lunes, 7 de septiembre de 2009

El halcón sueco (parte II)



Volviendo a la película con que iniciaba este artículo, Surveillance, he de decir que ha sido una de las sorpresas más gratas que me he llevado últimamente. Reconozco que al principio la afronté con reservas, por estar dirigida por la hija del incomprensible David Lynch, pero tengo que reconocer que es una película magnífica, capaz de trasladar al espectador a las galerías más profundas de la miseria y crueldad humanas con una facilidad asombrosa.

La trama gira en torno a la investigación que unos agentes del FBI realizan en un remoto pueblo del interior de EEUU, donde dos asesinos en serie están sembrando el caos a su paso. Los agentes acuden a una comisaría donde están recluidos una serie de testigos, entre los que se encuentran una niña, una joven y un policía. A partir de las entrevistas con todos ellos irán reconstruyendo una historia terrorífica, hasta tal punto que la narración marco se desdibuja con los recuerdos de los testigos en un montaje de secuencias absolutamente soberbio.

Y lo mejor de todo es que, a diferencia de las tramas suecas de la anterior entrada, aquí el crimen y su investigación posterior tienen unas conexiones tan aplastantes, coherentes y creíbles que cuando finaliza la cinta uno siente deseos de empezar de nuevo para deleitarse con dichos enlaces, porque así es como debe fabricarse una buena trama detectivesca. Al contrario que Millenium, Surveillance no juega a la gymkhana inverosímil de casualidades casualísimas y detectives más listos que el hambre, sino que se deleita con unos personajes verdaderamente atormentados, frustrados y complejos que protagonizan entre dudas y miserias personales una trama tan absorbente como apasionante.

Por si todo esto fuera poco, la depuración narrativa de Lynch (hija) es total. Sólo necesita hora y media para mantener al espectador sin aliento, con un sentido del ritmo y una intensidad que, francamente, a mí me ha dejado admirado. Lo de menos es que Bill Pullman y Julia Ormond demuestren su solvencia en cada plano, que la música se adecue perfectamente a las necesidades del relato o que la estructuración del guión sea un prodigio. Surveillance es grande porque no hace trampa, porque no engaña a nadie y no dosifica informaciones de ninguna clase. Aquí no importa tanto el qué pasará después sino el deleitarse con el propio transcurso de la película, resuelta con una eficacia de la que deberían tomar buena nota allá por tierras vikingas.

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