domingo, 27 de mayo de 2012

De su puño y letra





El sábado pasado estuve en la feria del libro de Madrid, donde se reúnen miles de personas en torno a cientos de casetas plagadas de libros de todas las clases y para todo tipo de lectores. Se supone que este evento tiene como objetivo potenciar una industria, la de España, donde en palabras del editor Gonzalo Pontón se edita al mismo nivel que Alemania pero se vende y -lo que es peor, se lee- al mismo nivel que en Zambia, con todos los respetos para dicho país. 

A pesar de la alegría general de la feria, de la curiosidad que se percibe en cada uno de sus visitantes y en la impresión de que de allí nadie se va con las manos vacías, que supongo que son buenas señales tanto del éxito de la feria como del logro de sus objetivos, hay una sensación de impostura, falsedad o artificio que no me termina de convencer del todo y que quizá esté relacionado, paradójicamente, con la misma esencia de la feria, es decir, la lectura. 

Siempre he pensado que todo lo relacionado con los libros obedece a un acto de pausa, reflexión, tranquilidad y, hasta cierto punto, soledad. El hecho de leer implica silencio, tiempo y, a ser posible, un espacio adecuado para ello. Esto no solo afecta al proceso de la lectura, sino también al modo en que nos llegan noticias sobre este o aquel libro, recomendaciones de amigos en alguna conversación o en una clase, tanto da. Las librerías o bibliotecas, en justa consonancia con lo anterior, suelen ser lugares acordes a esta filosofía general. A fin de cuentas, la elección de un libro es algo realmente personal, una apuesta que nos puede llevar a disfrutar o a abominar de tal o cual texto en función de criterios estrictamente personales, de nuestro momento particular, nuestro estado, nuestro bagaje personal, algo, en suma, íntimo e intransferible.

Todo esto sencillamente no tiene lugar en un sitio como la feria del libro. Allí todo es bullicio y algarabía, carteles de editoriales, pancartas y cuentacuentos que lo único que consiguen, junto con el insoportable calor madrileño a estas alturas del año, es atontar al personal. También contribuye a este monumental follón el trajín de escritores que van y vienen, firmando con un horario bien anunciado a los cuatro vientos para que nadie se pierda a su autor favorito, tanto si es escritor como si no lo es. Y es que allí estaban congregados ilustres como Luis Goytisolo, Paul Preston, Fernando Savater o Pablo Martín, pero también estaban Nancho Novo, Guillermo Fesser, Curry Valenzuela, Xavier Sardá o Boris Izaguirre (el que más público reunía a su alrededor, con una diferencia aplastante), que ya me contarán ustedes qué demonios pintaban ahí.

Me perdonen los faltos de prejuicios, pero yo tengo serias dudas de que los integrantes de este último grupo, tan dispar como esperpéntico, sean escritores. No discuto su condición de rostros famosos con gancho para el gran público, que imagino ve pasar más tele que libros ante sus ojos a lo largo de su vida, pero si el meollo del asunto deriva hacia estos lares, entonces no entiendo muy bien de qué tipo de negocio estamos hablando. Juntar cuatro nonadas entre dos tapas duras o blandas y venderlo a 19,90 no es literatura, por conocido o simpático que nos resulten estos personajes (que a mí, con excepción de alguno, me caen todos fenomenal, ojo). Y que ver quién firma más se convierta en la comidilla de la feria, mientras los escasos (y pobres) debates y eventos culturales estén desiertos, no me parece una buena señal.

Dejando a un lado a los intrusos de la feria, puedo entender los motivos por los que el público, e incluso hasta el autor, puedan llegar a disfrutar de ese encuentro cercano de la caseta de la feria, con esos breves intercambios acerca de si me gustó su último libro y demás cumplidos formulaicos. Es agradable, ciertamente, ponerle un rostro real a alguien que, como Preston, me enseñó todo lo que sé sobre el Rey de España (elefantes al margen), pero sin duda para mí la mejor sorpresa fue encontrarme a Ramiro Pinilla entre los autores firmantes. Este bilbaíno, de casi 90 años y otros tantos libros a sus espaldas, tiene una de las obras narrativas en castellano más importantes de los últimos 50 años. Fue premio nacional de narrativa en 2005 con su impresionante trilogía Verdes valles, colinas rojas, y su aportación a la narrativa de la memoria histórica es sencillamente incomparable. Pues bien, este señor, a quien dediqué no pocas páginas de mi tesis, estaba ahí en su caseta, con su aspecto bonachón y su boina sobre la cabeza, sin que absolutamente nadie se acercara a él. Pinilla no tiene el gancho popular de los showman televisivos o radiofónicos, es un hombre sencillo y educado que ha vivido toda su vida en su Getxo natal, reflexionando sobre el hombre y la libertad en los durísimos tiempos que le tocó vivir. Y sin embargo ahí estaba don Ramiro, formando parte de aquel circo humano como si en realidad el intruso fuera él, alguien que ha dedicado toda su vida a la literatura, mientras los demás se llevaban los elogios y el calor. 

No pude evitar acercarme a él, presa quizá de ese fetichismo fanático que me rodeaba por todas partes o de un quijotesco sentimiento de justiciero literario. Y tras un breve y cortés saludo traté de recordarle aquella entrevista que le hice para mi tesis en 2007, en el mismo palacio de la Magdalena donde impartió un magistral curso sobre su obra literaria, pero fue en vano. Es evidente que muchos alumnos han debido pasar por sus aulas y otros tantos entrevistadores por las salas de prensa, de modo que me tuve que conformar con que me firmara uno de los pocos libros suyos que aún no he leído -Sólo un muerto más, ya les contaré otro día-. Dado que no había cola a mis espaldas para más firmas abusé un poco de su tiempo y hablamos de más libros, de los suyos y de los míos, y finalmente se interesó por mi tesis: "Dime, ¿y te sirvió para algo?", me preguntó con ese tono tan entrañable como cercano.

Y es que Pinilla, que de esto de libros sabe más que todos los que estábamos ahí juntos, me comentó en aquella entrevista sus serias dudas de que la literatura sirviera realmente para modificar la realidad, o incluso para hacer que se tambaleara ligeramente. Ya entonces me resultó chocante en alguien que tanto ha aportado con novelas como La higuera o Huesos a debates como los de las fosas de la guerra civil o la reivindicación de la memoria colectiva, pero más me llamó la atención lo que dijo aquella mañana de sábado, cuando echó un vistazo a su alrededor, antes de darme mi ejemplar firmado de su puño y letra: "Es curioso cómo es este país, ¿verdad? Dicen que no se lee nada en España, pero miras esto y te da esperanza. Y aunque fuera verdad, que nadie lee y vienen solo por estar aquí, con este buen día, ya merecería la pena ser parte de ello, ¿no crees?"

Francamente, no supe qué responder ante semejante lucidez. Luego me deseó mucha suerte y me dio una mano algo temblorosa, y antes de que me diera cuenta estaba otra vez perdido en aquel embrollo festivo de libros y calores, pensando en todo y nada al mismo tiempo, en libros y negocios, soledades y multitudes, y en aquella tesis que ya tenía olvidada y que sí que me sirvió, don Ramiro. Ya lo creo que sí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay que ver cómo son los amigos… ;-)
¡Tan lúcido el artículo como las palabras de don Ramiro!
Abrazos y libros,
Marta Polbín.