viernes, 20 de noviembre de 2009

Top 3: Goldeneye 007




Tan de moda en esta última década gracias al boom de los juegos ambientados en la segunda guerra mundial, los shoot’em up surgieron con el jurásico Wolfenstein 3-D, en 1992 (curiosamente, ya con malvados nazis en el papel de villanos). Posteriormente llegarían versiones bastante más encarnizadas, como Doom o Duke Nukem, que repetían con sustanciales mejoras un desarrollo en primera persona y un sistema gráfico de mareantes sprites en 2-D en un entorno tridimensional.

En 1997, el equipo de programación Rare desarrolló un juego para la Nintendo 64 que, sencillamente, aniquiló las referencias previas y sentó las bases actuales del género. Basado en la película del mismo título, Goldeneye 007 se convirtió desde su estreno en un auténtico bombazo, dejando boquiabierto a propios y extraños con un sistema de control absolutamente perfecto, gráficos en auténticas 3-D, sistema de captura de imágenes para representar a los actores y decenas de armas disponibles, así como un aluvión de novedades que ahora damos por sentadas: sistema de recarga, golpeo con la culata del rifle, modo francotirador con un zoom de vértigo, sistema de detección automática de enemigos, diferencias de daño según la parte del cuerpo afectada y un larguísimo etcétera. A eso se le sumaba un apartado gráfico asombroso, con logradísimos efectos de explosiones, posibilidad de interactuar con un entorno cambiante, impactos de sangre en los enemigos, texturas y definición casi perfectas y, para colmo, una duración soberbia, (24 niveles, con homenajes incluidos a películas y personajes previos del agente Bond), tres niveles de dificultad y, por si fuera poco, un adictivo sistema multijugador para 2, 3 o 4 jugadores que fue la guinda del pastel.

El desarrollo del juego seguía, de forma más o menos fiel, el argumento de la película que relanzó la franquicia de 007 en 1995, y sirvió para familiarizar a toda una generación de jugones con los diferentes gadgets del célebre agente secreto. En uno más de sus muchos alardes técnicos, el juego permitía utilizar rayos láser desde el reloj de Bond, que también servía de menú durante las partidas. La dificultad e inteligencia artificial de los enemigos era aplastante, ya que corrían en busca de refuerzos, se agachaban u ocultaban de tus disparos y siempre te ponían las cosas muy, muy difíciles, lo que no hacía sino redundar en la calidad de un juego plagado de detalles y con una variedad de localizaciones apabullante (selvas, presas, instalaciones, ciudades, bases militares, parajes nevados, etc…)


Nombrado mejor juego del año 1997 por una crítica entregada y un público devoto, este juego se ha convertido en un clásico. Rare nunca volvió a programar nada parecido, aunque repitió fórmula y éxito con Perfect Dark, también en N64 y posteriormente en X-Box, y todos los Medal of Honor, Call of Duty y demás sucedáneos post-salvar al soldado Ryan beben más de las fuentes de Goldeneye que de la película de Spielberg, copiando prácticamente todas sus virtudes. Con diferencia, uno de los mejores videojuegos de la historia, y quizá uno de los rarísimos casos en que la adaptación de un videojuego no sólo está a la altura de la película, sino que la supera. Una obra de arte.



(P.d: http://www.youtube.com/watch?v=Cj4EpLQ0jn8)

viernes, 13 de noviembre de 2009

Top 4: Metroid Prime




La saga Metroid tiene demasiada solera como para ponernos ahora a recordar sus inicios, pero baste decir que durante décadas su protagonista, Samus Aran, y su armadura de extraordinarias prestaciones ante bichejos de la más diversa naturaleza fue un referente de los juegos de acción en dos dimensiones y desarrollo lineal.

La saga había sufrido un parón desde Super Metroid, que apareció en 1992 para la Super NES, (no lo hemos dicho pero, como era de esperar, esta saga también pertenece a Nintendo, y ya van unas cuantas). Hubo que esperar más de una década para que al fin, en 2003, la Nintendo Gamecube asistiera al renacimiento de la franquicia con un cambio radical en su concepto de juego y desarrollo, al abandonar la linealidad por la exploración y aventura en primera persona.


Metroid Prime, elaborado por los genios de Retro Studios, es sencillamente una obra maestra. Para empezar, no tenía nada que ver con los habituales shoot’em up de acción frente a nazis, terroristas o zombies que inundan los catálogos de las consolas con mediocridades o juegos, aun con calidad, de una moralidad más que discutible (Medal of Honor y Call of Duty, entre ellos). MP los supera con creces porque hace el énfasis en la resolución de unos puzzles que resultan apasionantes por estar graduados a la perfección en su nivel de dificultad, a lo que se añaden las nuevas habilidades del traje de Samus (con la metamorfosis en esfera, todo un logro técnico, como estrella principal).

El juego posee una calidad gráfica espectacular, con efectos tan asombrosos como el vaho dentro de la máscara protectora de la protagonista, y su componente de acción está tan equilibrado con el resto que uno nunca tiene la sensación de aburrirse. El espacio de juego es inmenso, pero sin excederse, y está plagado de secretos y enemigos que lo hacen aún más apasionante.


Una maravilla, en suma, que fue capaz de aunar elementos clásicos de la saga con lo mejor de las nuevas tecnologías, que sirvió para inaugurar toda una nueva generación de juegos (ya hay tres secuelas de MP, una Gamecube, otra en Wii y una última, en DS, para quitarse el sombrero), y cuya evolución es todo un ejemplo para todas aquellas sagas menores que tratan de seguir su estela (como sucede con Metal Gear Solid, por ejemplo, que en esencia siempre ha sido el mismo juego, aunque algunos no se quieran dar por enterados.)



(P.D: Sin duda, los momentos más climáticos del juego se producen frente a los enemigos de final de nivel, y en especial con el último, vídeo al que corresponde este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=RnCPdblvrZc&feature=related)

jueves, 12 de noviembre de 2009

¡El dúo sacapuntas ataca de nuevo!



El otro día tuve la mala fortuna de presenciar un espectáculo televisivo de la peor calaña. No es que uno pueda esperar gran cosa de una sección de deportes de un canal televisivo que se hace llamar a sí misma “Los Manolos”, (espacio presentado por los “periodistas” Manuel Carreño y el inefable Manolo Lama), pero lo del martes fue sencillamente de juzgado de guardia.


A la “entrevista” asistía el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, que será todo lo arrogante que se quiera y andará por ahí presumiendo de billetera, pero que sin duda no se merecía la encerrona traicionera, cutre y maleducada que le dedicaron “los Manolos”: preguntas inconexas plagadas de comentarios subjetivos y opiniones de los propios “entrevistadores”, vídeos ofensivos e inapropiados y, lo peor de todo: ninguna posibilidad de responder tranquilamente a lo que se “le preguntaba” (“recriminaba” sería más apropiado), ya que lo interrumpían constantemente para lanzarle más y más acusaciones.

Fue todo un ejemplo de cómo no se debe hacer periodismo, un ataque personal, directo e injustificado (las reacciones furibundas del tal Lama eran asombrosas, si uno considera la de años que lleva este buen hombre ejerciendo la profesión), y mientras Florentino ponía cara de póquer y toreaba el asunto como buenamente podía, los otros dos personajes se dedicaban a darle cera por todas partes acusándolo de prepotente, metomentodo, dictatorial, caprichoso, vanidoso, malcriador de futbolistas, cobarde y, en el colmo de los colmos, llamándole mentiroso a la cara.


No dudo que el dúo sacapuntas buscase notoriedad a costa de la fama de alguien que, seguramente, la merece mucho más que ellos, porque no me creo que gente que conoce bien el negocio audiovisual meta la pata de una manera tan rotunda y grave (las críticas han llovido en la redacción de Sogecable, y con todo merecimiento). En cualquier caso, si su intención era descalificar al presidente de la entidad madridista, los únicos que quedaron a la altura del betún fueron estos dos señores que, obligados y del modo más falso e hipócrita posible, pedían “disculpas” ayer mismo (ver el link), para después volver a meterle tanta caña o más al pobre Florentino (entiéndase lo de “pobre”). Delirante.


http://www.youtube.com/watch?v=sTa4aqiRKaE

miércoles, 21 de octubre de 2009

Cinefórum (11): Ágora


Hay algo en el cine de Amenábar que nunca me ha terminado de convencer, aun reconociéndole un mérito enorme por haber sabido trascender con habilidad la mediocridad en que nuestro cine patrio vive felizmente instalado. Tesis (1997) me pareció fría, aunque intrigante; Abre los ojos (1998), una pretenciosa parábola de no sé muy bien qué; Los otros (2001), un refrito de Una vuelta de tuerca y El sexto sentido, pero con un envoltorio magnífico y una gran habilidad narrativa. A Mar adentro (2005) no le vi gracia alguna más allá del torrente interpretativo de Bardem, y sigo sin comprender las razones de su éxito al margen de una campaña publicitaria bastante hábil.

Bueno, pues con la recentísima Ágora me ha pasado más de lo mismo. De brillante factura, la película narra las desventuras de Hipatia, hija del bibliotecario de Alejandría y una de las filósofas más notables e importantes de la historia, que se ve envuelta en una guerra de religiones entre paganos, cristianos y judíos de la que no se libra ni el apuntador.

Me consta que la versión de los cines ha llegado con un corte de metraje de más de 40 minutos respecto del montaje que se estrenó en Cannes, y que seguramente ello ha afectado a una estructura en tres actos tan desigual como desaprovechada, pero eso no es razón que justifique los despropósitos de una cinta excesiva y desproporcionada en todos los sentidos.

El primer acto narra el esplendor de la biblioteca y los amores de dos personajes, un esclavo y un discípulo de Hipatia, que se desviven por la filósofa (una fría y virginal Weisz), y que concluye con la toma y posterior destrucción de la biblioteca a manos de los cristianos, símbolo del fin del paganismo en Alejandría. En la segunda parte se nos describe con (excesiva) prolijidad las intrigas palaciego-religiosas que terminan con la expulsión de los judíos y la supremacía cristiana, dejando para un último acto el desenlace de los personajes principales ante el imparable empuje cristiano.

Precisamente a tenor del desenlace se hace más evidente que la historia con mayor potencial, la de los amores frustrados del esclavo hacia su señora, es la más desaprovechada de toda la cinta. Es una lástima que Amenábar haya dotado de semejante frialdad el primer acto, porque su desenlace no se corresponde con nada de lo visto entonces, y ahí radica un fallo de proporciones devastadoras, que vuelve incluso secundario el tostón pseudo-religioso del segundo acto o la ligereza con que se trata la astronomía en la cinta.

Si a eso se le suman decisiones, cuando menos, cuestionables, como las tomas espaciales, la aceleración de la imagen en determinados momentos o algún que otro volteo de cámara incomprensible, unos actores sorprendentemente sosos e inexpresivos (lo del esclavo es de juzgado de guardia, y Weisz en ningún momento hace honor a la fama de mujer fuerte que se le supone), una música intrascendente y un ritmo tan disparado como el de una tortuga reumática, lo único que permite un respiro entre tanto desatino es la fantástica recreación de Alejandría de la época, el diseño de vestuario o la fotografía, que están a un nivel muy superior al resto de elementos de la cinta.

No he entrado en temas espinosos como el tratamiento de las religiones, pero me temo que Amenábar no puede pretender engañar a nadie con dos dedos de frente al decir que esta película está dirigida contra la intolerancia en un sentido abstracto: aquí hay unos villanos muy malvados llamados cristianos, que más parecen una banda de navajeros (empezando por el obispo) que una orden religiosa con unos sólidos principios morales. Como dice la canción: el que quiera entender, que entienda.

martes, 20 de octubre de 2009

Nobel a priori

Me preguntaron el otro día qué me parecía la concesión del premio Nobel de la paz a Barack Obama, y, a juzgar por las caras de asombro e indignación creo que me tomaron por un neoconservador de la peor calaña, porque dije que me parecía un error clamoroso, fruto más de una campaña de publicidad hábilmente orquestada por sus asesores que de una trayectoria ejemplar en el campo de la paz.

Y es que, por muy bien que me caiga el señor Obama o me parezcan esperanzadoras sus políticas en temas como Guantánamo o las tropas de Irak, yo sigo pensando que este hombre aún no ha hecho nada (sólo lleva ocho meses en el cargo), y que seguramente dentro de unos años sería posible valorar mejor, a la luz de sus resultados, los méritos o deméritos de sus políticas.

Equiparar a esta promesa de la paz mundial con la Madre Teresa de Calcuta (Nobel de la paz en 1979) o el Dalai Lama (1989) me parece casi insultante: hablamos de personas o entidades que han consagrado su vida entera a contribuir a hacer de este un mundo mejor y eso es algo que, lo siento mucho, no se puede decir del presidente de los Estados Unidos y mucho menos a día de hoy.

Si lográsemos abstraernos del magnetismo de este político de indudable carisma, los premios a priori deberían parecernos a todos un absurdo injustificable. ¿Se imaginan ustedes a un escritor recibiendo el Nobel por unas obras literarias que no ha escrito, o a un actor recibiendo un oscar por una película que aún no ha protagonizado? Pues algo parecido me ocurre a mí con Obama: creo que le han dado el premio por algo que todavía no ha hecho, pero que sus asesores (y él mismo) se empeñan en afirmar que hará algún día.

Las razones dadas por el jurado son de lo más peregrinas, y se basan en términos tan abstractos como “haber dado esperanza al mundo entero” o sus “esfuerzos para fortalecer la cooperación entre los pueblos” (¿?) No obstante, la mayor sandez se la escuché el otro día a un tertuliano de esos que lo mismo te hablan de física cuántica como de métodos para freír un huevo a la romana, que dijo que el mayor mérito de Obama era “no ser Bush”. Lo que nos faltaba.

No es que yo espere demasiado de un premio que sólo en su vertiente literaria obvió a escritores como Joyce, Proust, Galdós o Kafka, premiando ni más ni menos que a gente como Echegaray o Cela, por citar sólo dos ejemplos de esta España nuestra. Es posible que el premio Nobel tenga algo de prestigio en determinadas categorías, pero desde luego no en la literaria y muchísimo menos en el de la paz, una especie de cajón desastre que recientemente ha galardonado a otros popes norteamericanos como Al Gore o Jimmy Carter (ya me dirán ustedes a santo de qué), y que en el caso de Obama ni siquiera se han molestado en dar una sola razón justificada, por el simple hecho de que no la hay. (Dicho lo cual, ojalá dentro de ocho años este hombre merezca este y muchos premios más, porque su mayor mérito no es ser o dejar de ser como Bush, sino haber recuperado el crédito para un país que estaba desahuciado a nivel internacional y sumido en la miseria moral: nada que ver, señores míos del Nobel, con la paz mundial).

domingo, 18 de octubre de 2009

La guerra de los números.


Hay algo en todo este embrollo de manifestaciones pro-vida y bailes de datos (2 millones según ABC y organizadores; 1.200.000 según la comunidad de Madrid; 250.000 según la policía; 55.000 según El País) que no termina de convencerme, como no me convencieron en su momento los argumentos en contra de la legislación sobre los matrimonios homosexuales o el divorcio.

“Ataque a la familia, crimen consentido y amparado por la ley, cobertura a la inmoralidad indiscriminada…” razones a mi juicio ligeras para asuntos extremadamente delicados, donde se percibe una peligrosa mezcla de ideología, religión, ética, política y barullo mediático que, como siempre, únicamente contribuye a la confusión generalizada.

Yo no creo, sinceramente, que las leyes que permiten a las personas que así lo desean abortar, divorciarse o contraer matrimonios con personas de su mismo sexo representen un ataque frontal, amenaza o cobertura para el asesinato contra la familia tradicional, sus valores o principios. Antes al contrario, creo que abren el abanico de opciones a la pluralidad para todos aquellos que no se consideran bajo el paraguas apostólico y romano, y lo hacen además bajo una escrupulosa aplicación de la legalidad que no ampara a criminales sino a ciudadanos, hombres y mujeres que antes no gozaban de ciertos derechos ni libertades, en mi opinión, necesarias.

Evidentemente, cada cual está en su derecho de opinar y manifestarse a favor de lo que se crea más conveniente, pero si vivimos en una sociedad democrática y una amplia mayoría ha decidido apoyar la elaboración y la puesta en práctica de dichas leyes es por motivos de fuerza mayor que la de una determinada óptica religiosa, por importante, predominante o legítima que se considere.

El problema es que, lejos de establecerse un diálogo constructivo entre las partes supuestamente implicadas y exponer con calma y paciencia argumentos en uno u otro sentido, lo único que parece importar aquí es de qué forma contar cabezas de manifestantes, como si el hecho de que sean dos millones o cincuenta mil quitara o dejara de quitar la razón. Nadie parece darse cuenta de que en democracia el número sólo cuenta para las elecciones, mientras que el día a día lo construye la convivencia de opiniones razonadas, coherentes y portavoces de los diferentes pareceres de la población. Sigan, pues, las batallas de números hasta el infinito, si se quiere, porque mucho me temo que la guerra por la que merecía la pena todo esto se perdió hace ya tiempo.

martes, 6 de octubre de 2009

Top 5: Street Fighter II



En la Universidad aprendí una lección valiosa acerca de lo que suponía generar o repetir opinión. La verdadera calidad está, según mis maestros, en aquellas obras capaces de generar debate de ideas a su alrededor, que aportan algo realmente significativo, frente a otras donde únicamente lo expuesto es una recolección de lo conocido en otras fuentes. Pues bien, apártenle todo el aparato retórico a lo anterior, y en el terreno de los videojuegos hay sólo unos pocos que puedan decir que han aportado ideas realmente originales.

Parece haber un cierto consenso general al referirnos al género de la lucha, que antes de 1992 no existía prácticamente, y que a partir de entonces conocería verdaderas avalanchas de títulos, en especial en el ámbito de los arcades.

La culpa de todo ello es del fenomenal Street Fighter II, que se parece tanto a su predecesor de 1987 como el huevo a la castaña. Esta secuela reunía a 12 luchadores carismáticos y llenos de golpes contundentes, y le otorgaba a las dos dimensiones unas posibilidades hasta entonces desconocidas, con unas combinaciones tan sencillas como intuitivas. Cualquier jugador, en manos adecuadas, era capaz de tumbar a todos sus rivales, lo que añadía un elemento de equilibrio a un género, a partir de entonces, plagado de mediocridades con uno o dos personajes que solían estar muy por encima del resto.

No cabe duda de que SFII redefinió el género (lo reinventó, diría yo), y que a partir de entonces todos y cada uno de los arcades de lucha remiten, de forma más o menos descarada, a aquel. Baste decir que para la cuarta entrega, tan espectacular como todo lo que se hace en última generación, los programadores de Capcom han decidido traer de vuelta a los 12 luchadores originales y añadirles otros tantos de relleno. Pero un dato curioso: a pesar de su apariencia 3-D, el juego sigue desarrollándose en dos dimensiones, y posee la misma mecánica y sistema de combate. ¿Casualidad? No lo creo. Cuando una obra maestra lo es no hace falta modificar nada y por eso la cuarta entrega de esta saga no es otra cosa, en definitiva, que un lavado de cara del original.

SFII era una maravilla, un juego rápido, adictivo y diferente en cada partida, con una tensión y emoción como ningún otro arcade de lucha había conseguido antes ni conseguiría igualar después. Con diferencia, el mejor en su género.

P.d: http://www.youtube.com/watch?v=0ma66BsZhKw&feature=related Sobra decir que a Nintendo le faltó tiempo para conseguir la exclusiva de SFII para su SNES. (Es que no fallaban ni una, por aquel entonces). Para el que quiera comprobar cómo cambian los tiempos (en apariencia, no en esencia), aquí va un enlace de SFIV: http://www.youtube.com/watch?v=16n6uXZ-bKI&feature=channel

Top 6: Sonic The Hedgehog 2


En 1992, Sonic era ya oficialmente la mascota de Sega tras su apabullante debut el año anterior con el magistral Sonic the Hedgehog. La compañía japonesa necesitaba con urgencia reemplazar al soseras de Alex Kidd como marca de identidad, y encontró en este puercoespín azulado la solución a todos sus problemas. Con su nueva mascota, Sega se lanzó a la carrera de las consolas con más fuerza que nunca y alcanzó su cenit como compañía. La secuela de Sonic, que arrasó literalmente a finales de ese año, lo consagró a nivel internacional mejorando punto por punto todo aquello que hizo del anterior un clásico.

Los críticos de Sonic han visto siempre en él una especie de anti-Mario, una criatura artificial creada a imagen y semejanza del fontanero de Nintendo para destrozar sus fundamentos básicos uno a uno. Razón no les falta, especialmente en la primera entrega del erizo: si en los juegos de Mario prima la exploración, en Sonic la idea es desplazarse a toda velocidad por unos escenarios vertiginosos. Si en Mario hay que recolectar decenas de objetos, llaves y pasadizos secretos, en Sonic únicamente hay que volar por escenarios lineales sin preocuparse más que de recoger algún que otro anillo de oro que nos mantenga con vida. En Mario no hay más malo final que el último, mientras que Sonic está plagado de robots gigantescos que aguardan al final de cada fase.

Sea como fuere, Sonic 2 logró despegarse de toda esa polémica y creó un juego de una calidad gráfica espléndida, muy profundo y variado (32 niveles de elevadísima dificultad, ya sin reminiscencias de Mario), con un modo multijugador tanto en el modo cooperativo como carrera, y que incluía tantas novedades como satisfacciones para un público totalmente entregado.

La decadencia progresiva de la saga de Sonic (que comenzó en la siguiente secuela, y ya no ha vuelto a levantar cabeza) supuso, irónicamente, la de una compañía que jamás volvió a alcanzar las cotas de calidad y popularidad que tuvo en 1992 con su Genesis/Mega Drive. Y todo gracias a este simpático bichejo que se ganó, con endiablada velocidad, el corazón de miles de jugadores.

En definitiva, qué lástima que unos directivos tan ineptos fueran capaces de sepultar un legado tan importante como el que consiguió Sega en aquellos primeros años noventa, del que ahora ya sólo quedan restos, cenizas y el recuerdo de juegos tan grandes como Sonic 2.

P.d: http://www.youtube.com/watch?v=IMDQtpw-_CY

Top 7: Nights




A pesar de haber programado algunos de los mejores juegos de la historia, Sigheru Miyamoto siempre ha dicho que lamenta no haber sido el responsable de una de las mayores joyas del sector, Nights: into dreams, que fue lanzado por el Sonic Team para la Sega Saturn en 1996. Semejante cumplido es una buena aproximación para uno de los juegos que mayor éxito y culto posterior han recibido (tras mucho insistir, los fans llegaron a conseguir un remake para PS2, allá por 2004, y una magnífica secuela para Wii, ya en 2007).

¿En qué consistía Nights? Es difícil explicarlo. No es un juego de acción, ni de plataformas, ni de vuelo o de exploración, pero combina elementos de todos estos géneros para convertirse en una experiencia única (e irrepetible, por cierto). El argumento nos pone en la piel de dos infantes, Elliot y Claris, cuyas pesadillas son resueltas por una especie de duende de los sueños llamado Nights. Mezcla de arlequín y equilibrista angelical, Nights es capaz de volar y recolectar unas esferas azules con las que devolver la paz a los sueños de los protagonistas.

Además de alternar el uso de estos personajes, el juego permitía avanzar por escenarios en 3-D de una belleza impresionante, enfrentándose a criaturas que derrochaban imaginación por los cuatro costados y unos jefes finales tan divertidos como originales. Si a eso se le suma una música inolvidable tenemos como resultado el que fue, de lejos, el mejor juego de aquella malograda Sega Saturn, y uno de los mejores de todos los tiempos.

A Nights se le añade, además, un elemento tan difícil de explicar en general como innegable en el caso que nos ocupa: la magia, el encanto o como quiera llamársele. No es un juego al uso, no toma elementos de otros, no suena a nada visto antes y además posee una extraña capacidad de seducción tanto sobre jugadores infantes como adultos.

Es precisamente esa mezcla de autenticidad y empatía instantánea, de encanto y genialidad, propia sólo de los más grandes, lo que ha convertido este juego en un clásico con mayúsculas y en un miembro de honor de este Top 20.

P.D:http://www.youtube.com/watch?v=ZuX_F0F9rh8&feature=PlayList&p=514D075F3711506C&playnext=1&index=27 Además de la demo, he encontrado una página no oficial que demuestra hasta dónde llega este tipo de cultos sanos: http://www.nightsintodreams.com/NiD/index.htm

lunes, 5 de octubre de 2009

Corazón partío


Sólo unas breves líneas para comentar la nueva debacle del “deporte” español. En primer lugar, algunas preguntas que de momento nadie ha sabido contestarme de una forma convincente: ¿si estaba tan claro que el COI iba a elegir a Rio de Janeiro por la simple razón de ser sudamericana, cómo es que Madrid ha seguido durante cuatro años peleando por un objetivo imposible? Aún más, si esto de la victoria brasileña basada en el “porque nunca nos ha tocado” estaba cantado desde el primer día, ¿por qué ha habido un proceso selectivo de ciudades? ¿Es que a los de Tokio, Chicago o Madrid nos encanta perder nuestro tiempo, tratar a los miembros visitantes del COI como rajás durante días y días, y luego mandar delegaciones a hacer el ridículo a Copenhague?

Y he aquí la última de las preguntas sin respuestas, pero no por ello menos inquietante que las anteriores: Si la candidatura de Madrid era, en palabras de sus responsables, pluscuamperfecta, técnicamente implecable y demás zarandajas, a lo que hay que sumar la impagable “experiencia” del batacazo de Madrid 2012, ¿a santo de qué esos paupérrimos resultados en la votación final, donde Río nos pegó un repaso de más del doble de votos (66 a 32)? (Más desolador aún: en Singapur, con ocasión de la anterior candidatura, logramos 31 votos: a eso lo llamo yo aprender de los errores).

De nuevo, España es diferente, pero siempre para peor. Aquí todo el mundo ha regresado con la cabeza más alta que el Pirulí, porque a fin de cuentas, y perdónenme el sarcasmo, nos lo hemos currado como nunca, somos los mejores y lo de Río ha sido un pucherazo y estos del COI quiénes se han creído que son para decir que esa ciudad del crimen desorganizado es mejor que nuestra gloriosa Cibeles bailando al son de la zarzuela … Da igual que sea Zapatero, Gallardón o San Bartolomé, nadie es capaz de la más mínima autocrítica, nadie entona el mea culpa y, en el colmo de los colmos, es incapaz de reconocer que algo bueno tendría Río de Janeiro para convencer a tantísimos miembros del COI, que, dicho sea de paso, es imposible que sean todos unos ineptos untados y corruptos, aunque sólo sea por el simple hecho de que ninguno de ellos es español.

martes, 29 de septiembre de 2009

El asesino es el traductor.

Con este divertido encabezamiento arrancó uno de los festivales de literatura negra más importantes de España, la Semana Negra de Gijón. En él se vino a decir, entre otros muchos argumentos, que el papel de un traductor es esencial para la transmisión correcta de la obra original, algo que en España sufren notablemente los lectores de un tipo de literatura, como la de detectives, no demasiado fértil en nuestra narrativa.

Por lo general, una traducción debería mantener un equilibrio entre el respeto a la versión original y la adecuación a la lengua trasvasada. Dado que es imposible hacer una traducción perfecta, en parte por las diferencias entre unos idiomas y otros, en parte por los matices léxicos, semánticos y retóricos específicos de cada uno, es esencial que el traductor domine realmente bien ambos idiomas. Sólo así podrá aspirar al mayor respeto posible tanto al fondo como a la forma, pues ambos son difícilmente separables cuando se habla de literatura.

Eso sí, no vayamos a pensar que las malas traducciones se limitan a la novela negra: prácticamente todos los géneros literarios sufren barrabasadas criminales a la hora de traspasar de las lenguas de origen al castellano. A mí, por ejemplo, me llama la atención que las obras de Shakespeare, que en España han seguido siempre el canon impuesto desde tiempos ancestrales por Astrana Marín, no hayan sufrido todavía una buena revisión.

En Cuento de invierno, por ejemplo, se hace referencia a un ciclo temporal del siguiente modo: “han pasado nueve cambios del planeta húmedo”, algo que, salvo que estemos ante mentes privilegiadas, resulta prácticamente incomprensible. Si se toma el verso original de Shakespeare se leerá “nine changes of the watery star hath been”, cuya traducción vendría a ser algo parecido a “nueve ciclos de la estrella pálida han transcurrido”. Como puede observarse, poco o nada tiene que ver esta versión con la propuesta por Astrana (a ver quién es el majo que identifica la luna partiendo de “planeta húmedo”).

De todos modos, hemos tenido y tenemos en castellano excelentes traductores, y ahí están Pedro Salinas y sus ejemplares traducciones de En busca del tiempo perdido, de Proust, o Javier Marías, que tradujo excepcionalmente La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Stern.

Hay más casos, pero no es cuestión de aburrir en uno u otro sentido. En cualquier caso, tengamos cuidado con lo que leemos de allende las fronteras y con la edición que manejemos de según qué obra, (especialmente si nos movemos en ámbitos poéticos), no vaya a ser que, como avisan nuestros amigos de Gijón, terminemos con alguna que otra puñalada por la espalda.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Las naderías de Boyero

Si hay una profesión que me hubiera encantado realizar es, sin duda, la de crítico cinematográfico. No hay arte que me apasione más ni lenguaje que admire con mayor devoción que el audiovisual, y por ello me encanta pasarme las horas muertas viendo y hablando de cine.

No obstante, y a pesar de ello, reconozco que nunca pasaré de un nivel aficionado por mi nula formación en este campo, mi desconocimiento absoluto de los códigos esenciales de la profesión y mis enormes lagunas en épocas clásicas que sólo con cuentagotas me permiten superar prejuicios contra el blanco y negro o el cine mudo. Por ello, intento que mis cinefórums reflejen siempre, con humildad y devoción, mi interés por un campo que, como ya digo, ocupa un puesto preferencial en mis intereses como pasatiempo, pero que no va más allá de eso.

Quizá también por todo ello me resulta llamativo, irritante y, en ocasiones, extremadamente molesto que a determinados personajes del mundillo cultural se les dé un espacio, dinero y tiempo para dedicarse profesionalmente a ver y comentar cine, y lo hagan como el muy a mi pesar célebre Carlos Boyero, a la sazón crítico de El País en temas del séptimo arte.

Boyero comete un error de partida tan gordo que me resulta extraño que nadie repare en él. Sus críticas se basan única y exclusivamente en sus sensaciones subjetivas como espectador, que aplica de forma matemática a la calidad de la película. Es decir, que si la película le parece un coñazo, la película es automáticamente mala; si le divierte o entretiene, es una obra maestra. Rara vez se le oirá o leerá un comentario técnico o específico sobre aspectos cinematográficos concretos, como la calidad de la interpretación, el montaje, la habilidad del director o del compositor.

Tampoco tiene Boyero en la ecuanimidad su punto fuerte. No existe la escala de grises en el universo de este sujeto, porque todo le parece perfecto o absolutamente detestable. No hay término medio, y por ello sus películas suelen decantarse al cielo o al cubo de la basura, con una preferencia exageradísima en este último espacio.

Lo peor, no obstante, viene marcado por unas formas absolutamente inapropiadas que este crítico luce con orgullo chulesco como señas de identidad: arrogancia, soberbia, desprecio, lenguaje soez y vulgar, ataques personales a cineastas, actores y productores e incluso hacia su propia profesión, que Boyero parece detestar con fuerza y que afirma soportar con un estoicismo inenarrable.

Algunos ejemplos: de Anticristo, última película de Lars Von Trier, Boyero dijo que era una "imbecilidad con ínfulas de transgresión: es para darle una hostia”. De Los abrazos rotos, de Almodóvar, a la que había puesto a caer de un burro en su estreno, dijo en el festival de Cannes: “No soy masoquista, no quiero verla otra vez”. De Shirin, de Abbas Kiarostami, llegó a calificarla de “insufrible” sin siquiera haberla visto completa, ya que se salió a mitad de proyección.

Al margen de la mucha o poca calidad de dichas cintas, que aquí es lo de menos, no se puede permitir que alguien con tan escasa profesionalidad siga disfrutando de una posición de tanta influencia. Este hombre es incapaz de expresar nada de forma correcta, manifiesta una actitud irrespetuosa hasta el extremo con cualquier festival de cine al que acude (sea Cannes, Venecia o San Sebastián), y se las da de pobre víctima a la que le hacen ver un cine siempre bochornoso, aburrido u horripilante, por lo que uno tiende a preguntarse varias cosas: ¿Qué demonios hace desempeñando esa labor, cuando es evidente que sufre tanto? ¿Quién le enseñó (o no) buenos modales? Y lo más importante: ¿Por qué nadie en El País le invita a cambiar su hoja de ruta o, mejor aún, lo pone de patitas en la calle? (Esto último es algo que yo, personalmente, agradecería mucho.)

jueves, 17 de septiembre de 2009

La serie del mes (1): Breaking Bad.

Walter White es un simple profesor de química de un instituto de secundaria perdido en Albuquerque, Nuevo México. Su amargura no procede sólo de un empleo insatisfactorio para una persona destinada a empresas mayores, dada su impresionante capacidad intelectual, sino que a ello se le suma un hijo adolescente con parálisis cerebral y una mujer embarazada que, al igual que él, no desea añadir otro problema más a su larga lista.

Sin embargo, Breaking bad arranca realmente cuando el médico de Walter le diagnostica un cáncer de pulmón que lo llevará a la tumba en cuestión de semanas. Ante semejante perspectiva y la falta de liquidez económica que su muerte traerá a su familia, el tranquilo profesor decide dar un giro de 180º a su vida, y con ayuda de un antiguo estudiante, Jesse Pinkman, iniciará un negocio de fabricación y venta de metanfetaminas tan lucrativo como peligroso.

Con tan prometedor arranque nació en 2008 una de las series más incorrectas, irreverentes, éticamente cuestionables y controvertidas de la historia reciente de la televisión. Sin embargo, Breaking bad va mucho más allá de la polémica suscitada por su argumento para trasladar al espectador a una realidad asfixiante y opresiva, donde los estrechos corsés sociales saltan por los aires ante la certeza de la muerte. Es una serie inteligente, hábil en su desarrollo narrativo, ingeniosa en sus numerosos puntos de giro (y hay unos cuantos, no se crean), y con un sentido del humor tan corrosivo como sus diálogos, creíbles hasta decir basta.

En el equipo artístico destaca de forma espectacular el actor que da vida al profesor White, Bryan Cranston, un auténtico torrente interpretativo que ofrece una lección magistral en cada episodio, y que demuestra lo muy desaprovechado que estaba penando por series de dudosa calidad (era el padre neurótico de Malcolm en la serie homónima). Junto a él sobresale el genial Aaron Paul como el joven Pinkman o Dean Norris como el agente de la DEA Hank Schrader.

Pero si por algo me ha llamado la atención Breaking Bad es porque, a diferencia de otras series pensadas para una temporada que luego se estiraron hasta el infinito y más allá, como Prison Break, en este caso encontramos un crescendo en continuo que hace de las temporadas estrenadas hasta la fecha una progresión tan coherente como adictiva. Si no fuera porque al cabo de un tiempo determinadas situaciones pueden sonar a ya vistas (el camión-fábrica atascado en el desierto, los encuentros y desencuentros entre el profesor y su joven aliado, las sospechas de una mujer lista como ella sola, etc…) estaríamos ante una obra maestra de la televisión reciente.

No llega a tanto, quizá por las limitaciones de un formato muy concreto (que, esperemos, se vea ampliado en la ya anunciada tercera temporada), a pesar de lo cual estamos ante una joya del género, una serie adulta y muy responsable de la gravedad de los hechos narrados que se sitúa varios puntos por encima de la media contemporánea, demasiado lastrada por prisiones infalibles, islas misteriosas y superhéroes de tres al cuarto.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Patético (de Madrid)

Eso solían decir mis amigos madridistas en la época del colegio para burlarse de los aficionados del Atlético de Madrid, el otro equipo de fútbol de la ciudad, que siempre se ha distinguido por la condición humilde y pasional de una afición que se precia de estar entre las mejores de Europa.

Pensaba en ello al escuchar ayer el himno en el estadio Vicente Calderón, adonde acudía por primera vez para ver el enfrentamiento con el Racing de Santander. Tenía cierta curiosidad y no podía evitar las comparaciones con el otro marco futbolero que conozco, el Bernabéu, no ya sólo en el ambiente, la gente o el estadio, sino en las sensaciones tan distintas que provocan uno y otro escenario.

Debo reconocer que el Atlético siempre me ha inspirado una enorme simpatía, sin duda derivada de formar parte de una comunidad dominada por medios de comunicación al servicio de los intereses de estos poderosos clubes. No obstante, a esto se añade esa circunstancia tan novelesca de la condición del eterno perdedor que arrastra este equipo, con salvedades tan fabulosas como el conjunto que, al mando de Radomir Antic, arrasó en Liga y Copa en la temporada 95-96. Por aquel entonces el Atlético tenía jugadores de la talla de Kiko, Caminero, Pantic, Molina o Penev, fenomenales peloteros que hacían las delicias de un público en estado de éxtasis tras tantos años de sequía.

Luego vendría un descenso a segunda tan traumático como el fallecimiento de su esperpéntico presidente, Jesús Gil y Gil, que nos privó a todos de las locuras de un verdadero personaje quevedesco. Y entre medias, quince años de nueva sequía que mantienen, no obstante, a la misma gente dirigiendo los destinos de una entidad con una masa social entregada y devota a sus colores.

Pensaba en todo esto viendo el partido de ayer, que se saldó con un triste empate a un gol, y dejó un sabor de boca tan pobre en los aficionados que estos salieron echando pestes, maldiciendo a la directiva o, en el peor de los casos, llorando de pura impotencia.

Este Atlético de Madrid es, a mi juicio, un conjunto extremadamente mediocre. Salvo excepciones como Jurado o Asenjo, el resto del equipo se reduce a jugadores tan pobres como Valera, Sinama o Cléber Santana, indignos de un conjunto que aspira, en teoría, a ganar títulos. Pero es más que eso. El planteamiento táctico de su entrenador es incapaz de sacar calidad a un equipo que, sencillamente, no la tiene. No hay recursos en ninguna de las líneas del equipo, salvo quizás una delantera donde ayer tampoco brillaron los glorificados Agüero o Forlán, agotados tras sus compromisos con sus selecciones.

Imagino que no debe resultar sencillo construir un gran equipo a partir de un presupuesto bajo, pero no puedo creer que no haya en el mercado gente que sepa controlar un balón, hacer un pase a derechas, cubrir una posición o simplemente correr con la pelota con ganas y energía. Lo verdaderamente vergonzoso de este equipo es que no se esfuerza lo más mínimo no ya sólo por satisfacer a su afición, que sería lo lógico, sino por ganarse su fabuloso y desorbitado sueldo. Tuvo que salir un chaval de la cantera, Keko, para sacarle los colores a todos con sus infatigables carreras, al tiempo que arrancaba los aplausos de un público que ha llegado el punto de deleitarse con eso, una simple y triste galopada por la banda.

Lo más curioso de todo es cómo los aficionados entonaban el “Atleti somos nosotros” y algún que otro cántico contra la directiva, a la que pedían irse de forma inmediata por su desastrosa gestión económica y deportiva (antes del partido se produjo una manifestación en su contra, según tengo entendido). Digo que es curioso que la gente sienta suya a este equipo cuando, sobra decirlo, los dueños son precisamente esos desastrosos gestores, que controlan la práctica totalidad de las acciones del club.

Y es que lo patético de todo esto no es el club, que es un caos y un nido de víboras, o un equipo tan incompetente, vago y desvergonzado, sino que la gente se crea realmente esa absurda ilusión de que es dueña moral de una entidad a la que, en el mejor de los casos, se limita a pagar un dineral para sufrir fin de semana tras fin de semana en un estadio cutre y descuidado. De locos.


P.d: El once del doblete: Molina, Vizcaíno, Caminero, Roberto Fresnedoso, Geli, Lubo Penev, Pantic, Santi Denia, Roberto Solozábal, Toni y Kiko (falta Simeone, otro ídolo de entonces). Vaya equipazo.

martes, 8 de septiembre de 2009

Not this leg.

En una memorable secuencia de la serie televisiva House, el célebre y antipático doctor estaba a punto de ser operado de una pierna, y para evitar problemas con su cirujano escribía en su muslo izquierdo las palabras “not this leg” (ésta pierna no). Puede parecer exagerado, una hipérbole más de entre tantas como se ven por televisión, pero fíjense en lo que ha ocurrido hace bien poco en el hospital Gregorio Marañón, y verán la poca gracia que tiene el asunto.

Resulta que hace unos días entró un paciente de trece años en dicho hospital, acompañado por sus padres. Tenía una fisura en la órbita del ojo derecho, fruto de una paliza, y era necesario operar para reparar el daño inmediatamente y evitar problemas mayores.

Hasta aquí todo normal. Sin embargo, cuál no fue la sorpresa de los padres al descubrir, tras la operación, que el cirujano ¡se había equivocado de ojo! Tras mucho discutir con todo el personal, cirujano incluido, y desesperados porque todo el mundo les decía a aquellos padres que estaban equivocados, consiguen el historial del niño y demuestran que, efectivamente, el ojo malo era el derecho y no el izquierdo.

No contentos con su hazaña, los médicos aseguran a los padres que tampoco es para ponerse así, llegando incluso a asegurar que estaban seguros de que en el ojo izquierdo había otra fisura (no, si encima la operación le vino de perlas, al chaval). Eso sí, se comprometen a operar el ojo primigenio, y dan por zanjado el asunto.

Sin embargo, y después de una semana de intervenciones, gritos y desesperación por parte de una familia que sencillamente no entiende nada, al niño han tenido que volver a operarlo en el ojo derecho porque (de nuevo) los médicos no hicieron bien su trabajo. Según ellos, el muchacho no tendrá secuelas y podrá llevar una vida normal (muy alejada, imagino, de semejante jaula de grillos).

Sinceramente, hasta hoy yo no pensaba que este tipo de casos podían darse en la realidad (ni siquiera en España, ojo), quizá porque yo mismo he sido operado en dos ocasiones, y en ambas el cirujano operó la rodilla adecuada. No obstante, y visto lo visto, a partir de ahora voy a tener que tomar buena nota del doctor House y hacerme un tatuaje aclaratorio, no sea que algún licenciado vidriera tenga a bien extirparme algo que no debe.