Creo no estar para nada en esa órbita de "pensamiento". Desde hace tiempo convivo con el hecho de saberme examinado día a día con toda la normalidad que me es posible, porque ya no siento la necesidad de emplazar nada, como no la siento tampoco de demostrar que hay una fría cifra que respalda todo cuanto digo o hago. Cada día que pasa cuenta, cada día de ese calendario es oro puro aunque sea lunes a primera hora, de una fría mañana de mediados de septiembre donde todos los ciclos están por iniciarse, donde veo en esas mismas caras que me rodean las mismas sensaciones que también tuve yo en su momento. No las envidio. No las compadezco. Las entiendo, las respeto y trato de contagiarlas de esta extraña variante del carpe diem que nadie me dijo que venía mano a mano con la plaza, pero que tanto y tan bien me ha ayudado a situarme mejor en mis coordenadas. Y que sea por mucho tiempo.
martes, 24 de junio de 2014
Solsticio de verano
Creo no estar para nada en esa órbita de "pensamiento". Desde hace tiempo convivo con el hecho de saberme examinado día a día con toda la normalidad que me es posible, porque ya no siento la necesidad de emplazar nada, como no la siento tampoco de demostrar que hay una fría cifra que respalda todo cuanto digo o hago. Cada día que pasa cuenta, cada día de ese calendario es oro puro aunque sea lunes a primera hora, de una fría mañana de mediados de septiembre donde todos los ciclos están por iniciarse, donde veo en esas mismas caras que me rodean las mismas sensaciones que también tuve yo en su momento. No las envidio. No las compadezco. Las entiendo, las respeto y trato de contagiarlas de esta extraña variante del carpe diem que nadie me dijo que venía mano a mano con la plaza, pero que tanto y tan bien me ha ayudado a situarme mejor en mis coordenadas. Y que sea por mucho tiempo.
miércoles, 5 de junio de 2013
De monstruos, ministros y maestros.
Asuntos menores, aunque también relevantes, me parecen las nuevas reválidas que se quieren implantar al terminar determinados cursos. Es una política de filtración y derivación que ya existía hace 60 años, que es donde parece que a Wert y a sus ministerio les gustaría volver, como recordarán de aquella absurda declaración en defensa de una disposición de la UNESCO de 1962 acerca de la conveniencia de la educación segregada por género, y que este individuo todavía considera vigente. Los sangrantes recortes en educación de los últimos tiempos, siempre en contra de un tipo de educación y a favor de otro, y las barrabasadas de un personaje absolutamente incapacitado para su cargo han provocado que Wert sea el ministro peor considerado de toda la etapa democrática en este país, con desplantes tan evidentes como el de los rectores hace unos meses, el de su propio hermano, profesor universitario, hace unas semanas o el de los alumnos premiados de fin de carrera hace solo unos días, que se negaron a saludarlo en su entrega de premios ante las cámaras de todo el país. Es posible que de todo ello se derive su prisa por sacar adelante una ley educativa que ha conocido reacciones realmente negativas en la práctica totalidad de la comunidad educativa, la de las familias cristianas incluidas, y en comunidades autónomas como Cataluña, donde todavía se están frotando los ojos para creer que será cierto eso de que cualquier persona que quiera inscribir a sus hijos en un colegio concertado podrá hacerlo para garantizar que a su hijo se le educa en español (nótese que no digo castellano), porque será la Generalitat la que tenga que correr con los gastos de matrícula. Inaudito.El asunto es complejo, y no se puede resolver simplemente con un cúmulo de descalificaciones. El texto de la reforma de la enseñanza saldrá adelante sí o sí, con esa mayoría absoluta que le dieron 11 millones de votantes al partido de Wert, y poco o nada de lo que aquí digamos cambiará eso. Nos queda, eso sí, la certeza de que quizá un cambio de gobierno conlleve la octava -y enésima- reforma educativa, que reorientará el rumbo ideológico en función de sus propios intereses. Qué lástima, pensé mientras me despedía de mis antiguos alumnos el otro día, que los padres fundacionales de la Transición o todos los que vinieron después no tuvieran la feliz idea, como ocurre en países realmente avanzados, de dejar el tema de la educación fuera de toda discusión ideológica, de hacer un pacto por encima de partidos, elecciones y gobiernos, que cuente con profesionales de la educación en la elaboración de leyes y reformas relativas a ello y que tenga como único y verdadero objetivo formar de la mejor manera posible a los futuros ciudadanos de un país que, por desgracia para todos, se nos está yendo por el sumidero de la manera más miserable.
martes, 5 de febrero de 2013
In memoriam
El último recuerdo que guardo de él fue al poco de hacer la Selectividad, donde se produjo un pequeño escándalo tan propio de esta España nuestra, por el que un porcentaje excesivo de alumnos obtuvo en Historia el mismo resultado: 5,3. El enfado de don Víctor fue monumental, porque aquello era claramente una estafa cuya reclamación, como era de esperar, tuvo el mismo efecto que un grito en el desierto. Recuerdo aquel día, caluroso al menos en mi memoria, donde don Víctor hizo una encendida defensa de los méritos de los alumnos que habían tenido una regularidad y un esfuerzo que merecía mucho más que una nota puesta con un infame matasellos. Nos llamó la atención ese discurso porque aquella fue la primera vez en que le oíamos hablar, ya al final de nuestra trayectoria en el instituto, acerca de cómo nos veía, de la estima en la que nos tenía desde que nos impartió aquella primera clase. Muchos nos fuimos de allí bastante emocionados con aquellas palabras. Descanse en paz.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Literatura para jóvenes
lunes, 13 de agosto de 2012
Los tópicos del zorro
En primer lugar, deberíamos poner una serie de datos sobre la mesa antes de hablar desde el prejuicio, como hace este señor. Las becas Erasmus se han concedido desde 1987 a miles de estudiantes de la Unión Europea con el objetivo de que cursen una parte de sus estudios universitarios en el extranjero, con las indudables ventajas a nivel de experiencia personal, enriquecimiento cultural y social y de aprendizaje de idiomas que el señor Sostres ignora en su disección de la realidad de estas becas. Su presupuesto, integrado en el programa Sócrates II, cuenta en la actualidad con una dotación de 7.000 millones de euros y su repercusión le ha hecho merecedor del premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, entre otros muchísimos reconocimientos, por lo que acusarlo a la ligera de ser una legitimación de la cogorza internacional parece, cuando menos, aventurado.
Los tópicos que emplea Sostres son innumerables, desde la visión del Erasmus como un programa de fomento del alcoholismo y el sexo libre a esa otra de la mujer sin decencia que se abre de piernas ante el primero que pasa. Es innegable que habrá estudiantes que vayan por Europa con la intención de pasarse la vida de fiesta en fiesta y tiro porque me toca, y habrá también señoritas con faldas más alegres que la pluma de Sostres, pero cuando se intenta hacer pasar el lugar común como la realidad misma en la que está basado se comete un error de juicio que invalida por completo cualquier argumentación, algo que ya digo sencillamente no se contempla en el caso del artículo citado, donde en el mejor de los casos solo hay un estilo vulgar y un pensamiento antediluviano. Fíjense qué cantidad de tópicos en tan pocas palabras: "Italia es una banda de asalto y si en la mesita de noche hay una lámpara es allí donde irán a parar tus bragas [...] Al fin y al cabo, zumbarse a un italiano es un clásico, algo así como un polvo de fondo de armario." jueves, 7 de junio de 2012
Jugando con fuego
Estos días se está celebrando la selectividad en un buen número de universidades españolas. Es frecuente ver por ellas o en la televisión a estudiantes estresados, casi histéricos, con el miedo en el cuerpo frente a un examen que juzgan decisivo en sus vidas y por ello tan temido como, en el fondo, inofensivo. Más del 93% de los alumnos evaluados el curso pasado aprobaron dicho examen (otra cosa es que sacaran la nota deseada para tal o cual grado), lo que relativiza bastante el impacto de esta prueba.
lunes, 16 de enero de 2012
La estafa del bilingüismo

Durante muchos años, el sistema educativo español ha tenido en el aprendizaje de los idiomas un punto débil clamoroso. Estudiantes de diferentes comunidades salían de sus estudios medios sin saber prácticamente nada de inglés, francés o alemán, con nociones muy elementales de sus gramáticas pero sin la capacidad de expresarse o comprender mensajes orales con fluidez alguna. Más allá de nuestras fronteras, nuestro peculiar acento y nuestra, en teoría, incapacidad para los idiomas, era y es notable objeto de burla.
Haríamos mal en pensar que se trata de un mal contemporáneo: en tiempos de los reyes católicos los diplomáticos españoles eran conocidos en la corte europea por su supuesta discreción y prudencia, cuando en realidad lo que ocurría era que dichos embajadores desconocían por completo el latín, y no digamos ya las lenguas vernáculas de los lugares donde tenían lugar dichos encuentros.
Quizá con la sana intención de resolver de una vez por todas esta situación, que tanto dificulta las relaciones comerciales y laborales con otros países, las diferentes comunidades autónomas han decidido implantar el sistema de los colegios e institutos bilingües, con programas de inmersión mucho más complejos que las tradicionales clases de idiomas. Estos programas contemplan la enseñanza de otras materias en inglés, francés o alemán, como por ejemplo la Historia, la Biología, la Educación Física o la Música. Sólo Matemáticas y Lengua Castellana permanecerían ajenas a este sistema (salvo en Galicia, País Vasco y Cataluña, donde la existencia de sus diferentes lenguas oficiales dificulta aún más esta situación, ya que allí se hablaría de trilingüismo, si es que tal cosa existe).
Ahora bien, a partir de aquí surgen algunas incógnitas que nadie, de momento, ha logrado resolver. Parece lógico pensar que para lograr que un estudiante sea bilingüe, hace falta un profesor capaz de enseñarle la materia que sea en el idioma objeto del bilingüismo. Sin embargo, lo único que ofrecen las comunidades a los profesores españoles que no saben ni una palabra de estos idiomas es un mes, en verano, para estar en Canadá, Inglaterra, Francia o Alemania. Y se acabó. Al curso siguiente, estos profesores, gente que a lo mejor tiene 40, 50 o incluso 60 años, que en su vida han estudiado dichos idiomas o que, en el mejor de los casos, tienen el pobre conocimiento del que hablábamos al principio del artículo, han de obtener una habilitación y deberán entrar en una clase a explicar, pongamos por caso, el reinado de Felipe II, la estructura de la célula o la vida de Mozart en perfecto inglés, francés o alemán.

Como única respuesta ante semejante desmán, existe una segunda posibilidad: desplazar de los centros a dichos profesores y sustituirlos por otros que estén supuestamente capacitados o que, directamente, provengan de otros países y sean nativos de dichos idiomas. Ahora bien, estos profesores irlandeses, belgas o de donde sean, ¿habrán recibido formación, por ejemplo, en el reinado de Felipe II? ¿Sabrán explicarles el mayorazgo o el motín de Esquilache a alumnos de 2º o 3º de la E.S.O. en un idioma que no es el suyo? Yo, personalmente, tengo mis dudas al respecto.
El bilingüismo es un asunto demasiado serio como para tomárselo a la ligera. Hemos mencionado antes los casos de Galicia, Cataluña o el País Vasco, donde sí hay alumnos bilingües porque existen dos lenguas vivas que están en permanente uso, ya sea en casa o en la escuela, la radio o la televisión, los libros o cualquier conversación de la calle. Una persona bilingüe de estas comunidades puede expresarse en cualquiera de sus idiomas de dominio porque, además de la práctica diaria y constante, tiene los referentes adecuados para aprender dichos idiomas (profesores, las familias, los amigos). ¿Es ese el caso de la nueva reforma del bilingüismo? Evidentemente, no, siempre y cuando los profesores sean las personas sin experiencia ni recursos que hemos dicho antes, y estos son los que, en teoría y con todo el respeto del mundo, han de dirigir esta reforma en tan dudosas condiciones.
Si yo fuera un padre con hijos en el sistema educativo actual, me plantearía estos y otros asuntos aún más problemáticos. Por ejemplo, si quizá estos programas no solo no resolverán el problema de los idiomas, sino que en el colmo de los colmos, podrían llegar a provocar que los niños salgan del instituto sin saber nada o prácticamente nada de Historia, Biología o Música, asignaturas en las que ya suficientes dificultades tienen en su propio idioma para leer, resumir o explicar por escrito en un examen. Y lo que es peor: ¿de verdad piensan hacernos creer que por dar cuatro asignaturas en estas condiciones nuestros hijos saldrán siendo bilingües y tendrán ya el futuro garantizado? No nos engañemos: un alumno que asiste a X horas de clase a la semana en un idioma que le enseñan mal, ni aprende el idioma ni aprende nada de la asignatura en cuestión, con lo que el beneficio no aparece por ningún lado.
Pero además de todo lo dicho, existe otro factor determinante que es el que, en realidad, está dando verdaderos quebraderos de cabeza a los centros que se plantean implantar el bilingüismo: dado que aquellos centros que tengan programas de sección en idiomas tendrán más horas lectivas y que la dificultad de muchas de estas es muy superior por el factor del idioma, su exigencia académica será, lógicamente, mayor. Eso implica que los alumnos más estudiosos pasarán sí o sí por este camino, de modo que una localidad que tenga dos o tres centros verá pronto que los que tengan sección bilingüe se llevan a los mejores estudiantes, provocando un elitismo académico impropio de un sistema educativo público. El centro que no implante el bilingüismo, ya sea porque no quiere o porque no puede tenerlo, estará condenado a convertirse en un gueto, con los alumnos peores y más conflictivos, y con el nivel académico más bajo que se pueda imaginar.
De modo que ya ven, aunque en definitiva el artificio del bilingüismo no sea sino otro invento más de las autoridades educativas, otro barniz más que maquille las deficiencias de un sistema educativo que hace aguas en muchos aspectos, (pero que por increíble que parezca, todavía se puede empeorar más), y aunque de todo eso sean conscientes los centros y no pocos padres, a todos ellos no les queda más remedio que pasar por el aro, porque lo contrario sería, literalmente, enterrar en vida sus horizontes laborales y educativos.
Y a todo esto, ¿alguien ha pensado de verdad en los alumnos? Por lo que se ve parece que no, y que seguirán condenados a que cuando viajen al extranjero sigan pareciendo, a ojos foráneos y en el mejor de los casos, todo un ejemplo de discreción y prudencia.
jueves, 1 de septiembre de 2011
La destrucción del sistema educativo
lunes, 29 de agosto de 2011
Pontificando sin autoridad.
Documentándome para la entrada anterior sobre la novela Némesis tuve el infortunio de dar a parar en una revista digital llamada “El lector perdido”. Leo la entrada que sobre la novela de Roth hace una tal Silvia Bardelás y me quedo espeluznado ante un texto infame en el que esta buena mujer se dedica a despedazar el texto de Roth empleando argumentos, a mi juicio, absolutamente inválidos.
No le habría dado mayor importancia porque, como es el caso de este mismo blog, la red está llena de páginas donde la gente habla de lo humano y lo divino, a veces con más tino que otras y, en la mayoría de las ocasiones, sin la autoridad ni el conocimiento necesario para hacer tales afirmaciones. Pero hete aquí que descubro que esta señora es profesora de literatura creativa y, para mayor sorpresa, escritora. Y aquí es cuando ciertas afirmaciones, más por el posible impacto que puedan tener en sus posibles alumnos/lectores que por lo que demuestran de su conocimiento de la materia, provocan cierto escozor en el que esto escribe. Pero vayamos a su texto, que no tiene desperdicio.
Comienza la señora Bardelás por la parte negativa que ella considera que tiene la novela. Según ella, leyendo la obra se puede “ver” al autor “construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar”. Ello le permite llegar a una primera pontificación, según la cual no entiende cómo se ha encumbrado a Roth como autor universal.
No puedo estar más en desacuerdo con estas afirmaciones. Para mí Némesis es una novela perfectamente construida, y yo al leerla no veo a Roth haciendo nada, sino que, antes al contrario, me dejo llevar por una trama calculada al milímetro, una narrativa consciente y profesional como prueba su contundente final, que ata los cabos con una precisión escalofriante. No puedo estar tampoco de acuerdo en que el discurso es excesivo. Antes al contrario, es un libro breve, conciso y sobrio. Tampoco es cierto que el diálogo “informe”. El diálogo reproduce las palabras de los personajes, recrea ante nosotros la situación comunicativa y da vida a los personajes a través de sus palabras, pero no “informa”. De eso ya se encarga el narrador, aunque de eso nos ocuparemos luego. En cuanto a si Roth merece figurar o no en el panteón literario me parece una valoración absurda y, me temo, motivada por envidias y miserias propias de la profesión.
Sigue Bardelás con otra afirmación que es de juzgado de guardia: “Es una novela, quiero decir con esto que no es narrativa”. ¿CÓMO? ¿Cómo que una novela no es narrativa? ¿Qué es entonces? ¿Teatro? ¿Poesía? Válgame el cielo, que a estas alturas haga falta ir al diccionario de la Real Academia para descubrir que, (oh, sorpresa), la narrativa es un “género literario constituido por la novela, la novela corta y el cuento”. Es decir, que tanto una novela, como una novela corta y un cuento SON narrativa porque es el género al que pertenecen.
Sigue después afirmando que la novela “no está escrita en primera persona”, lo cual es falso porque sí hay un narrador que alterna la primera con la tercera persona, con no pocas alusiones al “yo” incluso dentro de la parte en que tiene menor papel, el primer acto. Pero es que Bardelás lo remata aseverando que el narrador “es un instrumento de suspense y cierre que sobra completamente en la historia". Esta es una interpretación totalmente injustificada por su parte. A mí me parece que el papel que el narrador/alumno desempeña es fundamental porque justifica el estilo, construcción y sobriedad de la novela; la novela misma es el narrador y su forma de narrar los hechos. Además, sin narrador no habría novela: Bucky Cantor no puede contar por escrito lo que ha sucedido porque precisamente vive instalado en el silencio a causa de la culpa, y es únicamente a raíz de su encuentro con el alumno, y por los vínculos que la novela detalla, cuando Cantor se deja vencer y comienza su confesión que sirve de base al relato. En mi opinión, decir que el narrador sobra es no entender una sola palabra de la construcción de la novela, algo especialmente grave viniendo de una escritora y profesora de escritura.
Para rematar la faena y recibir los vítores del respetable, Bardelás se contradice de manera flagrante cuando, al hablar pomposa y retóricamente sobre la “cadena humana” y la vida y la muerte, nos espeta que “la novela vive de esa cadena, la narrativa juega a que no existe…” Pero a ver, ¿en qué quedamos? ¿No había dicho que no era narrativa? ¿Ahora sí? ¿Es novela o narrativa, es ambas o ninguna de las dos? Busquen ustedes la lógica, si pueden.
Y es que estas son las consecuencias de pontificar cuando no se tiene autoridad para hacerlo. Me perdonen los fans de "El lector perdido", pero a mí me parece absolutamente vergonzoso que una persona que, supuestamente, se dedica de manera profesional a la literatura haga aseveraciones que demuestran tan pocos conocimientos sobre la materia. Se puede discutir si la interpretación de una novela es una u otra, pero hay aspectos teóricos básicos que esta mujer o no conoce o sencillamente no entiende, y que condicionan una perspectiva errónea, sesgada y plagada de afirmaciones a la ligera que no creo que sean el mejor ejemplo para que otras personas aprendan a leer, escribir o lo que quiera que sea que enseñe esta señora.
martes, 29 de septiembre de 2009
El asesino es el traductor.

Con este divertido encabezamiento arrancó uno de los festivales de literatura negra más importantes de España, la Semana Negra de Gijón. En él se vino a decir, entre otros muchos argumentos, que el papel de un traductor es esencial para la transmisión correcta de la obra original, algo que en España sufren notablemente los lectores de un tipo de literatura, como la de detectives, no demasiado fértil en nuestra narrativa.
Por lo general, una traducción debería mantener un equilibrio entre el respeto a la versión original y la adecuación a la lengua trasvasada. Dado que es imposible hacer una traducción perfecta, en parte por las diferencias entre unos idiomas y otros, en parte por los matices léxicos, semánticos y retóricos específicos de cada uno, es esencial que el traductor domine realmente bien ambos idiomas. Sólo así podrá aspirar al mayor respeto posible tanto al fondo como a la forma, pues ambos son difícilmente separables cuando se habla de literatura.
Eso sí, no vayamos a pensar que las malas traducciones se limitan a la novela negra: prácticamente todos los géneros literarios sufren barrabasadas criminales a la hora de traspasar de las lenguas de origen al castellano. A mí, por ejemplo, me llama la atención que las obras de Shakespeare, que en España han seguido siempre el canon impuesto desde tiempos ancestrales por Astrana Marín, no hayan sufrido todavía una buena revisión.
En Cuento de invierno, por ejemplo, se hace referencia a un ciclo temporal del siguiente modo: “han pasado nueve cambios del planeta húmedo”, algo que, salvo que estemos ante mentes privilegiadas, resulta prácticamente incomprensible. Si se toma el verso original de Shakespeare se leerá “nine changes of the watery star hath been”, cuya traducción vendría a ser algo parecido a “nueve ciclos de la estrella pálida han transcurrido”. Como puede observarse, poco o nada tiene que ver esta versión con la propuesta por Astrana (a ver quién es el majo que identifica la luna partiendo de “planeta húmedo”).
De todos modos, hemos tenido y tenemos en castellano excelentes traductores, y ahí están Pedro Salinas y sus ejemplares traducciones de En busca del tiempo perdido, de Proust, o Javier Marías, que tradujo excepcionalmente La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Stern.
Hay más casos, pero no es cuestión de aburrir en uno u otro sentido. En cualquier caso, tengamos cuidado con lo que leemos de allende las fronteras y con la edición que manejemos de según qué obra, (especialmente si nos movemos en ámbitos poéticos), no vaya a ser que, como avisan nuestros amigos de Gijón, terminemos con alguna que otra puñalada por la espalda.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Bochornos académicos varios (Parte II)
En cualquier caso, el punto más conflictivo del debate literario en Bérgamo llegó cuando la nunca suficientemente alabada Ángela Vallvey soltó frases del tipo “la mujer escritora en literatura es un cero a la izquierda”, “Madame Bovary está bien, pero si la hubiera escrito una mujer en lugar de Flaubert ya veríamos”, “la psicología y el alma femeninas es algo que los hombres no saben, no pueden captar”, y un largo etcétera de argumentos insostenibles, incorrectos, impertinentes y, por encima de todo, falsos.
Vayamos por partes. ¿Qué es eso de que sólo la mujer comprende el alma femenina? A juicio de mrs. Vallvey (y tantos otros, porque Lucía Etxebarría y toda su caterva de acólitas no le va a la zaga), obras del calibre de La Regenta, Fortunata y Jacinta, Ana Karenina o Naná, más la mencionada obra de Flaubert, están simplemente “bien.” Pero, ay amigo, que si hubiera habido una pluma femenina detrás otro gallo aún mejor nos cantaría a todos, y andaríamos aún deslumbrados por semejante milagro hecho novela. Y todo ello porque en el fondo, Leopoldo Alas Clarín, Benito Pérez Galdós, Leon Tolstoi y Émile Zola eran unos pobrecillos zotes, incapaces de ahondar en las profundidades insondables de la psique femenina. Por favor.
Una de las ponentes italianas, Paola Mastrocola, mostró su disconformidad diciendo que si ella mostraba al público dos poemas, uno escrito por un hombre y otro por una mujer, nadie acertaría intentando adivinar si los textos pertenecían a él o a ella. Carmen Covito, la otra escritora italiana (y sensata, por ende) coincidió en que el supuesto elemento diferencial femenino en cuanto a la creación literaria, aun suponiendo que existiera, resultaría del todo irrelevante, pues lo que importa es la obra artística en sí y no tanto el género de quien la escribió, pintó o esculpió. Si ahora se descubriera que el Lazarillo de Tormes fue escrito por una mujer, ¿acaso eso modificaría en algo su importancia dentro de la Historia de la Literatura? ¿Qué más dará el sexo de quien nos ha legado La piedad, Las Meninas, El retrato de Dorian Gray, La capilla Sixtina, Hamlet, el Taj Mahal y un etcétera infinito de obras maestras del arte?
Yo, desde luego, no creo en la literatura de mujeres, como tampoco creo que haya una de hombres. Creo en la literatura, como en las demás artes, y bajo ninguna circunstancia cambia mi valoración de una obra el saber que estuvo hecha por él o por ella, (como tampoco me interesa lo más mínimo su vida y milagros, aunque ese es otro asunto). Que las mujeres se han incorporado más tarde que los hombres es innegable, y soy el primero en reconocer que la literatura ha perdido en el camino del machismo un sinfín de artistas que no pudieron dedicarse a esta u otras artes por el mero hecho de ser mujeres. Ahora bien, de ahí a sostener que lo femenino es un valor per se en cuanto a la autoría, que lo eleva o sitúa en altares cualitativamente superiores por estar dotado de no sé qué diantres sobrenaturales o espirituales es algo que, se ofenda quien se ofenda, me parece que raya en la superficialidad mental más absoluta.
Entrar en estos yermos intelectuales nos aleja de lo verdaderamente importante, que son las obras. Las novelas de autoras como Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Josefina Aldecoa, Carmen Laforet, Carme Riera o Almudena Grandes se bastan por sí solas para defender la necesidad de la mujer escritora en la literatura, pero no por encima ni por debajo del hombre escritor, sino en comunión. Y me parece bien que se reivindique esa necesidad, pero siempre y cuando tengamos presente que estamos hablando de literatura, de novela en este caso.
Porque en ningún momento escuché a Vallvey y a sus dos correligionarios hispánicos hablar ni una sola vez de textos, influencias o modelos literarios, de técnicas o recursos, de preferencias, estilos o intenciones artísticas, y ni siquiera de creación de personajes o tramas. No salió de ellos una sola alusión a sus intereses como creadores, como artistas e intelectuales, ni siquiera el título de una sola de sus novelas o proyectos de futuro, y sí en cambio muchas tonterías ajenas al fenómeno estrictamente literario, como las que mencioné en la entrada anterior y que tienen que ver con censuras de corte paranoico, teorías conspiratorias de editores, académicos y públicos enloquecidos que van en masa a crucificar autoras trasngesoras, por no mencionar el manido y cansino victimismo ancestral del genio incomprendido ante una sociedad plagada de necios lectores. ¿Y saben por qué no hubo referencias literarias de ninguna clase? Simplemente, porque no las había.
Aquellos fantoches que tenía ante mí no merecen consideración alguna, no al menos literaria, porque la literatura no les importa lo más mínimo y sí todo el envoltorio adyacente, superfluo y vano, el mismo que se sirve de cualquier pretexto para hacer bandera del feminismo más trasnochado (o como dijo la Vallvey, fuente inagotable de citas para la historia, “feminazismo”). Si este es el futuro que le espera a las letras españolas en el campo de la novela, yo desde luego me bajo del barco y me dedico a otros menesteres, porque lo que presenciamos ayer en Bérgamo por parte de tan ilustres autores fue simple y llanamente una tomadura de pelo.
Bochornos académicos varios (Parte I)
Bajo el título de “la figura de la mujer en algunos escritores contemporáneos”, la mesa redonda del X congreso CILEC, celebrado en la hermosa ciudad de Bérgamo, reunió a Víctor Andresco, Ángela Vallvey y Jesús Sánchez Adalid, junto a las italianas Carmen Covito y Paola Mastrocola. El público, formado por los miembros del congreso que habíamos intervenido durante los días precedentes, escuchábamos con atención. Debo reconocer que no conocía a uno solo de los allí presentes, (me refiero a sus obras), y a tenor de lo que allí se dijo, temo que en lo que respecta a los españoles seguiré en ese estado de feliz ignorancia. Pero vayamos a los hechos.
Y los hechos son que, una vez dichas las respectivas palabras de agradecimiento, los ponentes comenzaron a desgranar su supuesta trastienda artístico-intelectual, demostrando una vacuidad de ideas enorme y una tendencia a la justificación autoexculpativa alarmante, ya fuera acusando a las editoriales, la censura implícita de lo políticamente correcto o a la alineación de los planetas el que sus obras no llegasen a un público mayoritario. Ella (lo digo por el producto nacional, las italianas estuvieron perfectas), además, se quejó amargamente de que ser mujer la perjudicaba una barbaridad, que nadie la respetaba o tenía en cuenta, y que si a ella se le hubiera ocurrido escribir una novela titulada “Las travesuras de la niña mala” (obra de Mario Vargas Llosa), público y crítica la habrían crucificado en la plaza Mayor sin contemplaciones. Por supuesto, no faltaron las alusiones al maltrato de la academia y los críticos, a los que tacharon de voraces e insaciables carroñeros literarios.
Tal delirio llevó al profesor Paulino Matas, de la universidad de Salamanca, a intervenir para preguntar qué es lo que se planteaban ellos ante el desafío de la página en blanco. No había veneno de ninguna clase en su cuestión, sino la simple intención de reconducir un debate que, recordemos, tenía que ver con cómo esos autores reflejaban el papel de la mujer en sus novelas. Pues bien, la señora Ángela Vallvey, haciendo gala de una estulticia suprema, se sintió atacada por una pregunta que consideró "cargada de prejuicios”, pues estaba cansada de que los académicos se burlasen de la mediocre producción literaria presente, que nada tiene que hacer frente a los grandes clásicos de la Historia literaria. ("En este país hay que morirse para que lo valoren a uno, como les pasó a Góngora, Clarín o a tantos otros", dijo otro de los ponentes, atrevido hasta con las comparaciones).
A partir de ahí se inició una conversación absurda, llena de reproches y acusaciones por parte de unos y otros. Los escritores nos tacharon de inquisidores, cansados de que los etiquetemos como autores de literatura menor (¿nos pueden explicar en qué se diferencia la literatura de consumo de lo que ustedes llaman gran o alta literatura?, se preguntaban, indignados). Y por más que intentamos explicarles, no nos dejaron, interpelándonos constantemente en un estilo soez, burdo y por completo fuera de lugar en un evento de semejantes características (“A mí lo que digan ustedes me la repampinfla”, llegó a decir la Vallvey, exquisita como pocas).
Miren ustedes, señores escritores, el que está aquí cansado de leer novelas horrorosamente escritas, sin ningún tipo de pensamiento detrás de su más que discutible forma, es un servidor. Basta ya de inundar las librerías con mediocridades que se caen por su propio peso, de adularse entre ustedes hasta el infinito y más allá y de patalear como niños pequeños cuando les decimos claramente lo que pensamos, como académicos, sí, pero también como lectores apasionados que aman profundamente la literatura, y que lo que desearían realmente es hablar solo de eso.
Y tengan claro, porque parece mentira que haya aún que explicarlo, que la literatura de consumo no es un desprecio para nadie, sino la simple constatación de que existen escritores cuyo interés no es alcanzar altas cotas de lenguaje poético o elaborar artefactos literarios de gran envergadura, sino vender libros empleando fórmulas preestablecidas, ya sean detectives, romances delirantes o misteriosos templarios. Y esa opción es tan respetable como cualquier otra, siempre y cuando sus autores no nos intenten dar gato por liebre y hacernos creer que estas obras han de ser consideradas la culminación del canon literario de todos los tiempos. Hasta ahí podíamos llegar.
lunes, 4 de mayo de 2009
Pues yo más y mejor...

Sólo unas breves líneas para reflexionar sobre el lamentable comentario de Germán Vega García-Luengos, a la sazón catedrático de la universidad de Valladolid. El incidente ha tenido lugar a propósito de la presentación de un portal de la Biblioteca Nacional, que recoge la reproducción digital de más de cien manuscritos autógrafos de los autores más importantes del Siglo de Oro, como Lope de Vega o Tirso de Molina.
Ha recalcado hoy Germán Vega, que ha presentado este trabajo a los medios de comunicación, el poderío de estos siglos cruciales en el Teatro Clásico español. Para ello recuerda las cifras de comedias escritas en verso en aquella época, con Lope a la cabeza con más de trescientas obras atribuidas a él, frente a las (míseras, se entiende) treinta y siete de Shakespeare.
Sin lugar a dudas, la ocasión era espléndida para hacer elogio del excelente trabajo de digitalización, que permitirá la consulta de unos valiosísimos documentos a cualquier investigador o curioso de la época y que, hasta hace bien poco, sólo estaban al alcance de unos pocos afortunados. También podía haberse destacado el gran esfuerzo del equipo que ha estado empleando su tiempo en ese inmenso archivo que es la Biblioteca Nacional pero, en vez de ello, el señor Vega se ha lanzado alegremente al ruedo del chovinismo barato para comparar nada menos que al autor más influyente e importante de la Historia de la Literatura con un escritor de comedias que, aunque digno en un porcentaje pequeño de su producción, no resiste una comparación seria y razonada con el genio inglés.
¿Cómo es posible que un catedrático de Literatura se preste a semejante despropósito? ¿En qué cabeza cabe menospreciar al autor más leído, interpretado, estudiado y de mayor influencia en la cultura contemporánea, alguien capaz de escribir obras del calibre de Hamlet, Othelo, Macbeth, Julio César o El mercader de Venecia, por el mero hecho de haber compuesto “sólo” treinta y siete obras de arte? ¿Es que hemos perdido el juicio? ¿Tan bajo ha caído la academia española que se permite el lujo de sacar pecho con Lope de Vega por el número de sus obras, como si la calidad literaria pudiera medirse al peso? (Porque ojo, que ya se ha apresurado el señor Vega en su flamante parlamento de decir “y eso sin entrar en la calidad de dichas obras”; menos mal).
Insisto, me parece una memez mayúscula. Celebremos la buena cosecha del Siglo de Oro español, no faltaba más, y seamos conscientes de la importancia de este trabajo de digitalización de manuscritos, pero por lo que más quieran, déjenme tranquilo a William Shakespeare. Porque mientras los autores españoles escribían un sinfín de comedias con una plantilla tan comercial como repetitiva, él se dedicaba a revolucionar la Historia de la Literatura desde la más absoluta genialidad y talento. Y eso se merece, cuando menos, un respeto.












