martes, 8 de noviembre de 2011

En todos ellos dejó su impronta


Hoy se retira un maestro, profesor y padre, términos que para mí siempre han tenido un cierto parecido razonable. Todos ellos ejercen o enseñan ciencias o artes, todos ellos están titulados (el maestro y profesor al margen de los alumnos; el padre, a nivel complementario, se titula el mismo día que los hijos). Todos ellos, en suma, establecen su razón de ser en relación a una juventud a la que intentan sacar adelante con lo mejor de sí mismos.

En el caso del maestro, profesor y padre que se retira hoy, esa trayectoria viene de muy lejos. Viene de la Cuenca de posguerra, de la literatura y el teatro como parte esencial de la carta de racionamiento, y de un viaje a la costa de Valencia donde muy pronto el cine y de nuevo las novelas y los poemas se superpusieron a los diseños y maquetas. Luego llegarían Madrid y la Transición, ahí es nada, y poco después las primeras clases, primero en la Autónoma, luego en el Herrera Oria, más tarde en Guadalajara y por último, en Colmenar Viejo. En todos ellos dejó su impronta, una labor atenta y rigurosa, sabia y paciente, que dignificaba su profesión y la situaba donde siempre debió haber permanecido, al servicio de los que más educación necesitaban.


Este repaso es un telegrama que no da cuenta, ni de lejos, de la cantidad de alumnos que pasaron por sus aulas, promociones enteras que aprendieron, literalmente, a escribir y a leer bajo su atenta mirada, que descubrieron los entresijos del escenario o que vieron por primera vez la pantalla de un ordenador y entendieron lo que veían. Durante más de treinta años, este maestro, profesor y padre lo fue de todos ellos ante una imparable evolución de un sistema educativo que le traería no pocas decepciones y disgustos, paliados únicamente por su ánimo, inquebrantable, y el apoyo de su señora esposa, a la sazón también inquebrantable maestra, profesora y madre.


Hace algún tiempo fui a una obra de teatro en el Instituto Marqués de Santillana. Sabía, porque me habían avisado de ello, que al final le harían al profesor de teatro un homenaje por su labor al frente de esa tarea durante tantos años, y por ello no pocos alumnos ya jubilados acudirían al evento, dispuestos como yo a aplaudir ese esfuerzo y esa labor. Y conociendo al maestro, profesor y padre, sabía que les iba a costar Dios y ayuda sacarlo a recibir el aplauso y que, tímido y humilde como es, haría lo imposible para que el reconocimiento del público fuera para los alumnos, y no para él, como así ocurrió.


Menos mal que no le funcionó la estrategia. Menos mal que todo el público allí reunido, padres, alumnos, compañeros e inquebrantable esposa eran muy conscientes, como yo, de que profesores como él no son habituales y de que la pérdida era tan importante como merecido el aplauso que le daban. Y él, tímido y humilde como es, apenas aguantó unos minutos sobre el escenario antes de hacer una reverencia y hacer mutis por el foro.


Hace algunas semanas comencé a trabajar en este mismo instituto, el mismo día en que se retiraba aquel maestro, profesor y padre. Coloqué mis libros en la taquilla que antes ocupó él, y me sentí extraño mientras iba a mi primera clase, pensando en cómo habría sido la suya, tanto tiempo atrás. Y al hacerlo me encontré con una de las personas que allí trabajan, que me dijo algo acerca de él: “si todos fueran como tu padre, este sería un mundo mejor, más justo y prudente”.


Porque me perdonarán ustedes que haya reservado ese pequeño detalle para el final. Yo soy uno de los hijos de este maestro, profesor y padre que se retira hoy, y en realidad eso tampoco es del todo cierto: sólo se retira como maestro y profesor. Como padre, y me consta que él estará de acuerdo conmigo, todavía nos quedan muchos cursos por compartir. Y es que de eso, por fortuna, uno nunca se jubila.

jueves, 20 de octubre de 2011

El fin de la violencia


Acabo de conocer la noticia: ETA anuncia que abandona definitivamente las armas. Así lo ha anunciado a través de un comunicado que abre un proceso de diálogo"directo” y que, por lo que parece, podría ser el final de más de cuarenta años de terrorismo salvaje en este país y parte del extranjero.


De todas las imágenes que me ha tocado vivir como espectador de este cruel y macabro circo de intereses cruzados, sin duda el episodio que más me impactó fue el de Miguel Ángel Blanco, el edil del PP vasco que fue secuestrado y brutalmente asesinado mientras todo el país permanecía en vilo ante los televisores y luego se echaba a las calles para pedir el fin del terror. Era julio de 1996 y ETA debía haber tenido ya la suficiente experiencia como para saber que episodios como ése, o el de la T4 de Barajas que tuvo lugar en 2006, no podían terminar de otra forma que no fuera con su derrota.


Porque eso es lo que significa su comunicado de hoy, una derrota. Es el fracaso de quienes pensaron que se podía coaccionar a un país entero a base de disparos y explosiones, el rotundo hundimiento de una forma de concebir la negociación social y política delirante, febril y enfermiza. Es la consecuencia lógica de años de victorias de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, en colaboración con Francia y otros países, por establecer una red que termine por asfixiar a los que asfixiaban y avergonzaban a la sociedad que decían representar. Ese comunicado es el triunfo, al fin, de la razón y de la decisión de un país que no se ha dejado vencer por el miedo.


Decía Esteban González Pons hoy, en una entrevista en TVE, que ETA sólo tenía un camino posible, a pesar de la grandilocuencia y victimismo de su retórica (también apreciable en el comunicado del final de la violencia, claro está): bajar las armas, entregarse y asumir las consecuencias de sus actos. Quizá no esté tan de acuerdo con el portavoz del PP en que la llamada conferencia de paz, donde diferentes personalidades nacionales e internacionales se han reunido para reclamar el fin de la violencia, sea en realidad un montaje para lavar la cara pública de la izquierda abertzale. No tengo tan claro como Pons que esa izquierda abertzale sea un ente homogéneo y, mucho menos, que sus integrantes sean todos terroristas. Por otra parte, gente a la que respeto tanto como Santos Juliá recuerda que ETA no ha anunciado aquí su disolución, sino que se postula como un interlocutor inevitable en la negociación que ponga fin al conflicto armado.


Juliá comparte una visión tan o más pesimista que la de Pons acerca de la conferencia y las estrategias de la izquierda abertzale, y habla de planificación calculada al milímetro. Después de los meses en que Sortu, Bildu y compañía dieron tanto de qué hablar, una de las posibles explicaciones al anuncio de hoy es que, precisamente por el éxito electoral obtenido por la izquierda vasca en esas elecciones (el 25%, el mejor resultado electoral de su historia), los partidarios de la violencia armada hayan visto que es posible otro escenario, uno en el que no se distorsionan las palabras por el estruendo de las bombas. Ojalá sea sólo así, y no haya segundas o terceras lecturas.


Lo malo de todo esto es que el anuncio nos llega en plena campaña electoral, con todo lo que ello implica. Y el menor de los males es que ya se escuchan a los voceros de los diferentes partidos políticos atribuyéndose las correspondientes medallas, como no podía ser menos. Yo, sin embargo, voy a dedicar estas últimas líneas a celebrar la puerta a la esperanza que abre este anuncio, algo inédito hasta la fecha, y a acompañar a todos y cada uno de los ciudadanos que han sufrido, directa o indirectamente, la salvaje carnicería del terrorismo.


Ya era hora de que este sinsentido terminara, aunque solo fuera por dejar en paz de una vez la memoria de todos aquellos que han perdido la vida por algo que siempre debió tratarse, única y exclusivamente, en torno a una mesa y sin pistolas que refuercen argumento alguno. Larga vida a la paz.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Star People (parte II)




Aun dando la razón a todos los que consideren que los artistas de mayor éxito en la actualidad han oscurecido el brillo de los de antaño, y George Michael es un magnífico ejemplo de ello, cualquiera que estuviera anoche en el concierto de Madrid sabrá que eso no es obstáculo para que este cantante, que roza ya los cincuenta, realizara una actuación soberbia y despejara, de paso, todas las dudas sobre su estado físico o vocal.


Lo primero que a mí me sorprendió es, precisamente, la calidad de una voz que mejora, incluso, muchos de los mejores momentos de sus discos. Es un timbre poderoso y melódico, capaz de hacer levantar con su fuerza a todo el estadio o de sumirlo en una intensa y profunda emoción reflexiva cuando alcanza sus cotas más poéticas. El acompañamiento de una orquesta, aunque extraño en un primer momento, se revela como una magnífica opción que da nuevos bríos a temas clásicos del artista, como A different corner, You have been loved, Cowboys & Angels o Praying for Time.


No obstante, la base del concierto es el disco Songs from the last century, que en su momento no tuvo gira de promoción y que ahora recibe una justa recompensa. Los arreglos orquestales sirven de homenaje a Nina Simone (My baby just cares for me, Feeling good), The Police (Roxanne), Johny Mathis (Wild is the wind) o John Mercer (I remember you). Además, Michael se atreve con versiones de temas contemporáneos como Russian Roulette (Rihanna), Let her down easy (Terence Tren d’Arby) o Love is a losing game, en un sentido y acertado homenaje a la fallecida Amy Winehouse.


Aunque el nivel general del concierto fue magnífico, yo eché en falta algunas canciones: Secret love o Miss Sarajevo, del disco Songs… pero sobre todo Jesus to a child, que en su momento el propio Michael estrenó con orquesta en los MTV awards de 1994 y aquí hubiera tenido un lugar de excepción. Y aunque agradecí la inclusión de dos temas nuevos (True Faith y Where I hope you are), me resultó francamente molesto que en ambos utilizase un distorsionador de voz que le hacía parecer un robot. Si precisamente se trataba de disfrutar de su voz sin una banda o sintetizadores, el incluir este truco digital me pareció, además de erróneo, una incoherencia absoluta con el resto del concierto.


Salvando ese asunto, y con un final cada vez más animado que culminó con una divertida mezcla de temas (Amazing/I’m your man/Freedom’ 90), el concierto se cerró con una interpretación del teman instrumental Free, que cerraba el disco de Older. Me pareció significativo, aquel guiño al magnífico LP que me sirvió para introducirme en la música de un artista complejo, que dota a sus creaciones originales de una enorme calidad, talento y, sobre todo, conexiones con otros artistas y estilos en sus versiones de otros temas. Su música remite a otras músicas, invita a conocerlas y ése es, quizá, uno de sus mayores activos. Puede que George Michael ya no vuelva a ser nunca lo que fue en su momento, pero quizá eso sería, tantos años después, incluso contraproducente para él. A mí, desde luego, lo de anoche me supo a gloria y me sirvió, sobre todo, para quitarme una espina que llevaba más de quince años acumulando: poder disfrutar de esa música, su música, en un directo fantástico y rememorar todos los recuerdos asociados a ella, que no son pocos. Creo que nunca había aplaudido de un modo tan sincero el final de un concierto o deseado tanto los bises, que yo hubiera prolongado gustosamente hasta la madrugada, y me consta que no fui el único.




Star People (parte I)


Ayer tuve el privilegio de asistir al concierto de una gira que está llevando a George Michael de una punta a otra del globo, el Orchestral Symphonica Tour. El Palacio de los Deportes estaba abarrotado, y aunque comenzó con retraso, el cantante supo compensar desde el primer minuto la espera con un repertorio fantástico. Fue una mezcla de sensaciones y recuerdos que hacían que, al tiempo que escuchaba cada canción, estuviera yendo y viniendo constantemente de la memoria al concierto.


Debía tener más o menos catorce años cuando compré mi primer disco. Se supone que a esa edad uno debería ir buscando ritmos y géneros que lo hagan bailar, o que estén de moda porque le gustan al resto de amigos o porque lo ha escuchado en una discoteca, qué se yo. Sin embargo, mi primera elección fue Older, el primer disco con material nuevo que George Michael lanzaba tras más de cinco años de silencio musical.


Mi primera reacción al escucharlo fue una cierta decepción, porque a excepción de Fastlove, el single más accesible para un oído adolescente como el mío, el resto era una colección de medios tiempos que iban mucho más allá del pop que lo lanzó a la fama mundial en los años 80, donde competía de tú a tú con Michael Jackson, Madonna o U2 cuando estos se encontraban en el punto álgido de sus respectivas carreras. En sus diferentes aproximaciones a cada uno de los géneros, Older se adentraba en los terrenos del R&B, jazz, soul, funk, new age y, por si no quedara claro, jugaba a reírse del pop melódico en clave de parodia en la ya citada Fastlove.


Sólo con el tiempo, y con lo que fui aprendiendo de la vida y milagros del artista, pude comprender y apreciar este disco en toda su magnitud, y así cada canción fue cobrando una dimensión cada vez mayor. Supe que el germen de muchas de estas composiciones fue el profundo dolor por la pérdida de su amante, que inspiró, entre otras, la magnífica balada Jesus to a child. La angustia por la enfermedad de su madre, que finalmente terminaría con ella solo un año después de publicado el disco, deja también su huella en las letras, que confirmaron que George Michael ya no era el compositor de estribillos pop de consumo rápido. Con más de cien millones de discos vendidos a sus espaldas sentía, con razón, que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, y por eso retó a sus fans a adentrarse en otros terrenos musicalmente mucho más apetecibles.


Older completaba su colección de singles con la canción que daba título al álbum, un desarrollo explícito de su sentimiento de madurez asociado a la edad y al dolor de las experiencias vitales que lo acompañaban, así como Spinning the wheel, donde hacía un guiño a los crooners clásicos. Star People, una corrosiva visión sobre la celebridad y You have been loved, que reincidía en el concepto de la pérdida emocional y la superación, fueron los últimos bocados de un disco que vendió más de 12 millones de copias en todo el mundo.


A partir de ahí fui siguiendo una carrera marcada, como todo el mundo sabe, por los desencuentros con la prensa, una tendencia irritante a hacer de su vida un circo mediático y, finalmente, a sus escarceos con la droga, la cárcel y el escándalo. A nivel musical fue lanzando, con cuentagotas, discos que confirmaban su nuevo giro hacia una madurez más ambiciosa, como su excelente colección de versiones en clave clásica, Songs from the last century, o Patience, donde volvía a componer tras otros seis años de silencio. Muy poco alimento, a mi juicio, para tanta leyenda.


El declive del artista parecía imparable por su desgaste físico y emocional, que lo llevó en estos últimos años a parecer una sombra de aquel gigante que en los ochenta se convirtió con discos como Faith en una estrella mundial. Quizá por todo ello, y a pesar de mis buenos recuerdos, tampoco albergaba muchas esperanzas cuando anoche se apagaron las luces del Palacio de los Deportes y comenzaron a sonar los primeros acordes.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Y el dragón le dio su poder y su trono...



Debían ser más o menos las tres y pico del jueves 11 de septiembre, cuando de repente la transmisión del televisor se interrumpió y aparecieron las imágenes que todos conocemos y que aún hoy, diez años después, me siguen poniendo los pelos de punta. Un avión acababa de estrellarse contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Al cabo de unos minutos vimos en directo el segundo impacto, y entonces salimos de dudas: ya no cabía hablar de accidentes, ni de casualidades. Estados Unidos estaba sufriendo el peor ataque terrorista de toda su historia.


Al principio, imagino que como tantos otros, creí que se trataba de una broma, que aquello en realidad no estaba pasando. Luego pensé que era como una película, como esas en las que los marcianos se ensañan con los monumentos del poder norteamericano, pero conforme se sucedían las explosiones, los derrumbamientos y las noticias de nuevas catástrofes en el Pentágono y en las proximidades de la Casa Blanca me convencí de que era desoladoramente real. Aquello parecía el fin del mundo.


Al margen de las inmensas nubes de humo que se alzaron sobre Nueva York, la imagen que más ha permanecido en mi retina es la de los trabajadores del World Trade Center que, en un acto de desesperación, prefirieron saltar al vacío antes que enfrentarse al fuego que estaba consumiendo las Torres Gemelas. Escuché el otro día al por entonces alcalde de la ciudad, Rudolph Giuliani, que decía que en su vida se habría imaginado que sería testigo de un horror semejante, y que lo que más le impactó era cómo todo el suelo temblaba con cada nuevo choque de los cuerpos contra el suelo, mil veces más terrible que cualquier cascote desprendido de los edificios.


Creo que tampoco soy el único que imaginó que aquello desencadenaría una tormenta de acontecimientos frenética, pero lo cierto es que no fue así. No al menos tan deprisa como pensaba. Hubo que esperar dos años para que finalmente, en marzo de 2003, el presidente Bush lanzara su injustificada y falaz operación militar contra Irak, con apoyos incondicionales como los de Reino Unido o España.


Es de sobra conocido el resultado de todo aquello, de aquellos juramentos y palabras personales en los congresos de las tres naciones por parte de sus respectivos presidentes (los de las Azores, recuerden), que luego quedaron en agua de borrajas cuando, al cabo de los años, se ha comprobado que allí no había las armas de destrucción masiva ni los vínculos con las células terroristas de Al-Qaeda que, en verdad, fueron los únicos argumentos que justificaban el ataque de las fuerzas lideradas por Estados Unidos. Y aún hoy sigue habiendo tropas por Afganistán, sin que yo tenga del todo claro por qué o hasta cuándo.


Debo reconocer que mi pérdida de fe en la política a partir de aquellos días de 2003 fue devastadora. La manera en la que España entró en la guerra, con más del 90% de la población en contra y clamando por un referéndum, y el modo tan chabacano en que se desoyeron a los que, en teoría, gobiernan con sus votos este país, me hicieron bajarme de ese fabuloso carro de la bendita democracia española y olé que nos vendieron en el colegio. Quizá por eso ya no me sorprenden las reformas exprés de la constitución ni todo lo que está pasando en otros tantos campos políticos, sociales y económicos de los últimos años.


Luego llegarían los atentados del 11-M, y aquella conferencia, otro jueves, en la que Aznar salió a afirmar ante todos que el único responsable de la matanza era ETA. Recuerdo su contundencia, su firmeza, que también repetiría en la comisión que investigó sus controvertidas declaraciones, que él seguía reafirmando contra viento y marea. Y también llegó, poco después de que Aznar tratase de convencernos a todos, aquel fatídico fin de semana electoral, del que Zapatero seguramente seguirá acordándose todavía porque ahí fue donde dijo que no nos fallaría, ese mismo fin de semana donde Telemadrid comenzó a granjearse su bien merecida fama de televisión corrompida hasta las cejas.


Políticas nacionales derivadas de las internacionales, órdenes de arriba que cumplimos los de abajo, tanto da que sea Bush o Merkel, y que determinan el rumbo de un país que pasó de televidente a recoger sus propios cadáveres sólo tres años después de aquellas nubes de humo que nos cegaron a todos. Aún viendo el otro día las imágenes podía sentir de nuevo esa sensación apocalíptica, aunque esta vez con una perspectiva algo mejor de todo lo ocurrido, con ese horripilante colofón que fue la muerte de Bin Laden, imagen del mal absoluto durante esta última década. Y sí, podemos consolarnos pensando que Bush ya no está, ni Aznar ni Blair, ni por supuesto Saddam Hussein o el propio Bin Laden. Pero en el fondo, ¿qué ha cambiado?



jueves, 1 de septiembre de 2011

La destrucción del sistema educativo



Me había prometido no escribir sobre este asunto para no enrabietarme aún más con todo lo que está sucediendo en los prolegómenos del curso escolar 2011-2012, pero ya no lo soporto. Después de varios días de cartas perversas, declaraciones falsas y una calculadísima y orquestada campaña de desprestigio a la profesión que vengo desarrollando desde hace unos años, la docencia, no soporto más un silencio que hace más fuertes a los denostadores.

El procedimiento en realidad no es nuevo, ni es exclusivo del Partido Popular. Ocurrió hace un tiempo con los médicos y, no hace mucho, con los controladores aéreos, y se reduce básicamente a que en lugar de entrar en el debate de ideas y llegar a acuerdos, aparece el político de turno y suelta lo siguiente:

1) El colectivo X (póngase aquí el que esté de moda) posee unos privilegios indecentes (sueldo desorbitado, vacaciones monárquicas, trabajo de por vida, etc…), acompañado de la siempre hiriente coletilla de “más aún en tiempos en que cinco millones de españoles están en el paro”. Sus quejas, por tanto, no proceden.

2) Por lo tanto, este nuestro gobierno (nacional, autonómico, qué más da), en profunda solidaridad con el pueblo español, que al igual que los políticos se deja el sudor de su frente día a día en su trabajo (en el Congreso o los parlamentos autonómicos, qué más da), y que al igual que la clase política goza de su mismo sistema de pensiones y de retribuciones mensuales, va a tomar profundas medidas de cambio.

3) Estas medidas son para el bien cósmico y universal, y sólo perjudican a esas clases privilegiadas que ya era hora de que recibieran su merecido, porque esto era un clamor popular. No se me preocupen las familias, que en ellas, y solo en ellas y sus bolsillos, estamos pensando.


Apliquémoslo ahora al caso de la educación. Los medios de comunicación conservadores han desatado una ola de titulares entre los que destaca ese prodigio que ha llevado a cabo hoy El Mundo: “Amenazan con la huelga por tener que trabajar 20 horas”.


La perversidad de este argumento es sencillamente deliciosa. Viene a decir algo así como que es de público conocimiento que los profesores son unos vagos redomados, que apenas llegaban a 18 horas de trabajo semanales (y eso los que llegaban, con suerte, a las 18), y que en cuanto toca el timbre salen corriendo antes que los alumnos para llegar a sus casas a rascarse los respetables. Los profesores, siguiendo con esta fabulosa línea de “pensamiento”, son los culpables directos de todos los males del mundo (con perdón y permiso del actual presidente del gobierno): por culpa de ellos nuestros alumnos no tienen ni idea de nada y estamos en las antípodas del conocimiento general; por culpa de los profesores hay un 30% de abandono escolar (o más, según las áreas), por culpa de ellos, en definitiva, las promociones de estudiantes van llegando cada vez peor preparadas a un mercado laboral que luego tiene que hacer encaje de bolillos para sacar algo de petróleo de semejante solar de sabiduría. Todo esto, en un país, recordemos, de más de cinco millones de parados y donde el resto trabaja de sol a sol, (con la clase política a la cabeza, no faltaba más), es sangrante y hay que cortarlo de raíz lo antes posible, porque ahorramos la friolera de 80 millones de euros, ahí es nada.

Lucía Figar, paladín de semejante retórica, remata casi todas sus intervenciones, a cual más delirante, con otras dos coletillas magníficas: la primera es que los profesores tienen el puesto de trabajo asegurado y están, (ojo al dato), al margen de crisis y quiebras nacionales o internacionales; la segunda es que, por si todo esto fuera poco, llegan de disfrutar de dos meses de tranquilas y relajantes vacaciones a costa del sufrimiento del resto de la población. Ahí queda eso.

Es posible, leyendo todo esto, que yo haya soñado mi curso pasado. Es posible que haya soñado que, además de mis 18 horas semanales lectivas yo sumaba otras 12 en forma de guardias, horas de atención a padres, tutorías, reuniones de departamento, reuniones de tutores por niveles y claustros. Es posible que haya soñado que cuando llegaba a casa, con la cabeza bien despejada tras tratar con las hormonas revueltas en sus pupitres, las clases que yo daba las preparaba previamente, lo cual incluye material de trabajo, lecturas y una extensa documentación sobre los asuntos que trato y en los que procuro, quizá soñando también, mantenerme actualizado y profundizar en aquello que aún desconozco y deseo que otros conozcan. Es posible que fuera fruto de mi imaginación las incontables horas que he pasado corrigiendo, todas y cada una de las semanas del curso, los comentarios de texto de mis alumnos, sus trabajos de evaluación y sus exámenes. Es posible que aquellos cientos y cientos de correcciones hayan llegado a mi memoria por ciencia infusa, y que alguna que otra noche de no pegar ojo para llegar a tiempo de meter todas las notas a su hora también la haya imaginado, como implícitamente señala Figar. También habré soñado los cursos de formación y los de la fase de prácticas, que me tuvieron embelesado semana tras semana para poder completar los créditos que me permiten mejorar mi retribución, y lo que es indudable es que he soñado esos días que necesité para reponerme, más mental que físicamente, de unos finales de curso sencillamente extenuantes.

Puede, sin embargo, que tenga la conciencia clara y limpia de que todo esto fue, es y será verdad en este y los cursos que vengan por delante. Puede que además de todo esto, haya un problema aún mayor que el que, en efecto, supone que dé dos clases más por semana. Porque puede que el colectivo de profesores esté protestando por un sistema de recortes que afecta, principalmente, a los alumnos, algo que (oh, casualidades de la vida) sólo algún que otro medio de comunicación se ha atrevido a mencionar.

Porque el curso que empieza ahora contará con aulas masificadas, de treinta y tantos alumnos para arriba (el tope es 40, cuidado) donde antes había cursos de entre 18 y 20 alumnos, en el mejor de los casos. El curso que viene empezará sin desdobles en asignaturas tan esenciales como matemáticas y los idiomas (español, francés, inglés…), y desde luego lo hará sin horario para clases de refuerzo, sin aulas de atención individual y, en el colmo de los colmos, lo habría hecho también sin horario de tutorías de no haber rectificado Figar a última hora, y de un modo bastante retorcido, todo hay que decirlo. Es decir, el recorte de plantilla supone un recorte en los recursos y estrategias educativos, y eso nadie lo dice.

Y aquí no pierdo yo por trabajar dos horas más, señoras Aguirre y Figar, aquí perdemos todos. Perdemos los profesionales que aún creemos que este sistema merece la pena el esfuerzo, sí, pero sobre todo pierden todos y cada uno de los españoles, y no sólo me refiero a los alumnos, familias y empresas, sino a todos los ciudadanos de un país que año tras año verán desfilar promoción tras promoción de estudiantes almacenados, literalmente, en aulas donde a lo último que se va es a aprender nada porque va a ser imposible que ahí se pueda realizar labor educativa alguna. Pero eso sí, las lideresas educativas nos conceden la gracia de dos pizarras digitales por curso, porque la tijera la metemos no en los detalles, que es lo que luce mejor, sino en lo esencial, en donde más nos duele a todos y parece que sólo unos cuantos son capaces de ver.

Si el ahorro supone dinamitar los cimientos del sistema educativo, pilar fundamental de toda sociedad que se precie de serlo, dejando en la calle a miles de profesores interinos gracias a los cuales este barco a la deriva aún flotaba y al resto de los que allí seguimos contando las horas para su total degradación, entonces reciban mi más sincera enhorabuena: lo han conseguido y encima están recibiendo por todo ello un aplauso unánime y, faltaba más, bien merecido.

lunes, 29 de agosto de 2011

Pontificando sin autoridad.




Documentándome para la entrada anterior sobre la novela Némesis tuve el infortunio de dar a parar en una revista digital llamada “El lector perdido”. Leo la entrada que sobre la novela de Roth hace una tal Silvia Bardelás y me quedo espeluznado ante un texto infame en el que esta buena mujer se dedica a despedazar el texto de Roth empleando argumentos, a mi juicio, absolutamente inválidos.


No le habría dado mayor importancia porque, como es el caso de este mismo blog, la red está llena de páginas donde la gente habla de lo humano y lo divino, a veces con más tino que otras y, en la mayoría de las ocasiones, sin la autoridad ni el conocimiento necesario para hacer tales afirmaciones. Pero hete aquí que descubro que esta señora es profesora de literatura creativa y, para mayor sorpresa, escritora. Y aquí es cuando ciertas afirmaciones, más por el posible impacto que puedan tener en sus posibles alumnos/lectores que por lo que demuestran de su conocimiento de la materia, provocan cierto escozor en el que esto escribe. Pero vayamos a su texto, que no tiene desperdicio.


Comienza la señora Bardelás por la parte negativa que ella considera que tiene la novela. Según ella, leyendo la obra se puede “ver” al autor “construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar”. Ello le permite llegar a una primera pontificación, según la cual no entiende cómo se ha encumbrado a Roth como autor universal.


No puedo estar más en desacuerdo con estas afirmaciones. Para mí Némesis es una novela perfectamente construida, y yo al leerla no veo a Roth haciendo nada, sino que, antes al contrario, me dejo llevar por una trama calculada al milímetro, una narrativa consciente y profesional como prueba su contundente final, que ata los cabos con una precisión escalofriante. No puedo estar tampoco de acuerdo en que el discurso es excesivo. Antes al contrario, es un libro breve, conciso y sobrio. Tampoco es cierto que el diálogo “informe”. El diálogo reproduce las palabras de los personajes, recrea ante nosotros la situación comunicativa y da vida a los personajes a través de sus palabras, pero no “informa”. De eso ya se encarga el narrador, aunque de eso nos ocuparemos luego. En cuanto a si Roth merece figurar o no en el panteón literario me parece una valoración absurda y, me temo, motivada por envidias y miserias propias de la profesión.


Sigue Bardelás con otra afirmación que es de juzgado de guardia: “Es una novela, quiero decir con esto que no es narrativa”. ¿CÓMO? ¿Cómo que una novela no es narrativa? ¿Qué es entonces? ¿Teatro? ¿Poesía? Válgame el cielo, que a estas alturas haga falta ir al diccionario de la Real Academia para descubrir que, (oh, sorpresa), la narrativa es un “género literario constituido por la novela, la novela corta y el cuento”. Es decir, que tanto una novela, como una novela corta y un cuento SON narrativa porque es el género al que pertenecen.


Sigue después afirmando que la novela “no está escrita en primera persona”, lo cual es falso porque sí hay un narrador que alterna la primera con la tercera persona, con no pocas alusiones al “yo” incluso dentro de la parte en que tiene menor papel, el primer acto. Pero es que Bardelás lo remata aseverando que el narrador “es un instrumento de suspense y cierre que sobra completamente en la historia". Esta es una interpretación totalmente injustificada por su parte. A mí me parece que el papel que el narrador/alumno desempeña es fundamental porque justifica el estilo, construcción y sobriedad de la novela; la novela misma es el narrador y su forma de narrar los hechos. Además, sin narrador no habría novela: Bucky Cantor no puede contar por escrito lo que ha sucedido porque precisamente vive instalado en el silencio a causa de la culpa, y es únicamente a raíz de su encuentro con el alumno, y por los vínculos que la novela detalla, cuando Cantor se deja vencer y comienza su confesión que sirve de base al relato. En mi opinión, decir que el narrador sobra es no entender una sola palabra de la construcción de la novela, algo especialmente grave viniendo de una escritora y profesora de escritura.


Para rematar la faena y recibir los vítores del respetable, Bardelás se contradice de manera flagrante cuando, al hablar pomposa y retóricamente sobre la “cadena humana” y la vida y la muerte, nos espeta que “la novela vive de esa cadena, la narrativa juega a que no existe…” Pero a ver, ¿en qué quedamos? ¿No había dicho que no era narrativa? ¿Ahora sí? ¿Es novela o narrativa, es ambas o ninguna de las dos? Busquen ustedes la lógica, si pueden.


Y es que estas son las consecuencias de pontificar cuando no se tiene autoridad para hacerlo. Me perdonen los fans de "El lector perdido", pero a mí me parece absolutamente vergonzoso que una persona que, supuestamente, se dedica de manera profesional a la literatura haga aseveraciones que demuestran tan pocos conocimientos sobre la materia. Se puede discutir si la interpretación de una novela es una u otra, pero hay aspectos teóricos básicos que esta mujer o no conoce o sencillamente no entiende, y que condicionan una perspectiva errónea, sesgada y plagada de afirmaciones a la ligera que no creo que sean el mejor ejemplo para que otras personas aprendan a leer, escribir o lo que quiera que sea que enseñe esta señora.


Némesis




Acabo de terminar de leer Némesis, la última novela de Philip Roth, un autor al que previamente sólo conocía por alguna que otra adaptación cinematográfica de otras obras suyas, como La mancha humana.


En lo que respecta al argumento y a su desarrollo, no estamos ante una obra de fácil “digestión”. Una epidemia de polio en el verano de 1944, en Nueva Jersey, sirve a Roth como trasfondo de una trama en la que se entrelazan los sueños de una serie de personajes que, al calor de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, velan armas en la aparente seguridad del otro lado del frente. Dicha seguridad se ve quebrada por la epidemia, en un momento de incertidumbre y desconocimiento que llevó a miles de personas, especialmente niños, a la silla de ruedas o –peor aún– a la muerte.


La obra está dividida en tres actos y protagonizada por Bucky Cantor, joven director de la escuela de verano de uno de los barrios más castigados por la epidemia. La psicología de este personaje resulta fundamental al proporcionar las claves esenciales de los diferentes niveles de lectura del texto. Su ascendencia judía, su orfandad, una infancia marcada por la disciplina y estoicismo inculcados por su abuelo y una serie de taras –vista deficiente, complexión pequeña- marcan a un personaje obsesionado por la superación física, que de pronto se ve inmerso en una espiral de muerte infantil de la que no sabe cómo escapar.


La novela está narrada por un superviviente de aquellos años, un antiguo alumno de Cantor que rememora aquellos hechos tras una entrevista que tiene lugar muchos años después. Es un falso narrador omnisciente, que en realidad reconstruye los diálogos y situaciones a partir del relato de su profesor, y ello permite a la obra despojarse de toda carga de sentimentalismo o melancolía. Esta distancia se observa en una narración objetiva, concisa y ceñida a los hechos, que sólo en contadas ocasiones se permite ciertas concesiones literarias como ocurre, por ejemplo, en la recreación de los paisajes de las montañas Poconos, marco del segundo acto.


Este estilo, con la intencionada ambivalencia de la primera y tercera persona y una sobriedad que recuerda a la de Truman Capote en A sangre fría resultan recursos muy efectivos en manos de Roth, que sabe dosificar los puntos de giro y las breves digresiones sobre el pasado de los personajes para dotar al relato de un equilibrio poco habitual, pero en cualquier caso gratificante y pleno de posibilidades.


Por supuesto, las cuestiones religiosas marcan profundamente el relato, pero Roth acierta al establecer el perspectivismo que aporta el narrador, ya al final de la obra, y que sirve de contrapeso al punto de vista de Cantor. La espinosa cuestión moral que podría haber arruinado el final se convierte en un debate sin moraleja, demoledor por los efectos que provoca en la trama pero, por suerte, tan aséptica en su impacto sobre el lector como la propia retórica de una obra magistral.


La novela es soberbia desde el principio hasta el final, está construida con la precisión de un arquitecto y con unos materiales de primer orden, a lo que hay que añadir una extensión totalmente adecuada. Es posible que no sea la lectura de verano que uno espera que se le recomiende, por lo duro del tema que trata, pero es un auténtico ejemplo de cómo hacer una novela con mimbres en apariencia sencillos que sólo escritores de esta categoría son capaces de elaborar.


viernes, 19 de agosto de 2011

Leyenda revisitada (parte II)

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Centrándonos ya en el juego, este análisis debería responder a varias cuestiones importantes y dejar a un lado emotividades y nostalgias, que en definitiva no van a ningún lado. Vamos con la primera duda que, por lo menos a mí, me asaltó nada más conocer la noticia. ¿Merece la pena comprar un juego, 13 años después de su lanzamiento, que ha sido reeditado y que se encuentra disponible a través de internet, parches en ordenadores y un larguísimo etcétera?

La respuesta es un contundente “sí”. Es cierto que, en esencia, el juego es el mismo. Cualquiera que haya jugado a Ocarina of Time en su versión de Nintendo 64 no va a encontrarse ni UNA sola sorpresa en su modo de juego principal, al menos en lo que al sistema de juego y objetos se refiere. Todo está exactamente igual que como lo recordamos, y los personajes nos van a decir lo mismo (aunque esta vez en perfecto castellano, cuidado). Y esto, de entrada, puede suponer una pequeña decepción para los jugadores más veteranos, pero no debemos olvidar que este juego va dirigido a conquistar a una nueva generación de jóvenes jugones (y quizá eso explicaría lo de la repetitividad de la saga, que comentamos anteriormente).

Ahora bien, como se puede apreciar en las imágenes de la entrada, la diferencia técnica es más que notable, sobresaliente. Yo pensaba que Ocarina of Time era un prodigio técnico hasta que, como señalaba anteriormente, puse el disco extra en mi gamecube y me dieron ganas de llorar. ¿Por qué mi memoria había borrado aquellos efectos gráficos tan pobres, esos polígonos tan simplotes, esa paleta de colores tan oscura?

La versión de 3DS corrige, mejora y aumenta todos los desfases técnicos entre 1998 y 2011, completando un apartado técnico que, ahora sí, da lo que promete. Ya no hay más gráficos prerrenderizados en habitaciones o determinados escenarios del juego: aquí la cámara en tres dimensiones lo envuelve todo. Ya se acabó ese Link paupérrimo, tanto en su versión infantil como adulta: ahora su pelo parece pelo y no un casco, y sus expresiones son más creíbles. Todo en el juego luce de una manera espectacular, con atención especial al mercado de Hyrule, que ahora no parece en ruinas, y al interior de tiendas, casas e interiores, como el rancho Lon-Lon, que da gusto verlo y está lleno de detalles microscópicos (atención a los pósters y cuadros de las paredes, llenos de secretos).
El remozado gráfico es tan apabullante que, por un momento, bloquea la vista. Y no me refiero al efecto en 3-D, que es una barbaridad y hace que el juego sea sencillamente asombroso, con mención honorífica para la vista en primera persona: al mover la consola ésta imita los movimientos de la cabeza del personaje, como si pudiéramos “ver” lo que él ve en espacio y tiempo real: es sencillamente genial.

Más cambios: en la anterior versión había situaciones especialmente fastidiosas, como el cambio de equipación (trajes, armas, las p…. botas de hierro en el “dichoso” templo del agua). Bueno, pues todo eso se olvida de golpe y porrazo gracias a la pantalla táctil, que elimina toda molesta señal de la pantalla de juego, que queda diáfana, para dejar los menús en la pantalla de abajo, donde con un simple toque del puntero o del dedo pasamos a ver a Link equipado como queramos, así como consultar los mapas o el estado de la búsqueda. Ahora es todo más fácil, más intuitivo, más cómodo.

.Seguimos con las correcciones: yo por lo menos extrañaba luchar contra los jefes finales una vez vencidos, porque son los momentos más divertidos del juego. En la anterior versión sólo te podías enfrentar a ellos una vez, y si querías volver a hacerlo habías de empezar otra partida (y eso, en un juego de más de 50 horas de duración, es mucho decir). Bueno, pues dicho y hecho: ahora hay un modo “jefe”, donde puedes enfrentarte a ellos en serie o por separado. (Por cierto, yo el modo en serie del Master Quest todavía no lo he conseguido, porque tiene una dificultad extrema y te matan simplemente con tocarte una vez: nunca el dragón del templo del fuego había despertado tanto odio en mi interior...).
Y hablando de dificultad, el plato fuerte. Si la experiencia en el modo normal es grandiosa, qué decir del Master Quest. Ahora esto sí es apetecible porque, al margen del salto técnico, todo lo que aparece en el juego está invertido gracias al famoso modo espejo, que hace que los que nos conocíamos el mapa anterior hasta el dedillo ahora nos volvamos locos con las referencias cambiadas. Eso, y la nueva distribución y mayor número y variedad de enemigos en las mazmorras, además del doble de daño causado, aporta un plus de interés para el que creía que ya lo había visto todo. Una gozada.

Cualquiera que se enfrente a este juego, ya por fin sin el lastre del prejuicio por el desfase técnico, y no sea capaz de disfrutarlo y de rendirse a sus pies, tiene un serio problema que consultar con su médico. Yo llevo todo el verano jugando y hasta hoy, que he completado ambos modos al 100%, no he podido parar. Y mira que me lo habré pasado veces (y las que me quedan)…

Zelda: Ocarina of Time 3D ha hecho algo que parecía imposible: mejorar una leyenda, hacer que parezca que siempre tuvo que ser de este modo, y no de otro. No se trata de una simple conversión, es LA conversión de un clásico antiguo en un clásico moderno porque va más allá del fabuloso apartado técnico, y mejora unas prestaciones de jugabilidad que ya en su momento parecían inigualables. No hay ahora mismo nada semejante en el mercado, y supone la consagración definitiva de un título que deja en paños menores (ahora sí) a todos sus sucesores, legítimos o no, que seguirán otros 13 años intentando emular una fórmula simplemente irrepetible.


Leyenda revisitada (parte I)

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Debo reconocer que me tomé la decisión de Nintendo de relanzar su célebre Zelda: Ocarina of Time para la (por entonces) flamante 3DS con cierto escepticismo. Para empezar, no me gusta nada cómo se ha gestionado la saga desde entonces (con unos más que discutibles dos títulos grandes, Wind Waker (2003) y Twilight Princess (2006), acompañados de media docena de títulos menores), porque todos estos juegos beben de un modo descarado de los aciertos de su progenitor, y estiran hasta lo insoportable las tramas y situaciones, tremendamente repetitivas, en un follón espacio-temporal donde las precuelas y secuelas se suceden sin ton ni son pero eso sí, siempre tomando OOT como punto de referencia.

Vaya por delante que soy muy consciente de que Ocarina of Time no es, ni mucho menos, el primero de los Zeldas. Cuando se estrenó, allá por 1998, ya antes se habían lanzado nada menos que tres juegos para las plataformas grandes (Zelda 1 y 2 para NES, y Zelda: A Link to the Past, para la Super Nes), más otro para la ya extinta consola portátil Gameboy. Digo esto porque, después de haberlos jugado, me llevé una soberana decepción al ver que no pocas situaciones, razas aliadas, enemigos, melodías y hasta efectos de sonido se repetían en Ocarina of Time de un modo muy similar a sus predecesores.

.En cualquier caso, las sensaciones al jugar los juegos de 8 y 16 bits, en comparación con el de 64, son muy diferentes: sencillamente no hay color. Ocarina of Time representó un abismo de tales dimensiones con todo lo visto (pero sobre todo jugado) hasta entonces que el cotejo da risa. No ocurre así con las hermanas de 128 y 256 bits, que aunque en teoría deberían representar toda una revolución respecto de su hermana pequeña, a mí al menos me han transmitido en todo momento las mismas sensaciones en cuanto a diversión y jugabilidad, pero con la diferencia de que tenía la impresión, molesta y persistente, de que estaba jugando al mismo juego con diferente envoltorio. Si a eso se le suma que, en mi opinión, estamos hablando de juegos muy inferiores en historia, desarrollo e innovación, el resultado es ciertamente peor.

Con estos antecedentes, es necesario hacer referencia a Wind Waker. En otro gesto más de sumisión a la obra maestra, Nintendo vendió aquel juego con un disco extra que contenía Ocarina of Time, igualito que en 64 bits, y una versión alterada llamada Master Quest. Tengo la suerte de tener una de esas copias, pero debo admitir que fui incapaz, allá en 2003, de completar una sola mazmorra. El dolor de ojos ante el desfase técnico era inaguantable, y hay que reconocer que las versiones posteriores de Zelda mejoraron la cámara y ciertos efectos que hacen mucho más suave el control, algo que se nota, y mucho, jugando al juego que muchos consideran el mejor de la historia.

Ahí estaba precisamente mi mayor miedo. Lo que fue un bombazo en 1998 no tenía por qué serlo en 2011. King Kong (1933) cambió para siempre los efectos especiales, pero si lo vemos ahora nos parece una broma o un mal chiste. Como éste hay mil ejemplos, pero a mí me habría dolido especialmente que algo así ocurriera con un juego que, al margen de ránkings históricos y demás tonterías, dejó un sabor de boca inmejorable en jugadores de todo el mundo. ¿Y si, en el fondo, era lo mismo que la edición especial que acompañaba a Wind Waker o incluso peor?

No hay que olvidar que Nintendo, de un modo bastante incomprensible, ha fiado todas sus bazas iniciales del éxito de su nueva portátil a un juego que cuenta ya con 13 primaveras a sus espaldas y eso, dentro de un mundo tan cambiante y vertiginoso como el de los videojuegos, equivale a decir que procede del pleistoceno. Su consola salió (y lleva) desde marzo sin prácticamente ningún juego relevante, desde luego no de la propia compañía, y de momento (y salvo que las Navidades digan lo contrario), su catálogo se hundirá en una mediocridad que sólo ciertos remakes como el de Zelda o el de Starfox 64, otra joyita de la corona, parecen en (cuestionables) condiciones de evitar.



Terminaremos este primer apartado de previos señalando algo que es de justicia: cada nueva noticia, imagen o novedad en forma de vídeo que Nintendo iba dejando caer a mí, por lo menos, me ponía los dientes largos, y una parte de mí me animaba a presagiar algo realmente grande. En cualquier caso, mis temores estaban más que fundados, y sólo se resolvieron al comprar finalmente el cartucho y darle al botón de “on”.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Todos los recuerdos fueron buenos (parte II)







Apenas dos semanas después de la despedida de Akela, me tocó a mí el turno de hacer lo propio con el que durante los últimos siete años ha sido algo así como un segundo hogar y una familia para mí, el grupo Scout Antártida 621 de Colmenar Viejo.

Era una tarde calurosa de finales de julio, con todo el mundo dispuesto para empezar la ceremonia de pases. Suele ser el momento más especial del campamento, ya que muchos chavales cambian de sección y están tan nerviosos como apenados por aquellos amigos, a veces hermanos, que dejan atrás. Eso hace que todos tengan las emociones a flor de piel, y que más de uno y más de dos dejen escapar alguna que otra lágrima, fruto de todas esas sensaciones a las que se suma el hecho de se trata de la última formación antes del final del campamento de verano, algo que apena ya de por sí a todos.

Viendo el comienzo de la formación, recordaba la primera que vi, años atrás, en las montañas de Griébal. Por aquel entonces el grupo estaba en una fase inicial, de consolidación y búsqueda de identidad, pero qué alegría desbordaba por sus cuatro costados, qué cantidad de ilusión había en aquellos niños y monitores dispuestos, por encima de todo, a pasárselo en grande y a llevarse mil tesoros en forma de anécdotas y recuerdos.


Años después, ahí estaban repetidas las mismas palabras por distintas personas, y ahí fue donde noté más el cambio, en la gente que da forma ahora a este proyecto. Sólo otra monitora y yo permanecíamos en aquella formación desde entonces, y en cuanto a los chavales sólo quedaban algunos de las secciones mayores, que por aquel entonces eran plenos benjamines del grupo, ya que todo lo demás habían sido incorporaciones muy posteriores.

Le había pedido a mi Akela de aquí, a Yolanda, que leyera una carta de despedida en mi nombre. No quería que se me quebrara la voz como a la otra Akela, y con la promesa de que no habría más lágrimas, comenzó a decirles lo siguiente:

“Hola a todos:

Hace unos años que vengo observando que estos pingüinos del Antártida están como revolucionados. Cada día que pasa los veo a todos mucho mayores, mucho más altos y más guapos. A cada momento que me descuido, veo que su casa de los hielos es más grande y tiene sitio para más y más hermanos, y no hay día que pase que no disfruten de una nueva aventura que se suma a los millones que venimos acumulando desde hace tantas rondas.

Lo que tiene ser un pingüino vejete como yo es que te acuerdas de algunos pingüinillos que ya no están porque se fueron hace mucho, mucho tiempo. Y recuerdas al pingüinillo DPV, que se dejaba su ropa por todas partes y cumplía años siempre en el campa de verano, o al pingüinillo Romero, el niño más guapo del mundo entero; también te acuerdas de dos pingüinillas gemelas a las que llamaban Chip y Chop, y que eran la salsa del grupo cada vez que hablaban y un tormento cada vez que había verdura en el plato. Y cómo olvidar a aquel otro por el que todas las chicas suspiraban por besar sus mejillas, y que jugaba al tenis como todo un campeón.


Ojo que también me llega la memoria para otros pingüinos más grandotes, no os vayáis a pensar. Recuerdo a uno que más que pingüino era un oso dichoso, el más divertido que he conocido nunca y del que aprendí muchas cosas buenas. Recuerdo a otro al que llamaban pompimpompas, que era tan redondo como el sol y tan sonriente como la luna, y también a otro aún mayor que el arco iris, alto como un roble y que siempre custodiaba un arcón lleno de coca cola.

Todos ellos se fueron del Antártida en busca de otros lugares que conquistar. Sintieron que su tiempo aquí había terminado, por unas razones o por otras, y que querían buscar nuevas aventuras. Algo así me pasa a mí hoy, al final de esta ronda que se suma a muchas otras en las que he compartido momentos mágicos con cada uno de vosotros, y que llevaré conmigo siempre.

Desde hace unos años, primero en manada y luego en el clan, vengo observando que vosotros sois nuestro mayor orgullo, nuestro mayor tesoro y aquello por lo que tenemos que luchar más los monitores. Gracias a vosotros esta máquina funciona a las mil maravillas, y así seguirá mientras conservéis la sonrisa y la ilusión en cada nueva formación que hacéis. Los monitores que hay aquí a mi lado se van a encargar, como han hecho hasta ahora fenomenalmente, de que todo siga igual en el Antártida: un lugar lleno de pingüinos felices a los que hay que enseñar a caminar, y de los que se aprende también muchas cosas, y por encima de todas ellas, a sonreír de verdad.

Gracias por todo lo que me habéis dado y hasta siempre,
Nacho.

S.L.P.S.”

Viéndolos ahí mientras escuchaban la carta, pensaba en lo duro que estaba siendo aquello para todos, no sólo para mí. A fin de cuentas esta experiencia me había cambiado profundamente, dándome la suficiente confianza y seguridad en mí mismo para afrontar todos los retos que vinieron después, en el trabajo y en la vida, e imagino que de algún modo a ellos también les habría cambiado en algo. No sé si aquel grupo se daba cuenta de lo mucho que había significado para mí formar parte de él, pero yo sí, y por eso, cuando en la entrega de diplomas uno de mis antiguos niños, ya casi un hombre, se me abrazó hecho un mar de lágrimas me vine abajo como me había prometido que no haría, porque de pronto se me nubló la vista con las miles de historias que habíamos vivido juntos, y porque a lo largo de todas aquellas salidas, acampadas y reuniones había visto crecer a aquel renacuajo hasta la persona que era Joaquín ahora mismo.






Entonces alcé la vista y vi a muchos de ellos igual o más afectados de lo que lo estaba yo mismo. Vi a los pequeños a los que conté historias, a los mayores junto a los que aprendimos a subir las montañas más duras, las de dentro de uno mismo, y supe que iba a extrañar aquello más de lo que quería reconocer. Era como si me estuvieran arrancando algo de lo más profundo de mi ser, y era un dolor atenuado únicamente por el aprecio que sentía en aquel abrazo y en aquellas miradas cómplices.

Apenas recuerdo mucho más de la formación, porque entre abrazos y lágrimas se me pasó en un suspiro. Recuerdo que Akela me puso las hachas en forma de despedida y que, antes de irme, les pedí a todos los scouts que saludaran a la bandera. Luego me fundí en otro abrazo con aquella vieja amiga, casi una hermana, y lo último que recuerdo fue que, horas después, estaba mirando el cielo y acordándome de las estrellas de Griébal, las mismas que en aquel valle de León me daban un adiós brillante y cariñoso.

Ahora sé lo que sintió Akela, y sé cómo es ese carrusel de emociones, de cariño y nostalgia, de pena y alegría al mismo tiempo, en el que aquellos a los que tanto quieres te dan las gracias y la despedida con la conciencia, clara y limpia, de que todos los recuerdos, todos y cada uno de ellos, fueron buenos.




lunes, 18 de julio de 2011

Todos los recuerdos fueron buenos




.Cuando llegué al comedor y vi el panorama que había allí, reconozco que me quedé algo sobrecogido. Hacía mucho tiempo que no veía a tantos niños llorando por una misma causa. Cuatro años, para ser exactos.



.Uno de ellos estaba sentado, solo y abatido, en una esquina. Me acerqué a él y nada más verme se me abrazó. Parecía que no hubiera palabra en el mundo capaz de apartar de sí esa tristeza que lo invadía, pero yo tenía al menos que intentarlo, y así lo hice.



.Comencé diciéndole que en realidad, la marcha de aquella monitora que tanto querían todos no era una mala noticia en todos los sentidos. Desde luego que todos íbamos a extrañar (y yo el primero) aquel buen humor, aquella actitud siempre tan positiva y con aquella capacidad de resolución que tantos problemas y dificultades habían allanado los cinco años anteriores. Desde luego que cada nueva formación sin ella ya no sería lo mismo, que cada noche en que fuéramos a dormir o cada mañana al levantarse ya no sería su voz la que nos deseara buenas noches o buenos días con aquella energía tan contagiosa como necesaria. Desde luego, en fin, que su salida del grupo dejaba un vacío que en ese momento, en aquella noche de lágrima y desconsuelo, a muchos se nos antojaba imposible de llenar.


. Sin embargo, continué diciéndole, no todo eran motivos para el desaliento. Él, por ejemplo, podía presumir de haber sido uno de sus niños durante más de tres años. Durante todos esos días y campamentos de verano, él había sido uno de esos afortunados en compartir tiempo, juegos y veladas con aquella monitora de trato exquisito, que se desvivía por todos y cada uno de los que de ella dependían. Él podía presumir de haber escuchado sus sabios consejos, sus palabras de ánimo en los momentos más tristes o sus felicitaciones en aquellos soleados días de promesa. Él la había visto brillar con luz propia en las veladas del festival de Navidad, se había bañado con ella en las aguas más frías de la montaña y se había reído a carcajada limpia con sus bromas y canciones. Él, en fin, no se iba de vacío de aquella experiencia conjunta, sino todo lo contrario: se iba cargado de tesoros.


.Así me lo reconoció, una vez que terminé: “con Akela todos los recuerdos son buenos”. Y así era. Con ella no hubo malos modos ni malos gestos, no hubo pérdidas de paciencia ni salidas de tono; con ella jamás hubo una palabra fuera de lugar, una mala cara, un gesto de tristeza o decepción; con ella sólo hubo aquello que cualquier chaval espera de un monitor, aquello que en teoría a todos debería unirnos: el espíritu de hacer feliz y de ayudar a crecer a los demás, a aquellos que nos rodean y se fijan en nosotros para crecer.



.Poco más tarde me encontré a otro niño, y luego a otra, y más tarde a un tercero: todos igual de apenados, todos igual de preocupados por ese futuro que se abría sin la que hasta entonces había sido faro y guía de sus pensamientos, sueños y caminos. A todos ellos traté de convencer con parecidos argumentos, todos ellos me confirmaron lo que yo ya sabía, las razones que a mí también me habían empañado los ojos cuando leyó aquella carta en que nos anunciaba su marcha definitiva.



.Sólo una buena noche de sueño logró apaciguar aquel llanto. Sólo un nuevo día, despertado por otros monitores cargados de ilusión, logró hacer que todo pareciera un sueño. No obstante, los niños tienen mejor memoria de lo que la mayoría de nosotros creemos, y saben que pasará un tiempo hasta que una figura semejante surja para conquistarlos de nuevo.



.Yo, desde luego, lo tengo claro. Desde que la conocí, pocos como ella me trataron igual de bien, compartieron tienda, sueños y anécdotas conmigo. Pocos como ella me inspiraron para seguir haciendo mi labor de voluntariado, y pocos como ella han provocado, con su marcha, que me planteé yo también si el momento de la mía está más cerca.



.Y es que, a fin de cuentas, con Akela todos los recuerdos fueron buenos.