versión extendida, como para hacer palidecer a todas y cada una de las producciones de corte medieval hechas en las dos últimas décadas. Es una película espectacular e íntima cuando la ocasión lo requiere, que trata desde grandes conflictos internacionales con espectaculares batallas a pequeñas miserias personales con igual acierto; su excelente fotografía nos retrotrae a las Cruzadas como pocas han conseguido hasta la fecha, y cuenta con una trama con el suficiente interés como para querer saber siempre qué va a suceder a continuación.

Casi diez años después de su estreno, El Reino de los Cielos sigue conservando un encanto especial, con unos personajes que se debaten entre el poder y el querer desde los fríos bosques europeos hasta las desérticas llanuras de Tierra Santa; una odisea rodada en tres países, cuatro idiomas diferentes y el único objetivo de plantear un tema para la reflexión, la posibilidad del entendimiento y la paz en medio de una barbarie donde quien más quien menos resolvía las dudas a golpe de espada y después preguntaba al decapitado. La escena final (atención, spoiler), en la que un agotado Balian se identifica como un simple herrero ante el arrogante Ricardo Corazón de León, dispuesto de nuevo a retomar Jerusalén como si nada, es toda una declaración de intenciones de un director que, por desgracia, desde aquella aventura épica no nos ha dejado demasiadas muestras para la esperanza en los últimos años.


domingo, 13 de julio de 2014

La serie del mes (17): The Americans





Si hace algunos años me hubieran contado que una cadena de televisión americana produciría una serie de televisión sobre dos agentes secretos rusos infiltrados en la sociedad de EEUU en plena guerra fría, hubiera pensado que se estaba riendo de mí o que me tomaba por loco. Y sin embargo, ésa es precisamente la premisa de partida de The Americans, que FX lanzó a la fama el año pasado con su primera (y excelente) temporada.

Los protagonistas de este asunto son el para mí desconocido Matthhew Rhys y la siempre inquietante y hermosa Keri Russell (Felicity). Ambos hacen del casi-perfecto matrimonio Jennings, padres de dos hijos que se creen tan americanos como la Whopper y vecinos ejemplares donde los haya, pero que en sus ratos libres se dedican a hacer y deshacer entuertos propios de los espías de élite para la madre Rusia. Como no podía ser de otro modo, la serie se construye sobre las excelentes interpretaciones tanto de sus dos protagonistas como de un elenco de secundarios de lo más acoplado, con acentos americanos (Noah Emmerich, Richard Thomas) y rusos (Annet Mahendru, Lev Gorn), cuyo gran trabajo hace creíble el conjunto de tramas, juegos de ratón y gato que dan forma y estructura a sus dos temporadas estrenadas hasta la fecha.

Como no podía ser de otro modo, el conflicto entre la tensión creada por la propia inercia de una historia de espionaje a escala internacional, con asesinatos, secuestros y persecuciones, sumado al propio de una familia con hijos adolescentes que empiezan a hacerse (demasiadas) preguntas sobre sus padres es el pivote central de la serie. Y es un equilibrio difícil, del que los guionistas no siempre salen bien parados, como demuestran las algo forzadas tramas de aventuras amorosas, pero que en cualquier caso logran mantener el interés y, especialmente en la segunda temporada, acaban por todo lo alto y anuncian grandes empresas para temporadas venideras.

Uno de los aspectos más satisfactorios de The Americans es su cuidada producción, que nos envía treinta años atrás en el tiempo no solo a través de los buenos diálogos y la mentalidad que irradian sus personajes, sino de un apartado de diseño que nos devuelve literalmente a los años 80, con todos sus atrasos y sus por entonces avances tecnológicos (ver al hijo de los Jennings colarse en la casa de unos amigos para jugar como un poseso a la Atari 2600 no tiene precio). Esto también se traslada al apartado de maquillaje, donde tanto Rhys como Russell deben convertirse en decenas de personajes alternativos falsos, y donde habría sido realmente sencillo entrar en la caricatura y el chiste fácil (¿se acuerdan de Val Kilmer en aquella cosa llamada El Santo?), pero que aquí está bien resuelto, con solvencia y un muy buen hacer por parte de los intérpretes, que están sencillamente fantásticos en su papel.

La primera temporada de la serie terminaba de una manera un tanto caótica, más que nada por el deseo expreso de los guionistas de hacer un desenlace por todo lo alto. El problema es que llevaron las tramas de varios personajes, entre ellos la del genial agente Beeman (que para más inri es vecino de los Jennings, ahí tienen ustedes una conveniencia de las buenas), a quemar más cartuchos de los deseables, algo que ha afectado a buen número de tramas en esta segunda temporada. La solución, sin embargo, ha sido extraordinaria: hacer oscilar todo alrededor de un crimen de otra pareja de agentes infiltrados y amigos de los Jennings, cuyo desenlace ha ocupado toda la tanda de 13 capítulos y que ha tenido una resolución de infarto. Así se hacen las cosas a nivel narrativo, sí señor. 

Uno de los mayores enemigos de la serie, que me temo que terminará afectando al producto final al cabo de varias temporadas, es que la propia esencia de la guerra fría fue la de un conflicto soterrado, de mucha conversación y mucho mensaje cifrado, pero de menor trascendencia bélica de la que a muchos les hubiera, por desgracia, hecho más felices. The Americans tiene que basar su fuerza no tanto en las explosiones como en las emociones contenidas de unos personajes llevados al límite por el amor a su patria, tanto dentro como fuera de unas fronteras reales y morales que nunca están del todo definidas, y me pregunto por cuánto tiempo podrá aguantar un público más acostumbrado al gatillo y la explosión. 

No obstante, lo mejor de esta serie es la propuesta sin maniqueísmos fáciles, que retrata a auténticos salvajes en ambos bandos y también a gente que cree en aquello por lo que lucha. No es fácil hablar de buenos y malos en una historia donde la pareja protagonista estrangula, dispara al corazón, abate a golpes o deja amordazado hasta la muerte al personal que tiene la "suerte" de cruzarse en su camino. Hacer que ambos resulten empáticos, que nos importen como personajes y nos lleguen sus conflictos, sus dudas y sus temores, me parece que nadie desde las ya difuntas Dexter o Breaking Bad era capaz de provocarme sin que me planteara otras cotas filosóficas o morales. Es posible que no supere a ninguna de las anteriores en ritmo, en intensidad o en carisma de personajes, ya que aquí todo se mueve en terrenos mucho más ambiguos y con mayor escala de grises, pero qué duda cabe que en ausencia de auténticos pesos pesados de la televisión en esta época estival The Americans es un producto de lo más recomendable.


sábado, 5 de julio de 2014

Tanto por vivir



El pasado jueves, como siempre, un grupo de amigos nos reunimos para jugar un partido amistoso. Es una vieja tradición que se remonta más de diez años atrás (y puede que más, entonces fue cuando yo me incorporé). Fue una buena tarde, una de esas en que todo o casi todo te sale como esperabas y te vas a casa cansado y con agujetas hasta en las cejas, pero contento.

Ese tipo de sensaciones son más habituales cuando en tu equipo juega un tal Manuel Hernández. En este país de austeridad casi nadie le llama Manuel, claro, sino Manu o, si le quieren tomar el pelo, Dj Manu, por su también atávica afición por la música, que él convirtió en trabajo de fines de semana durante una larga década.

Sea como fuere, cuando a tu lado tienes a un personaje como este, capaz de hacer auténticas viguerías con el balón y que ha gozado siempre de un físico privilegiado, disfrutar jugando al fútbol está garantizado. Ya no es solo que haga cosas que para el resto de los mortales nos están habitualmente vedadas, que también, sino que consigue algo que he visto en muy pocos grandes jugadores: sabe hacer jugar al resto mejor de lo que lo harían en otra circunstancia. Su forma de conducir el balón, de guiar al resto, de orientarlos en la estrategia, de animarlos a establecer esta pared, este pase largo, esa carrera, logra que jugadores bastante normalitos, como el que esto escribe, se animen a empresas que de otro modo jamás acometería.

Cuando los entrenadores destacan en tal o cual jugador sus virtudes, suelen hacer mucho hincapié en la capacidad de liderazgo. No es casualidad. Gente dotada para practicar el deporte hay mucha (otra cosa son los superdotados, claro). Sin embargo, encontrar a alguien capaz de aglutinar voluntades a su alrededor, alguien que consiga que los más tímidos se vuelvan osados, los displicentes parte del equipo y así un largo etcétera son auténticos marcianos. Por eso gente así, gente como Manu, se convierte en la joya de la corona de cualquier equipo y su sustitución es siempre un drama, por muy cansado o lesionado que esté. 

Siempre he pensado que en un terreno de juego se refleja mejor nuestra personalidad que en una larga conversación. No conozco a nadie bueno y humilde que se vuelva un ególatra arrogante en cuanto toca un balón, sino más bien al contrario: los principios, las virtudes y los valores de cada uno se trasladan a la pista, se adaptan a las carreras, al juego de equipo y a cada jugada de un modo asombroso. La alegría habitual de Manu, esa especie de optimismo sin rendición que lo lleva a relativizar hasta el mayor de los problemas, su carácter despreocupado y constructivo son señas también de su identidad como jugador.

Conste que lo digo por el conocimiento que dan no solo las miles de pachangas y partidos oficiales que habremos jugado juntos, sino por los más de veinte años que hace que le conozco (cuatro de instituto y pupitre incluidos). Esa experiencia me ha permitido verlo crecer en todos los sentidos y mantener, al mismo tiempo, ese carácter que le hace amigo de todos y enemigo de ninguno, esas salidas siempre peculiares, esa visión de la vida que en sus palabras es más sencilla, más simple, mejor.

Lo curioso del caso es que, si bien en la cancha he intentado imitarlo hasta la saciedad para alcanzar, aunque fuera de lejos, esos prodigios que hace con tanta naturalidad, en la vida real hemos seguido caminos siempre muy diferentes y, sin embargo, paralelos. Si yo me centraba en la vida académica, él hacía lo propio en la social; yo me aburría como una ostra con la vida nocturna, que él vivía voraz hasta sacarle todo el jugo posible... La lista de polos opuestos es interminable, pero lo que nunca ha faltado ese ese afecto personal, desinteresado y compartido, que se ha ido fortaleciendo con los años. Ambos, desde nuestras diferencias y semejanzas, hemos sabido caminar juntos hasta el punto de estar ahí siempre para el otro cuando ha hecho falta. Y vaya si ha hecho falta.

El pasado jueves, tantos entrenamientos y años después, creo que jugamos uno de nuestros mejores partidos juntos. Más de diez goles entre ambos, más de diez asistencias, otras tantas paredes, carreras y combinaciones que demostraron que nos conocemos hasta el punto de no tener que decirnos nada, ni siquiera mirarnos para saber lo que va a hacer el otro. Era como uno de esos conciertos que, de tan ensayados, parece que pierden hasta frescura: sabemos qué podemos esperar del otro, hasta qué punto ha de ser largo el pase, u orientado hacia la zurda o la diestra, hasta qué punto llegará a ese balón o hacia dónde se va a desmarcar sin que el rival se anticipe.

Quizá por todo ello, cuando al término del encuentro me dijo que se iba a vivir a otro lugar, junto a esa persona que tanto quiere y que sin duda merece, me pegó un bajón de los buenos. Seguramente ayudaron también las agujetas y el cansancio, y mentiría si dijera que desde hace unos meses no me lo esperaba al ver lo rápido y bien que iba su relación, pero también mentiría si dijera que me supo bien aquel trago, sobre todo cuando salía yo del campo tan satisfecho con todas mis teorías sobre la armonía deportiva y amistosa y me las prometía tan felices para la temporada que viene.

Menos mal que Manu, como siempre, arrojó un poco de luz al asunto para sacarme de mis elucubraciones filosóficas y asegurarme que aquí de adioses o hasta luegos, nada de nada; que no me voy a librar tan fácilmente de él y que, como decía aquella canción tan hortera y, sin embargo, tan adecuada para el momento por su contenido y el nombre de sus perpetradores, "nos queda tanto por vivir". Y vaya si nos queda.



Créditos de imagen: (2014hdwallpaper.com)

lunes, 30 de junio de 2014

La última frontera



Cuenta la leyenda que un viajero llegó, tras años de infructuosa búsqueda, ante el Oráculo del Destino. Se decía que dicho Oráculo era capaz de anunciar con una exactitud asombrosa cuándo, cómo y dónde iba a morir cualquier persona. Desde los más humildes habitantes hasta los reyes, emperadores y sumos sacerdotes habían acudido al Oráculo en busca de la respuesta a la última pregunta de todas. Sin embargo, un día el Oráculo desapareció, y con él, sus dos imponentes esfinges de oro y plata se desvanecieron de la faz de la Tierra para nunca más saberse de ellas. Y así pasaron cinco largos siglos.

Durante todo ese tiempo, se especuló con la posibilidad de que el propio Oráculo, preocupado por la obsesión de la humanidad por conocer su destino, hubiera decidido retirarse a un lugar abandonado para que nunca nadie más volviera a hacerse semejantes preguntas. Y es que desde los más humildes habitantes hasta los reyes, emperadores y sumos sacerdotes habían regresado de su visita con la sombra de la muerte rondando sus cabezas, con la fría certeza de lo que estaba por suceder en días, meses o años. El hecho de saber el día, la hora y hasta el minuto en que dejarían de respirar hacía que perdieran por completo el interés por la vida, y que vagaran como espectros hasta la llegada en que la profecía se hacía realidad.

El viajero comenzó a escuchar leyendas sobre el Oráculo desde que era muy pequeño. Su abuelo, y después su padre, le contaban todas las noches cómo el rey Perión había perdido la noción del tiempo y el espacio, abandonando a su esposa Helisenda presa de la locura porque sabía que tanto ella como él morirían el día que naciera su primer hijo. Oyó también la leyenda de Pelias, el sacerdote que vio en el espejo del Oráculo que moriría nada más regresar a la ciudad, tras una emboscada de unos ladrones. Al llegar a la ciudad, Pelias entró por una puerta secreta que nadie más se suponía que debía conocer, en un vano intento por escapar de su destino. Sin embargo, allí se topó con unos ladrones que a su vez escapaban con un tesoro de la ciudad, y nunca más se volvió a saber de él.

Fascinado por esos y otros mil y un relatos, el viajero decidió consagrar su vida a localizar el paradero del Oráculo del Destino. Se despidió de su familia no bien había cumplido los dieciocho años, y a pesar de las advertencias de sus padres por no dedicarse a tan vana y loca empresa, se lanzó en pos de los valles y las montañas, de los ríos y los mares, preguntando a toda persona que se cruzaba en su camino, a todo marino con el que navegaba o a cualquier viajero que, como él, andaba perdido por las sendas y las cumbres. Y así pasaron veinte largos años.

Cuenta la leyenda que cuando el viajero alcanzó la más alta cumbre de las Montañas del Norte, un resplandor dorado surgió ante él allá abajo, en los valles perdidos de Ili Nors. Guiado por esa luz, el viajero descendió en medio de una furiosa tormenta de nieve, que solo amainó cuando al fin localizó a las dos esfinges, una de oro y otra de plata, que se miraban fijamente en un infinito intercambio de todos los enigmas que en el mundo han sido, son y serán.

En medio de las dos esfinges, un espejo largo y ovalado estaba incrustado en el suelo. El Oráculo esperaba su pregunta. Por lo que sabía, el viajero debía colocarse frente a él y hacer la pregunta que todos los humildes, los reyes y los sumos sacerdotes habían hecho antes que él, y entonces se le mostraría cuál era su destino.

Asombrado ante las imponentes esfinges, y consumido por la emoción, el viajero se plantó frente al espejo y vio que delante de él no se reflejaba su imagen, sino la de un anciano de larga barba blanca y túnica azul, que apoyaba su vejez en un cayado de madera de roble. El anciano alzó la mirada, visiblemente fatigado, y dijo:

- Has recorrido un largo camino hasta llegar aquí, y mereces tu justo premio como recompensa a tu noble esfuerzo. ¿Qué quieres saber? ¿La hora de tu muerte, quizá? ¿El lugar en el que ocurrirá? ¿La identidad de tu asesino, de tu asesina enfermedad?

- Nada de eso deseo saber -aseveró con aplomo el viajero, sin dejarse llevar por la fuerza cavernosa de aquella voz que con tanta autoridad había preguntado.

El anciano del Oráculo abrió entonces los ojos, como si no diera crédito.

- Lo que quiero saber -dijo el viajero, antes de que hubiera una nueva pregunta por parte de su interlocutor - No son los detalles de mi muerte, sino de lo que hay más allá de ella. Muéstrame qué me espera tras esa última frontera.

Y entonces el espejo se quebró, mientras el anciano sonreía, quizá por primera vez en más de mil años. Primero fueron unas grietas pequeñas, después otras más grandes, hasta que finalmente todo saltó por los aires. El marco del espejo continuaba intacto, pero ahora ya no reflejaba nada. Una gran mancha oscura lo cubría todo, una mancha en la que la mano del viajero desapareció al tocarla, y después el brazo, y después el resto del cuerpo. Y se hizo el silencio.

                                                                           *         *          *

Cuenta la leyenda que al desaparecer tras el espejo roto, las esfinges cambiaron de color y se tornaron de un azul tan puro que cegaba con solo mirarlo. Cuentan que ya nadie pudo hacer más preguntas, a pesar de que muchos lo intentaron, y que un buen día las esfinges comenzaron a resquebrajarse, primero con grietas pequeñas, después otras más grandes, hasta que finalmente todo saltó por los aires.

Cuenta la leyenda que, desde entonces, vaga por los caminos abruptos de esas mismas montañas un anciano de barba blanca y túnica azul, alguien que tiene la respuesta para todas las preguntas y preguntas para todas las respuestas, y que cada vez que alguien se dirige a él responde siempre con una extraña mirada de un azul intenso, una que encierra todos los enigmas de la humanidad que en el mundo han sido, son y serán.

martes, 24 de junio de 2014

Solsticio de verano




Cuando uno estudia tiene siempre la sensación de que su vida se basa en hacer exámenes. Como regla general, en este sistema educativo todo termina orbitando alrededor de tal o cual nota, de este o aquel decimal que nos permite aprobar o tener la nota que esperábamos, la que nos hace falta para acceder a tal carrera o tal grado, la que va a figurar en nuestro expediente y en el currículum. Lo que sepamos no importa tanto como ese número, esa fría cifra que se supone que condensa todo (o parte) de nuestro saber, sea vasto o basto, que eso casi es lo de menos.

Siempre pensamos que el examen que tenemos por delante es el horror de los horrores, una suerte de tormenta perfecta que va acumulando nubarrones conforme se acerca la fecha fatal y empieza a surgir ese gusanillo tan hispánico nuestro que nos dice que a lo mejor hemos dejado más de la cuenta para el último momento. Nos pasa en el colegio, nos pasa en el instituto, la selectividad y por supuesto en la carrera, donde el tiempo se dilata y los meses parece que no pasan hasta que pasan todos de golpe y nos atrapa a todos por sorpresa, tan empeñados como estamos a esas edades en que no decaiga la vida social. Por supuesto, no bien hecho el examen pasa a formar parte del pasado remoto, a olvidarse, a perder todo aquel poderío que tenía momentos antes y convertirse en poco menos que una mala broma de la memoria. 

Una de las manías más frecuentes de la mayor parte de estudiantes de este país se resume en el teorema del emplazamiento. Consiste dicho teorema en que, además de por supuesto dejarlo todo para cuando hay apenas margen de maniobra, se cifra la felicidad en aquello que está por venir tras la tormenta, emplazando sueños, esperanzas y deseos más allá del oscuro nubarrón en que termina convirtiéndose cualquier calendario académico que se precie. 

A nivel más inmediato el teorema del emplazamiento se ajusta a nivel semanal (que pase cuanto antes la semana, que llegue el viernes y su noche, y luego el sábado con la suya, e incluso el domingo, que duele algo más pero sigue siendo sinónimo de libertad). A medio plazo, el teorema emplaza la felicidad por trimestres (que pase septiembre, y octubre y noviembre; que lleguen ya esas Navidades y esa libertad, y ya pensaremos luego en el invierno; que pasen después enero, febrero y marzo a toda prisa, que llegue ya la Semana Santa; que pasen abril, mayo y junio, que llegue ya ese verano eterno que parece todo un mundo cuando se empieza y apenas un suspiro cuando llega el primer frío de septiembre). A largo plazo, para qué hablar: que pase ya el colegio, que pase ya el instituto, que pase ya esa selectividad y hasta la carrera, ojalá que pase pronto y ya no tenga que hacer más exámenes, más trabajos, asistir a más clases, seguir vegetando almacenado en esta clase, en aquella otra, en aquel aulario, qué más da.

Emplazamos como estudiantes una felicidad futura que no termina de llegar nunca o casi nunca, quizá solo en pequeñas dosis si acaso en el solsticio de verano, sin darnos cuenta de que en el fondo a ese ciclo le sigue otro con sus pruebas, con la misma necesidad de seguir demostrando que valemos, que somos lo que decimos ser, que tiene que haber sí o sí una fría cifra que respalde nuestros vastos conocimientos. Hay quien etiqueta a los estudiantes en función de sus resultados: este es un 10, esta un 8, aquel de más allá un 4. Este vale, aquella un poco menos, aquel no vale nada. La matemática es objetiva, pero es solo una herramienta en manos de jueces ciegos. He conocido a profesores que han salido huyendo, escandalizados de ver cómo su labor, en su opinión, se reducía a hacer constar una nota en un boletín, en una aplicación informática, en un acta de evaluación.

Hace cuatro años, cuando hice mi último examen, me di cuenta de que mi teorema del emplazamiento había saltado por los aires. Hace cuatro años, cuando supe que había aprobado las oposiciones, me di cuenta de que ya no habría más exámenes escritos, de que ya no había necesidad de emplazar más una felicidad que podía llegar en ese mismo instante, algo que no ocurrió porque lo único que sentí entonces fue alivio, que no felicidad.

El tiempo me ha enseñado que cada día que acudo a mi puesto de trabajo es un examen, que todos aquellos que trabajan conmigo me evalúan, conscientemente o no, que me califican y me valoran para bien o para mal. Mis alumnos hacen ránkings de profesores, nos someten a escrutinio diario a nivel físico, psicológico e incluso de vestuario (especialmente, de vestuario) y al final, como nosotros, reparten notas, premios y castigos, regalos para los que se han portado bien y carbón dulce para el resto. No solo pasa en mi trabajo, pasa en todos y cada uno de los que conozco. A nadie le resultó finalmente cierto o válido aquel teorema, y sin embargo hay quien sigue deseando que pasen los días de la semana y llegue el viernes y su noche, o que vuelen abril, mayo y junio para ir corriendo a una playa o una montaña a la que, nada más pongan el pie sobre ellas, estarán deseando emplazarse a su siguiente objetivo. Hay quien desea, incluso, que crezcan ya los hijos y se vayan y le dejen a uno en paz. Hay quien desea que llegue ya la jubilación, emplazamiento último donde los haya.

Creo no estar para nada en esa órbita de "pensamiento". Desde hace tiempo convivo con el hecho de saberme examinado día a día con toda la normalidad que me es posible, porque ya no siento la necesidad de emplazar nada, como no la siento tampoco de demostrar que hay una fría cifra que respalda todo cuanto digo o hago. Cada día que pasa cuenta, cada día de ese calendario es oro puro aunque sea lunes a primera hora, de una fría mañana de mediados de septiembre donde todos los ciclos están por iniciarse, donde veo en esas mismas caras que me rodean las mismas sensaciones que también tuve yo en su momento. No las envidio. No las compadezco. Las entiendo, las respeto y trato de contagiarlas de esta extraña variante del carpe diem que nadie me dijo que venía mano a mano con la plaza, pero que tanto y tan bien me ha ayudado a situarme mejor en mis coordenadas. Y que sea por mucho tiempo.