



















Conozco a alguien desde hace mucho tiempo, lo suficiente como para hablar de su trayectoria con una cierta perspectiva. Tiene ahora mismo 29 años y dos licenciaturas, una en Física y otra en Matemáticas, además de una tesis doctoral y una larga lista de méritos académicos que la sitúan, con facilidad, entre las primeras de su promoción.
En cualquier país del primer mundo, esta persona brillante y trabajadora no solo no tendría dificultades para encontrar un puesto adecuado a su cualificación, sino que prácticamente tendría que elegir entre diferentes ofertas porque las empresas se la estarían rifando.
No es el caso. No vivimos en cualquier país del primer mundo, sino en uno en el que, por desgracia, es cada vez más frecuente que escuchemos a la gente decir que sus hijos están trabajando en otros países porque aquí no encuentran nada. España ha dejado ser para muchos la primera opción no únicamente laboral, sino de proyección de vida.
Porque ahí está el verdadero problema. Trabajar de forma temporal es un fenómeno que no es desconocido para muchos españoles ya con una cierta edad, pero de ahí a plantearse vivir de forma definitiva en otro país supone un cambio al que muchos no están, ni tienen por qué estarlo, dispuestos a asumir.
No se trata de una cuestión de amor a la patria, ni mucho menos. Formar parte de una cultura, compartir rasgos básicos de una determinada mentalidad y cosmovisión y participar de una serie de tradiciones y ritos, por atávicos o modernos que se nos quieran pintar, no tiene nada que ver con la ceguera mental ante una bandera de colores. Esta gente de la que hablo, y en particular esta persona, se siente frustrada ante el hecho de tener que renunciar, de alguna forma, a todo ello en aras de un futuro laboral que ha terminado por determinar también su proyecto de vida, su pareja, su estabilidad, y quién sabe si también los de sus hijos que están por venir.
La experiencia que tengo en este asunto no llega, ni de lejos, a la de esta persona de la que les hablo. No obstante, también a mí se me planteó la opción, trabajando en el extranjero, de prolongar mi trabajo allí con perspectivas, quién sabe, de que el futuro a medio y largo plazo pudiera estar condicionado por esa decisión. Y no dudé. Rechacé aquella opción porque podía, porque tuve la suerte de poder escoger entre un futuro allí y otro aquí, donde están los míos, mis amigos y familia, mis conocidos y los que no lo son tanto pero con los que comparto más de lo que a veces me gustaría.
Es evidente que cualquier persona puede alcanzar una felicidad razonable viva donde viva y trabaje donde trabaje, siempre que tenga los recursos y la voluntad para adaptarse a la situación que se dé, según el caso, pero considero que la situación actual de este país es de una injusticia absoluta. No se reconoce ni se premia en absoluto el talento, no se dan suficientes oportunidades y así no es de extrañar que gente tan capacitada termine refugiándose aquí y allá, mirando en muchas ocasiones lo que ocurre en su país, ese que dejaron lejos y atrás en el tiempo, con tanta nostalgia como tristeza, mientras sus hijos crecen en otra cultura y hablan otro idioma. Sentirse extranjero a la fuerza es una penalidad por la que nadie debería atravesar, al margen de sus estudios o de la sociedad, país o mundo en el que viva.

Hoy se retira un maestro, profesor y padre, términos que para mí siempre han tenido un cierto parecido razonable. Todos ellos ejercen o enseñan ciencias o artes, todos ellos están titulados (el maestro y profesor al margen de los alumnos; el padre, a nivel complementario, se titula el mismo día que los hijos). Todos ellos, en suma, establecen su razón de ser en relación a una juventud a la que intentan sacar adelante con lo mejor de sí mismos.
En el caso del maestro, profesor y padre que se retira hoy, esa trayectoria viene de muy lejos. Viene de la Cuenca de posguerra, de la literatura y el teatro como parte esencial de la carta de racionamiento, y de un viaje a la costa de Valencia donde muy pronto el cine y de nuevo las novelas y los poemas se superpusieron a los diseños y maquetas. Luego llegarían Madrid y la Transición, ahí es nada, y poco después las primeras clases, primero en la Autónoma, luego en el Herrera Oria, más tarde en Guadalajara y por último, en Colmenar Viejo. En todos ellos dejó su impronta, una labor atenta y rigurosa, sabia y paciente, que dignificaba su profesión y la situaba donde siempre debió haber permanecido, al servicio de los que más educación necesitaban.
Este repaso es un telegrama que no da cuenta, ni de lejos, de la cantidad de alumnos que pasaron por sus aulas, promociones enteras que aprendieron, literalmente, a escribir y a leer bajo su atenta mirada, que descubrieron los entresijos del escenario o que vieron por primera vez la pantalla de un ordenador y entendieron lo que veían. Durante más de treinta años, este maestro, profesor y padre lo fue de todos ellos ante una imparable evolución de un sistema educativo que le traería no pocas decepciones y disgustos, paliados únicamente por su ánimo, inquebrantable, y el apoyo de su señora esposa, a la sazón también inquebrantable maestra, profesora y madre.
Hace algún tiempo fui a una obra de teatro en el Instituto Marqués de Santillana. Sabía, porque me habían avisado de ello, que al final le harían al profesor de teatro un homenaje por su labor al frente de esa tarea durante tantos años, y por ello no pocos alumnos ya jubilados acudirían al evento, dispuestos como yo a aplaudir ese esfuerzo y esa labor. Y conociendo al maestro, profesor y padre, sabía que les iba a costar Dios y ayuda sacarlo a recibir el aplauso y que, tímido y humilde como es, haría lo imposible para que el reconocimiento del público fuera para los alumnos, y no para él, como así ocurrió.
Menos mal que no le funcionó la estrategia. Menos mal que todo el público allí reunido, padres, alumnos, compañeros e inquebrantable esposa eran muy conscientes, como yo, de que profesores como él no son habituales y de que la pérdida era tan importante como merecido el aplauso que le daban. Y él, tímido y humilde como es, apenas aguantó unos minutos sobre el escenario antes de hacer una reverencia y hacer mutis por el foro.
Hace algunas semanas comencé a trabajar en este mismo instituto, el mismo día en que se retiraba aquel maestro, profesor y padre. Coloqué mis libros en la taquilla que antes ocupó él, y me sentí extraño mientras iba a mi primera clase, pensando en cómo habría sido la suya, tanto tiempo atrás. Y al hacerlo me encontré con una de las personas que allí trabajan, que me dijo algo acerca de él: “si todos fueran como tu padre, este sería un mundo mejor, más justo y prudente”.
Porque me perdonarán ustedes que haya reservado ese pequeño detalle para el final. Yo soy uno de los hijos de este maestro, profesor y padre que se retira hoy, y en realidad eso tampoco es del todo cierto: sólo se retira como maestro y profesor. Como padre, y me consta que él estará de acuerdo conmigo, todavía nos quedan muchos cursos por compartir. Y es que de eso, por fortuna, uno nunca se jubila.

Acabo de conocer la noticia: ETA anuncia que abandona definitivamente las armas. Así lo ha anunciado a través de un comunicado que abre un proceso de diálogo"directo” y que, por lo que parece, podría ser el final de más de cuarenta años de terrorismo salvaje en este país y parte del extranjero.
De todas las imágenes que me ha tocado vivir como espectador de este cruel y macabro circo de intereses cruzados, sin duda el episodio que más me impactó fue el de Miguel Ángel Blanco, el edil del PP vasco que fue secuestrado y brutalmente asesinado mientras todo el país permanecía en vilo ante los televisores y luego se echaba a las calles para pedir el fin del terror. Era julio de 1996 y ETA debía haber tenido ya la suficiente experiencia como para saber que episodios como ése, o el de la T4 de Barajas que tuvo lugar en 2006, no podían terminar de otra forma que no fuera con su derrota.
Porque eso es lo que significa su comunicado de hoy, una derrota. Es el fracaso de quienes pensaron que se podía coaccionar a un país entero a base de disparos y explosiones, el rotundo hundimiento de una forma de concebir la negociación social y política delirante, febril y enfermiza. Es la consecuencia lógica de años de victorias de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, en colaboración con Francia y otros países, por establecer una red que termine por asfixiar a los que asfixiaban y avergonzaban a la sociedad que decían representar. Ese comunicado es el triunfo, al fin, de la razón y de la decisión de un país que no se ha dejado vencer por el miedo.
Decía Esteban González Pons hoy, en una entrevista en TVE, que ETA sólo tenía un camino posible, a pesar de la grandilocuencia y victimismo de su retórica (también apreciable en el comunicado del final de la violencia, claro está): bajar las armas, entregarse y asumir las consecuencias de sus actos. Quizá no esté tan de acuerdo con el portavoz del PP en que la llamada conferencia de paz, donde diferentes personalidades nacionales e internacionales se han reunido para reclamar el fin de la violencia, sea en realidad un montaje para lavar la cara pública de la izquierda abertzale. No tengo tan claro como Pons que esa izquierda abertzale sea un ente homogéneo y, mucho menos, que sus integrantes sean todos terroristas. Por otra parte, gente a la que respeto tanto como Santos Juliá recuerda que ETA no ha anunciado aquí su disolución, sino que se postula como un interlocutor inevitable en la negociación que ponga fin al conflicto armado.
Juliá comparte una visión tan o más pesimista que la de Pons acerca de la conferencia y las estrategias de la izquierda abertzale, y habla de planificación calculada al milímetro. Después de los meses en que Sortu, Bildu y compañía dieron tanto de qué hablar, una de las posibles explicaciones al anuncio de hoy es que, precisamente por el éxito electoral obtenido por la izquierda vasca en esas elecciones (el 25%, el mejor resultado electoral de su historia), los partidarios de la violencia armada hayan visto que es posible otro escenario, uno en el que no se distorsionan las palabras por el estruendo de las bombas. Ojalá sea sólo así, y no haya segundas o terceras lecturas.
Lo malo de todo esto es que el anuncio nos llega en plena campaña electoral, con todo lo que ello implica. Y el menor de los males es que ya se escuchan a los voceros de los diferentes partidos políticos atribuyéndose las correspondientes medallas, como no podía ser menos. Yo, sin embargo, voy a dedicar estas últimas líneas a celebrar la puerta a la esperanza que abre este anuncio, algo inédito hasta la fecha, y a acompañar a todos y cada uno de los ciudadanos que han sufrido, directa o indirectamente, la salvaje carnicería del terrorismo.
Ya era hora de que este sinsentido terminara, aunque solo fuera por dejar en paz de una vez la memoria de todos aquellos que han perdido la vida por algo que siempre debió tratarse, única y exclusivamente, en torno a una mesa y sin pistolas que refuercen argumento alguno. Larga vida a la paz.
Aun dando la razón a todos los que consideren que los artistas de mayor éxito en la actualidad han oscurecido el brillo de los de antaño, y George Michael es un magnífico ejemplo de ello, cualquiera que estuviera anoche en el concierto de Madrid sabrá que eso no es obstáculo para que este cantante, que roza ya los cincuenta, realizara una actuación soberbia y despejara, de paso, todas las dudas sobre su estado físico o vocal.
Lo primero que a mí me sorprendió es, precisamente, la calidad de una voz que mejora, incluso, muchos de los mejores momentos de sus discos. Es un timbre poderoso y melódico, capaz de hacer levantar con su fuerza a todo el estadio o de sumirlo en una intensa y profunda emoción reflexiva cuando alcanza sus cotas más poéticas. El acompañamiento de una orquesta, aunque extraño en un primer momento, se revela como una magnífica opción que da nuevos bríos a temas clásicos del artista, como A different corner, You have been loved, Cowboys & Angels o Praying for Time.
No obstante, la base del concierto es el disco Songs from the last century, que en su momento no tuvo gira de promoción y que ahora recibe una justa recompensa. Los arreglos orquestales sirven de homenaje a Nina Simone (My baby just cares for me, Feeling good), The Police (Roxanne), Johny Mathis (Wild is the wind) o John Mercer (I remember you). Además, Michael se atreve con versiones de temas contemporáneos como Russian Roulette (Rihanna), Let her down easy (Terence Tren d’Arby) o Love is a losing game, en un sentido y acertado homenaje a la fallecida Amy Winehouse.
Aunque el nivel general del concierto fue magnífico, yo eché en falta algunas canciones: Secret love o Miss Sarajevo, del disco Songs… pero sobre todo Jesus to a child, que en su momento el propio Michael estrenó con orquesta en los MTV awards de 1994 y aquí hubiera tenido un lugar de excepción. Y aunque agradecí la inclusión de dos temas nuevos (True Faith y Where I hope you are), me resultó francamente molesto que en ambos utilizase un distorsionador de voz que le hacía parecer un robot. Si precisamente se trataba de disfrutar de su voz sin una banda o sintetizadores, el incluir este truco digital me pareció, además de erróneo, una incoherencia absoluta con el resto del concierto.
Salvando ese asunto, y con un final cada vez más animado que culminó con una divertida mezcla de temas (Amazing/I’m your man/Freedom’ 90), el concierto se cerró con una interpretación del teman instrumental Free, que cerraba el disco de Older. Me pareció significativo, aquel guiño al magnífico LP que me sirvió para introducirme en la música de un artista complejo, que dota a sus creaciones originales de una enorme calidad, talento y, sobre todo, conexiones con otros artistas y estilos en sus versiones de otros temas. Su música remite a otras músicas, invita a conocerlas y ése es, quizá, uno de sus mayores activos. Puede que George Michael ya no vuelva a ser nunca lo que fue en su momento, pero quizá eso sería, tantos años después, incluso contraproducente para él. A mí, desde luego, lo de anoche me supo a gloria y me sirvió, sobre todo, para quitarme una espina que llevaba más de quince años acumulando: poder disfrutar de esa música, su música, en un directo fantástico y rememorar todos los recuerdos asociados a ella, que no son pocos. Creo que nunca había aplaudido de un modo tan sincero el final de un concierto o deseado tanto los bises, que yo hubiera prolongado gustosamente hasta la madrugada, y me consta que no fui el único.

Ayer tuve el privilegio de asistir al concierto de una gira que está llevando a George Michael de una punta a otra del globo, el Orchestral Symphonica Tour. El Palacio de los Deportes estaba abarrotado, y aunque comenzó con retraso, el cantante supo compensar desde el primer minuto la espera con un repertorio fantástico. Fue una mezcla de sensaciones y recuerdos que hacían que, al tiempo que escuchaba cada canción, estuviera yendo y viniendo constantemente de la memoria al concierto.
Debía tener más o menos catorce años cuando compré mi primer disco. Se supone que a esa edad uno debería ir buscando ritmos y géneros que lo hagan bailar, o que estén de moda porque le gustan al resto de amigos o porque lo ha escuchado en una discoteca, qué se yo. Sin embargo, mi primera elección fue Older, el primer disco con material nuevo que George Michael lanzaba tras más de cinco años de silencio musical.
Mi primera reacción al escucharlo fue una cierta decepción, porque a excepción de Fastlove, el single más accesible para un oído adolescente como el mío, el resto era una colección de medios tiempos que iban mucho más allá del pop que lo lanzó a la fama mundial en los años 80, donde competía de tú a tú con Michael Jackson, Madonna o U2 cuando estos se encontraban en el punto álgido de sus respectivas carreras. En sus diferentes aproximaciones a cada uno de los géneros, Older se adentraba en los terrenos del R&B, jazz, soul, funk, new age y, por si no quedara claro, jugaba a reírse del pop melódico en clave de parodia en la ya citada Fastlove.
Sólo con el tiempo, y con lo que fui aprendiendo de la vida y milagros del artista, pude comprender y apreciar este disco en toda su magnitud, y así cada canción fue cobrando una dimensión cada vez mayor. Supe que el germen de muchas de estas composiciones fue el profundo dolor por la pérdida de su amante, que inspiró, entre otras, la magnífica balada Jesus to a child. La angustia por la enfermedad de su madre, que finalmente terminaría con ella solo un año después de publicado el disco, deja también su huella en las letras, que confirmaron que George Michael ya no era el compositor de estribillos pop de consumo rápido. Con más de cien millones de discos vendidos a sus espaldas sentía, con razón, que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, y por eso retó a sus fans a adentrarse en otros terrenos musicalmente mucho más apetecibles.
Older completaba su colección de singles con la canción que daba título al álbum, un desarrollo explícito de su sentimiento de madurez asociado a la edad y al dolor de las experiencias vitales que lo acompañaban, así como Spinning the wheel, donde hacía un guiño a los crooners clásicos. Star People, una corrosiva visión sobre la celebridad y You have been loved, que reincidía en el concepto de la pérdida emocional y la superación, fueron los últimos bocados de un disco que vendió más de 12 millones de copias en todo el mundo.
A partir de ahí fui siguiendo una carrera marcada, como todo el mundo sabe, por los desencuentros con la prensa, una tendencia irritante a hacer de su vida un circo mediático y, finalmente, a sus escarceos con la droga, la cárcel y el escándalo. A nivel musical fue lanzando, con cuentagotas, discos que confirmaban su nuevo giro hacia una madurez más ambiciosa, como su excelente colección de versiones en clave clásica, Songs from the last century, o Patience, donde volvía a componer tras otros seis años de silencio. Muy poco alimento, a mi juicio, para tanta leyenda.
El declive del artista parecía imparable por su desgaste físico y emocional, que lo llevó en estos últimos años a parecer una sombra de aquel gigante que en los ochenta se convirtió con discos como Faith en una estrella mundial. Quizá por todo ello, y a pesar de mis buenos recuerdos, tampoco albergaba muchas esperanzas cuando anoche se apagaron las luces del Palacio de los Deportes y comenzaron a sonar los primeros acordes.
Debían ser más o menos las tres y pico del jueves 11 de septiembre, cuando de repente la transmisión del televisor se interrumpió y aparecieron las imágenes que todos conocemos y que aún hoy, diez años después, me siguen poniendo los pelos de punta. Un avión acababa de estrellarse contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Al cabo de unos minutos vimos en directo el segundo impacto, y entonces salimos de dudas: ya no cabía hablar de accidentes, ni de casualidades. Estados Unidos estaba sufriendo el peor ataque terrorista de toda su historia.
Al principio, imagino que como tantos otros, creí que se trataba de una broma, que aquello en realidad no estaba pasando. Luego pensé que era como una película, como esas en las que los marcianos se ensañan con los monumentos del poder norteamericano, pero conforme se sucedían las explosiones, los derrumbamientos y las noticias de nuevas catástrofes en el Pentágono y en las proximidades de la Casa Blanca me convencí de que era desoladoramente real. Aquello parecía el fin del mundo.
Al margen de las inmensas nubes de humo que se alzaron sobre Nueva York, la imagen que más ha permanecido en mi retina es la de los trabajadores del World Trade Center que, en un acto de desesperación, prefirieron saltar al vacío antes que enfrentarse al fuego que estaba consumiendo las Torres Gemelas. Escuché el otro día al por entonces alcalde de la ciudad, Rudolph Giuliani, que decía que en su vida se habría imaginado que sería testigo de un horror semejante, y que lo que más le impactó era cómo todo el suelo temblaba con cada nuevo choque de los cuerpos contra el suelo, mil veces más terrible que cualquier cascote desprendido de los edificios.
Creo que tampoco soy el único que imaginó que aquello desencadenaría una tormenta de acontecimientos frenética, pero lo cierto es que no fue así. No al menos tan deprisa como pensaba. Hubo que esperar dos años para que finalmente, en marzo de 2003, el presidente Bush lanzara su injustificada y falaz operación militar contra Irak, con apoyos incondicionales como los de Reino Unido o España.
Es de sobra conocido el resultado de todo aquello, de aquellos juramentos y palabras personales en los congresos de las tres naciones por parte de sus respectivos presidentes (los de las Azores, recuerden), que luego quedaron en agua de borrajas cuando, al cabo de los años, se ha comprobado que allí no había las armas de destrucción masiva ni los vínculos con las células terroristas de Al-Qaeda que, en verdad, fueron los únicos argumentos que justificaban el ataque de las fuerzas lideradas por Estados Unidos. Y aún hoy sigue habiendo tropas por Afganistán, sin que yo tenga del todo claro por qué o hasta cuándo.
Debo reconocer que mi pérdida de fe en la política a partir de aquellos días de 2003 fue devastadora. La manera en la que España entró en la guerra, con más del 90% de la población en contra y clamando por un referéndum, y el modo tan chabacano en que se desoyeron a los que, en teoría, gobiernan con sus votos este país, me hicieron bajarme de ese fabuloso carro de la bendita democracia española y olé que nos vendieron en el colegio. Quizá por eso ya no me sorprenden las reformas exprés de la constitución ni todo lo que está pasando en otros tantos campos políticos, sociales y económicos de los últimos años.
Luego llegarían los atentados del 11-M, y aquella conferencia, otro jueves, en la que Aznar salió a afirmar ante todos que el único responsable de la matanza era ETA. Recuerdo su contundencia, su firmeza, que también repetiría en la comisión que investigó sus controvertidas declaraciones, que él seguía reafirmando contra viento y marea. Y también llegó, poco después de que Aznar tratase de convencernos a todos, aquel fatídico fin de semana electoral, del que Zapatero seguramente seguirá acordándose todavía porque ahí fue donde dijo que no nos fallaría, ese mismo fin de semana donde Telemadrid comenzó a granjearse su bien merecida fama de televisión corrompida hasta las cejas.
Políticas nacionales derivadas de las internacionales, órdenes de arriba que cumplimos los de abajo, tanto da que sea Bush o Merkel, y que determinan el rumbo de un país que pasó de televidente a recoger sus propios cadáveres sólo tres años después de aquellas nubes de humo que nos cegaron a todos. Aún viendo el otro día las imágenes podía sentir de nuevo esa sensación apocalíptica, aunque esta vez con una perspectiva algo mejor de todo lo ocurrido, con ese horripilante colofón que fue la muerte de Bin Laden, imagen del mal absoluto durante esta última década. Y sí, podemos consolarnos pensando que Bush ya no está, ni Aznar ni Blair, ni por supuesto Saddam Hussein o el propio Bin Laden. Pero en el fondo, ¿qué ha cambiado?