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domingo, 7 de septiembre de 2014

La serie del mes (19): Penny Dreadful


A finales del siglo XIX, una serie de relatos conocidos popularmente como los penny dreadful obtuvieron un éxito notable en Reino Unido. Se trataba de narraciones pobladas de toda clase de criaturas fantásticas, como las que jalonaban las novelas más famosas de la época y que, posteriormente, darían lugar al género del terror tal y como lo conocemos en la actualidad: vampiros, hombres lobo, demonios, espíritus del antiguo Egipto... Editados en un papel pobre y vendidos a un penique en las calles (de ahí el nombre, una mezcla del concepto de barato y de lo terrible y macabro de aquellas historias) terminaron por desaparecer y, con el tiempo, reaparecieron en otra forma de arte, el cine, constituyéndose como el género B por excelencia.

Tomando como base este legado, Showtime y John Logan (un guionista habitual de Martin Scorsese) se pusieron hace dos años manos a la obra para crear una miniserie que recogiera buena parte de ese elenco de fantásticas bestias de la noche. Lo primero que Logan demandó fue un reparto de garantías, ya que una historia de estas características no se podría sostener con caras desconocidas. Así, fueron incorporándose al casting Timothy Dalton (que encarna a un aventurero rico y poderoso enfrascado en una personal vendetta), Eva Green (dama exótica donde las haya, aquí haciendo de las suyas como una posesa en toda regla) y Josh Hartnett (que hace de rudo pistolero yanqui). El resto de actores estaría encarnado por caras menos conocidas pero solventes, como Reeve Carney como Dorian Grey o Harry Treadaway como el doctor Frankenstein, y Logan logró, además, la participación de directores de renombre como J. Bayona, experto en estas lides tras su paso por El orfanato (2007).



A este elenco se unió un equipo técnico que buscó por todos los medios trasladar al espectador a un universo que combinara el sabor del terror decimonónico con ciertos toques de imaginería visual, ya fuera por unos efectos especiales cuidadosamente aplicados, un maquillaje a prueba de bombas y un vestuario y un apartado de diseño capaz de sumergir a cualquiera en las páginas de Bram Stoker o  Mary Shelley.

La trama de la primera temporada gira en torno al rescate de la hija de Sir Malcom Murray (Dalton), en manos de una peligrosa secta de vampiros. De la mano del personaje de Harnett nos vamos introduciendo poco a poco en los misterios de una trama donde queda muy claro desde el principio el total protagonismo de Vanessa Ives (Green), personaje sobre el que gravita la mayor parte de las tramas dramáticas y amorosas, dejando la acción pura y dura a Murray y al pistolero Ethan Chandler (Hartnett). El comienzo de la serie es demoledor, con unos primeros episodios frenéticos y plagados de esos lugares comunes de la literatura de terror tan bien combinados y dosificados.

Mayor problema plantea el ecuador de la trama, conforme los personajes de Dorian Gray y Frankenstein van cobrando mayor peso. El primero de ellos resulta intrigante a pesar de lo poco que se revela de él, mientras que del segundo quizá se revele demasiado y se agote en exceso su trama de cara a la ya confirmada segunda temporada. Todo se soluciona, en cualquier caso, en cuanto la señorita Ives entra en escena, ya sea para ese memorable capítulo en forma de flash back que relata los orígenes de su personaje, o ese otro centrado en su exorcismo que se convierte, sin mayor problema, en lo mejor de una temporada plagada de detalles macabros, lúgubres y sombríos, y donde todo está puesto al servicio de mantener al espectador igual de sorprendido que aquellos viejos y olvidados relatos de hace ya demasiado tiempo.

Resulta curioso cómo, a pesar de la sobreexplotación a la que toda esta fauna de lo salvaje ha sido sometida por toda la maquinaria del cine, la literatura y la televisión a lo largo de más de cien años, consigue mantener nuestro interés. Penny Dreadful aporta algunas teorías bastante interesante acerca de la existencia de demonios internos que solo a través de dichas manifestaciones ficticias nos atrevemos a mirar de frente, sin terminar nunca de identificarlos con nuestras propias pesadillas. Y es ahí, en esos maravillosos diálogos que pueblan sus escenas, mucho más que en las secuencias de acción o supuestamente terroríficas, donde la serie se eleva muy por encima de la media. Son sus fabulosos actores, y no lo monstruos, los verdaderos "robaplanos", con un elenco en estado de gracia donde Green y Dalton brillan con luz propia, demostrando por qué son dos auténticos colosos de la interpretación. El despliegue de medios físicos, psicológicos y de matices que hace Green me ha dejado asombrado, y eso que ya la tenía entre mis favoritas de su generación.

Pero es que, además de todo eso, Penny Dreadful es una serie valiente, atrevida, atípica y osada. Llega a lugares donde muy pocas osan, no tanto por exceso de conservadurismo como de falta de talento, simple y llanamente. Todo el equipo que rodea esta producción, con Logan al frente de la nave, ha logrado una auténtica rareza televisiva que se ha ganado por derecho propio una continuidad que, esperemos, sepan aprovechar igual de bien que en esta primera tentativa de ganarse al público. A pesar de sus fallos menores y algún que otro bajón de intensidad a lo largo de sus capítulos, Penny Dreadful es, con diferencia, una de las mejores series de 2014.


domingo, 17 de agosto de 2014

La serie del mes (18): The Killing



Cuando comencé a ver The Killing, hace ahora más o menos tres años, nunca sospeché el rumbo tan estrafalario que iba a llevar la serie. Basada en la producción televisiva danesa del mismo nombre,  la cadena AMC la estrenó en 2011 con el objetivo de cubrir un hueco que desde hacía mucho no tenía un dueño real, el de un drama psicológico de corte realista ambientado en el mundo de los asesinos en serio.

Y a fe que lo hizo, al menos en aquella primera tanda de episodios. Ambientada en la oscura, lluviosa y fría ciudad de Seattle, la historia de las dos primeras temporadas seguía los pasos de dos detectives, Sarah Linden (Mireille Enos) y Stephen Holder (Joel Kinnaman), para atrapar al asesino de una joven desaparecida en las más extrañas circunstancias. Al margen de su excepcional producción y fotografía, la serie basaba su fuerza tanto en la química entre los dos protagonistas como en el excepcional reparto de actores secundarios, encabezados por un gran Billy Campbell como el oscuro  político Dan Richmond. A eso se sumaba una banda sonora de lo más interesante, obra del mismo autor que la versión danesa, y unos fenomenales montajes de final de capítulo donde siempre se superponían las tramas con revelaciones que dejaban con la boca abierta al personal.

En teoría, la serie estaba pensada para durar trece capítulos, algo que por desgracia sus creadores decidieron modificar en el último momento para dejar un final abierto a una segunda y desastrosa temporada que a punto estuvo de suponer la cancelación de la serie. Alargar tanto la trama del asesinato de Rosie Larsen fue un clamoroso error, especialmente por la manera tan burda con que fue resuelto y el modo en que casi quema a todo el reparto. Únicamente Linden y Holder sobreviven a la quema para una tercera temporada plagada de problemas de producción, con Fox al rescate para coproducir una nueva tanda de trece episodios con AMC. 

Fue un alivio ver de nuevo a ambos actores en la piel de sus estrafalarios detectives, plagados de problemas y debates existenciales acerca de la identidad propia, la familia o su rol en la sociedad como agentes de la ley. Pero es que además la tercera entrega contó con una trama apasionante y dos secundarios, Elías Koteas y Peter Sarsgaard como el jefe de la policía y un preso con información clave para el caso, que elevaron el nivel mucho más de lo que podía imaginar. Lo mejor, no obstante, fue la manera tan elegante y coherente con que se cerró esta temporada, a mi juicio la mejor de todas y la que justifica aguantar los sopores de la segunda temporada tras el varapalo del final abierto de la primera. Toda una demostración de cómo se deben hacer las cosas para mantener el nivel de interés del público por todo lo alto.



No obstante, la inesperada espalda del público hizo que AMC decidiera no seguir luchando por esta producción, de modo que hubo que recurrir a nuevos inversores, toda vez que Fox también decidió darse de baja. Fue entonces cuando llegó el nuevo fenómeno, Netflix, esa cadena que hace cosas tan raras como estrenar una serie del tirón para alegría de sus muchos fans, como ocurre con la magistral House of Cards. Con un presupuesto más limitado, que daba únicamente para rodar 6 episodios, con un nuevo caso que esta vez dejaba los asesinatos juveniles y las bandas callejeras para meterse de lleno en el opresivo ambiente de una escuela militar masculina para almas conflictivas. 

Resulta asombroso el modo en que los guionistas se las han apañado para mantener la frescura de sus dos personajes principales, con unas tramas que seguramente en otras manos habrían dado mucho menos juego. Los traumas del pasado de Linden, que justifican ese carácter huraño y, sin embargo, entrañable, o los laberintos personales de un Holder tan enganchado a los estupefacientes como a las plegarias han resultado, de nuevo, esenciales, para acercarse a unos personajes plagados de humanidad, complicidad y química. Solo por ellos, sus diálogos o sus actuaciones en las entrevistas a los sospechosos ya merece la pena deleitarse con una serie donde la calidad y el buen hacer de sus intérpretes es capaz de hacer auténticas virguerías. A eso se suma una secundaria del talento de Joan Allen como la estricta directora de la escuela, y el resultado es, una vez más, a la altura de lo esperado.

Es cierto que seis capítulos saben a poco, por la imposibilidad de desarrollar todas las tramas como quizá hubieran merecido en otras circunstancias, pero es de agradecer el esfuerzo de todos los implicados por hacer que, al menos, las de los dos protagonistas queden completamente cerradas. Es posible que muchos no estén de acuerdo con el desenlace final que se da a cada uno, pero para mí resulta coherente con una trayectoria donde, como dice más o menos Mireille Enos en uno de sus parlamentos finales, "todo parecía estar en orden cuando estábamos juntos en aquel estúpido coche". 

Alejada del gran público, dirigida a una minoría amante de las escenas sin explosiones y los diálogos intensos, The Killing ha pasado por un auténtico carrusel de productoras y estados emocionales, con unos pocos fans haciendo campaña en las redes para mantener viva la serie y con unos actores entregados, comprometidos y muy conscientes de que si ahora se están acercando a públicos mayores con producciones cinematográficas (Enos coprotagonizó Guerra Mundial Z con Brad Pitt y Kinnaman ha sido la estrella absoluta de la reciente Robocop) es gracias a sus detectives disfuncionales, irritables y, sin embargo, cargados de empatía. Para la historia quedan ya sus aventuras imposibles en ese Seattle retorcido y mugriento que tantas alegrías nos ha dado estos años.




domingo, 13 de julio de 2014

La serie del mes (17): The Americans





Si hace algunos años me hubieran contado que una cadena de televisión americana produciría una serie de televisión sobre dos agentes secretos rusos infiltrados en la sociedad de EEUU en plena guerra fría, hubiera pensado que se estaba riendo de mí o que me tomaba por loco. Y sin embargo, ésa es precisamente la premisa de partida de The Americans, que FX lanzó a la fama el año pasado con su primera (y excelente) temporada.

Los protagonistas de este asunto son el para mí desconocido Matthhew Rhys y la siempre inquietante y hermosa Keri Russell (Felicity). Ambos hacen del casi-perfecto matrimonio Jennings, padres de dos hijos que se creen tan americanos como la Whopper y vecinos ejemplares donde los haya, pero que en sus ratos libres se dedican a hacer y deshacer entuertos propios de los espías de élite para la madre Rusia. Como no podía ser de otro modo, la serie se construye sobre las excelentes interpretaciones tanto de sus dos protagonistas como de un elenco de secundarios de lo más acoplado, con acentos americanos (Noah Emmerich, Richard Thomas) y rusos (Annet Mahendru, Lev Gorn), cuyo gran trabajo hace creíble el conjunto de tramas, juegos de ratón y gato que dan forma y estructura a sus dos temporadas estrenadas hasta la fecha.

Como no podía ser de otro modo, el conflicto entre la tensión creada por la propia inercia de una historia de espionaje a escala internacional, con asesinatos, secuestros y persecuciones, sumado al propio de una familia con hijos adolescentes que empiezan a hacerse (demasiadas) preguntas sobre sus padres es el pivote central de la serie. Y es un equilibrio difícil, del que los guionistas no siempre salen bien parados, como demuestran las algo forzadas tramas de aventuras amorosas, pero que en cualquier caso logran mantener el interés y, especialmente en la segunda temporada, acaban por todo lo alto y anuncian grandes empresas para temporadas venideras.

Uno de los aspectos más satisfactorios de The Americans es su cuidada producción, que nos envía treinta años atrás en el tiempo no solo a través de los buenos diálogos y la mentalidad que irradian sus personajes, sino de un apartado de diseño que nos devuelve literalmente a los años 80, con todos sus atrasos y sus por entonces avances tecnológicos (ver al hijo de los Jennings colarse en la casa de unos amigos para jugar como un poseso a la Atari 2600 no tiene precio). Esto también se traslada al apartado de maquillaje, donde tanto Rhys como Russell deben convertirse en decenas de personajes alternativos falsos, y donde habría sido realmente sencillo entrar en la caricatura y el chiste fácil (¿se acuerdan de Val Kilmer en aquella cosa llamada El Santo?), pero que aquí está bien resuelto, con solvencia y un muy buen hacer por parte de los intérpretes, que están sencillamente fantásticos en su papel.

La primera temporada de la serie terminaba de una manera un tanto caótica, más que nada por el deseo expreso de los guionistas de hacer un desenlace por todo lo alto. El problema es que llevaron las tramas de varios personajes, entre ellos la del genial agente Beeman (que para más inri es vecino de los Jennings, ahí tienen ustedes una conveniencia de las buenas), a quemar más cartuchos de los deseables, algo que ha afectado a buen número de tramas en esta segunda temporada. La solución, sin embargo, ha sido extraordinaria: hacer oscilar todo alrededor de un crimen de otra pareja de agentes infiltrados y amigos de los Jennings, cuyo desenlace ha ocupado toda la tanda de 13 capítulos y que ha tenido una resolución de infarto. Así se hacen las cosas a nivel narrativo, sí señor. 

Uno de los mayores enemigos de la serie, que me temo que terminará afectando al producto final al cabo de varias temporadas, es que la propia esencia de la guerra fría fue la de un conflicto soterrado, de mucha conversación y mucho mensaje cifrado, pero de menor trascendencia bélica de la que a muchos les hubiera, por desgracia, hecho más felices. The Americans tiene que basar su fuerza no tanto en las explosiones como en las emociones contenidas de unos personajes llevados al límite por el amor a su patria, tanto dentro como fuera de unas fronteras reales y morales que nunca están del todo definidas, y me pregunto por cuánto tiempo podrá aguantar un público más acostumbrado al gatillo y la explosión. 

No obstante, lo mejor de esta serie es la propuesta sin maniqueísmos fáciles, que retrata a auténticos salvajes en ambos bandos y también a gente que cree en aquello por lo que lucha. No es fácil hablar de buenos y malos en una historia donde la pareja protagonista estrangula, dispara al corazón, abate a golpes o deja amordazado hasta la muerte al personal que tiene la "suerte" de cruzarse en su camino. Hacer que ambos resulten empáticos, que nos importen como personajes y nos lleguen sus conflictos, sus dudas y sus temores, me parece que nadie desde las ya difuntas Dexter o Breaking Bad era capaz de provocarme sin que me planteara otras cotas filosóficas o morales. Es posible que no supere a ninguna de las anteriores en ritmo, en intensidad o en carisma de personajes, ya que aquí todo se mueve en terrenos mucho más ambiguos y con mayor escala de grises, pero qué duda cabe que en ausencia de auténticos pesos pesados de la televisión en esta época estival The Americans es un producto de lo más recomendable.


martes, 17 de junio de 2014

La serie del mes (16): Juego de Tronos



Me perdonen los lectores, pero debo ocuparme por segunda vez de Juego de tronos (la serie). La última vez se hizo un repaso somero a las dos primeras temporadas pero es ahora, tras el final de la cuarta, que pone fin a la adaptación del mejor libro de la serie (Tormenta de Espadas), cuando se puede hacer una valoración general de la serie a la altura de su ecuador (sus responsables han confirmado ya que habrá ocho temporadas). Doy por sentado que los lectores ya conocerán a los personajes y por ello no me detendré en dar datos aclaratorios, como tampoco mencionaré los nombres de los actores que les ponen rostro, para no hacer una entrada de listín telefónico.

Lo primero que hay que resaltar es el hecho, evidente para cualquier que haya seguido la serie desde sus inicios, del aumento de valores de producción. Juego de tronos ya no es una serie que escatime en gastos, como sucedía en la primera temporada. Si ahora hay que hacer una batalla climática, se hace; si hay que sacar dragones escupiendo fuego con toda su potencia, se ponen; si hay que rodar escenas con miles de extras y recrear con todo lujo de detalles una boda real en Desembarco del rey, no hay el menor problema. Ello, unido al impresionante nivel actoral, artístico y de guión de la serie que ya venían de antiguo, hace que se eleve (aún más) por encima de la media, haciendo de este producto seguramente lo mejor que hay en televisión hoy en día. No por casualidad se ha convertido ya en la serie más vista de la historia de HBO, superando a todo un coloso como Los Soprano. Casi 18 millones de espectadores han seguido la última tanda de episodios, una auténtica salvajada teniendo en cuenta que es la serie más descargada de los últimos años y que, por tanto, habría que añadir otros tantos millones más no reconocidos de formas "legales". 

La ventaja de contar con un material narrativo tan excelente como el ofrecido en Tormenta de Espadas es que da vía libre a los guionistas para abarcar el que, seguramente, es el tramo más interesante para la práctica totalidad de las tramas principales: seguimos la caída absoluta en desgracia de Tyrion (qué juicio, madre mía, qué juicio), la redención parcial de Jaime Lannister, las convulsiones relativas a bodas cuyos desenlaces es mejor no mencionar aquí y, sobre todo, el final de casi 10 personajes principales de gran interés, relevancia en las tramas y peso específico en la saga, cuya ausencia se antoja muy, muy difícil de superar (y que, de hecho, en los libros yo creo que no se llega a superar; tengamos fe en Martin).

En cualquier caso, todas y cada una de las interpretaciones están donde deben estar. Se han hecho cambios interesantes en la cuarta temporada, sustituyendo a actores como el que interpretaba a Daario Naharis, mucho más acertado y fiel al libro en su segunda elección, y los nuevos personajes en escena, como Oberyn Martell, son sencillamente sensacionales (y es que al margen de sus fenomenales salidas, el duelo de la víbora de Dorne con La Montaña es, simple y llanamente, la mejor batalla cuerpo a cuerpo de toda la serie). En realidad esto no solo es achacable a las novedades: tanto la tercera como la cuarta temporada ofrecen la posibilidad a todos los personajes de crecer (atención a Arya y a la actriz que le da vida, que va camino de convertirse en estrella, o a Brienne de Tarth, cuya intérprete estoy seguro de que va a terminar levantando trofeos por este papel). Tanto los personajes de primera como de segunda línea demuestran tener mucho más recorrido del que en un principio podríamos pensar, como les ocurre a los personaje de Tywin Lannister, Meñique, Sandor Clegane, el caballero de la cebolla y tantos otros. Una gozada.

Sin embargo, son el trío formado por Daenerys Targarien, Jon Snow y Tyrion Lannister el que tiene el mayor protagonismo, y con razón. Son los personajes más interesantes, perfilados y con carisma en un elenco ya de por sí sobresaliente. Quizá la trama de la primera se queda algo más estancada en estas dos temporadas, fruto de esa especie de cruzada por la liberación de esclavos que no hace más que retrasar su llegada a Westeros. Por su parte, Jon Snow tiene al fin la oportunidad de explorar los límites del Muro, conocer a los salvajes y protagonizar un enfrentamiento épico en el capítulo noveno de la cuarta temporada (Los vigilantes del Muro), que es sin duda uno de los mejores, más climáticos y espectaculares de cuantos se ha visto en toda la serie hasta el momento, y que supera con creces la intensidad del libro en este aspecto. 

No obstante, quizá uno de los mayores problemas de conocer el material original es que buena parte de las sorpresas, por no decir todas, quedan bastante rebajadas de intensidad. Saber cuándo van a morir según qué personajes resta intensidad a muchas escenas, especialmente porque en cuestión de diálogos de complots, intrigas y dobles sentidos a Martin hay pocos escritores que le superen. Casi todas las batallas dialécticas salen ganando en el libro, lo que sirve de contrapeso a los duelos más físicos o que requieren más carga de efectos visuales, como la primera gran aparición del dragón negro, que imagino dejaría a todo el mundo con la boca abierta.

Ha habido lugar incluso para las sorpresas, de las que por desgracia tampoco puedo decir nada, pero que sorprenderán hasta a los más acérrimos fans de los libros. El debate que generen a partir de ahí es más discutible, como alguna que otra ausencia notable al final de la cuarta temporada, pero seguro que hará la espera más llevadera hasta que se estrene la siguiente temporada. Tras varios años y la posibilidad de asentarse y afianzarse en números y presupuesto, el salto que ha pegado esta serie es para quitarse el sombrero. Me hace cierta gracia releer ahora la entrada dedicada a las primeras temporadas, cuando andaba yo preocupado por si la gente echaría de menos a Ned Stark, Khal Drogo y compañía. Sinceramente, yo ya casi ni me acuerdo de ellos.

Y es que las temporadas 3 y 4 de esta serie han elevado francamente el nivel hasta donde muy pocos sospechaban. El equipo de producción se siente cada vez más cómodo, ha encontrado una fórmula eficaz y solvente para adaptar el gran contingente de información, personajes y hechos de los libros, creando escenas memorables, como las bodas roja y púrpura, el asalto de los salvajes al muro y ese último capítulo de la cuarta temporada, que a más de uno dejará con la mandíbula desencajada. Pero no es solo espectacularidad y giros de guión: es que escenas como las del juicio de Tyrion (en realidad todo lo que hace Tyrion, para qué engañarnos), la magnífica química entre Tywin Lannister y todo aquel que se cruza en su camino o la dura, y a pesar de ello entrañable, relación entre Arya y el Perro, son capaces de remover hasta las entrañas del más pintado. 

Los creadores de Juego de tronos pueden estar más que orgullosos de su criatura. Desde 2011 es la serie más vista en Internet, la más comentada y más seguida en los foros. Despierta una expectativa enorme allá por donde va, y sus cada vez más insoportables esperas son únicamente comparables a las de los lectores de unos libros que, francamente, no sé bien cuándo podremos hincarle el diente a la sexta entrega de una franquicia que se ha convertido en el bombazo que todos deseábamos.



sábado, 24 de mayo de 2014

La serie del mes (15): Hannibal


Para todos los seguidores de Haníbal Lecter, alias "el Caníbal", la noticia de que sus habituales productores estaban a punto de hacer una serie que reelaboraría el material de las novelas originales de Thomas Harris nos resultó sin duda sorprendente, más que nada por lo inesperado del momento. Tras más de veinte años de explotación (o sobreexplotación, más bien) de la saga, muchos teníamos la sensación de que ya no quedaba absolutamente nada que contar acerca del que quizá sea el asesino más famoso en el mundo de la ficción, ya sea literaria o cinematográfica. Pero lo cierto es que estábamos equivocados. 

La idea de la familia De Laurentiis no era contar de nuevo los acontecimientos de El Dragón Rojo, El silencio de los corderos o Hannibal tal y como los conocemos, sino más bien adaptarlos a un nuevo universo, más contemporáneo, con un filtro particular sorprendente, original y fresco que su principal responsable, Bryan Fuller, pensaba que podía darse a este macabro universo. Nuevos actores, nuevos guionistas y nuevos directores serían los encargados de insuflar aires nuevos a un espacio que, francamente, olía a cerrado.

Y es que quizá con la excepción de la magnífica adaptación de El silencio de los corderos (1991), que con tanta brillantez dirigió Jonathan Demme y con tanto acierto protagonizaron Anthony Hopkins y Jodie Foster, hay que admitir que al resto de la producción cinematográfica (y literaria, si se me permite) le ha sido imposible alcanzar ese nivel de excelencia. Ni las dos películas siguientes de la supuesta trilogía, también con Hopkins en el papel principal pero mucho menos acierto en todo lo demás, como ese bodrio llamado Hannibal Rising (2007) estuvieron a la altura de lo esperado. Es cierto que tanto Hannibal (Ridley Scott, 2001) como, en menor medida, El Dragón Rojo (Bret Rattner, 2003) tenían buenos momentos, pero en ningún momento alcanzaron el poderío visual, el torrente interpretativo o la tensión del filme de Demme, lo que rebajó el entusiasmo de los fans hasta casi hacerlo desaparecer. 

Tanto los productores de la serie como Bryan Fuller sabían que lo primero de todo era encontrar a alguien capaz de hacer olvidar, aunque fuera mínimamente, a Anthony Hopkins como el calculador, metódico e inmisericorde doctor Lecter. La elección de Mads Mikkelsen fue bienvenida por la contrastada calidad del intérprete, así como por su camaleónica capacidad para enfrentarse a todo tipo de papeles. Lo que nadie esperaba es que el resultado final fuera tan espectacular: Mikkelsen se transforma en Hannibal desde su primera aparición, lo hace suyo y le aporta un toque de elegancia y frialdad aún mayor, aupado por un físico más apropiado para las escenas de acción que el de Hopkins, de quien no obstante es imposible olvidar su inmenso talento como actor. Por mucho que se esfuerza, Mikkelsen no supera la absoluta maldad que irradian los ojos del actor británico en cada escena de la celda de cristal de su primera e inolvidable película, y la extraordinaria dicción al decir las abominaciones más inimaginables. Aun así, es suficiente como para sostener la serie, aportar una gran intensidad a cada una de sus magníficas escenas y dar alas a la creatividad de los guionistas para ir siempre un paso por delante del espectador. 

Más dudas despertó Hug Dancy como Will Graham, el detective que logró capturar al asesino en las novelas de Harris. Se le conocía únicamente por apariciones esporádicas en pequeños papeles, pero hay que reconocer que su trabajo ha sido tan sobresaliente como el de su compañero de reparto: frágil y atormentado, psicológicamente inestable, brillante como nadie a la hora de colocarse en la mente de los asesinos, Dancy ha sabido crear un agente Graham muy distinto al de las novelas de Harris pero con el que el espectador es capaz de empatizar ante la inmensa amenaza del caníbal. Tan soberbio es su papel que resulta complicado establecer cuál de los dos tiene más protagonismo o importancia en una trama que ha pivotado constantemente sobre ambos a lo largo de sus dos magníficas temporadas (la cadena NBC la ha renovado por una tercera). Laurence Fishburne completa el casting principal como el agente del FBI Jack Crawford, aportando toda su solidez de primer espada, así como la habitual solvencia y calidad a la que nos tiene acostumbrados tras tantos años en el candelero.

En cualquier caso, y al margen de su excepcional reparto, Hannibal está lleno de aciertos. El diseño de producción de la serie es soberbio, así como su banda sonora, su fotografía y, muy especialmente, un apartado de montaje y efectos visuales que elevan la serie muy por encima de la media. Cada capítulo, titulado según los más exquisitos menús de la gastronomía francesa o japonesa, está plagado de secuencias memorables, de una carga poética y onírica como nunca antes se había visto en este tipo de producciones. A pesar de lo que puede parecer dado su alto contenido en sangre y vísceras, que la hacen poco apta para todo tipo de públicos, la serie cuenta con un buen gusto incuestionable a la hora de mostrar toda la carnicería. Las secuencias en que el doctor Lecter cocina tranquilamente a sus víctimas están resueltas de forma exquisita, si se me permite el juego de palabras, y la presentación de los platos, la explicación y los dobles sentidos resultan tan adecuados como ingeniosos. Todo un golpe de humor negro para una serie que se beneficia de ello enormemente, así como de una estructura que en la primera temporada tiende a lo procedimental (más o menos un caso por capítulo), donde tanto Graham como Lecter asisten al FBI en calidad de consultores, mientras que la segunda se centra plenamente en el duelo entre ambos, toda vez que el agente descubre la verdadera identidad de su enemigo.

La serie basa su fuerza en el poder de sus imágenes. El sadismo de las mutilaciones en cada asesinato parece no conocer límites y siempre consigue superar nuestras expectativas, pero todo se muestra sin regodeo, sin una atención excesiva a lo macabro. Lo interesante de los crímenes es la psicología del asesino, el estudio del "diseño" que le ha llevado a crear cada escena del crimen del mismo modo que un artista crea una obra de arte. En este sentido la fidelidad a las novelas de Harris es total, donde se hacía especial hincapié en este concepto del asesino como creador de patrones. Las secuencias en que Will se introduce en los recovecos de su mente para dar con el método empleado en cada asesinato son sencillamente antológicas, con una reconstrucción que combina la voz, la imagen y el sonido de un modo asombroso, hasta el punto de que se han convertido, junto con las visiones del propio Will, en una de las señas de identidad de la serie.

Intriga, suspense, thriller psicológico y, en menor medida, acción, son los principales ingredientes de un menú que también contempla el canibalismo, el gore o el núcleo básico de las historias de detectives como salsa y aderezo. Todo ello, claro, cocinado por la sabia mano de un chef capaz de sacar lo mejor de cada actor, de cada director y de cada secuencia. 

Y es que Bryan Fuller merece completo crédito por la creación y recreación de un universo que creíamos conocer y al que ha sabido dar nuevos aires, al mismo tiempo que ha recreado personajes como el doctor Chilton (impagable, Raúl Esparza) o ha introducido otros nuevos, como la psicóloga que interpreta Gillian Anderson con esa mezcla de misterio y contundencia, y de la que tanto esperamos en temporadas venideras. Es evidente que los desarrolladores de Hannibal tienen un plan meticuloso en mente, y de ahí la sensación que transmite la serie de que todo funciona como el mejor reloj suizo. Así, las tres primeras temporadas están destinadas a contenidos totalmente originales, por más que haya ecos ya conocidos, como Mason Verger y toda su trama de cerditos de por medio (fenomenal, por cierto, Michael Pitt como el sádico millonario). La idea de Fuller es destinar las siguientes tres temporadas a los libros de Harris, dejando una séptima y última para la resolución de toda la trama, que lógicamente no tiene correspondencia con material original alguno, ya que tanto la novela como la película Hannibal dejaba todo en el aire.

Hannibal, la serie, se ha convertido con derecho propio en una de las mejores opciones dentro del panorama de la intriga para adultos. Es inteligente, con un desarrollo sin concesiones y en absoluto movida por tendencias, audiencias o modas (la serie está totalmente financiada por sus productores, que luego la venden a NBC para que solo obtenga beneficios y no dependa del beneplácito del público), y está protagonizada por unos actores en estado de gracia. Y si hasta ahora las dos temporadas existentes han demostrado un nivel soberbio, lo cierto es que lo mejor está todavía por llegar, con la entrada en escena de personajes memorables como el Dragón Rojo o Clarice Starling. Así pues, y parafraseando al bueno del doctor Lecter, pasen al salón: la cena está servida y el vino respira en la copa. Bon appetit.


lunes, 21 de abril de 2014

La serie del mes (14): Vikings


Aun a riesgo de ponerse en evidencia frente a producciones mucho más caras y con más tirón popular, el History Channel dio hace un par de años luz verde a un proyecto de aventuras épicas con sabor arcaico, ambientado en el universo de los vikingos. Michael Hirst fue el encargado de llevar toda la producción de la serie, en torno a 10 capítulos por temporada y con el casi desconocido Travis Fimmel como protagonista. A pesar de las dificultades, Hirst se encargó de escribir los guiones y supo dotar al asunto de mayor empaque gracias a la colaboración de todo un equipo de productores que ayudaron a financiar el vestuario y decorados. Con la fotografía de John Bartley, responsable de la imagen de series con tanto relumbrón como Expediente X o Perdidos, Trevor Morris en la banda sonora y con todo un primera espada como Gabriel Byrne en un  jugoso papel secundario, Vikings se reveló como una de las sorpresas de la temporada pasada.

El éxito de la serie fue más que notable, teniendo en cuenta las limitaciones de la producción. Una media de 4,5 millones de espectadores bendecían cada semana las aventuras de Ragnar Lohtbrok, un vikingo rebelde y con ciertos problemas para asumir la autoridad que se lanzaba en una particular odisea para descubrir las tierras inglesas. Frente a él, Byrne interpretaba con fuerza y convicción al conde Haraldson, un hombre corrompido y ambicioso con el único objetivo de hacerle la vida imposible al protagonista. El duelo verbal y físico entre ambos capitalizó el éxito de los seis primeros capítulos, con un crescendo narrativo notable que alcanzó una cima muy intensa. Lástima que el último tercio perdiera algo de fuelle, ya con Ragnar convertido en el nuevo conde de la región escandinava, por mucho que el capítulo final tratara de compensarlo con un final abierto a una merecida y no menos digna segunda temporada, que se está emitiendo actualmente y terminará el 1 de mayo.

Lo primero que me llamó la atención fue la conseguida ambientación de la serie. Tanto a nivel de interiores como de localizaciones externas, Vikings traslada al espectador con bastante fidelidad a una época de la que, por desgracia, no se sabe demasiado. Ha habido bastante polémica entre los historiadores acerca de la traslación de costumbres, tradiciones y rituales nórdicos, así como del vestuario escogido para determinados personajes clave, como los nobles de más alto rango o los sacerdotes. No obstante, la falta de evidencias más claras ayuda a que la serie no se resienta de posibles licencias en este aspecto.


Las localizaciones de Irlanda ayudan a situar la trama en un contexto natural soberbio. Cada vez que los personajes deben salir, ya sea por mar o por tierra a la conquista de lugares desconocidos, la serie se alza en calidad visual gracias a los imponentes riscos y acantilados. Es cierto que el presupuesto queda en evidencia en las grandes secuencias de acción, donde especialmente en la primera temporada se nota la falta de extras, y que los efectos visuales se resienten, en especial al recrear ciudades, castillos o templos vikingos en los bosques, pero aun así resulta un punto esencial junto a los excelentes decorados, como el de la villa del condado con su muelle y sus calles.


Lógicamente, la serie no se sostendría sin un buen guión, y aquí el trabajo de Hirst es encomiable. Él solo ha sido capaz de levantar una trama épica con tintes dramáticos, llena de personajes carismáticos, como el tarado de Floki o el monje cristiano Athlestan, un papel que George Blagden borda en empatía, nobleza y vínculo con el espectador. La evolución de este personaje en particular me resultó fascinante, desde su captura en un monasterio cristiano de la costa a su constante acercamiento a una cultura, unos ritos bárbaros y una religión que a pesar de no compartir, el personaje va interiorizando hasta hacer suyas, a su propia y piadosa manera. El modo en que Athlestan se convierte en consejero de Ragnar, guía de sus hijos y amigo de todos es sencillamente conmovedor. Más discutible, en cambio, es el desarrollo dado a personajes como Lagertha o el hermano de Ragnar, Rollo. Ambos dan bastantes bandazos en busca de un sentido concreto, y en especial todo lo relacionado con Rollo no hace sino ralentizar las tramas principales sin que uno tenga muy claro por qué hace lo que hace, más allá de una envidia totalmente infantil e injustificada que se traduce en traiciones y lamentos bastante caprichosos.

Punto y aparte merece Travis Fimmel en el papel que le ha dado fama internacional. Su Ragnar es un guerrero y líder que escapa a muchos de los tópicos que albergaba en mis temores previos a la serie. Es astuto y hábil, capaz de plantear enigmas a sus oponentes y estrategias que despiertan tanta admiración como respeto en rivales y aliados. La mirada de zorro que tiene en prácticamente todas sus escenas lo hace un héroe de acción atípico, dejando los músculos y la testosterona más para el resto de un reparto plagado de creíbles soldados del norte. Por lo demás, su trama romántica con Lagertha está bien resuelta y es creíble en el contexto en que se plantea, con esa mezcla de amor y lucha permanente donde los celos, las promesas y la tensión sexual planean en cada una de sus muchas y buenas escenas juntos. Y en todas ellas Fimmel da la talla y se convierte en el perfecto estandarte de una serie que siempre que cuenta con él en escena, crece y gana interés.

Del resto de secundarios únicamente merece la pena destacar a Bjorn, el hijo mayor de Ragnar y claro heredero en muchos sentidos de las tramas de su padre. Con un papel que crece a medida que avanza la serie y que cobra un protagonismo más que merecido en la segunda, con el inevitable salto temporal incluido, su personaje garantiza un ascenso en el interés del drama familiar apoyado en las excelentes actuaciones de los dos actores que le dan vida en su etapa infantil y adulta. Resulta llamativo (y acertado) el modo en que Bjorn actúa como contrapeso moral a su padre, aleccionándolo en la paciencia o en la virtud hacia su familia muy por encima del ímpetu y los defectos de un líder imperfecto. (Por cierto, lo de su corte de pelo, y por muy riguroso a nivel histórico que sea, me sigue pareciendo un crimen).

Es de agradecer que Vikings no haga especial hincapié en elementos demasiado morbosos y fáciles, como sí hace Juego de Tronos con la violencia, el sexo o la charcutería de guerra. Se nota que hay una mayor mesura (no confundir con censura, ojo), algo que yo particularmente aprecio porque creo que el interés de los guiones se centra más en el desarrollo de las tramas y personajes. Evidentemente, la producción de HBO cuenta con eso y mucho más, pero sí es cierto que en ocasiones tiende al muestrario gratuito de órganos vivos y muertos, algo que Vikings hace de manera mucho más sutil, como muestran sus escenas de acción o el ritual de sacrificios del penúltimo capítulo de la primera temporada, en un montaje bastante poético y alejado del mal gusto al que escenas como esta podrían haber dado pie con mayor facilidad y peor fortuna.

Por lo demás, la distinción entre temporadas de esta serie resulta bastante artificial, especialmente con un final y un principio claramente enlazados. Cada episodio procura alejarse de estructuras procedimentales y sirve a un propósito mayor, si bien cuenta con arcos argumentales secundarios que van cerrándose con habilidad y sentido del ritmo. Vikings no es una serie perfecta, algunos de sus personajes presentan notables aristas y tiene una producción mejorable en muchos sentidos, pero si el beneplácito del público sigue apoyándola es posible que su tercera temporada logre un nivel de calidad más que notable en todos sus apartados, apoyada en las muchas y buenas virtudes con que ya cuenta. Desde luego, su magnífica ambientación y contexto mitológico la dotan de un particular interés en el panorama de las series de televisión del momento.




lunes, 10 de marzo de 2014

La serie del mes (13): True Detective


Acaba de concluir uno de los experimentos más extraños, fascinantes e inclasificables de los últimos tiempos en la historia de la televisión. Sin casi aviso previo se ha estrenado la primera temporada de una serie de policías, crímenes en serie y asesino misterioso que, curiosamente, no tiene nada que ver en absoluto con lo que uno espera ver en una serie de policías, crímenes en serie y asesino misterioso. Una serie que, además, solo dura ocho episodios y que, al margen de que haya una más que segura segunda temporada, no contará ni la misma historia ni tendrá los mismos protagonistas. Que alguien me lo explique.

True detective es el resultado del buen hacer, y mira que van ya veces, de HBO, esa cadena por cable norteamericana que ha tenido el gusto de hacer obras maestras como Los Soprano, The Wire, A dos metros bajo tierra o, me perdonen el friquismo, Juego de Tronos, y que no depende de audiencias, presiones externas o clichés porque se debe únicamente a los clientes de pago que financian con sus cuotas dichas producciones. Producida por sus dos principales actores, el oscarizado Matthew McConaughey y Woody Harrelson, la serie sigue las andanzas de Rust y Cohle, dos policías diametralmente opuestos en métodos, carácter y objetivos en la vida que se cruzan en el camino de un psicópata nada recomendable.

Si la serie triunfa es, precisamente, por la química tan extraordinaria que hay entre estos actores, que intercambian unos diálogos memorables a cada instante y que sostienen la función con una solidez que, la verdad, yo creo que ni el más fan de sus fans podía esperarse. Pero es que además de eso cuentan con la maestría del director Cary Joji Fukunaga, un señor que hasta ahora solo había hecho anuncios de televisión y se ha destapado, al igual que su creador, Nic Pizzolatto, como una auténtico visionario. Tanto el diseño de producción, el casting de actores secundarios, la puesta en escena y la narrativa son sencillamente magistrales, dignos de ser estudiados por todos aquellos que alguna vez quieran hacer una televisión de calidad, inteligente y respetuosa con el público.

La serie contaba con dos serios problemas de partida; el primero de ellos, la ya consabida y manoseada relación de pareja de policías a la fuerza. La fenomenal caracterización de ambos personajes y la dosificación de sus intervenciones permite respirar aire puro en este sentido, a lo que contribuye una estructura que los mantiene lejos o cerca según el interés de una historia siempre apasionante. El segundo problema, el propio ritmo de la historia, es algo que sin duda echará para atrás a los amantes del gatillo fácil, especialmente en cualquiera de los muchos monólogos de un McConaughey que va a arrasar en los próximos Emmys, siempre y cuando un tal Heisenberg no tenga nada que decir al respecto. El tejano se mete en la piel de un policía que ha atravesado una vida infernal hasta el momento en el que empieza la historia, un hombre marcado por un pasado que lo ha condenado a una existencia miserable, a caballo entre un filósofo nihilista y una máquina de matar, interrogar o lo que sea que su trabajo le exige. El modo en que este actor modula la voz y se transmuta en su personaje a lo largo de los quince años en la ficción que dura la cinta es algo asombroso, que muy pocas veces he visto. Solo por el monólogo final del último capítulo, esta interpretación ya merecería todos los honores y aplausos, pero lo mejor es que es mucho, mucho más que eso. Menudo portento.

A su lado, Harrelson y el resto de secundarios cumplen de forma sobrada, y realmente eficaz en el caso del primero, con sus papeles respectivos. Todos ellos forman un complejo poliedro que mezcla una narrativa cuidadosamente desordenada con secuencias memorables, como las de muchos interrogatorios que, quizá en otras manos, habrían pasado a ser tediosas de verdad y que aquí no lo son por el modo en que sus intérpretes sacan petróleo hasta de la menor mirada.

Por lo demás, los capítulos de la serie adoptan en su primer tramo una estructura similar, de saltos en el tiempo constantes y de un puzzle que se va recolocando poco a poco, a veces apuntando en las más insospechadas direcciones acerca de la identidad de un asesino cuyas líneas a veces se desdibujan con la de nuestros antihéroes, personajes marcados por el alcohol, las drogas y la prostitución (es una serie con escenas duras, realmente duras), incapaces de evitar que la misma oscuridad que pretenden combatir se apodere de ellos, de sus vidas y de todos aquellos que tienen la desgracia de conocerlos.

Y luego está, claro, la excelente ambientación de la serie. Pocas veces he visto más apropiado un escenario como Louissiana para el tipo de historia que cuenta True detective, con esa arquitectura natural que combina la miseria y la ruina con el misterio, el encanto oculto de sus parajes y la extraordinaria hostilidad de unos habitantes que se saben peones en el juego de ajedrez que echan la muerte y el destino a sus espaldas. El diseño de la serie alcanza cotas asombrosas en el último episodio, todo un descenso a los infiernos que culmina con uno de los enfrentamientos de mayor tensión que he tenido el placer de ver nunca en televisión. Es algo digno de la mejor superproducción.

El sabor de boca que queda después de asistir a algo semejante es difícil de describir. La sordidez de la trama y del trasfondo que cuenta, esa oscuridad en la que tanto se insiste, sobrecoge, incomoda y coloca al espectador en la incómoda posición de distanciarse de los hechos y de sus personajes, incluso de aquellos en quienes debería confiar más. Por otro lado, la extraordinaria lógica que mueve la trama, el firme pulso narrativo y las soberbias actuaciones de sus actores principales lleva a querer saber siempre un poco más, a descubrir no ya la identidad del asesino, que es lo de menos, sino cómo a lo largo de décadas se forja la historia de dos hombres que ven sus destinos enlazados de las formas más insospechadas, y sin embargo creíbles, que he visto nunca en una historia de este género que True detective, por méritos propios, a obligado a percibir de una manera diferente, más profunda, mejor, de como se había hecho hasta ahora. 


viernes, 21 de febrero de 2014

La serie del mes (12): House of Cards


Frank Underwood (Kevin Spacey) está furioso. Muy furioso. Sus aspiraciones políticas son cercenadas justo cuando está a punto de tomar posesión el nuevo presidente del gobierno, al que él ha logrado hacer llegar al máximo puesto de poder político del mundo a base de un talento depredador y una crueldad implacable con sus amigos y enemigos en el congreso norteamericano. Underwood quiere venganza. Y la va a tener.

La cadena americana Netflix asumió un riesgo muy grande, a pesar de los grandes nombres implicados en la última genialidad de David Fincher para la televisión. Se trataba de un acuerdo por dos temporadas completas, de 13 episodios cada una, que se emitirían del tirón en sesión única por temporada, y donde se narraría el ascenso imparable de un auténtico tiburón de la política, papel que interpretaría un Spacey en estado de gracia. Frank Underwood es un personaje con infinitas posibilidades, dotado de un sentido del humor ácido y una ironía corrosiva que puebla cada línea de unos diálogos que Spacey borda con su habitual maestría, y que sostiene toda la función con su carisma por bandera y su enorme, inmenso talento interpretativo como arma infalible. A su lado, en el papel de fiel esposa y confidente, se encuentra siempre Robin Wright, que lleva meses recogiendo premios para llenar un almacén por su interpretación de Claire Underwood, llena de matices, gestos y un lenguaje de miradas del que, sinceramente, yo no pensaba que esta actriz fuera capaz. Y detrás de ambos cabezas de cartel hay todo un ejército de secundarios impagables, muy bien en sus puestos de combate y con un único objetivo: retratar la política americana como nunca hasta ahora se había hecho.

Puede que House of Cards ("castillo de naipes", en la traducción al castellano) llegue a veces un poco lejos, o quizá demasiado, en su crítica a un sistema corrompido de los pies a la cabeza, prensa incluida, y que permite y alienta que gente sin escrúpulos se alce con el poder pero, ¿saben qué? Estamos ya demasiado cansados de que la realidad supere la ficción como para no tomarnos la ficción en serio, de modo que al diablo con la verosimilitud. A mí esta serie, que me atrapó desde su primer capítulo y me sigue teniendo totalmente enganchado, ahora que estoy devorando la segunda temporada, me parece una de las cosas más memorables que ha hecho la televisión americana en décadas. Ya no es solo que los actores estén todos perfectos en sus papeles y que cada ruptura de la cuarta pared de Spacey me ponga los pelos de punta, con esa complicidad que despierta un personaje que uno no sabe bien si adorar o repudiar hasta el infinito. Ya no es que cada capítulo sea un monumento al montaje y a la tensión narrativas, o que asistamos a lecciones de filmación día sí, día también. Es que esta serie es condenadamente entretenida.

Es evidente que una serie de estas características basa su fuerza en los diálogos, en el duelo actoral y en el pulso de planos y contraplanos. House of Cards es, en ese sentido, tan implacable como sus protagonistas. El tono frío y aséptico de muchos episodios es un fiel reflejo del alma sin escrúpulos de unos personajes que manipulan, conspiran y engañan hasta la saciedad con el único objetivo de ascender o mantenerse en el poder, haciendo cabriolas de auténtico malabarista para conseguirlo. Si la primera temporada nos ofrecía algunos diálogos memorables y secuencias de auténtico infarto, tenía espacio también para el retrato íntimo de unos personajes que crecen con fuerza en capítulos determinados, como aquel en el que Underwood es reconocido por su antigua escuela militar y se descubre, casi sin quererlo, un pasado amoroso del que jamás hubiéramos podido sospechar nada, y que los actores implicados resuelven con un oficio y un talento sobrecogedor.  En cuanto a la segunda temporada, que acaba de estrenarse, da más espacio para que Robin Wright siga explotando un personaje tan complejo o más que el de su esposo, y que tiene en el episodio de la entrevista su auténtica cima, quizá el más perfecto ejercicio de destripe político, humano y social que ha hecho la serie, y eso es decir mucho. 

Al margen de cualquier otra consideración, creo que House of Cards se merece la oportunidad de que el espectador se acerque a ella despacio, que le dé tiempo a respirar con un ritmo aparentemente pausado y que, igual que me sucedió a mí sin apenas darme cuenta, se deje atrapar por sus muchas virtudes. No es nada habitual ver series de esta calidad, tan a la altura de las mejores películas del género, y con la que únicamente barbaridades como Sherlock pueden competir en condiciones de no salir muy mal parada. El resto se encuentra, me temo, a una distancia sideral.



lunes, 13 de enero de 2014

La serie del mes (11): Sherlock


Con el excelente sabor de boca que acaba de dejarnos el final de su tercera temporada, es de justicia dedicar unas líneas a la que es, con diferencia, una de las series de más calidad que ha dado la televisión británica en los últimos años. No se trata únicamente de destacar los ya agotadores calificativos para sus actores principales, unos inmensos y pletóricos Benedict Cumberbatch y Martin Freeman (que gracias al éxito de la serie ahora parece que están en todas partes), así como de sus excelentes personajes secundarios, sino de poner de relieve el resultado tan equilibrado, profundo y completo que arranca de unos poderosos guiones y se ve rematado por un montaje y una posproducción tan inteligente como hipnótica. Decididamente, y por mucho que a Guy Ritchie y su intrascendente Holmes encarnado por Robert Downey Jr. les duela, Sherlock solo hay uno.

La serie arrancó con notable éxito de crítica en 2010, con un curioso formato de temporadas de tres episodios cada una, a razón de 90 minutos por episodio. Esto, que en realidad convierte cada capítulo en una especie de película en sí misma, a un tiempo autoconclusiva y a un tiempo hilvanada hábilmente con la trama central de cada temporada, hace que la serie mantenga frescura, que no pierda el tiempo en capítulos anecdóticos y, muy especialmente, le da a cada trama el tiempo necesario para crecer sin absurdas interrupciones o dilataciones de la acción. Se trata de episodios fuertes, constituidos por los grandes guiones que mano a mano elabora Steven Moffat con Mark Gattis, quien a su vez se reserva el jugoso papel de Mycroft, el pedante y entrañable hermano mayor de Sherlock.

Evidentemente, la clave del éxito de la serie está en la química de sus dos extraordinarios actores principales. El papel de Cumberbatch como Sherlock es de antología, dándole a su personaje toda la excentricidad, clase y carisma que necesita, y al que secunda perfectamente Freeman con una interpretación llena de calor, humanidad y talento con el que tanto necesita identificarse el espectador. Los diálogos entre ambos son, con diferencia, lo mejor de una serie que temporada a temporada fue creciendo al tiempo que incorporaba una versión moderna, actual y coherente de los elementos clásicos de las obras de Conan Doyle, donde siempre destaca la inteligencia de Holmes y su extraordinaria habilidad intelectual para salir del aprieto más irresoluble.

Cada capítulo toma una novela de Conan Doyle y propone su particular versión, algunas veces con más acierto que en otras. A mí, por ejemplo, me dejó algo frío la versión de El perro de los Baskerville, mi novela favorita de Holmes, pero debo reconocer que me encanta la versión que se hace de otras obras, así como de muchos personajes claves de la historia, como esa impagable Irene Adler que interpreta Lara Pulver. Y en cualquier caso, la serie sabe siempre mantener una tensión efectiva incluso para quienes conocemos el desarrollo general de la historia, que siempre se mantiene fiel al espíritu de las obras originales por mucho que ciertos trucos efectivos, como el de los teléfonos móviles, parezcan alejar las historias en direcciones postmodernas menos adecuadas. Como tantas otras cosas, se trata solo de una ilusión en la que conviene no caer.

Curiosamente, el propio éxito de las dos primeras temporadas, que culminaban con esa caída de Reichenbach y el desenlace del particularísimo y genial Moriarty, fue casi el causante de la desaparición de la serie. Una mezcla de bloqueo por parte de Moffat y el descomunal éxito de sus dos actores principales fueron la fórmula de la tormenta perfecta que a punto estuvo de trastocarlo todo, llevando a las estrellas a protagonizar grandes proyectos de Hollywood, como El Hobbit o Star Trek, mientras Moffat sentía toda la presión de una audiencia que ha tenido que esperar más de dos años para poder contemplar las excelencias de una, nuevamente, soberbia temporada. Los tres capítulos de esta última hornada son absolutamente apasionantes, con un nivel actoral delirante y una forma de enganchar en cada uno de ellos que se ve aderezado, además, por un sentido del humor fabuloso. La entrada en escena de Holmes en el primer capítulo, haciéndose pasar por un maitre francés, es únicamente comparable a la secuencia del discurso nupcial del segundo capítulo o a la búsqueda de respuestas desesperadas del palacio mental de una tercera entrega que, en el colmo de los colmos, anuncia una línea temática apasionante para la cuarta temporada con el retorno de cierto personaje. Sencillamente, no se puede pedir nada más.

Aun a pesar de que en ocasiones puede pecar de cierta pretenciosidad en el tono, no puedo sino recomendar encarecidamente a cualquier escéptico que le dé una oportunidad de las buenas. El talento y carisma de todo el mundo involucrado en esta producción harán el resto.