sábado, 31 de mayo de 2014

Maléfica o la traición de Disney



Ayer tuve el infortunio de asistir al estreno de Maléfica, el enésimo intento de Disney por sacar rentabilidad de uno de sus cuentos clásicos, esta vez con la excusa de la imagen real y de una impresionante Angelina Jolie en el papel de la villana más emblemática en la larga historia de personajes malvados de la compañía. Y, en honor a la verdad, hay que decir que Jolie borda su papel y transmite toda la fuerza, la rabia y la villanía de la reina de la oscuridad en muchos momentos, si bien luego se deja arrastrar por las torpezas de una producción que hace que hasta su personaje roce el ridículo más vergonzoso en lo que, sin ningún género de dudas, considero una traición en toda regla de Disney a sus propias raíces.

El problema no es la necesidad, absurda ya de por sí, de convertir a Maléfica en la protagonista del relato. Es evidente que Jolie es la productora de la cinta y quiere tener más minutos en pantalla que el CGI, que ya es decir; en realidad, el asunto se tuerce toda vez que tanto Jolie como los guionistas han decidido convertir a Maléfica en la heroína, en la "buena", para entendernos, de la historia. Y eso no tiene ningún sentido, se mire por donde se mire.

En el imaginario de la narrativa clásica infantil y popular, el maniqueísmo es una de sus bases esenciales. El mundo de los cuentos se divide en héroes y villanos, en buenos y malos, sin espacio para las escalas de grises ni para matices de ninguna clase. Se trata de presentar a los niños una realidad polarizada que les ayude a formar estructuras morales, que les anime a orientarse todo lo posible a una de esas dos posturas, el bien, y alejarse lo más posible de conductas y acciones tan execrables como las que protagonizan los antagonistas de los relatos.

Dentro de dicho imaginario, Maléfica constituye en sí misma un capítulo digno de estudio. De todos los villanos de los cuentos clásicos, ella es por encima de cualquier otro la encarnación del mal. Sus atributos, como esa cornamenta caprina, el cuervo negro aliado o sus asombrosas metamorfosis en dragón la convierten en la perfecta versión femenina de Satán, el enemigo por excelencia de todo bien que se precie de serlo. Hay algo irreal, mágico y demoníaco en esta bruja que, precisamente por todo ello, lo hace tan atractivo como antagonista, tan fascinante y enigmático, pero sobre todo, tan lleno de pura maldad.

Sabio homenaje a este perfil era La bella durmiente, el clásico inmortal de Disney de 1959. En la cinta, Maléfica cumplía a la perfección su papel secundario, robando planos a todo aquel que osara cruzarse con ella y convirtiendo su entrada en la fiesta del nacimiento de Aurora en una de las escenas más terroríficas, crueles y desoladoras de cuantas ha ofrecido la compañía en sus más cien años largos de historia. Pero es que, además, la cinta tenía unos personajes secundarios sencillamente antológicos, como esas tres hadas (Flora, Fauna y Primavera) que eran la herramienta indispensable para que el príncipe de turno salvara la situación, dragón muerto mediante, o unos entrañables reyes Stefan y Hubert que protagonizaban junto con un simpático sirviente una de las escenas más divertidas de todo el filme. Todo ello venía coronado, además, por la extraordinaria dirección artística y por la soberbia adaptación que se hizo de la música que Tchaikovsky había compuesto para el ballet del mismo cuento, un siglo antes, y que lanzó al olimpo de la memoria colectiva ese Once upon a dream, el magnífico tema principal.


Pues bien, esta Maléfica que ayer tuve el horror de contemplar coge todas las virtudes de la película original, las envuelve para regalo y las manda bien lejos, sustituyéndolas por un totum revolutum sin sentido del orden o la proporción donde cabe hasta el menor y más absurdo de los delirios: el personaje de Maléfica es un hada la mar de rebuena (¿?) que vive en un lugar mal llamado ciénaga, ya que es algo así como una versión campy de la Pandora de Avatar plagada de bichos en desastroso CGI que nunca, jamás, dan la menor impresión de estar integrados en escena con sus compañeros de reparto reales. A ese lugar llega un campesino llamado Stefan, que inicia el inevitable y torpísimo romance con el hada, hasta que sus ambiciones malvadas le llevan a cortarle las alas (¿¿??) para así convertirse en el sucesor al trono y hacerse con el reino. Como lo oyen.

Claro, tanto sufrimiento y tanto dolor inefable llevan a la estupenda hada a convertirse en el mal absoluto. Así, de repente. Luego llega la escena del maleficio de la rueca, la única en la que el filme parece tener algo de respeto por el original, para después entrar en un declive imparable cuando presenta a unas desastrosas hadas Flora, Fauna y Primavera, unas imbéciles insoportables sin remedio que a punto están de matar a Aurora en cuanto tienen ocasión de no ser por la intervención, no se sabe por qué caprichoso misterio del desayuno del guionista, de una Maléfica que se convierte en su hada madrina (¿¿¿???); un hada madrina que, en el colmo de los colmos, rompe su propio maleficio dándole ella misma el beso de amor a la princesa (¿¿¿¿¿????). Por las propias bases que la propia historia había sentido, es del todo imposible comprender el amor materno-filial que se establece entre Maléfica y Aurora, algo a lo que evidentemente los guionistas no destinan un solo segundo a explicar, no faltaba más. 

Que después de semejante aberración aparezca entre medias de tanto desatino un Jonas Brother en forma de pseudo-príncipe, todo un títere impostado, es casi lo de menos. La trama ya se encargará luego de descarrilar ella sola en el último acto, con ese rey Stefan que más parece un demonio lleno de ira y rencor, equipado con una armadura de acero que le hace parecer el malo final de un mal videojuego y con una inevitable batalla final que destruye, dragón desastroso mediante, cualquier posibilidad de la cinta por recuperarse. Y cuando parecía que todo terminaba con el horrendo final feliz (en el que mueren cientos de hombres, por cierto), resulta que llega Lana del Rey y en los títulos de crédito destroza Once upon a dream con una versión que aniquiló, con esa voz de consumidora de setas o de alcohólica en lento proceso de recuperación, cualquier asomo que quedara de mi recuerdo de la infancia.

Y que nadie se lleve a engaño, a pesar de lo que parece anunciar el engañoso trailer: aquí de oscuridad y madurez, nada de nada; es todo más infantil que un tebeo para niños de un año, lleno de bromas absurdas y escatológicas donde únicamente algún que otro guiño de la ironía de Maléfica salva de la quema. A su lado, aquel otro intento de modernizar cuentos populares, Blancanieves y la leyenda del cazador, parece una película del mejor Kubrick.

En definitiva, mucho me temo que no hay nada, absolutamente nada por lo que merezca la pena ver esta cosa, más allá de lo bien que le sienta el maquillaje a Jolie. A nivel visual es del montón, a nivel sonoro es intrascendente y a nivel narrativo es un completo despropósito, una vuelta de tuerca del todo innecesaria que echa por tierra las muchas y buenas virtudes de ese clásico al que ya podían haber dejado dormir el sueño de los justos, porque maldita la falta que le hace a los cuentos clásicos que vengan los listillos de turno a ponerlos oscuros, tenebrosos y adultos, a jugar a ser dioses en una narrativa que ni entienden ni saben después cómo manejar. Lo peor de Maléfica no es que sea, con diferencia, la peor versión de La bella durmiente que he visto nunca, pervirtiendo y destrozando todos y cada uno de sus personajes y tramas, sino que encima me la quieran hacer pasar por un gran acierto para los niños de hoy. Más les valdría a los pobres correr y refugiarse tras algún libro de Perrault que acudir a los cines donde espera la intensa mirada (y nada más) de la siempre enigmática y maternal Angelina.


jueves, 29 de mayo de 2014

1914-2014




Que no se repita. Háganme el favor.

sábado, 24 de mayo de 2014

La serie del mes (15): Hannibal


Para todos los seguidores de Haníbal Lecter, alias "el Caníbal", la noticia de que sus habituales productores estaban a punto de hacer una serie que reelaboraría el material de las novelas originales de Thomas Harris nos resultó sin duda sorprendente, más que nada por lo inesperado del momento. Tras más de veinte años de explotación (o sobreexplotación, más bien) de la saga, muchos teníamos la sensación de que ya no quedaba absolutamente nada que contar acerca del que quizá sea el asesino más famoso en el mundo de la ficción, ya sea literaria o cinematográfica. Pero lo cierto es que estábamos equivocados. 

La idea de la familia De Laurentiis no era contar de nuevo los acontecimientos de El Dragón Rojo, El silencio de los corderos o Hannibal tal y como los conocemos, sino más bien adaptarlos a un nuevo universo, más contemporáneo, con un filtro particular sorprendente, original y fresco que su principal responsable, Bryan Fuller, pensaba que podía darse a este macabro universo. Nuevos actores, nuevos guionistas y nuevos directores serían los encargados de insuflar aires nuevos a un espacio que, francamente, olía a cerrado.

Y es que quizá con la excepción de la magnífica adaptación de El silencio de los corderos (1991), que con tanta brillantez dirigió Jonathan Demme y con tanto acierto protagonizaron Anthony Hopkins y Jodie Foster, hay que admitir que al resto de la producción cinematográfica (y literaria, si se me permite) le ha sido imposible alcanzar ese nivel de excelencia. Ni las dos películas siguientes de la supuesta trilogía, también con Hopkins en el papel principal pero mucho menos acierto en todo lo demás, como ese bodrio llamado Hannibal Rising (2007) estuvieron a la altura de lo esperado. Es cierto que tanto Hannibal (Ridley Scott, 2001) como, en menor medida, El Dragón Rojo (Bret Rattner, 2003) tenían buenos momentos, pero en ningún momento alcanzaron el poderío visual, el torrente interpretativo o la tensión del filme de Demme, lo que rebajó el entusiasmo de los fans hasta casi hacerlo desaparecer. 

Tanto los productores de la serie como Bryan Fuller sabían que lo primero de todo era encontrar a alguien capaz de hacer olvidar, aunque fuera mínimamente, a Anthony Hopkins como el calculador, metódico e inmisericorde doctor Lecter. La elección de Mads Mikkelsen fue bienvenida por la contrastada calidad del intérprete, así como por su camaleónica capacidad para enfrentarse a todo tipo de papeles. Lo que nadie esperaba es que el resultado final fuera tan espectacular: Mikkelsen se transforma en Hannibal desde su primera aparición, lo hace suyo y le aporta un toque de elegancia y frialdad aún mayor, aupado por un físico más apropiado para las escenas de acción que el de Hopkins, de quien no obstante es imposible olvidar su inmenso talento como actor. Por mucho que se esfuerza, Mikkelsen no supera la absoluta maldad que irradian los ojos del actor británico en cada escena de la celda de cristal de su primera e inolvidable película, y la extraordinaria dicción al decir las abominaciones más inimaginables. Aun así, es suficiente como para sostener la serie, aportar una gran intensidad a cada una de sus magníficas escenas y dar alas a la creatividad de los guionistas para ir siempre un paso por delante del espectador. 

Más dudas despertó Hug Dancy como Will Graham, el detective que logró capturar al asesino en las novelas de Harris. Se le conocía únicamente por apariciones esporádicas en pequeños papeles, pero hay que reconocer que su trabajo ha sido tan sobresaliente como el de su compañero de reparto: frágil y atormentado, psicológicamente inestable, brillante como nadie a la hora de colocarse en la mente de los asesinos, Dancy ha sabido crear un agente Graham muy distinto al de las novelas de Harris pero con el que el espectador es capaz de empatizar ante la inmensa amenaza del caníbal. Tan soberbio es su papel que resulta complicado establecer cuál de los dos tiene más protagonismo o importancia en una trama que ha pivotado constantemente sobre ambos a lo largo de sus dos magníficas temporadas (la cadena NBC la ha renovado por una tercera). Laurence Fishburne completa el casting principal como el agente del FBI Jack Crawford, aportando toda su solidez de primer espada, así como la habitual solvencia y calidad a la que nos tiene acostumbrados tras tantos años en el candelero.

En cualquier caso, y al margen de su excepcional reparto, Hannibal está lleno de aciertos. El diseño de producción de la serie es soberbio, así como su banda sonora, su fotografía y, muy especialmente, un apartado de montaje y efectos visuales que elevan la serie muy por encima de la media. Cada capítulo, titulado según los más exquisitos menús de la gastronomía francesa o japonesa, está plagado de secuencias memorables, de una carga poética y onírica como nunca antes se había visto en este tipo de producciones. A pesar de lo que puede parecer dado su alto contenido en sangre y vísceras, que la hacen poco apta para todo tipo de públicos, la serie cuenta con un buen gusto incuestionable a la hora de mostrar toda la carnicería. Las secuencias en que el doctor Lecter cocina tranquilamente a sus víctimas están resueltas de forma exquisita, si se me permite el juego de palabras, y la presentación de los platos, la explicación y los dobles sentidos resultan tan adecuados como ingeniosos. Todo un golpe de humor negro para una serie que se beneficia de ello enormemente, así como de una estructura que en la primera temporada tiende a lo procedimental (más o menos un caso por capítulo), donde tanto Graham como Lecter asisten al FBI en calidad de consultores, mientras que la segunda se centra plenamente en el duelo entre ambos, toda vez que el agente descubre la verdadera identidad de su enemigo.

La serie basa su fuerza en el poder de sus imágenes. El sadismo de las mutilaciones en cada asesinato parece no conocer límites y siempre consigue superar nuestras expectativas, pero todo se muestra sin regodeo, sin una atención excesiva a lo macabro. Lo interesante de los crímenes es la psicología del asesino, el estudio del "diseño" que le ha llevado a crear cada escena del crimen del mismo modo que un artista crea una obra de arte. En este sentido la fidelidad a las novelas de Harris es total, donde se hacía especial hincapié en este concepto del asesino como creador de patrones. Las secuencias en que Will se introduce en los recovecos de su mente para dar con el método empleado en cada asesinato son sencillamente antológicas, con una reconstrucción que combina la voz, la imagen y el sonido de un modo asombroso, hasta el punto de que se han convertido, junto con las visiones del propio Will, en una de las señas de identidad de la serie.

Intriga, suspense, thriller psicológico y, en menor medida, acción, son los principales ingredientes de un menú que también contempla el canibalismo, el gore o el núcleo básico de las historias de detectives como salsa y aderezo. Todo ello, claro, cocinado por la sabia mano de un chef capaz de sacar lo mejor de cada actor, de cada director y de cada secuencia. 

Y es que Bryan Fuller merece completo crédito por la creación y recreación de un universo que creíamos conocer y al que ha sabido dar nuevos aires, al mismo tiempo que ha recreado personajes como el doctor Chilton (impagable, Raúl Esparza) o ha introducido otros nuevos, como la psicóloga que interpreta Gillian Anderson con esa mezcla de misterio y contundencia, y de la que tanto esperamos en temporadas venideras. Es evidente que los desarrolladores de Hannibal tienen un plan meticuloso en mente, y de ahí la sensación que transmite la serie de que todo funciona como el mejor reloj suizo. Así, las tres primeras temporadas están destinadas a contenidos totalmente originales, por más que haya ecos ya conocidos, como Mason Verger y toda su trama de cerditos de por medio (fenomenal, por cierto, Michael Pitt como el sádico millonario). La idea de Fuller es destinar las siguientes tres temporadas a los libros de Harris, dejando una séptima y última para la resolución de toda la trama, que lógicamente no tiene correspondencia con material original alguno, ya que tanto la novela como la película Hannibal dejaba todo en el aire.

Hannibal, la serie, se ha convertido con derecho propio en una de las mejores opciones dentro del panorama de la intriga para adultos. Es inteligente, con un desarrollo sin concesiones y en absoluto movida por tendencias, audiencias o modas (la serie está totalmente financiada por sus productores, que luego la venden a NBC para que solo obtenga beneficios y no dependa del beneplácito del público), y está protagonizada por unos actores en estado de gracia. Y si hasta ahora las dos temporadas existentes han demostrado un nivel soberbio, lo cierto es que lo mejor está todavía por llegar, con la entrada en escena de personajes memorables como el Dragón Rojo o Clarice Starling. Así pues, y parafraseando al bueno del doctor Lecter, pasen al salón: la cena está servida y el vino respira en la copa. Bon appetit.


lunes, 19 de mayo de 2014

sábado, 10 de mayo de 2014

La promesa del guardián





Estoy aquí sin saber el motivo,
aguardando tu llegada cierta.
Siento la puerta del destino abierta,
y el eco de los tiempos, fugitivo.

Hay algo dentro de mí que me impele
a cuidarte y protegerte, a velar
que nada ni nadie pueda dañar
ese corazón puro que te enciele.

Ánimo en llamas por trueno y tormenta,
valor forjado en el fuego del alma,
brazo y espada que a todo amedrenta,

no me falléis en la senda sin calma,
dadme la luz en la noche violenta,
sed la victoria que todo lo ensalma.



(Créditos de imagen: www.walconvert.com)

lunes, 5 de mayo de 2014

El canon galáctico


Del mismo modo que hoy día todo y todos tienen su momento especial del año, los frikis del mundo tienen el 4 de mayo como una de sus más queridas efemérides. Todo ello se debe a que en este mes es cuando suelen congregarse todo tipo de eventos relacionados con Star Wars, a lo que contribuye un excepcional juego de palabras para reforzar tan señalada ocasión: May the 4th, en inglés, remedando el May the force be with you (que la fuerza te acompañe). Y como no podía ser menos en el cortijo del tío Lucas, las novedades de este año en el universo galáctico han sido para troncharse.

Y es que resulta que, metidos en faena con la producción del futuro Episodio VII, sus responsables, con la nueva jefa de todo Kathlen Kennedy a la cabeza, han salido a la palestra para hacer una revelación de enormes consecuencias (dentro del limitado mundo friki, entiéndase): "A partir de ahora, todo lo que no aparezca directamente en las películas oficiales de la saga no es canon dentro de Star Wars". Y se han quedado tan anchos.

Es decir, que tras décadas de soportar un bombardeo cósmico de novelas, cómics, series de televisión, especiales de Navidad, videojuegos y todo tipo de explotación comercial imaginable en torno a las películas, desentrañando con todo tipo de argucias, a cual más forzada y lamentable, los entresijos que a nadie le importaban acerca del pasado, presente y futuro de los personajes clásicos, el mal llamado universo expandido resulta que ya no vale absolutamente nada. ¿Que Han y Leia tuvieron hijos? Ya no. ¿Que Luke se casó y también tuvo su retoño correspondiente? Para nada. ¿Que el imperio tardó aún años en caer y sirvió de excusa perfecta para cien millones de lucrativas aventuras más? Ni de broma. Todo lo que no coincida exactamente con lo que las próximas películas van a contar, no es historia oficial, no cuenta, no vale, no sirve. Y punto.

Cuando yo era bastante más seguidor de Star Wars que ahora, es decir, antes de las precuelas infames, tuve la desgracia de que cayera en mis manos la primera novela de una trilogía con Han Solo como protagonista. Aquella cosa tenía como objetivo relatar las aventuras del contrabandista desde su infancia en Corellia, su paso por el ejército imperial y, finalmente, su encuentro con Chewbacca y su conversión en la figura que luego conoceríamos en las películas. Lógicamente, ni a nivel literario ni narrativo valía nada, pero al menos me entretuvo un rato. Más prudencia tuve a la hora de abstenerme de la saturación constante, y generalmente de muy dudosa calidad, que siguió después de aquello, quizá con la excepción de unos videojuegos que, muy en la línea del resto, han tocado fondos insospechados que harían sonrojar de vergüenza a más de uno y que, precisamente, tienen a Han Solo bailando una danza nada viril a lo John Travolta en plena sala de congelación en Bespin. De traca.


Digo esto porque, ciertamente, que el universo expandido haya sido borrado de la faz del canon galáctico me importa bastante poco. Más interesante me parece el modo en que toda la gente que ha ido gestionando los derechos de la franquicia se las han apañado para sacarle al personal hasta el último dólar o euro para colmar sus ansias de Star Wars, en la forma física o digital que fuera. Cuando George Lucas decidió vender los derechos de la saga para su posterior explotación comercial parecía lógico pensar que no tenía intención seria de hacer más películas en esa franja temporal, motivo por el cual no debió importarle demasiado la confusa, atropellada y llena de errores línea genética que se inicia a partir de los héroes, con hijos, nietos y tataranietos de Han, Luke y Leia, o que se inventaran desastres como clonar a un emperador que se podía reencarnar en otros cuerpos (como lo oyen), resucitar a personajes que claramente habían muerto, como Boba Fett, o cargarse a otros de las maneras más pedestres, como hacían con el pobre Chewbacca, al que sepultaba un planeta entero en no sé qué triste novela.


Kennedy justifica su decisión para no "limitar" la "creatividad" de los guionistas de los nuevos episodios. Ya. Después de conocer el reparto del Episodio VII, donde a los clásicos Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill se unen gente tan insospechada como Andy Serkis, Max von Sydow, Oscar Isaac o Domhnall Gleeson, comienzo a tener la sospecha de que esto es una máquina que va cuesta abajo y sin frenos. J.J.Abrams ya hizo un auténtico estropicio con el canon de Star Trek, con aquel embolado de universos paralelos donde un octogenario Spock aparece cuando más conviene para darnos la charla exculpatoria de turno, de modo que no me quiero ni imaginar lo que podría haber hecho de haberse mantenido el canon del universo expandido. Quizá, con buen criterio, los gerentes de Lucasfilm han decidido dar carpetazo a aquel totum revolutum y, al menos, liberar a Lawrence Kasdan para hacer un guión que no esté constreñido por clones, falsas muertes y una sucesión de personajes sin ningún tipo de interés o de carisma.

A la espera de en qué se convierte todo esto, el 4 de mayo ha traído para los aún acérrimos fans de la galaxia una de cal y otra de arena. Saber que vuelven actores tan queridos es una alegría, con la velada cautela de ver qué hacen las nuevas incorporaciones o cómo van encajando en un casting del que, sinceramente, sabemos todavía muy poco en cuanto a qué tipo de personajes nos vamos a encontrar. Por otro lado, la destrucción del universo expandido ha sido recibida con críticas en todas partes, salvo por aquellos que, como el que esto escribe, nunca le dieron valor alguno a aquel torrente de descarado comercio galáctico. Todo sea por el canon.


martes, 29 de abril de 2014

El eco del silencio



Estaba muerto, y el calor era sofocante. Era lo único en lo que pensaba, ahora que la sequedad de la garganta no le dejaba otra opción, ahora que el vacío que iba más allá le impedía razonar con claridad. Allá en la llanura y aquí, cerca de la gran muralla, sólo se escuchaba el sonido del silencio retumbando en sus oídos. Era el silencio de la muerte, del asombro de lo inimaginable, de lo que nadie creyó posible. Pero él estaba muerto y después de tanto tiempo, de tanto sufrimiento que parecía condenado a eternizarse, la sangre que manaba del cuerpo yacente suponía, irónicamente, un símbolo de esperanza para aquellos que deseaban el fin de las hostilidades. Una muerte que era señal de vida, un final que era principio al mismo tiempo, sol y luna unidos por el eco del silencio.

Para quien no quedaba ya esperanza era para aquél que perdió su último aliento coronando las almenas, antes de recibir la piedra en el rostro y el vacío en la mente, el mismo que ya no podría dar otro abrazo, otro beso silencioso en aquella noche ni en ninguna otra. Y, si poseído de la cólera más inhumana que nadie experimentó jamás, pensaba que, cumplida la venganza, podría apartar la imagen de su amante de una vez por todas, estaba tan equivocado como el día en que decidió no salir a combatir su destino, dejando que otros lo hicieran por él.

Sí, sentía una furia incontenible que nada saciaba ni saciaría jamás y por ello, antes de atar el cadáver de Héctor a su carro, dispuesto a humillarlo ante la ciudad del asombro sepulcral, el héroe se limpió la sangre y dos sentidas lágrimas del rostro. Si la Historia había de recordarlo, que fuera como el héroe victorioso que aparentaba y no como el amante desdichado que era en realidad.








(Créditos de imagen: Nina Sarmiento)

sábado, 26 de abril de 2014

Solo tu recuerdo




La vida me ha llevado por sus grietas.
He visto las cadenas del ocaso
desatarse pacientes, paso a paso
de un camino de rotas marionetas.

La noche me ha enseñado su reflejo.
He visto cómo la muerte arañaba
la superficie helada que quedaba
a un palmo de mi rostro en el espejo.

Solo tu recuerdo sana estas heridas.
Tú me enseñaste que había valor
en este páramo del alma mío;

solo contigo he sentido la vida
sin grietas ni cadenas, al albor
de una mirada que conquistó el frío.

lunes, 21 de abril de 2014

La serie del mes (14): Vikings


Aun a riesgo de ponerse en evidencia frente a producciones mucho más caras y con más tirón popular, el History Channel dio hace un par de años luz verde a un proyecto de aventuras épicas con sabor arcaico, ambientado en el universo de los vikingos. Michael Hirst fue el encargado de llevar toda la producción de la serie, en torno a 10 capítulos por temporada y con el casi desconocido Travis Fimmel como protagonista. A pesar de las dificultades, Hirst se encargó de escribir los guiones y supo dotar al asunto de mayor empaque gracias a la colaboración de todo un equipo de productores que ayudaron a financiar el vestuario y decorados. Con la fotografía de John Bartley, responsable de la imagen de series con tanto relumbrón como Expediente X o Perdidos, Trevor Morris en la banda sonora y con todo un primera espada como Gabriel Byrne en un  jugoso papel secundario, Vikings se reveló como una de las sorpresas de la temporada pasada.

El éxito de la serie fue más que notable, teniendo en cuenta las limitaciones de la producción. Una media de 4,5 millones de espectadores bendecían cada semana las aventuras de Ragnar Lohtbrok, un vikingo rebelde y con ciertos problemas para asumir la autoridad que se lanzaba en una particular odisea para descubrir las tierras inglesas. Frente a él, Byrne interpretaba con fuerza y convicción al conde Haraldson, un hombre corrompido y ambicioso con el único objetivo de hacerle la vida imposible al protagonista. El duelo verbal y físico entre ambos capitalizó el éxito de los seis primeros capítulos, con un crescendo narrativo notable que alcanzó una cima muy intensa. Lástima que el último tercio perdiera algo de fuelle, ya con Ragnar convertido en el nuevo conde de la región escandinava, por mucho que el capítulo final tratara de compensarlo con un final abierto a una merecida y no menos digna segunda temporada, que se está emitiendo actualmente y terminará el 1 de mayo.

Lo primero que me llamó la atención fue la conseguida ambientación de la serie. Tanto a nivel de interiores como de localizaciones externas, Vikings traslada al espectador con bastante fidelidad a una época de la que, por desgracia, no se sabe demasiado. Ha habido bastante polémica entre los historiadores acerca de la traslación de costumbres, tradiciones y rituales nórdicos, así como del vestuario escogido para determinados personajes clave, como los nobles de más alto rango o los sacerdotes. No obstante, la falta de evidencias más claras ayuda a que la serie no se resienta de posibles licencias en este aspecto.


Las localizaciones de Irlanda ayudan a situar la trama en un contexto natural soberbio. Cada vez que los personajes deben salir, ya sea por mar o por tierra a la conquista de lugares desconocidos, la serie se alza en calidad visual gracias a los imponentes riscos y acantilados. Es cierto que el presupuesto queda en evidencia en las grandes secuencias de acción, donde especialmente en la primera temporada se nota la falta de extras, y que los efectos visuales se resienten, en especial al recrear ciudades, castillos o templos vikingos en los bosques, pero aun así resulta un punto esencial junto a los excelentes decorados, como el de la villa del condado con su muelle y sus calles.


Lógicamente, la serie no se sostendría sin un buen guión, y aquí el trabajo de Hirst es encomiable. Él solo ha sido capaz de levantar una trama épica con tintes dramáticos, llena de personajes carismáticos, como el tarado de Floki o el monje cristiano Athlestan, un papel que George Blagden borda en empatía, nobleza y vínculo con el espectador. La evolución de este personaje en particular me resultó fascinante, desde su captura en un monasterio cristiano de la costa a su constante acercamiento a una cultura, unos ritos bárbaros y una religión que a pesar de no compartir, el personaje va interiorizando hasta hacer suyas, a su propia y piadosa manera. El modo en que Athlestan se convierte en consejero de Ragnar, guía de sus hijos y amigo de todos es sencillamente conmovedor. Más discutible, en cambio, es el desarrollo dado a personajes como Lagertha o el hermano de Ragnar, Rollo. Ambos dan bastantes bandazos en busca de un sentido concreto, y en especial todo lo relacionado con Rollo no hace sino ralentizar las tramas principales sin que uno tenga muy claro por qué hace lo que hace, más allá de una envidia totalmente infantil e injustificada que se traduce en traiciones y lamentos bastante caprichosos.

Punto y aparte merece Travis Fimmel en el papel que le ha dado fama internacional. Su Ragnar es un guerrero y líder que escapa a muchos de los tópicos que albergaba en mis temores previos a la serie. Es astuto y hábil, capaz de plantear enigmas a sus oponentes y estrategias que despiertan tanta admiración como respeto en rivales y aliados. La mirada de zorro que tiene en prácticamente todas sus escenas lo hace un héroe de acción atípico, dejando los músculos y la testosterona más para el resto de un reparto plagado de creíbles soldados del norte. Por lo demás, su trama romántica con Lagertha está bien resuelta y es creíble en el contexto en que se plantea, con esa mezcla de amor y lucha permanente donde los celos, las promesas y la tensión sexual planean en cada una de sus muchas y buenas escenas juntos. Y en todas ellas Fimmel da la talla y se convierte en el perfecto estandarte de una serie que siempre que cuenta con él en escena, crece y gana interés.

Del resto de secundarios únicamente merece la pena destacar a Bjorn, el hijo mayor de Ragnar y claro heredero en muchos sentidos de las tramas de su padre. Con un papel que crece a medida que avanza la serie y que cobra un protagonismo más que merecido en la segunda, con el inevitable salto temporal incluido, su personaje garantiza un ascenso en el interés del drama familiar apoyado en las excelentes actuaciones de los dos actores que le dan vida en su etapa infantil y adulta. Resulta llamativo (y acertado) el modo en que Bjorn actúa como contrapeso moral a su padre, aleccionándolo en la paciencia o en la virtud hacia su familia muy por encima del ímpetu y los defectos de un líder imperfecto. (Por cierto, lo de su corte de pelo, y por muy riguroso a nivel histórico que sea, me sigue pareciendo un crimen).

Es de agradecer que Vikings no haga especial hincapié en elementos demasiado morbosos y fáciles, como sí hace Juego de Tronos con la violencia, el sexo o la charcutería de guerra. Se nota que hay una mayor mesura (no confundir con censura, ojo), algo que yo particularmente aprecio porque creo que el interés de los guiones se centra más en el desarrollo de las tramas y personajes. Evidentemente, la producción de HBO cuenta con eso y mucho más, pero sí es cierto que en ocasiones tiende al muestrario gratuito de órganos vivos y muertos, algo que Vikings hace de manera mucho más sutil, como muestran sus escenas de acción o el ritual de sacrificios del penúltimo capítulo de la primera temporada, en un montaje bastante poético y alejado del mal gusto al que escenas como esta podrían haber dado pie con mayor facilidad y peor fortuna.

Por lo demás, la distinción entre temporadas de esta serie resulta bastante artificial, especialmente con un final y un principio claramente enlazados. Cada episodio procura alejarse de estructuras procedimentales y sirve a un propósito mayor, si bien cuenta con arcos argumentales secundarios que van cerrándose con habilidad y sentido del ritmo. Vikings no es una serie perfecta, algunos de sus personajes presentan notables aristas y tiene una producción mejorable en muchos sentidos, pero si el beneplácito del público sigue apoyándola es posible que su tercera temporada logre un nivel de calidad más que notable en todos sus apartados, apoyada en las muchas y buenas virtudes con que ya cuenta. Desde luego, su magnífica ambientación y contexto mitológico la dotan de un particular interés en el panorama de las series de televisión del momento.




jueves, 17 de abril de 2014

Los pergaminos de Melquíades (punto y final)





Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su propia ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no solo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de sus poros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujerque se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios de las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Solo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

(Gabriel García Márquez, Cien años de soledad)




(1927-2014)


domingo, 13 de abril de 2014

De justicieros y asesinos



(La madre de David Moreira, mostrando una foto de su hijo).


Leo con preocupación los sucesos de violencia reciente en Argentina, donde varios jóvenes ladrones están siendo apaleados hasta la muerte por vecinos que conocen de primera mano a los autores de las fechorías y, en estas últimas semanas, han decidido protagonizar una oleada de palizas con ánimo justiciero que terminan con el linchado en el hospital o el cementerio, según los casos.

El más grave de todos es el de David Moreira, un chico de 18 años que fue brutalmente golpeado por gente que sabía que había participado junto a otro joven en el robo de un bolso a una madre que iba de la mano de su hijo. David y su cómplice iban en motocicletas, que emplearon para escapar a toda velocidad. No contaban, sin embargo, con que fueron reconocidos y, posteriormente, identificados y golpeados hasta provocar la muerte de uno de ellos. En una escalofriante entrevista, la madre de David se pregunta, desolada, por qué motivo no se limitaron los vecinos a denunciar el robo a la policía y decidieron pasar de denunciantes a justicieros, y de ahí a asesinos. Porque ése, y no otro, es el término que cabe emplear en el caso de David, "asesinos". 

Ante la situación, la oleada política tenía que venir, como siempre, a enmarañarlo todo. La oposición argentina acusa al gobierno de no mantener una posición de fortaleza capaz de impedir semejantes situaciones. Kirchner acusa a los gobiernos regionales de hacer otro tanto de lo mismo, incapaz de poner orden en su propio cortijo. Menos mal que mientras unos y otros se tiran los platos a la cabeza para no tomar decisión alguna, uno de los deportes favoritos de todo buen político, el secretario de Seguridad, Sergio Berni, ha ordenado el envío de 2.000 policías a Rosario para combatir las drogas en las áreas más desfavorecidas. Algo es algo.

El hecho de que la inseguridad sea uno de los problemas que más preocupan ahora mismo en el país, por encima incluso de la economía, no es casualidad. Existe la sensación de que falta la autoridad competente y necesaria capaz de poner el orden necesario para que la vida pueda desarrollarse con normalidad. Y esto no es algo exclusivo de Argentina, o de Sudamérica, que parece que siempre que sale este asunto todo tiene que derivar en el supuesto salvajismo de los países allende el Ecuador, argumentario tan pobre como plagado de racismo. 

El problema que está padeciendo ahora mismo Argentina lo sufren cientos de países en todo el mundo. La cuestión es cómo el estado de derecho (de aquellos países donde lo haya, claro), es capaz de ofrecer mecanismos eficaces para atajar este tipo de situaciones. No es ya únicamente una cuestión de plagar las calles de policías hasta en los tejados para controlar que nadie mate a nadie. Ese tipo de reacciones son propias de un simplismo que va mucho más allá de la complejidad real del problema, que radica en cómo es posible que ciudadanos de a pie decidan, un buen día, convertirse en delator, juez y verdugo de quien sea por el motivo que sea.

La gravedad de la muerte de Moreira y de las palizas que han recibido los llamados motochorros (allí llaman "chorro" a los ladrones, lo del prefijo "moto-" era cuestión de tiempo) empieza por situaciones de pobreza que incitan al latrocinio, pero que continúa con ese espectáculo lamentable de masas con la creencia de que tienen la potestad para hacer juicios públicos. Cuando eso sucede están fallando todas y cada una de las instituciones y la fe que deben inspirar en los ciudadanos: los poderes económicos, los poderes políticos, los judiciales, las fuerzas de seguridad, todos sin excepción están fracasando en su intento por crear un estado de cosas sostenible en el que todos puedan participar sin sentirse excluidos, siempre desde el civismo, el sentido común y el respeto por los derechos fundamentales de cualquier persona.

Sin embargo, y no me tengo precisamente por adivino pero quizá sí por agorero, mucho me temo que nadie va a indagar en la raíz última de nada. Seguirá el desfile de platos en las alturas y de escarceos con destino trágico en los barrios desfavorecidos, y salvo que intervenga la fuerza de turno para aplacar algunos ánimos, aquí paz y después gloria. Y si no, al tiempo: a ver cuántos responden ante la justicia, esa misma que tantos están desacreditando con sus falsos ideales de potestad popular, y cumplen la condena que merecen.



P.d: Créditos de imagen: The Argentina Independent


miércoles, 9 de abril de 2014

Cinefórum (38): Noé



Todo el mundo parece coincidir en que Darren Aronofsky es un director de culto, con títulos a sus espaldas como Pi (1998), Réquiem por un sueño (2000) o la perturbadora Cisne Negro (2011), quizá su película de mayor éxito crítico hasta la fecha. Su arriesgada puesta en escena visual y su particular enfoque como director le han valido una consideración especial entre la crítica y cierta parte de un público que considera sus filmes como algo selecto, ajeno a la mediocridad imperante e incluso, hasta cierto punto, metafísico, como demostró sobradamente en La fuente de la vida (2006). Por todo ello, no pocos se quedaron perplejos con su siguiente elección, la historia del arca de Noé, que venía con todo el bombo de las superproducciones y con estrellas rutilantes como Russell Crowe, Anthony Hopkins o Emma Watson.

La perplejidad vino por varias razones. En primer lugar, nunca pareció que la historia de Noé tuviera potencial para una película de estas características. Sencillamente, no encajaba en el perfil de narración épica, más allá del momento concreto del diluvio y de alguna escena que implicase miles de animales haciendo algo especial al unísono, como así ha sido. Pero es que, además, es tan poco lo que las escrituras ofrecen de Noé, que había miedo de que el 99% de lo visto en pantalla fuera de la total invención de este buen hombre, que dice haberse documentado ampliamente con sesudos teólogos y expertos religiosos, pero que a la hora de la verdad ha demostrado una alegría para la invención que dejará a más de un seguidor católico indignado. Lo peor, no obstante, es la total y absoluta planicie narrativa y un gusto por la autocomplacencia que tiran por tierra cualquier intento de la película por mantener el barco a flote.

Noé tiene una estructura muy clara en prólogo, tres actos y epílogo, con saltos temporales y el conveniente cambio de look de Russel Crowe para que todos tengamos claros que el tiempo pasa. El problema es que hay tan poco que contar, tan poco argumento real, que la película se limita a desarrollar su "trama" a tirones de imágenes supuestamente arrebatadoras, que arrebatan muy poco más allá de la belleza de los parajes naturales de Islandia. Para tratarse de una superproducción, el diseño es un completo desastre, desde el paupérrimo vestuario y caracterización de los actores a un arca que parece una caja de zapatos (tal cual), sin olvidarnos de un mundo industrializado y apocalíptico que más bien nos retrotrae en el primer acto a Mad Max (¿?) que a un relato propiamente bíblico.

Pero donde la cinta naufraga es, precisamente, justo donde no debía: nunca, en ningún momento, uno tiene la sensación de estar viendo una película con un estilo o identidad propia. La historia avanza con un ritmo tedioso y agotador, los personajes son tan planos que uno podría hacer un picnic sobre ellos (atención especial a una familia, y a unos hijos, que era para echarlos por la borda con la primera ola). Y, por si fuera poco, los efectos especiales son un auténtico despropósito. El CGI con que están animadas las criaturas salvajes es muy evidente, lo que tira por tierra la credibilidad visual del relato. Pero es que el asunto no mejora en absoluto cuando entran en escena unas criaturas llamadas vigilantes, que a su lamentable diseño aúnan un acabado gráfico digno de una Game Boy. El arca en movimiento por los océanos, por desgracia, mantiene el mismo "nivel", lo que hace que ni siquiera el aspecto audiovisual de la cinta salve el asunto del naufragio.


Mención especial me gustaría hacer para esos montajes, tan innecesarios como pretenciosos, donde Aronofsky da rienda suelta a su "creatividad". Me refiero a las escenas en que el río avanza por la tierra o Noé relata el origen del mundo a sus queridos retoños, que está hecho a saltos bruscos de montaje con unos petardazos en la iluminación que me obligaron a retirar la vista de la pantalla en prácticamente todo el tiempo que duraron. Ya no es solo que me guste más o menos el invento, que me gusta poco: es que si un sector del público tiene que desviar la mirada de la pantalla hay una única explicación para que eso ocurra, y no se trata precisamente de hipersensibilidad ocular.

Al margen de la pobreza de la producción en líneas generales, lo más duro de asumir de la cinta es que Noé es un desastre a nivel narrativo, se mire por donde se mire. Todo en la película ocurre porque sí, porque al guionista le viene en gana ir acumulando casualidades y personajes que hablan más de la cuenta. Sus motivaciones y reflexiones sobre el sentido de la vida, el modo en que se tratan las aspiraciones de formar una familia, la infertilidad, la posición dominante del hombre en la estructura social y familiar o el empleo justificado de la violencia son sencillamente indignantes. El trabajo de guión es desastroso, y eso hace que la sala entera se venga abajo casi más en las escenas íntimas que en las desastrosas, torpes y mal rodadas escenas de acción.

Y es que sí, además de drama religioso, Noé también es una película de acción. Y mala, para ser exactos. Si la cinta de Mel Gibson antes mencionada está plagiada a más no poder en el primer acto, qué decir del segundo acto y El Señor de los Anillos: el diseño de los vigilantes y de las armaduras de los soldados enemigos hacen que la escena del asalto al barco parezca una versión chapucera de la batalla del abismo de Helm de Las dos torres, con los Ents y los Uruk Hai haciendo de las suyas. Y en medio de todos está Noé-Aragorn, repartiendo estopa a hachazo limpio y dejando bien claro que se reserva, y de qué manera, el derecho de admisión en la barca divina. De traca.

Pero si resulta tan triste ver a Noé segar vidas al final del segundo acto, lo del tercero ya es para colgarse con hilo dental. Aquí le toca el turno a El resplandor, con un Russell Crowe desatado que a cada escena que pasa se parece más a Jack Nicholson en la inmortal cinta de Kubrick. Toda la trama relativa al fin del mundo y al infanticidio-porque-sí es absolutamente lamentable, no solo por todo lo que implica, sino por la completa torpeza con que está planteada, narrada y, especialmente, resuelta. Para cuando llega el epílogo-videoclip, mi paciencia estaba del todo agotada y únicamente deseaba que pasara cuanto antes el mal trago. 

Noé es, con diferencia, una de las peores películas que he visto en mucho tiempo, y no hay palabras que hagan justicia a lo mucho que merece que se recomiende no verla. Es lenta, aburrida y está muy mal contada, y no hay nada en su producción ni en su supuesto mensaje que alcance un nivel mínimamente digno. Ni su excelente fotografía o el carisma de sus actores hace que el asunto se eleve de esa mediocridad de la que Aronofsky parecía, hasta la fecha, a salvo gracias a su estatus de director de culto. Yo lo siento, pero con esta ya he tenido bastante culto para el resto de mis días.