Jostein Gardner definió en su célebre El mundo de Sofía a los juguetes de Lego como los mejores del mundo por la posibilidad que daban a cualquier tipo de jugador, tanto infantil como adulto, de partir de una serie de propuestas para, a partir de ahí, desarrollar su creatividad literalmente hasta donde quisiera. Desde hace casi un siglo, esta empresa (cuyo nombre procede del danés leg godt, "juega bien") ha pasado por muchas fases, pero ninguna de ellas tan crítica como la que sufrió durante los años 90 y principios del nuevo siglo, donde sus pérdidas fueron astronómicas y hubo de despedir al 20% de su plantillla.
Hasta entonces y con muy ligeras variantes, la línea de productos de la compañía se había basado en grandes áreas temáticas al estilo de su gran competidora, PlayMobil: piratas, medievales, astronautas y ciudad. Sin embargo, el auge de la competencia directa, así como de otros centros de entretenimiento como los videojuegos obligó a Lego a tomar medidas drásticas. El resurgimiento de la compañía, además de por un acertado un cambio en la dirección, se produjo fundamentalmente por la decisión de abrirse a nuevos mercados y, en concreto, al mundo del cine y los videojuegos. Las franquicias de Star Wars, Harry Potter o El Señor de los Anillos han generado tal cantidad de beneficios en estos últimos años que dudo mucho que en Lego tengan que volver a preocuparse por nada durante las próximas décadas.
La gran diferencia que siempre he observado entre Lego y sus competidores en el mundo de los juguetes de construcción es la enorme calidad que atesora la práctica totalidad de sus productos. Todos ellos, con mayor o menor fortuna, están hechos con un cariño y una dedicación que hoy en día puede comprobarse con cada nuevo lanzamiento, que viene acompañado de un vídeo donde el diseñador concreto explica los motivos por los que realizó su producto en particular. Especialmente memorable en este sentido fue el del Discovery, la astronave de la NASA que el año pasado realizó su último vuelo y cuyo diseñador casi se echa a llorar de la emoción pensando en el homenaje tan sentido que había pretendido para tan señalada ocasión. La nave, sobra decirlo, es una obra maestra.
Además de seguir la vía de las franquicias comerciales, a las que se han ido sumando más aciertos, como la línea de súper héroes del tipo Batman o Los vengadores, junto con otros más discutibles como Indiana Jones, Piratas del Caribe o Toy Story, Lego creó una línea especial pensada para el público adulto, con diseños tan espectaculares y reconocibles como la torre Eiffel, el Taj Mahal o el Bridge Tower de Londres. Todos ellos superan las cuatro mil piezas, llegando a ser verdaderos puzzles tridimensionales que requieren paciencia, esfuerzo y dedicación, y que una vez completados ofrecen un resultado sencillamente soberbio. En una escala menor está la llamada "sección modular", una serie de edificios que pueden conectarse una vez construidos, hasta dar forma a una calle clavada a la de cualquier ciudad europea.
No obstante, y como buen friki que soy del universo galáctico y del tolkiense, a mí lo que más me fascina es ver recreados con tantísima calidad ambos mundos en muchas de sus escenas más representativas. Con motivo del 30 aniversario de El Imperio Contraataca o de El Retorno del Jedi, Lego sacó series conmemorativas con un nivel de detalle asombroso, como la base de Hoth o el bosque de Endor, por no mencionar toda la dedicada a Jabba, con su palacio, su barcaza y hasta la cueva del Rancor, con una perfección que es para quitarse el sombrero. El nivel de calidad destinado a las minifiguras de este universo en particular, como el de los más recientes diseños de la reina Amidala o Boba Fett, está adquiriendo tal nivel que ya se venden por Internet como auténticas piezas de coleccionistas a precios desorbitados (más aún que los oficiales de Lego, ya bastante elevados de por sí). Por si esto no fuera suficiente, a la línea regular Lego ha añadido una llamada Ultimate Collector Series, entiendo que para gente con un bolsillo generoso y un nivel de enfermedad mental bastante agudo, y que se deleita con recreaciones de naves clásicas como el Halcón Milenario, el Tie Fighter o el X-Wing hasta un punto que las convierte en auténticas joyas de exposición, y que en el caso del Halcón supera las cinco mil piezas, el récord absoluto de la compañía.
Respecto a El Señor de los Anillos, y aunque hay algunos sets inspirados en El Hobbit, para mí el de Las Minas de Moria se lleva la palma tanto por su diseño como por la fidelidad a la escena de La Comunidad del Anillo, aunque la batalla del abismo de Helm o Bolsón Cerrado no se quedan muy atrás. Es muy apreciable el esfuerzo por no limitarse a adaptar piezas existentes para "refundir" la línea medieval con la fantástica, y por ello cada nuevo set es, como en el caso de las Minas, un auténtico tesoro en forma de lingotes de plástico.
La reacción de los fans del mundo no se ha hecho esperar y, espoleados por los diseños oficiales, han dado rienda suelta a toda su creatividad. Por todo el mundo se organizan convenciones, competiciones de diseños amateur y hasta últimamente ha cobrado notoriedad el fenómeno de Cuuso, una propuesta de diseños de aficionados de los que Lego hace una selección muy estricta para una posterior edición limitada oficial (la última en salir adelante ha sido el celebérrimo Delorean con Marty MacFly y el Doctor Emmeth Brown, de Regreso al Futuro, dejando fuera de la competición ni más ni menos que a la franquicia de Zelda, ahí es nada). Los ejemplos son incontables pero, por si tienen tiempo y ganas, hay un par de vídeos en youtube que muestran una base de Hoth clavada literalmente a la de la película que tiene miles de piezas. Además del enlace, también les dejo un diseño de un fan sobre Rivendel, la ciudad de los elfos, que es para echarse a temblar.
(El plano general incluye, de izquierda a derecha, a Bilbo escribiendo su libro, Frodo y Sam en el balcón, el salón del consejo de Elrond, Merry y Pippin en un balcón superior, Arwen y Aragorn despidiéndose en el puente del río y a Elrond y a Gandalf departiendo en su sala principal, además del puesto vigía situado en el extremo derecho. En la imagen de abajo, detalle de Bilbo, Sam y Frodo).
Y este es el enlace a la impresionante base de Hoth. Desde luego, el creador tuvo un verano largo...
Hace algún tiempo tuve ocasión de probar un juego de mesa donde el objetivo no era destruir, aniquilar o arrasar al rival de las formas más horribles imaginables, como suele ser muy del gusto yanqui. Tampoco se trataba, como esos otros juegos también muy famosos, de amasar grandes fortunas a costa de sablear al resto de jugadores, ya sea haciéndoles dormir en nuestros hoteles o cárceles. Al contrario, aquí el comercio, la negociación y el cultivo son las claves de un juego de origen germano que lleva ya un tiempo (desde 1995, ni más ni menos) haciendo las delicias de muchos y quizá, ya solo por su original propuesta merecería un aplauso, aunque solo sea por buscar una mínima innovación en un terreno tan manido como este que nos ocupa.
"Los colonos de Catán" trata de la conquista pacífica de una serie de territorios, donde el jugador debe ocuparse de cultivar una serie de materias primas que, combinadas, dan lugar a la construcción de una serie de infraestructuras tales como ciudades, carreteras o aldeas. El tablero del juego está formado por una serie de piezas hexagonales, de distinta disposición en cada partida, que representan diferentes territorios donde se cultivan una serie de materias primas (las montañas dan rocas, los trigales trigo, las praderas ovejas, etc...) El objetivo del juego es acumular 10 puntos en función del número de poblaciones pequeñas y grandes construidas, o puntuaciones extra, y para ello hace falta una estrategia de partida. Aquí entran en funcionamiento unos números, colocados encima de cada territorio, que hacen que los dados nos den la posibilidad de cultivar o no dichas materias, y que son de diferente tamaño o color en función de la posibilidad de que salgan (así, el 6 o el 8 son más frecuentes que el 2, por ejemplo). Una buena colocación en territorios clave o con buen número, así como la posesión de puertos para comerciar y, claro está, una pizca de suerte con los dados, son los factores fundamentales para llevar a buen término la empresa vencedora.
Debo decir que aquella primera partida fue bastante entretenida ya que, aunque al principio uno tiene la sensación de que no se entera de nada con tanta norma y tanta excepción, lo cierto es que al cabo de un rato uno ya se ha convertido en un experto comerciante. La posibilidad de negociar con otros jugadores o la banca y los piques por el ladrón (una pieza especial que se mueve al sacar un 7 y que impide cultivar allí donde se encuentre) son dos alicientes fenomenales para un juego que, eso sí, obliga a los jugadores a sacar casi tanto tiempo como en una partida de monopoly (y si a los 4 jugadores de inicio se le añaden ampliaciones para 5 o 6, ya ni les cuento). Tal fue el pique, en mi caso, que no dudé en hacerme con una copia del juego y su correspondiente ampliación, y que juego en cuanto tengo ocasión (sé que esto que acabo de escribir parece la típica frase sacada de un anuncio de teletienda: ya solo falta que diga que ha mejorado mi vida una barbaridad).
En cualquier caso, "Los colonos de Catán" resulta una experiencia de juego muy divertida y recomendable, tanto para estos ocios veraniegos de agosto como para una tarde de lluvia. Eso sí, si pierden amigos por culpa de este juego, no digan que no se lo advertí.
Julio Cortázar afirmó en una ocasión que jamás escribiría un libro para niños, y cuando un periodista le preguntó que por qué, el genial escritor respondió que no sería capaz de soportar la presión de que un público tan implacable fuera a juzgar una de sus obras.
Pues bien, allá por principios de los años setenta, a un tal Hans Beck le encargaron la tarea de inventar una gama de productos para niños. Su idea de base fue la de apelar al elemento humano en un tiempo en que distintas guerras y crisis económicas habían minado bastante la fe en este terreno.
Con este principio claro y tres ámbitos temáticos de partida (era contemporánea, salvaje oeste y Edad Media), los Playmobil vieron la luz con bastante recelo en un sector poco desarrollado y que aún debía conocer la época dorada del marketing. Su pequeño tamaño, su simplicidad y encanto, sumado a una calidad fuera de toda duda, les granjearon pronto el aprecio y el favor del público.
A pesar de las ofertas que llegaron en décadas posteriores para modernizar o incluir elementos fantásticos en su obra, Beck se negó a aberraciones tales como dinosaurios o ambientaciones en películas y libros infantiles, manteniendo que los Playmobil debían ser fieles a su idea inicial, puramente humana, y se limitó a ampliar con acierto, como ese ámbito pirata para el que diseñó la que fue su creación favorita, el barco de los bucaneros.
Casi cuatro décadas después, la empresa para la que trabajó Beck factura cifras astronómicas, ha ampliado sus mercados por los sietes mares y da empleo a miles de trabajadores, al tiempo que sigue alimentando los sueños y deseos de niños de todo el mundo. Sus competidores directos, como Lego, se venden al mejor postor y llevan años en un claro declive de calidad e ideas.
La noticia del fallecimiento de Beck simboliza, más allá de la pérdida personal, el final de una época dorada en el entretenimiento infantil. Resulta paradójico, en cualquier caso, que aquello que tanto miedo daba a Cortázar, ese juicio implacable de los niños ante la obra de uno, fuera precisamente lo que convirtió a Hans Beck, que en paz descanse, en el más brillante de los Reyes Magos.
Hace poco mantuve una conversación con uno de los amigos que conservo de mi estancia en Estados Unidos, un californiano que tirita sólo con pensar en los casi cuarenta grados bajo cero que, según él, asolan ahora mismo la ciudad de Chicago.
No es de ese frío, sin embargo, del que quería hablarles hoy. Mi amigo me comentaba, entre otras cosas, que extraña cada día más la compañía de su grupo de amigos de toda la vida, aquel con el que compartió cada nuevo descubrimiento hasta que un buen día recibió una carta de aceptación de su universidad. Dijo que ese calor, más incluso que el real, es el que le vendría bien para acometer sus empresas actuales, y por desgracia se tiene que conformar con recordarlo en la distancia.
Precisamente, hace un par de semanas compartí una velada espléndida con el grupo de amigos tricantinos, con algunos de los cuales compartí aula desde que teníamos ocho años. Aquella noche jugamos a los Hombres lobo, una variante moderna del clásico ruso Mafia, que por si alguien no lo conoce se trata de un juego de roles, crímenes figurados e imposturas tan adictivo como apasionante.
Y fue ahí, jugando a descifrar los rostros de mis amigos, con José haciendo de narrador, Edu calentando los cascos del personal y Héctor mirando de soslayo a todo el mundo (podría citar a todos, espero me perdonen las ausencias), cuando valoré lo mucho que había echado de menos momentos como ése durante la etapa americana. A fin de cuentas no es igual, no puede serlo, una amistad labrada con tantos años a la que se establece en un momento breve, tan fugaz como imperceptible. Aquélla, además, tiene la ventaja sobre ésta de que, como decía mi amigo, calienta en los momentos de necesidad, así que sólo me cabe esperar que sigan produciéndose veladas como la de los hombres lobo, tanto a éste como al otro lado del Atlántico.
P.D: (Dicho todo esto, debo reconocer que una de las mayores alegrías de este año para mí es salir a la calle y no tener que ir embutido en una bolsa térmica, se pongan como se pongan los apocalípticos del cruel invierno que asola España.)