martes, 25 de marzo de 2014

Carta abierta







Usted no me conoció. Nunca vio mi cara o escuchó mi voz, aunque imagino que pudo hacerse una idea de cómo podría ser mi vida cuando, años antes de que yo naciera, consagró la suya a un ideal para que todo ello, mi vida y la de tantos otros como yo, fuera posible.

Usted no era científico, físico o matemático. No se dedicó a crear espacios imposibles en ninguna de las formas del arte, sino a una profesión que actualmente está muy mal vista. Se dedicó a la política en tiempos en que la política era imposible porque por aquel entonces una sola mano gobernaba y regía a su antojo y voluntad. Usted se dedicó a la política en tiempos de títeres y prestidigitadores, con la idea de cortar las cuerdas, de desterrar a los ilusionistas y cambiarlos por la voluntad de los espectadores, esos grandes olvidados de la Historia. Porque eso, más aún que política, fue lo que hizo usted y tantos otros a su lado: Historia.

Gracias a su visión, a la capacidad de conciliar las voluntades de aquellos que le rodeaban, monarcas incluidos, voluntades diametralmente opuestas como las del partido al que usted representaba y aquellos otros políticos proscritos por su régimen, España es hoy un país más libre, mejor. Gracias a usted, a su decisión, a su compromiso político y social, este país puede presumir de haber dejado atrás una época de penurias y miserias, de falta de libertades y de derechos fundamentales. Gracias a usted, hoy tenemos una Constitución que nos ampara y un estado de derecho que, si bien tiene aún mucho que mejorar y mucho por lo que seguir luchando, supone una diferencia abismal con lo que había cuando usted se propuso materializar un sueño.

Lamento profundamente que sus últimos años, marcados por la enfermedad, le impidieran darse cuenta de los pasos que ha dado este país. No todo han sido avances, y desde luego no todos los políticos que han venido después de usted han tenido su aplomo, su capacidad para la diplomacia, su sentido de estadista, su coherencia. No todos han sido tan brillantes, ni tan competentes. Pero al menos todos tenemos claro cuál fue el referente que usted dejó, cuál fue su listón y esa imagen de firmeza, que permanecerá siempre en nuestra memoria, ante los violentos que quisieron romper su sueño a punta de pistola.

Gracias a usted, hoy hay millones de personas en este país que pueden decidir con su voto a quién consideran más capacitado para gobernar. No es un sistema perfecto, pero es lo mejor que hemos tenido en toda nuestra Historia como nación, como lo confirman los grandes avances en prácticamente todos los terrenos que hemos logrado en estas largas décadas desde aquellos días en que usted, y todos aquellos que participaron de aquel proceso, cambiaron el rumbo de una nación.

Usted no me conoció, señor Suárez. Nunca vio mi cara o escuchó mi voz, pero me gustaría hacerle llegar mi más sincero agradecimiento por la vida que he tenido y tengo, que en buena medida se la debo usted y a todos aquellos que hicieron posible el país en el que vivo, y en el que puedo ser como quiero, expresarme como deseo y participar para que todo sea un poco mejor que como estaba.

Gracias por la libertad y por la democracia. Gracias, de todo corazón, y descanse en paz.


jueves, 20 de marzo de 2014

Flecos del imaginario colectivo


El otro día me preguntaron varios amigos al respecto de la fenomenal polémica que se montó en torno a un programa de Salvados, espacio que dirige y presenta con bastante éxito Jordi Évole. Como todos habrán oído ya demasiado sobre el tema, voy a omitir detalles innecesarios: hace unas semanas, el programa montó una parodia en torno a una supuesta conspiración de una serie de periodistas, políticos, directores de cine y demás parafernalia para simular el golpe de estado del coronel Tejero, tristemente noticia estos días por una supuesta celebración que le ha costado el cargo a su hijo, también miembro de las fuerzas de seguridad del estado. El caso es que el programa de Évole desató todo tipo de críticas en la prensa nacional por haberse atrevido a tocar un tema sacrosanto como el de la Transición en tono jocoso, casi paródico, con la complicidad de algunas personas bastante respetables en sus respectivas profesiones, como Iñaki Gabilondo, José Luis Garci, Julio Anguita y un largo etcétera.

En primer lugar, me parece oportuno dejar bien claro que lo último que debería estar sobre la mesa aquí es la reputación del señor Évole, su integridad como periodista o su seriedad y compromiso adquiridos (no se sabe cuándo) hacia el respetable por conducir un programa, Salvados, que se ha convertido en algo así como un oasis televisivo del pensamiento progresista en los últimos tiempos. No sé bien cuál es la formación, integridad o intención del señor Évole más allá de lo que proyecta hacia fuera, algo que siempre se debería tener en cuenta a la hora de llevar a quién a según qué patíbulos, y sinceramente no me parece que sea relevante plantearse ir más allá de eso.

Lo que sí me llama la atención, y de qué manera, es el revuelo posterior al programa. ¿Se imaginan ustedes que algo así hubiera sucedido si el programa hubiera versado sobre, digamos, la batalla de Trafalgar? No, claro. A nadie le importa ya dicha batalla. ¿Y sobre las guerras carlistas? Seguramente, tampoco. Ahora bien, ¿qué hubiera sucedido si fuera la Guerra Civil española, el franquismo o, como ha sido el caso, la transición? Pues que se monta todo este embrollo. Porque ahí, en estos hechos que acabo de citar, nos sigue doliendo, y mucho.

Esto se debe simple y llanamente a lo que los estudiosos de la materia llaman "la memoria colectiva". Es un concepto que se aplica a todos aquellos conocimientos, más o menos difusos, que todos tenemos acerca de tal o cual acontecimiento histórico. Para que perviva un suceso en la memoria de una sociedad ha de haber testigos que lo vivieran en primera persona, que puedan contarlo a los demás y hacerles partícipes de ello. Nadie queda ya, por desgracia, de los combatientes de Trafalgar o la Gloriosa para contarnos qué tal fue aquello, y por todo ello estos hechos han pasado a formar parte de lo que llamamos la memoria histórica, es decir, el conjunto de saberes que tenemos que adquirir por fuentes externas, por libros, por los relatos de otros que ya no están. El otro, el colectivo, es el que permanece en nosotros por una serie de vínculos personales, familiares o directos, que hacen que los sintamos como propios de nuestro tiempo. 

Sin embargo, y especialmente gracias al tremendo aparato documental y técnico desarrollado a partir del siglo XX, es mucho más sencillo que sucesos como las guerras mundiales, el Holocausto o la bomba atómica permanezcan en nuestras memorias, no digamos ya si es nuestro abuelo el que nos cuenta de primera mano cómo sobrevivió en la ofensiva sobre Brunete. Por todo ello, precisamente porque casi el 65% de la población española actual vivió la Transición y el golpe de Tejero, este programa ha despertado esta polémica: precisamente porque todos recuerdan bien el terror en los primeros compases del intento, ese escalofrío de hurgar de nuevo en aquellas heridas que habían costado millones de muertos, el asunto se tornó tanto más delicado conforme el programa avanzaba. Es muy probable que una reposición del mismo programa dentro de 50 o 70 años no tenga impacto alguno en nuestros nietos, por lo que mucho de coyuntural y de reciente tiene este hecho como para haber despertado tanto recelo. Pero ahora duele, vaya si duele.

A pesar de todo, también hay otros motivos que explican el escozor mediático, y estos son precisamente los que, entiendo, pretendía criticar el programa. No sé bien cómo actuará en el imaginario de la gente que me saca 20 o 30 años de edad, pero desde luego en mi generación y en las inmediatamente posteriores la Transición es un mito fundacional en toda regla, un acontecimiento genético sobre el que se sustentan las bases de nuestra actual sociedad. Conste que estoy exagerando el cuento para que se entienda mejor, pero esta versión vendría a decir algo así como que antes de la Transición todo era opresión y oscuridad, que la Constitución vino a fulminar, al modo de las tablas de Moisés, con un decálogo de principios democráticos que erradicaron el mal previo, y que tuvo en Adolfo Suárez y en el Rey a sus principales artífices, elevados a la santidad más plausible. Tejero vendría a ser, según esta analogía, una especie de demonio caído que vino a desafiar el poder imperante, una mala hierba que nuestro soberano reprimió con mano firme y contundente para hacer prevalecer los valores de la nueva sociedad española, libre y democrática. Y todos fueron felices.

Obviamente, esta versión que acabo de contar tiene mucho de literario, pero creo que el buen lector sabrá perdonar la ironía. Soy muy consciente de la importancia que tuvo la Transición en nuestra historia, como también lo soy de que no todo cambió de manera sustancial, como se nos quiere hacer creer, sino tan solo superficial para, como decía aquella magnífica novela, El gatopardo: "A veces hay que cambiarlo todo para que todo permanezca igual". Hay una serie de estructuras de poder que en este país se han mantenido al margen de sistemas políticos, partidos en el gobierno y demás influencias extranjeras, y desde luego en la Transición supieron nadar y guardar la ropa de manera ejemplar.  Y esto nadie lo dice.

La grandeza del programa de Salvados está, precisamente, en que ha tocado una materia de una sensibilidad prodigiosa con una óptica y una mala leche como la que nunca antes nadie había tenido con tan magnificado suceso. Hay mucha gente a la que le incomoda que se cuestionen las verdades oficiales, incluso aunque sea en forma de parodia, y para mí lo interesante es precisamente por qué esa molestia, por qué el escozor y por qué esa forma tan burda de desviar el debate hacia la beatificación o condena de su principal responsable. 

Ojalá llegue el día en que pueda sentarme con mis hijos o nietos a reírme sanamente de algo que, por fortuna, quedó en nada gracias a que mucha gente veló porque aquello por lo que tantos lucharon, un sistema político libre, se mantuviera y aún hoy se mantenga, pese al empeño de otros tantos por cargárselo a golpe de decretazo. Si tal cosa ocurriera, si fuéramos capaces de ver estos hechos con la madurez democrática adecuada, es posible que ni siquiera dicho programa tuviera sentido ya. Cosas de la televisión, y de la memoria, dichosa memoria, que mucho más que nuestro rostro o nuestro DNI constituye la esencia de nuestra identidad.

martes, 11 de marzo de 2014

In memoriam



2004-2014


lunes, 10 de marzo de 2014

La serie del mes (13): True Detective


Acaba de concluir uno de los experimentos más extraños, fascinantes e inclasificables de los últimos tiempos en la historia de la televisión. Sin casi aviso previo se ha estrenado la primera temporada de una serie de policías, crímenes en serie y asesino misterioso que, curiosamente, no tiene nada que ver en absoluto con lo que uno espera ver en una serie de policías, crímenes en serie y asesino misterioso. Una serie que, además, solo dura ocho episodios y que, al margen de que haya una más que segura segunda temporada, no contará ni la misma historia ni tendrá los mismos protagonistas. Que alguien me lo explique.

True detective es el resultado del buen hacer, y mira que van ya veces, de HBO, esa cadena por cable norteamericana que ha tenido el gusto de hacer obras maestras como Los Soprano, The Wire, A dos metros bajo tierra o, me perdonen el friquismo, Juego de Tronos, y que no depende de audiencias, presiones externas o clichés porque se debe únicamente a los clientes de pago que financian con sus cuotas dichas producciones. Producida por sus dos principales actores, el oscarizado Matthew McConaughey y Woody Harrelson, la serie sigue las andanzas de Rust y Cohle, dos policías diametralmente opuestos en métodos, carácter y objetivos en la vida que se cruzan en el camino de un psicópata nada recomendable.

Si la serie triunfa es, precisamente, por la química tan extraordinaria que hay entre estos actores, que intercambian unos diálogos memorables a cada instante y que sostienen la función con una solidez que, la verdad, yo creo que ni el más fan de sus fans podía esperarse. Pero es que además de eso cuentan con la maestría del director Cary Joji Fukunaga, un señor que hasta ahora solo había hecho anuncios de televisión y se ha destapado, al igual que su creador, Nic Pizzolatto, como una auténtico visionario. Tanto el diseño de producción, el casting de actores secundarios, la puesta en escena y la narrativa son sencillamente magistrales, dignos de ser estudiados por todos aquellos que alguna vez quieran hacer una televisión de calidad, inteligente y respetuosa con el público.

La serie contaba con dos serios problemas de partida; el primero de ellos, la ya consabida y manoseada relación de pareja de policías a la fuerza. La fenomenal caracterización de ambos personajes y la dosificación de sus intervenciones permite respirar aire puro en este sentido, a lo que contribuye una estructura que los mantiene lejos o cerca según el interés de una historia siempre apasionante. El segundo problema, el propio ritmo de la historia, es algo que sin duda echará para atrás a los amantes del gatillo fácil, especialmente en cualquiera de los muchos monólogos de un McConaughey que va a arrasar en los próximos Emmys, siempre y cuando un tal Heisenberg no tenga nada que decir al respecto. El tejano se mete en la piel de un policía que ha atravesado una vida infernal hasta el momento en el que empieza la historia, un hombre marcado por un pasado que lo ha condenado a una existencia miserable, a caballo entre un filósofo nihilista y una máquina de matar, interrogar o lo que sea que su trabajo le exige. El modo en que este actor modula la voz y se transmuta en su personaje a lo largo de los quince años en la ficción que dura la cinta es algo asombroso, que muy pocas veces he visto. Solo por el monólogo final del último capítulo, esta interpretación ya merecería todos los honores y aplausos, pero lo mejor es que es mucho, mucho más que eso. Menudo portento.

A su lado, Harrelson y el resto de secundarios cumplen de forma sobrada, y realmente eficaz en el caso del primero, con sus papeles respectivos. Todos ellos forman un complejo poliedro que mezcla una narrativa cuidadosamente desordenada con secuencias memorables, como las de muchos interrogatorios que, quizá en otras manos, habrían pasado a ser tediosas de verdad y que aquí no lo son por el modo en que sus intérpretes sacan petróleo hasta de la menor mirada.

Por lo demás, los capítulos de la serie adoptan en su primer tramo una estructura similar, de saltos en el tiempo constantes y de un puzzle que se va recolocando poco a poco, a veces apuntando en las más insospechadas direcciones acerca de la identidad de un asesino cuyas líneas a veces se desdibujan con la de nuestros antihéroes, personajes marcados por el alcohol, las drogas y la prostitución (es una serie con escenas duras, realmente duras), incapaces de evitar que la misma oscuridad que pretenden combatir se apodere de ellos, de sus vidas y de todos aquellos que tienen la desgracia de conocerlos.

Y luego está, claro, la excelente ambientación de la serie. Pocas veces he visto más apropiado un escenario como Louissiana para el tipo de historia que cuenta True detective, con esa arquitectura natural que combina la miseria y la ruina con el misterio, el encanto oculto de sus parajes y la extraordinaria hostilidad de unos habitantes que se saben peones en el juego de ajedrez que echan la muerte y el destino a sus espaldas. El diseño de la serie alcanza cotas asombrosas en el último episodio, todo un descenso a los infiernos que culmina con uno de los enfrentamientos de mayor tensión que he tenido el placer de ver nunca en televisión. Es algo digno de la mejor superproducción.

El sabor de boca que queda después de asistir a algo semejante es difícil de describir. La sordidez de la trama y del trasfondo que cuenta, esa oscuridad en la que tanto se insiste, sobrecoge, incomoda y coloca al espectador en la incómoda posición de distanciarse de los hechos y de sus personajes, incluso de aquellos en quienes debería confiar más. Por otro lado, la extraordinaria lógica que mueve la trama, el firme pulso narrativo y las soberbias actuaciones de sus actores principales lleva a querer saber siempre un poco más, a descubrir no ya la identidad del asesino, que es lo de menos, sino cómo a lo largo de décadas se forja la historia de dos hombres que ven sus destinos enlazados de las formas más insospechadas, y sin embargo creíbles, que he visto nunca en una historia de este género que True detective, por méritos propios, a obligado a percibir de una manera diferente, más profunda, mejor, de como se había hecho hasta ahora. 


sábado, 8 de marzo de 2014

Cinefórum (37): 300 El origen de un imperio


De todas las películas que pueden calificarse de "épicas" o que tratan de recuperar aquellos valores perdidos de cantar las hazañas de los grandes héroes que en el mundo han sido, 300 fue con diferencia una de las más radicales, polémicas y con cierta tendencia al exceso risible que he visto nunca. Reconozco que me lo pasé fenomenal con las andanzas de aquellos improbables espartanos, con el modo en que la cámara jugaba con ellos como si fueran personajes de un videojuego y ralentizaba sus acciones para darle todo el protagonismo a un espectáculo visual fuera de toda duda. Era una película que, a pesar de sus numerosos fallos y alguna que otra escena bastante parodiable, tenía un ritmo soberbio, una puesta en escena demoledora y unos diálogos memorables, por no hablar de unos actores muy bien escogidos para contar una historia llena de fuerza y tensión.

No obstante, y sin ánimo de destripar ningún final, la historia de aquellos soldados es tan conocida como la de los tripulantes del Titanic, por lo que el anuncio de una secuela despertó más de una ceja escéptica. ¿Cómo continuar aquella historia que, en principio, parecía tan cerrada?

El secreto de Noam Murro, director de la nueva cinta, ha sido tomar como base Xerxes, un cómic no publicado aún donde Frank Miller continúa su historia del cómic de 300. Además, ha contado con la ayuda de Zack Snyder, director y guionista de la película original, como productor y co-guionista en esta nueva entrega. No se sabe todavía cuánto habrá empleado del original o cuál habrá sido el aporte real de Snyder, pero en principio el enfoque me ha parecido bastante correcto: la cinta comienza antes de los eventos de 300, cuenta hechos que ocurren en paralelo a la historia original y da luego un salto posterior para narrar la victoria griega en la batalla de Salamina. No vemos nunca a Leónidas, gran protagonista de la primera cinta, pero apenas importa: todos los demás personajes regresan (Lena Headey como la reina Gorgo de Esparta, David Wenham como Dilios, Rodrigo Santoro como Jerjes, etc.) y se incorporan los dos actores principales, unos más que sólidos Sullivan Stapleton como el general ateniense Temístocles y Eva Green como la malvada Artemisa.

Lo primero que me gustaría destacar es que esto no es, ni pretende ser, una película de rigor histórico. La recreación ya en su momento de la batalla de las Termópilas en 300 era una fantasmada tras otra, como lo es aquí la de Maratón o Salamina. El diseño y la espectacularidad se anteponen claramente a los diseños reales de naves, estilos de combate o protocolos de la época histórica, y nada tengo que objetar a ello. En definitiva, se trata de adaptar un cómic al cine comercial de palomitas, no de documentar la vida en las ciudades estado o las guerras médicas, y sumarse a toda nueva tendencia que se precie: ahora la moda es el 3D y por tanto hay sangre a borbotones, barro y vísceras que son arrojados contra el espectador. Pero el caso es que, a pesar de los pesares, funciona. Las coreografías de combate son espectaculares, hay algunas secuencias demoledoras y cada vez que Temístocles agarra la espada, como sucede en el duelo final con la guardia personal de Artemisa, saltan auténticas chispas.

No obstante, y a pesar de la espectacularidad de muchas de sus escenas de acción, centradas esta vez en las cruciales batallas navales de aquellos tiempos, no he podido evitar acordarme en todo momento del peso de la película original. 300, vista ahora con la perspectiva de esta secuela, me parece una historia mucho más interesante que la de El origen de un imperio, que parece que se alimenta un poco de las migajas de la anterior, y carece del carisma de Gerard Buttler y el buen hacer de Tyler Bates en la banda sonora. La historia de Leónidas y toda la recreación del mundo espartano, la soberbia escena del oráculo o la visita de los embajadores persas, por no mencionar toda la parte bélica posterior, me dejaron realmente impactado. Aquí, por desgracia, y aunque tiene escenas meritorias, ni los diálogos me parecen tan acertados, ni sus personajes tan carismáticos (sobre todo los secundarios atenienses, madre mía), y la escena erótica entre los protagonistas está aún más forzada que la de Leónidas y Gorgo, que ya es decir. 

Tampoco me parece, como he leído en algunas críticas, que la diferencia sea para echarse a llorar, ni mucho menos. Más bien creo que El origen de un imperio debe verse más como un complemento de la primera parte que como una secuela en sentido estricto. Ayuda a comprender mejor el contexto de la trama y el trasfondo de personajes como Jerjes o la reina de Esparta, que aquí tienen la oportunidad de alcanzar mayor relevancia y, sobre todo, deja bien claro un hecho que la primera película falseaba en exceso: Grecia en aquella época no era, ni mucho menos, el patio de recreo de Esparta. Era un crisol donde otras ciudades estado, como Atenas, Tebas y otras tantas, otorgaban algo de luz en aquella época oscura, violenta y agresiva que estas cintas homenajean, muy a su manera.

El gusto que cada uno tenga luego por según qué niveles de violencia en el cine hará el resto, supongo, pero desde luego he visto casos peores que este. Aquí lo que prima es el entretenimiento puro y duro, algo que, entre el buen hacer del guión y la más que correcta duración de la película, El origen de un imperio consigue plenamente.


lunes, 3 de marzo de 2014

El crimen de la abadía


Como ya comenté días atrás, la adaptación teatral de una novela tan compleja como El nombre de la rosa me parecía una tarea muy, muy difícil, un obstáculo que fue solo un grano de arena en el desierto que debieron atravesar José Antonio Vitoria y Garbi Losada, que pasaron años hasta obtener los derechos y que han necesitado fondos de hasta cuatro comunidades autónomas (País Vasco, Navarra, La Rioja y Extremadura) para poner en pie la que es primera adaptación a escena de la obra de Umberto Eco.

La obra se estrenó en el festival de teatro clásico de Cáceres de 2013, con Karra Elejalde como cabeza de cartel. Obtuvo unas críticas moderadas y, en el caso del actor principal, buenas. Ahora llega a Madrid con el cambio de Elejalde por el veterano Juan Fernández, actor curtido en teatro, cine, televisión y doblaje, un sustituto de garantías y, con diferencia, lo mejor de toda la obra.

La producción, que pone en escena a 12 actores principales y a 30 figurantes, cuenta con una escenografía curiosa (una especie de libro antiguo que se abre en diferentes secciones, dando lugar a distintas estructuras que permiten reconstruir los escenarios de la abadía con bastante ingenio). La luz, el vestuario y la ambientación dan pie a que uno se sienta trasladado a la época en que está basada la obra, y con ello y el buen papel de Fernández, podríamos pensar que se trata de una obra digna y merecedora de aplauso. Nada más lejos de la realidad.

El primer problema que encuentro a esta adaptación es la falta de talento a nivel de dirección y, muy especialmente, a nivel actoral. Respecto a lo primero, y con todos mis respetos para los implicados, creo que el enfoque que se le ha dado a la historia, fusilando literalmente el prólogo y epílogo de la película de Annaud y decenas de diálogos tal cual, pero introduciendo cambios inexplicables o solo explicables a falta de recursos mejores, convierte la apasionante intriga monacal de la novela y la película en un completo despropósito, una especie de vodevil demasiado evidente en sus aspectos más obscenos, nada sutil en sus implicaciones y forzado hasta la saciedad, donde nada nunca está contado o interpretado como debiera.

A este desastre narrativo no ayuda, desde luego, el ir y venir constante de escenas y el cambio de decorado a cada instante, que te saca constantemente de la historia, así como el confuso atropello de situaciones que llega a mezclar en una misma escena momentos tan distintos como el debate papal y el juicio de la inquisición, un totum revolutum donde la historia es maltratada hasta el extremo de que a la hora escasa hasta el espectador más inocente sabe en qué ha consistido el crimen y quién es el autor. Está todo realmente mal contado, con personajes diciendo frases que en la novela jamás habrían dicho pero que aquí toca porque no hay otro para decirlas.

Pero si la dirección de la obra es nefasta, lo que no se puede tolerar es la pobreza interpretativa de buena parte del plantel. Con la excepción de Juan Fernández, sólido en todo momento y el único que realmente eleva el interés con sus intervenciones, y Pedro Antonio Penco, resulta imposible creer que el resto pertenece a orden monacal alguna. No hay un solo monje, delegado papal o incluso soldado que te haga creer que estás en un monasterio del siglo XIV, ni por su paupérrima caracterización ni por su nula adaptación a papeles que, como en el caso del abad, Salvatore o Jorge de Burgos, quedan claramente grandes a sus intérpretes. Y especialmente doloroso resulta Juan José Ballesta como Adso de Melk. Me resultó insoportable cada vez que intervenía con esas voces a destiempo de gallito de barrio, sin dramatización de ninguna clase, esos saltos extemporáneos y esa forma de pisar a sus compañeros y ese artificio permanente, de nivel de mala obra de colegio, hasta el punto de llegar a preguntarme qué demonios hacía un chaval tan poco dotado para la interpretación ahí de pie, tratando de disimular con tan poca habilidad teatral no ya una falta de experiencia que doy por supuesta (eso de dar la espalda al público o hablar entre susurros, ay...), sino de calidad como actor, lo cual es todavía más grave.

A la salida de la obra, que duró dos horas que pasaron como cuarenta, comentó una mujer que esta obra merecía más talento. No se me ocurre mejor frase para resumir una dolorosa indigestión que me hizo santiguarme, y mira que yo no suelo, y rezar a todos los santos que conozco para que nadie más tenga que pasar por semejante vicaría en mucho tiempo. Menos mal que pude llegar a casa a tiempo y tomarme una ración de película para quitarme este mal sabor de boca. Posiblemente, y me perdone Juan Fernández, a quien tengo en gran estima, esta es la peor obra de teatro que he tenido la desgracia de ver en toda mi vida. Y mira que las he visto malas.


viernes, 28 de febrero de 2014

La abadía del crimen



Cuando Umberto Eco publicó El nombre de la rosa (1980), uno de sus mayores temores era que el público se tomara la novela como una historia de crímenes en una abadía misteriosa. Es cierto que una de las tramas giraba en torno a la resolución de unos asesinatos cometidos en dicha abadía, pero estaba diluida en medio de un estudio realmente documentado sobre retórica y semiótica medieval y eclesiástica, así como de los medios para combatir las herejías y los peligros de que la cultura saliera de sus reductos tradicionales, temas en los que Eco era un absoluto experto en la materia.

Esta trama poliédrica servía de pretexto para que desfilaran por la obra decenas de personajes complejos, profundos y excelentemente desarrollados, y estaba protagonizada por el sabio y astuto Guillermo de Baskerville, asistido siempre por su joven novicio Adso de Melk. Las referencias a Sherlock Holmes son más que evidentes, algo que el propio Eco reconoció desde el principio. Ambos personajes acuden a una abadía italiana en 1327 llamados por el abad, quien está preocupado de que los crímenes pongan en peligro una reunión papal que trata de dirimir el espinoso debate de la pobreza de Cristo, asunto en que los franciscanos y benedictinos, entre otras muchas órdenes, andaban planteándose por aquellas fechas con denodado interés.

El éxito de la novela fue espectacular, convirtiendo el libro en un best-seller y a Eco en un improbable autor comercial, algo que el tiempo se encargaría posteriormente de poner en su correcto lugar. La obra entusiasmó a propios y extraños por su extraña conjunción de textos y paratextos, ese fundamento de la literatura postmoderna donde los límites del plagio y el homenaje se confunden con tanta facilidad. En sus "apostillas", que sirven como prólogo de sus últimas ediciones, Eco confiesa que hay párrafos enteros sacados de textos medievales, especialmente en aquellos en los que Adso se plantea los pecados de la lujuria en pleno debate interno, pero no solo. Una novela, en cualquier caso, que a pesar de sus constantes digresiones sobre sus muchos focos de interés temático, logra atrapar al lector por la poderosa fuerza de sus imágenes y la extraordinaria capacidad de Eco para seducir con el arte de la palabra.

La adaptación cinematográfica era cuestión de tiempo, como así ocurrió. La productora alemana Constantin Film se hizo con los derechos del libro en 1981 y comenzó a buscar director y equipo artístico, hasta que finalmente se decantaron por Jean Jacques Annaud (En busca del fuego, El oso). Más de cuatro años llevó al equipo a encontrar el reparto adecuado, con graves problemas para dar con un Guillermo de Baskerville de garantías. El papel fue finalmente para Sean Connery, por aquel entonces con una carrera en caída libre, a pesar de las reticencias de un Eco que adoraba al personaje de James Bond y que, precisamente por ello, jamás habría imaginado asociación alguna entre Connery y Guillermo. El entonces afamado Frank Murray Abraham, el inmortal Salieri de Amadeus, fue escogido para interpretar a la némesis de Guillermo, el inquisidor Bernardo Gui. El resto del casting lo completaron un nutrido grupo de actores europeos solventes y poco conocidos, que por su extraño físico se adaptaban perfectamente a sus papeles de monjes recluidos en la abadía en pleno feudalismo, y a los que en último lugar se unió Christian Slater como el joven Adso. Valentina Vargas, inspiradora del título de la novela, fue la protagonista de una escena que, estoy seguro, ayudó a salir de la inocencia a muchos jóvenes que debieron quedarse con la misma cara que el pobre Slater, que durante la grabación de su escena amorosa nada sabía de lo que iba a ocurrir.

Por lo demás, la película podría haber adoptado perfectamente uno de los títulos de trabajo que Eco manejó en los primeros borradores de la novela, La abadía del crimen. Despojándose de prácticamente todo lo que no fuera la trama principal, Annaud respetó de manera escrupulosa las andanzas de los dos franciscanos en busca del asesino y durante las dos horas planteó un fascinante viaje visual y sonoro a la Edad Media, a lo que contribuye un diseño de producción fabuloso y un casting muy acertado. Personajes como Jorge de Burgos, Malaquías o Berengario cobraban vida de una manera asombrosa, dando a la cinta un peso que seguramente pocos pensaron que tendría. A ello se sumó la habilidad de Annaud para recoger escenas fundamentales del libro, como la del laberinto de la biblioteca, que fue la única que se rodó en estudios interiores. El resto fue recreado de manera soberbia en exteriores, transmitiendo, a pesar de la nieve artificial, el frío, la miseria y el hambre que sin duda debía atravesar toda Europa por aquellas fechas.

El éxito de la película fue considerable para tratarse de una modesta producción europea. Las actuaciones de los actores eran excelentes, la banda sonora de James Horner era un prodigio de buen gusto en la selección de temas religiosos e inspiración en la partitura original y el pulso narrativo de la cinta, más que notable, con escenas para el recuerdo como la de las pesquisas de Guillermo en los exteriores de la abadía, su duelo con Bernardo en el tribunal de la Inquisición y, muy especialmente, un incendio de la biblioteca que reflejaba perfectamente la esencia del libro. Es cierto que mucho se quedó en el tintero pero, como afirmaba Annaud en una de las entrevistas, tanto él como Umberto Eco tenían claro que se trataba de dos acercamientos desde lenguajes muy distintos a una misma historia, donde por simples cuestiones logísticas, de tiempo, espacio y presupuesto, hubiera sido imposible dar cabida a, por ejemplo, las complejas disquisiciones que se hace en la novela sobre la simbología religiosa del pórtico por parte de Adso, que en la novela ocupa páginas enteras y que la película resuelve con una simple toma de tres segundos.

El nombre de la rosa es un ejemplo perfecto, quizá el mejor, de cómo hacer una adaptación literaria al cine. Me parece ejemplar que el inicio del proyecto fuera dejar claro que se trataba de un medio diferente y, a partir de ahí, se potenciara todo lo que en la novela queda más difuminado, como un apartado visual, de caracterización, de ambiente, que las imágenes de Annaud consiguen transmitir muy bien. El respeto por la personalidad de los personajes, sus notables diálogos y la emoción de ciertas escenas están a la altura de lo que cabría esperar de una adaptación que sigue viva en la memoria de los lectores y espectadores, como muestra la reciente adaptación al teatro que acaba de estrenarse en Madrid, y cuya crítica espero poder hacer en breve para sumarla a este reportaje. La tarea de adaptarlo a las tablas no es nada sencilla, y hay muchos riesgos, pero aun así es una historia que sigue teniendo el suficiente atractivo como para darle una oportunidad más, y las que queden.

A modo de curiosidad, no me gustaría terminar sin hacer referencia a que la novela fue también convertida en videojuego en los años 80 por parte de un equipo de desarrollo español. A pesar de que Eco no quiso saber nada del asunto, se trató de un juego fantástico que, en perspectiva isométrica y con unos gráficos más que decentes para la época, nos ponía a los mandos de los dos protagonistas para investigar a fondo un escenario complejo y lleno de detalles. A día de hoy, está considerado un juego de culto por parte de fans de todo el mundo. ¿Y saben cómo se llamó? Así es: La abadía del crimen.


jueves, 27 de febrero de 2014

La tecnología de la incomunicación





Tenía pensado hacer hoy un análisis de la película Her, de Spike Jonze, pero me ha parecido más interesante destacar uno de sus elementos que la cinta en sí, que me aburrió como hacía mucho tiempo que no me pasaba en el cine. La historia cuenta las andanzas de un excéntrico habitante occidental de Shangai (Joaquim Phoenix, tan bien como siempre), que un día descubre que está comenzando a sentir algo más que cariño por un sistema operativo que le acompaña a todas partes con la sensual voz de Scarlett Johansson. 

Si la película destaca, además de por su impactante diseño y fotografía, es por apuntar con el dedo acusador uno de los males endémicos del mundo altamente tecnologizado en que vivimos hoy en día. Ya no queda prácticamente nadie por aquí sin un teléfono móvil, sin conexión a Internet o sin estar metido en decenas de redes sociales, perfiles laborales interconectados, etc. En un posible futuro, la película de Jonze plantea la lógica evolución de los ordenadores, las videoconsolas y los sistemas informáticos hasta un punto en que las barreras emocionales humanas llegan a confundirse y se vuelven borrosas e inquietantes. Sin embargo, y por mucho que pueda sonar algo exagerado, no creo que estemos tan lejos de ello.

En el trabajo que realizo cada día presencio una cantidad cada vez mayor de personas adictas a los teléfonos móviles. Es muy curioso que en un lugar como un centro de enseñanza, donde hay conviviendo literalmente cientos de personas, el momento del recreo sea un continuo ir y venir de chicos y chicas concentrados solo en una pequeña pantalla cuyos dedos teclean con furiosa rapidez: chats de conversaciones, grupos de amigos, intercambio de fotos, vídeos, chistes y aplicaciones... cualquier excusa es válida para entrar en ese espacio digital en que somos solo esa fotografía de perfil tan apropiada o ese apodo tan ingenioso que disfraza todo lo que no queremos que los demás vean. Y mientras tanto, a su alrededor, se escapan literalmente cientos de oportunidades para entablar conversaciones, amistades o quién sabe qué más con aquellos que les rodean, y que seguramente andan tan ocupados o más que ellos en sus propios microcosmos electrónicos.

El mundo se mueve muy deprisa, y como decían en aquella vieja película, "nadie se quiere quedar atrás". Ahora mismo, que uno de esos chicos no forme parte de estas costumbres es, literalmente, una marcianada. Resulta impensable no tener whatsapp, no manejar con soltura los chats de Tuenti o poseer un perfil de Facebook que cualquiera con un poco de habilidad puede ojear a su gusto y voluntad. Muchos de mis alumnos me han reconocido que llegan a estar conectados durante más de seis horas al día, si no más, alumnos cuyos teléfonos y ordenadores han sustituido al anterior monstruo devorador de tiempo, una televisión que ve cómo su fuerza va perdiendo enteros día a día, dejando paso en su lugar a estas más modernas, más atractivas, más absorbentes, fuerzas de ocio digital.

Esto, lógicamente, crea hábitos que pueden llegar a ser nocivos y tienen consecuencias. Una alumna a la que robaron su teléfono sufrió un ataque de ansiedad, seguramente porque contenía material que no deseaba que nadie conociera, pero también porque aquellas horas que tuvo que permanecer "desconectada" fueron para ella un auténtico suplicio. He llegado a ver grupos de gente supuestamente reunida que, formando un círculo o corro, no intercambiaba una sola palabra porque cada uno estaba entablando conexiones con otros lugares, con páginas webs, quizá con otras personas: un total despropósito.

Y es que, curiosamente, lo que se supone que debería servir para comunicarnos, esta nueva tecnología, está encontrando una paradoja antológica en que cada vez más las conversaciones con amigos o conocidos se ven salpicadas por la mala educación constante de ver cómo el otro saca el móvil para teclear rápidamente, casi de manera furtiva en el mejor de los casos o, de forma más descarada en el peor, destrozando con ello cualquier posibilidad de que nuestro diálogo pueda seguir por cauces normales: llamadas, mensajes, imágenes... El bombardeo es constante, la interrupción es constante, y con ello la falta de atención, la absoluta imposibilidad de mantener a estas personas o a mis alumnos centrados en temas que, si ya de por sí les suelen parecer poco relevantes, si se añade a la mezcla esta bomba de entretenimiento de apenas diez centímetros, verá condenados al fracaso cualquiera de nuestros esfuerzos por comunicarnos. 

Seguro que soy un carca reaccionario por pensar así, pero siento una profunda lástima por cómo está derivando toda esta situación, por todo lo que estamos perdiendo de contacto humano físico, real, de sentir la palabra y la presencia del otro frente a nosotros, ese contacto que nos devuelve a nuestras esencias más básicas, como muestra de manera excelente el último plano de Her, donde los dos protagonistas contemplan un amanecer mientras ella apoya su cabeza en el hombro de él. Ese tipo de vínculo que nos hace humanos es algo que ninguna máquina, por compleja o sofisticada que sea, podrá igualar jamás.



martes, 25 de febrero de 2014

El tiempo será mi venganza (parte 3 y final)



En el sueño, Zeroi se veía a sí mismo de espaldas, frente a un espectacular eclipse de sol. Era como si un enorme planeta gigante se hubiera adueñado del atardecer y, con la luna como único testigo, bañase el firmamento de sangre. Lejos de desplazarse hacia un lado u otro y dejar paso de nuevo a la luz del sol, el imponente planeta avanzaba más y más a la ladera de la montaña desde la que observaba la escena. La colisión era inminente e inevitable, y arrasaría todo a su paso hasta no dejar ni el eco de la memoria de que alguna vez existió...
- ¡No!

La doncella despertó de golpe, sorprendida por el repentino grito del príncipe de las tinieblas, y retiró inmediatamente la mano de su rostro. Zeroi se sacudió el pelo de la frente, empapado en sudor, y tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba en presencia de la joven.
- ¿Quién eres?
- Yo podría preguntaros lo mismo, mi señor... No sé qué hago aquí.
Zeroi la observó, aturdido por su abrupto despertar y por la enigmática belleza de aquella muchacha. Tenía la piel de una estatua de mármol, y unos ojos brillantes en la oscuridad de la alcoba que los envolvía a ambos. Justo cuando iba a preguntarle de nuevo, la puerta de la estancia se abrió y entró una anciana con un gesto de ira incontenible.
- ¡Al fin te encuentro! ¿Se puede saber dónde te habías metido? La de veces que te habré dicho que no se debe molestar a los invitados de su alteza -dijo, llevándosela con una energía que Zeroi jamás habría pensado que pudiera albergar aquella mujer-. ¡Venga, dejémoslo dormir en paz!

Rudyard sacó a la doncella de la sala y tras comprobar que, a juzgar por su expresión, Zeroi había recibido la visión mágica correctamente, cerró la puerta. La joven aún parecía hechizada parcialmente, lo que obligó al mago a conjurar el mal que latía en ella:
- Que mis ojos sean tu sol y el viento, mis manos. 
Nada más retirar la mano de su frente, la joven cayó desmayada. Justo en ese instante Zeroi abría la puerta:
- ¡Está enferma!
- No, no, mi señor. Es fruto del cansancio, de tanto trabajar, ¿sabe? Déjeme que la lleve abajo, ahí podrá descansar y usted también.
- Ni pensarlo, anciana. Vamos, ayúdeme a subirla a mi cama.
Rudyard torció el gesto. Si Melkior descubría el sainete que acababa de formarse ahí, ya podía ir diciendo adiós a sus aspiraciones de rescatarlo. En cualquier caso, Ekai tenía razón: no podían quedarse en el pasillo o llamarían la atención.
Tras dejarla cuidadosamente tendida sobre la cama, el mago vio cómo el príncipe la miraba, con la respiración contenida.
- Curioso hechizo, el de la atracción -dijo Rudyard, viendo que la ocasión era buena para una nueva lección de buenas costumbres-. Nos lleva a perder la cabeza por personas a las que apenas conocemos, que en nuestra imaginación se convierten en aquellos que más deseamos, que quizá hemos deseado siempre y aún no hemos conocido. Una magia poderosa, sin duda, pero que nos puede llevar al engaño y a la decepción.
- Yo pensaba que era amor.
Rudyard se echó a reír. Si Melkior quería hacer de aquel joven ingenuo su príncipe de las tinieblas, entonces le quedaba más camino por recorrer del que podía imaginar.
- Oh, no, mi señor. El amor es mucho más poderoso que la atracción, porque no se basa en detalles superficiales, como una piel de mármol o unos ojos brillantes que acaban de descubrirse. Hace falta conocer realmente a alguien para llegar a amarlo, y para eso se necesitan algo más que cinco minutos y un sueño ligero.
Nada más decirlo, el mago supo que había hablado demasiado, como siempre. El príncipe lo miró, sin entender cómo era posible que le hubiera leído el pensamiento, y ya estaba a punto de preguntarle cuando Rudyard se excusó y salió de la estancia a toda velocidad.

         *    *    *

Varios días pasaron en la fortaleza de las nieves sin más novedad que el incipiente amor entre Ekai y Saioa, que así se llamaba la joven doncella. Largos paseos en las escasas horas de sol y breves conversaciones en los pasillos se convirtieron en el día a día de una pareja que, era evidente, sentía algo más que atracción a primera vista. Melkior vio en aquel plan frustrado un peligro potencial para sus planes y decidió que ya que la doncella no satisfaría la lujuria de su ahijado con el conjuro que preparó para ambos, quizá sirviera de semilla del dolor y el odio si conseguía asesinarla de una manera efectiva y cruel.

Rudyard no los perdía de vista, ya fuera en la forma de la entrañable Teodora, la anciana matrona de la fortaleza, de un paje o de un ave que pudiera escuchar cuanto decían desde la rama de un árbol del jardín. Le parecía realmente curioso que todas y cada una de las enseñanzas que había tratado de inculcarle los años anteriores habían hecho mella en él, y aquellos consejos, máximas y advertencias salían de su boca como si hubiera sido él quien las hubiera inventado. Saioa lo escuchaba siempre con atención, intercambiando con él cuanto ella había conocido en los viajes de su familia, por lo que pronto su amistad pasó a enriquecerlos más que cualquier lección de Rudyard con una pizarra de por medio. Finalmente, una noche de julio fría como si fuera de pleno enero, ambos se besaron de tal modo que el mago tuvo que aceptar que su sobrino tenía razón aquella primera noche en la alcoba, y sus vínculos se habían desarrollado más allá de la simple atracción. Alzó la mirada a las estrellas, a esas mismas constelaciones que él también contempló de joven en soledad, y sintió alegría por poder ser testigo de la felicidad de aquel a quien tanto quería.

De pronto, Rudyard sintió que un escalofrío recorría su espalda. Un viento helado recorrió el jardín y convirtió todo cuanto había a su alrededor en cristal. Suerte tuvo de poder alzar el vuelo sobre la rama en la que se encontraba, ya que de lo contrario habría corrido el mismo destino que el árbol, el banco y... Saioa.
La voz de Melkior sonó con fuerza en medio de aquel silencio de hielo y muerte, sin que Zeroi diera crédito a nada de lo que estaba pasando:
- Hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos tu edad, conocí a una mujer. Al igual que esta joven, era bella y dulce, y llenaba mis días de dicha y mis noches de fantasías. Todo era perfecto, hasta que, como suele ocurrir siempre, dejó de serlo. Llegó la guerra, Zeroi. El baño de sangre. La leva militar que nos llevó a todos al frente del combate, a luchar contra los que querían fundir las nieves de Nilfheim y convertirlas en el seco desierto del que procedían.
- Los ejércitos de Yordano.
- Así es. Fueron meses muy duros, donde únicamente el recuerdo de mi amada mantenía con vida mi corazón. Hasta que un día, cuando se cumplían cien lunas desde nuestra separación, llegó la noticia de que las tropas de Yordano habían rodeado la frontera y habían entrado por el norte, desembarcando en las mismas costas donde se escondían las mujeres y los niños de Nilfheim.
Zeroi escuchaba, asombrado, sin poder apartar los ojos de Saioa.
- Cuando volví a ver las torres de mi castillo, había sido reducido a cenizas. Yordano había destruido todo mi mundo y a todos los que vivían en él, Zeroi. Mi familia, mis amigos, mi esposa... Ni siquiera la derrota de Nilfheim me importó. Lo único en lo que podía pensar era en la venganza, pero yo entonces era demasiado joven, demasiado ingenuo, demasiado confiado como para poder derrotar al que había doblegado a cien ejércitos. Así que huí. Me refugié en el Inframundo, el reino mitológico que aguarda más allá de la vida y de la muerte, y allí, rodeado de la sombra y la maldición, me hice más fuerte de lo que nadie podía imaginar. Aprendí a conjurar a la noche, a desenvainar el frío y el hielo como si fuera una espada y a dominar toda forma de vida con el simple aliento de mi voluntad. El tiempo sería mi venganza, el tiempo para que mis enemigos se confiaran, se divirtieran con su victoria, tuvieran hijos y fueran felices... El tiempo sería mi venganza, el tiempo del olvido y del descuido fatal. 
- ¿De qué estás hablando, padre? Jamás había escuchado esta parte de la historia.
- Estoy hablando de ti, hijo. Te estoy contando la verdad para que sepas de dónde procedes realmente, 
 para que entiendas la gravedad de los actos que cometí y de los que estoy a punto de cometer.
Y dicho esto, Melkior rozó suavemente la espalda de Saioa con su báculo. Zeroi apenas tuvo tiempo de reaccionar, ya que la piel de mármol y los ojos brillantes se llenaron de grietas que, una a una, resquebrajaron toda su anatomía hasta dejarla a un suspiro de romperse.
- No pediré perdón ahora, como no lo hice entonces -dijo Melkior, con una mirada fulminante y decidida-. El tiempo es mi venganza: toda una eternidad para sufrir.
Saioa se quebró en mil fragmentos, mientras en vano Zeroi trataba de sostener sus manos como lo había hecho cuando la besó aquella noche por primera vez. Con el jardín inundado por el dolor del joven, Rudyard se desplazó a toda velocidad hasta el suelo y recuperó su forma original, justo en el momento en el que Zeroi desenvainaba su espada y se dirigía hacia Melkior con la ira encendida en sus ojos.
- ¡Detente, príncipe! ¡No lo hagas!
Melkior se echó a reír, entre asombrado y complacido, nada más ver a Rudyard en aquella escena:
- ¡Mira quién está aquí! El bufón de Kadeusi, el que creía que podría evitar lo inevitable. ¡No le hagas caso, hijo mío, y termina lo que has empezado!
Rudyard conjuró las fuerzas del día y arrojó un poderoso rayo que detuvo el brazo de Zeroi, incapaz de atender a razones en aquellos instantes de infinito dolor, de venganza y de muerte:
- Él no es tu padre, como Zeroi no es tu verdadero nombre. No te dejes engañar, príncipe Ekai, legítimo heredero del trono de Iskandar. Melkior desea que acabes con su vida para convertirte en su heredero, en el nuevo rey del Inframundo. Si lo haces, si descargas tu espada, habrás iniciado un viaje sin retorno al reino de la noche y te convertirás en el enemigo de los hombres y los dioses.

Mientras lo decía, Rudyard fue adoptando todas y cada una de las formas que había empleado para aleccionar a Ekai. El joven contempló, asombrado, como todos aquellos amigos de la infancia, sirvientes y maestros eran en realidad aquel desconocido que tan bien parecía conocerlo.
Melkior gritó, enfurecido, y alzó su báculo para conjurar al hielo y el cristal. Rudyard se elevó varios metros y agitó su bastón hacia las estrellas, levantando cientos de ellas como rayos de fuego que formaran una muralla impenetrable por la que el hielo fue incapaz de pasar. El príncipe los observaba a ambos, incapaz de comprender el alcance real de aquel duelo de magia y profecía. La noche se volvió roja y azul, y dos mundos entraron en colisión.
Finalmente, la magia de Rudyard se alzó poderosa sobre la de su enemigo y este cayó a los pies del príncipe, con su báculo quebrado en dos. Melkior alzó la mirada, en un gesto que mezclaba la furia con el desafío:
- Es inevitable. Tú ocuparás mi lugar, y entonces mi venganza se habrá completado. Si tu padre Yordano estuviera aquí desearía venganza, como yo, como todos los que pisamos este mundo infame. No eres mejor que yo.
Rudyard estaba tan fatigado por el combate que no pudo hacer nada cuando Ekai alzó su mano armada sobre Melkior. "Recuerda el eclipse", pensó, desesperado. "Recuerda que puede destruirnos a todos". Entonces cerró los ojos y un golpe sordo estremeció la noche.

*   *   *

Dos días más tarde, Rudyard y Ekai se encontraban en el salón del trono del palacio de Iskandar. Las figuras del hielo permanecían exactamente igual que como las había dejado el mago dieciséis años atrás.
- Esos de ahí son tus verdaderos padres: Yordano y Eloís.
El príncipe llegó ante ellos, reconociendo en él sus facciones y en ella sus ojos. Después se volvió al mago, y preguntó:
- ¿Qué va a ocurrir ahora?
- Todo volverá a ser como era. No puedo devolverte los años que has perdido a su lado, pero puedo darles a ellos el hijo que Melkior les arrebató. Para ellos ha pasado solo un instante, de modo que escoge bien tus palabras, porque no les va a ser fácil aceptar tu nueva forma. Claro que si les muestras esto, seguro que ayudará.
Y al decirlo, mostró los dos fragmentos del báculo de Melkior, y se los entregó con orgullo. Justo cuando creía que Ekai se dejaría llevar por el deseo de venganza, hizo girar la empuñadura de la espada en el aire, golpeando la cabeza del mago con la piedra preciosa de la parte inferior. Ahora el mago negro aguardaba su castigo en las mazmorras del palacio, y Ekai podría gobernar en el reino de la luz durante largos años.
- Estoy preparado, tío. Deshaced el hechizo, pronto.
Rudyard sonrió, y tras alzar los brazos, dijo:

Reino de nieve perpetua,
deja atrás la oscuridad.
Despierta, noche profunda,
ya llegó el día, Iskandar,
en que calienta tu alma
la sonrisa angelical
de aquel a quien le debes
 obediencia y lealtad.


Y al instante, los ojos empañados en lágrimas de Yordano y Eloís, así como la de todos aquellos que durante tanto tiempo habían dormido el sueño del hielo y el cristal, volvieron a la vida.


*     *    *

Cuenta la leyenda que nunca más nadie supo nada acerca del mago Rudyard, con el que no pocos estaban enojados por haberlos convertidos en estatuas durante una década y un lustro. Hay quien dice que regresó a las tierras de Kadeusi a tomarse un merecido descanso tras su larga búsqueda y su victoria sobre el rey del Inframundo, hay quien dice que se metamorfoseó en algún apuesto caballero para gozar de los placeres de la vida.

Solo uno supo, sin embargo, su destino real. Solo uno conoció, aunque fuera en la forma de un pájaro o un paje, a veces incluso una entrañable anciana, solo uno supo que su ángel de la guarda siempre permaneció cerca de él, siempre atento, siempre vigilante, y que únicamente cuando dormía regresaba a las hermosas tierras de Kadeusi para deleitarse con el brillo de su luz y de su agua, con la energía de las cascadas sobre los lagos y la hondura infinita de sus cielos azules y del sol de su infancia y juventud. 



Créditos de imagen:
1) http://www.wallpaperdota.com/wallpaper/2560x1600/big-solar-eclipse-1766.html
2) http://www.newgrounds.com/art/view/nondual/cosmic-birth
3) http://xdarkaro.deviantart.com/art/Cosmic-Stars-301279738
4) http://www.ultrahdwall.com/waterfall-wallpaper.html

viernes, 21 de febrero de 2014

La serie del mes (12): House of Cards


Frank Underwood (Kevin Spacey) está furioso. Muy furioso. Sus aspiraciones políticas son cercenadas justo cuando está a punto de tomar posesión el nuevo presidente del gobierno, al que él ha logrado hacer llegar al máximo puesto de poder político del mundo a base de un talento depredador y una crueldad implacable con sus amigos y enemigos en el congreso norteamericano. Underwood quiere venganza. Y la va a tener.

La cadena americana Netflix asumió un riesgo muy grande, a pesar de los grandes nombres implicados en la última genialidad de David Fincher para la televisión. Se trataba de un acuerdo por dos temporadas completas, de 13 episodios cada una, que se emitirían del tirón en sesión única por temporada, y donde se narraría el ascenso imparable de un auténtico tiburón de la política, papel que interpretaría un Spacey en estado de gracia. Frank Underwood es un personaje con infinitas posibilidades, dotado de un sentido del humor ácido y una ironía corrosiva que puebla cada línea de unos diálogos que Spacey borda con su habitual maestría, y que sostiene toda la función con su carisma por bandera y su enorme, inmenso talento interpretativo como arma infalible. A su lado, en el papel de fiel esposa y confidente, se encuentra siempre Robin Wright, que lleva meses recogiendo premios para llenar un almacén por su interpretación de Claire Underwood, llena de matices, gestos y un lenguaje de miradas del que, sinceramente, yo no pensaba que esta actriz fuera capaz. Y detrás de ambos cabezas de cartel hay todo un ejército de secundarios impagables, muy bien en sus puestos de combate y con un único objetivo: retratar la política americana como nunca hasta ahora se había hecho.

Puede que House of Cards ("castillo de naipes", en la traducción al castellano) llegue a veces un poco lejos, o quizá demasiado, en su crítica a un sistema corrompido de los pies a la cabeza, prensa incluida, y que permite y alienta que gente sin escrúpulos se alce con el poder pero, ¿saben qué? Estamos ya demasiado cansados de que la realidad supere la ficción como para no tomarnos la ficción en serio, de modo que al diablo con la verosimilitud. A mí esta serie, que me atrapó desde su primer capítulo y me sigue teniendo totalmente enganchado, ahora que estoy devorando la segunda temporada, me parece una de las cosas más memorables que ha hecho la televisión americana en décadas. Ya no es solo que los actores estén todos perfectos en sus papeles y que cada ruptura de la cuarta pared de Spacey me ponga los pelos de punta, con esa complicidad que despierta un personaje que uno no sabe bien si adorar o repudiar hasta el infinito. Ya no es que cada capítulo sea un monumento al montaje y a la tensión narrativas, o que asistamos a lecciones de filmación día sí, día también. Es que esta serie es condenadamente entretenida.

Es evidente que una serie de estas características basa su fuerza en los diálogos, en el duelo actoral y en el pulso de planos y contraplanos. House of Cards es, en ese sentido, tan implacable como sus protagonistas. El tono frío y aséptico de muchos episodios es un fiel reflejo del alma sin escrúpulos de unos personajes que manipulan, conspiran y engañan hasta la saciedad con el único objetivo de ascender o mantenerse en el poder, haciendo cabriolas de auténtico malabarista para conseguirlo. Si la primera temporada nos ofrecía algunos diálogos memorables y secuencias de auténtico infarto, tenía espacio también para el retrato íntimo de unos personajes que crecen con fuerza en capítulos determinados, como aquel en el que Underwood es reconocido por su antigua escuela militar y se descubre, casi sin quererlo, un pasado amoroso del que jamás hubiéramos podido sospechar nada, y que los actores implicados resuelven con un oficio y un talento sobrecogedor.  En cuanto a la segunda temporada, que acaba de estrenarse, da más espacio para que Robin Wright siga explotando un personaje tan complejo o más que el de su esposo, y que tiene en el episodio de la entrevista su auténtica cima, quizá el más perfecto ejercicio de destripe político, humano y social que ha hecho la serie, y eso es decir mucho. 

Al margen de cualquier otra consideración, creo que House of Cards se merece la oportunidad de que el espectador se acerque a ella despacio, que le dé tiempo a respirar con un ritmo aparentemente pausado y que, igual que me sucedió a mí sin apenas darme cuenta, se deje atrapar por sus muchas virtudes. No es nada habitual ver series de esta calidad, tan a la altura de las mejores películas del género, y con la que únicamente barbaridades como Sherlock pueden competir en condiciones de no salir muy mal parada. El resto se encuentra, me temo, a una distancia sideral.



jueves, 20 de febrero de 2014

Cinefórum (36): La gran estafa americana (American Hustle)


La primera película que tuve el gusto de ver de David O. Russell fue Tres Reyes (1999), una extraña mezcla de humor y acción protagonizada por George Clooney y Mark Walhberg, un par de buscavidas en un improbable Irak en guerra. No sé bien qué es lo que habrá hecho en estos últimos quince años porque le he perdido la pista por completo, al margen de The Fighter (2010) y El lado bueno de las cosas (2012), que me negué a ver en su momento por pereza total y que, sin embargo, recibieron unas magníficas críticas y le valieron sendos oscar a Christian Bale y Jennifer Lawrence, la actriz de moda en Hollywood ahora mismo.

Precisamente con ambos actores como las estrellas de esta función y un reparto de secundarios de lujo se presenta esta película que, de nuevo, vuelve a jugar en terrenos híbridos de la comedia, intriga y cuadro de costumbres de la América de los 70. La historia gira en torno a un estafador de poca monta y sus desventuras por escapar de una condena judicial con su talento y ocurrentes salidas (el genial Irving Rosenfeld, papel que interpreta un irreconocible Bale entrado en carnes y entradas). A su lado gira toda una trouppe de policías ineptos (Bradley Copper), mujeres fatal (Amy Adams, también excelente), políticos corruptos (Jeremy Renner, tan flojete como siempre) y una esposa que roba la función en la piel de una Jennifer Lawrence que, me temo, volverá a llevarse otro merecido oscar a mejor secundaria por su papel de la excéntrica, alcohólica y desatada Rosalyn. Su escena con el microondas o el último diálogo que mantiene con Bale son, sinceramente, de las escenas más divertidas que he visto en todo el año, y el modo en que esta actriz transmite la estupidez infinita de su personaje requiere más talento del que requiere alguien que, por suerte, cada vez es menos conocida por ser la protagonista de ese engendro cinematográfico llamado Los juegos del hambre

La película tiene un arranque excelente, con una estructura de prólogo, flash-back y remonte que no da tregua y permite hacerse una idea estupenda de los personajes, su trasfondo y sus posibilidades, y a partir de ahí se lanza a una sucesión de estafas fenomenalmente narradas. Prácticamente todo el casting está intachable y ayuda, y mucho, a que esta historia de miserias humanas avance con rumbo firme hasta un tramo final que, eso sí, me pareció algo más flojo de lo que creo que merecía la historia. Por el medio quedan algunas secuencias memorables, algún que otro cameo que mejor es no destripar y una ambientación sencillamente maravillosa, tanto a nivel de diseño de vestuario y escenario como de música, donde Russell ha acertado plenamente al dar más papel a una selección de éxitos de finales de aquella década tan especial que a la partitura del siempre controvertido Danny Elfman. Así, se suceden Tom Jones, Elton John, los Bee Gees, Donna Summer y hasta la Electric Light Orchestra para darle un sabor realmente acertado a cada secuencia.

Quizá el mayor "pero" que le pondría sería que, aunque lo intenta, esta cinta se queda realmente lejos de los méritos de otras cintas sobre estafadores y engaños de guión, como las magistrales El golpe (1972) o, en otro orden, Nueve reinas (2000). Es algo que noté especialmente en un tramo final que debería haber recogido los muchos méritos y virtudes de una cinta que se desinfla de manera bastante incomprensible en un final algo anodino, que carece de la fuerza, ritmo y energía con la que había arrancado. No entiendo, por tanto, el aplauso y reverencia con que está siendo recibido su trama, y tampoco me parece que se merezca diez nominaciones a los Oscar, incluyendo mejor película, director y guión. Más merecidos, eso sí, me parecen los muchos premios que se están llevando Bale, Adams y Lawrence por su interpretación de unos personajes entrañables y carismáticos, que son en definitiva los que sostienen la función y que hacen pasar un rato más que agradable, algo que en estos tiempos de reboots que nadie ha pedido y producciones llenas de clichés y sopor parece casi un milagro. Que de ahí pasemos a laureles olímpicos me parece exagerado, pero ya se sabe lo que dicen del tuerto en el país de los ciegos.