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viernes, 29 de mayo de 2015

El sueño de Fidias


Cuentan que un escultor muy joven pensó una vez en esculpir la figura más hermosa que cupiera imaginar en mente humana. Pasó semanas enteras documentándose, examinando los trabajos de todos los grandes escultores que en el mundo habían sido, en todas y cada una de las culturas imaginables, y por sus ojos desfilaron las obras de los mejores talladores en cualquier superficie, desde los ojos de mármol de los clásicos griegos a las estatuas de barro de la antigüedad, pasando por la magia de los renacentistas europeos o el enigma de los egipcios milenarios. No hubo escultura que no anidara en aquellos ojos verdes, no hubo una sola que no estuviera en perfecta sintonía con la mirada de la esfinge en que se convirtieron antes de tallar por primera vez sobre el duro bloque.

Durante los siguientes meses, aquel primer chasquido de la cuña fue seguido de otras decenas, cientos y miles de golpes, algunos más fuertes y toscos para desprender la materia más dura, otros más finos y detallados en las zonas más críticas de la anatomía de la figura, que poco a poco comenzó a surgir de lo más profundo del bloque para descubrir una figura plena de matices y belleza. Al cabo de varios meses los pies destacaron por encima del pedestal, seguidos de unas níveas piernas cubiertas únicamente por una fina tela de pliegues caprichosos. 

Los años pasaron. Y sobre la cintura, el escultor trazó un abdomen firme y unos senos que atraparían la mirada del hombre más contenido, adornados por el rizo de unos brazos que invitaban a bailar a todo aquel que osara mirarla. Pero por encima de todo, aquel seguidor de Fidias dotó al rostro de aquella criatura de una fragilidad indescriptible, de una belleza como nunca nadie conoció en el arte o en la realidad, con aquella mirada capaz de traspasar el acero forjado, la fina comisura de los labios y los pómulos y el cabello entornado sobre la delgada línea de sus orejas. Para cuando terminó de esculpir, cinco años después de haber comenzado, el escultor ya no era el mismo que había comenzado a trazar su obra maestra. El pelo y la barba le habían crecido, la falta de sueño erosionaba su rostro y, a juzgar por la pérdida de brillo de sus ojos, pocos o muy pocos serían capaces ya de reconocerlo.

Por un momento estuvo tentado de dejar que su ansia de celebridad lo dominara y pensó en exponer la obra al mundo entero. "Deja que la vean y la adoren por toda la eternidad -decía su conciencia de artista-, que viva en los ojos de los hombres como todas y cada una de las grandes obras que en el mundo han existido". Sin embargo, y por fuerte que fuera la tentación de la vida de la fama, el joven no se dejó vencer por la tentación. Era suya, y solo suya, era su creación y solo a él correspondía el derecho, el privilegio y el placer de contemplarla día tras día, desde que el sol despuntaba al alba y la hacía brillar ante sus ojos hasta el mismo momento en que la noche se adueñaba del solitario taller en el que había trabajado sin cesar durante tanto tiempo para dar forma a su sueño.

No fue hasta que la escultura estuvo totalmente terminada cuando el escultor comenzó a tener las más extrañas fantasías. En ocasiones soñaba que volvía al taller y allí no estaba la figura, que había escapado para conocer el mundo exterior que él le negaba día tras día. Otras veces caminaba por una calle repleta de gente desconocida y allí estaba ella, andando en medio de la multitud cubierta únicamente su fina tela de pliegues caprichosos. A veces el sueño adquiría tintes de pesadilla cuando se encontraba recorriendo callejones oscuros en su busca, siempre perdida, siempre ausente, siempre fuera de su alcance. Por ello cada mañana, nada más levantarse, corría como un loco hasta el estudio para comprobar que allí seguía, hermosa y radiante como la primera vez que la contempló terminada. Pasaba horas abrazado a ella, temiendo la llegada de la noche y la segura marcha de aquella fugitiva de los sueños.

Cuentan que un día el escultor se despertó y cuando fue a contemplar a la estatua esta ya no estaba allí. El vacío de pronto se hizo insoportable. Desesperado, el artista creyó que había sido robada y lo denunció a la policía, y llamó a todo el mundo conocido, amigos, profesores y familiares, y a todos ellos les contó la historia de una escultura que nadie había visto jamás, y a todos ellos dijo que era una obra maestra que algún ladrón o rival habría sin duda robado de allí para poder contemplarla en el silencio de algún otro lugar parecido a aquel, vista y adorada por toda la eternidad, viva en los ojos de aquellos malvados hombres como ninguna de las grandes obras que en el mundo habían existido, pues solo existían para ellos y para nadie más.

Lo tomaron por loco. Pasaron los días y quedó solo de nuevo en su estudio. Entonces se arrepintió de no haber tomado fotografías del proceso o del resultado, de no haber dejado nada más que a sus ojos la contemplación de la estatua cuyo rostro, conforme pasaban los meses, se iba volviendo cada vez más y más difuso. Solo acudía a él su recuerdo, vago y cubierto por la niebla de la memoria, en esos sueños, en los mismos en los que él anticipó su marcha.

Fuera como fuese siempre al final de todos ellos, ya fueran sueño o pesadilla, ella alzaba la mirada al cielo y el viento ondeaba sus cabellos. Y él podía sentir cómo el aire entraba a través de sus pulmones y era exhalado, libre y puro como aquella silueta dibujada a contraluz, en perfecta sintonía con la mirada de esfinge de aquellos ojos verdes que, igual que la había visto nacer, la veía ahora caminar en libertad por un mundo nunca antes visto, oído o imaginado, pero que hacía suyo a cada paso, a cada nueva brizna de aire que recorría aquella figura esculpida en el sueño de un dios de mármol.



sábado, 16 de mayo de 2015

La canción olvidada



Después de varios meses en aquella remota isla, comencé a acostumbrarme a la calma del lugar. La angustia de no saber quién era o por qué estaba allí dio paso a una extraña indiferencia, a lo que contribuía aquel extraño clima de silencio que lo envolvía todo. Ante la falta de apoyos externos en los que confiar, la soledad había agudizado mis sentidos y mi conciencia hasta el punto de que tenía la sensación de ser una especie de receptor universal de estímulos. Mi oído captaba hasta el menor crujido de la palmera más lejana, mi vista había afinado el contorno del horizonte y mi tacto era ahora capaz de percibir hasta el menor detalle de cada objeto que tocaba o pisaba, la rugosidad más leve al contacto de los dedos, la suavidad más perfecta al contacto de los pies sobre la arena de aquellas playas de ensueño. Haberme perdido allí se había convertido, irónicamente, en el primer paso para encontrarme de nuevo.

En mis largos paseos y exploraciones por las playas y bosques, una serie de reflexiones sobre mi pasado acudieron a mí de la forma más inesperada. Cada nueva situación ante la que me enfrentaba, como saltar desde una cascada para alcanzar un saliente, cruzar a través de angostas cavernas y cañones en las cimas del noroeste o trepar decenas de metros sobre el suelo para alcanzar puntos de referencia que me orientaran eran acciones que jamás hubiera realizado en mi anterior vida. Lo que allí hubiera sido sinónimo de locura o temeridad aquí era una acción necesaria, casi propia de aquella extraña rutina isleña en la que me había visto inmerso a la fuerza.

La primera noche en la isla, recuerdo perfectamente la angustia que sentí por el hecho de no tener a nadie cerca con quien compartir mi miedo. Estaba aterrado ante la posibilidad de tener que enfrentarme a una supervivencia incierta, sin los recursos ni la preparación que una tarea así requería. No obstante, y a pesar de haber llovido con intensidad durante toda la noche y buena parte de la madrugada, el cielo amaneció limpio de nubes, radiante en el reflejo del sol sobre las olas, y aquello me dio ánimos para emprender aquella aventura forzada.

Las necesidades básicas de alimento y agua las solventé antes de lo que imaginaba. A poco más de tres kilómetros al norte de la isla encontré el curso de un río que aliviaría mi sed en adelante, y los frutos que había a cada paso no hacían sino descubrirme sabores que no creía posibles, pero que en cualquier caso me permitieron mantenerme en pie y afrontar nuevos retos. En cuanto a la vivienda, la segunda de mis grandes preocupaciones, la solventé de diferentes maneras según la época del año: en la estación lluviosa me refugiaba en las cuevas de los cañones, a pesar de lo engorroso que resultaba trasladar víveres hasta allí. En la estación cálida me desplazaba cerca de las playas, donde hacía chozas con los materiales que encontraba alrededor. Las primeras eran un auténtico desastre y se caían al primer soplo de brisa marina, pero la técnica fue mejorando por el sistema de ensayo y error hasta lograr algunas construcciones bastante decentes y con las comodidades justas para sobrellevar aquella estancia de una manera más que digna.

Por las tardes, bajaba hasta una de las calas del suroeste de la isla, donde las mareas eran más calmadas, y desde allí contemplaba la puesta de sol. La primera vez tuve miedo de no saber orientarme de vuelta, pero al cabo de un tiempo y ante la ausencia de cualquier forma de vida que no fuera la mía o la de aquellos peces que por fin estaba empezando a lograr pescar, saberme solo me daba una cierta sensación de seguridad, como si fuera el rey de un extraño reino donde yo mismo cumplía todas las funciones sociales y ninguna al mismo tiempo. Una noche, volviendo de la cala tras una puesta de sol que había teñido el mundo de ocre y sangre, encontré unas pisadas en la arena que no se correspondían con las mías. Comprobé el tamaño y la profundidad sobre la arena, así como el estado de la marea, y la única conclusión lógica a la que pude llegar es que debían pertenecer a otra persona. Traté de seguir su rastro, pero este se perdía en los primeros árboles que había nada más terminar el último risco de la playa. Fue la última vez que vi la puesta de sol desde aquel privilegiado lugar.


Puede parecer extraño que llevara la cuenta de los días de la semana desde que estaba allí, pero era una forma de sentir que estaba todavía formando parte de una realidad más grande que la de mi isla. Desde mi llegada habían pasado diez meses, seis días y doce horas, y la noche en que descubría las huellas fue un jueves, 14 de mayo. Por ello, decidí llamar Jueves al extraño visitante, ya que darle un nombre me sirvió para otorgarle una cierta identidad a aquellas marcas sobre la arena, hacerlas corpóreas de algún modo.

Lo que nunca imaginé es cómo de pronto aquel descubrimiento cambiaría por completo mi forma de estar y de sentirme en la isla. Ya no pensaba en ella como mi isla, de hecho, sino como un lugar compartido en el que alguien más tenía la necesidad, como yo, de encontrar víveres y agua, refugio y consuelo a su soledad en el templo de sus propios pensamientos. Y aquella sensación se volvió tan esperanzadora que por poco no me dieron ganas de ponerme a cantar y a bailar, olvidadas canciones de mi infancia que trataban de la vida como un camino compartido por el que merecía la pena vivir.

Mi primer encuentro con Jueves no fue, desde luego, como hubiera imaginado. Había tomado la decisión de capturar algunas aves con el objeto de domesticarlas y convertirlas en el canario de mi particular mina en caso de que el intruso se acercara a mis territorios o quisiera apoderarse de mis pertenencias, que por seguridad trasladé a la cueva más profunda y difícil de acceder de todo el cañón. Había construido una pajarera capaz de albergar cómodamente a tres aves de tamaño medio, y ya había capturado dos de ellas, unos hermosos tucanes negros
de pico moteado. El tercero lo encontré subido a una rama, con unos brillantes ojos observando atentamente todo lo que se movía a su alrededor. Acostumbrados a mi presencia, muchos de ellos me dejaban pasar sin modificar su conducta salvo que me acercase demasiado, pero aquel estaba inquieto, como si hubiera detectado que algo no iba bien. Miré hacia los arbustos que el tucán observaba sin parar, y allí estaba Jueves, tendido sobre el suelo.

Durante unos instantes, fue como si la jungla hubiera acallado todas y cada una de sus particulares voces. Solo tenía ante mí el cuerpo de Jueves, deshidratado y con evidentes síntomas de desnutrición. Era difícil calcular su edad, en parte por el cabello y la suciedad que recubrían su rostro. Tenía que darme prisa. Dejé la pajarera en el suelo y cargué con su cuerpo hasta el refugio de la cueva, tarea que me llevó prácticamente todo el día, ya que Jueves era más grande que yo y la distancia era considerable. Para cuando llegué, la tarde fundía sus últimos rayos con las olas del horizonte. El cuerpo de Jueves estaba frío, así que hice una hoguera que tuve que improvisar allí mismo. Calenté algo de pescado y mientras tanto lavé cuidadosamente su rostro, brazos y torso, descubriendo heridas aquí y allá. Solo logré que comiera algo de pescado entre sueños y pesadillas, aunque por suerte parece que ni ellos pudieron con una sed que me dejó casi sin provisiones. Después de eso cayó presa de un profundo sueño.

Durante las siguientes dos semanas, mi rutina cambió por completo en función de Jueves. Todos los días me desplazaba al otro extremo de la isla, de donde traía comida y agua en una especie de mochila que fabriqué de manera rudimentaria. También había elaborado una sábana cosiendo retales de mi antigua ropa, que algo hacía contra el frío de la noche. Y aunque me costaba horrores lograr que Jueves comiera, poco a poco fue recobrando el apetito y las fuerzas. La primera vez que abrió los ojos en mi presencia se llevó un susto tremendo, pero sus escasas energías le impidieron llegar muy lejos. Con el paso de los días se acostumbró a mi presencia e incluso sonreía al verme, tras haber llegado a la conclusión de que no quería hacerle daño.


Por sus rasgos físicos, deduje que podía pertenecer a una raza autóctona de la zona en la que me encontraba. A diferencia de mi piel y mi constitución, pálida y débil, la suya era morena y fuerte, aunque mermada por la falta de alimentos. Tenía un tobillo bastante magullado por lo que sus movimientos eran bastante limitados, pero poco a poco logró ir apoyando y, con ayuda de un bastón que fabriqué hecho a su medida, pudo apoyar. No hablábamos el mismo idioma, pero pude sentir un agradecimiento infinito en las palabras que me dirigió el día en que, por fin, ambos salimos de la cueva por nuestro propio pie. 

No volví a ver a Jueves durante un tiempo. A pesar de que la isla era relativamente pequeña y que, de cuando en cuando, creía sentir su presencia, me hice a la idea de que prefería llevar su vida por su cuenta. En parte me sentí mal, como si todo lo que había hecho por él mereciera al menos algo de compañía de cuando en cuando. Llegué a pensar incluso que no valoraba semejante esfuerzo por mi parte, pero nada más lejos de la realidad.

La tarde del día en que se cumplía un año exacto de mi llegada a la isla, comencé a escuchar un extraño sonido, como el de una tuba. Guiado por su intermitencia, llegué hasta una playa que nunca había visto antes. Allí estaba Jueves, de pie y sonriente ante aquello que había ocupado su esfuerzo durante tantos días: un bote, con una gran vela y provisiones para varias semanas cargadas en el compartimento de popa.

Aquella fue la última vez que vimos el sol ponerse tras el horizonte en la isla. El bote clavó su diente en el agua y comenzó a navegar hasta que, en apenas unos minutos, todo rastro de aquel lugar quedó borrado por las olas. Por un momento me sentí desanimado, pero entonces Jueves comenzó a cantar, una olvidada canción de su infancia que trataba de la vida como un camino compartido por el que merecía la pena vivir.


domingo, 29 de marzo de 2015

El rostro del Ángel



El silencio rasgaba el eco de la noche profunda en la ciudad. Llegaban, atenuados, los sonidos de la vida nocturna, la memoria del día expirado, la pausa necesaria después de las horas de la luz y de la acción. Y yo, ajeno a todo y a todos, contemplaba atentamente el rostro del Ángel, que descansaba a mi lado envuelto en un halo de ensoñación y misterio.

Algunas horas antes, caminaba por la calle rodeado de personas sin rostro y sin corazón. No recordaba el tiempo que llevaba allí, pero hacía calor y tenía la garganta seca. El sol azotaba el perfil del asfalto, derretía el caucho y hacía crepitar los cristales de los edificios, donde otras personas sin rostro ni corazón daban fin a sus jornadas y observaban en silencio la escena. Bajé la mirada y ante mí tenía la estación, el humo y la gente, el reloj y el paso presto.

Un hombre con rostro y corazón bailaba para los demás, entonaba versos alegres y adornaba con su voz crepuscular la sonrisa erosionada de su relato. Me detuve a pocos metros de él. Llevaba un gorro azul, como de duende salido de una leyenda, y en sus ojos brillaba un arcano alimentado por la misma bebida que sostenía en su mano derecha. La gente a su alrededor lo ignoraba o esquivaba sin demasiado disimulo en su camino a la estación, el reloj y el paso presto, y el hombre suplicaba su atención, saltaba junto a ellos y hacía cabriolas con tan poca fortuna como sus bromas.

De pronto el duende se fijó en mí, clavó unas pupilas verdes como esmeraldas en mis ojos y sonrió como si acabara de reconocer a un antiguo amigo al que hacía años que no veía. Dio un salto hasta plantarse a escasos centímetros de mi rostro y solo hizo una pregunta, para después salir de nuevo en busca de nuevos mecenas para su viejo arte.

Tampoco yo sabía por qué estaba allí. Hacía calor y tenía la garganta seca. Sentía el corazón latir cada vez más despacio, como si cada latido resonara en el eco de alguna cueva lejana donde el sonido tenía pereza por llegar. Fue entonces cuando lo vi. Las personas sin rostro que se cruzaban entre sí lo dejaban ver a intervalos cortos, ahí de pie, serio, grave y hermoso como una escultura que el tiempo hubiera conservado en su gloria. 

El cabello caía a un lado de su rostro, negro y radiante como una noche de luna llena, la misma que brillaba en sus ojos oscuros, en ese mirar de simetría renacentista que me derretía y examinaba, que me alejaba y acercaba al mismo tiempo, mientras sus labios permanecían sellados por el beso de un tiempo remoto. Vestía de manera sencilla, como uno más de aquellas personas sin rostro ni corazón, pero a diferencia de ellos él poseía ambos, podía escuchar cómo latía su pecho incluso a aquella distancia que nos separaba, del mismo modo que podía sentir la frescura de aquella mirada que había hecho que el calor, la garganta y el reloj desaparecieran por completo.

Me acerqué, con los latidos lejanos de la cueva palpitando en mi interior por el miedo y la emoción, y sin pronunciar palabra comenzamos a caminar juntos. Nadie nos veía. No éramos nadie. El Ángel me mostraba ahora su perfil, alzaba la vista para señalar con ella su pasado escrito en aquella fachada derruida, en aquel colegio que le vio crecer, en aquel recuerdo en forma de transeúnte que no lo reconocía al pasar junto a nosotros. Yo escuchaba con total atención, hipnotizado. Su voz no nacía de sus labios pero me llegaba como un rumor de fuentes de plata, llenaba cada rincón de mi ser de una profunda ternura, del trémulo candor de la hoguera recién encendida. Y cada recuerdo suyo, cada memoria compartida pasaba a formar parte también de mi memoria, se instalaba allí impulsada por su voz y acunaba mis oídos con su eco latente.

Sentados uno frente al otro, seguí escuchando hablar al Ángel. Su historia era de una profunda e infinita tristeza, pero estaba contada con tanta dulzura que mis oídos entraban en pugna con mi mente acerca de si debía llorar o reír con ella. No podía entender cómo tanto sufrimiento podía encontrar una canalización tan hermosa, cómo podía haber tanta fortaleza en aquella mirada, tanta serenidad, tanto convencimiento en un futuro mejor. Mi admiración crecía conforme pasaban las horas y volaba la tarde y la noche descendía sobre nosotros, conforme las luces de la ciudad nacían del suelo al firmamento y no al revés, y aquel relato se prolongó hasta que solo quedó su recuerdo en mi mente, en aquella misma habitación en la que ya descansaba a la espera de un nuevo día, de la luz y de la acción.

Giré entonces la cabeza hacia el otro lado de la cama, ya con la memoria del día expirado, y allí estaba de nuevo aquel rostro. Dormía profundamente. Su mano estaba tan cerca de la mía que casi podía soñar con rozarla, con alcanzar esa perfección que se había dibujado ante mí horas antes. Deseaba poder llegar al corazón de aquel rostro, consolarlo y tratar de compensarle por todo el sufrimiento vivido, pero todo lo que podía hacer era contemplarlo en silencio.

No recuerdo cuándo me dormí. Solo sé que al despertar ya no estaba, aunque dejó un rastro de luna llena en la misma almohada que había alojado su rostro. Y ese rastro brillaba, con una fuerza solo comparable a la de su creador, y alimentó una sonrisa que hizo que el sonido dejara de ser perezoso en la cueva lejana.

Entonces me levanté, y comencé una nueva vida.


sábado, 28 de febrero de 2015

Las Cenizas del Fénix sin Alas (Parte II)



Cuentan, los que tuvieron ocasión de presenciarlo, que el ataque de los adversarios fue tan feroz como inesperado. El ejército dormía en su campamento tras varias semanas de viaje, y aún se encontraban lo suficientemente lejos de las fronteras como para haber tomado mayores precauciones. La lluvia de flechas de fuego fue la primera señal, seguida de los cascos de caballo y de los cortes de la espada en el viento. Al cabo de media hora el campamento entero estaba en llamas, con el ejército invasor cobrándose vidas y el defensor tratando de mantenerse en pie. 

Yard despertó sobresaltado y, nada más hacerlo, se dio cuenta de que su hermano no estaba allí con él. Presa de la desesperación, tomó su espada y su escudo y salió corriendo de la tienda, para meterse nada más hacerlo en el fragor de la batalla: por todas partes escuchaba los gritos de sus compañeros caídos, los cascos de los caballos pisando el corazón de los hombres y el estertor que seguía al alzamiento y caída de la maza sobre el enemigo. Procurando dominar sus nervios, recordó su entrenamiento y comenzó a abrirse paso junto a varios de sus compañeros. Sin embargo, un temor creciente anidaba en su pecho, la extraña certeza de que, por primera vez en su vida, le faltaba lo más importante. Dio lo mejor de sí mismo en aquella pelea, lo mejor que su corta juventud le permitía al lado de hombres mucho más fuertes y experimentados en combate que él, pero en ningún momento, ni siquiera al terminar de vencer al último de ellos, sintió asomo de triunfo alguno en su pecho.


El panorama resultante tras la batalla era demoledor. El número de bajas se contaba por centenas, y aunque se había logrado poner en fuga al ejército invasor, las posibilidades de que volvieran con fuerzas renovadas era demasiado grande como para no tomar mayores precauciones esta vez. El general recorría el campo yermo, con aquella mirada de jinete solitario vencido de la carrera de la edad, pues allí donde ponía los ojos veía rastro de la muerte en rostros aún imberbes. De todos ellos, el que más llamó su atención fue el de un muchacho al que otro idéntico sostenía en brazos, consumido y desgarrado por un dolor como jamás antes había visto.

"¿Quién caminará ahora a mi lado?", pensaba Yard, desolado. "¿Quién sostendrá mi mano cuando caiga, reirá conmigo cuando lo necesite o pondrá su hombro en el momento justo para que no caiga? ¿A quién acudiré ahora cuando necesite consejo o desahogo, cuando la pena me consuma y la alegría me desborde? ¿En quién encontraré un alma gemela que evite que me sienta como ahora, vencido por la soledad más horrible que el mundo ha conocido?"

El general bajó de su caballo y caminó lentamente hacia la terrible escena. Yard apretaba contra su pecho el rostro inerte de su hermano, fallecido mientras trataba de proteger la tienda donde descansaba el otro, y al que varias flechas habían atravesado el corazón. El general se postró ante los hermanos, y aguardó unos instantes, toda vez que el llano del que había sobrevivido se apagaba, por la propia inercia del esfuerzo, y quedó poco a poco reducido a un murmullo de dolor infinito. Luego descolgó las cenizas del fénix sin alas y las colocó alrededor del cuello de Yard, que apenas se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor.

Las lágrimas que cayeron en el colgante permanecían aún húmedas cuando, horas más tarde, se realizó una gran pira funeraria para honrar e incinerar a los fallecidos. El general dedicó unas palabras breves de homenaje, y posteriormente fueron acercándose el resto de soldados a presentar sus respetos. Para entonces la llama de la pira alcanzaba ya una altura considerable, de modo que Yard tuvo que taparse los ojos mientras sentía el calor y el crepitar de las llamas cerca. 

Fue entonces cuando se dio cuenta del colgante. Se lo quitó y lo contempló en silencio durante unos segundos, mientras nuevas lágrimas acudían a su rostro con los mil y un recuerdos acumulados con su hermano Rudy a lo largo de toda una vida juntos. Entonces sostuvo el colgante con fuerza y lo arrojó a la pira, al mismo centro donde descansaban los restos de tantos valientes soldados.

Y entonces sucedió. El general y sus hombres de confianza se volvieron, asombrados por los gritos de los demás soldados, y lo que vieron los dejó sin aliento: de la gran pira, y como por arte de una extraña y milenaria magia, los cuerpos de los cientos de soldados muertos en combate abandonaban las llamas por su propio pie, milagrosamente intactos y sin rastro alguno de quemaduras o de las letales heridas que les habían llevado hasta la pira.

Cuando Yard vio que su hermano se dirigía a él, radiante como el sol del mediodía, sintió que las fuerzas le fallaban y todo comenzó a darle vueltas. Solo cuando sintió el abrazo, lleno de energía y vitalidad, que su hermano le dio para evitar la caída, supo que ya no tenía nada más que temer.

                                                                         *             *             * 

El ejército del Fénix sin Alas puso fin a la tercera gran guerra, la última de aquella etapa oscura de la que hoy nadie quiere acordarse. Compuesto por cientos de soldados inmortales, invulnerables a espadas, lanzas o mazas, fue venciendo uno a uno a todos sus enemigos hasta dejar el reino libre de cualquier amenaza. 

En apenas dos años, la vida volvió a brotar en aquellas tierras y el mundo recobró un brillo especial, que hacía relucir el cielo y las nubes, que hacía despuntar las montañas con más fuerza y alzarse más alto el sol antes de iniciar su inevitable caída. Fueron nuevos días de vino y rosas, donde la sonrisa se regalaba y se podía ver, sentir y tocar con el esplendor de la juventud. Fueron tiempos hermosos.



Las Cenizas del Fénix sin Alas (parte I)


Eran tiempos desesperados. Los jinetes de la guerra habían asolado aquellas tierras, dejando a su paso un rastro de sal y ceniza que amenazaba con corromper todo lo que una vez fue hermoso. Décadas de sangre y destrucción habían convertido la esperanza de los hombres en un suspiro arrastrado por el eco de los tiempos, sin asomo de consuelo, sin el alivio necesario para conciliar siquiera una noche de sueño en paz. Los niños nacían y crecían en un mundo sin horizonte, sin lágrimas que derramar y convencidos de que a ellos les aguardaba el mismo destino que a sus antecesores, aquellos cuyas almas yacían olvidadas en las fosas del fin del mundo.

Ya nadie recordaba el motivo de la primera gran guerra que precedió a las otras dos. Lo que una vez fue objeto de codicia por parte de los hombres había pasado también a formar parte del olvido, de modo que solo quedaba el regusto amargo de la sangre en el paladar, el eco mellado del acero bruñido al sol con el que combatían día tras día. El relevo era implacable: las hordas de soldados muertos eran reemplazados por sus hijos, que abandonaban cada mañana a sus familias, algunos de los cuales sin levantar el palmo suficiente del suelo como para sostener la espada, la maza o la lanza. Y aquella última mirada al hogar se perdía entre las tinieblas al poco de iniciar la senda de la muerte, el viaje a ninguna parte que todos debían emprender tarde o temprano.

Se dice que en uno de aquellos infaustos relevos, el que trasladaba a la última guarnición de las montañas del norte, había dos hermanos gemelos que caminaban en la retaguardia, tan pesarosos como el resto por verse obligados a combatir en una guerra que no entendían y que no habían elegido. Los que los conocieron en vida aseguran que jamás hubo dos personas más unidas que aquellos dos hermanos, que jamás dos almas estuvieron más cerca la una de la otra ni conocieron mayor complicidad que la que mostraban en cada gesto y en cada palabra Yard y Rudy, que así se llamaban. A pesar de la tristeza circundante, a pesar de la profunda desolación de su solitaria madre y de un entorno marcado por la miseria y la muerte, aquellos muchachos habían logrado lo que parecía impensable, y guardaban en sus corazones una alegría que caminaba en conjunción, que resonaba al unísono como un cántico cada vez que ambos cruzaban sus miradas, como si solo eso bastara para  encender la chispa y traspasar el pensamiento del uno al otro.

Al frente del relevo de la pascua de verano cabalgaba un jinete solitario. Había nacido en el seno del valle más profundo de las montañas del norte, las mismas a las que ahora el ejército daba la espalda en dirección a las fronteras del reino. Aquellas praderas oxidadas por el tiempo le traían a la memoria recuerdos más fértiles, de un tiempo ya perdido que, sin embargo, regresaba a su memoria cada vez que debía saquearlas en busca de nueva carne de cañón. Esos recuerdos, los previos a la guerra, eran el único tesoro que podía conservar. Entonces el mundo aún conservaba un brillo especial, que hacía relucir el cielo y las nubes, que hacía despuntar las montañas con más fuerza y alzarse más alto el sol antes de iniciar su inevitable caída. Eran los días de vino y rosas, donde la sonrisa se regalaba y se podía ver, sentir y tocar con el esplendor de la juventud. 

Un día llegó a su aldea un anciano trovador. Las gentes se arremolinaron en torno a él, prestas a escuchar sus cuentos, sus mitos y leyendas, aquellas canciones que casi nadie ya recordaba y que, en boca del trovador, sonaban a recién compuestas para la ocasión. De todas las historias que contó, de todos los poemas que recitó y de todos los bailes que hizo allí para ellos, hubo una que cautivó especialmente a los más pequeños: las cenizas del fénix sin alas.

Según aquella antigua leyenda, hubo una vez en una lejana región un ave fénix que era diferente a las demás. Mientras las otras blandían sus alas orgullosas, como estandartes que anunciaran la llegada de un conquistador, esta otra tenía unas alas tan pequeñas que no le servían siquiera para mantenerse sobre el suelo un par de centímetros. Conforme la edad de las aves aumentaba la diferencia era cada vez más notable, hasta que el ave comprendió que jamás podría ocupar un lugar entre los suyos, y se marchó en busca de un nuevo horizonte. Al no poder volar, el ave se mantuvo alejada de los caminos de los hombres y viajaba siempre de noche por las sendas de los bosques, atenta a cada movimiento de la espesura, huyendo siempre de la compañía de los demás animales y descansando de día en lo más profundo de las más hondas cavernas. 



Una noche, sin embargo, al entrar en el huerto de una aldea para alimentarse, fue descubierta por unos aldeanos y llevada a la plaza pública. Era conocida la enemistad de las gentes con los fénix, por considerarlos aves endemoniadas que debían ser mutiladas y más tarde purificadas en el fuego, para que así jamás pudieran remontar el vuelo. Al ver que encima la que habían encontrado tenía aquella deformidad, no tardaron en congregar una gran multitud para que presenciara en directo su sacrificio. Llevados por la ira, los aldeanos encendieron una gran pira y arrojaron al animal sin ninguna consideración, produciéndose entonces una gran nube de humo que se elevó más allá de las columnas que sostenían el firmamento. Cuando la hoguera se apagó, los aldeanos se apresuraron a hacerse con cenizas de aquel fénix sin alas y las diseminaron por todas partes, para evitar así la resurrección del ave. 

Y entonces, el trovador extrajo de debajo de su camisa un colgante donde brillaba una pequeña cámara, y anunció triunfante que allí dentro permanecían las últimas cenizas de aquel ave fabulosa, cuya raza se perdió en la noche de los tiempos intentando escapar de la locura de los hombres.

Ese mismo collar brillaba ahora, más de tres décadas después, en el cuello del jinete solitario que marchaba al frente del último relevo de la pascua de verano. El trovador se la había regalado antes de partir en busca de nuevas tierras, a cambio, eso sí, de una más que generosa estancia costeada por su padre, el hombre más poderoso de aquella aldea. Desde entonces lo conservaba como un amuleto de la buena suerte, y lo había acompañado en todas y cada una de sus batallas sin excepción.

martes, 26 de agosto de 2014

El rostro del dolor



Vencido por la angustia, durante un tiempo llegué a pensar que el sufrimiento había sido creado para que yo lo experimentara, que únicamente yo conocía los entresijos de la pena, de la agonía, de la horrible sensación de que bajo este cuerpo habitaba una tristeza tan profunda como el pozo más insondable de la última fosa abisal del océano. Me sentí propietario de la patente del dolor, y me convencí hasta tal punto de que todo lo demás dejó de importarme.

Fue entonces cuando los conocí. A los otros. A otros que, como yo pero en muy diferentes circunstancias, también sabían de los entresijos de la pena, la agonía y la angustia. No éramos idénticos, por supuesto. Cada uno tenía sus particulares motivos, sus profundas causas personales, pero a todos nos unía esa misma mirada de melancolía que no parecía terminar nunca.

Y fue ahí, junto a ellos, escuchando sus historias, sus versiones de los hechos y los sentimientos que traslucían sus palabras, cuando me di cuenta de que yo experimentaba un cambio mucho mayor de lo que jamás hubiera imaginado. Y es que al calor de aquellos relatos tan reales, mi perspectiva sobre el dolor se ampliaba, se magnificaba, adoptaba nuevos enfoques sobre lo que hasta entonces consideraba inamovible: familias destrozadas, enfermedades, tragedia, ruina, pérdidas y ausencias... todo ello no hizo sino acrecentar la terrible certeza de que en realidad mis problemas parecían minúsculos en comparación con aquellos. No era ya solo que hubiera perdido la patente del dolor, es que estaba contemplando el rostro mismo del dolor desde una perspectiva externa, ajena, extraña, algo a lo que jamás habría pensado que llegaría. Por primera vez en mi vida, tanto yo como mis circunstancias se quedaron al margen, a un lado, en el lugar secundario que realmente debían haber ocupado desde hacía tiempo.

Descubrí que mi dolor era lo que me permitía verlos tal y como eran, empatizar con aquellas situaciones en las que podía contribuir a aliviar el pesar. Logré arrancar sonrisas donde únicamente había yermas expresiones de gravedad, escuché al soliviantado, apacenté al furibundo, consolé al solitario: todas y cada una de aquellas personas, al margen de su edad, su género o raza, encontraron en mí alguien en quien confiar, alguien que a pesar de lo mucho que hubieran sufrido jamás los vería con esa estúpida compasión que de nada sirve si no va acompañada de la acción. Encontraron en mí un cómplice en aquel doloroso tramo de sus vidas, del mismo modo que yo encontré en ellos la tabla de salvación que me permitió no hundirme en mi propio ciclón autodestructivo.

No he salvado ninguna vida. A pesar de mis muchos esfuerzos y de la mejor de mis intenciones, únicamente he logrado hacer algo más llevadero algún tramo del camino para unos pocos. Sin embargo, he llegado a la profunda convicción de que ese papel es mucho más importante que cualquier otra labor que hubiera podido desempeñar, de que pase lo que pase, y me pase lo que me pase, mi nombre y mi rostro serán recordados por todas aquellas personas no como el de un mesías, ni mucho menos, sino como el de un amigo que estuvo ahí cuando todos los demás corrieron a esconderse del rostro del dolor, ese en el que a casi nadie le gusta verse reflejado pero que, por desgracia, todos llevamos puesto, como una pesada máscara, en algún momento de nuestras vidas.




sábado, 16 de agosto de 2014

Leyenda del sol en la distancia



Cuenta la leyenda que una vez el astro rey se enamoró de un campo lleno de unas plantas cuyo nombre nadie conocía. Eran altas, delgadas y hermosas, con una piel verde y fina que terminaba en un rostro de una inocencia que traspasaba como los propios rayos del sol.

El astro, enamorado como si nunca hubiera conocido ese sentimiento, se había acostumbrado a encontrarse con aquel campo durante una breve fracción de cada día. Tras alcanzar valles y montañas lejanas, terminaba siempre pasando por encima de aquella mina de incalculable belleza, que parecía aguardar tímida su llegada. Entonces, como si recibiera una inyección de vida que hacía que su núcleo refulgiera como nuevo, el sol se ponía sus mejores galas y lanzaba sus mejores sonrisas en forma de rayos. Sin quererlo ni proponérselo, daba a aquel campo justo el calor que necesitaba para crecer sano y fuerte, la luz que solo él podía ofrecer a todos aquellos sumidos en la oscuridad.

Pero pasado el tiempo, aquel breve momento no fue suficiente para el sol, que hacía su órbita por encima del campo más pausada. Pensaba así el astro que el campo terminaría por enamorarse ciegamente de él como él lo estaba de aquella zona tan pequeña de la Tierra, que se rendiría a sus encantos y terminaría declarándole el mismo amor que él sentía con ardor en lo más profundo de su corazón de helio. Y entonces, casi sin darse ambos cuenta, el campo comenzó a secarse. Ese lapso extra de tiempo que el sol pasaba encima del campo era suficiente para derretir el terreno más resistente, y con el paso de los días y las semanas, una a una, todas aquellas plantas fueron cayendo presa de la enfermedad y la muerte. 

Desesperado, el astro se torturaba durante su órbita entre encuentro y encuentro, tan absorto en sus pensamientos que poco a poco el resto del mundo se fue enfriando por la ausencia de sus rayos y de su alegría. Cientos de millones de campos de cultivo, de flores, de personas, se quedaron cada vez más sin aquella ración de vida y energía que les daba ver aparecer al astro rey en su rutina diaria, y también ellos se fueron apagando poco a poco.

Cuenta la leyenda que un día el astro rey pasó por encima de aquel campo yermo que en otro tiempo fue hermoso e inocente. Cuentan que arrepentido por su actitud y con más dolor del que nunca nadie jamás había conocido hasta entonces se elevó en los cielos hasta una altura insuperable, y clamó a su hermana luna y a sus primas las mareas, invocó el poder del rey de los cetros marinos de antaño y convocó a un ejército de nubes que pudieron alcanzar esa zona toda vez que el astro rey se sentó en su trono de los cielos.

Y entonces comenzó a llover, y así sucedió durante tres días con sus noches. Y por cada lágrima del cielo el sol la acompañaba de un suspiro de fuego de dolor, de sincero y profundo pesar por el daño que su amor descontrolado había causado al campo de las flores sin nombre.

Dicen que de cada lágrima que cayó al suelo, de cada suspiro de fuego nació una nueva planta que se unió a aquella última que aún quedaba sobre la tierra. Cuentan que con el paso de los meses volvió a crecer sano y hermoso, y que la siguiente vez que el astro rey sobrevoló la zona pudo contemplar un milagro aún mayor que el que él mismo había provocado tiempo atrás a raíz de su pérdida. 

Y es que las plantas hicieron algo que nadie nunca había hecho jamás en el reino vegetal: siguieron con la mirada la trayectoria de aquel a quien habían llegado a amar, en la distancia y a su manera, desde que se dibujaron las primeras líneas de sus rayos en el horizonte hasta que estos desaparecían. Y así fue cada día de cada semana de cada mes durante los siglos que siguieron, siempre atentos el uno del otro, siempre cuidándose, siempre manteniendo la distancia que les hacía poder amarse de aquella manera tan especial, sincera y sentida, uno sobrevolando en la distancia, atento y sereno, el otro siguiendo su magisterio de calor y de vida con atención, con respeto, hasta el punto de inclinar la frente al caer la tarde en señal de tristeza.

Y fue entonces, y solo entonces, cuando a un niño que contemplaba la escena se le ocurrió el nombre de aquella planta, el más lógico y el único que cabía ante la belleza de aquella relación. Y así ha sido hasta entonces.



lunes, 30 de junio de 2014

La última frontera



Cuenta la leyenda que un viajero llegó, tras años de infructuosa búsqueda, ante el Oráculo del Destino. Se decía que dicho Oráculo era capaz de anunciar con una exactitud asombrosa cuándo, cómo y dónde iba a morir cualquier persona. Desde los más humildes habitantes hasta los reyes, emperadores y sumos sacerdotes habían acudido al Oráculo en busca de la respuesta a la última pregunta de todas. Sin embargo, un día el Oráculo desapareció, y con él, sus dos imponentes esfinges de oro y plata se desvanecieron de la faz de la Tierra para nunca más saberse de ellas. Y así pasaron cinco largos siglos.

Durante todo ese tiempo, se especuló con la posibilidad de que el propio Oráculo, preocupado por la obsesión de la humanidad por conocer su destino, hubiera decidido retirarse a un lugar abandonado para que nunca nadie más volviera a hacerse semejantes preguntas. Y es que desde los más humildes habitantes hasta los reyes, emperadores y sumos sacerdotes habían regresado de su visita con la sombra de la muerte rondando sus cabezas, con la fría certeza de lo que estaba por suceder en días, meses o años. El hecho de saber el día, la hora y hasta el minuto en que dejarían de respirar hacía que perdieran por completo el interés por la vida, y que vagaran como espectros hasta la llegada en que la profecía se hacía realidad.

El viajero comenzó a escuchar leyendas sobre el Oráculo desde que era muy pequeño. Su abuelo, y después su padre, le contaban todas las noches cómo el rey Perión había perdido la noción del tiempo y el espacio, abandonando a su esposa Helisenda presa de la locura porque sabía que tanto ella como él morirían el día que naciera su primer hijo. Oyó también la leyenda de Pelias, el sacerdote que vio en el espejo del Oráculo que moriría nada más regresar a la ciudad, tras una emboscada de unos ladrones. Al llegar a la ciudad, Pelias entró por una puerta secreta que nadie más se suponía que debía conocer, en un vano intento por escapar de su destino. Sin embargo, allí se topó con unos ladrones que a su vez escapaban con un tesoro de la ciudad, y nunca más se volvió a saber de él.

Fascinado por esos y otros mil y un relatos, el viajero decidió consagrar su vida a localizar el paradero del Oráculo del Destino. Se despidió de su familia no bien había cumplido los dieciocho años, y a pesar de las advertencias de sus padres por no dedicarse a tan vana y loca empresa, se lanzó en pos de los valles y las montañas, de los ríos y los mares, preguntando a toda persona que se cruzaba en su camino, a todo marino con el que navegaba o a cualquier viajero que, como él, andaba perdido por las sendas y las cumbres. Y así pasaron veinte largos años.

Cuenta la leyenda que cuando el viajero alcanzó la más alta cumbre de las Montañas del Norte, un resplandor dorado surgió ante él allá abajo, en los valles perdidos de Ili Nors. Guiado por esa luz, el viajero descendió en medio de una furiosa tormenta de nieve, que solo amainó cuando al fin localizó a las dos esfinges, una de oro y otra de plata, que se miraban fijamente en un infinito intercambio de todos los enigmas que en el mundo han sido, son y serán.

En medio de las dos esfinges, un espejo largo y ovalado estaba incrustado en el suelo. El Oráculo esperaba su pregunta. Por lo que sabía, el viajero debía colocarse frente a él y hacer la pregunta que todos los humildes, los reyes y los sumos sacerdotes habían hecho antes que él, y entonces se le mostraría cuál era su destino.

Asombrado ante las imponentes esfinges, y consumido por la emoción, el viajero se plantó frente al espejo y vio que delante de él no se reflejaba su imagen, sino la de un anciano de larga barba blanca y túnica azul, que apoyaba su vejez en un cayado de madera de roble. El anciano alzó la mirada, visiblemente fatigado, y dijo:

- Has recorrido un largo camino hasta llegar aquí, y mereces tu justo premio como recompensa a tu noble esfuerzo. ¿Qué quieres saber? ¿La hora de tu muerte, quizá? ¿El lugar en el que ocurrirá? ¿La identidad de tu asesino, de tu asesina enfermedad?

- Nada de eso deseo saber -aseveró con aplomo el viajero, sin dejarse llevar por la fuerza cavernosa de aquella voz que con tanta autoridad había preguntado.

El anciano del Oráculo abrió entonces los ojos, como si no diera crédito.

- Lo que quiero saber -dijo el viajero, antes de que hubiera una nueva pregunta por parte de su interlocutor - No son los detalles de mi muerte, sino de lo que hay más allá de ella. Muéstrame qué me espera tras esa última frontera.

Y entonces el espejo se quebró, mientras el anciano sonreía, quizá por primera vez en más de mil años. Primero fueron unas grietas pequeñas, después otras más grandes, hasta que finalmente todo saltó por los aires. El marco del espejo continuaba intacto, pero ahora ya no reflejaba nada. Una gran mancha oscura lo cubría todo, una mancha en la que la mano del viajero desapareció al tocarla, y después el brazo, y después el resto del cuerpo. Y se hizo el silencio.

                                                                           *         *          *

Cuenta la leyenda que al desaparecer tras el espejo roto, las esfinges cambiaron de color y se tornaron de un azul tan puro que cegaba con solo mirarlo. Cuentan que ya nadie pudo hacer más preguntas, a pesar de que muchos lo intentaron, y que un buen día las esfinges comenzaron a resquebrajarse, primero con grietas pequeñas, después otras más grandes, hasta que finalmente todo saltó por los aires.

Cuenta la leyenda que, desde entonces, vaga por los caminos abruptos de esas mismas montañas un anciano de barba blanca y túnica azul, alguien que tiene la respuesta para todas las preguntas y preguntas para todas las respuestas, y que cada vez que alguien se dirige a él responde siempre con una extraña mirada de un azul intenso, una que encierra todos los enigmas de la humanidad que en el mundo han sido, son y serán.

lunes, 19 de mayo de 2014

martes, 29 de abril de 2014

El eco del silencio



Estaba muerto, y el calor era sofocante. Era lo único en lo que pensaba, ahora que la sequedad de la garganta no le dejaba otra opción, ahora que el vacío que iba más allá le impedía razonar con claridad. Allá en la llanura y aquí, cerca de la gran muralla, sólo se escuchaba el sonido del silencio retumbando en sus oídos. Era el silencio de la muerte, del asombro de lo inimaginable, de lo que nadie creyó posible. Pero él estaba muerto y después de tanto tiempo, de tanto sufrimiento que parecía condenado a eternizarse, la sangre que manaba del cuerpo yacente suponía, irónicamente, un símbolo de esperanza para aquellos que deseaban el fin de las hostilidades. Una muerte que era señal de vida, un final que era principio al mismo tiempo, sol y luna unidos por el eco del silencio.

Para quien no quedaba ya esperanza era para aquél que perdió su último aliento coronando las almenas, antes de recibir la piedra en el rostro y el vacío en la mente, el mismo que ya no podría dar otro abrazo, otro beso silencioso en aquella noche ni en ninguna otra. Y, si poseído de la cólera más inhumana que nadie experimentó jamás, pensaba que, cumplida la venganza, podría apartar la imagen de su amante de una vez por todas, estaba tan equivocado como el día en que decidió no salir a combatir su destino, dejando que otros lo hicieran por él.

Sí, sentía una furia incontenible que nada saciaba ni saciaría jamás y por ello, antes de atar el cadáver de Héctor a su carro, dispuesto a humillarlo ante la ciudad del asombro sepulcral, el héroe se limpió la sangre y dos sentidas lágrimas del rostro. Si la Historia había de recordarlo, que fuera como el héroe victorioso que aparentaba y no como el amante desdichado que era en realidad.








(Créditos de imagen: Nina Sarmiento)

martes, 25 de febrero de 2014

El tiempo será mi venganza (parte 3 y final)



En el sueño, Zeroi se veía a sí mismo de espaldas, frente a un espectacular eclipse de sol. Era como si un enorme planeta gigante se hubiera adueñado del atardecer y, con la luna como único testigo, bañase el firmamento de sangre. Lejos de desplazarse hacia un lado u otro y dejar paso de nuevo a la luz del sol, el imponente planeta avanzaba más y más a la ladera de la montaña desde la que observaba la escena. La colisión era inminente e inevitable, y arrasaría todo a su paso hasta no dejar ni el eco de la memoria de que alguna vez existió...
- ¡No!

La doncella despertó de golpe, sorprendida por el repentino grito del príncipe de las tinieblas, y retiró inmediatamente la mano de su rostro. Zeroi se sacudió el pelo de la frente, empapado en sudor, y tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba en presencia de la joven.
- ¿Quién eres?
- Yo podría preguntaros lo mismo, mi señor... No sé qué hago aquí.
Zeroi la observó, aturdido por su abrupto despertar y por la enigmática belleza de aquella muchacha. Tenía la piel de una estatua de mármol, y unos ojos brillantes en la oscuridad de la alcoba que los envolvía a ambos. Justo cuando iba a preguntarle de nuevo, la puerta de la estancia se abrió y entró una anciana con un gesto de ira incontenible.
- ¡Al fin te encuentro! ¿Se puede saber dónde te habías metido? La de veces que te habré dicho que no se debe molestar a los invitados de su alteza -dijo, llevándosela con una energía que Zeroi jamás habría pensado que pudiera albergar aquella mujer-. ¡Venga, dejémoslo dormir en paz!

Rudyard sacó a la doncella de la sala y tras comprobar que, a juzgar por su expresión, Zeroi había recibido la visión mágica correctamente, cerró la puerta. La joven aún parecía hechizada parcialmente, lo que obligó al mago a conjurar el mal que latía en ella:
- Que mis ojos sean tu sol y el viento, mis manos. 
Nada más retirar la mano de su frente, la joven cayó desmayada. Justo en ese instante Zeroi abría la puerta:
- ¡Está enferma!
- No, no, mi señor. Es fruto del cansancio, de tanto trabajar, ¿sabe? Déjeme que la lleve abajo, ahí podrá descansar y usted también.
- Ni pensarlo, anciana. Vamos, ayúdeme a subirla a mi cama.
Rudyard torció el gesto. Si Melkior descubría el sainete que acababa de formarse ahí, ya podía ir diciendo adiós a sus aspiraciones de rescatarlo. En cualquier caso, Ekai tenía razón: no podían quedarse en el pasillo o llamarían la atención.
Tras dejarla cuidadosamente tendida sobre la cama, el mago vio cómo el príncipe la miraba, con la respiración contenida.
- Curioso hechizo, el de la atracción -dijo Rudyard, viendo que la ocasión era buena para una nueva lección de buenas costumbres-. Nos lleva a perder la cabeza por personas a las que apenas conocemos, que en nuestra imaginación se convierten en aquellos que más deseamos, que quizá hemos deseado siempre y aún no hemos conocido. Una magia poderosa, sin duda, pero que nos puede llevar al engaño y a la decepción.
- Yo pensaba que era amor.
Rudyard se echó a reír. Si Melkior quería hacer de aquel joven ingenuo su príncipe de las tinieblas, entonces le quedaba más camino por recorrer del que podía imaginar.
- Oh, no, mi señor. El amor es mucho más poderoso que la atracción, porque no se basa en detalles superficiales, como una piel de mármol o unos ojos brillantes que acaban de descubrirse. Hace falta conocer realmente a alguien para llegar a amarlo, y para eso se necesitan algo más que cinco minutos y un sueño ligero.
Nada más decirlo, el mago supo que había hablado demasiado, como siempre. El príncipe lo miró, sin entender cómo era posible que le hubiera leído el pensamiento, y ya estaba a punto de preguntarle cuando Rudyard se excusó y salió de la estancia a toda velocidad.

         *    *    *

Varios días pasaron en la fortaleza de las nieves sin más novedad que el incipiente amor entre Ekai y Saioa, que así se llamaba la joven doncella. Largos paseos en las escasas horas de sol y breves conversaciones en los pasillos se convirtieron en el día a día de una pareja que, era evidente, sentía algo más que atracción a primera vista. Melkior vio en aquel plan frustrado un peligro potencial para sus planes y decidió que ya que la doncella no satisfaría la lujuria de su ahijado con el conjuro que preparó para ambos, quizá sirviera de semilla del dolor y el odio si conseguía asesinarla de una manera efectiva y cruel.

Rudyard no los perdía de vista, ya fuera en la forma de la entrañable Teodora, la anciana matrona de la fortaleza, de un paje o de un ave que pudiera escuchar cuanto decían desde la rama de un árbol del jardín. Le parecía realmente curioso que todas y cada una de las enseñanzas que había tratado de inculcarle los años anteriores habían hecho mella en él, y aquellos consejos, máximas y advertencias salían de su boca como si hubiera sido él quien las hubiera inventado. Saioa lo escuchaba siempre con atención, intercambiando con él cuanto ella había conocido en los viajes de su familia, por lo que pronto su amistad pasó a enriquecerlos más que cualquier lección de Rudyard con una pizarra de por medio. Finalmente, una noche de julio fría como si fuera de pleno enero, ambos se besaron de tal modo que el mago tuvo que aceptar que su sobrino tenía razón aquella primera noche en la alcoba, y sus vínculos se habían desarrollado más allá de la simple atracción. Alzó la mirada a las estrellas, a esas mismas constelaciones que él también contempló de joven en soledad, y sintió alegría por poder ser testigo de la felicidad de aquel a quien tanto quería.

De pronto, Rudyard sintió que un escalofrío recorría su espalda. Un viento helado recorrió el jardín y convirtió todo cuanto había a su alrededor en cristal. Suerte tuvo de poder alzar el vuelo sobre la rama en la que se encontraba, ya que de lo contrario habría corrido el mismo destino que el árbol, el banco y... Saioa.
La voz de Melkior sonó con fuerza en medio de aquel silencio de hielo y muerte, sin que Zeroi diera crédito a nada de lo que estaba pasando:
- Hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos tu edad, conocí a una mujer. Al igual que esta joven, era bella y dulce, y llenaba mis días de dicha y mis noches de fantasías. Todo era perfecto, hasta que, como suele ocurrir siempre, dejó de serlo. Llegó la guerra, Zeroi. El baño de sangre. La leva militar que nos llevó a todos al frente del combate, a luchar contra los que querían fundir las nieves de Nilfheim y convertirlas en el seco desierto del que procedían.
- Los ejércitos de Yordano.
- Así es. Fueron meses muy duros, donde únicamente el recuerdo de mi amada mantenía con vida mi corazón. Hasta que un día, cuando se cumplían cien lunas desde nuestra separación, llegó la noticia de que las tropas de Yordano habían rodeado la frontera y habían entrado por el norte, desembarcando en las mismas costas donde se escondían las mujeres y los niños de Nilfheim.
Zeroi escuchaba, asombrado, sin poder apartar los ojos de Saioa.
- Cuando volví a ver las torres de mi castillo, había sido reducido a cenizas. Yordano había destruido todo mi mundo y a todos los que vivían en él, Zeroi. Mi familia, mis amigos, mi esposa... Ni siquiera la derrota de Nilfheim me importó. Lo único en lo que podía pensar era en la venganza, pero yo entonces era demasiado joven, demasiado ingenuo, demasiado confiado como para poder derrotar al que había doblegado a cien ejércitos. Así que huí. Me refugié en el Inframundo, el reino mitológico que aguarda más allá de la vida y de la muerte, y allí, rodeado de la sombra y la maldición, me hice más fuerte de lo que nadie podía imaginar. Aprendí a conjurar a la noche, a desenvainar el frío y el hielo como si fuera una espada y a dominar toda forma de vida con el simple aliento de mi voluntad. El tiempo sería mi venganza, el tiempo para que mis enemigos se confiaran, se divirtieran con su victoria, tuvieran hijos y fueran felices... El tiempo sería mi venganza, el tiempo del olvido y del descuido fatal. 
- ¿De qué estás hablando, padre? Jamás había escuchado esta parte de la historia.
- Estoy hablando de ti, hijo. Te estoy contando la verdad para que sepas de dónde procedes realmente, 
 para que entiendas la gravedad de los actos que cometí y de los que estoy a punto de cometer.
Y dicho esto, Melkior rozó suavemente la espalda de Saioa con su báculo. Zeroi apenas tuvo tiempo de reaccionar, ya que la piel de mármol y los ojos brillantes se llenaron de grietas que, una a una, resquebrajaron toda su anatomía hasta dejarla a un suspiro de romperse.
- No pediré perdón ahora, como no lo hice entonces -dijo Melkior, con una mirada fulminante y decidida-. El tiempo es mi venganza: toda una eternidad para sufrir.
Saioa se quebró en mil fragmentos, mientras en vano Zeroi trataba de sostener sus manos como lo había hecho cuando la besó aquella noche por primera vez. Con el jardín inundado por el dolor del joven, Rudyard se desplazó a toda velocidad hasta el suelo y recuperó su forma original, justo en el momento en el que Zeroi desenvainaba su espada y se dirigía hacia Melkior con la ira encendida en sus ojos.
- ¡Detente, príncipe! ¡No lo hagas!
Melkior se echó a reír, entre asombrado y complacido, nada más ver a Rudyard en aquella escena:
- ¡Mira quién está aquí! El bufón de Kadeusi, el que creía que podría evitar lo inevitable. ¡No le hagas caso, hijo mío, y termina lo que has empezado!
Rudyard conjuró las fuerzas del día y arrojó un poderoso rayo que detuvo el brazo de Zeroi, incapaz de atender a razones en aquellos instantes de infinito dolor, de venganza y de muerte:
- Él no es tu padre, como Zeroi no es tu verdadero nombre. No te dejes engañar, príncipe Ekai, legítimo heredero del trono de Iskandar. Melkior desea que acabes con su vida para convertirte en su heredero, en el nuevo rey del Inframundo. Si lo haces, si descargas tu espada, habrás iniciado un viaje sin retorno al reino de la noche y te convertirás en el enemigo de los hombres y los dioses.

Mientras lo decía, Rudyard fue adoptando todas y cada una de las formas que había empleado para aleccionar a Ekai. El joven contempló, asombrado, como todos aquellos amigos de la infancia, sirvientes y maestros eran en realidad aquel desconocido que tan bien parecía conocerlo.
Melkior gritó, enfurecido, y alzó su báculo para conjurar al hielo y el cristal. Rudyard se elevó varios metros y agitó su bastón hacia las estrellas, levantando cientos de ellas como rayos de fuego que formaran una muralla impenetrable por la que el hielo fue incapaz de pasar. El príncipe los observaba a ambos, incapaz de comprender el alcance real de aquel duelo de magia y profecía. La noche se volvió roja y azul, y dos mundos entraron en colisión.
Finalmente, la magia de Rudyard se alzó poderosa sobre la de su enemigo y este cayó a los pies del príncipe, con su báculo quebrado en dos. Melkior alzó la mirada, en un gesto que mezclaba la furia con el desafío:
- Es inevitable. Tú ocuparás mi lugar, y entonces mi venganza se habrá completado. Si tu padre Yordano estuviera aquí desearía venganza, como yo, como todos los que pisamos este mundo infame. No eres mejor que yo.
Rudyard estaba tan fatigado por el combate que no pudo hacer nada cuando Ekai alzó su mano armada sobre Melkior. "Recuerda el eclipse", pensó, desesperado. "Recuerda que puede destruirnos a todos". Entonces cerró los ojos y un golpe sordo estremeció la noche.

*   *   *

Dos días más tarde, Rudyard y Ekai se encontraban en el salón del trono del palacio de Iskandar. Las figuras del hielo permanecían exactamente igual que como las había dejado el mago dieciséis años atrás.
- Esos de ahí son tus verdaderos padres: Yordano y Eloís.
El príncipe llegó ante ellos, reconociendo en él sus facciones y en ella sus ojos. Después se volvió al mago, y preguntó:
- ¿Qué va a ocurrir ahora?
- Todo volverá a ser como era. No puedo devolverte los años que has perdido a su lado, pero puedo darles a ellos el hijo que Melkior les arrebató. Para ellos ha pasado solo un instante, de modo que escoge bien tus palabras, porque no les va a ser fácil aceptar tu nueva forma. Claro que si les muestras esto, seguro que ayudará.
Y al decirlo, mostró los dos fragmentos del báculo de Melkior, y se los entregó con orgullo. Justo cuando creía que Ekai se dejaría llevar por el deseo de venganza, hizo girar la empuñadura de la espada en el aire, golpeando la cabeza del mago con la piedra preciosa de la parte inferior. Ahora el mago negro aguardaba su castigo en las mazmorras del palacio, y Ekai podría gobernar en el reino de la luz durante largos años.
- Estoy preparado, tío. Deshaced el hechizo, pronto.
Rudyard sonrió, y tras alzar los brazos, dijo:

Reino de nieve perpetua,
deja atrás la oscuridad.
Despierta, noche profunda,
ya llegó el día, Iskandar,
en que calienta tu alma
la sonrisa angelical
de aquel a quien le debes
 obediencia y lealtad.


Y al instante, los ojos empañados en lágrimas de Yordano y Eloís, así como la de todos aquellos que durante tanto tiempo habían dormido el sueño del hielo y el cristal, volvieron a la vida.


*     *    *

Cuenta la leyenda que nunca más nadie supo nada acerca del mago Rudyard, con el que no pocos estaban enojados por haberlos convertidos en estatuas durante una década y un lustro. Hay quien dice que regresó a las tierras de Kadeusi a tomarse un merecido descanso tras su larga búsqueda y su victoria sobre el rey del Inframundo, hay quien dice que se metamorfoseó en algún apuesto caballero para gozar de los placeres de la vida.

Solo uno supo, sin embargo, su destino real. Solo uno conoció, aunque fuera en la forma de un pájaro o un paje, a veces incluso una entrañable anciana, solo uno supo que su ángel de la guarda siempre permaneció cerca de él, siempre atento, siempre vigilante, y que únicamente cuando dormía regresaba a las hermosas tierras de Kadeusi para deleitarse con el brillo de su luz y de su agua, con la energía de las cascadas sobre los lagos y la hondura infinita de sus cielos azules y del sol de su infancia y juventud. 



Créditos de imagen:
1) http://www.wallpaperdota.com/wallpaper/2560x1600/big-solar-eclipse-1766.html
2) http://www.newgrounds.com/art/view/nondual/cosmic-birth
3) http://xdarkaro.deviantart.com/art/Cosmic-Stars-301279738
4) http://www.ultrahdwall.com/waterfall-wallpaper.html