lunes, 2 de enero de 2012

Mis adorables vecinos




Cuando en su momento me planteé la idea de independizarme, una de las posibilidades que rechacé de plano fue la de una vivienda aislada, tipo chalet, primero por motivos económicos pero, fundamentalmente, porque no me atraía nada la sensación de desamparo que me provoca ese tipo de viviendas. Una de las grandes ventajas de vivir cerca de otros es que están ahí, para bien o para mal, y quizá en más de una ocasión puede resultar importante contar con su ayuda, asistencia o simplemente compañía.

A fin de cuentas, siempre es agradable saludar y que te saluden cuando entras o sales, compartir penas del cansancio a final de curso o incluso sobre los rigores del invierno, la crisis o el asunto que se tercie. Y hay algo en muchos de nosotros (aquí no me atrevo a generalizar) que quizá remita a ese animal político del que hablaban los griegos, en su sentido social, que va buscando de forma directa o indirecta las relaciones con los demás.

No obstante, todos estos presupuestos teóricos comienzan a difuminarse cuando uno los lleva a la práctica y comprueba que, con honrosas excepciones, las relaciones entre vecinos no son siempre las que uno desearía. Es más, llega a suceder que, con bastante frecuencia, lo que uno desearía realmente es poder mandar a ciertos vecinos a ciertos confines del polo norte.

Pensaba en esto el otro día cuando, a las tres de la mañana, mi adorable vecino de al lado estaba sometiendo su cuerpo a una maratón de Juego de tronos, serie que cuenta con (casi) todas mis bendiciones pero que, estarán de acuerdo conmigo, no es la mejor idea a ciertas horas y a un volumen a todas luces desproporcionado. Hay que añadir a esto que mi adorable vecino lleva la friolera de tres meses con semejantes hábitos, que por cierto ha heredado también su retoño y que pone en práctica siempre que se ausenta el progenitor, de modo que, sea la época que sea, siempre tenemos alegría y jolgorio garantizados a cualquier hora de la noche.

Y decidí que ya estaba bien. Al poco de instalarme tuve que soportar la falta de educación de un vecino que subió a echarme la bronca porque en una única ocasión aparqué mi coche pisando levemente la línea de separación con su zona de aparcamiento, así que teniendo tres meses de razones me sentí investido de la suficiente autoridad como para reclamar un poco de silencio.

Mientras iba para su puerta recordé otros incidentes de esta nueva comunidad de vecinos a la que pertenezco, donde ocurren cosas tan magníficas como que me hayan dicho que no hay escalera que dé acceso al garaje, o que la misma gente que te saluda dentro del portal no necesita dar más que un paso fuera para olvidarse de que existes (aunque te vean y sepan perfectamente quién eres), los restos de basuras en ascensores y pasillos, las discusiones en la puerta del garaje a voz en grito y qué decir, ya para terminar, de los bandos de nuestro eximio presidente, donde se advierte a los vecinos que abren los buzones de los demás que han tenido que instalar cámaras para evitar la apertura de cartas ajenas, o que dejar que sus no menos adorables perritos se caguen u orinen por todas partes está multado con hasta 1500 euros. (Dejo fuera el último comunicado, donde se rogaba que no se tiraran preservativos al retrete porque ya íbamos por el sexto desatascado de cañerías en tres meses, porque las cifras de dichos preservativos me hicieron pensar más en un lupanar que en un edificio respetable).

Pueden imaginarse que mi adorable vecino de al lado no abrió finalmente la puerta, a pesar de que estuve 20 minutos tratando de atraer la misma atención que su televisor con insistentes llamadas a su timbre. No obstante, con esa infructuosa visita y una amenaza indirecta, a través de mi eximio presidente, de llamar a la policía la próxima vez que tenga a bien ponerme al corriente de lo que dicen los sujetos de Sálvame Deluxe, espero que sea suficiente para, al menos, poder conciliar el sueño por un tiempo.

Un sueño que, forzoso es reconocerlo, y siempre que la crisis y mis medios lo permitan, espero poder alcanzar dentro de un tiempo en una aislada, tranquila y relajante vivienda en las afueras de cualquier lugar habitado.

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