miércoles, 6 de noviembre de 2013

El Señor de Hayadién (parte 3 y final)


Las sombras de la noche se cernían sobre el bosque de Hayadién. En lo más profundo de su corazón, más allá de donde las tinieblas se confunden con la oscuridad del alma, dos jóvenes caminaban cogidos de la mano, tras haber cruzado el umbral del palacio de raíces. Pesaba en sus corazones el miedo a lo desconocido, el ansia de saber el destino de aquel por el que habían emprendido su camino, el temor de que quizá ninguno de los dos regresaría de aquel bosque con vida para ver la luz de un nuevo día.

El pasillo de altas paredes que acababan de atravesar los condujo a una enorme sala donde había siete gárgolas de piedra formando un círculo. Todas ellas estaban en actitud de ataque, como dispuestas a devorar a su presa, pero en el centro del círculo no había nada. Por encima de sus cabezas brillaba una masa de luz incandescente, similar a un sol de tamaño minúsculo en comparación con su original, y ocho grandes puertas alzaban sus marcos piramidales alrededor de aquella que acababan de atravesar para entrar, y que se cerró a su espalda.

- Es como la historia que nos contó el anciano del pueblo -dijo Áirin, caminando en círculos alrededor de las figuras-. Las gárgolas están convertidas en piedra por la acción del sol, pero en cuanto caiga la noche caerán sobre sus presas. ¿Recuerdas la historia que nos contó? En ella el protagonista acababa encerrado en un laberinto donde siete de las ocho puertas conducían directamente a los infiernos, y solo una de ellas a la salvación.

De pronto, ambos notaron que el brillo del sol comenzó a palidecer. A cada instante, su luz se desvanecía, y la pétrea corteza que recubría sus músculos se resquebrajaba, permitiendo ver la piel escamosa y brillante de las criaturas. Axel y Áirin se miraron, desconcertados, y supieron que debían encontrar la salida de aquella sala lo antes posible. Pero, ¿cómo hacerlo?

Entonces Áirin recordó el final del relato. Ordenó a Axel que se colocara en el centro del círculo, y ella ocupó el lugar vacío que quedaba, el del octavo monstruo. Al hacerlo, se dio cuenta de que su campo de visión dejaba ocultas siete de las ocho puertas, obstaculizadas por las figuras tanto de Axel como de las gárgolas que ya comenzaban a rugir por debajo de su coraza de piedra. Tras localizar la salida correcta, tomó a su hermano del brazo y lo arrastró consigo, siendo ya perseguidos por las criaturas aladas. Solo cuando la puerta se cerró tras ellos pudieron respirar tranquilos, y seguir adelante con su camino.

La siguiente sala tenía todas las paredes recubiertas de máscaras. Las había de todas las formas, tamaños y colores, con la única luz de unas velas dispuestas en mesas a lo largo de la cámara. Axel y Áinar se dieron cuenta de que todas ellas tenían rasgos extrañamente humanos, como si fueran moldes de todos aquellos desafortunados que habían pasado alguna vez por allí. Finalmente, vieron que la última de las máscaras tenía la silueta clara y reconocible del hijo del molinero, lo que les llenó de horror y de pesar.

- Espera, esto también me recuerda a otra historia del anciano -dijo Axel, tras percatarse de que la sala no tenía salida-. La de aquel señor oscuro que se alimentaba del espíritu de los humanos, absorbiendo su alma y convirtiéndola en máscaras que guardaba en su museo de los horrores, ¿recuerdas? En la historia, la protagonista lo derrotaba rompiendo los dientes de sus perros salvajes, los dientes de plata de las máscaras que llevaban.

Justo en ese momento, escucharon el gruñido de un animal que apareció entre las sombras. Iluminado por la tenue luz de las velas, distinguieron la silueta de un perro de pelo negro y ojos rojos y brillantes, que se abalanzó sobre los mellizos entre horribles ladridos y dentelladas al aire. Axel logró esquivarlas mientras echaba mano de la daga que les había entregado la anciana, mientras Áinar se subía a lo alto de un armario para huir de las acometidas del animal y le arrojaba máscaras para mantenerlo alejado.

Tras impactar con todo su cuerpo contra el armario en un inútil intento por derribarlo, el animal quedó aturdido. Axel aprovechó la ocasión para acercarse a él y cortó las fauces de plata con la cuchilla de la daga, que estaba hecha de diamante. Nada más hacerlo, el animal enloqueció y salió corriendo por la única puerta de la sala. Nada más bajar del armario, una de las mesas de piedra de la sala comenzó a moverse a un lado, desvelando un pasadizo secreto en forma de escaleras que se perdían en la oscuridad. Los mellizos tomaron una vela cada uno, y decididos a enfrentarse al último reto, descendieron.

El Señor de Hayadién los esperaba de pie, en medio de una estrella gigante dibujada en el suelo de la caverna verdosa a la que conducían las escaleras. Todo estaba iluminado y enrarecido por la luz que procedía de las catacumbas, lenguas de fuego verde y amarillo que ascendían hasta donde se encontraban ellos. Por encima de sus cabezas, una inmensa bola de cristal flotaba sin moverse lo más mínimo a pesar de los temblores del fuego.

Sin decir nada, el Señor de Hayadién hizo una breve reverencia y se apartó, sin que sus pies tocaran el suelo conforme retrocedía. Llevaba una túnica morada que le cubría de la cabeza a los pies, con una capucha de bordados muy similares a los de la anciana del bosque. El rostro quedaba enteramente oculto por la oscuridad, dándole un aspecto aún más aterrador. Una mano huesuda destacó por la manga para señalar el centro de la estrella.

- Esto también lo hemos visto antes, Axel -dijo Áirin, dando un paso al frente- Es la historia del niño y el cristal que revelaba su muerte. Si superamos esta prueba, saldremos vivos de aquí. Creo que sé cómo hacerlo: ten, toma la cinta de la anciana y ponla alrededor de tus ojos. Déjame que te guíe.

Lo que ocurrió más adelante resulta complejo de explicar, y más aún de entender. Axel sintió cómo la mano de Áirinlo conducía hasta el mismo centro de la estrella, allí donde los temblores eran más temibles. Escuchó la voz del Señor de Hayadién, ordenando que ambos miraran al techo de la gruta, y en ese momento la bola de cristal estalló en mil pedazos, seguida de horribles gritos.

Tras aquello, hubo un lapso de tiempo en que Axel no supo qué había ocurrido. Sin embargo, notó que la mano de Áinar volvía a sujetarlo con firmeza, y lo conducía lejos de allí. Pidiendo que no se quitara la venda en ningún momento, lo guió por pasadizos ocultos y galerías subterráneas donde el agua les cubría hasta el cuello, hasta que al fin, al cabo de varias horas, lograron salir de nuevo a la superficie del bosque.

Estaba amaneciendo. Axel notaba el ambiente fresco de la mañana, el olor del rocío en las briznas que pisaban sus pies. Entonces sintió que Áinar ya no sostenía su mano, y se quitó la venda. Al darse la vuelta, vio a su hermana en la orilla del estanque por el que habían salido, con el agua a la altura de sus rodillas. Y entonces se dio cuenta de que ella iba vestida como el Señor de Hayadién, que su rostro estaba tan pálido como el de la muerte y sus manos comenzaban a agrietarse como las del señor de los bosques. Supo que todas aquellas pruebas tenían como único objetivo encontrar un sustituto para el anciano señor, y que Áinar lo había sabido antes que él, sacrificándose por los dos para que él pudiera ver la luz de un nuevo día.

La melliza sonrió, y se despidió cálidamente con la mirada antes de dar media vuelta y perderse de nuevo entre las aguas y los árboles. Axel permaneció allí durante un tiempo, llorando sin consuelo, hasta que sintió la mano de la anciana sobre su hombro.

- En otro tiempo me llamaban Iop, diosa de la esperanza. Siempre supe que Hayadién conocería días mejores, pero jamás pensé que sería de este modo. Tu hermana logrará al fin que este lugardeje de alimentarse de los miedos que llevamos dentro, y dará una gloria desconocida al bosque, que ya nunca más será pasto del horror y la desesperación. Ahora solo falta que seas tú el que cuente esa historia, que será leyenda y alimento de la imaginación de las generaciones futuras. ¿Harás eso por Áinar, Axel?

Y enjugando su última lágrima, el joven se alzó sobre su dolor, dispuesto a cumplir la voluntad de la diosa y de la recién coronada Señora de Hayadién.




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