sábado, 5 de julio de 2014

Tanto por vivir



El pasado jueves, como siempre, un grupo de amigos nos reunimos para jugar un partido amistoso. Es una vieja tradición que se remonta más de diez años atrás (y puede que más, entonces fue cuando yo me incorporé). Fue una buena tarde, una de esas en que todo o casi todo te sale como esperabas y te vas a casa cansado y con agujetas hasta en las cejas, pero contento.

Ese tipo de sensaciones son más habituales cuando en tu equipo juega un tal Manuel Hernández. En este país de austeridad casi nadie le llama Manuel, claro, sino Manu o, si le quieren tomar el pelo, Dj Manu, por su también atávica afición por la música, que él convirtió en trabajo de fines de semana durante una larga década.

Sea como fuere, cuando a tu lado tienes a un personaje como este, capaz de hacer auténticas viguerías con el balón y que ha gozado siempre de un físico privilegiado, disfrutar jugando al fútbol está garantizado. Ya no es solo que haga cosas que para el resto de los mortales nos están habitualmente vedadas, que también, sino que consigue algo que he visto en muy pocos grandes jugadores: sabe hacer jugar al resto mejor de lo que lo harían en otra circunstancia. Su forma de conducir el balón, de guiar al resto, de orientarlos en la estrategia, de animarlos a establecer esta pared, este pase largo, esa carrera, logra que jugadores bastante normalitos, como el que esto escribe, se animen a empresas que de otro modo jamás acometería.

Cuando los entrenadores destacan en tal o cual jugador sus virtudes, suelen hacer mucho hincapié en la capacidad de liderazgo. No es casualidad. Gente dotada para practicar el deporte hay mucha (otra cosa son los superdotados, claro). Sin embargo, encontrar a alguien capaz de aglutinar voluntades a su alrededor, alguien que consiga que los más tímidos se vuelvan osados, los displicentes parte del equipo y así un largo etcétera son auténticos marcianos. Por eso gente así, gente como Manu, se convierte en la joya de la corona de cualquier equipo y su sustitución es siempre un drama, por muy cansado o lesionado que esté. 

Siempre he pensado que en un terreno de juego se refleja mejor nuestra personalidad que en una larga conversación. No conozco a nadie bueno y humilde que se vuelva un ególatra arrogante en cuanto toca un balón, sino más bien al contrario: los principios, las virtudes y los valores de cada uno se trasladan a la pista, se adaptan a las carreras, al juego de equipo y a cada jugada de un modo asombroso. La alegría habitual de Manu, esa especie de optimismo sin rendición que lo lleva a relativizar hasta el mayor de los problemas, su carácter despreocupado y constructivo son señas también de su identidad como jugador.

Conste que lo digo por el conocimiento que dan no solo las miles de pachangas y partidos oficiales que habremos jugado juntos, sino por los más de veinte años que hace que le conozco (cuatro de instituto y pupitre incluidos). Esa experiencia me ha permitido verlo crecer en todos los sentidos y mantener, al mismo tiempo, ese carácter que le hace amigo de todos y enemigo de ninguno, esas salidas siempre peculiares, esa visión de la vida que en sus palabras es más sencilla, más simple, mejor.

Lo curioso del caso es que, si bien en la cancha he intentado imitarlo hasta la saciedad para alcanzar, aunque fuera de lejos, esos prodigios que hace con tanta naturalidad, en la vida real hemos seguido caminos siempre muy diferentes y, sin embargo, paralelos. Si yo me centraba en la vida académica, él hacía lo propio en la social; yo me aburría como una ostra con la vida nocturna, que él vivía voraz hasta sacarle todo el jugo posible... La lista de polos opuestos es interminable, pero lo que nunca ha faltado ese ese afecto personal, desinteresado y compartido, que se ha ido fortaleciendo con los años. Ambos, desde nuestras diferencias y semejanzas, hemos sabido caminar juntos hasta el punto de estar ahí siempre para el otro cuando ha hecho falta. Y vaya si ha hecho falta.

El pasado jueves, tantos entrenamientos y años después, creo que jugamos uno de nuestros mejores partidos juntos. Más de diez goles entre ambos, más de diez asistencias, otras tantas paredes, carreras y combinaciones que demostraron que nos conocemos hasta el punto de no tener que decirnos nada, ni siquiera mirarnos para saber lo que va a hacer el otro. Era como uno de esos conciertos que, de tan ensayados, parece que pierden hasta frescura: sabemos qué podemos esperar del otro, hasta qué punto ha de ser largo el pase, u orientado hacia la zurda o la diestra, hasta qué punto llegará a ese balón o hacia dónde se va a desmarcar sin que el rival se anticipe.

Quizá por todo ello, cuando al término del encuentro me dijo que se iba a vivir a otro lugar, junto a esa persona que tanto quiere y que sin duda merece, me pegó un bajón de los buenos. Seguramente ayudaron también las agujetas y el cansancio, y mentiría si dijera que desde hace unos meses no me lo esperaba al ver lo rápido y bien que iba su relación, pero también mentiría si dijera que me supo bien aquel trago, sobre todo cuando salía yo del campo tan satisfecho con todas mis teorías sobre la armonía deportiva y amistosa y me las prometía tan felices para la temporada que viene.

Menos mal que Manu, como siempre, arrojó un poco de luz al asunto para sacarme de mis elucubraciones filosóficas y asegurarme que aquí de adioses o hasta luegos, nada de nada; que no me voy a librar tan fácilmente de él y que, como decía aquella canción tan hortera y, sin embargo, tan adecuada para el momento por su contenido y el nombre de sus perpetradores, "nos queda tanto por vivir". Y vaya si nos queda.



Créditos de imagen: (2014hdwallpaper.com)

1 comentario:

alejandro vizcaino dijo...

Que bonito Nacho. Si que es cierto que Manu es un crack, pero siendo tan bueno como es, todavía no me ha dado ese pase perfecto para mi chilena mortal.

Espero que le vaya bien y que recuerde que aquí siempre tendrá una camiseta con el nº8.

abrazos a los dos!!

ALEX