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sábado, 7 de junio de 2014

Cinefórum (39): X-Men: Días del Futuro Pasado



Si hay una franquicia que tiene todo el derecho a seguir dando la tabarra con esto del cine de súper héroes es, sin duda, X-Men. Las dos primeras entregas, dirigidas en 2000 y 2003 por Bryan Singer, dieron un auténtico revolcón a un género al que buena falta le hacía una dosis de vitalidad tras los descalabros noventeros del hombre murciélago. Divertidas, directas, plagadas de buenos efectos especiales y con un reparto sencillamente antológico que lanzó al estrellato a Hugh Jackman, Halle Berry o Ian McKellen entre muchos otros, tanto X-Men como X2 establecieron un patrón que, con mayor o menor fortuna, ha seguido después casi medio centenar de películas en poco más de una década.

Quizá víctima de su propio éxito o del abandono de Singer para hacer aquel engendro llamado Superman Returns (2006), lo cierto es que la saga de la patrulla X entró en un declive evidente con sus siguientes entregas. Tanto La decisión final (2006), tercera parte de la trilogía original, como ese extraño y fallido experimento de spin-off llamado Orígenes: Lobezno (2008), estuvieron a punto de dar al traste con la franquicia al completo. Al margen de malograr buena parte de las tramas y de las bases sentadas por las dos primeras entregas, se notó una evidente falta de frescura y de rostros nuevos, justo lo que aportó Primera Generación (2011), que nos contaba los orígenes del profesor Xavier, Magneto y Raven (o mística), tres de los personajes clave de la saga, con las más que acertadas elecciones de James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence. Todo un soplo de aire fresco que devolvió la tranquilidad a los fans y los preparó para el mega proyecto que la Marvel y la 20th Century Fox tenían reservados en el siguiente paso: nada menos que un híbrido entre las cintas originales de Singer y esta nueva etapa.

Precisamente Días del Futuro Pasado, la cinta que nos ocupa, actúa como película puente entre ambas líneas temporales. Técnicamente es una secuela de Primera generación, pero al incluir a buena parte del reparto original en papeles secundarios o cameos, nos vincula con ese inicio de la saga y se permite, además, el lujo de corregir, pulir y sanar las muchas heridas de La decisión final, resolviendo prácticamente todos los cabos sueltos que dejó la olvidable cinta de Brett Ratner: por una vez, y sin que sirva de precedente, el tema de los viajes en el tiempo está justificado, si es para deshacer semejante entuerto.

Tomando como base la saga de cómics del mismo nombre, la historia nos plantea un futuro apocalíptico en el que tanto los mutantes como el resto de la humanidad están abocados a su extinción. Únicamente Lobezno, en un viaje tan enrevesado como, por otro lado, bien resuelto, es capaz de prevenir semejante futuro ocupando el lugar de su "yo" de 1973, tratando de unir los destinos de Magneto, Xavier y Raven y de resolver los muchos asuntos pendientes que quedaron de Primera Generación. A partir de ahí, y con personajes de una y otra sagas haciendo alarde de sus muchos poderes, el espectáculo está servido.

No creo que ningún fan de la saga se sienta decepcionado con una película tan directa, reparadora y plagada de momentos épicos y guiños de humor como esta. El protagonismo coral con la base, siempre sólida, que aporta Jackman, le viene de perlas a una historia a la que quizá solo se le puede achacar un exceso de duración en su tramo final y algunas decisiones más que cuestionables acerca de ciertos personajes (como por ejemplo esos mutantes de poderes nada inspirados, que bien podrían no haber estado o el personaje de nuestro querido Tyrion Lannister, Peter Dinklage, algo desnortado entre tanto gen X). No obstante, y entiendo que esto es algo totalmente subjetivo, mi mayor "pero" está en la dirección artística, tanto en los escenarios del futuro (y en concreto, esa China de cartón piedra que ocupa buena parte de la trama futura) como, y aquí sí que duele, en los centinelas. Unos personajes tan icónicos (y tan esperados, pues a fin de cuentas no habían aparecido todavía en ninguna película) no se pueden resolver de esa manera tan pedestre, con ese diseño que les hace parecer una especie de robots-alien de andar por casa y, sobre todo, con esos penosos efectos CGI que no hay manera de creerse (algo todavía más doloroso cuando el resto de efectos sí están a la altura: es lo que tiene contratar a más de seis empresas diferentes para tal apartado). Para entendernos, es como si en Terminator fallara el diseño del robot o su ejecución técnica: nos impediría sentir la amenaza, el miedo que se supone debe inspirar este tipo de personajes, y que aquí fallan como una escopeta de feria. Menos mal que las versiones de 1973 son algo mejores, porque de lo contrario buena parte de la gracia de este rocambolesco futuro-pasado se iría al traste.

Dentro del apartado de buenas noticias hay que decir que al margen de su impecable factura técnica y sonora (vuelve el gran John Ottman a la banda sonora), Singer ha sabido compensar bien las virtudes de un reparto numeroso y lleno de actores ya consagrados que, en los casos de McKellen, Berry y Stewart no tienen los minutos que seguramente hubieran querido. En cualquier caso, este recorte de peso le viene bien a la trama, así como su lógica consecuencia: resultaba esencial devolverle a Lobezno el protagonismo que merecía tras su exclusión (lógica) de Primera Generación, así como darle más espacio al casting nuevo, con McAvoy, Fassbender y Lawrence a la cabeza. La trama entre estos jóvenes Xavier, Magneto y Raven es apasionante, mucho más de lo que dejaba entrever la trilogía original. También me parece un acierto la inclusión de Evan Peters como Quicksilver, que seguramente tiene la secuencia más espectacular y divertida de toda la película. Espero que en la siguiente entrega, ya confirmada bajo el título de X-Men: Apocalipsis, vuelva a honrar al personal con su vertiginosa presencia. 

Frente a las producciones de DC, donde siempre sus personajes clave (Batman, Superman) son héroes solitarios que deben lidiar con profundos complejos, problemas psicológicos y traumas, la fuerza de las producciones de Marvel radica en la multiplicidad de personajes, de puntos de referencia para que el espectador escoja aquel con quien más se sienta identificado. Y si bien esta película no llega, en mi opinión, al nivel de entretenimiento perfecto que es Los Vengadores, está muy por encima del resto de producciones de Marvel y, tan a la altura o mejor incluso, que aquellas dos lejanas cintas con las que Singer dio comienzo al festival de las mallas y las capas en el celuloide del nuevo milenio. 

En suma, las expectativas con Apocalipsis no podrían estar más elevadas, después del excelente sabor de boca que deja este esperado reencuentro entre una vieja guardia que recibe su merecido adiós y esa nueva a la que, entiendo, se debe añadir sí o sí para los próximos proyectos a Hugh Jackman, el auténtico personaje franquicia de Marvel (con permiso del Iron Man de Robert Downey Jr., claro).


jueves, 16 de enero de 2014

Ataque a los Titanes



Tras una campaña de promoción espectacular en todos los medios y formatos posibles (manga, anime, merchandising, videojuegos y proyecto de película, de momento), y con el favor de un público entregado a lo largo y ancho del globo, se ha estrenado la primera temporada de la serie japonesa Ataque a los Titanes, (Shingeki No Kyojin) basada en el shonen de Hajime Isayama y que en España está publicando Norma Editorial. Sus muchos fans, entre los que está buena parte de la crítica especializada, han proclamado este manga como una obra maestra, el sucesor espiritual, por calidad e impacto popular, de lo que en su momento supusieron obras como Dragon Ball o Neon Genesis Evangelion.

La historia nos sitúa en un futuro apocalíptico donde la humanidad ha sido diezmada hasta su casi total exterminio por unas misteriosas criaturas llamadas Titanes, una especie de gigantes humanoides de tamaño colosal cuyo único objetivo es devorar a cualquier ser humano que tengan a su alcance. Desesperados, los hombres y mujeres supervivientes construyeron una ciudad defendida por muros de 50 metros para poder aislarse de semejantes atrocidades y confiar en que habría un futuro para ellos. Y así pasaron 100 años, tras lo que el personaje principal, Eren, y sus amigos de la infancia Mikasa y Armin son testigos en primera persona de un nuevo y devastador ataque sobre su barrio natal, situado en la muralla más periférica del reino. Obligados a emigrar lejos de allí, deciden unirse al ejército de soldados dedicado a combatir a los Titanes y a partir de ese instante, ya en la primera línea de combate, descubrirán que su mundo encerraba más secretos de los que podían imaginar.

La premisa de partida es, como mínimo, interesante. Debo reconocer que me enfrenté a esta serie con mucho escepticismo, ya que aunque todo el mundo me ha hablado auténticas maravillas tanto del manga como del anime, yo había quedado algo agotado tras mi maratón otoñal de Evangelion, Akira y Ghost in the Shell y necesitaba un pequeño descanso del microcosmos japonés de épicas batallas por el destino de la humanidad con bichos de tamaño XXL, que en esencia es lo que termina ofreciendo Ataque a los Titanes, por más que tenga un envoltorio diferente y curioso. Es verdad que la serie tiene una calidad de dibujo más que aceptable, y que en algunos capítulos se nota que hay una fuerte inversión de dinero. Tanto a nivel musical como sonoro es excelente, aunque en el tema del doblaje original... la verdad, a mí eso de escucharlo en japonés no me termina de convencer en este caso, porque me parece que aquí se pasa todo el mundo gritando como un poseso y termina por ponerme dolor de cabeza, pero supongo que los otakus lo adorarán con entusiasmo. Sinceramente, me temo que esperaré a que Selecta Visión tenga el detalle de sacar la serie entera en español para verla una segunda vez. Pero eso es un detalle menor.

Porque sí, puede que tanto esa ambientación centroeuropea del siglo XVIII que reviste una ciudad fortificada de edificios clónicos, o los trajes y equipos de combate de los soldados resulten de lo más original (es realmente espectacular verlos en acción, como si fueran un ejército de spiderman mecanizados), o que la trama presente los suficientes misterios como para picar mi curiosidad hasta vérmela del tirón para saber un poco más, pero que nadie se engañe: esto es un shonen en toda regla, con sus clichés y sus personajes que siguen, punto por punto, todos y cada uno de los tópicos que caben esperar de semejante género: el héroe rebelde y contestatario que necesita la ayuda de los demás para serlo (Eren), la chica misteriosa y callada que vale un Potosí y que se convierte en el alma de la serie (Mikasa, una flagrante violación del copyright de Rey Ayanami, que imagino que a su vez lo sería de tantas otras), la chica tragona y "marimacho", y así un larguísimo etcétera. 

En cuanto a los titanes, y entiendo que esto es algo muy personal, a mí su diseño no me ha gustado nada. Todos los titanes estándar (dejo para luego los especiales) parecen, con perdón, retrasados mentales, con unas expresiones que no dan tanto miedo como risa, y que prácticamente nunca han conseguido transmitirme esa inquietante y terrorífica sensación que todo el mundo dice haber sentido hasta la pesadilla. Bien distinto es el caso del Titán Colosal, del Acorazado o del Titán Hembra, cuyo diseño está bastante más trabajado y es evidente que en ellos se ha puesto más interés y mimo, por su especial relevancia en la trama. En cualquier caso, para mí este es uno de los aspectos más flojos del diseño de la serie, no me impacta tanto como creo que debería y salvo en contadas excepciones, me ha costado percibir esa épica de la que tanto se ha hablado por culpa de un aspecto visual donde, a mi juicio, esta serie pincha.

Otro de los aspectos cuestionables de la serie es la estrategia para ganar tiempo en cada capítulo, que te mete una recapitulación de entregas anteriores, canciones a la japonesa de turno y créditos y pantallas de inicio por valor de 7:00 de media, lo que deja cada capítulo en 17 minutos escasos. Si a eso se le suma la cantidad de veces que aparecen personajes hablando de espaldas o, en el colmo de los colmos, imágenes estáticas con sonido como si estuvieran animadas (de traca), uno tiene la sensación de que esto o se ha hecho con más prisas de las debidas o es que pensaron que no nos íbamos a dar cuenta. Pero no cuela.

(Atención, spoilers)

En cualquier caso, mi problema mayor con esta serie tiene que ver, cómo no, con los puntos fundamentales de la trama, y ahí ciertos Titanes tienen mucho que decir. Ya solo a nivel visual no creo que nadie me pueda negar que tanto el Titán que da cobijo al protagonista como los que he salvado de la quema anterior son una herencia directísima del "mecha" de turno, llámese Mazinger Z, EVA o como se quiera: en definitiva, el bicho gigante con piloto humano intrépido dentro. El de Eren, en concreto, recuerda, por sus ojos iracundos y sus dientes salvajes, hasta la misma cara que el EVA01 de Shinji (los que han visto Evangelion ya saben a qué me refiero). Y en el colmo de los colmos, también en el modo piloto uno entra en contacto con su subconsciente, despierta su ira máxima en modo "berserker" y descuartiza a sus rivales a golpe de bocado. Sinceramente, para mí son demasiadas similitudes: me resulta todo demasiado trillado en este aspecto, y eso es algo que perjudica a la serie porque le quita buena parte de la gracia, por mucha solera de tradición de cómic japonés que se le quiera dar.

Pero lo peor es que el aspecto en sí de los titanes, nada más verlos, me hizo suponer que había una conexión directa entre estos y los hombres, algo que no me hubiera ocurrido de haber tenido un diseño más efectivo y mejor. Y esto es un problema de los gordos, porque frente a aquellos que defienden los originales golpes de guión de la serie, yo sinceramente les tengo que decir que no me habré llevado más de una o dos sorpresas, y entre ellas no está la identidad del Titán Hembra, que es clavadísima a su personaje. Todo lo demás, absolutamente todo, desde la no-muerte de Eren, la identidad de su Titán, la existencia de infiltrados, la conspiración de altas esferas humanas en la creación de los titanes, el papá con gafitas de intelectual y miles de secretos, t-o-d-o eso ya estaba en   Evangelion, pero mil veces mejor tratado. La manera que tiene esta serie de administrar la información es muy discutible, con flash-backs que, salvo el del origen de Mikasa, jamás vienen a cuento y únicamente sirven para entorpecer una trama que alarga las batallas hasta nueve capítulos, como la de Trost, con chácharas y más chácharas de personajes que llegan a repetirse tanto en sus temas (la protección de Mikasa a Eren, el deseo de éste de terminar con todos los titanes con los ojos desorbitados, los discursitos del general Pixis) que el argumento llega a hacerse realmente cansino. Es tal la cantidad de personajes insustanciales, de esos que no bien han aparecido mueren de la manera más gratuita a manos de los titanes, que uno ya siente verdadera indiferencia cada vez que aparece una nueva tanda de soldaditos. Y cuando terminan las batallas el ritmo se hace aún más lento hasta que la acción sale de la ciudad y, esta vez sí, la trama gana enteros con el Titán hembra. Ahí sí que la serie alcanza grandes cotas de interés y calidad visual, de intensidad y emoción, y la lástima es que eso no se mantenga a lo largo de toda la serie.

Ya para terminar, diré que me parece narrativamente muy pobre que no solo no se resuelva ningún misterio, sino que, antes al contrario, se respondan a los enigmas con más enigmas. Es de juzgado de guardia que no se resuelva la situación del sótano de Eren y la llave, algo que además se anunció que se haría con un elaborado plan del que luego nunca se vuelve a saber nada. Es criminal que toda la persecución del Titán Hembra, que lleva casi diez capítulos, termine con esta auto-embalsamada y sin capacidad de revelar nada. Que termine así la primera temporada es una guarrada de su creador, porque deja todo abierto y sin solucionar ni una sola de sus tramas. Y esto es algo imperdonable, una falta de respeto al espectador que solo revela el interés de sus responsables por estirar el chicle y el bolsillo del cliente.

-Fin de los spoilers-

En cualquier caso, mi veredicto tiene que quedar en el aire, a la espera de que nuevas temporadas aclaren algo. Temo que la expectación que está generando esta historia quede finalmente en agua de borrajas. Espero que no, de verdad, porque aunque no creo que Ataque a los Titanes llegue, ni de lejos, a la categoría de obra maestra ni por su calidad general, ni por su trama ni por sus personajes, a cual más arquetípico, sí que es cierto que tiene algo, un no sé qué que invita a seguir descubriendo sus innegables encantos. Tiempo al tiempo.


sábado, 24 de agosto de 2013

El (innecesario) regreso del caballero oscuro




No suelo ocuparme en La trastienda de aspectos de la realidad cotidiana del universo friki (más bien lo hago sobre aquellos de los que hay ya una cierta perspectiva, por pequeña que sea), pero en este caso me ha parecido pertinente por todo lo que significa. Por si hay alguien que no se haya enterado a estas alturas, resulta que Ben Affleck ha sido escogido por Warner Bros para interpretar ahora, y quién sabe hasta cuándo, a Batman. La idea inicial es que aparezca como personaje secundario en la secuela de Man of Steel, que tiene una fecha de estreno prevista para el verano de 2015 y, a partir de ahí, iniciar una saga propia de películas como personaje principal.

Antes de nada, es necesario aclarar varios aspectos. Affleck no es el primer actor, ni el último, que se pone el disfraz del hombre murciélago en cine: antes lo hicieron el inefable Adam West, Michael Keaton a las órdenes de Tim Burton y, con mucha menos fortuna, Val Kilmer y George Clooney bajo la "batuta" de Joel Schumacher. Lo del más reciente Christian Bale es caso aparte, porque parece existir un cierto consenso en que la trilogía de The Dark Knight de Nolan es la adaptación más realista, tenebrosa y fiel al espíritu del mejor cómic del hombre murciélago hasta la fecha, el de los 80 de Frank Miller, un consenso que se extiende, y de qué manera, a la más que notable caracterización de Bale en el doble papel de Bruce Wayne y de Batman.

De hecho, hay rumores muy insistentes y fiables que apuntan a una astronómica cifra de casi 50 millones de dólares por parte de los directivos de la Warner, conscientes de que este éxito no ha sido casual, para convencer a Christian Bale de seguir siendo Batman. Sin embargo, al parecer el actor habría rechazado esta suculenta oferta porque está cansado ya de vestir de negro heroico. Lo cual nos lleva a Ben Affleck, cuya candidatura confirmada tras muchos rumores y posibles alternativas ha provocado un auténtico revolcón mediático que, de momento, lleva ya recogidas más de 60.000 firmas en la web change.org para que el recién nombrado deje de ser el hombre enmascarado antes incluso de ponerse la máscara. Las bromas han llenado páginas y páginas, tantas que parece una reacción desmedida.

En realidad, no lo es: los fans de los superhéroes le tienen bastante ojeriza a este actor, que saltó a la fama en 1997 junto a su amigo Matt Damon en El indomable Will Hunting, a causa de la más que floja adaptación de Daredevil (2003), con él en el papel principal. Aquel desatino, unido a su plana actuación y algún que otro sonado patinazo crítico y de taquilla (ahí está Gigli, también de 2003, considerada una de las peores películas de la historia y que le deparó su primer Razzie, el anti-Oscar) dieron al público una imagen nefasta de Affleck, que aún hoy le toca combatir, mientras que al actor le quedaron muy pocas ganas de megaéxitos de palomitas, así que decidió enfocar de un modo diferente el asunto para sus siguientes proyectos. Tanto fue así que en los años posteriores se ha ido labrando una fama más que respetable como director, dirigiendo películas de autor muy interesantes (Gone, Baby, gone; Gimme Shelter y The Town) hasta, finalmente, dar en el clavo con Argo, todo un éxito que en la última edición de los Oscar le supuso 3 premios, entre ellos el de mejor película, así como un merecido reconocimiento universal como excelente director de actores.

Quizá por todo ello, y con un perfil muy diferente al que tenía hace 10 años, me resulta igual de extraña esta elección que al resto de los fans. Affleck no es mal actor, desde luego, y quizá podría hacer un buen Batman, pero con Wayne corre el peligro de cometer el mismo error que George Clooney: es demasiado conocido. Sinceramente, yo no voy a ver a Bruce Wayne en cuanto aparezca este señor vestido de traje, entre otras cosas porque lleva más de 15 años en proyectos de primer nivel de toda clase y condición y resulta demasiado reconocible, de la misma manera que tampoco me creí jamás a Brad Pitt como Aquiles en Troya; era Brad Pitt con faldas, y punto.

Hay quien sostiene, en esos foros ardientes en que se ha convertido Internet en los últimos días, que hay que darle un voto de confianza al asunto, que también hubo gritos de protesta y rasgados de vestiduras con Heath Ledger y Anne Hathaway por sus respectivas elecciones como Joker y Catwoman, y que luego todo el mundo se olvidó felizmente al ver el resultado final,  algo que con un poco de suerte también podría ocurrirle perfectamente a Affleck. Ahora bien, yo no puedo estar de acuerdo con esta bienintencionada teoría, ya que al margen de que esto es el casting de un personaje principal, no de un secundario, en los casos anteriores estamos hablando de actores que precisamente gracias a estos papeles han obtenido un reconocimiento que antes no tenían (al margen de su trágica muerte, Ledger será recordado siempre como el mejor Joker que ha habido jamás (Oscar a mejor secundario incluido); para Hathaway, la película de Nolan le abrió las puertas a otros grandes proyectos, como el de Los miserables, por el que obtuvo también un Oscar). No obstante, y dado que mis dotes de adivino son escasas, lo cierto es que no sé cómo va a terminar todo esto. No le deseo el menor mal al señor Affleck, aunque creo sinceramente que se equivoca al aceptar un papel que le devuelve a una senda que solo le trajo disgustos, y máxime si se tiene en cuenta el sonado éxito que estaba teniendo ahora como director y productor.

Lo que me parece más interesante de mi rechazo, sin embargo, es que creo que en el fondo esto no va con Ben Affleck: ningún actor me hubiera parecido bueno para hacer otra vez de Batman. Ahí está la clave. De la misma manera que veo innecesario el relanzamiento de Spiderman solo unos pocos años después de la trilogía de Sam Raimi (al margen de que me gustara más o menos, que fue más bien menos), tampoco me parece de recibo que apenas dos o tres años después de The Dark Knight Rises, la película que cerraba la trilogía de Nolan, tengamos a otro señor oscuro en la gran pantalla. Ha pasado muy poco tiempo de ello, y si se tiene en cuenta la perfección con que Nolan y su equipo contó su versión de Batman, ¿a santo de qué meternos otra vez en traumas infantiles, cuevas de murciélagos y demás zarandajas? A mí no me apetece ver a otro Joker después del de Ledger, no creo que vaya a haber un Alfred mejor que Michael Caine ni una banda sonora mejor que la de Hans Zimmer y James Newton Howard. Es posible que no sea una trilogía perfecta, pero yo la doy por plenamente válida y definitiva porque entre otras cosas me hace olvidar, de punta a punta, cualquier iteración previa, ya sea en televisión o en cine, del caballero oscuro. Sí, es cierto que mejorar las visiones campy de West, las góticas de Burton o las de los pezones aquellos de Schumacher era fácil, pero aun así el mérito de Nolan es inmenso por haberlo llevado a un nivel de excelencia que nadie esperaba, especialmente en la segunda parte. Mi duda es si a partir de aquí se puede mejorar algo, o aportar algo significativo. Creo que no y no soy el único: el propio Christian Bale ha reconocido que no tiene sentido seguir haciendo un personaje sobre el que ya han dicho todo en las tres películas de la saga de Nolan, sin caer en la redundancia o el ridículo. Y tiene más razón que un santo.

Evidentemente, esto es un negocio, y mientras los superhéroes den dinero, DC, Warner Brothers o Disney explotarán esta gallina hasta la saciedad, da igual que sea en cómic o en cine, donde no hacen más que versionar lo ya contado una y otra vez sin importar caer en la redundancia y, generalmente, en el ridículo. En cualquier caso, y al margen de que sea Affleck o Fernando Tejero el que haga otra vez de Batman en la gran pantalla, yo lo siento pero ya he tenido ración suficiente para muchos años. Y no ha sido una ración cualquiera: era caviar del bueno.




jueves, 25 de julio de 2013

Manga vs Anime: el caso de Akira



Creado en 1982 por Katsuhiro Otomo, Akira tuvo un proceso de gestación y, especialmente de desarrollo y publicación, largo y tortuoso, lo que no le impidió convertirse en uno de los máximos exponentes del arte manga japonés y adquirir categoría de culto inmediato, que no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo. El manga se fue publicando de manera lenta para sus muchos fans, que tuvieron que esperar la friolera de 8 años para saber cómo terminaba la historia de ese futuro apocalíptico en el que Neo Tokio sufre las devastadoras consecuencias de los increíbles poderes mentales de unos niños prodigio.

Como suele ocurrir por estos lares, a nosotros Akira nos llegó primero como anime, es decir, como película de dibujos animados basada en el cómic, y hubo que esperar muchos, muchos años, para poder disfrutar del material original. Hace poco llegaron a mis manos los volúmenes restaurados del manga original, que han sido editados en un lujoso cofre que contiene además un libro de arte de lo más recomendable, y no pude evitar la tentación de revivir aquel mito de la infancia que fue en su momento la película.

De manera muy resumida, la historia sigue los pasos de Kaneda y Kai, un chico y una chica adolescentes que nacieron tras la explosión de una bomba nuclear, que obligó a reconstruir la ciudad entera de Tokio y puso a todo el mundo en alerta global. Kaneda es el líder de una banda de motoristas, presos de un sistema que no tolera la insubordinación y que los trata de recluir en centros educativos especiales, donde sufren abusos y palizas constantes que no hacen sino alimentar aún más su odio al orden establecido. Kai, por su parte, forma parte de una organización que intenta descubrir los planes secretos del gobierno en torno al proyecto Akira, que se considera una de las causas principales del estallido de la bomba atómica.

Evidentemente, todo esto no es más que el planteamiento de una historia que se desarrolla en seis largos volúmenes donde predominan los tiros y los diálogos a medias, las vistas panorámicas espectaculares y una dosificación de los puntos esenciales de la trama, a mi juicio, exasperante y excesiva. Como lector he sufrido una barbaridad para llegar al final, atolondrado como estaba por el constante carrusel de tiros y explosiones que no iban a ningún lado. El manga está dibujado con maestría, con una calidad fuera de toda duda, pero los puntos de giro de la trama son tan, tan forzados, que uno finalmente termina por no dar crédito a nada de lo que ve y llega al punto de pasar páginas sin demasiado interés, la verdad. Son tantas las veces en que el supuestamente inexperto Kaneda sobrevive a disparos, entra y sale de bases ultrasecretas como Pedro por su casa y se enfrenta a temibles situaciones en las que apenas se mancha un pelo del flequillo, que toda tensión narrativa se disipa (y eso que no he mencionado la escena del tanque, alegremente conducido por los muchachos, porque eso ya es de traca). En un momento, no sé si en plan de broma existencial, Kaneda les grita a unos soldados que no le acertarían ni a un elefante, mientras que él, que se supone que no tiene ningún tipo de experiencia armamentística, se lía a balazos entre ceja y ceja. Sinceramente, yo no sé si Otomo se dio cuenta de que esa broma era un fiel reflejo de una inconsistencia argumental aberrante, pero habría que hacérselo mirar, creo.

El problema de Akira (manga) es que alarga en exceso una historia que no da para tanto, y resuelve todas sus tramas secundarias de una manera bastante perezosa. Sin ánimo de destripar nada, a mí el final me pareció surrealista, muy por debajo de lo que esperaba, y si a eso se le suma el nulo desarrollo de unos personajes que son de cartón piedra, he llegado seriamente a preguntarme a santo de qué viene todo este fenómeno de adoración que ha tenido esta serie de cómics durante tantos años, al margen de su tendencia a la violencia gratuita y a los planos de motos a toda pastilla, que siempre queda muy cool.

Por ello, fui con bastante temor a revisitar la película, que se ha reeditado también ahora en Blu Ray. Y mira por dónde que lo que en el cómic me parecía una historia tortuguesca a más no poder, aquí en la película se eliminaban sabiamente tramas y personajes innecesarios, se acortaban batallas, explosiones e incursiones por la casa de Pedro y se iba directamente a resolver los tres misterios fundamentales de la historia (que no diré aquí, por respeto al personal que no conozca la historia). Pero lo mejor de todo es que (y ojo, que aquí sí que hay un SPOILER como una catedral), en la película se elimina ni más ni menos que al personaje de Akira. Así de sencillo. Mientras que en el cómic tiene una enorme presencia a partir de la segunda mitad de la historia (presencia física, entiéndase, porque ni abre la boca ni hace absolutamente nada aparte de estar sentado o dejarse llevar de la mano del primero que pasa por ahí, en plan fardo), resulta que en la película solo quedan restos embotellados de su organismo tras la explosión de la bomba que él mismo había provocado (fin del SPOILER). Y esta diferencia, solo un ejemplo en un mar de notables cambios, es la que en mi opinión mejor representa todo lo bueno de la película, porque supone un filtro fenomenal y extrae únicamente lo que es necesario para contar la historia. Aquí el villano Tetsuo tiene el papel que le corresponde, no como en el cómic, donde es un papanatas de cuidado, y el final es muchísimo más claro (al margen de que difiere en no pocos detalles, para bien). Lo que no cambia es la calidad de la imagen, el fabuloso diseño de personajes y espacios, eso sí. Lo que sí cambia es todo lo demás: más intensidad narrativa, una estructura más clara, ordenada y fácil de seguir; ausencia de errores forzados de guión y, en definitiva, la sensación de que todo está mucho más equilibrado, aclarado, mejor.

Imagino que me lloverán palos de los fans del manga, pero entiéndase que mi crítica va únicamente hacia el modo en que se cuenta la historia, que imagino que en su momento debió estar condicionado por su entrega por fascículos breves, y que posteriormente serían recopilados en los seis volúmenes actuales. Con total franqueza, si alguien quiere acercarse a este clásico, le sugiero encarecidamente que  vaya al anime y se olvide del manga (salvo que tenga un largo y cálido verano por delante, claro). 


domingo, 23 de junio de 2013

Cinefórum (29): Man of steel


Uno de los comentarios que más me llamó la atención de la última entrevista que le hicieron a Christopher Reeve antes de fallecer fue la explicación de una teoría de su propia cosecha sobre Superman, que había desarrollado con el paso de los años. Según esta hipótesis, el personaje que había interpretado con tanta fortuna en 1978 no era en realidad Reeve, como no lo había sido ninguno de los actores anteriores a él y ni siquiera lo era la imagen de cómic con la que saltó a la fama en 1938. "Superman", venía a decir Reeve con bastante lucidez, "es un personaje que nos pertenece a todos, que puede reencarnarse tantas veces como la gente lo desee y surgir en cualquier época y cualquier circunstancia para devolvernos la esperanza, sin importar cuándo o cómo lo hizo antes". 

Esta idea de un personaje célebre como patrimonio de la humanidad, una especie de antorcha metafórica que las generaciones se van pasando de una a otra de manera atemporal, me fascinó por lo acertada, precisa y justa al mito al que se refiere. Yo nunca leí los cómics del superhéroe, no vi la adaptación televisiva de los años 60 y, sin embargo, con cinco años toda mi ilusión era ponerme mi disfraz de Superman y saltar de sillón en sillón figurándome que era capaz de volar más allá incluso de mi propia imaginación. Esa imagen de la encarnación de Reeve surcando los cielos bajo la partitura de John Williams fue tan impactante en su momento como duradera en las décadas posteriores, a pesar de los intentos de los productores Salkind por dilapidar dicho logro con unas abominables secuelas de las que es mejor no acordarse. 

Esa imagen era tan poderosa que cuando Bryan Singer se atrevió en 2006 a reflotar la franquicia con una supuesta secuela espiritual, ya con nuevos actores, no funcionó. Singer, que venía de un monumental éxito con las dos primeras entregas de X-Men y parecía el candidato perfecto para el reto, cometió un error de cálculo gravísimo al tratar de revivir sin más el espíritu alegre, humorístico y desenfadado de aquellas cintas clásicas, sin darse cuenta de que eran otros tiempos, otras sensibilidades a las que había que conquistar con nuevos argumentos. Aquello de que sonara de nuevo el tema de Williams a toda mecha, de que Brandon Routh fuera una especie de clon deslucido de Reeve y que su paupérrima trama fuera un remedo de cabos sueltos de las dos primeras películas (de Kevin Spacey como Lex Luthor mejor no hablemos) no funcionaba por ningún lado. El resultado fue un fracaso tan sonoro que a punto estuvo de enterrar el mito para siempre.

Quizá por todo ello, cuando unos años después Warner Bros planteó a Christopher Nolan la posibilidad de reemplazar al hombre murciélago por el de acero para una nueva mega-franquicia, este tuvo claro desde el principio tres cosas: que él no la dirigiría, harto ya de lidiar con fans de cómics y puristas de mitos a la vuelta de cada esquina, que habría que contar con un reparto de más garantías que el de la última intentona y, en tercer lugar, que esta nueva versión daría carpetazo a las películas de Reeve y su legado de una vez por todas para empezar algo nuevo. Como era de esperar del genio británico, aquellas tres piedras de toque fueron un completo acierto.

Zack Snyder, al que algunos tenemos bastante respeto por las adaptaciones que ha hecho de cómics tan complicados como Watchmen (2009) y, sobre todo, 300 (2007), fue el encargado de llevar adelante el proyecto desde la silla de director. Hay que decir que cuando llegó Snyder, el guión de David S. Goyer ya estaba terminado, por lo que el margen del director fue muy reducido en este apartado. No obstante, a la hora de llevar a imágenes aquel texto Snyder recibió plenos poderes de Nolan, que ejercería de productor en las sombras, y entre todos se lanzaron a reimaginar un mito al que quería añadir su toque personal. Para empezar, se desechó aquella versión nívea y pura de Krypton, ese planeta que en la visión de Richard Donner parecía un inmaculado anuncio de detergente y que ahora ha revivido como una cultura decadente, espectacular y oscura, una fusión de tecnología y conexión con la naturaleza tan fascinante como efectiva. Metrópolis ya no es, por otro lado, ese lugar amable de gentes entrañables, sino una megaurbe monumental del siglo XXI, sucia y amenazante como es la Nueva York en la que siempre estuvo inspirada. Y en cuanto a la fortaleza de la soledad, el guión resuelve la papeleta de un modo bastante acertado, reemplazando aquel palacete cristalero por una nave colonizadora enterrada en el hielo. Sobra decir que todo el vestuario fue rediseñado, desde los amenazadores kriptonianos y su tecnología punta a un traje de Superman que, al fin, ya no parece un pijama.

Lo más importante fue, sin embargo, dar el tono adecuado a una historia que se alejaría del tono alegre y dicharachero de siempre para profundizar en un personaje atormentado por sus dudas, que debería cruzar su particular travesía del desierto hasta aceptar finalmente su destino. Goyer y Nolan no querían incurrir en el error de Donner con la primera cinta, donde había que esperar casi una hora para ver al héroe en acción (por culpa del largo prólogo de Krypton y toda la infancia y juventud del héroe, contada por orden cronológico). Así, la nueva versión desordenó la narración con un sistema de flashbacks que funciona fenomenalmente a lo largo de todo el metraje, abarcando diferentes épocas y destacando solo aquellos detalles esenciales que el espectador necesita para entrar de lleno en la historia, centrada en la evolución de Kar-El por encima de todo como Batman Begins estuvo centrada en la de Bruce Wayne.

Sentadas estas bases y con un presupuesto más que generoso, los productores se lanzaron a la caza y captura del reparto. El elenco secundario es imponente, con Kevin Costner y Diane Lane como los padres adoptivos del héroe, así como Laurence Fishburne en el rol del director del Daily Planet. Sin embargo, el que se lleva la palma es Russell Crowe como Jor-El, en un papel mucho más agradecido que el de Marlon Brando en su momento. La idea de traspasar la conciencia de Jor-El en un dispositivo kriptoniano da una versatilidad a las escenas de Crowe que Brando y sus estáticas grabaciones jamás tuvieron, y permiten lucirse más a un actor y a un personaje esencial en la mitología de Superman. Todos los secundarios, con Russell Crowe a la cabeza, permiten al trío protagonista, más desconocido, sustentar sus actuaciones en unos cimientos más que firmes. El resto de elementos de la producción, con los efectos de Weta Digital y la partitura de un Hans Zimmer en plena forma, no hace sino consolidar aún más los méritos de una cinta destinada a ser punto de partida de una nueva época en la historia del personaje.

El resultado de todo ello habla por sí solo: Man of Steel ha arrasado en su estreno, doblando en taquilla la inversión del presupuesto en apenas un fin de semana. A pesar de recibir críticas mixtas, está siendo un fenomenal éxito en todo el mundo, aprovechándose además del vacío en las carteleras actuales y la llegada del verano, y con toda seguridad se convertirá en uno de los títulos más exitosos de 2013.

Al margen de detalles menores, la película cumple con todas las expectativas que cualquier fan del personaje tenga depositadas en una adaptación cinematográfica, no digamos ya del público en general: es una historia entretenida y directa, que combina secuencias de acción espectaculares desde el primer minuto con momentos de diálogo que al fin no chirría y con un humor sabiamente dosificado. Los personajes son tan planos como cabía esperar, a excepción de un Kar-El que Henry Cavill interpreta con una sorprendente soltura y naturalidad, y que a mí al menos me ha convencido plenamente. Al margen de los ya mencionados Crowe y Costner, perfectos como padres biológico y adoptivo, Michael Shannon en su papel del maléfico Zod aporta un punto de agresividad y garra que deja en pañales la elegancia insulsa de aquel que en su momento interpretó Terence Stamp, y quizá la única mancha sea una Amy Adams que apenas puede sacarle brillo a una Lois Lane que, la verdad, parece tener el don de la ubicuidad y está quizá en más escenas de las que le correspondería.

A mí me encantó, ya en un terreno más personal, ver al fin los poderes de Superman en plenitud de facultades. La súper fuerza o los rayos oculares jamás me habían parecido tan temibles como aquí, y la potencia destructiva de los kriptonianos, Superman incluido, hace que todas sus intervenciones resulten apabullantes. El trabajo de Weta Digital es soberbio, con una Metrópolis que se tambalea de una manera creíble y espectacular, y todo ello se apoya en una banda sonora potente y épica, con un Hans Zimmer muy consciente del material con el que trabaja. Por su parte, Snyder se deja de cámaras lentas para mover a sus personajes con frenesí y violencia, sin cortarse ni un pelo en el retrato de una invasión alienígena en toda regla con más de un guiño al universo friki (ay, esos ecos de Matrix y Mass Effect, que bien traídos), de modo que cuando finaliza la película uno tiene la sensación de que está hecho trizas, en mitad de las ruinas de Metrópolis tras la batalla. 

Esto, que a mucha gente le habrá aturdido o hecho perder interés en la cinta y que tanto ha sido criticado, a mí me ha parecido una de sus grandes virtudes: Man of Steel proporciona una visión del personaje que jamás se ha ofrecido hasta ahora en la gran pantalla, épica y demoledora. Es verdad que hay dos escenas de acción que podían haberse reducido, como la batalla en Smallvile o la de los tentáculos de la nave alienígena, que no añaden nada especial a la historia, pero para mí no es algo que condene la película, ni mucho menos. Y es que, por encima de todo, esta cinta tiene más luces que sombras y una secuencia de vuelo que a mí me sirvió para recuperar el sabor perdido de la infancia, con toda la espectacularidad y perfección de los efectos visuales de los nuevos tiempos (casi me pongo a llorar de pura emoción, no les digo más). Sólo por ver la imagen de Superman volando en órbita alrededor de la tierra ya merecería la pena ver esta cinta, pero es que al margen de eso Man of Steel nos ha dado todo lo que siempre quisimos ver y nunca pudimos de un superhéroe al que, al fin, el séptimo arte ha hecho justicia después de tantas decepciones.

La antorcha, que dijo aquel otro mito, está ahora en buenas manos. Y que sea por mucho tiempo.


martes, 14 de mayo de 2013

Ángeles y Demonios


En el recientemente celebrado Expomanga, que ha formado considerables colas en la Casa de Campo de Madrid el pasado fin de semana, tuve la oportunidad de hacerme con una copia en BD/DVD del primer volumen de Rebuild of Evangelion, una especie de nueva versión de la serie de culto japonesa de mediados de los 90 que sus creadores han decidido rehacer prácticamente desde cero, empleando modernas técnicas informáticas y agrupando el material de los 26 capítulos de su única temporada en cuatro películas de aproximadamente dos horas de duración. La copia que conseguí contenía las dos primeras (You are (not) alone y You can (not) advance), además de un pequeño libreto que explicaba buena parte de los conceptos claves para poder seguir la serie sin perderse demasiado, en una edición final tan cuidada como recomendable.

Lo cierto es que resulta realmente difícil explicar en qué consiste la magia de Neon Genesis Evangelion. Desde un punto de vista argumental y sin ánimo de desvelar ningún secreto, la historia no puede ser más tópica y llena de “japonesadas”: en un futuro apocalíptico en el que más de la mitad de la raza humana ha sido exterminada, unos misteriosos monstruos llamados “ángeles” son los aparentes responsables de dicho genocidio, y amenazan con acabar con la otra mitad restante si nadie hace nada al respecto. Lógicamente, ahí están los japoneses para salvar el mundo con sus robots gigantescos, en una versión remozada del clásico Mazinger Z, que tripulados por unos adolescentes son la única esperanza de supervivencia para la humanidad.

Reconozco que en su momento me enfrenté a semejante asunto con bastante escepticismo, en parte porque por aquel entonces no era muy fan de este tipo de dibujos y en parte porque el tema me tiraba un poco para atrás. Sin embargo, el ritmo narrativo de la serie es excelente y ya desde la primera secuencia va directa a la acción, sin apenas tiempo para presentar a sus personajes principales o hacerte una mínima configuración de lugar. La galería de situaciones y caracteres es amplia y variada, destacando por encima de todos ellos Shinji Ikari, el joven piloto del robot Eva 01 cuyas tribulaciones y complejos inundan buena parte de los episodios y facilitan la tensión en prácticamente todas las fenomenales secuencias de batalla contra los ángeles. Junto a él destacan Rei Ayanami, la misteriosa piloto del Eva 00 que se ha convertido en algo así como el icono de la serie (casi franquicia, con tanta película posterior a la serie como ha habido), la jovial e intrépida Asuka o Misato, que ejerce de figura maternal para todos ellos con su actitud optimista y rigurosa a partes iguales.

No obstante, y más allá de su fabuloso diseño en todos los apartados, la serie me atrapó porque desde muy pronto me di cuenta de que en Neon Genesis Evangelion hay siempre más de lo que parece a primera vista. La trama es en realidad una pantalla para otras muchas, realmente complejas y con gran calado filosófico, religioso y existencial, que van mucho más allá de su tópica premisa de partida. Los personajes son auténticos prodigios de complejidad, desde los principales a los secundarios, y ocultan decenas de secretos que se van dosificando sabiamente, a un ritmo tal que cuando uno se quiere dar cuenta ya está devorando su enigmático final, tan desafiante como propenso a iniciar todo tipo de debates sobre el sentido de la existencia, los sistemas de control y manipulación de las masas, las relaciones familiares, los vínculos con los semejantes, el amor, la amistad, la traición y tantos otros.

La clave del éxito de Evangelion está en tomar un molde formal establecido (los combates de mechas contra monstruos en ambientes urbanos o naturales), y trascender a partir de ahí las limitaciones de dicho molde para alcanzar estadios cualitativamente superiores. El ejercicio de introspección que tiene lugar dentro de los Evas, donde los adolescentes flotan en una especie de líquido primigenio, es sencillamente asombroso, tanto por sus ramificaciones posteriores como por el modo en que influye de manera decisiva en el devenir de los combates en cuestión. El empleo de técnicas narrativas que combinan con gran habilidad el flash back, el flash forward e incluso pasajes oníricos y surrealistas sumergen al espectador en un espectáculo que transporta esta experiencia a años luz de su, hasta cierto punto, pobre punto de partida.

Por otro lado, el carisma de los personajes y las revelaciones que van acelerándose hasta un final de infarto son otras dos claves que mantienen constante el interés por saber qué viene después. Siempre me ha parecido sensacional el modo en que se introducen personajes nuevos en esta historia, como Asuka o especialmente Kaworu, que con su pequeña participación en el tramo final contribuye a aumentar aún más la grandeza de una serie que destaca, además, por un inteligente uso de la banda sonora y de unos efectos tan contundentes como sus colosales protagonistas. A esto se suma el ya mencionado y fabuloso diseño, que tienen en los ángeles una variedad terrorífica e inquietante, y que suma puntos a una cuenta final donde lo más importante, lo que queda, es el sabor de boca de haber asistido a una narración audiovisual sin precedentes.

En cualquier caso, y si alguien tiene ganas de enfrentarse a ella por primera vez, no se me ocurre una forma mejor que esta última edición que comentaba al inicio de la entrada. Rebuild no modifica nada esencial en cuanto a argumento (al menos las dos primeras películas), pero visualmente es un auténtico prodigio que combina animación tradicional y moderna sin estridencias ni presunciones, y que supera lo ya visto en tantos aspectos que resultaría agotador citarlos todos. Por su parte, el doblaje se ha actualizado bastante bien al castellano (aunque la versión latina del original era bastante decente, siempre ayuda por estos lares a acercarse aún más a los personajes), y también ofrece la posibilidad de verlo en japonés subtitulado, algo siempre tan del gusto de los amantes más acérrimos del anime.

Sea como fuere, creo que esta es una ocasión excelente para descubrir (o redescubrir, como es mi caso), uno de los fenómenos culturales asiáticos más importantes de las últimas décadas, tanto por su impacto en el momento de su lanzamiento como por el imponente legado que permanece con gran fuerza a día de hoy, y que está plenamente justificado por la creación de unos artistas, diseñadores y animadores en un estado de gracia absoluta.