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lunes, 25 de mayo de 2015

2001: Una odisea de contrastes



Hace un par de semanas tuve ocasión de leer, con fruición y como hacía tiempo que no me pasaba, la versión literaria de 2001: Una odisea en el espacio. Sí, me he expresado correctamente: la versión literaria. Sé de sobra que el relato de Arthur R. Clarke es el original, y que sobre él adaptó Kubrick su inmortal clásico de 1968, pero a diferencia de lo que me ha ocurrido en muchas otras ocasiones, en este el referente de verdad es el cinematográfico.

Son tantos los casos donde la literatura ha demostrado ser claramente superior al cine que no sabría ni por dónde empezar. Dando por sentado que son dos lenguajes muy diferentes y que cada uno de ellos puede aportar valores distintos, siempre he preferido el ambiente creado por las novelas, su magia para transportamos de manera profunda al ambiente creado por el narrador, algo que muy pocas películas consiguen por evidentes razones de limitación de tiempo, y que muchas veces no puede sino quedarse en esa superficie que la novela puede penetrar con todo lujo de detalles. 


Bueno, pues en este caso y para mi gran sorpresa, me ha sucedido todo lo contrario. Desde el momento de comenzar a leer 2001, tenía la sombra de la película demasiado presente. Por mucho que intentara abstraerme de ella, el eco de sus poderosas imágenes, su capacidad de evocación y la fuerza de sus diálogos resonaba aquí, sobre el papel, pero sin el mismo brillo, la misma intensidad o la misma capacidad de seducción. Lo que en la pantalla era siempre un hipnótico conjunto de elementos a cual más fascinante, aquí en el texto me resultaba una narrativa demasiado plana, técnica y neutral como para dejarse seducir lo más mínimo. Sí, la historia es la misma, como lo son sus personajes y buena parte de sus diálogos, pero ni la tensión narrativa es comparable, ni el exceso de detalles ayuda en absoluto a crear esa atmósfera de misterio que rodea cada uno de los planos de la versión en celuloide.

Considero que fue un acierto, por parte de Kubrick, no dar demasiados detalles sobre el argumento de la cinta. Puede que eso haga que haya ciertos momentos excesivamente crípticos y que una parte importante del público potencial se pierda, sobre todo en el último tercio de la obra, pero es que lo del relato de Clarke es para echarse a temblar en algunos momentos. El primer acto de la obra, protagonizado por los simios pre-homínidos, no deja absolutamente lugar a dudas de lo que está sucediendo, con demasiados detalles sobre el pensamiento del protagonista y no menos prolepsis sobre hechos que deberíamos descubrir posteriormente. La intervención del monolito es demasiado evidente, con esos rayos más propios de un relato de fantasía que del género que esta obra precisamente ayudó a acuñar.



A partir de ahí, el segundo acto se toma una eternidad para relatar el despegue de la nave que llevará a un científico a la base de la luna. Es realmente aburrido, porque no hay nada más que descripciones técnicas sobre aspectos que fascinarán a los ingenieros, sin duda, pero que a mí me provocaron bostezos más sonoros que los 12 minutos de Danubio Azul de la película.

Y en cuanto al viaje en sí, hubo una sensación francamente molesta en torno al personaje de HAL-9000. Para mí se trata de una de las creaciones más perversas, inteligentes y acertadas de la historia del cine en cuanto a villanos se refiere, con ese ojo inexpresivo que parece que todo lo controla, incluso los pensamientos y emociones de los protagonistas. Aquí, en cambio, su repentino cambio de comportamiento se produce demasiado deprisa, como con demasiada celeridad tienen lugar los acontecimientos que llevan a su desconexión, un momento demencial en la película que aquí llega en un suspiro y deja al bueno de Bowman, el último superviviente de la expedición, demasiado tiempo solo antes del final del libro.



Respecto al final... solo puedo decir que me llevé una sonora decepción. Lo que en la película se convierte en un viaje astral de proporciones épicas aquí es un paseíto donde todo está demasiado explicado, demasiado masticado. La llegada a la sala creada por las formas de vida extraterrestres para Bowman, que en la película me dejaron sin habla, aquí se solventan en media página para pasar, sin más dilaciones a un bochornoso retorno de Bowman a la tierra donde se especifica exactamente cuál es su nueva condición.

En definitiva, creo que estoy ante una de las pocas ocasiones en que, ante la diatriba entre libro y película, recomendaría no solo la segunda a la primera, sino únicamente la segunda. No dudo de los méritos de Clarke a la hora de crear la historia, y seguro que el libro tiene gran cantidad de detalles que lo han convertido justamente en el clásico de la ciencia ficción que es hoy en día. Sin embargo, la película 2001: Una odisea del espacio es un hito en la historia del cine, más allá de su género concreto, una obra maestra que perdura como lo más genial de su genial director, y como una de las cumbres del cine de todos los tiempos, y eso es algo que, después de comprobarlo en mis propias carnes, no se puede decir ni muchísimo menos del libro en el que está basada.







domingo, 29 de marzo de 2015

Cervantes y la osamenta perdida



En cierta ocasión viajé a Inglaterra con una amiga que tenía un curioso mapa lleno de referencias a cementerios. No pude menos que preguntarle el motivo de tan macabro listado, y me respondió que en aquellos lugares estaban enterrados ciertos escritores a los que ella profesaba una gran admiración como lectora. Así, en los días siguientes, una de nuestras paradas obligatorias en cada ciudad que visitábamos era la de la tumba de tal o cual novelista, poeta o dramaturgo, donde mi amiga hacía la foto de rigor y guardaba un respetuoso minuto de silencio.

Sin ánimo de menospreciar en absoluto tan curiosa iniciativa, ya que mi amiga era lectora devota y conocía al dedillo versos enteros, párrafos y diálogos de todos aquellos escritores, sí es cierto que hubo una impresión algo contradictoria en mí ante semejante afición. No es que lo viera fuera de lugar ni criticable, pero es algo que en cualquier caso yo jamás habría hecho por propia iniciativa. Como aficionado a la lectura desde que tengo memoria, como estudioso de la literatura desde que tuve algo de uso de razón y como encargado en la actualidad de tratar de transmitir su legado a las jóvenes generaciones, lo último que me importó en su momento o de lo último que hablaría ante mis alumnos es de dónde se encuentran los restos de Quevedo, Fray Luis o Garcilaso. No perdería un solo instante hablando de la fosa en la que quizá esté enterrado Lorca, y desde luego no dedicaré un solo minuto a toda esa fenomenal farándula de mercadillo en que se ha convertido el descubrimiento de los supuestos huesos de Miguel de Cervantes.

Puedo entender el interés por parte de una familia por el lugar en el que reposa tal o cual persona, al margen de su condición de escritor. Hay un aspecto esencial, de rito, en el entierro de un ser querido, y los amplios estudios sobre la memoria histórica han puesto de manifiesto en todas partes del mundo la necesidad de la gente de depositar su luto en un emplazamiento, de dejar que allí se conserve ese recuerdo que permita cerrar la herida con el tiempo.

Nada de eso tiene que ver, sin embargo, con este circo cervantino que es un auténtico despropósito se mire por donde se mire. Lo único cierto es que en este país la marca de Cervantes mueve mucho dinero, y hay un interés evidente, económico, en que existan huesos que podamos atribuir al genio de nuestra literatura para seguir sacando los cuartos a los turistas, sean de aquí o de allá. Nada de esto tiene que ver, insisto, con una obra literaria que podrá ser la segunda más publicada y traducida del mundo, cuando el hecho cierto es que muy poca gente la conoce de primera mano.

La auténtica lástima es que Cervantes y su obra son, para una amplia mayoría de los habitantes de este país, sinónimo de aburrimiento soberano. Todavía recuerdo aquel anuncio en el que un hombre esperaba en una sala para descubrir, con horror, que entre las lecturas para amenizar la espera estaban los dos volúmenes del Quijote. No he conocido todavía un solo estudiante que haya leído capítulos de la obra cervantina y haya mostrado el menor entusiasmo por ello, que vea las representaciones de su teatro y levite o que tenga el menor interés por leer la que pasa por ser una de las mayores obras de la literatura universal. Y conste que aquí hablo de estudiantes, es decir, gente que está más que capacitada para dicha lectura, que cuenta además con otras personas capaces de explicar sus puntos más oscuros; no digamos ya lo que ocurre cuando uno sale a la calle y menciona el nombre de Cervantes, porque a más de uno le falta santiguarse como si más que a un literato se hubiera mencionado al ángel caído.

A pesar de todo, y olvidándonos de osamentas perdidas que en el fondo solo aportan beneficios turísticos a quien corresponda (o no), seguiremos intentando despertar el interés por la obra literaria no solo de Cervantes y los ya citados, sino de todos aquellos que han intentado explicar con su obra el por qué del mundo, de las mentes de sus ciudadanos, de los motivos morales o no tanto de sus acciones, del funcionamiento de una sociedad que avanza a golpe de cañones, de imposiciones y de urnas de dudosa legitimidad, y que además lo hace con el nivel de prosa y verso más elevada, con el refinamiento del lenguaje más preciso y milimétrico de que es capaz un artista, un creador, que a fin de cuentas es por eso, y no por otra cosa, por lo que debemos tenerlos en la memoria y, muy especialmente, en nuestras lecturas.

(Tumba de James Joyce en Zúrich)

martes, 29 de abril de 2014

El eco del silencio



Estaba muerto, y el calor era sofocante. Era lo único en lo que pensaba, ahora que la sequedad de la garganta no le dejaba otra opción, ahora que el vacío que iba más allá le impedía razonar con claridad. Allá en la llanura y aquí, cerca de la gran muralla, sólo se escuchaba el sonido del silencio retumbando en sus oídos. Era el silencio de la muerte, del asombro de lo inimaginable, de lo que nadie creyó posible. Pero él estaba muerto y después de tanto tiempo, de tanto sufrimiento que parecía condenado a eternizarse, la sangre que manaba del cuerpo yacente suponía, irónicamente, un símbolo de esperanza para aquellos que deseaban el fin de las hostilidades. Una muerte que era señal de vida, un final que era principio al mismo tiempo, sol y luna unidos por el eco del silencio.

Para quien no quedaba ya esperanza era para aquél que perdió su último aliento coronando las almenas, antes de recibir la piedra en el rostro y el vacío en la mente, el mismo que ya no podría dar otro abrazo, otro beso silencioso en aquella noche ni en ninguna otra. Y, si poseído de la cólera más inhumana que nadie experimentó jamás, pensaba que, cumplida la venganza, podría apartar la imagen de su amante de una vez por todas, estaba tan equivocado como el día en que decidió no salir a combatir su destino, dejando que otros lo hicieran por él.

Sí, sentía una furia incontenible que nada saciaba ni saciaría jamás y por ello, antes de atar el cadáver de Héctor a su carro, dispuesto a humillarlo ante la ciudad del asombro sepulcral, el héroe se limpió la sangre y dos sentidas lágrimas del rostro. Si la Historia había de recordarlo, que fuera como el héroe victorioso que aparentaba y no como el amante desdichado que era en realidad.








(Créditos de imagen: Nina Sarmiento)

jueves, 17 de abril de 2014

Los pergaminos de Melquíades (punto y final)





Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su propia ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no solo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de sus poros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujerque se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios de las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Solo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

(Gabriel García Márquez, Cien años de soledad)




(1927-2014)


viernes, 28 de febrero de 2014

La abadía del crimen



Cuando Umberto Eco publicó El nombre de la rosa (1980), uno de sus mayores temores era que el público se tomara la novela como una historia de crímenes en una abadía misteriosa. Es cierto que una de las tramas giraba en torno a la resolución de unos asesinatos cometidos en dicha abadía, pero estaba diluida en medio de un estudio realmente documentado sobre retórica y semiótica medieval y eclesiástica, así como de los medios para combatir las herejías y los peligros de que la cultura saliera de sus reductos tradicionales, temas en los que Eco era un absoluto experto en la materia.

Esta trama poliédrica servía de pretexto para que desfilaran por la obra decenas de personajes complejos, profundos y excelentemente desarrollados, y estaba protagonizada por el sabio y astuto Guillermo de Baskerville, asistido siempre por su joven novicio Adso de Melk. Las referencias a Sherlock Holmes son más que evidentes, algo que el propio Eco reconoció desde el principio. Ambos personajes acuden a una abadía italiana en 1327 llamados por el abad, quien está preocupado de que los crímenes pongan en peligro una reunión papal que trata de dirimir el espinoso debate de la pobreza de Cristo, asunto en que los franciscanos y benedictinos, entre otras muchas órdenes, andaban planteándose por aquellas fechas con denodado interés.

El éxito de la novela fue espectacular, convirtiendo el libro en un best-seller y a Eco en un improbable autor comercial, algo que el tiempo se encargaría posteriormente de poner en su correcto lugar. La obra entusiasmó a propios y extraños por su extraña conjunción de textos y paratextos, ese fundamento de la literatura postmoderna donde los límites del plagio y el homenaje se confunden con tanta facilidad. En sus "apostillas", que sirven como prólogo de sus últimas ediciones, Eco confiesa que hay párrafos enteros sacados de textos medievales, especialmente en aquellos en los que Adso se plantea los pecados de la lujuria en pleno debate interno, pero no solo. Una novela, en cualquier caso, que a pesar de sus constantes digresiones sobre sus muchos focos de interés temático, logra atrapar al lector por la poderosa fuerza de sus imágenes y la extraordinaria capacidad de Eco para seducir con el arte de la palabra.

La adaptación cinematográfica era cuestión de tiempo, como así ocurrió. La productora alemana Constantin Film se hizo con los derechos del libro en 1981 y comenzó a buscar director y equipo artístico, hasta que finalmente se decantaron por Jean Jacques Annaud (En busca del fuego, El oso). Más de cuatro años llevó al equipo a encontrar el reparto adecuado, con graves problemas para dar con un Guillermo de Baskerville de garantías. El papel fue finalmente para Sean Connery, por aquel entonces con una carrera en caída libre, a pesar de las reticencias de un Eco que adoraba al personaje de James Bond y que, precisamente por ello, jamás habría imaginado asociación alguna entre Connery y Guillermo. El entonces afamado Frank Murray Abraham, el inmortal Salieri de Amadeus, fue escogido para interpretar a la némesis de Guillermo, el inquisidor Bernardo Gui. El resto del casting lo completaron un nutrido grupo de actores europeos solventes y poco conocidos, que por su extraño físico se adaptaban perfectamente a sus papeles de monjes recluidos en la abadía en pleno feudalismo, y a los que en último lugar se unió Christian Slater como el joven Adso. Valentina Vargas, inspiradora del título de la novela, fue la protagonista de una escena que, estoy seguro, ayudó a salir de la inocencia a muchos jóvenes que debieron quedarse con la misma cara que el pobre Slater, que durante la grabación de su escena amorosa nada sabía de lo que iba a ocurrir.

Por lo demás, la película podría haber adoptado perfectamente uno de los títulos de trabajo que Eco manejó en los primeros borradores de la novela, La abadía del crimen. Despojándose de prácticamente todo lo que no fuera la trama principal, Annaud respetó de manera escrupulosa las andanzas de los dos franciscanos en busca del asesino y durante las dos horas planteó un fascinante viaje visual y sonoro a la Edad Media, a lo que contribuye un diseño de producción fabuloso y un casting muy acertado. Personajes como Jorge de Burgos, Malaquías o Berengario cobraban vida de una manera asombrosa, dando a la cinta un peso que seguramente pocos pensaron que tendría. A ello se sumó la habilidad de Annaud para recoger escenas fundamentales del libro, como la del laberinto de la biblioteca, que fue la única que se rodó en estudios interiores. El resto fue recreado de manera soberbia en exteriores, transmitiendo, a pesar de la nieve artificial, el frío, la miseria y el hambre que sin duda debía atravesar toda Europa por aquellas fechas.

El éxito de la película fue considerable para tratarse de una modesta producción europea. Las actuaciones de los actores eran excelentes, la banda sonora de James Horner era un prodigio de buen gusto en la selección de temas religiosos e inspiración en la partitura original y el pulso narrativo de la cinta, más que notable, con escenas para el recuerdo como la de las pesquisas de Guillermo en los exteriores de la abadía, su duelo con Bernardo en el tribunal de la Inquisición y, muy especialmente, un incendio de la biblioteca que reflejaba perfectamente la esencia del libro. Es cierto que mucho se quedó en el tintero pero, como afirmaba Annaud en una de las entrevistas, tanto él como Umberto Eco tenían claro que se trataba de dos acercamientos desde lenguajes muy distintos a una misma historia, donde por simples cuestiones logísticas, de tiempo, espacio y presupuesto, hubiera sido imposible dar cabida a, por ejemplo, las complejas disquisiciones que se hace en la novela sobre la simbología religiosa del pórtico por parte de Adso, que en la novela ocupa páginas enteras y que la película resuelve con una simple toma de tres segundos.

El nombre de la rosa es un ejemplo perfecto, quizá el mejor, de cómo hacer una adaptación literaria al cine. Me parece ejemplar que el inicio del proyecto fuera dejar claro que se trataba de un medio diferente y, a partir de ahí, se potenciara todo lo que en la novela queda más difuminado, como un apartado visual, de caracterización, de ambiente, que las imágenes de Annaud consiguen transmitir muy bien. El respeto por la personalidad de los personajes, sus notables diálogos y la emoción de ciertas escenas están a la altura de lo que cabría esperar de una adaptación que sigue viva en la memoria de los lectores y espectadores, como muestra la reciente adaptación al teatro que acaba de estrenarse en Madrid, y cuya crítica espero poder hacer en breve para sumarla a este reportaje. La tarea de adaptarlo a las tablas no es nada sencilla, y hay muchos riesgos, pero aun así es una historia que sigue teniendo el suficiente atractivo como para darle una oportunidad más, y las que queden.

A modo de curiosidad, no me gustaría terminar sin hacer referencia a que la novela fue también convertida en videojuego en los años 80 por parte de un equipo de desarrollo español. A pesar de que Eco no quiso saber nada del asunto, se trató de un juego fantástico que, en perspectiva isométrica y con unos gráficos más que decentes para la época, nos ponía a los mandos de los dos protagonistas para investigar a fondo un escenario complejo y lleno de detalles. A día de hoy, está considerado un juego de culto por parte de fans de todo el mundo. ¿Y saben cómo se llamó? Así es: La abadía del crimen.


viernes, 22 de noviembre de 2013

A vueltas con la literatura y la Literatura


El otro día asistí a un coloquio con la escritora Marta Sanz, una mujer dicharachera, vivaz y elocuente capaz de llevarse de calle al auditorio con un empuje que resulta envidiable y unos juicios de gran sensatez. Uno de los muchos temas que allí se trataron, como no podía ser de otra forma, fue el de las vías que la literatura, la grande, mediana y pequeña, escoge para llegar al público, para seducirlo y llevarlo a su terreno. Evidentemente, se habló de los fenómenos editoriales del momento, de las Sombras de Grey, Ken Follet y sus pilares terráqueos o Dan Brown y sus conspiraciones apocalípticas, etc., así como de todo lo que ello implica en el mercado y en el público lector. 

Cuando llegó el turno de debate se formaron, como es habitual, los clásicos dos bandos antagónicos: uno que defiende que cualquier literatura es Literatura, y otro en el que tratamos de hacer ver que, con todos nuestros respetos a los best-sellers, no es lo mismo una historia pensada única y exclusivamente para enganchar al lector y mantenerlo entretenido una, dos o tres novelas seguidas, que aquellos otros libros que, al margen de su historia, muestran una preocupación estética, formal y consciente sobre el uso del lenguaje, y que la emplean para tratar temas poco o nada comerciales, asuntos que nos hacen reflexionar sobre algo más grave que quién es el asesino o dónde está el tesoro (insisto, con todos mis respetos hacia la novela negra o la de aventuras, géneros que frecuento y disfruto enormemente).

La crítica que más se suele hacer a los defensores de la Literatura (así, con "L" mayúscula) es que somos una panda de elitistas y clasistas que nos basamos en cánones inventados por unos señores a los que nadie ha dado autoridad alguna, salvo de la que ellos mismos se invisten, tipo Harold Bloom, para establecer líneas rojas que diferencien la paja del grano, por decirlo en prosa castellana. Y sí, es muy posible que ese concepto pueda aplicarse a lo que todos entendemos como clásicos, véase el Quijote, La Celestina, el Lazarillo de Tormes, La Regenta o el Romancero Gitano, por poner solo algunos ejemplos. Es cierto que todos estos libros los hemos estudiado en su momento como referentes literarios ineludibles, como cimas de la expresión literaria en nuestra lengua, del mismo modo que estudiábamos Las Meninas de Velázquez o El Guernica de Picasso como referentes artísticos atemporales en la pintura. ¿Qué hay de malo en ello, me pregunto yo? ¿Es que acaso cualquiera de los defensores de los best-sellers es capaz de decir, en su sano juicio, que El buscón de Quevedo o La familia de Pascual Duarte de Cela están en la misma división que Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset?

Los defensores de una literatura menos constreñida por cánones, clasificaciones y grupos tienen mucha razón en que nuestro concepto de lo literario es cerrado. No tengo nada que objetar contra ello. Eso hace que tengamos prejuicios, tanto para bien como para mal, con determinadas épocas y autores, y que cualquier libro de, pongamos por caso, Vargas Llosa o García Márquez nos deban parecer obras maestras. Ahora bien, una cosa es que creamos que existe un canon y otra que seamos tontos de remate: a mí no me parece que Memoria de mis putas tristes esté en el mismo nivel que Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada, del mismo modo que no creo que El héroe discreto esté a la altura de La fiesta del chivo. El hecho de que un escritor haya escrito una, dos o tres grandes novelas no debe hacerlo inmune a cualquier crítica, en eso no puedo estar más de acuerdo, y yo mismo soy capaz de admirar al Cela creador de obras como La Colmena o la ya citada de Pascual Duarte y aborrecer prácticamente toda su obra posterior. El juicio crítico no debería estar condicionado por la creencia en un canon literario, del mismo modo que un crítico musical no valorará igual, espero, Beggar's Banquet que Bridges to Babylon, por mucho que sus compositores sean los mismos Rolling Stones.

Yo siento parecer un carca reaccionario en este asunto, pero para mí hay divisiones, ligas o como se quiera en cualquiera de las artes, y la Literatura no es una excepción. Evidentemente que todo es cuestión de subjetividad a la hora de establecer los criterios, los grupos y las clasificaciones, pero creo que todo el mundo puede entender que esto obedece a razones de pura lógica, entre las que nunca estará el ránking de ventas o el número de lectores, uno de los grandes argumentos del bando del best-seller. No es el mismo lenguaje el de Carlos Ruiz Zafón que el de Rafael Chirbes, y me da igual si el primero vende sus libros a millones y al segundo hay que defenderlo a capa y espada contra gente que no ha oído hablar de él en su vida: yo siempre preferiré sumergirme en la miseria del alma humana que se retrata en Los disparos del cazador, La larga marcha o En la orilla a tratar de averiguar los juegos de prestidigitador que se dan cita en La sombra del viento o El príncipe de la niebla. La literatura más leída no tiene por qué ser la de mayor calidad; es más, no suele ser así nunca, con honrosísimas excepciones, por lo que desde tiempos inmemoriales esto de dedicarse a componer poesías, dramas o novelas se ha considerado una actividad minoritaria, de nicho. Pero no olvidemos que, al margen de eso, siempre ha habido un consumo de masas, sin importar el momento editorial histórico en cuestión, y si en su momento hubo quien prefería, de lejos, leer a Corín Tellado antes que a Jesús Fernández Santos era porque la primera les parecía mucho más entretenida que el segundo, y en su derecho estaban de leer lo que se les antojara. Ahora bien, a la hora de hablar de la novela del siglo XX, confío en que se tenga más en cuenta la aportación del creador de la novela social con obras como Los bravos que el sinfín de romances de esta, por lo demás, dignísima escritora, contra la que nada tengo en absoluto pero cuya obra, por motivos estrictamente literarios, no me parece que esté a la misma altura.

Al final, como siempre, nada se resolvió en este debate, porque cada uno siguió convencido de sus posturas. Muchos se fueron de allí pensando que apañados estamos con tanto crítico de ceja escéptica, y yo me marché de allí convencido de que de aquí a unos años de Los hombres que no amaban a las mujeres no se va a acordar ni el apuntador, que es en definitiva a lo que remite en último término el sentido etimológico de la palabra "literatura", la letra que permanece en el tiempo.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Cinefórum (33): El juego de Ender


Cuando leí la novela de Parque Jurásico me llevé una enorme decepción. La novela en sí me encantó pero es solo que no entendía, a mis once primaveras de entonces, cómo era posible haber dejado tantísimo contenido fuera de una película que, en comparación con el libro, palidecía en cuanto a la trama, a la complejidad y diálogos de los personajes, a la cantidad de aventuras que se habían quedado fuera.  También me pregunté, claro, cómo era posible que ninguno de los dinosaurios de aquellas páginas lograra transmitirme el miedo, la enorme emoción que despedían los de Spielberg en esa pantalla de cine donde me había sentido tan minúsculo al lado de aquel mítico T-Rex.

Me llevó tiempo hacerme a la idea de que el cine y la literatura son códigos diferentes donde, por descabellada que parezca la idea, existe la posibilidad de la complementación. Una película basada en un libro no tiene por qué reemplazar nada, sino antes al contrario, permitir que aquellos puntos débiles de cierto tipo de historias florezcan al lado de una puesta en escena adecuada, espectacular cuando debe serlo, impactante allí donde la imagen lleva nuestra imaginación más allá de sus fronteras, del mismo modo que el libro puede detenerse cuanto quiera en la trama, sin restricciones de espacio de ninguna clase, y profundizar en todos aquellos aspectos necesarios para comprender el alcance global de la historia.

El Juego de Ender, concebida desde un principio como novela e iniciadora de toda una saga propia, logró trasladar con gran acierto una serie de interesantes debates morales al terreno de la ciencia ficción, como son la xenofobia radical, la manipulación de las masas y del individuo, el militarismo y sus medios para alcanzar sus fines, así como el papel del líder en el desarrollo de la sociedad. La novela alcanzó estatus de culto inmediatamente y ha sido venerada por generaciones enteras como uno de los pilares de su género, si bien el alcance de las secuelas es más discutido. Casi tres décadas más tarde, aquella primera entrega de la saga ha sido llevada al cine de la mano de Gavin Hood y con el beneplácito del autor de la obra, el siempre polémico Orson Scott Card. Y de nuevo, ante la diatriba de la literatura o el cine, surgen las mismas dudas, los mismos problemas y, no sé bien en qué medida, quizá las mismas conclusiones.

Lo primero que me llamó la atención de la promoción del filme fue que parecían querer lanzarla como una especie de cruce entre Harry Potter y Los juegos del hambre, cuando sinceramente no me parece que tenga nada que ver con ninguna de las dos. La historia de Ender no tiene nada de infantil, por todas las implicaciones morales de una trama que lidia con temas tan poco apropiados para ese público como los ya citados o el homicidio, tanto individual como de masas. El hecho de que el protagonista sea un adolescente está plenamente justificado por la historia, pero no debería haberse convertido en la baza única para llevar al público al cine, como me temo que así ha sido.

Por lo demás, no puedo evitar juzgar la película como un fan confeso de la novela, que me enganchó de un modo que pocas han conseguido igualar, y que devoré con tanta fruición como entusiasmo. La historia del joven Ender, un niño prodigio al que se encomienda la tarea de formarse en el liderazgo militar para comandar en el futuro a la humanidad entera ante la amenaza de los insectores es un relato apasionante, crudo y poderoso que no puedo más que recomendar a todo aquel que guste de la ciencia ficción de calidad. Es una novela fantástica, con un sentido del ritmo soberbio y una dosificación de la trama y de sus puntos de giro tan acertada como bien construida. Todo un clásico del género, en definitiva.

Por todo ello, mucho me temo que mi impresión de la película que acaba de estrenarse está condicionada por mi cariño hacia dicha lectura, por el conocimiento que tengo de muchos de los puntos que la cinta olvida u omite conscientemente, así como de aquellos personajes intensos y llenos de fuerza en la novela, como Bean o los hermanos de Ender, que aquí tienen un papel meramente testimonial y cuyas tramas desaparecen por completo. Hay tantas, tantas lagunas, carencias y reformulaciones de la película que incluso los temas principales citados anteriormente corren serio peligro de desaparecer en un montaje no siempre benigno con el material original. Pero por encima de todo, mi mayor pega hacia la película es que la necesidad de abreviar nos priva de una progresión más adecuada de la historia, y eso se nota.

Aquí es preciso hacer hincapié en un detalle: esta no es una película hecha al margen del autor del material original, como ocurrió con Michael Ende y su famosa Historia Interminable, que se tiró de los pelos al ver lo que habían hecho con su historia. Fue el propio Scott Card, y no Gavin Hood, el que tomó decisiones fundamentales como la que tiene que ver con suprimir prácticamente a Valentine y Peter y su trama de ascenso al poder a través de Internet, así como en todo lo referente al clímax final, del que es mejor no hablar, pero que en el libro tenía un tratamiento bien diferente para resultar más sorprendente. 

Y aquí es donde viene el problema principal. Mientras veía la película pensaba que a lo mejor le hubiera venido bien a esta producción dividirse en dos partes, un poco al modo de la idea inicial que se tuvo para El Hobbit. La primera se centraría en la escuela de batalla y la segunda en el alto mando, respetando la estructura dual de la novela, y permitiría desarrollar todo lo que aquí se queda corto. Y no es que la idea en sí sea mala (la mayor parte de fans la defiende con ardor), pero entonces hay un problema mayor: el presupuesto, que ya de por sí es holgado (110 millones de dólares), se habría ido por lo menos al doble, haciendo inviable el proyecto. De nuevo, las limitaciones: el precio que hay que pagar por ver algo así en pantalla grande implica necesariamente sacrificar material en aras del espectáculo, y seguramente, en aras de hacer una película más intensa y potente en una sola entrega, sin digresiones ni subtramas que casi con toda certeza solo valoraríamos los fans del libro original.

Sin embargo, y a pesar de estos reparos de no poca importancia, la película tiene grandes aciertos que cualquier fan agradecerá: la recreación de la sala de batallas de gravedad cero es soberbia (y las batallas en sí están muy bien recreadas, aunque me supieron a poco), los efectos visuales y sonoros están muy logrados y los actores principales sostienen la función con oficio y, en el caso de Asa Butterfield, con un enorme talento y un respeto al personaje tan complejo y esencial que interpreta, Ender, que han sobrepasado mis expectativas más optimistas. Y ver a Harrison Ford, eterno Han Solo, de nuevo en tareas espaciales es siempre algo digno de ver para alguien que, como es mi caso, ha crecido al calor de aquellas clásicas películas. A eso se añade un diseño de producción impecable, que recrea los escenarios de la novela con bastante fidelidad, y una banda sonora de Steve Jablonsky que es una delicia y, especialmente en los momentos épicos con su fastuoso tema principal, destaca por encima de la media en este tipo de superproducciones.

El Juego de Ender es, en definitiva, una película notable, entretenida y bien realizada en líneas generales, aunque muy lejos del sobresaliente que, en su propio código, alcanzaba la novela en que se basa. Seguramente los neófitos no terminen de entrar tanto en la trama como sí hacemos los conocedores de la novela, algo a lo que no contribuye un comienzo confuso y atolondrado que, eso sí, va ganando enteros conforme se avanza hacia un final bien resuelto. Es posible que muchos de los conceptos importantes de la novela y algunas situaciones clave hayan sido simplificadas en aras del tiempo limitado que impone el formato del cine, pero a cambio ofrece un espectáculo visual que alcanza cotas épicas y satisfará a los que quieran ver en ella un complemento a una historia que agradece la puesta al día, la difusión de una trama que, en cualquier caso, siempre merece la pena visitar de nuevo en su formato original.




jueves, 20 de junio de 2013

El libro del mes: El anarquista que se llamaba como yo.


Una de las grandes preocupaciones de la narrativa española de los últimos cien años ha sido reconstruir,  reivindicar e interpretar la memoria de un tiempo que ha sufrido golpes de estado, guerras civiles, dictaduras y crisis de una profunda trascendencia para todos y cada uno de sus ciudadanos. Cada uno de los acontecimientos clave del siglo XX ha traído consigo cambios traumáticos, aunque dichos procesos no hayan incluido transformaciones en unas estructuras de poder que, con mayor o menor fortuna, se han anclado en privilegios de clase con los que continúan dominando el panorama de un país que, una y otra vez, da pasos muy tímidos hacia el progreso para después retroceder con una premura asombrosa.

En líneas muy generales, la literatura ha optado por hacerse eco de esta realidad desde tres enfoques bien diferentes. Hay autores y novelas, como Dulce Chacón y La voz dormida o Josefina Aldecoa con Historia de una maestra, que han escogido el camino de una memoria nostálgica que recupera un pasado desde la visión épica e idealizada de las víctimas, que sirve de homenaje a los miles de hombres y mujeres que cayeron por un conflicto que otros decidieron por ellos. Otros, como Carlos Fonseca y 13 rosas rojas o Javier Cercas y Soldados de Salamina, optan por una memoria de la investigación, donde una figura del presente trata de recuperar los testimonios de aquellos testigos de un tiempo que está a punto de perderse, y cuyo recuerdo se vuelve fundamental para reconstruir los hechos y poder interpretarlos a la luz de los nuevos tiempos. Una tercera vía, compuesta por obras como Los disparos del cazador de Rafael Chirbes o La higuera, de Ramiro Pinilla, conforma una memoria crítica con el tiempo pasado, que se distancia emocionalmente de los hechos narrados gracias a una serie de recursos que obligan al lector a ser él mismo lector e intérprete, cuestionando narración y personajes a partes iguales y alejándose por completo de apologías de ninguna clase.

El anarquista que se llamaba como yo, de Pablo Martín Sánchez, plantea un problema de enorme complejidad a la hora de clasifica una novela que toma elementos de las tres vías anteriormente citadas. El juego de espejos que el autor pone con el personaje real de idéntico nombre, así como la dicotomía entre la ficción literaria y una realidad "real", como diría el propio Javier Cercas, permiten que la novela transcurra en un terreno decididamente ambiguo e indefinido donde la prosa del escritor se desliza de forma precisa, fluida y contundente cuando es necesario.

La novela desarrolla dos tramas paralelas, la historia cruzada de la infancia y juventud del protagonista y el relato, ya en una etapa de madurez, de su incursión fronteriza en el apogeo de la dictadura de Primo de Rivera. Esto permite que el lector vaya completando la educación sentimental e ideológica del personaje a un tiempo presente marcado por el fatum que introducen las numerosas citas al comienzo de cada capítulo, una suerte de extractos documentales que actuarían a modo de memoria de la investigación. Y si la trama de infancia y juventud se va cargando de elementos nostálgicos, de homenaje a una concepción del anarquismo como bandera y emblema de una libertad frente a un poder tiránico e injusto, la trama del presente acumula elementos críticos en su estructura y narración para hacer de la novela un caleidoscopio de memorias en conjunción. Tres textos, tres memorias, tres ópticas que el lector intercambia, como las lentes de un catalejo que apunta a un episodio de la historia, el juicio contra los supuestos autores de los incidentes en Vera de Bidasoa de 1924, que ya en su propio tiempo fue motivo de debate social, de escándalo y de rebeldía.

Es evidente que el autor conoce muy bien el tema que trata, así como los recursos para extraer del episodio real todo su potencial narrativo. Los puntos de giro de la trama están resueltos con oficio y buen hacer narrativo, en especial en un último tramo donde se percibe con claridad la comodidad del autor con un texto que ha ido creciendo en sus manos hasta escapar de ellas. Las limitaciones propias del relato histórico no suponen freno alguno a su inventiva, como no supone tampoco ningún desdoro la galería de personajes que desfila por unas páginas llenas de diálogos con sabor a realidad. Y esto es un aspecto especialmente destacable, ya que en buena parte de la narrativa de la memoria este tipo de limitaciones supone un freno a la credibilidad del relato.

La novela reconstruye una serie de hechos fundamentales en la historia de España, como la semana trágica de Barcelona o el desarrollo del anarquismo tras el golpe de Primo de Rivera, que han sido muy poco tratados en general por una literatura que suele tomar como punto de referencia o "año cero" la guerra civil. En ese sentido y, gracias también a la originalidad y frescura de su voz narrativa, esta obra constituye un soplo de aire renovador para una literatura con tendencia al estancamiento y al conformismo de relatos, por lo general, autocomplacientes y maniqueos donde todo se reduce a una confrontación de héroes y malvados. Por todo ello, la heterogeneidad, calidad literaria y atrevimiento en un tema inusual, casi tabú en nuestra literatura y en especial en la literatura de la memoria, hacen que El anarquista que se llamaba como yo se convierta en lectura de obligado cumplimiento, no solo para los interesados en la literatura de la memoria, que también, sino para todo el que quiera descubrir a un autor con tanto talento como porvenir en la narrativa española contemporánea.

martes, 23 de abril de 2013

El libro en la sociedad española actual


Siempre que se acerca esa extraña festividad llamada Día del libro y aparecen en prensa y radio esas estupendas recomendaciones de lectura para regalar, me viene una imagen mental del típico reportaje sobre cifras reales de lectura. Sí, es evidente que el mercado del libro en España mueve dinero (quizá menos cada año, pero en fin, algo mueve). Sin embargo, la pregunta para mí realmente importante no es cuántos libros se venden o circulan por el mercado, sino cuántos circulan por las manos de los lectores, es decir, cuántos libros se leen de verdad.

Lo cierto es que cualquier escrutinio resulta de lo más desolador, ya sea por exceso de alegrías porcentuales o por defecto de forma, que para el caso es lo mismo. La federación de gremios de editores de España encarga todos los años un informe sobre hábitos de lectura que, esta vez, fue publicado en enero de 2013 (consultar aquí), donde se dan datos bastante surrealistas. Destaca la presencia de una masa lectora superior al 91% en menores de 14 años y del 97% entre 14 y 24 años, en prácticamente todos los soportes impresos o digitales. La cifra es algo engañosa, porque un análisis más detallado revela que, descontando prensa deportiva y revistas diversas, solo un 60% reconoce leer libros. Si se tiene en cuenta que esta es una edad escolar donde la lectura es obligatoria, a mí desde luego me entra más de un escalofrío. Por mi profesión y mi labor de bibliotecario dentro de dicha labor en todos los centros en los que he trabajado, tengo bien claro que un porcentaje muy elevado de alumnos de esas edades solo saca libros de la biblioteca por imposición lectora, no por gusto. Y de dicho porcentaje, poco más de la mitad lee realmente dichos libros, de modo que a mí un 60% me parece incluso una cifra optimista, aunque la daré por válida.

El informe resulta bastante poco creíble desde el momento en el que presenta una curva descendente casi nula por edades, que pasa del 91% de los menores de 14 años al 96% entre gente de 30/40 años para llegar, ya al final, a un 81% llegando a la cifra de los 65 años o más. ¿De verdad alguien se cree esto? ¿8 de cada 10 ancianos leen de forma diaria en este país, varias horas al día? ¿Casi 10 de cada 10 jóvenes de entre 15 y 25 años leen de manera habitual, entregando gustosamente sus "findes" a dicha tarea erudita? Si es así, ¿dónde están esos ancianos y jóvenes ávidos de lectura, en qué biblioteca vacía se esconden y por qué demonios no se refleja semejante alud de conocimiento en todas y cada una de las pruebas en las que quedamos en el puesto 27 de la Comunidad Europea en comprensión lectora?

Sinceramente, yo no doy ningún tipo de credibilidad a este informe. Me parece sacado del país de la piruleta, calle del chocolate, número pi. Pero fíjense que incluso con esos datos, a mi juicio bastante falseados, se revela que el porcentaje de libros leídos en España supera por muy poco el 50% de la población (el informe introduce todo tipo de lectura, incluyendo blogs, páginas webs y hasta prospectos de medicinas, supongo). Es decir, que en este país, 1,5 de cada 3 españoles no coge un libro ni para mejorar el desequilibrio de su sofá, y eso es un dato muy revelador, muy por debajo de la media europea (en torno al 70%). Ahí le duele.

En el diagrama de la derecha, publicado en El País, se muestran los porcentajes de lectura por comunidades Autónomas. Fíjense que en prácticamente todas se supera el 50% de lectura por poco, y que solo 4 comunidades superan el 60%. Según esto, casi la mitad de los españoles no lee en su tiempo libre, que imagino dedicará a menesteres mucho más provechosos.

Lo mejor viene al final, como ocurre siempre en el país de la caña y la pandereta. Y es que resulta que de todos nuestros ilustres e ibéricos lectores, que ya hemos dicho que son una barbaridad cósmica según el gremio de editores, casi el 70% se descarga libros digitales de manera fraudulenta. (Ahí sí que estamos muy por encima de la media europea, como es lógico y normal). Y no se crean que esos libros son el Ulises de Joyce, el Quijote o nada parecido, ni mucho menos. Se trata de novelas aún más históricas para la Literatura con mayúsculas como Cincuenta sombras de Grey, Los pilares de la Tierra, Crepúsculo, Millenium y Canción de hielo y fuego. Y ojo, que estamos hablando de una superioridad, en listas de venta y libros leídos, que se traduce en decenas de miles de ejemplares por encima de algo que se pueda considerar mínimamente decente en términos literarios y no sea un best-seller de moda en toda regla.

Aquí ya me imagino que vendrán los defensores de la libertad literaria a tirarme a los perros de la desvergüenza, y a llamarme de todo por hacer distinciones elitistas entre la gran literatura y los librillos hechos para vender descaradamente del tipo El código da Vinci. Bueno, es que yo creo que en efecto existen mundos muy diferentes en el ámbito del libro, y cualquiera de los títulos que he mencionado no son nada más que eso, entretenidos en el mejor de los casos. Yo mismo he hablado en este blog de varias novelas de George Martin, que leo con pasión, pero que jamás pondría entre mis libros de cabecera ni se me ocurriría, ni loco, volver a leer una vez que conozco el desenlace de sus magníficas tramas; unas tramas que, por otro lado, son a mi juicio el único valor de dichos libros. 

Sea como fuere, para mí el problema de este país es triple: en primer lugar, no hay hábito lector generalizado, como no lo hay por la vida cultural en general. Por otro lado, el libro se consume, en el mejor de los casos, como un producto más de la sociedad de consumo, es decir, como un valor físico con un precio en su correspondiente etiqueta que se regala por compromiso, y no como un valor cultural o de pensamiento que sirva para el intercambio de ideas o para el debate de cualquier clase. Y ya por último, la piratería, como no podía ser menos por estos lares, convierte el mercado del libro en otro más de esos solares expuestos a la miseria más absoluta y al descalabro financiero con las justificaciones peregrinas tan extendidas en estas tierras del tablao. Y sí, podremos regalarnos miles de libros estos días, e ir entusiasmados a la feria del libro dentro de unas semanas a presumir de culturetas gafapastas, pero no nos engañemos: aquí el que más y el que menos tiene los libros de adorno o como recolector de polvo, que es en teoría el último y más miserable de los usos de tan insigne objeto.


domingo, 31 de marzo de 2013

El libro del mes: Festín de cuervos y Danza de dragones


Para que en el terreno de la fantasía épica un universo alcance coherencia, credibilidad y entidad es necesario que las diferentes tramas se desarrollen en su justa medida, sin escatimar al lector ninguna información esencial para dicha construcción. Hacen falta personajes creíbles, situaciones no forzadas y la suficiente variedad y cantidad de elementos propios como para que aquello no parezca un territorio pobre, impostado, traído por los pelos o con carencias graves.

Es evidente que nadie que lea las novelas de Canción de hielo y fuego podrá negar que George Martin ha dedicado años enteros de su vida a dar forma a un universo particular, con una hábil fórmula de elementos importados de otras franquicias (época medieval, dragones, zombies) y de recetas propias para hacer que todo ello termine por encajar, con mejor o peor fortuna según los casos pero con una mayoritaria sensación de buen trabajo global. Las decenas de personajes principales, con sus correspondientes familias, sagas, secretos ocultos y ramificaciones contribuyen, qué duda cabe, a fomentar el interés de muy diferentes lectores, que encuentran en tal o cual personaje, en tal o cual familia, su particular bando al que apoyan silenciosamente mientras devoran páginas escritas con soltura y con unos diálogos bien elaborados, sobrios o firmes y contundentes cuando tienen que serlo.

El problema de este tipo de creaciones de tramas multitudinarias es que es un arma de doble filo, donde el límite resulta clave. Me explico: hay momentos determinados en que, quizá cegado por la dimensión que alcanza por sí solo un proyecto narrativo, esto pueda nublar la vista de cualquier escritor y provocar que le parezca bien detenerse aquí o allá, demorándose en territorios que considera importantes o añadir tal o cual trama que le parece fundamental para entender a este personaje concreto, a estos dos o a estos veinte. Puede provocar que el asunto se le vaya de las manos, en definitiva. Y a fin de cuentas está en su derecho, es su propia obra y nadie tiene autoridad para contradecir su voluntad. Pero lo que sí que tenemos derecho los lectores es a llamar la atención sobre este peligro cuando se convierte en realidad palpable y evidente, denunciar el exceso y proponer alternativas, que las hay, para casos como el del libro que nos ocupa hoy. Porque lo de los libros 4 y 5 de la saga Canción de hielo y fuego es de juzgado de guardia, y es más doloroso aún después del magnífico sabor de boca que dejaba la mucho más equilibrada e interesante tercera parte.

Y es que, si bien las tres primeras entregas de esta saga, Juego de tronos, Choque de reyes y Tormenta de espadas iban hilando las diferentes tramas con bastante habilidad, no puede decirse lo mismo de los dos volúmenes siguientes, que trato en una misma entrada por ser en realidad un mismo libro dividido en dos volúmenes, como confiesa el propio Martin al final de Festín de cuervos.

Y aquí está el primer problema con el que nos encontramos, el hecho de que resulta poco convincente la explicación de Martin de los motivos de la separación de ambos textos por un lapso de más de seis años. No puede ser que un escritor se dé cuenta, de pronto, de que lleva mil y pico páginas escritas y que aún le quedan por tratar decenas de historias, y que la resolución de algunas de ellas las deje para más de un lustro, que es cuando publicó el resto. Es inadmisible, un ejemplo más que ilustrativo de una muy mala planificación, por decirlo de forma suave. Pero peor aún es la segunda solución que le dio al problema: dividir tramas por volúmenes, de modo que determinados personajes o tienen una presencia testimonial en uno de los dos libros o directamente no aparecen. Y esto, para alguien como yo, que tiene un interés más concreto en determinadas historias que en otras, es un golpe demasiado doloroso. La lectura de Festín de cuervos, por ejemplo, un libro que supera con creces las 800 páginas, solo tiene una trama, la de Cersei Lannister, que me transmitía emoción. Todas las demás, absolutamente todas, me parecieron sencillamente insufribles. Y me consta que no soy el único que lo ve así. Que no aparezcan en este libro ni Jon Nieve, ni Daenerys ni Tyrion es una decisión pésima, básicamente porque son los tres protagonistas principales de la saga junto con Cersei y Jaime.

Entiendo que esto puede parecer una opinión totalmente subjetiva, pero hay tramas, como la de la búsqueda de Sansa Stark por parte de Brienne, que son muy duras para un lector que sabe de sobra dónde está Sansa y con quién, que en cualquier caso es bien lejos de donde la busca Brienne. Todos esos capítulos se me hicieron muy cuesta arriba, pero no menos que los de Asha Greyjoy, cuya lucha por el trono de hierro, sinceramente, no me importaba lo más mínimo. Y el modo en que deja ambas tramas, especialmente la de Brienne, con ese clímax no resuelto del que no revelaré nada más, me parece criminal teniendo en cuenta que hasta el sexto libro no se sabe qué narices pasa con ella (aunque no es la única; que se lo digan si no a Jon Nieve y su más que chapucero desenlace). La técnica del final de capítulo en lo alto es realmente arriesgada, y hay que calcular sus efectos. Una cosa es que un capítulo de un libro o de una serie terminen así, con poco tiempo de separación para saber qué ocurre, y otra muy distinta es tener a la gente esperando años y años. Eso es una canallada, simple y llanamente.

A pesar de esto, Festín de cuervos se salva de los infiernos gracias a la trama de Cersei, que con su habitual mala leche se enfrenta a los retos de su nuevo panorama en Desembarco del rey. La progresión dramática de sus capítulos es asombrosa, con una entidad que hasta entonces no había tenido un personaje con una genial escala de matices y contrastes. Cada diálogo de Cersei, cada pensamiento suyo, es como una lluvia de puñales que el lector disfruta enormemente. Es una creación magnífica, un personaje redondo y plagado de momentos brillantes en sus parlamentos (tanto interiores como con otros personajes, pero especialmente cuando se combinan ambos con dobles sentidos). Lástima que tanto exceso de protagonismo suponga, sin revelar tampoco detalles, que muy poco queda ya por esperar del personaje, que en Danza de dragones tiene un merecido epílogo que espero que no sea definitivo.

Enlazo así con el segundo volumen, donde regresan Daenerys, Jon y Tyrion. Sinceramente, de Tyrion esperaba bastante más, y a fe que me ha decepcionado. Creo que Martin no tiene muy claro qué hacer con el personaje, y por eso lo lleva de aquí a allá, dando ejemplares bandazos y con la consecuente pérdida de interés en lo que tenga que ver con él. Es una lástima, después de los excelentes resultados de los libros anteriores de un personaje que se había llegado a convertir, en mi opinión, en el alma de todas las tramas en las que intervenía. Mejor suerte corren Jon y Daenerys, que tienen momentos de verdadero crecimiento que ya se auguraban en las partes precedentes. 

Al fin, después de tanta espera, vemos a los dichosos dragones en acción, aunque sea de forma breve y esporádica, y el personaje de Daenerys va adquiriendo mucha más profundidad, algo que se agradece, y mucho. Sin embargo, la sensación de estancamiento que se produce en Mereen, la ciudad de los esclavos, creo que es contraproducente para una trama que ya hace demasiado tiempo debía haber llegado a los Siete Reinos. Claro que en este sentido resulta aún más doloroso el asunto de los caminantes blancos, que llevan nada menos que cinco libros amenazando con tomar en cualquier instante el sur sin que pase absolutamente nada de nada. Yo estoy bastante agotado ya de la trama de los salvajes y los hombres de la guardia de la noche, no por ellos en concreto sino porque sinceramente, ya va siendo hora de que pase algo en el puñetero muro. La dilatación de la acción, especialmente cuando Martin nos obsequia con cientos y cientos de páginas sobre hechos que nos interesan bastante poco, se hace aún más dolorosa pensando en la cantidad de tramas que se pueden derivar de un punto de interés como este, que lleva desde el prólogo de Juego de tronos diciendo que está a punto de llegar una tormenta que, a este paso, nos pillará a todos con un pie en el otro barrio.

La sensación que me queda al final, en cualquier caso, es que estos dos libros se podían haber escrito en un único volumen, eligiendo mejor las tramas protagonistas, seleccionando pasajes verdaderamente relevantes y no de relleno. Martin tiene un gran trabajo por delante para terminar de manera digna una saga que había arrancado fenomenalmente. Sigo viendo en su narración demasiado interés en el diálogo y muy poco en la acción (demasiado poco para el potencial que tienen estas historias, entiéndanme), y ciertas manías o marcas de autor, como la de la prosa plana o la técnica del desenlace inconcluso en alto llegan a fatigarme. No me gusta ver las costuras a un libro cuando lo leo, sino que me obligue en el mejor de los sentidos a sumergirme en su universo. Me ocurrió así con los primeros libros, pero estos dos han estado a punto de hacerme perder la paciencia y el interés, y en el mejor de los casos tengo la impresión de que me veía obligado a conformarme con una mala copia del tercer libro, como ocurre en el desenlace del quinto volumen (los que lo han leído lo entenderán, seguro). 

Y que nadie se confunda al establecer comparaciones entre ambos: no es que Danza de dragones sea mejor libro que Festín de cuervos. Es la misma forma de narrar con los mismos defectos y virtudes, con la única diferencia de que el libro quinto tiene las tramas mejores, mientras que el cuarto está lastrado de manera desastrosa por historias que solo deben fascinar a Martin y a sus más acérrimos fans. Ellos deben estar contentísimos con el tonelaje que va adquiriendo esta saga conforme se van publicando libros y se van combando sus estanterías, pero yo seguiré pensando, y especialmente con pruebas tan evidentes como estas, que a veces menos es más.