viernes, 30 de agosto de 2013

Paisajes después de la batalla



Desde hace varias semanas y hasta el día 2 de septiembre, el Museo Reina Sofía ofrece una panorámica de la obra de Salvador Dalí, desde sus primeros autorretratos hasta las últimas obras en su búsqueda de la cuarta dimensión. La exposición no solo permite contemplar de primera mano algunos de los cuadros más famosos del artista, como La persistencia de la memoria, Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil), El gran masturbador o Sueño causado por el vuelo de una abeja..., sino que incluye decenas de artículos de prensa, facsímiles y ediciones inéditas del autor en distintos idiomas, ediciones de libros clásicos ilustrados por el artista, dibujos, bocetos y grabados para diferentes obras (entre las que destacan las de su biografía Vida de Salvador Dalí).

A través de la retrospectiva, que la organización del museo ha ordenado en once etapas ordenadas cronológicamente y por distintos ámbitos (autorretratos, obras de surrealismo pleno, etapa metafísica, colaboraciones teatrales y cinematográficas, obras de vejez, etc.), se puede percibir la conciencia clara de Dalí acerca de sí mismo como imagen de marca, en el sentido más artístico de la palabra, e incluso como de una obra de arte en permanente evolución. Así lo deja claro un texto propio del artista acerca de la concepción de sí mismo en una serie de caracteres básicos para la elaboración de sus autorretratos  juveniles (el pelo, las cejas marcadas, la ausencia de rasgos faciales en varias obras), que luego iría variando con el tiempo, con ese famoso bigote que terminó convirtiéndose en un icono que él mismo se encargaba de remarcar en cuanto tenía ocasión. 

No obstante, lo más interesante de la exposición es la posibilidad de escuchar al propio artista en una serie de entrevistas, conferencias y proyectos propios, donde se le puede ver "en acción" a la hora de exponer su posición como artista frente a la sociedad. La personalidad de Dalí era arrolladora, por mucho que se pueda discutir el modo en que él mismo sacaba provecho de ello (genial, por cierto, la inclusión de algunos de sus anuncios publicitarios: los del Alka-Seltzer o la chocolatina Lavian no tienen desperdicio), y tenía la extraña virtud de convertir en materia susceptible de debate, para bien o para mal, todo cuanto tocaba. Y eso, por encima de otras consideraciones, es lo que define a un genio.

Porque luego está, evidentemente, la elocuencia propia de una obra que no necesita más que un espectador con la mente abierta y la motivación necesaria para dejarse llevar por la surrealista mano del pintor. La sección central de la exposición muestra en todo su esplendor, y sabiamente dosificadas, las obras claves para entender ese mundo onírico, plagado de símbolos, obsesiones y complejos, que dieron forma a la particular cosmovisión de Dalí durante décadas. Resulta complicado no dejarse llevar por la fuerza de muchas de estas obras que todos conocemos, pero que por primera vez se pueden contemplar en directo y con todo lujo de detalles, con el contexto y la conjunción mutua para entenderlas adecuadamente. La capacidad de sugestión, la creación de un espacio donde se funden sueño, realidad y ficción es tan poderosa que uno se siente tan indefenso como fascinado ante tal alud de talento. Hay algo en Dalí que lo hace diferente al resto, siempre lo he pensado, incluso antes de conocer de primera mano algunos textos y obras claves del surrealismo, algo que atrapa de un modo que otros simplemente soñaron con alcanzar y no pudieron. Él decía, con bastante sorna, que su cerebro había sido estudiado por los más prestigiosos psiquiatras para analizar si en efecto estaba loco o cuerdo, y que habían llegado a la conclusión de que era un cerebro ejemplarmente formado y equilibrado. De equilibrado nada: tal deconstrucción de la realidad, tal combinación de símbolos y reconfiguración para dar lugar a semejante universo es imposible que salga de una mente cuerda, en el más anodino y rutinario de los sentidos. Por fortuna, esa locura artística, febril, espléndida, pudo plasmarse de tantas formas posibles para que pudieran ser admiradas posteriormente, así que bendita locura, si tal arte crea.

Otro de los aciertos más positivos de la exposición es la proyección íntegra de sus más famosas colaboraciones para la gran pantalla, ya fuera con Luis Buñuel (Un perro andaluz y La edad de Oro), Alfred Hitchcock (Recuerda) o el magistral corto animado Destino, que realizó con Walt Disney. Precisamente este último, por su rocambolesca historia y porque no había tenido la ocasión de verlo, me interesó más que el resto. En 1946 Disney y Dalí se pusieron en contacto para llevar a cabo un proyecto conjunto, que combinaría los diseños del español con la calidad de las animaciones del americano. Durante ocho meses trabajaron sobre una idea de un encuentro entre un hombre y una mujer, pero motivos presupuestarios terminaron con el corto en el cajón. Tuvo que pasar medio siglo para que uno de los descendientes de Disney, Roy E., recompusiera aquellas piezas sueltas con los bocetos originales y la más moderna tecnología, dando como resultado un corto fascinante, hipnótico, diferente.

Cuando salí de la exposición me sentía como si hubiera montado en una montaña rusa, y pude enterarme a través de uno de los guardias de que la exposición había agotado sus entradas todos y cada uno de los días que había durado, algo que sin duda hubiera hecho que el de cadaqués se atusara el bigote de pura satisfacción, en ese gesto tan suyo que era parte de su marca, y exclamara, con los ojos bien abiertos, “¡evidentemente!”


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