sábado, 21 de junio de 2014

La autoescuela de la vida



Hoy se cumplen diez años de aquella mañana. Diez años desde que encendí el motor y se me caló el coche, la primera vez desde que estaba aprendiendo a conducir y tuvo que ocurrirme justo entonces. Pese a todo, traté de no perder los nervios y comencé a circular por el centro de exámenes de la DGT hasta acceder a las inmediaciones de Móstoles.

Odiaba aquel lugar. No era nada personal, simplemente es que lo asociaba con aquellos momentos de tensión, como no había tenido ni tuve luego jamás, toda vez que me ponía al volante y escuchaba a mi espalda las primeras instrucciones del examinador (cuya voz siempre me sonaba siniestra, fría e inhumana, lógicamente). Odiaba aquel lugar, odiaba el tráfico, sus glorietas, incluso comencé a tomarle manía a aquellas personas que se me cruzaban en mi camino como si más que gente llevando su vida normal, fueran figurantes en una extraña y surrealista representación orquestada por esa siniestra organización llamada DGT.

Aprender a conducir, especialmente para gente nerviosa como el que esto escribe, resulta una tarea titánica. Es una destreza que requiere una gran concentración, estar pendiente de decenas de factores al mismo tiempo (cruces, retrovisores, posición de vehículos, peatones, líneas de carretera, señales, semáforos, luces, gasolina, indicadores de aceite, palanca de cambios, velocidad...). Sobre todo al principio, es algo que puede llegar a desbordar.

Recuerdo las sesiones de preparación de la parte práctica con auténtico sufrimiento. La tensión se me desviaba a los brazos y las piernas, de modo que cuando salía del coche tras cada clase estaba agarrotado por completo. Mi profesor solía decir, quizá porque me veía hecho un manojo de nervios, que en el fondo terminaría por disfrutar de aquello, que conducir se convertiría con el tiempo en una actividad relajante en la que llegaría a refugiarme y con la que me olvidaría de mis problemas. Yo miraba de reojo a aquel hombre como si estuviera totalmente fuera de juicio, pensando que ni en un millón de años lograría serenarme lo suficiente como para llegar siquiera a disfrutar un poco del trayecto.

Recuerdo bien la frustración posterior a cada suspenso, a cada error de bulto que hacía que la voz siniestra y fría (en mi memoria condicionada, insisto), me dijera que no estaba siquiera cualificado para continuar conduciendo o para llevar el coche de vuelta a la base de operaciones. Cada fracaso al volante fue pesando más y más, hasta aquel día en que se me caló el coche por primera vez.

Móstoles es un lugar extraño. No tiene una homogeneidad que te haga poder predecir ciertos tramos de ningún recorrido. Es todo anárquico, irregular, y aparentemente caprichoso en su señalización. Mucha gente tiene auténticos problemas para aparcar el coche; yo lo tenía entonces con la orientación. Y desde luego, la situación del examen no ayuda; hay todo tipo de estrategias para hacer que el conductor acumule fallos leves hasta el suspenso automático, partiendo de órdenes aparentemente sencillas como "cuando sea posible, gire a la derecha" en zonas donde hay dos y hasta tres calles con sentido prohibido en esa misma dirección. Cuando uno tiene la soltura de la práctica que dan los años, no hay mayor problema; cuando tiene apenas semanas de entrenamiento, es otro asunto bien diferente.

Sin embargo, aquel día el examinador debió compadecerse de mí y de mi compañera de penurias (una chica que tenía una afonía que la hacía parecer una simbiosis entre Darth Vader y el Padrino, nada menos). No nos hizo aparcar, nos llevó por una ruta bastante sencilla y para cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos aprobados. Y entonces, cuando pensaba que ya había terminado lo peor, nos bajamos del coche y mi profesor, aquel que había padecido conmigo lo que no está escrito y más, me soltó:

- Bueno, y ahora que ya tienes el carnet, a aprender a conducir de verdad, ¿eh?

Supongo que tardé más tiempo del debido en asimilar toda la sabiduría de aquel exabrupto, seguramente porque estaba igual de agarrotado o más que en mis sesiones prácticas. Lo que supongo que quiso decir aquel extraño maestro de volantes que tuve, y del que guardo un excelente recuerdo, es que a partir de entonces ya no habría nadie a mi lado para advertirme, aconsejarme, tranquilizarme o ayudarme a orientar por lugares desconocidos. (Sí, sé que existe el GPS, pero no es lo mismo). Es decir, que del mismo modo que cuando uno abandona el sistema educativo y entonces está preparado para ingresar en la escuela de la vida, algo así les sucede a los conductores no bien obtienen el codiciado permiso de conducir.

Y en esa autoescuela de la vida que llevo viviendo desde entonces me ha pasado de todo (nada que terminara en siniestro total, por fortuna). He viajado por media España, he conducido todos los posibles vehículos que me permite mi licencia y he visto lugares fabulosos. Pero lo mejor de todo es que, tal y como me vaticinó mi maestro, he llegado a disfrutar de lo lindo del placer de conducir. Ahora mismo es una de mis mayores fuentes de tranquilidad, por paradójico que resulte, y no hay tensión o estrés laboral que no curen diez o quince minutos de volante y música tranquila. Quién me lo iba a decir a mí hace diez años.





martes, 17 de junio de 2014

La serie del mes (16): Juego de Tronos



Me perdonen los lectores, pero debo ocuparme por segunda vez de Juego de tronos (la serie). La última vez se hizo un repaso somero a las dos primeras temporadas pero es ahora, tras el final de la cuarta, que pone fin a la adaptación del mejor libro de la serie (Tormenta de Espadas), cuando se puede hacer una valoración general de la serie a la altura de su ecuador (sus responsables han confirmado ya que habrá ocho temporadas). Doy por sentado que los lectores ya conocerán a los personajes y por ello no me detendré en dar datos aclaratorios, como tampoco mencionaré los nombres de los actores que les ponen rostro, para no hacer una entrada de listín telefónico.

Lo primero que hay que resaltar es el hecho, evidente para cualquier que haya seguido la serie desde sus inicios, del aumento de valores de producción. Juego de tronos ya no es una serie que escatime en gastos, como sucedía en la primera temporada. Si ahora hay que hacer una batalla climática, se hace; si hay que sacar dragones escupiendo fuego con toda su potencia, se ponen; si hay que rodar escenas con miles de extras y recrear con todo lujo de detalles una boda real en Desembarco del rey, no hay el menor problema. Ello, unido al impresionante nivel actoral, artístico y de guión de la serie que ya venían de antiguo, hace que se eleve (aún más) por encima de la media, haciendo de este producto seguramente lo mejor que hay en televisión hoy en día. No por casualidad se ha convertido ya en la serie más vista de la historia de HBO, superando a todo un coloso como Los Soprano. Casi 18 millones de espectadores han seguido la última tanda de episodios, una auténtica salvajada teniendo en cuenta que es la serie más descargada de los últimos años y que, por tanto, habría que añadir otros tantos millones más no reconocidos de formas "legales". 

La ventaja de contar con un material narrativo tan excelente como el ofrecido en Tormenta de Espadas es que da vía libre a los guionistas para abarcar el que, seguramente, es el tramo más interesante para la práctica totalidad de las tramas principales: seguimos la caída absoluta en desgracia de Tyrion (qué juicio, madre mía, qué juicio), la redención parcial de Jaime Lannister, las convulsiones relativas a bodas cuyos desenlaces es mejor no mencionar aquí y, sobre todo, el final de casi 10 personajes principales de gran interés, relevancia en las tramas y peso específico en la saga, cuya ausencia se antoja muy, muy difícil de superar (y que, de hecho, en los libros yo creo que no se llega a superar; tengamos fe en Martin).

En cualquier caso, todas y cada una de las interpretaciones están donde deben estar. Se han hecho cambios interesantes en la cuarta temporada, sustituyendo a actores como el que interpretaba a Daario Naharis, mucho más acertado y fiel al libro en su segunda elección, y los nuevos personajes en escena, como Oberyn Martell, son sencillamente sensacionales (y es que al margen de sus fenomenales salidas, el duelo de la víbora de Dorne con La Montaña es, simple y llanamente, la mejor batalla cuerpo a cuerpo de toda la serie). En realidad esto no solo es achacable a las novedades: tanto la tercera como la cuarta temporada ofrecen la posibilidad a todos los personajes de crecer (atención a Arya y a la actriz que le da vida, que va camino de convertirse en estrella, o a Brienne de Tarth, cuya intérprete estoy seguro de que va a terminar levantando trofeos por este papel). Tanto los personajes de primera como de segunda línea demuestran tener mucho más recorrido del que en un principio podríamos pensar, como les ocurre a los personaje de Tywin Lannister, Meñique, Sandor Clegane, el caballero de la cebolla y tantos otros. Una gozada.

Sin embargo, son el trío formado por Daenerys Targarien, Jon Snow y Tyrion Lannister el que tiene el mayor protagonismo, y con razón. Son los personajes más interesantes, perfilados y con carisma en un elenco ya de por sí sobresaliente. Quizá la trama de la primera se queda algo más estancada en estas dos temporadas, fruto de esa especie de cruzada por la liberación de esclavos que no hace más que retrasar su llegada a Westeros. Por su parte, Jon Snow tiene al fin la oportunidad de explorar los límites del Muro, conocer a los salvajes y protagonizar un enfrentamiento épico en el capítulo noveno de la cuarta temporada (Los vigilantes del Muro), que es sin duda uno de los mejores, más climáticos y espectaculares de cuantos se ha visto en toda la serie hasta el momento, y que supera con creces la intensidad del libro en este aspecto. 

No obstante, quizá uno de los mayores problemas de conocer el material original es que buena parte de las sorpresas, por no decir todas, quedan bastante rebajadas de intensidad. Saber cuándo van a morir según qué personajes resta intensidad a muchas escenas, especialmente porque en cuestión de diálogos de complots, intrigas y dobles sentidos a Martin hay pocos escritores que le superen. Casi todas las batallas dialécticas salen ganando en el libro, lo que sirve de contrapeso a los duelos más físicos o que requieren más carga de efectos visuales, como la primera gran aparición del dragón negro, que imagino dejaría a todo el mundo con la boca abierta.

Ha habido lugar incluso para las sorpresas, de las que por desgracia tampoco puedo decir nada, pero que sorprenderán hasta a los más acérrimos fans de los libros. El debate que generen a partir de ahí es más discutible, como alguna que otra ausencia notable al final de la cuarta temporada, pero seguro que hará la espera más llevadera hasta que se estrene la siguiente temporada. Tras varios años y la posibilidad de asentarse y afianzarse en números y presupuesto, el salto que ha pegado esta serie es para quitarse el sombrero. Me hace cierta gracia releer ahora la entrada dedicada a las primeras temporadas, cuando andaba yo preocupado por si la gente echaría de menos a Ned Stark, Khal Drogo y compañía. Sinceramente, yo ya casi ni me acuerdo de ellos.

Y es que las temporadas 3 y 4 de esta serie han elevado francamente el nivel hasta donde muy pocos sospechaban. El equipo de producción se siente cada vez más cómodo, ha encontrado una fórmula eficaz y solvente para adaptar el gran contingente de información, personajes y hechos de los libros, creando escenas memorables, como las bodas roja y púrpura, el asalto de los salvajes al muro y ese último capítulo de la cuarta temporada, que a más de uno dejará con la mandíbula desencajada. Pero no es solo espectacularidad y giros de guión: es que escenas como las del juicio de Tyrion (en realidad todo lo que hace Tyrion, para qué engañarnos), la magnífica química entre Tywin Lannister y todo aquel que se cruza en su camino o la dura, y a pesar de ello entrañable, relación entre Arya y el Perro, son capaces de remover hasta las entrañas del más pintado. 

Los creadores de Juego de tronos pueden estar más que orgullosos de su criatura. Desde 2011 es la serie más vista en Internet, la más comentada y más seguida en los foros. Despierta una expectativa enorme allá por donde va, y sus cada vez más insoportables esperas son únicamente comparables a las de los lectores de unos libros que, francamente, no sé bien cuándo podremos hincarle el diente a la sexta entrega de una franquicia que se ha convertido en el bombazo que todos deseábamos.



domingo, 15 de junio de 2014

La oración de Dante




Cuando el oscuro bosque cayó ante mí
y todos los caminos fueron descuidados,
cuando los sacerdotes del orgullo dijeron que no había otro camino
labré los lamentos de piedra.

No creía porque no podía ver
hasta que llegaste a mí en la noche.
Cuando el alba pareció perdida para siempre
me enseñaste tu amor a la luz de las estrellas.

Alza tus ojos al océano,
lanza tu alma hacia el mar.
Cuando la noche parezca eterna,
por favor, recuérdame.

Entonces la montaña surgió ante mí
desde el profundo pozo del deseo,
desde la fuente del perdón
más allá del hielo y el fuego.

Alza tus ojos al océano,
lanza tu alma hacia el mar.
Cuando la noche parezca eterna,
por favor, recuérdame.

Aunque compartamos este sendero, solitario,
qué frágil es el corazón.
Oh, da a estos pies de barro alas para volar
y rozar así el rostro de las estrellas.

Insufla vida en este débil corazón,
alza este mortal velo de miedo,
llévate estas esperanzas rotas, grabadas con lágrimas
y nos alzaremos por encima de estas preocupaciones terrenas.

Alza tus ojos al océano,
lanza tu alma hacia el mar.
Cuando la noche parezca eterna,
por favor, recuérdame.

Por favor, recuérdame…



(Traducción libre de Dante's Prayer, de Lorena McKennit
Créditos de imagen: Spiritual pathOcean sunrise)



sábado, 7 de junio de 2014

Cinefórum (39): X-Men: Días del Futuro Pasado



Si hay una franquicia que tiene todo el derecho a seguir dando la tabarra con esto del cine de súper héroes es, sin duda, X-Men. Las dos primeras entregas, dirigidas en 2000 y 2003 por Bryan Singer, dieron un auténtico revolcón a un género al que buena falta le hacía una dosis de vitalidad tras los descalabros noventeros del hombre murciélago. Divertidas, directas, plagadas de buenos efectos especiales y con un reparto sencillamente antológico que lanzó al estrellato a Hugh Jackman, Halle Berry o Ian McKellen entre muchos otros, tanto X-Men como X2 establecieron un patrón que, con mayor o menor fortuna, ha seguido después casi medio centenar de películas en poco más de una década.

Quizá víctima de su propio éxito o del abandono de Singer para hacer aquel engendro llamado Superman Returns (2006), lo cierto es que la saga de la patrulla X entró en un declive evidente con sus siguientes entregas. Tanto La decisión final (2006), tercera parte de la trilogía original, como ese extraño y fallido experimento de spin-off llamado Orígenes: Lobezno (2008), estuvieron a punto de dar al traste con la franquicia al completo. Al margen de malograr buena parte de las tramas y de las bases sentadas por las dos primeras entregas, se notó una evidente falta de frescura y de rostros nuevos, justo lo que aportó Primera Generación (2011), que nos contaba los orígenes del profesor Xavier, Magneto y Raven (o mística), tres de los personajes clave de la saga, con las más que acertadas elecciones de James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence. Todo un soplo de aire fresco que devolvió la tranquilidad a los fans y los preparó para el mega proyecto que la Marvel y la 20th Century Fox tenían reservados en el siguiente paso: nada menos que un híbrido entre las cintas originales de Singer y esta nueva etapa.

Precisamente Días del Futuro Pasado, la cinta que nos ocupa, actúa como película puente entre ambas líneas temporales. Técnicamente es una secuela de Primera generación, pero al incluir a buena parte del reparto original en papeles secundarios o cameos, nos vincula con ese inicio de la saga y se permite, además, el lujo de corregir, pulir y sanar las muchas heridas de La decisión final, resolviendo prácticamente todos los cabos sueltos que dejó la olvidable cinta de Brett Ratner: por una vez, y sin que sirva de precedente, el tema de los viajes en el tiempo está justificado, si es para deshacer semejante entuerto.

Tomando como base la saga de cómics del mismo nombre, la historia nos plantea un futuro apocalíptico en el que tanto los mutantes como el resto de la humanidad están abocados a su extinción. Únicamente Lobezno, en un viaje tan enrevesado como, por otro lado, bien resuelto, es capaz de prevenir semejante futuro ocupando el lugar de su "yo" de 1973, tratando de unir los destinos de Magneto, Xavier y Raven y de resolver los muchos asuntos pendientes que quedaron de Primera Generación. A partir de ahí, y con personajes de una y otra sagas haciendo alarde de sus muchos poderes, el espectáculo está servido.

No creo que ningún fan de la saga se sienta decepcionado con una película tan directa, reparadora y plagada de momentos épicos y guiños de humor como esta. El protagonismo coral con la base, siempre sólida, que aporta Jackman, le viene de perlas a una historia a la que quizá solo se le puede achacar un exceso de duración en su tramo final y algunas decisiones más que cuestionables acerca de ciertos personajes (como por ejemplo esos mutantes de poderes nada inspirados, que bien podrían no haber estado o el personaje de nuestro querido Tyrion Lannister, Peter Dinklage, algo desnortado entre tanto gen X). No obstante, y entiendo que esto es algo totalmente subjetivo, mi mayor "pero" está en la dirección artística, tanto en los escenarios del futuro (y en concreto, esa China de cartón piedra que ocupa buena parte de la trama futura) como, y aquí sí que duele, en los centinelas. Unos personajes tan icónicos (y tan esperados, pues a fin de cuentas no habían aparecido todavía en ninguna película) no se pueden resolver de esa manera tan pedestre, con ese diseño que les hace parecer una especie de robots-alien de andar por casa y, sobre todo, con esos penosos efectos CGI que no hay manera de creerse (algo todavía más doloroso cuando el resto de efectos sí están a la altura: es lo que tiene contratar a más de seis empresas diferentes para tal apartado). Para entendernos, es como si en Terminator fallara el diseño del robot o su ejecución técnica: nos impediría sentir la amenaza, el miedo que se supone debe inspirar este tipo de personajes, y que aquí fallan como una escopeta de feria. Menos mal que las versiones de 1973 son algo mejores, porque de lo contrario buena parte de la gracia de este rocambolesco futuro-pasado se iría al traste.

Dentro del apartado de buenas noticias hay que decir que al margen de su impecable factura técnica y sonora (vuelve el gran John Ottman a la banda sonora), Singer ha sabido compensar bien las virtudes de un reparto numeroso y lleno de actores ya consagrados que, en los casos de McKellen, Berry y Stewart no tienen los minutos que seguramente hubieran querido. En cualquier caso, este recorte de peso le viene bien a la trama, así como su lógica consecuencia: resultaba esencial devolverle a Lobezno el protagonismo que merecía tras su exclusión (lógica) de Primera Generación, así como darle más espacio al casting nuevo, con McAvoy, Fassbender y Lawrence a la cabeza. La trama entre estos jóvenes Xavier, Magneto y Raven es apasionante, mucho más de lo que dejaba entrever la trilogía original. También me parece un acierto la inclusión de Evan Peters como Quicksilver, que seguramente tiene la secuencia más espectacular y divertida de toda la película. Espero que en la siguiente entrega, ya confirmada bajo el título de X-Men: Apocalipsis, vuelva a honrar al personal con su vertiginosa presencia. 

Frente a las producciones de DC, donde siempre sus personajes clave (Batman, Superman) son héroes solitarios que deben lidiar con profundos complejos, problemas psicológicos y traumas, la fuerza de las producciones de Marvel radica en la multiplicidad de personajes, de puntos de referencia para que el espectador escoja aquel con quien más se sienta identificado. Y si bien esta película no llega, en mi opinión, al nivel de entretenimiento perfecto que es Los Vengadores, está muy por encima del resto de producciones de Marvel y, tan a la altura o mejor incluso, que aquellas dos lejanas cintas con las que Singer dio comienzo al festival de las mallas y las capas en el celuloide del nuevo milenio. 

En suma, las expectativas con Apocalipsis no podrían estar más elevadas, después del excelente sabor de boca que deja este esperado reencuentro entre una vieja guardia que recibe su merecido adiós y esa nueva a la que, entiendo, se debe añadir sí o sí para los próximos proyectos a Hugh Jackman, el auténtico personaje franquicia de Marvel (con permiso del Iron Man de Robert Downey Jr., claro).


sábado, 31 de mayo de 2014

Maléfica o la traición de Disney



Ayer tuve el infortunio de asistir al estreno de Maléfica, el enésimo intento de Disney por sacar rentabilidad de uno de sus cuentos clásicos, esta vez con la excusa de la imagen real y de una impresionante Angelina Jolie en el papel de la villana más emblemática en la larga historia de personajes malvados de la compañía. Y, en honor a la verdad, hay que decir que Jolie borda su papel y transmite toda la fuerza, la rabia y la villanía de la reina de la oscuridad en muchos momentos, si bien luego se deja arrastrar por las torpezas de una producción que hace que hasta su personaje roce el ridículo más vergonzoso en lo que, sin ningún género de dudas, considero una traición en toda regla de Disney a sus propias raíces.

El problema no es la necesidad, absurda ya de por sí, de convertir a Maléfica en la protagonista del relato. Es evidente que Jolie es la productora de la cinta y quiere tener más minutos en pantalla que el CGI, que ya es decir; en realidad, el asunto se tuerce toda vez que tanto Jolie como los guionistas han decidido convertir a Maléfica en la heroína, en la "buena", para entendernos, de la historia. Y eso no tiene ningún sentido, se mire por donde se mire.

En el imaginario de la narrativa clásica infantil y popular, el maniqueísmo es una de sus bases esenciales. El mundo de los cuentos se divide en héroes y villanos, en buenos y malos, sin espacio para las escalas de grises ni para matices de ninguna clase. Se trata de presentar a los niños una realidad polarizada que les ayude a formar estructuras morales, que les anime a orientarse todo lo posible a una de esas dos posturas, el bien, y alejarse lo más posible de conductas y acciones tan execrables como las que protagonizan los antagonistas de los relatos.

Dentro de dicho imaginario, Maléfica constituye en sí misma un capítulo digno de estudio. De todos los villanos de los cuentos clásicos, ella es por encima de cualquier otro la encarnación del mal. Sus atributos, como esa cornamenta caprina, el cuervo negro aliado o sus asombrosas metamorfosis en dragón la convierten en la perfecta versión femenina de Satán, el enemigo por excelencia de todo bien que se precie de serlo. Hay algo irreal, mágico y demoníaco en esta bruja que, precisamente por todo ello, lo hace tan atractivo como antagonista, tan fascinante y enigmático, pero sobre todo, tan lleno de pura maldad.

Sabio homenaje a este perfil era La bella durmiente, el clásico inmortal de Disney de 1959. En la cinta, Maléfica cumplía a la perfección su papel secundario, robando planos a todo aquel que osara cruzarse con ella y convirtiendo su entrada en la fiesta del nacimiento de Aurora en una de las escenas más terroríficas, crueles y desoladoras de cuantas ha ofrecido la compañía en sus más cien años largos de historia. Pero es que, además, la cinta tenía unos personajes secundarios sencillamente antológicos, como esas tres hadas (Flora, Fauna y Primavera) que eran la herramienta indispensable para que el príncipe de turno salvara la situación, dragón muerto mediante, o unos entrañables reyes Stefan y Hubert que protagonizaban junto con un simpático sirviente una de las escenas más divertidas de todo el filme. Todo ello venía coronado, además, por la extraordinaria dirección artística y por la soberbia adaptación que se hizo de la música que Tchaikovsky había compuesto para el ballet del mismo cuento, un siglo antes, y que lanzó al olimpo de la memoria colectiva ese Once upon a dream, el magnífico tema principal.


Pues bien, esta Maléfica que ayer tuve el horror de contemplar coge todas las virtudes de la película original, las envuelve para regalo y las manda bien lejos, sustituyéndolas por un totum revolutum sin sentido del orden o la proporción donde cabe hasta el menor y más absurdo de los delirios: el personaje de Maléfica es un hada la mar de rebuena (¿?) que vive en un lugar mal llamado ciénaga, ya que es algo así como una versión campy de la Pandora de Avatar plagada de bichos en desastroso CGI que nunca, jamás, dan la menor impresión de estar integrados en escena con sus compañeros de reparto reales. A ese lugar llega un campesino llamado Stefan, que inicia el inevitable y torpísimo romance con el hada, hasta que sus ambiciones malvadas le llevan a cortarle las alas (¿¿??) para así convertirse en el sucesor al trono y hacerse con el reino. Como lo oyen.

Claro, tanto sufrimiento y tanto dolor inefable llevan a la estupenda hada a convertirse en el mal absoluto. Así, de repente. Luego llega la escena del maleficio de la rueca, la única en la que el filme parece tener algo de respeto por el original, para después entrar en un declive imparable cuando presenta a unas desastrosas hadas Flora, Fauna y Primavera, unas imbéciles insoportables sin remedio que a punto están de matar a Aurora en cuanto tienen ocasión de no ser por la intervención, no se sabe por qué caprichoso misterio del desayuno del guionista, de una Maléfica que se convierte en su hada madrina (¿¿¿???); un hada madrina que, en el colmo de los colmos, rompe su propio maleficio dándole ella misma el beso de amor a la princesa (¿¿¿¿¿????). Por las propias bases que la propia historia había sentido, es del todo imposible comprender el amor materno-filial que se establece entre Maléfica y Aurora, algo a lo que evidentemente los guionistas no destinan un solo segundo a explicar, no faltaba más. 

Que después de semejante aberración aparezca entre medias de tanto desatino un Jonas Brother en forma de pseudo-príncipe, todo un títere impostado, es casi lo de menos. La trama ya se encargará luego de descarrilar ella sola en el último acto, con ese rey Stefan que más parece un demonio lleno de ira y rencor, equipado con una armadura de acero que le hace parecer el malo final de un mal videojuego y con una inevitable batalla final que destruye, dragón desastroso mediante, cualquier posibilidad de la cinta por recuperarse. Y cuando parecía que todo terminaba con el horrendo final feliz (en el que mueren cientos de hombres, por cierto), resulta que llega Lana del Rey y en los títulos de crédito destroza Once upon a dream con una versión que aniquiló, con esa voz de consumidora de setas o de alcohólica en lento proceso de recuperación, cualquier asomo que quedara de mi recuerdo de la infancia.

Y que nadie se lleve a engaño, a pesar de lo que parece anunciar el engañoso trailer: aquí de oscuridad y madurez, nada de nada; es todo más infantil que un tebeo para niños de un año, lleno de bromas absurdas y escatológicas donde únicamente algún que otro guiño de la ironía de Maléfica salva de la quema. A su lado, aquel otro intento de modernizar cuentos populares, Blancanieves y la leyenda del cazador, parece una película del mejor Kubrick.

En definitiva, mucho me temo que no hay nada, absolutamente nada por lo que merezca la pena ver esta cosa, más allá de lo bien que le sienta el maquillaje a Jolie. A nivel visual es del montón, a nivel sonoro es intrascendente y a nivel narrativo es un completo despropósito, una vuelta de tuerca del todo innecesaria que echa por tierra las muchas y buenas virtudes de ese clásico al que ya podían haber dejado dormir el sueño de los justos, porque maldita la falta que le hace a los cuentos clásicos que vengan los listillos de turno a ponerlos oscuros, tenebrosos y adultos, a jugar a ser dioses en una narrativa que ni entienden ni saben después cómo manejar. Lo peor de Maléfica no es que sea, con diferencia, la peor versión de La bella durmiente que he visto nunca, pervirtiendo y destrozando todos y cada uno de sus personajes y tramas, sino que encima me la quieran hacer pasar por un gran acierto para los niños de hoy. Más les valdría a los pobres correr y refugiarse tras algún libro de Perrault que acudir a los cines donde espera la intensa mirada (y nada más) de la siempre enigmática y maternal Angelina.


jueves, 29 de mayo de 2014

1914-2014




Que no se repita. Háganme el favor.

sábado, 24 de mayo de 2014

La serie del mes (15): Hannibal


Para todos los seguidores de Haníbal Lecter, alias "el Caníbal", la noticia de que sus habituales productores estaban a punto de hacer una serie que reelaboraría el material de las novelas originales de Thomas Harris nos resultó sin duda sorprendente, más que nada por lo inesperado del momento. Tras más de veinte años de explotación (o sobreexplotación, más bien) de la saga, muchos teníamos la sensación de que ya no quedaba absolutamente nada que contar acerca del que quizá sea el asesino más famoso en el mundo de la ficción, ya sea literaria o cinematográfica. Pero lo cierto es que estábamos equivocados. 

La idea de la familia De Laurentiis no era contar de nuevo los acontecimientos de El Dragón Rojo, El silencio de los corderos o Hannibal tal y como los conocemos, sino más bien adaptarlos a un nuevo universo, más contemporáneo, con un filtro particular sorprendente, original y fresco que su principal responsable, Bryan Fuller, pensaba que podía darse a este macabro universo. Nuevos actores, nuevos guionistas y nuevos directores serían los encargados de insuflar aires nuevos a un espacio que, francamente, olía a cerrado.

Y es que quizá con la excepción de la magnífica adaptación de El silencio de los corderos (1991), que con tanta brillantez dirigió Jonathan Demme y con tanto acierto protagonizaron Anthony Hopkins y Jodie Foster, hay que admitir que al resto de la producción cinematográfica (y literaria, si se me permite) le ha sido imposible alcanzar ese nivel de excelencia. Ni las dos películas siguientes de la supuesta trilogía, también con Hopkins en el papel principal pero mucho menos acierto en todo lo demás, como ese bodrio llamado Hannibal Rising (2007) estuvieron a la altura de lo esperado. Es cierto que tanto Hannibal (Ridley Scott, 2001) como, en menor medida, El Dragón Rojo (Bret Rattner, 2003) tenían buenos momentos, pero en ningún momento alcanzaron el poderío visual, el torrente interpretativo o la tensión del filme de Demme, lo que rebajó el entusiasmo de los fans hasta casi hacerlo desaparecer. 

Tanto los productores de la serie como Bryan Fuller sabían que lo primero de todo era encontrar a alguien capaz de hacer olvidar, aunque fuera mínimamente, a Anthony Hopkins como el calculador, metódico e inmisericorde doctor Lecter. La elección de Mads Mikkelsen fue bienvenida por la contrastada calidad del intérprete, así como por su camaleónica capacidad para enfrentarse a todo tipo de papeles. Lo que nadie esperaba es que el resultado final fuera tan espectacular: Mikkelsen se transforma en Hannibal desde su primera aparición, lo hace suyo y le aporta un toque de elegancia y frialdad aún mayor, aupado por un físico más apropiado para las escenas de acción que el de Hopkins, de quien no obstante es imposible olvidar su inmenso talento como actor. Por mucho que se esfuerza, Mikkelsen no supera la absoluta maldad que irradian los ojos del actor británico en cada escena de la celda de cristal de su primera e inolvidable película, y la extraordinaria dicción al decir las abominaciones más inimaginables. Aun así, es suficiente como para sostener la serie, aportar una gran intensidad a cada una de sus magníficas escenas y dar alas a la creatividad de los guionistas para ir siempre un paso por delante del espectador. 

Más dudas despertó Hug Dancy como Will Graham, el detective que logró capturar al asesino en las novelas de Harris. Se le conocía únicamente por apariciones esporádicas en pequeños papeles, pero hay que reconocer que su trabajo ha sido tan sobresaliente como el de su compañero de reparto: frágil y atormentado, psicológicamente inestable, brillante como nadie a la hora de colocarse en la mente de los asesinos, Dancy ha sabido crear un agente Graham muy distinto al de las novelas de Harris pero con el que el espectador es capaz de empatizar ante la inmensa amenaza del caníbal. Tan soberbio es su papel que resulta complicado establecer cuál de los dos tiene más protagonismo o importancia en una trama que ha pivotado constantemente sobre ambos a lo largo de sus dos magníficas temporadas (la cadena NBC la ha renovado por una tercera). Laurence Fishburne completa el casting principal como el agente del FBI Jack Crawford, aportando toda su solidez de primer espada, así como la habitual solvencia y calidad a la que nos tiene acostumbrados tras tantos años en el candelero.

En cualquier caso, y al margen de su excepcional reparto, Hannibal está lleno de aciertos. El diseño de producción de la serie es soberbio, así como su banda sonora, su fotografía y, muy especialmente, un apartado de montaje y efectos visuales que elevan la serie muy por encima de la media. Cada capítulo, titulado según los más exquisitos menús de la gastronomía francesa o japonesa, está plagado de secuencias memorables, de una carga poética y onírica como nunca antes se había visto en este tipo de producciones. A pesar de lo que puede parecer dado su alto contenido en sangre y vísceras, que la hacen poco apta para todo tipo de públicos, la serie cuenta con un buen gusto incuestionable a la hora de mostrar toda la carnicería. Las secuencias en que el doctor Lecter cocina tranquilamente a sus víctimas están resueltas de forma exquisita, si se me permite el juego de palabras, y la presentación de los platos, la explicación y los dobles sentidos resultan tan adecuados como ingeniosos. Todo un golpe de humor negro para una serie que se beneficia de ello enormemente, así como de una estructura que en la primera temporada tiende a lo procedimental (más o menos un caso por capítulo), donde tanto Graham como Lecter asisten al FBI en calidad de consultores, mientras que la segunda se centra plenamente en el duelo entre ambos, toda vez que el agente descubre la verdadera identidad de su enemigo.

La serie basa su fuerza en el poder de sus imágenes. El sadismo de las mutilaciones en cada asesinato parece no conocer límites y siempre consigue superar nuestras expectativas, pero todo se muestra sin regodeo, sin una atención excesiva a lo macabro. Lo interesante de los crímenes es la psicología del asesino, el estudio del "diseño" que le ha llevado a crear cada escena del crimen del mismo modo que un artista crea una obra de arte. En este sentido la fidelidad a las novelas de Harris es total, donde se hacía especial hincapié en este concepto del asesino como creador de patrones. Las secuencias en que Will se introduce en los recovecos de su mente para dar con el método empleado en cada asesinato son sencillamente antológicas, con una reconstrucción que combina la voz, la imagen y el sonido de un modo asombroso, hasta el punto de que se han convertido, junto con las visiones del propio Will, en una de las señas de identidad de la serie.

Intriga, suspense, thriller psicológico y, en menor medida, acción, son los principales ingredientes de un menú que también contempla el canibalismo, el gore o el núcleo básico de las historias de detectives como salsa y aderezo. Todo ello, claro, cocinado por la sabia mano de un chef capaz de sacar lo mejor de cada actor, de cada director y de cada secuencia. 

Y es que Bryan Fuller merece completo crédito por la creación y recreación de un universo que creíamos conocer y al que ha sabido dar nuevos aires, al mismo tiempo que ha recreado personajes como el doctor Chilton (impagable, Raúl Esparza) o ha introducido otros nuevos, como la psicóloga que interpreta Gillian Anderson con esa mezcla de misterio y contundencia, y de la que tanto esperamos en temporadas venideras. Es evidente que los desarrolladores de Hannibal tienen un plan meticuloso en mente, y de ahí la sensación que transmite la serie de que todo funciona como el mejor reloj suizo. Así, las tres primeras temporadas están destinadas a contenidos totalmente originales, por más que haya ecos ya conocidos, como Mason Verger y toda su trama de cerditos de por medio (fenomenal, por cierto, Michael Pitt como el sádico millonario). La idea de Fuller es destinar las siguientes tres temporadas a los libros de Harris, dejando una séptima y última para la resolución de toda la trama, que lógicamente no tiene correspondencia con material original alguno, ya que tanto la novela como la película Hannibal dejaba todo en el aire.

Hannibal, la serie, se ha convertido con derecho propio en una de las mejores opciones dentro del panorama de la intriga para adultos. Es inteligente, con un desarrollo sin concesiones y en absoluto movida por tendencias, audiencias o modas (la serie está totalmente financiada por sus productores, que luego la venden a NBC para que solo obtenga beneficios y no dependa del beneplácito del público), y está protagonizada por unos actores en estado de gracia. Y si hasta ahora las dos temporadas existentes han demostrado un nivel soberbio, lo cierto es que lo mejor está todavía por llegar, con la entrada en escena de personajes memorables como el Dragón Rojo o Clarice Starling. Así pues, y parafraseando al bueno del doctor Lecter, pasen al salón: la cena está servida y el vino respira en la copa. Bon appetit.


lunes, 19 de mayo de 2014

sábado, 10 de mayo de 2014

La promesa del guardián





Estoy aquí sin saber el motivo,
aguardando tu llegada cierta.
Siento la puerta del destino abierta,
y el eco de los tiempos, fugitivo.

Hay algo dentro de mí que me impele
a cuidarte y protegerte, a velar
que nada ni nadie pueda dañar
ese corazón puro que te enciele.

Ánimo en llamas por trueno y tormenta,
valor forjado en el fuego del alma,
brazo y espada que a todo amedrenta,

no me falléis en la senda sin calma,
dadme la luz en la noche violenta,
sed la victoria que todo lo ensalma.



(Créditos de imagen: www.walconvert.com)

lunes, 5 de mayo de 2014

El canon galáctico


Del mismo modo que hoy día todo y todos tienen su momento especial del año, los frikis del mundo tienen el 4 de mayo como una de sus más queridas efemérides. Todo ello se debe a que en este mes es cuando suelen congregarse todo tipo de eventos relacionados con Star Wars, a lo que contribuye un excepcional juego de palabras para reforzar tan señalada ocasión: May the 4th, en inglés, remedando el May the force be with you (que la fuerza te acompañe). Y como no podía ser menos en el cortijo del tío Lucas, las novedades de este año en el universo galáctico han sido para troncharse.

Y es que resulta que, metidos en faena con la producción del futuro Episodio VII, sus responsables, con la nueva jefa de todo Kathlen Kennedy a la cabeza, han salido a la palestra para hacer una revelación de enormes consecuencias (dentro del limitado mundo friki, entiéndase): "A partir de ahora, todo lo que no aparezca directamente en las películas oficiales de la saga no es canon dentro de Star Wars". Y se han quedado tan anchos.

Es decir, que tras décadas de soportar un bombardeo cósmico de novelas, cómics, series de televisión, especiales de Navidad, videojuegos y todo tipo de explotación comercial imaginable en torno a las películas, desentrañando con todo tipo de argucias, a cual más forzada y lamentable, los entresijos que a nadie le importaban acerca del pasado, presente y futuro de los personajes clásicos, el mal llamado universo expandido resulta que ya no vale absolutamente nada. ¿Que Han y Leia tuvieron hijos? Ya no. ¿Que Luke se casó y también tuvo su retoño correspondiente? Para nada. ¿Que el imperio tardó aún años en caer y sirvió de excusa perfecta para cien millones de lucrativas aventuras más? Ni de broma. Todo lo que no coincida exactamente con lo que las próximas películas van a contar, no es historia oficial, no cuenta, no vale, no sirve. Y punto.

Cuando yo era bastante más seguidor de Star Wars que ahora, es decir, antes de las precuelas infames, tuve la desgracia de que cayera en mis manos la primera novela de una trilogía con Han Solo como protagonista. Aquella cosa tenía como objetivo relatar las aventuras del contrabandista desde su infancia en Corellia, su paso por el ejército imperial y, finalmente, su encuentro con Chewbacca y su conversión en la figura que luego conoceríamos en las películas. Lógicamente, ni a nivel literario ni narrativo valía nada, pero al menos me entretuvo un rato. Más prudencia tuve a la hora de abstenerme de la saturación constante, y generalmente de muy dudosa calidad, que siguió después de aquello, quizá con la excepción de unos videojuegos que, muy en la línea del resto, han tocado fondos insospechados que harían sonrojar de vergüenza a más de uno y que, precisamente, tienen a Han Solo bailando una danza nada viril a lo John Travolta en plena sala de congelación en Bespin. De traca.


Digo esto porque, ciertamente, que el universo expandido haya sido borrado de la faz del canon galáctico me importa bastante poco. Más interesante me parece el modo en que toda la gente que ha ido gestionando los derechos de la franquicia se las han apañado para sacarle al personal hasta el último dólar o euro para colmar sus ansias de Star Wars, en la forma física o digital que fuera. Cuando George Lucas decidió vender los derechos de la saga para su posterior explotación comercial parecía lógico pensar que no tenía intención seria de hacer más películas en esa franja temporal, motivo por el cual no debió importarle demasiado la confusa, atropellada y llena de errores línea genética que se inicia a partir de los héroes, con hijos, nietos y tataranietos de Han, Luke y Leia, o que se inventaran desastres como clonar a un emperador que se podía reencarnar en otros cuerpos (como lo oyen), resucitar a personajes que claramente habían muerto, como Boba Fett, o cargarse a otros de las maneras más pedestres, como hacían con el pobre Chewbacca, al que sepultaba un planeta entero en no sé qué triste novela.


Kennedy justifica su decisión para no "limitar" la "creatividad" de los guionistas de los nuevos episodios. Ya. Después de conocer el reparto del Episodio VII, donde a los clásicos Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill se unen gente tan insospechada como Andy Serkis, Max von Sydow, Oscar Isaac o Domhnall Gleeson, comienzo a tener la sospecha de que esto es una máquina que va cuesta abajo y sin frenos. J.J.Abrams ya hizo un auténtico estropicio con el canon de Star Trek, con aquel embolado de universos paralelos donde un octogenario Spock aparece cuando más conviene para darnos la charla exculpatoria de turno, de modo que no me quiero ni imaginar lo que podría haber hecho de haberse mantenido el canon del universo expandido. Quizá, con buen criterio, los gerentes de Lucasfilm han decidido dar carpetazo a aquel totum revolutum y, al menos, liberar a Lawrence Kasdan para hacer un guión que no esté constreñido por clones, falsas muertes y una sucesión de personajes sin ningún tipo de interés o de carisma.

A la espera de en qué se convierte todo esto, el 4 de mayo ha traído para los aún acérrimos fans de la galaxia una de cal y otra de arena. Saber que vuelven actores tan queridos es una alegría, con la velada cautela de ver qué hacen las nuevas incorporaciones o cómo van encajando en un casting del que, sinceramente, sabemos todavía muy poco en cuanto a qué tipo de personajes nos vamos a encontrar. Por otro lado, la destrucción del universo expandido ha sido recibida con críticas en todas partes, salvo por aquellos que, como el que esto escribe, nunca le dieron valor alguno a aquel torrente de descarado comercio galáctico. Todo sea por el canon.