sábado, 30 de mayo de 2015

Telón

Estimado lector:

Han pasado ya más de ocho años desde que empecé este proyecto con el objetivo de expresar, con mayor o menor acierto, la forma que tengo de ver y de sentir la realidad. Durante este tiempo he dedicado mi atención a muchas de las aficiones que me han acompañado desde la infancia, como el cine, las series de televisión o los videojuegos, así como a ejercicios modestos de escritura en forma de relatos o poemas. He intentado también dar mi opinión sobre temas de actualidad, desde mi -también humilde y pobre- conocimiento de cada uno de esos asuntos. En todos ellos he intentado que la constante fuera mi sello personal y mi particular perspectiva, sin ánimo ni intención de herir los sentimientos o de ofender a nadie. Si ése ha sido el caso en alguna ocasión, mis más sinceras disculpas por adelantado.

Ha habido quien, de forma más o menos velada, más o menos agresiva, me ha ido enviando mensajes con diferente grado de animadversión, mensajes que he tomado siempre con la distancia y la prudencia necesarias. Es evidente que no todo el mundo que por aquí ha pasado ha quedado contento y bien claro me lo ha dejado en muchos mensajes donde, no sin cierta inquina, me "animaba" a dejar de escribir de una vez. Contentas pueden quedar esas voces críticas, pues dar término a La Trastienda es precisamente el motivo de esta carta de despedida a los lectores, tanto a los críticos como a los que han seguido, en silencio y en escaso -pero valioso- número, las entradas de este blog.

Ha sido un año complicado por muchos motivos, y para alguien que no es capaz de escribir sin que de alguna forma sus emociones se trasvasen a la letra, estos últimos meses en el blog han sido algo duros. No quiero que La Trastienda se convierta en un depósito de tristezas porque no fue ése el motivo por el que fue creado, y por ello prefiero poner aquí el punto y final a esta aventura, esperando que el lector se quede con épocas anteriores donde había algo más de alegría en cada palabra que, año a año, ha ido dando forma a este proyecto tan personal.

Gracias a todos los lectores por dar sentido a la escritura, y hasta siempre.

viernes, 29 de mayo de 2015

El sueño de Fidias


Cuentan que un escultor muy joven pensó una vez en esculpir la figura más hermosa que cupiera imaginar en mente humana. Pasó semanas enteras documentándose, examinando los trabajos de todos los grandes escultores que en el mundo habían sido, en todas y cada una de las culturas imaginables, y por sus ojos desfilaron las obras de los mejores talladores en cualquier superficie, desde los ojos de mármol de los clásicos griegos a las estatuas de barro de la antigüedad, pasando por la magia de los renacentistas europeos o el enigma de los egipcios milenarios. No hubo escultura que no anidara en aquellos ojos verdes, no hubo una sola que no estuviera en perfecta sintonía con la mirada de la esfinge en que se convirtieron antes de tallar por primera vez sobre el duro bloque.

Durante los siguientes meses, aquel primer chasquido de la cuña fue seguido de otras decenas, cientos y miles de golpes, algunos más fuertes y toscos para desprender la materia más dura, otros más finos y detallados en las zonas más críticas de la anatomía de la figura, que poco a poco comenzó a surgir de lo más profundo del bloque para descubrir una figura plena de matices y belleza. Al cabo de varios meses los pies destacaron por encima del pedestal, seguidos de unas níveas piernas cubiertas únicamente por una fina tela de pliegues caprichosos. 

Los años pasaron. Y sobre la cintura, el escultor trazó un abdomen firme y unos senos que atraparían la mirada del hombre más contenido, adornados por el rizo de unos brazos que invitaban a bailar a todo aquel que osara mirarla. Pero por encima de todo, aquel seguidor de Fidias dotó al rostro de aquella criatura de una fragilidad indescriptible, de una belleza como nunca nadie conoció en el arte o en la realidad, con aquella mirada capaz de traspasar el acero forjado, la fina comisura de los labios y los pómulos y el cabello entornado sobre la delgada línea de sus orejas. Para cuando terminó de esculpir, cinco años después de haber comenzado, el escultor ya no era el mismo que había comenzado a trazar su obra maestra. El pelo y la barba le habían crecido, la falta de sueño erosionaba su rostro y, a juzgar por la pérdida de brillo de sus ojos, pocos o muy pocos serían capaces ya de reconocerlo.

Por un momento estuvo tentado de dejar que su ansia de celebridad lo dominara y pensó en exponer la obra al mundo entero. "Deja que la vean y la adoren por toda la eternidad -decía su conciencia de artista-, que viva en los ojos de los hombres como todas y cada una de las grandes obras que en el mundo han existido". Sin embargo, y por fuerte que fuera la tentación de la vida de la fama, el joven no se dejó vencer por la tentación. Era suya, y solo suya, era su creación y solo a él correspondía el derecho, el privilegio y el placer de contemplarla día tras día, desde que el sol despuntaba al alba y la hacía brillar ante sus ojos hasta el mismo momento en que la noche se adueñaba del solitario taller en el que había trabajado sin cesar durante tanto tiempo para dar forma a su sueño.

No fue hasta que la escultura estuvo totalmente terminada cuando el escultor comenzó a tener las más extrañas fantasías. En ocasiones soñaba que volvía al taller y allí no estaba la figura, que había escapado para conocer el mundo exterior que él le negaba día tras día. Otras veces caminaba por una calle repleta de gente desconocida y allí estaba ella, andando en medio de la multitud cubierta únicamente su fina tela de pliegues caprichosos. A veces el sueño adquiría tintes de pesadilla cuando se encontraba recorriendo callejones oscuros en su busca, siempre perdida, siempre ausente, siempre fuera de su alcance. Por ello cada mañana, nada más levantarse, corría como un loco hasta el estudio para comprobar que allí seguía, hermosa y radiante como la primera vez que la contempló terminada. Pasaba horas abrazado a ella, temiendo la llegada de la noche y la segura marcha de aquella fugitiva de los sueños.

Cuentan que un día el escultor se despertó y cuando fue a contemplar a la estatua esta ya no estaba allí. El vacío de pronto se hizo insoportable. Desesperado, el artista creyó que había sido robada y lo denunció a la policía, y llamó a todo el mundo conocido, amigos, profesores y familiares, y a todos ellos les contó la historia de una escultura que nadie había visto jamás, y a todos ellos dijo que era una obra maestra que algún ladrón o rival habría sin duda robado de allí para poder contemplarla en el silencio de algún otro lugar parecido a aquel, vista y adorada por toda la eternidad, viva en los ojos de aquellos malvados hombres como ninguna de las grandes obras que en el mundo habían existido, pues solo existían para ellos y para nadie más.

Lo tomaron por loco. Pasaron los días y quedó solo de nuevo en su estudio. Entonces se arrepintió de no haber tomado fotografías del proceso o del resultado, de no haber dejado nada más que a sus ojos la contemplación de la estatua cuyo rostro, conforme pasaban los meses, se iba volviendo cada vez más y más difuso. Solo acudía a él su recuerdo, vago y cubierto por la niebla de la memoria, en esos sueños, en los mismos en los que él anticipó su marcha.

Fuera como fuese siempre al final de todos ellos, ya fueran sueño o pesadilla, ella alzaba la mirada al cielo y el viento ondeaba sus cabellos. Y él podía sentir cómo el aire entraba a través de sus pulmones y era exhalado, libre y puro como aquella silueta dibujada a contraluz, en perfecta sintonía con la mirada de esfinge de aquellos ojos verdes que, igual que la había visto nacer, la veía ahora caminar en libertad por un mundo nunca antes visto, oído o imaginado, pero que hacía suyo a cada paso, a cada nueva brizna de aire que recorría aquella figura esculpida en el sueño de un dios de mármol.



martes, 26 de mayo de 2015

El otoño sin cimiento...




No he dejado de sentirme solo
desde el día en que te eché de mi lado,
desde aquel infausto día grabado
en el eco del cántico de Eolo.

Tu imagen vuelve a mí sobrecargada
de recuerdos que no puedo evitar,
desde aquel primer brillo del mirar
al primer beso en la noche estrellada,

el verano cálido de oro en la era,
la distancia en las nieves del viento
y al fin tu abrazo dulce en primavera.

Ahora vivo un otoño sin cimiento,
con la conciencia hundida en la frontera
de la culpa y el peor remordimiento. 

lunes, 25 de mayo de 2015

2001: Una odisea de contrastes



Hace un par de semanas tuve ocasión de leer, con fruición y como hacía tiempo que no me pasaba, la versión literaria de 2001: Una odisea en el espacio. Sí, me he expresado correctamente: la versión literaria. Sé de sobra que el relato de Arthur R. Clarke es el original, y que sobre él adaptó Kubrick su inmortal clásico de 1968, pero a diferencia de lo que me ha ocurrido en muchas otras ocasiones, en este el referente de verdad es el cinematográfico.

Son tantos los casos donde la literatura ha demostrado ser claramente superior al cine que no sabría ni por dónde empezar. Dando por sentado que son dos lenguajes muy diferentes y que cada uno de ellos puede aportar valores distintos, siempre he preferido el ambiente creado por las novelas, su magia para transportamos de manera profunda al ambiente creado por el narrador, algo que muy pocas películas consiguen por evidentes razones de limitación de tiempo, y que muchas veces no puede sino quedarse en esa superficie que la novela puede penetrar con todo lujo de detalles. 


Bueno, pues en este caso y para mi gran sorpresa, me ha sucedido todo lo contrario. Desde el momento de comenzar a leer 2001, tenía la sombra de la película demasiado presente. Por mucho que intentara abstraerme de ella, el eco de sus poderosas imágenes, su capacidad de evocación y la fuerza de sus diálogos resonaba aquí, sobre el papel, pero sin el mismo brillo, la misma intensidad o la misma capacidad de seducción. Lo que en la pantalla era siempre un hipnótico conjunto de elementos a cual más fascinante, aquí en el texto me resultaba una narrativa demasiado plana, técnica y neutral como para dejarse seducir lo más mínimo. Sí, la historia es la misma, como lo son sus personajes y buena parte de sus diálogos, pero ni la tensión narrativa es comparable, ni el exceso de detalles ayuda en absoluto a crear esa atmósfera de misterio que rodea cada uno de los planos de la versión en celuloide.

Considero que fue un acierto, por parte de Kubrick, no dar demasiados detalles sobre el argumento de la cinta. Puede que eso haga que haya ciertos momentos excesivamente crípticos y que una parte importante del público potencial se pierda, sobre todo en el último tercio de la obra, pero es que lo del relato de Clarke es para echarse a temblar en algunos momentos. El primer acto de la obra, protagonizado por los simios pre-homínidos, no deja absolutamente lugar a dudas de lo que está sucediendo, con demasiados detalles sobre el pensamiento del protagonista y no menos prolepsis sobre hechos que deberíamos descubrir posteriormente. La intervención del monolito es demasiado evidente, con esos rayos más propios de un relato de fantasía que del género que esta obra precisamente ayudó a acuñar.



A partir de ahí, el segundo acto se toma una eternidad para relatar el despegue de la nave que llevará a un científico a la base de la luna. Es realmente aburrido, porque no hay nada más que descripciones técnicas sobre aspectos que fascinarán a los ingenieros, sin duda, pero que a mí me provocaron bostezos más sonoros que los 12 minutos de Danubio Azul de la película.

Y en cuanto al viaje en sí, hubo una sensación francamente molesta en torno al personaje de HAL-9000. Para mí se trata de una de las creaciones más perversas, inteligentes y acertadas de la historia del cine en cuanto a villanos se refiere, con ese ojo inexpresivo que parece que todo lo controla, incluso los pensamientos y emociones de los protagonistas. Aquí, en cambio, su repentino cambio de comportamiento se produce demasiado deprisa, como con demasiada celeridad tienen lugar los acontecimientos que llevan a su desconexión, un momento demencial en la película que aquí llega en un suspiro y deja al bueno de Bowman, el último superviviente de la expedición, demasiado tiempo solo antes del final del libro.



Respecto al final... solo puedo decir que me llevé una sonora decepción. Lo que en la película se convierte en un viaje astral de proporciones épicas aquí es un paseíto donde todo está demasiado explicado, demasiado masticado. La llegada a la sala creada por las formas de vida extraterrestres para Bowman, que en la película me dejaron sin habla, aquí se solventan en media página para pasar, sin más dilaciones a un bochornoso retorno de Bowman a la tierra donde se especifica exactamente cuál es su nueva condición.

En definitiva, creo que estoy ante una de las pocas ocasiones en que, ante la diatriba entre libro y película, recomendaría no solo la segunda a la primera, sino únicamente la segunda. No dudo de los méritos de Clarke a la hora de crear la historia, y seguro que el libro tiene gran cantidad de detalles que lo han convertido justamente en el clásico de la ciencia ficción que es hoy en día. Sin embargo, la película 2001: Una odisea del espacio es un hito en la historia del cine, más allá de su género concreto, una obra maestra que perdura como lo más genial de su genial director, y como una de las cumbres del cine de todos los tiempos, y eso es algo que, después de comprobarlo en mis propias carnes, no se puede decir ni muchísimo menos del libro en el que está basada.







sábado, 16 de mayo de 2015

La canción olvidada



Después de varios meses en aquella remota isla, comencé a acostumbrarme a la calma del lugar. La angustia de no saber quién era o por qué estaba allí dio paso a una extraña indiferencia, a lo que contribuía aquel extraño clima de silencio que lo envolvía todo. Ante la falta de apoyos externos en los que confiar, la soledad había agudizado mis sentidos y mi conciencia hasta el punto de que tenía la sensación de ser una especie de receptor universal de estímulos. Mi oído captaba hasta el menor crujido de la palmera más lejana, mi vista había afinado el contorno del horizonte y mi tacto era ahora capaz de percibir hasta el menor detalle de cada objeto que tocaba o pisaba, la rugosidad más leve al contacto de los dedos, la suavidad más perfecta al contacto de los pies sobre la arena de aquellas playas de ensueño. Haberme perdido allí se había convertido, irónicamente, en el primer paso para encontrarme de nuevo.

En mis largos paseos y exploraciones por las playas y bosques, una serie de reflexiones sobre mi pasado acudieron a mí de la forma más inesperada. Cada nueva situación ante la que me enfrentaba, como saltar desde una cascada para alcanzar un saliente, cruzar a través de angostas cavernas y cañones en las cimas del noroeste o trepar decenas de metros sobre el suelo para alcanzar puntos de referencia que me orientaran eran acciones que jamás hubiera realizado en mi anterior vida. Lo que allí hubiera sido sinónimo de locura o temeridad aquí era una acción necesaria, casi propia de aquella extraña rutina isleña en la que me había visto inmerso a la fuerza.

La primera noche en la isla, recuerdo perfectamente la angustia que sentí por el hecho de no tener a nadie cerca con quien compartir mi miedo. Estaba aterrado ante la posibilidad de tener que enfrentarme a una supervivencia incierta, sin los recursos ni la preparación que una tarea así requería. No obstante, y a pesar de haber llovido con intensidad durante toda la noche y buena parte de la madrugada, el cielo amaneció limpio de nubes, radiante en el reflejo del sol sobre las olas, y aquello me dio ánimos para emprender aquella aventura forzada.

Las necesidades básicas de alimento y agua las solventé antes de lo que imaginaba. A poco más de tres kilómetros al norte de la isla encontré el curso de un río que aliviaría mi sed en adelante, y los frutos que había a cada paso no hacían sino descubrirme sabores que no creía posibles, pero que en cualquier caso me permitieron mantenerme en pie y afrontar nuevos retos. En cuanto a la vivienda, la segunda de mis grandes preocupaciones, la solventé de diferentes maneras según la época del año: en la estación lluviosa me refugiaba en las cuevas de los cañones, a pesar de lo engorroso que resultaba trasladar víveres hasta allí. En la estación cálida me desplazaba cerca de las playas, donde hacía chozas con los materiales que encontraba alrededor. Las primeras eran un auténtico desastre y se caían al primer soplo de brisa marina, pero la técnica fue mejorando por el sistema de ensayo y error hasta lograr algunas construcciones bastante decentes y con las comodidades justas para sobrellevar aquella estancia de una manera más que digna.

Por las tardes, bajaba hasta una de las calas del suroeste de la isla, donde las mareas eran más calmadas, y desde allí contemplaba la puesta de sol. La primera vez tuve miedo de no saber orientarme de vuelta, pero al cabo de un tiempo y ante la ausencia de cualquier forma de vida que no fuera la mía o la de aquellos peces que por fin estaba empezando a lograr pescar, saberme solo me daba una cierta sensación de seguridad, como si fuera el rey de un extraño reino donde yo mismo cumplía todas las funciones sociales y ninguna al mismo tiempo. Una noche, volviendo de la cala tras una puesta de sol que había teñido el mundo de ocre y sangre, encontré unas pisadas en la arena que no se correspondían con las mías. Comprobé el tamaño y la profundidad sobre la arena, así como el estado de la marea, y la única conclusión lógica a la que pude llegar es que debían pertenecer a otra persona. Traté de seguir su rastro, pero este se perdía en los primeros árboles que había nada más terminar el último risco de la playa. Fue la última vez que vi la puesta de sol desde aquel privilegiado lugar.


Puede parecer extraño que llevara la cuenta de los días de la semana desde que estaba allí, pero era una forma de sentir que estaba todavía formando parte de una realidad más grande que la de mi isla. Desde mi llegada habían pasado diez meses, seis días y doce horas, y la noche en que descubría las huellas fue un jueves, 14 de mayo. Por ello, decidí llamar Jueves al extraño visitante, ya que darle un nombre me sirvió para otorgarle una cierta identidad a aquellas marcas sobre la arena, hacerlas corpóreas de algún modo.

Lo que nunca imaginé es cómo de pronto aquel descubrimiento cambiaría por completo mi forma de estar y de sentirme en la isla. Ya no pensaba en ella como mi isla, de hecho, sino como un lugar compartido en el que alguien más tenía la necesidad, como yo, de encontrar víveres y agua, refugio y consuelo a su soledad en el templo de sus propios pensamientos. Y aquella sensación se volvió tan esperanzadora que por poco no me dieron ganas de ponerme a cantar y a bailar, olvidadas canciones de mi infancia que trataban de la vida como un camino compartido por el que merecía la pena vivir.

Mi primer encuentro con Jueves no fue, desde luego, como hubiera imaginado. Había tomado la decisión de capturar algunas aves con el objeto de domesticarlas y convertirlas en el canario de mi particular mina en caso de que el intruso se acercara a mis territorios o quisiera apoderarse de mis pertenencias, que por seguridad trasladé a la cueva más profunda y difícil de acceder de todo el cañón. Había construido una pajarera capaz de albergar cómodamente a tres aves de tamaño medio, y ya había capturado dos de ellas, unos hermosos tucanes negros
de pico moteado. El tercero lo encontré subido a una rama, con unos brillantes ojos observando atentamente todo lo que se movía a su alrededor. Acostumbrados a mi presencia, muchos de ellos me dejaban pasar sin modificar su conducta salvo que me acercase demasiado, pero aquel estaba inquieto, como si hubiera detectado que algo no iba bien. Miré hacia los arbustos que el tucán observaba sin parar, y allí estaba Jueves, tendido sobre el suelo.

Durante unos instantes, fue como si la jungla hubiera acallado todas y cada una de sus particulares voces. Solo tenía ante mí el cuerpo de Jueves, deshidratado y con evidentes síntomas de desnutrición. Era difícil calcular su edad, en parte por el cabello y la suciedad que recubrían su rostro. Tenía que darme prisa. Dejé la pajarera en el suelo y cargué con su cuerpo hasta el refugio de la cueva, tarea que me llevó prácticamente todo el día, ya que Jueves era más grande que yo y la distancia era considerable. Para cuando llegué, la tarde fundía sus últimos rayos con las olas del horizonte. El cuerpo de Jueves estaba frío, así que hice una hoguera que tuve que improvisar allí mismo. Calenté algo de pescado y mientras tanto lavé cuidadosamente su rostro, brazos y torso, descubriendo heridas aquí y allá. Solo logré que comiera algo de pescado entre sueños y pesadillas, aunque por suerte parece que ni ellos pudieron con una sed que me dejó casi sin provisiones. Después de eso cayó presa de un profundo sueño.

Durante las siguientes dos semanas, mi rutina cambió por completo en función de Jueves. Todos los días me desplazaba al otro extremo de la isla, de donde traía comida y agua en una especie de mochila que fabriqué de manera rudimentaria. También había elaborado una sábana cosiendo retales de mi antigua ropa, que algo hacía contra el frío de la noche. Y aunque me costaba horrores lograr que Jueves comiera, poco a poco fue recobrando el apetito y las fuerzas. La primera vez que abrió los ojos en mi presencia se llevó un susto tremendo, pero sus escasas energías le impidieron llegar muy lejos. Con el paso de los días se acostumbró a mi presencia e incluso sonreía al verme, tras haber llegado a la conclusión de que no quería hacerle daño.


Por sus rasgos físicos, deduje que podía pertenecer a una raza autóctona de la zona en la que me encontraba. A diferencia de mi piel y mi constitución, pálida y débil, la suya era morena y fuerte, aunque mermada por la falta de alimentos. Tenía un tobillo bastante magullado por lo que sus movimientos eran bastante limitados, pero poco a poco logró ir apoyando y, con ayuda de un bastón que fabriqué hecho a su medida, pudo apoyar. No hablábamos el mismo idioma, pero pude sentir un agradecimiento infinito en las palabras que me dirigió el día en que, por fin, ambos salimos de la cueva por nuestro propio pie. 

No volví a ver a Jueves durante un tiempo. A pesar de que la isla era relativamente pequeña y que, de cuando en cuando, creía sentir su presencia, me hice a la idea de que prefería llevar su vida por su cuenta. En parte me sentí mal, como si todo lo que había hecho por él mereciera al menos algo de compañía de cuando en cuando. Llegué a pensar incluso que no valoraba semejante esfuerzo por mi parte, pero nada más lejos de la realidad.

La tarde del día en que se cumplía un año exacto de mi llegada a la isla, comencé a escuchar un extraño sonido, como el de una tuba. Guiado por su intermitencia, llegué hasta una playa que nunca había visto antes. Allí estaba Jueves, de pie y sonriente ante aquello que había ocupado su esfuerzo durante tantos días: un bote, con una gran vela y provisiones para varias semanas cargadas en el compartimento de popa.

Aquella fue la última vez que vimos el sol ponerse tras el horizonte en la isla. El bote clavó su diente en el agua y comenzó a navegar hasta que, en apenas unos minutos, todo rastro de aquel lugar quedó borrado por las olas. Por un momento me sentí desanimado, pero entonces Jueves comenzó a cantar, una olvidada canción de su infancia que trataba de la vida como un camino compartido por el que merecía la pena vivir.


domingo, 10 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 2)


Nostalgias sin demasiada utilidad al margen, y si se mira seriamente el asunto con algo de perspectiva no habrá mucha dificultad en ver que, por encima de todo, La guerra de las Galaxias ha sido, es y será siempre una inmensa máquina de hacer dinero. Al margen del mayor o menor equilibrio y frescura de su primera trilogía, de los mayores o menores aciertos de aquel desbarajuste que fue la trilogía de precuelas entre 1999 y 2005, el único análisis posible a la hora de evaluar esta franquicia ha sido, es y será siempre el del dinero. Y en ese sentido, el éxito ha sido tan indiscutible, no solo por los datos en taquilla, que también, sino por ese fabuloso concepto capitalista que es el merchandising, que lo raro era que Star Wars permaneciera en el limbo de los justos. Esta gallina tenía que moverse para producir más huevos de oro, y vaya si lo ha hecho.

La adquisición de Lucasfilm por parte de Disney hace ya tres años fue todo un golpe de efecto en la industria de Hollywood, y puso sobre la mesa una nueva realidad a la que nos tendremos que acostumbrar en los próximos años, como es la presencia, casi anual, de películas y todo tipo de productos relacionados con esta franquicia. La invasión ya ha empezado, pero para el estreno del Episodio VII: El despertar de la fuerza, será algo imparable.

En cuanto a la película, no hay mucho que decir. Tanto el avance publicado hace meses como el tráiler oficial que apareció hace un par de semanas nos dejan ver realmente poco de lo que nos aguarda. La presentación de algunos personajes nuevos y el retorno de otros clásicos, como Han Solo o Chewbacca, nos hacen presagiar un complejo equilibrio donde estos deberán dar paso a aquéllos para hacer que la transición generacional sea todo lo suave que se pueda. Que nadie va a quedar contento ya se lo digo yo, al margen de lo que haga el nuevo director (J.J.Abrams). Y sí, es cierto que muy mal tendría que hacerlo para bajar el listón más de lo que ya lo dejó George Lucas con sus últimos "intentos" como director galáctico, pero insisto en que aquí lo de menos va a ser la cinta. Lo que importa es que la máquina de hacer churros ha vuelto a activarse. 

A diferencia de lo que me ocurrió en la anterior ocasión, donde me dejé llevar por la nostalgia y la expectativa de presenciar algo especial, aquí voy a rebajar el nivel al cero absoluto. Ni me dejo llevar por la emoción de los nuevos actores, que no me parecen mejores que el casting del Episodio 1 sobre el papel, ni el trailer con sus fastuosos efectos y su banda sonora añeja me levanta ceja alguna. Veamos la película y opinemos después, y ya veremos si las piezas que aquí se van dejando apuntadas encajan luego como deberían. Yo me temo que no será así, pero no sería la primera vez que me equivoco, así que...

Sí hay algunos detalles que he visto que no me gustan absolutamente nada. Para empezar, el fetichismo y la dependencia de la trilogía original que se apunta aquí, y que tanto lastró el desarrollo de las precuelas, por paradójico a nivel argumental que pueda parecer que el futuro determine el pasado. Esa imagen de la máscara de Darth Vader chamuscada huele a detalle fanboy para que los frikis de turno lloren lágrimas de cocodrilo, pero a nivel argumental es, de puro macabro, insostenible a nivel argumental. ¿Se imaginan ustedes a Luke cogiendo la cabeza de su padre, fundida con el casco del señor oscuro, y llevándosela a su casa como un alegre recuerdo para poner encima de la chimenea? Venga ya...

Miedo me da también, y del bueno, ver lo degradado que está el pobre Harrison Ford, lo que me hace temer una especie de trauma al ver en lo que se habrán convertido Mark Hamill y Carrie Fisher. Es tan fuerte la imagen que tenemos de ellos de la trilogía clásica que no sé hasta qué punto nos va a dar auténtica lástima ver cómo el paso de los años ha dejado una huella terrible en ellos. Desde luego, a mí me dio vergüenza ajena ver al contrabandista junto a su peludo amigo, rememorando su imagen clásica de la primera película, otro guiño al fetiche porque sí que me huele será solo el preludio de una larga y lamentable historia de guiños sin sentido. 

Respecto al villano de la película, un tal Adam Diver al que ya se le ha podido ver disfrazado de Sith y luciendo una absurda espada en forma de crucifijo láser, espero que tenga mejor suerte que los últimos intentos de la saga por darle un villano a la altura de Vader. Menos mal que aquella estúpida idea de clonarlo no llegó a buen puerto, que si no... En cualquier caso, y como decía antes, prefiero esperar a ver el resultado final antes de sacar conclusiones, aunque lo visto hasta ahora no promete más que nuevos dramas estelares en mi ya magullada memoria.

Total, que salvo por esos planos donde el Halcón Milenario vuelve a surcar los cielos y las estrellas, o ese fabuloso plano en que un destructor espacial yace hundido sobre la arena de un planeta desértico, todo lo que hasta ahora sabemos de la nueva trilogía me conduce a pensar que, de nuevo, se intenta vivir de un legado demasiado maltrecho, y que esto va camino de repetir el fenomenal éxito de todas y cada una de las películas precedentes, junto con el aluvión comercial que nos aguarda, que promete ser de aúpa y muy señor mío.

Sea como fuere, a mí ya no me venden más motos. Por más que me traigan a las versiones octogenarias de mis héroes de otros tiempos, el problema está en que esos tiempos se fueron ya para no volver, y labor inútil es tratar de recuperar su eco. Todo esto no son más que sombras de un pasado  más original y fresco que, por desgracia, siguen haciendo millonarios a sus (ir)responsables mandamases. La que nos espera.




martes, 5 de mayo de 2015

Héroes de otros tiempos (parte 1)




La infancia es el espacio donde aún la realidad no ha mostrado plenamente sus coordenadas y donde, por tanto, se pueden establecer puentes a una ficción ilusionante ya sea en forma de cuentos, mitos o leyendas. Es una época fascinante donde el aprendizaje sobre el mundo se hace en forma de parábola, de aproximación a través del juego, la imaginación o la fantasía, un espacio donde cabe casi cualquier elemento siempre que sirva a ese fin mayor de toda buena historia: disfrutar y, al mismo tiempo, darnos herramientas para encarar el futuro con mayor conocimiento de causa.

De todas las historias con las que crecí hay una, en forma de trilogía cinematográfica, que se me quedó grabada de una manera indeleble. Al margen de su mucha o poca calidad objetiva, que aquí para eso están los gustos y las edades, lo cierto es que La guerra de las galaxias ha ejercido siempre en mí un extraño poder de evocación mítica, como ha sucedido con tantos millones de espectadores de muy distintas generaciones desde el estreno de la primera película, allá por 1977. Hay algo en esa historia de héroes y princesas, de malvados hasta la médula y contrabandistas carismáticos que hace que siempre que la revisito me haga volver a ese espacio de la infancia que ya queda cada vez más lejos.

El universo creado por George Lucas se apoya en las bases del relato clásico, con su estructura de caída y redención del héroe trágico, la tutela del sabio y el ascenso hasta la cima del héroe épico. Cuenta con los elementos imprescindibles para alcanzar un guión solvente, plagado de diálogos memorables y personajes que logran atrapar al espectador, y todo ello está envuelto por la factura técnica más impresionante vista hasta entonces, una de sus señas de identidad sin lugar a dudas, y que tienen en las espadas láser o las batallas de naves espaciales dos de sus baluartes más significativos. Todo ello, unido a una producción impecable que nos lleva a mundos desconocidos y, sin embargo, reconocibles en desiertos, parajes helados o bosques impenetrables, es suficiente para armar la estructura de un relato en tres partes donde cada nuevo episodio aporta y no se limita a repetir el más grande, más alto y más fuerte.

Para mí, la gran baza de esta saga ha estado, al margen de sus efectos visuales, en sus maravillosos personajes. Tanto los principales (Han, Luke y Leia) como la inolvidable galería de secundarios encabezados por Darth Vader, el villano más asombroso que ha dado la historia del cine, son capaces de sostener la función y de empatizar con cualquier clase de público. Sus idas y venidas, sus acertadas bromas en los momentos menos oportunos y la sensación de que hay química hasta con el más insignificante extra es algo difícil de ver en otras superproducciones de corte similar, un trabajo al que contribuyó de manera decisiva Lawrence Kasdan, que tomó la batuta de guionista a partir de la segunda entrega y no la soltó hasta dejarnos a todos con la boca abierta en su impresionante final. Si bien es cierto que únicamente Luke trasciende la categoría plana que asola al resto, es más que suficiente para llevar de la mano al espectador por toda una galería de escenarios asombrosos que culminan en ese laberinto emocional que es la sala del trono del emperador.

En cualquier caso, no es únicamente la recuperación de la infancia lo que me aporta seguir viendo, cada cierto tiempo, la trilogía original: cada nuevo visitando me aporta una valoración diferente, con el tiempo. Si bien aprecio el sentido del humor y la frescura de la primera película, que tiene el mérito de sentar buena parte de las bases principales de la saga, es sin embargo en El imperio contraataca donde siento que me tiemblan las entrañas. Para mí, que he tenido siempre en lugar sagrado la relación paterno-filial, la historia de desencuentro entre Darth Vader y Luke Skywalker ha sido siempre una fuente de inspiración trágica, una reflexión sobre el destino y las decisiones, un camino de soledad donde la sombra del progenitor se alza, a un mismo tiempo amenazante y protectora. La épica explícita en cada uno de los pasos del héroe hacia su enfrentamiento final, en las mejores secuencias de El Retorno del Jedi, son para mí un punto culminante del cine de aventuras y me devuelven algunos de los mejores recuerdos de mi infancia.



Casi todos los elementos de esta trilogía, con honrosas excepciones, me han parecido siempre soberbios: desde un diseño de producción impecable y absolutamente renovador en la época, unos efectos visuales solventes y unas ideas fabulosas en cuanto a la caracterización de personajes clásicos de la cultura popular, como los ya citados o Han Solo, Yoda, Chewbacca o Boba Fett. Momentos como la batalla de Hoth, el aprendizaje en Dagobah, los duelos de espada láser o la espectacular batalla de Endor son para mí sinónimo de entretenimiento puro y duro, auténtico festín audiovisual al que la partitura de John Williams no hace sino agrandar aún más con temas tan soberbios como la marcha imperial, el tema de la fuerza o la fanfarria inicial, con la que todo el fan que se precie llora de emoción nada más escuchar sus primeros acordes.

Cuando era pequeño, adoraba también elementos que ahora me parecen más cuestionables, como esos adorables peluches llamados Ewoks o el sentido del humor que se establecía entre los androides C-3PO y su inseparable R2-D2, concesiones al público infantil que, sin embargo, y visto lo que han hecho entregas posteriores, me parece casi cine adulto. Hay elementos de las historias apenas sostenibles, como esas estaciones de combate que siempre tienen puntos débiles al alcance de los menos espabilados o esos soldados de asalto que, por imponentes que sean sus trajes, no serían capaces de acertar a un elefante aunque lo tuvieran a menos de un metro de distancia. Nada serio, ni demasiado grave, ni capaz de empañar, en cualquier caso, todas y cada una de las muchas virtudes que han hecho de la trilogía clásica el referente de culto del cine de aventuras y fantasía espacial que es en la actualidad, y al que se intenta volver sin éxito una y otra vez.

Qué duda cabe que este tipo de cine ya no tiene sentido en la época actual. Cada vez que he intentado hablar de narrativa con el ejemplo de cualquiera de estas tres películas, la reacción de mis alumnos ha sido siempre desastrosa: no soportan el lento ritmo de sus historias, se abochornan con la mayor parte de efectos visuales y no paran de quejarse de la falta de explosiones y senos turgentes, que es lo que se lleva ahora. Algo de eso debió pensar el bueno de George Lucas cuando en 1997, y de manera inexplicable, pensó que lo mejor que podía hacer con sus siguientes diez años era dedicarlos a una nueva trilogía. De esa, por suerte, nos ocupamos en la próxima entrega, si les parece bien. No es bueno manchar a los héroes de otros tiempos con las barrabasadas posteriores (o anteriores, según cómo se mire).



domingo, 3 de mayo de 2015

Darkness



He pasado tanto tiempo bajo tierra
que supongo que mi vista se adaptó
a la carencia de luz.
Quedé
cubierto por la oscuridad,
cubierto por la oscuridad.

He estado esperando,
siempre esperando a algo nuevo.
La felicidad siempre se terminó
en un parpadeo efímero,
no había nadie presente,
nadie presente.

No importa realmente dónde comenzó todo.
Todo lo que sé
es que quedé
cubierto en oscuridad,
cubierto en oscuridad.

Siempre me pregunté por qué nunca pude conectar
aunque mis ojos estuvieran abiertos,
puedo retener tu mirada
pero nunca hubo conexión,
nunca la hubo.

Soy famoso por mi generosidad.
Dicen que soy el más amable
pero es más fácil
dar que recibir amor,
dar que recibir amor.

No importa realmente dónde comenzó todo.
Todo lo que sé
es que quedé
cubierto en oscuridad,
cubierto en oscuridad.

Pasando páginas,
huyendo a ninguna parte
y qué difícil tomar el control
cuando tu enemigo es más viejo y te teme,
cuando el monstruo del que estás huyendo
es el monstruo que hay en tu interior.

Mejor aferrarse al amor,
mejor aferrarse al amor,
el cambio vendrá.

No importa realmente dónde comenzó todo.
Todo lo que sé
es que quedé
cubierto en oscuridad,
cubierto en oscuridad.

No importa realmente dónde comenzó todo
porque todo lo que sé
es que estaba perdido,
estaba perdido.

No importa realmente dónde comenzó todo.
Todo lo que sé
es que estaba perdido.

Me siento perdido...



(Libre traducción de Darkness, de Darren Hayes)


jueves, 30 de abril de 2015

Cinefórum (44): The Imitation Game



Toda guerra tiene sus héroes, y si películas como Salvar al soldad Ryan (1998) nos mostraba el lado más físico de la Segunda Guerra Mundial, The Imitation Game hace lo propio con los héroes del servicio de inteligencia británico, que con sus laboratorios por trincheras lograron descifrar la máquina de codificación de mensajería más compleja creada hasta entonces por el ser humano. Y a diferencia de anteriores versiones cinematográficas, como la olvidable Enigma (2001), la cinta de Morten Tyldum se mantiene mucho más fiel a los hechos históricos, colocando a Alan Turing como el protagonista absoluto de una historia que gravita en torno a su compleja personalidad, sus dificultades para relacionarse socialmente, su arrogancia intelectual y, por supuesto, su genialidad.

La cinta está protagonizada de principio a fin por un inconmensurable Benedict Cumberbatch, que ya no necesita carta de presentación después de haber hecho auténticas virguerías interpretativas con su particular versión de Sherlock Holmes y haber protagonizado una veintena de películas en los últimos cinco años, en manos de los directores más importantes del panorama internacional. Estamos ante un auténtico todo terreno, capaz de meterse en la piel de Julian Assange, del dragón Smaug, de Khan el terrible o de Alan Turing con idéntico gusto por el detalle y un talento arrollador.

En el caso que nos ocupa, el personaje de Turing está recreado de manera fervorosa, mostrando una cantidad de matices, contradicciones y una contención que, paradójicamente, no encuentra más réplica que la de su propia versión juvenil, interpretada por un impresionante Alex Lawther. Y eso que el resto del reparto es de campanillas, con Mathew Goode, Keira Knightley, Mark Strong o el siempre magnífico Charles Dance en los papeles claves de una cinta algo irregular en su estructura pero que mantiene el interés en todo momento y dosifica bien la tensión, la emoción y el desarrollo de los sucesos históricos que representa. Teniendo en cuenta que toda la acción transcurre en las salas de los laboratorios del MI6 y el ejército británico, tiene bastante mérito poder transmitir dicha intensidad bélica tan lejos de las trincheras, pero así es, y es sin duda uno de los grandes aciertos de la película, junto con su conjuntado reparto.

Donde tengo más dudas es en una estructura narrativa que oscila, en ocasiones de manera algo caprichosa, entre las líneas de los años 20 (juventud de Turing), 40 (episodio de Enigma) y 50 (interrogatorio policial). Es evidente que el centro de atención está en la construcción de la máquina y que todo lo demás, tanto la infancia como la madurez del matemático, están puestos para completar dos episodios clave de su biografía alejados del central. Ahora bien, hay toda una subtrama relacionada con el trato que le dio la justicia a Turing, así como a decenas de miles de ciudadanos británicos desde 1885 hasta 1967, a los que hacía elegir entre la prisión o la castración química debido a su homosexualidad, por la que la película pasa literalmente de puntillas y se conforma con una mera addenda oculta entre las referencias rimbombantes a los años de guerra que evitó y los millones de vidas que salvó Turing gracias a su invento. Dado que el perdón real a título póstumo de 2013 y las reediciones de The Imitation Game, el libro del matemático que también da título a la cinta que nos ocupa, fueron la causa última de este homenaje, me parece que queda incompleto a todas luces ante la falta de ojo crítico en este episodio final.

Con un final abrupto, el poder y la garra que hasta entonces había mostrado la cinta se diluye más de lo que debería, haciendo que la cinta no pase de ser otro de esos biopic para mayor gloria del actor que encarna el perosnaje principal, pero que no logra alcanzar todo su potencial por la falta de valor de un director al que, me temo, este proyecto le venía grande. Qué lástima, porque posee muchas y buenas virtudes en tantos otros aspectos que, a pesar de todo, hace que siga siendo muy recomendable.


miércoles, 22 de abril de 2015

Romance de la noche y la luna



El oro se perfilaba en su nuca,
cadena de libertad sobre ébano,
geografía nocturna que en vano
rielaba Selene al alba caduca.

Su sonrisa era marfil en el tiempo
de las almas al calor del abrazo,
y volcanes sus ojos al regazo
de la mirada cómplice del viento.

La noche estrechó el cerco a la luna
y ambas se cortejaron sin rubor
hasta quedar fundidas, una a una

en un inmenso abrazo redentor
que a una libró, al fin, de ser ninguna,
y a otra mostró, al fin, qué era el amor.

domingo, 29 de marzo de 2015

El disco del mes: Reckless (1984)


De muchos artistas y grupos musicales se ha dicho que en algún momento de su carrera publican un disco "imperial", algo así como un grandes éxitos anticipado donde dan las claves esenciales de su estilo e incluyen tres, cuatro o cinco canciones esenciales en su discografía. Suelen ser sus discos más vendidos (no necesariamente los mejores), los más recordados por su público y los más demandados en sus conciertos. Sin duda, en el caso del cantante canadiense Bryan Adams, Reckless sería el perfecto ejemplo de ello.

Publicado en noviembre de 1984, el disco sirvió para lanzar la carrera internacional de Adams y, especialmente en el mercado americano, afianzarlo como un valor seguro en una época plagada de estrellas consolidadas. Hasta ese momento, el cantante canadiense había obtenido un tímido reconocimiento en su tierra natal con sus discos Bryan Adams (1980), You want it, you got it (1981) y, especialmente, Cuts like a knife (1983), donde se había afianzado un estilo más insistente en guitarras y percusión, cercano al pop-rock que haría furor en aquella década.

Los artífices de aquel proyecto, que se llevó a cabo en un turbulento proceso que siguió a la gira promocional de Cuts like a knife, fueron Jim Vallance, el productor Bob Clearmountain y el propio Adams. A ellos corresponde el mérito en la composición y elaboración de las canciones, muchas de ellas reescritas hasta la saciedad al no ser del todo de su agrado en sus primeras versiones. Tan agotador fue el proceso que a mitad Adams necesitó tomarse un mes de descanso para oxigenar sus ideas. Por primera vez, y no sería la última, Adams recurrió a una de sus muchas amistades en el circuito musical para crear un dueto sobre el que cimentar el éxito del disco. Así, tras el parón obligado por el cansancio, el canadiense se presentó nada menos que con Tina Turner, todopoderosa en aquellos primeros 80, con la que grabó el clásico It's only love, que se convertiría en el último de los seis singles que promocionaron el disco a lo largo de todo 1985.



Antes de él irían el fenomenal Run to you, que abrió el camino y fue el primer número 1 del artista en Estados Unidos, Somebody (también número 1 en Canadá y Estados Unidos), la balada Heaven, el himno generacional Summer of 69 y, unas semanas antes del dueto con Turner, One night love affair. En total, más de 12 millones de copias del disco lo convirtieron en el disco más vendido en la historia del cantante y en uno de los grandes éxitos de aquella temporada, haciendo de Adams una presencia permanente en MTV y en todos los grandes eventos de la época, como el concierto Live Aid de aquel mismo año.

A pesar de que Adams competiría consigo mismo algunos años después con el monumental éxito de Waking up the Neighbours y aquel inmortal Everyhting I do que permaneció 14 semanas como número 1 en todo el mundo, Reckless permanece como su disco más redondo, y el que mejor define el estilo de un rock sencillo y accesible para todo tipo de público. Las críticas a Adams por la pobreza de buena parte de sus letras, algo innegable, suelen tener poco en cuenta el nivel medio del pop/rock de aquellos años, donde buena parte de la escena musical trataba de adaptarse a una década rica en sintetizadores y pobre en personalidad propia. Adams logró hacerse con un estilo que marcaría todos sus lanzamientos posteriores, que logró enganchar con el público joven y el adulto casi con igual entusiasmo sin necesidad de las filigranas mediáticas de otras grandes estrellas del momento. 



Buena parte del éxito radicó en la personalidad del cantante, alejado de las manías y divismos propios de una industria centrada en crear un star system tan propio como artificial. Como ha declarado en numerosas entrevistas, él era muy consciente de la fugacidad de aquel momento, de la condición transitoria de aquel éxito que le había llegado de manera inesperada. A pesar de que aún le quedaban muchos éxitos en su trayectoria musical durante los años 90, la estrella de Adams declinaría progresivamente conforme se entraba en el nuevo siglo y ha quedado ahora reducida a una vieja gloria que, 30 años después del fenomenal lanzamiento de Reckless, reedita ahora el disco con una edición especial que incluye seis temas descartados (entre ellos el que daba título al disco, toda una joya para los fans del artista), un concierto de 1985 en el Hammersmith Odeon y, en su edición especial, algunas versiones remasterizadas de temas del disco y material fotográfico de conciertos del tour que sirvió para promocionar el disco.

No hace falta decir que la vigencia del disco es muy relativa. La escena musical ha cambiado tanto en estos últimos 30 años que Reckless (special edition) es más un regalo para los fans de toda la vida que una oportunidad de hacer que nuevas generaciones descubran a este artista. Los nuevos modos de la industria, los nuevos rostros creados para la ocasión y el sonido de 2015 tienen poco o nada que ver con el de aquel lejano 1984/1985 en el que este álbum se destapó como una de las sorpresas más agradables del momento. No hay más que escuchar uno de los últimos singles del propio Adams, Tonight in Babylon (2012), para comprobar lo poco que incluso Adams tiene ya que ver consigo mismo, o con el que fue una vez.


Cervantes y la osamenta perdida



En cierta ocasión viajé a Inglaterra con una amiga que tenía un curioso mapa lleno de referencias a cementerios. No pude menos que preguntarle el motivo de tan macabro listado, y me respondió que en aquellos lugares estaban enterrados ciertos escritores a los que ella profesaba una gran admiración como lectora. Así, en los días siguientes, una de nuestras paradas obligatorias en cada ciudad que visitábamos era la de la tumba de tal o cual novelista, poeta o dramaturgo, donde mi amiga hacía la foto de rigor y guardaba un respetuoso minuto de silencio.

Sin ánimo de menospreciar en absoluto tan curiosa iniciativa, ya que mi amiga era lectora devota y conocía al dedillo versos enteros, párrafos y diálogos de todos aquellos escritores, sí es cierto que hubo una impresión algo contradictoria en mí ante semejante afición. No es que lo viera fuera de lugar ni criticable, pero es algo que en cualquier caso yo jamás habría hecho por propia iniciativa. Como aficionado a la lectura desde que tengo memoria, como estudioso de la literatura desde que tuve algo de uso de razón y como encargado en la actualidad de tratar de transmitir su legado a las jóvenes generaciones, lo último que me importó en su momento o de lo último que hablaría ante mis alumnos es de dónde se encuentran los restos de Quevedo, Fray Luis o Garcilaso. No perdería un solo instante hablando de la fosa en la que quizá esté enterrado Lorca, y desde luego no dedicaré un solo minuto a toda esa fenomenal farándula de mercadillo en que se ha convertido el descubrimiento de los supuestos huesos de Miguel de Cervantes.

Puedo entender el interés por parte de una familia por el lugar en el que reposa tal o cual persona, al margen de su condición de escritor. Hay un aspecto esencial, de rito, en el entierro de un ser querido, y los amplios estudios sobre la memoria histórica han puesto de manifiesto en todas partes del mundo la necesidad de la gente de depositar su luto en un emplazamiento, de dejar que allí se conserve ese recuerdo que permita cerrar la herida con el tiempo.

Nada de eso tiene que ver, sin embargo, con este circo cervantino que es un auténtico despropósito se mire por donde se mire. Lo único cierto es que en este país la marca de Cervantes mueve mucho dinero, y hay un interés evidente, económico, en que existan huesos que podamos atribuir al genio de nuestra literatura para seguir sacando los cuartos a los turistas, sean de aquí o de allá. Nada de esto tiene que ver, insisto, con una obra literaria que podrá ser la segunda más publicada y traducida del mundo, cuando el hecho cierto es que muy poca gente la conoce de primera mano.

La auténtica lástima es que Cervantes y su obra son, para una amplia mayoría de los habitantes de este país, sinónimo de aburrimiento soberano. Todavía recuerdo aquel anuncio en el que un hombre esperaba en una sala para descubrir, con horror, que entre las lecturas para amenizar la espera estaban los dos volúmenes del Quijote. No he conocido todavía un solo estudiante que haya leído capítulos de la obra cervantina y haya mostrado el menor entusiasmo por ello, que vea las representaciones de su teatro y levite o que tenga el menor interés por leer la que pasa por ser una de las mayores obras de la literatura universal. Y conste que aquí hablo de estudiantes, es decir, gente que está más que capacitada para dicha lectura, que cuenta además con otras personas capaces de explicar sus puntos más oscuros; no digamos ya lo que ocurre cuando uno sale a la calle y menciona el nombre de Cervantes, porque a más de uno le falta santiguarse como si más que a un literato se hubiera mencionado al ángel caído.

A pesar de todo, y olvidándonos de osamentas perdidas que en el fondo solo aportan beneficios turísticos a quien corresponda (o no), seguiremos intentando despertar el interés por la obra literaria no solo de Cervantes y los ya citados, sino de todos aquellos que han intentado explicar con su obra el por qué del mundo, de las mentes de sus ciudadanos, de los motivos morales o no tanto de sus acciones, del funcionamiento de una sociedad que avanza a golpe de cañones, de imposiciones y de urnas de dudosa legitimidad, y que además lo hace con el nivel de prosa y verso más elevada, con el refinamiento del lenguaje más preciso y milimétrico de que es capaz un artista, un creador, que a fin de cuentas es por eso, y no por otra cosa, por lo que debemos tenerlos en la memoria y, muy especialmente, en nuestras lecturas.

(Tumba de James Joyce en Zúrich)

El mito del caos y la luz


Son ya varias las veces en que me he visto en medio de una conversación política a lo largo del último mes con un tema casi exclusivo, la regeneración política de España, y un protagonista casi exclusivo, Podemos. Y en todas ellas he tenido la sensación, a veces incómoda, de que era la única persona que no se dejaba arrastrar por la misma euforia que el resto de mis interlocutores, a quienes vaya por delante que tengo en la mejor estima.

Desde hace ya tres lustros participo en las elecciones democráticas de este país, y en prácticamente todas ellas la sensación ha sido la misma, aunque con una pérdida de intensidad progresiva: ilusión inicial, expectativa, decepción continuada y sonrojo final. No ha habido una sola ocasión en que el partido en quien he depositado mi voto no me haya decepcionado, ni una sola en que no me haya arrepentido, sinceramente, de haber confiado en programas que no se cumplían, en líderes que afirmaban que el poder no les cambiaría y en que eran la encarnación de la honestidad y la claridad ante sus electores. En ningún caso he tenido la sensación de que aquella etapa electoral hacía que mi país estuviera mejor que antes, sino más bien al contrario. Por todo ello, mi desilusión con el panorama político de España, y más teniendo en cuenta todos y cada uno de los casos de corrupción, fraude y favores que hemos venido conociendo en los últimos tiempos, es total.

Del discurso de Podemos hay algo que me produce bastante curiosidad, y es el modo en que con tanta eficacia ha hecho calar el mito del caos y la luz entre una amplia mayoría de sus potenciales votantes. Más allá de si el partido es de ascendencia ideológica de izquierdas o de la izquierda radical como proclaman los más agresivos rivales, más allá de si sus miembros son o no tan honestos como ellos mismos se proclaman o de si están siendo sometidos a una fenomenal campaña de descrédito por buena parte de la prensa nacional (que yo creo que sí, aunque ese sería tema para otro artículo), mi principal duda acerca de esta formación política viene por la ausencia de unas propuestas concretas, reflejadas en un programa concreto del que aún no se sabe nada pero del que todos hablan como si fueran los proféticos manuscritos del Mar Muerto.

Lo único que siempre constato en los discursos de sus principales responsables, de quienes admiro su capacidad para la estrategia de comunicación tanto en directo como a través de las redes sociales, es ese mito según el cual la Transición española fue poco menos que un apaño de las clases poderosas para no desentonar demasiado del concierto político europeo de finales de los 70, que permitiera a los mismos de siempre mantener sus privilegios de casta (y aquí cito la dichosa palabra, lo siento). Este cimiento de barro sería el que explicaría, junto con toda una cohorte de políticos "profesionales" cargados de intereses en su propio beneficio, la situación de descrédito de la política española contemporánea, plagada de honorabilísimos señores feudales que han de dar cuentas acerca de sus respectivas en Suiza, por ejemplo, y de una monarquía que despierta de todo menos simpatías en los últimos años. 

Y así como en los mitos fundacionales o cosmogónicos se habla de realidades iniciales oscuras y plagadas de terror, hay siempre en estos relatos un punto de inflexión o de giro radical en el que un héroe surge para poner el orden necesario, para devolver el equilibrio a una balanza desnivelada por la inmoralidad. Este héroe sería  Pablo Iglesias y sus acólitos, claro, desmarcados del resto de políticos con esa etiqueta conveniente de la casta (nobleza moderna, para entendernos), y que tendría como único objetivo devolver el poder a quien siempre ha debido tenerlo, que no es otro que el pueblo.

Los peligros de la simplicidad de semejante discurso son evidentes, máxime teniendo en cuenta que el único argumento real a favor con el que cuenta esta organización es precisamente el hecho de que todavía no han sido puestos a prueba en funciones reales de gobierno o de mando, y no hay nada real que se les pueda reprochar. Pero eso es algo coyuntural, que en la próxima legislatura ya no podrán esgrimir, y además es un argumento peligroso, porque si Podemos quiere entrar de verdad en el juego político debería haber empezado por incorporarse a ese juego aceptando todas las reglas, y no solo las que le interesa. No se puede esperar presentarse a unas elecciones generales, donde se prevé un gran resultado por el voto de castigo a los grandes partidos (PP y PSOE), y pretender que se les vaya a tratar con una vara de medir diferente únicamente porque se autodeclaren ajenos a la casta, porque por mucho que se empeñen ninguno de ellos está por encima del bien y del mal. Y esta gente es demasiado inteligente, está demasiado preparada y se maneja demasiado bien en ciertos ambientes como para que vaya a creer semejante ingenuidad por su parte.

La mayor parte de las personas con las que he podido discutir sobre este asunto me han demostrado tener una fe bastante grande en Podemos, y en la capacidad de sus representantes para liderar un cambio que devuelva a España una cierta identidad perdida, la de su estado del bienestar, y recupere la preocupación por las clases sociales más desfavorecidas, así como la vuelta al orden de aquellos servicios que en los últimos años han sufrido penalidades vergonzosas, como la sanidad y la educación. En efecto, me he tomado la molestia de seguir con atención muchos de sus movimientos en prensa, radio y televisión y he constadado que los dirigentes de Podemos tienen una oratoria cargada de buenas intenciones, que veo lógico que conforme un discurso esperanzador para cierto sector progresista de la sociedad (el conservador, como bien demuestran sus voceros, los ven como una amenaza terrorista de corte venezolano, algo bastante trasnochado, a mi parecer). De ahí a que yo comparta la fe, sin embargo, hay un largo trecho al que no ayudan algunos tics de su flamante líder, como el tema del tic tac o de don Pantuflo pero sobre todo sus vacíos reales de mensaje en muchas de sus entrevistas.

Las urnas darán finalmente la razón a los votantes, como suele pasar, y entonces veremos cómo queda el mapa político de España, un mapa que en cualquier caso a mí me gustaría que fuera mucho más plural de lo que ha sido tradicionalmente, y por lo que celebro que tanto Podemos como Ciudadanos se hayan incorporado al primer plano político. Solo el hecho de que no haya mayorías absolutas, que los presupuestos y las leyes no se aprueben por el artículo 33 y haya necesidad de sentarse a negociar, a ceder por todas las partes, me parece algo positivo para la salud democrática de España. 

Sin embargo, el mayor reto para ambas formaciones no es contar con un líder más o menos joven, más o menos carismático o más o menos acompañado por gente competente, sino el modo en que comiencen a ejercer la política una vez alcanzada una posición de cierta fuerza. Tengo una gran curiosidad por el modo en que ambos, pero sobre todo Podemos, pueda realmente desmarcarse de los poderes fácticos de este país, fundamentalmente de naturaleza económica (y no tanto religiosa o militar, aunque también), y hacer una política independiente. Con perdón de todos mis amigos, y aun reconociendo que no sería la primera vez ni la última en que me equivoco con mis predicciones políticas, tengo serias dudas de que vaya a ser así.

El rostro del Ángel



El silencio rasgaba el eco de la noche profunda en la ciudad. Llegaban, atenuados, los sonidos de la vida nocturna, la memoria del día expirado, la pausa necesaria después de las horas de la luz y de la acción. Y yo, ajeno a todo y a todos, contemplaba atentamente el rostro del Ángel, que descansaba a mi lado envuelto en un halo de ensoñación y misterio.

Algunas horas antes, caminaba por la calle rodeado de personas sin rostro y sin corazón. No recordaba el tiempo que llevaba allí, pero hacía calor y tenía la garganta seca. El sol azotaba el perfil del asfalto, derretía el caucho y hacía crepitar los cristales de los edificios, donde otras personas sin rostro ni corazón daban fin a sus jornadas y observaban en silencio la escena. Bajé la mirada y ante mí tenía la estación, el humo y la gente, el reloj y el paso presto.

Un hombre con rostro y corazón bailaba para los demás, entonaba versos alegres y adornaba con su voz crepuscular la sonrisa erosionada de su relato. Me detuve a pocos metros de él. Llevaba un gorro azul, como de duende salido de una leyenda, y en sus ojos brillaba un arcano alimentado por la misma bebida que sostenía en su mano derecha. La gente a su alrededor lo ignoraba o esquivaba sin demasiado disimulo en su camino a la estación, el reloj y el paso presto, y el hombre suplicaba su atención, saltaba junto a ellos y hacía cabriolas con tan poca fortuna como sus bromas.

De pronto el duende se fijó en mí, clavó unas pupilas verdes como esmeraldas en mis ojos y sonrió como si acabara de reconocer a un antiguo amigo al que hacía años que no veía. Dio un salto hasta plantarse a escasos centímetros de mi rostro y solo hizo una pregunta, para después salir de nuevo en busca de nuevos mecenas para su viejo arte.

Tampoco yo sabía por qué estaba allí. Hacía calor y tenía la garganta seca. Sentía el corazón latir cada vez más despacio, como si cada latido resonara en el eco de alguna cueva lejana donde el sonido tenía pereza por llegar. Fue entonces cuando lo vi. Las personas sin rostro que se cruzaban entre sí lo dejaban ver a intervalos cortos, ahí de pie, serio, grave y hermoso como una escultura que el tiempo hubiera conservado en su gloria. 

El cabello caía a un lado de su rostro, negro y radiante como una noche de luna llena, la misma que brillaba en sus ojos oscuros, en ese mirar de simetría renacentista que me derretía y examinaba, que me alejaba y acercaba al mismo tiempo, mientras sus labios permanecían sellados por el beso de un tiempo remoto. Vestía de manera sencilla, como uno más de aquellas personas sin rostro ni corazón, pero a diferencia de ellos él poseía ambos, podía escuchar cómo latía su pecho incluso a aquella distancia que nos separaba, del mismo modo que podía sentir la frescura de aquella mirada que había hecho que el calor, la garganta y el reloj desaparecieran por completo.

Me acerqué, con los latidos lejanos de la cueva palpitando en mi interior por el miedo y la emoción, y sin pronunciar palabra comenzamos a caminar juntos. Nadie nos veía. No éramos nadie. El Ángel me mostraba ahora su perfil, alzaba la vista para señalar con ella su pasado escrito en aquella fachada derruida, en aquel colegio que le vio crecer, en aquel recuerdo en forma de transeúnte que no lo reconocía al pasar junto a nosotros. Yo escuchaba con total atención, hipnotizado. Su voz no nacía de sus labios pero me llegaba como un rumor de fuentes de plata, llenaba cada rincón de mi ser de una profunda ternura, del trémulo candor de la hoguera recién encendida. Y cada recuerdo suyo, cada memoria compartida pasaba a formar parte también de mi memoria, se instalaba allí impulsada por su voz y acunaba mis oídos con su eco latente.

Sentados uno frente al otro, seguí escuchando hablar al Ángel. Su historia era de una profunda e infinita tristeza, pero estaba contada con tanta dulzura que mis oídos entraban en pugna con mi mente acerca de si debía llorar o reír con ella. No podía entender cómo tanto sufrimiento podía encontrar una canalización tan hermosa, cómo podía haber tanta fortaleza en aquella mirada, tanta serenidad, tanto convencimiento en un futuro mejor. Mi admiración crecía conforme pasaban las horas y volaba la tarde y la noche descendía sobre nosotros, conforme las luces de la ciudad nacían del suelo al firmamento y no al revés, y aquel relato se prolongó hasta que solo quedó su recuerdo en mi mente, en aquella misma habitación en la que ya descansaba a la espera de un nuevo día, de la luz y de la acción.

Giré entonces la cabeza hacia el otro lado de la cama, ya con la memoria del día expirado, y allí estaba de nuevo aquel rostro. Dormía profundamente. Su mano estaba tan cerca de la mía que casi podía soñar con rozarla, con alcanzar esa perfección que se había dibujado ante mí horas antes. Deseaba poder llegar al corazón de aquel rostro, consolarlo y tratar de compensarle por todo el sufrimiento vivido, pero todo lo que podía hacer era contemplarlo en silencio.

No recuerdo cuándo me dormí. Solo sé que al despertar ya no estaba, aunque dejó un rastro de luna llena en la misma almohada que había alojado su rostro. Y ese rastro brillaba, con una fuerza solo comparable a la de su creador, y alimentó una sonrisa que hizo que el sonido dejara de ser perezoso en la cueva lejana.

Entonces me levanté, y comencé una nueva vida.


miércoles, 25 de marzo de 2015

Olas de arena



Busco a tientas las grietas del destino,
los ojos cegados por el dolor;
la luna pálida alumbra el albor
que hace cada paso del camino

suplicio de la memoria olvidada,
letanía de ritmo hondo y grave,
vuelo lento de emigrante ave
que ya remonta la cumbre nevada

del tiempo, que alza orgullosa sus alas
y me arrastra a horizontes de grandeza,
palacios de lujosas antesalas

que encierran monumento a tu belleza,
olas de arena en las profundas calas
de esa risa que se tornó en tristeza.
 

martes, 3 de marzo de 2015

Cine (43): El Francotirador



Clint Eastwood declaró con bastante sensatez hace unos años, en el estreno de aquel binomio sobre la Segunda Guerra Mundial compuesto por Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006), que al conflicto bélico de Irak le quedaba todavía mucho tiempo para que el cine pudiera afrontarlo con un mínimo de objetividad. El que pasa por ser uno de los mejores directores norteamericanos de las últimas décadas establecía así un punto fundamental acerca de la relación entre la memoria y la Historia: el tiempo. Ni corto ni perezoso, al propio Eastwood le faltó tiempo para contradecirse y, en la película que nos ocupa, narrar las desventuras de Chris Kyle, apodado "La Leyenda" entre los soldados americanos por su extraordinaria facilidad para manejar el rifle de francotirador, y al que se le atribuyen cerca de 160 muertes en el conflicto más reciente de las guerras americanas.

El Francotirador está basada en un libro de memorias escrito por el propio Kyle, que también ejerció de productor de una película cuya sombra planea por todas partes, con todo lo que ello implica. Interpretado por un asombroso Bradley Cooper, la cinta va dando saltos temporales de la vida de Kyle entre los despliegues militares protagonizados por él, pasando por su infancia y una juventud marcada por una serie de atentados terroristas que son los que motivan, en último término, su entrada en los SEAL, la unidad de élite de las fuerzas especiales americanas. Estos despliegues y las tensas relaciones familiares son el núcleo duro de una película que se ha convertido, sin demasiado esfuerzo, en la más taquillera de 2014, y en el mayor éxito comercial como director de Eastwood.

Sin duda, el relato autobiográfico de Kyle y sus frecuentes charlas proporcionaron al guionista Jason Hall abundante material sobre el que documentarse. Así, las incursiones y, muy especialmente, los duelos con el francotirador del bando rival se convierten en lo mejor de la película, o quizá cabría matizar y definir como lo más interesante. La transformación del siempre elegante Cooper en todo un héroe de guerra aporta credibilidad, fuerza y solidez a una película que encuentra en él, su tensión emocional y esa mirada que siempre dice más de lo que parece, el mejor bastión posible. Lástima que el resto de elementos circundantes no esté a la altura.

Si por algo se ha caracterizado el mejor cine de Eastwood desde la magnífica Sin perdón (1992) es por el modo en que aborda las miserias humanas, al margen del contexto histórico en el que se ambienten. Lejos de los grandes espectáculos pirotécnicos a los que la mayor parte de sus colegas nos tienen acostumbrados en historias de corte similar, él optaba siempre por un enfoque intimista que convertía el corazón de sus personajes en el auténtico núcleo narrativo de sus películas, con cimas tan formidables como las que alcanzan en buena parte de su metraje los protagonistas de Mystic River (2003) o Million Dollar Baby (2004), para mí sus dos mejores trabajos como director.

Nada de eso encontramos en El Francotirador. Por mucho que Cooper borde su papel, la trama familiar se diluye en círculos repetitivos acerca de su doble responsabilidad como héroe patrio y cabeza de familia, papel que alegremente le asigna una Sienna Miller algo desnortada y que siempre llama en el momento menos oportuno. Es como si Eastwood nunca encontrara la tecla adecuada para hacer funcionar esa esencial columna sobre la que se asienta la historia, con unos diálogos flojos y escenas sin apenas tensión que, por lo demás, nos remiten de manera constante y agotadora a todos los tópicos ya consabidos sobre la dureza de los veteranos para reincorporarse a la vida civil tras haber contemplado los horrores de la guerra.

Respecto a la trama bélica, el hecho de que sea lo mejor de la cinta no nos conduce, ni de lejos, a la tensión y garra alcanzada por filmes netamente superiores tanto en el aspecto de enfrentamiento como en el de la intriga terrorista ,respectivamente, de En tierra hostil (2009) o La Noche más oscura (2012), ambas dirigidas por Kathyrin Bigelow. Así las cosas, la cinta transcurre entre las idas y venidas de un soldado incapaz de responder a sus dudas reales (las humanas, esas que asaltan al apuntar a un crío de 10 años), cuya trayectoria militar queda reducida a una hagiografía complaciente con esa visión, perversa, de que los Estados Unidos son por derecho divino los árbitros morales de cualquier disensión internacional, o de que así además protegen sus fronteras y por ello se justifican sus tropelías disfrazadas de cruzada democrática.

Alargada en exceso, con algunas escenas dignas de olvido y otras tan bochornosas como el enfrentamiento final entre los francotiradores, y con una trama donde parece que todo el peso de la contienda cae en las espaldas de ese Atlas en que termina convirtiéndose el personaje de Kyle, El Francotirador navega en territorio indefinido entre la épica militar más partidista y un anodino relato familiar de sobremesa, recreándose en momentos excesivamente violentos pero sin molestarse en aclarar algunos de los puntos más interesantes de la trama, como los motivos de un desenlace algo abrupto y mal resuelto para alguien a quien, como Clint Eastwood, se le presupone más nivel para esta clase de retos. Alguien capaz de firmar cintas tan impresionantes como las ya mencionadas no puede permitir que su filmografía se despida con mediocridades como esta o Jersey Boys (2014). Lástima de Gran Torino (2008), que para mí sigue siendo (o debería haber sido) su verdadero canto de cisne dentro de la profesión, y no esta americanada para mayor loor y gloria de un soldado que  parece que ganó la guerra él solito con la única ayuda del objetivo (y perdón por el chiste fácil) de Clint Eastwood.