lunes, 29 de agosto de 2011

Pontificando sin autoridad.




Documentándome para la entrada anterior sobre la novela Némesis tuve el infortunio de dar a parar en una revista digital llamada “El lector perdido”. Leo la entrada que sobre la novela de Roth hace una tal Silvia Bardelás y me quedo espeluznado ante un texto infame en el que esta buena mujer se dedica a despedazar el texto de Roth empleando argumentos, a mi juicio, absolutamente inválidos.


No le habría dado mayor importancia porque, como es el caso de este mismo blog, la red está llena de páginas donde la gente habla de lo humano y lo divino, a veces con más tino que otras y, en la mayoría de las ocasiones, sin la autoridad ni el conocimiento necesario para hacer tales afirmaciones. Pero hete aquí que descubro que esta señora es profesora de literatura creativa y, para mayor sorpresa, escritora. Y aquí es cuando ciertas afirmaciones, más por el posible impacto que puedan tener en sus posibles alumnos/lectores que por lo que demuestran de su conocimiento de la materia, provocan cierto escozor en el que esto escribe. Pero vayamos a su texto, que no tiene desperdicio.


Comienza la señora Bardelás por la parte negativa que ella considera que tiene la novela. Según ella, leyendo la obra se puede “ver” al autor “construyendo, manejando el suspense, buscando soluciones, colocando una imagen que arregla un exceso de discurso, utilizando el diálogo para informar”. Ello le permite llegar a una primera pontificación, según la cual no entiende cómo se ha encumbrado a Roth como autor universal.


No puedo estar más en desacuerdo con estas afirmaciones. Para mí Némesis es una novela perfectamente construida, y yo al leerla no veo a Roth haciendo nada, sino que, antes al contrario, me dejo llevar por una trama calculada al milímetro, una narrativa consciente y profesional como prueba su contundente final, que ata los cabos con una precisión escalofriante. No puedo estar tampoco de acuerdo en que el discurso es excesivo. Antes al contrario, es un libro breve, conciso y sobrio. Tampoco es cierto que el diálogo “informe”. El diálogo reproduce las palabras de los personajes, recrea ante nosotros la situación comunicativa y da vida a los personajes a través de sus palabras, pero no “informa”. De eso ya se encarga el narrador, aunque de eso nos ocuparemos luego. En cuanto a si Roth merece figurar o no en el panteón literario me parece una valoración absurda y, me temo, motivada por envidias y miserias propias de la profesión.


Sigue Bardelás con otra afirmación que es de juzgado de guardia: “Es una novela, quiero decir con esto que no es narrativa”. ¿CÓMO? ¿Cómo que una novela no es narrativa? ¿Qué es entonces? ¿Teatro? ¿Poesía? Válgame el cielo, que a estas alturas haga falta ir al diccionario de la Real Academia para descubrir que, (oh, sorpresa), la narrativa es un “género literario constituido por la novela, la novela corta y el cuento”. Es decir, que tanto una novela, como una novela corta y un cuento SON narrativa porque es el género al que pertenecen.


Sigue después afirmando que la novela “no está escrita en primera persona”, lo cual es falso porque sí hay un narrador que alterna la primera con la tercera persona, con no pocas alusiones al “yo” incluso dentro de la parte en que tiene menor papel, el primer acto. Pero es que Bardelás lo remata aseverando que el narrador “es un instrumento de suspense y cierre que sobra completamente en la historia". Esta es una interpretación totalmente injustificada por su parte. A mí me parece que el papel que el narrador/alumno desempeña es fundamental porque justifica el estilo, construcción y sobriedad de la novela; la novela misma es el narrador y su forma de narrar los hechos. Además, sin narrador no habría novela: Bucky Cantor no puede contar por escrito lo que ha sucedido porque precisamente vive instalado en el silencio a causa de la culpa, y es únicamente a raíz de su encuentro con el alumno, y por los vínculos que la novela detalla, cuando Cantor se deja vencer y comienza su confesión que sirve de base al relato. En mi opinión, decir que el narrador sobra es no entender una sola palabra de la construcción de la novela, algo especialmente grave viniendo de una escritora y profesora de escritura.


Para rematar la faena y recibir los vítores del respetable, Bardelás se contradice de manera flagrante cuando, al hablar pomposa y retóricamente sobre la “cadena humana” y la vida y la muerte, nos espeta que “la novela vive de esa cadena, la narrativa juega a que no existe…” Pero a ver, ¿en qué quedamos? ¿No había dicho que no era narrativa? ¿Ahora sí? ¿Es novela o narrativa, es ambas o ninguna de las dos? Busquen ustedes la lógica, si pueden.


Y es que estas son las consecuencias de pontificar cuando no se tiene autoridad para hacerlo. Me perdonen los fans de "El lector perdido", pero a mí me parece absolutamente vergonzoso que una persona que, supuestamente, se dedica de manera profesional a la literatura haga aseveraciones que demuestran tan pocos conocimientos sobre la materia. Se puede discutir si la interpretación de una novela es una u otra, pero hay aspectos teóricos básicos que esta mujer o no conoce o sencillamente no entiende, y que condicionan una perspectiva errónea, sesgada y plagada de afirmaciones a la ligera que no creo que sean el mejor ejemplo para que otras personas aprendan a leer, escribir o lo que quiera que sea que enseñe esta señora.


Némesis




Acabo de terminar de leer Némesis, la última novela de Philip Roth, un autor al que previamente sólo conocía por alguna que otra adaptación cinematográfica de otras obras suyas, como La mancha humana.


En lo que respecta al argumento y a su desarrollo, no estamos ante una obra de fácil “digestión”. Una epidemia de polio en el verano de 1944, en Nueva Jersey, sirve a Roth como trasfondo de una trama en la que se entrelazan los sueños de una serie de personajes que, al calor de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, velan armas en la aparente seguridad del otro lado del frente. Dicha seguridad se ve quebrada por la epidemia, en un momento de incertidumbre y desconocimiento que llevó a miles de personas, especialmente niños, a la silla de ruedas o –peor aún– a la muerte.


La obra está dividida en tres actos y protagonizada por Bucky Cantor, joven director de la escuela de verano de uno de los barrios más castigados por la epidemia. La psicología de este personaje resulta fundamental al proporcionar las claves esenciales de los diferentes niveles de lectura del texto. Su ascendencia judía, su orfandad, una infancia marcada por la disciplina y estoicismo inculcados por su abuelo y una serie de taras –vista deficiente, complexión pequeña- marcan a un personaje obsesionado por la superación física, que de pronto se ve inmerso en una espiral de muerte infantil de la que no sabe cómo escapar.


La novela está narrada por un superviviente de aquellos años, un antiguo alumno de Cantor que rememora aquellos hechos tras una entrevista que tiene lugar muchos años después. Es un falso narrador omnisciente, que en realidad reconstruye los diálogos y situaciones a partir del relato de su profesor, y ello permite a la obra despojarse de toda carga de sentimentalismo o melancolía. Esta distancia se observa en una narración objetiva, concisa y ceñida a los hechos, que sólo en contadas ocasiones se permite ciertas concesiones literarias como ocurre, por ejemplo, en la recreación de los paisajes de las montañas Poconos, marco del segundo acto.


Este estilo, con la intencionada ambivalencia de la primera y tercera persona y una sobriedad que recuerda a la de Truman Capote en A sangre fría resultan recursos muy efectivos en manos de Roth, que sabe dosificar los puntos de giro y las breves digresiones sobre el pasado de los personajes para dotar al relato de un equilibrio poco habitual, pero en cualquier caso gratificante y pleno de posibilidades.


Por supuesto, las cuestiones religiosas marcan profundamente el relato, pero Roth acierta al establecer el perspectivismo que aporta el narrador, ya al final de la obra, y que sirve de contrapeso al punto de vista de Cantor. La espinosa cuestión moral que podría haber arruinado el final se convierte en un debate sin moraleja, demoledor por los efectos que provoca en la trama pero, por suerte, tan aséptica en su impacto sobre el lector como la propia retórica de una obra magistral.


La novela es soberbia desde el principio hasta el final, está construida con la precisión de un arquitecto y con unos materiales de primer orden, a lo que hay que añadir una extensión totalmente adecuada. Es posible que no sea la lectura de verano que uno espera que se le recomiende, por lo duro del tema que trata, pero es un auténtico ejemplo de cómo hacer una novela con mimbres en apariencia sencillos que sólo escritores de esta categoría son capaces de elaborar.


viernes, 19 de agosto de 2011

Leyenda revisitada (parte II)

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Centrándonos ya en el juego, este análisis debería responder a varias cuestiones importantes y dejar a un lado emotividades y nostalgias, que en definitiva no van a ningún lado. Vamos con la primera duda que, por lo menos a mí, me asaltó nada más conocer la noticia. ¿Merece la pena comprar un juego, 13 años después de su lanzamiento, que ha sido reeditado y que se encuentra disponible a través de internet, parches en ordenadores y un larguísimo etcétera?

La respuesta es un contundente “sí”. Es cierto que, en esencia, el juego es el mismo. Cualquiera que haya jugado a Ocarina of Time en su versión de Nintendo 64 no va a encontrarse ni UNA sola sorpresa en su modo de juego principal, al menos en lo que al sistema de juego y objetos se refiere. Todo está exactamente igual que como lo recordamos, y los personajes nos van a decir lo mismo (aunque esta vez en perfecto castellano, cuidado). Y esto, de entrada, puede suponer una pequeña decepción para los jugadores más veteranos, pero no debemos olvidar que este juego va dirigido a conquistar a una nueva generación de jóvenes jugones (y quizá eso explicaría lo de la repetitividad de la saga, que comentamos anteriormente).

Ahora bien, como se puede apreciar en las imágenes de la entrada, la diferencia técnica es más que notable, sobresaliente. Yo pensaba que Ocarina of Time era un prodigio técnico hasta que, como señalaba anteriormente, puse el disco extra en mi gamecube y me dieron ganas de llorar. ¿Por qué mi memoria había borrado aquellos efectos gráficos tan pobres, esos polígonos tan simplotes, esa paleta de colores tan oscura?

La versión de 3DS corrige, mejora y aumenta todos los desfases técnicos entre 1998 y 2011, completando un apartado técnico que, ahora sí, da lo que promete. Ya no hay más gráficos prerrenderizados en habitaciones o determinados escenarios del juego: aquí la cámara en tres dimensiones lo envuelve todo. Ya se acabó ese Link paupérrimo, tanto en su versión infantil como adulta: ahora su pelo parece pelo y no un casco, y sus expresiones son más creíbles. Todo en el juego luce de una manera espectacular, con atención especial al mercado de Hyrule, que ahora no parece en ruinas, y al interior de tiendas, casas e interiores, como el rancho Lon-Lon, que da gusto verlo y está lleno de detalles microscópicos (atención a los pósters y cuadros de las paredes, llenos de secretos).
El remozado gráfico es tan apabullante que, por un momento, bloquea la vista. Y no me refiero al efecto en 3-D, que es una barbaridad y hace que el juego sea sencillamente asombroso, con mención honorífica para la vista en primera persona: al mover la consola ésta imita los movimientos de la cabeza del personaje, como si pudiéramos “ver” lo que él ve en espacio y tiempo real: es sencillamente genial.

Más cambios: en la anterior versión había situaciones especialmente fastidiosas, como el cambio de equipación (trajes, armas, las p…. botas de hierro en el “dichoso” templo del agua). Bueno, pues todo eso se olvida de golpe y porrazo gracias a la pantalla táctil, que elimina toda molesta señal de la pantalla de juego, que queda diáfana, para dejar los menús en la pantalla de abajo, donde con un simple toque del puntero o del dedo pasamos a ver a Link equipado como queramos, así como consultar los mapas o el estado de la búsqueda. Ahora es todo más fácil, más intuitivo, más cómodo.

.Seguimos con las correcciones: yo por lo menos extrañaba luchar contra los jefes finales una vez vencidos, porque son los momentos más divertidos del juego. En la anterior versión sólo te podías enfrentar a ellos una vez, y si querías volver a hacerlo habías de empezar otra partida (y eso, en un juego de más de 50 horas de duración, es mucho decir). Bueno, pues dicho y hecho: ahora hay un modo “jefe”, donde puedes enfrentarte a ellos en serie o por separado. (Por cierto, yo el modo en serie del Master Quest todavía no lo he conseguido, porque tiene una dificultad extrema y te matan simplemente con tocarte una vez: nunca el dragón del templo del fuego había despertado tanto odio en mi interior...).
Y hablando de dificultad, el plato fuerte. Si la experiencia en el modo normal es grandiosa, qué decir del Master Quest. Ahora esto sí es apetecible porque, al margen del salto técnico, todo lo que aparece en el juego está invertido gracias al famoso modo espejo, que hace que los que nos conocíamos el mapa anterior hasta el dedillo ahora nos volvamos locos con las referencias cambiadas. Eso, y la nueva distribución y mayor número y variedad de enemigos en las mazmorras, además del doble de daño causado, aporta un plus de interés para el que creía que ya lo había visto todo. Una gozada.

Cualquiera que se enfrente a este juego, ya por fin sin el lastre del prejuicio por el desfase técnico, y no sea capaz de disfrutarlo y de rendirse a sus pies, tiene un serio problema que consultar con su médico. Yo llevo todo el verano jugando y hasta hoy, que he completado ambos modos al 100%, no he podido parar. Y mira que me lo habré pasado veces (y las que me quedan)…

Zelda: Ocarina of Time 3D ha hecho algo que parecía imposible: mejorar una leyenda, hacer que parezca que siempre tuvo que ser de este modo, y no de otro. No se trata de una simple conversión, es LA conversión de un clásico antiguo en un clásico moderno porque va más allá del fabuloso apartado técnico, y mejora unas prestaciones de jugabilidad que ya en su momento parecían inigualables. No hay ahora mismo nada semejante en el mercado, y supone la consagración definitiva de un título que deja en paños menores (ahora sí) a todos sus sucesores, legítimos o no, que seguirán otros 13 años intentando emular una fórmula simplemente irrepetible.


Leyenda revisitada (parte I)

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Debo reconocer que me tomé la decisión de Nintendo de relanzar su célebre Zelda: Ocarina of Time para la (por entonces) flamante 3DS con cierto escepticismo. Para empezar, no me gusta nada cómo se ha gestionado la saga desde entonces (con unos más que discutibles dos títulos grandes, Wind Waker (2003) y Twilight Princess (2006), acompañados de media docena de títulos menores), porque todos estos juegos beben de un modo descarado de los aciertos de su progenitor, y estiran hasta lo insoportable las tramas y situaciones, tremendamente repetitivas, en un follón espacio-temporal donde las precuelas y secuelas se suceden sin ton ni son pero eso sí, siempre tomando OOT como punto de referencia.

Vaya por delante que soy muy consciente de que Ocarina of Time no es, ni mucho menos, el primero de los Zeldas. Cuando se estrenó, allá por 1998, ya antes se habían lanzado nada menos que tres juegos para las plataformas grandes (Zelda 1 y 2 para NES, y Zelda: A Link to the Past, para la Super Nes), más otro para la ya extinta consola portátil Gameboy. Digo esto porque, después de haberlos jugado, me llevé una soberana decepción al ver que no pocas situaciones, razas aliadas, enemigos, melodías y hasta efectos de sonido se repetían en Ocarina of Time de un modo muy similar a sus predecesores.

.En cualquier caso, las sensaciones al jugar los juegos de 8 y 16 bits, en comparación con el de 64, son muy diferentes: sencillamente no hay color. Ocarina of Time representó un abismo de tales dimensiones con todo lo visto (pero sobre todo jugado) hasta entonces que el cotejo da risa. No ocurre así con las hermanas de 128 y 256 bits, que aunque en teoría deberían representar toda una revolución respecto de su hermana pequeña, a mí al menos me han transmitido en todo momento las mismas sensaciones en cuanto a diversión y jugabilidad, pero con la diferencia de que tenía la impresión, molesta y persistente, de que estaba jugando al mismo juego con diferente envoltorio. Si a eso se le suma que, en mi opinión, estamos hablando de juegos muy inferiores en historia, desarrollo e innovación, el resultado es ciertamente peor.

Con estos antecedentes, es necesario hacer referencia a Wind Waker. En otro gesto más de sumisión a la obra maestra, Nintendo vendió aquel juego con un disco extra que contenía Ocarina of Time, igualito que en 64 bits, y una versión alterada llamada Master Quest. Tengo la suerte de tener una de esas copias, pero debo admitir que fui incapaz, allá en 2003, de completar una sola mazmorra. El dolor de ojos ante el desfase técnico era inaguantable, y hay que reconocer que las versiones posteriores de Zelda mejoraron la cámara y ciertos efectos que hacen mucho más suave el control, algo que se nota, y mucho, jugando al juego que muchos consideran el mejor de la historia.

Ahí estaba precisamente mi mayor miedo. Lo que fue un bombazo en 1998 no tenía por qué serlo en 2011. King Kong (1933) cambió para siempre los efectos especiales, pero si lo vemos ahora nos parece una broma o un mal chiste. Como éste hay mil ejemplos, pero a mí me habría dolido especialmente que algo así ocurriera con un juego que, al margen de ránkings históricos y demás tonterías, dejó un sabor de boca inmejorable en jugadores de todo el mundo. ¿Y si, en el fondo, era lo mismo que la edición especial que acompañaba a Wind Waker o incluso peor?

No hay que olvidar que Nintendo, de un modo bastante incomprensible, ha fiado todas sus bazas iniciales del éxito de su nueva portátil a un juego que cuenta ya con 13 primaveras a sus espaldas y eso, dentro de un mundo tan cambiante y vertiginoso como el de los videojuegos, equivale a decir que procede del pleistoceno. Su consola salió (y lleva) desde marzo sin prácticamente ningún juego relevante, desde luego no de la propia compañía, y de momento (y salvo que las Navidades digan lo contrario), su catálogo se hundirá en una mediocridad que sólo ciertos remakes como el de Zelda o el de Starfox 64, otra joyita de la corona, parecen en (cuestionables) condiciones de evitar.



Terminaremos este primer apartado de previos señalando algo que es de justicia: cada nueva noticia, imagen o novedad en forma de vídeo que Nintendo iba dejando caer a mí, por lo menos, me ponía los dientes largos, y una parte de mí me animaba a presagiar algo realmente grande. En cualquier caso, mis temores estaban más que fundados, y sólo se resolvieron al comprar finalmente el cartucho y darle al botón de “on”.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Todos los recuerdos fueron buenos (parte II)







Apenas dos semanas después de la despedida de Akela, me tocó a mí el turno de hacer lo propio con el que durante los últimos siete años ha sido algo así como un segundo hogar y una familia para mí, el grupo Scout Antártida 621 de Colmenar Viejo.

Era una tarde calurosa de finales de julio, con todo el mundo dispuesto para empezar la ceremonia de pases. Suele ser el momento más especial del campamento, ya que muchos chavales cambian de sección y están tan nerviosos como apenados por aquellos amigos, a veces hermanos, que dejan atrás. Eso hace que todos tengan las emociones a flor de piel, y que más de uno y más de dos dejen escapar alguna que otra lágrima, fruto de todas esas sensaciones a las que se suma el hecho de se trata de la última formación antes del final del campamento de verano, algo que apena ya de por sí a todos.

Viendo el comienzo de la formación, recordaba la primera que vi, años atrás, en las montañas de Griébal. Por aquel entonces el grupo estaba en una fase inicial, de consolidación y búsqueda de identidad, pero qué alegría desbordaba por sus cuatro costados, qué cantidad de ilusión había en aquellos niños y monitores dispuestos, por encima de todo, a pasárselo en grande y a llevarse mil tesoros en forma de anécdotas y recuerdos.


Años después, ahí estaban repetidas las mismas palabras por distintas personas, y ahí fue donde noté más el cambio, en la gente que da forma ahora a este proyecto. Sólo otra monitora y yo permanecíamos en aquella formación desde entonces, y en cuanto a los chavales sólo quedaban algunos de las secciones mayores, que por aquel entonces eran plenos benjamines del grupo, ya que todo lo demás habían sido incorporaciones muy posteriores.

Le había pedido a mi Akela de aquí, a Yolanda, que leyera una carta de despedida en mi nombre. No quería que se me quebrara la voz como a la otra Akela, y con la promesa de que no habría más lágrimas, comenzó a decirles lo siguiente:

“Hola a todos:

Hace unos años que vengo observando que estos pingüinos del Antártida están como revolucionados. Cada día que pasa los veo a todos mucho mayores, mucho más altos y más guapos. A cada momento que me descuido, veo que su casa de los hielos es más grande y tiene sitio para más y más hermanos, y no hay día que pase que no disfruten de una nueva aventura que se suma a los millones que venimos acumulando desde hace tantas rondas.

Lo que tiene ser un pingüino vejete como yo es que te acuerdas de algunos pingüinillos que ya no están porque se fueron hace mucho, mucho tiempo. Y recuerdas al pingüinillo DPV, que se dejaba su ropa por todas partes y cumplía años siempre en el campa de verano, o al pingüinillo Romero, el niño más guapo del mundo entero; también te acuerdas de dos pingüinillas gemelas a las que llamaban Chip y Chop, y que eran la salsa del grupo cada vez que hablaban y un tormento cada vez que había verdura en el plato. Y cómo olvidar a aquel otro por el que todas las chicas suspiraban por besar sus mejillas, y que jugaba al tenis como todo un campeón.


Ojo que también me llega la memoria para otros pingüinos más grandotes, no os vayáis a pensar. Recuerdo a uno que más que pingüino era un oso dichoso, el más divertido que he conocido nunca y del que aprendí muchas cosas buenas. Recuerdo a otro al que llamaban pompimpompas, que era tan redondo como el sol y tan sonriente como la luna, y también a otro aún mayor que el arco iris, alto como un roble y que siempre custodiaba un arcón lleno de coca cola.

Todos ellos se fueron del Antártida en busca de otros lugares que conquistar. Sintieron que su tiempo aquí había terminado, por unas razones o por otras, y que querían buscar nuevas aventuras. Algo así me pasa a mí hoy, al final de esta ronda que se suma a muchas otras en las que he compartido momentos mágicos con cada uno de vosotros, y que llevaré conmigo siempre.

Desde hace unos años, primero en manada y luego en el clan, vengo observando que vosotros sois nuestro mayor orgullo, nuestro mayor tesoro y aquello por lo que tenemos que luchar más los monitores. Gracias a vosotros esta máquina funciona a las mil maravillas, y así seguirá mientras conservéis la sonrisa y la ilusión en cada nueva formación que hacéis. Los monitores que hay aquí a mi lado se van a encargar, como han hecho hasta ahora fenomenalmente, de que todo siga igual en el Antártida: un lugar lleno de pingüinos felices a los que hay que enseñar a caminar, y de los que se aprende también muchas cosas, y por encima de todas ellas, a sonreír de verdad.

Gracias por todo lo que me habéis dado y hasta siempre,
Nacho.

S.L.P.S.”

Viéndolos ahí mientras escuchaban la carta, pensaba en lo duro que estaba siendo aquello para todos, no sólo para mí. A fin de cuentas esta experiencia me había cambiado profundamente, dándome la suficiente confianza y seguridad en mí mismo para afrontar todos los retos que vinieron después, en el trabajo y en la vida, e imagino que de algún modo a ellos también les habría cambiado en algo. No sé si aquel grupo se daba cuenta de lo mucho que había significado para mí formar parte de él, pero yo sí, y por eso, cuando en la entrega de diplomas uno de mis antiguos niños, ya casi un hombre, se me abrazó hecho un mar de lágrimas me vine abajo como me había prometido que no haría, porque de pronto se me nubló la vista con las miles de historias que habíamos vivido juntos, y porque a lo largo de todas aquellas salidas, acampadas y reuniones había visto crecer a aquel renacuajo hasta la persona que era Joaquín ahora mismo.






Entonces alcé la vista y vi a muchos de ellos igual o más afectados de lo que lo estaba yo mismo. Vi a los pequeños a los que conté historias, a los mayores junto a los que aprendimos a subir las montañas más duras, las de dentro de uno mismo, y supe que iba a extrañar aquello más de lo que quería reconocer. Era como si me estuvieran arrancando algo de lo más profundo de mi ser, y era un dolor atenuado únicamente por el aprecio que sentía en aquel abrazo y en aquellas miradas cómplices.

Apenas recuerdo mucho más de la formación, porque entre abrazos y lágrimas se me pasó en un suspiro. Recuerdo que Akela me puso las hachas en forma de despedida y que, antes de irme, les pedí a todos los scouts que saludaran a la bandera. Luego me fundí en otro abrazo con aquella vieja amiga, casi una hermana, y lo último que recuerdo fue que, horas después, estaba mirando el cielo y acordándome de las estrellas de Griébal, las mismas que en aquel valle de León me daban un adiós brillante y cariñoso.

Ahora sé lo que sintió Akela, y sé cómo es ese carrusel de emociones, de cariño y nostalgia, de pena y alegría al mismo tiempo, en el que aquellos a los que tanto quieres te dan las gracias y la despedida con la conciencia, clara y limpia, de que todos los recuerdos, todos y cada uno de ellos, fueron buenos.




lunes, 18 de julio de 2011

Todos los recuerdos fueron buenos




.Cuando llegué al comedor y vi el panorama que había allí, reconozco que me quedé algo sobrecogido. Hacía mucho tiempo que no veía a tantos niños llorando por una misma causa. Cuatro años, para ser exactos.



.Uno de ellos estaba sentado, solo y abatido, en una esquina. Me acerqué a él y nada más verme se me abrazó. Parecía que no hubiera palabra en el mundo capaz de apartar de sí esa tristeza que lo invadía, pero yo tenía al menos que intentarlo, y así lo hice.



.Comencé diciéndole que en realidad, la marcha de aquella monitora que tanto querían todos no era una mala noticia en todos los sentidos. Desde luego que todos íbamos a extrañar (y yo el primero) aquel buen humor, aquella actitud siempre tan positiva y con aquella capacidad de resolución que tantos problemas y dificultades habían allanado los cinco años anteriores. Desde luego que cada nueva formación sin ella ya no sería lo mismo, que cada noche en que fuéramos a dormir o cada mañana al levantarse ya no sería su voz la que nos deseara buenas noches o buenos días con aquella energía tan contagiosa como necesaria. Desde luego, en fin, que su salida del grupo dejaba un vacío que en ese momento, en aquella noche de lágrima y desconsuelo, a muchos se nos antojaba imposible de llenar.


. Sin embargo, continué diciéndole, no todo eran motivos para el desaliento. Él, por ejemplo, podía presumir de haber sido uno de sus niños durante más de tres años. Durante todos esos días y campamentos de verano, él había sido uno de esos afortunados en compartir tiempo, juegos y veladas con aquella monitora de trato exquisito, que se desvivía por todos y cada uno de los que de ella dependían. Él podía presumir de haber escuchado sus sabios consejos, sus palabras de ánimo en los momentos más tristes o sus felicitaciones en aquellos soleados días de promesa. Él la había visto brillar con luz propia en las veladas del festival de Navidad, se había bañado con ella en las aguas más frías de la montaña y se había reído a carcajada limpia con sus bromas y canciones. Él, en fin, no se iba de vacío de aquella experiencia conjunta, sino todo lo contrario: se iba cargado de tesoros.


.Así me lo reconoció, una vez que terminé: “con Akela todos los recuerdos son buenos”. Y así era. Con ella no hubo malos modos ni malos gestos, no hubo pérdidas de paciencia ni salidas de tono; con ella jamás hubo una palabra fuera de lugar, una mala cara, un gesto de tristeza o decepción; con ella sólo hubo aquello que cualquier chaval espera de un monitor, aquello que en teoría a todos debería unirnos: el espíritu de hacer feliz y de ayudar a crecer a los demás, a aquellos que nos rodean y se fijan en nosotros para crecer.



.Poco más tarde me encontré a otro niño, y luego a otra, y más tarde a un tercero: todos igual de apenados, todos igual de preocupados por ese futuro que se abría sin la que hasta entonces había sido faro y guía de sus pensamientos, sueños y caminos. A todos ellos traté de convencer con parecidos argumentos, todos ellos me confirmaron lo que yo ya sabía, las razones que a mí también me habían empañado los ojos cuando leyó aquella carta en que nos anunciaba su marcha definitiva.



.Sólo una buena noche de sueño logró apaciguar aquel llanto. Sólo un nuevo día, despertado por otros monitores cargados de ilusión, logró hacer que todo pareciera un sueño. No obstante, los niños tienen mejor memoria de lo que la mayoría de nosotros creemos, y saben que pasará un tiempo hasta que una figura semejante surja para conquistarlos de nuevo.



.Yo, desde luego, lo tengo claro. Desde que la conocí, pocos como ella me trataron igual de bien, compartieron tienda, sueños y anécdotas conmigo. Pocos como ella me inspiraron para seguir haciendo mi labor de voluntariado, y pocos como ella han provocado, con su marcha, que me planteé yo también si el momento de la mía está más cerca.



.Y es que, a fin de cuentas, con Akela todos los recuerdos fueron buenos.





jueves, 30 de junio de 2011

Cuento de la luna y su reflejo






Cuentan que una vez la luna se preguntó, con miedo, qué pasaría si el sol dejara de brillar. Si aquello llegara a suceder, entonces estaba segura de que perdería su resplandor de plata, ese que tantas canciones ha inspirado y que tantos romances ha contemplado, cómplice y confidente. Le aterraba, en definitiva, convertirse en una sombra destinada al olvido.




Cuentan que una vez, cuando el hombre logró mandar al espacio naves del tamaño de un coloso, una de ellas se cruzó en la distancia que separa al sol de la luna. No era como las demás que estaba acostumbrada a ver, sino que tenía dos grandes ojos rectangulares. Con pánico, pudo comprobar que al cabo de unos instantes aquellos paneles se interpondrían totalmente, impidiendo el paso de los rayos del sol.




Inmediatamente, la luna se puso a gritar. Chilló con fuerza “¡No quiero!”, exclamó llena de tormento “¡me perderé para siempre!”, lanzó hasta el último astro de la galaxia su agonía, y fue justo entonces, perdida ya toda esperanza, cuando la luna se contempló a sí misma por primera vez.



No sentía el calor de los rayos de sol, pero eso ya parecía no importar. La luna descubrió, reflejada en aquellos paneles, que tenía luz de sobra para brillar con fuerza propia. Y qué hermosa era. Qué pálido, qué dulce era aquel rostro redondeado que sonreía al otro lado del espejo astral. Cuanto más se miraba, mayor era su asombro y su alegría, pues aunque sabía que en cuestión de segundos la luz del sol volvería a abrazarla con su calor, ya no tenía miedo de nada ni de nadie.




Cuentan que, una vez que la nave siguió rumbo a los astros de los confines del universo, la luna y el sol se miraron, en esa tranquila distancia que se respira en el espacio profundo. Por primera vez, el sol descubrió que la mirada de la luna no era ya de necesidad, sino de firmeza. Por primera vez, el sol descubrió que la luna tenía ya tanta confianza y seguridad en sí misma que su amor no tendría límites ni fronteras, y que hasta el fin de los tiempos seguirían contemplándose, amándose al calor de los rayos de él, buscándose en la pálida mirada de ella, rigiendo un universo donde no importaba nada más que su amor, eterno e inquebrantable.

martes, 24 de mayo de 2011

Yo aún te recuerdo...




Recuerdo que hace unos años, mi abuela y yo solíamos quedar de vez en cuando para comer. No era nada formal, sino algo que surgía de forma esporádica, ya fuera porque me invitaba ella en alguna conversación telefónica o porque yo, que entonces tenía un horario más flexible por estar con el doctorado, me ofrecía para hacerle compañía y pasar la tarde juntos.

Resulta curioso que recordemos a algunas personas por su rostro, mientras que otras se nos aparecen más por ciertos olores o sabores. En mi caso, el recuerdo de mi abuela está asociado siempre al olor de Cuenca, al del río Júcar, al de la vieja leñera plagada de trastos llenos de historias o al del suelo siempre limpio de la casa que miraba a las estrellas nocturnas del barrio gitano. Está también vinculado ese recuerdo a sabores, al del morteruelo, el ajo arriero o las migas, al del chorizo con pan de la merienda o al de aquella cinta de lomo tan bien adobada, y al agua de Solan de Cabras, con ese regusto a fuente que quedaba siempre al final de cada trago.

Mi abuela recuperaba todos esos sabores en cada comida, que jalonaba con no pocas sonrisas mientras rememoraba mil y una anécdotas, casi siempre todas ellas de momentos felices, de travesuras mías o de alguno de mis hermanos, de lo orgulloso que estaba el abuelo cuando comenzaron a llegar los nietos o de lo mucho que echaba de menos a aquellas amigas que eran maestras del cinquillo en la terraza del hotel Torremangana.

Sólo en contadas ocasiones logré que aquellos recuerdos me llevaran a un tiempo aún más lejano, pero cuando ocurrió fue algo digno de contar. En una de esas comidas me enteré de que mi abuela, a quien siempre había visto como una tradicional ama de casa, resulta que fue una de aquellas profesoras que se recorrían sendas y caminos para ir a dar clases a escuelas rurales, con aquellos grupos de alumnos de distintas edades y sexos a los que había que tratar de educar en su justa medida.

Supongo que de ahí me viene a mí la docente vocación, por esos genes que han pasado ya por varias generaciones y quién sabe por cuántas más habrán de pasar aún. Pero lo que más me sorprendió fue la manera en que narraba aquella historia, con qué orgullo se veía de nuevo a sí misma subida a aquel burro que le evitaba la nieve del invierno, y la relativa tristeza con que reconocía lo mucho que echó de menos aquella vida tras dejarla para casarse y tener hijos.

Nunca me habló mi abuela de la guerra, ni del hambre ni de las penurias que, casi con toda seguridad, debieron pasar hasta poder establecerse en aquella Cuenca de posguerra. Tampoco me contó cómo escuchó los primeros disparos de la guerra civil, en plena adolescencia, ni me dijo el profundo impacto que habría de tener en su vida, y que tanto miedo le hizo pasar cuando, cincuenta años después, un descerebrado ordenaba al congreso que se sentara a la espera del nuevo régimen que, por suerte, no fue tal.

Nunca le dije yo a ella, por mi parte y en otro ámbito muy distinto, el orgullo que he tenido siempre de ser su nieto, la profunda alegría de haber disfrutado de sus cuentos y canciones en aquellas largas noches de verano, o los juegos de cartas y de parchís a los que siempre hacía alguna que otra trampa con traviesa sonrisa. Nunca le dije que para mí tenerla casi compensaba no haber conocido a mis otros abuelos, que nunca me sentí huérfano de esa agradable sensación que es tener a un cómplice en la familia que te triplica la edad, que a pesar de esa distancia de edad parece comprenderte en ocasiones mejor que nadie.

Y bien que siento no haberlo hecho, porque lo cierto es que hace tiempo que ya no voy a comer a casa de mi abuela. Hace tiempo que ella ya apenas recuerda si le dije que quedábamos un lunes, un martes o un miércoles, y hace no tanto que apenas recuerda la receta del morteruelo, y que se queda absorta y me asiente de forma mecánica cuando le digo lo guapa que se ha puesto. Hace tiempo que cada palabra que le digo piensa que es otro nieto, y no yo, el que se la dice, y es entonces, cuando me dice lo salado que era Nacho cuando era pequeño, hablando de mí en tercera persona, cuando me doy cuenta de que dentro de poco mi abuela tampoco recordará mi nombre, y no sé si estoy preparado para ese momento.

Sólo sé que yo todavía recuerdo, y que esa memoria, dichosa memoria, se me atraganta porque ya no puedo compartirla con ella, y quizá por eso la escribo aquí ahora, para que cuando llegue ese día en que quizá yo ya no recuerde, pueda leerlo y conocer esa historia de dos personas que se sentaban juntas a comer con los recuerdos.

lunes, 23 de mayo de 2011

Gracias, vieja gloria






.En estos tiempos de bipartidismos electorales y otros menos importantes, los futboleros, me llegan las pésimas noticias de que el único equipo que se ha acercado a ser el de mis amores, mi Depor, ha descendido matemáticamente a la segunda división.


Digo lo de los tiempos bipartidistas porque, allá por principios de los años 90, la liga española se la repartían, como ahora, el Madrid y el Barça. La irrupción del Deportivo de la Coruña en aquella situación lo cambió todo, y contribuyó decisivamente a que la liga española ganara un prestigio que goza aún hoy (e inmerecidamente, cabe añadir), porque gracias a equipos como él nació la llamada “clase media”, equipos de no tan gran presupuesto pero muy equilibrados, competitivos y con muchísimas posibilidades no ya sólo de complicar la vida a los gloriosos, sino de arrebatarle muchos y buenos títulos (el Valencia, el Sevilla, a veces hasta el Atlético...)


Aquel Deportivo de los primeros noventa tenía una plantilla corta, pero llena de talento, con Liaño en portería, Nando en el lateral izquierdo, Voro, Paco y Djukic en la defensa y un centro del campo ocupado por Mauro Silva, Donato, Fran y Manjarín, con Claudio y el genial Bebeto en la delantera. Fue subcampeón de liga dos veces, a punto estuvo de ganar una de no ser por el celebérrimo penalti de Djukic ante el Valencia y finalmente logró alzarse con una Copa del Rey, dos Zamoras y una Supercopa, todo ello conducido por el entrañable Arsenio Iglesias.


Aquel equipo se recicló en un segundo “superdepor”, que sería, de la mano de Javo Irureta, aún más fructífero en títulos: una liga, una copa del rey, dos supercopas, dos subcampeonatos y, sobre todo, unas estupendas temporadas en Europa que lo llevaron en 2004 a las mismas semifinales de la Copa de Europa, ahí es nada.


Y ahí seguía Fran, bien escoltado por Valerón, Tristán, el holandés Mackaay, y otros jugadores tan fantásticos como Djalminha, Naybet, Víctor, Sergio, Pandiani o Molina. Fue precisamente con su retirada, la del canterano Fran, cuando el Depor perdió brillo y esplendor. Los grandes jugadores ya no llegaban, sino que más bien se retiraban o fichaban por otros equipos. Las penurias económicas, la mala planificación y un entrenador, Lotina, que no ha terminado de convencer a casi nadie, han sido causas determinantes en que un equipo plagado de anónimas mediocridades consume un descenso que no hace honor, ni de lejos, a la trayectoria de un equipo que, durante unos años, se convirtió en el más simpático, en el ojo derecho de todo aquel que, como yo cuando contaba con apenas diez o doce años, no tenía aún ni idea de lo que era el fútbol, y que aprendió a amarlo viendo a aquellos jugadores humildes y bien avenidos pero sobre todo a Fran y a sus estupendas cabalgadas por la banda izquierda, a sus pases imposibles y a sus goles, (vaya goles), a ese carisma y a esa entrega que tanto he admirado y tratado en vano de lograr cuando jugaba.


Gracias Depor, en cualquier caso, por estos 20 años de recuerdos, de partidazos y de alegrías y a ver si vuelves pronto con ganas de reeditar tus, por desgracia, ya viejas glorias.




lunes, 28 de febrero de 2011

El hombre más sabio del mundo




Cuentan que un niño tenía como máxima ilusión conocer a la persona más sabia del mundo. No sabía por dónde comenzar su búsqueda de conocimiento, por lo que acudió al único lugar que le pareció apropiado: la biblioteca de su pueblo.


Allí trabajaba el señor Olivier, un hombre algo mayor, paciente y educado, que escuchó atentamente las palabras del muchacho.


- ¿Sabe usted dónde puedo encontrar al hombre más sabio del mundo?


- Es posible. Pero antes de presentártelo, cuéntame por qué quieres conocerlo.


Y el niño le contó que había muchas preguntas que nadie había sabido contestarle nunca, como por ejemplo adónde vamos cuando morimos, o si en todos los lugares del universo existe la misma fuerza de gravedad. El bibliotecario escuchaba, acariciando su barba, hasta que de pronto alzó su mano y se puso a mirar atentamente a su alrededor en busca de un libro. El niño estaba gratamente sorprendido de que aquel hombre no se hubiera reído de él, como solían hacer todos aquellos con quienes había tenido la mala idea de compartir su sueño, así que se sentó y espero a que volviera.


Y a diferencia de lo que esperaba, el señor Olivier no vino cargado con una torre de libros o con una pesada enciclopedia sino, muy al contrario, con un mapa. Y cuando lo puso frente a él y comprobó su cara de decepción, el señor Olivier dijo algo que quedaría grabado en la memoria del chico durante el resto de su vida:


- Aquí puedes leer todos los libros que quieras, siempre podrás hacerlo, pero ahora mismo tu espíritu necesita algo más que tinta sobre papel. Este mapa que ves aquí no es uno corriente: es un mapa de coraje.


Y como el niño lo miró pensando que a lo mejor el loco de los dos era el señor Olivier, el bibliotecario continuó con su explicación:


- En este mapa hay señalados lugares, sitios a los que nunca nadie ha llegado, y no por pereza o desgana, sino porque no han tenido el valor suficiente como para emprender esa tarea. Hagamos un trato: cada vez que consigas llegar a uno de estos lugares marcados, vuelve aquí y yo te daré un libro para que te entretengas en tu siguiente viaje.


El niño asintió, no demasiado convencido, y salió de allí con más preguntas que respuestas. Sin embargo, al abrir el mapa, comprobó que indicaba un lugar no lejos de donde se encontraba. Y cuando hubo llegado y volvió, el bibliotecario le entregó el primer libro.


Y así, día tras día, ambos siguieron honrando aquel pacto de caballeros que se prolongó durante muchos años. Y así, al niño le siguió un joven igualmente ilusionado, que comenzó a hacer viajes cada vez más lejanos, mucho más allá de las fronteras de su provincia. Y, más tarde, a aquel joven le sucedió un adulto entusiasmado por conocer, que leyó aún más libros en sus viajes por otros continentes.


Finalmente llegó un día, una hermosa mañana de primavera, en la que un anciano viajero entró en la biblioteca y preguntó por el señor Olivier. Y la encargada que trabajaba allí le dijo que hacía dos meses que había fallecido.


Apenado, el viajero fue de todos modos hasta el antiguo escritorio del bibliotecario, con la esperanza de encontrar allí un último libro. Y, para su sorpresa, sobre el despacho no había otra cosa que una carta, que decía lo siguiente:



“Si has llegado hasta aquí, significa que tu sueño se ha cumplido: enhorabuena. Ya no hay más lugares que conocer, ni más libros que leer. Mira frente a ti y conocerás al hombre más sabio del mundo”.



Cuando el viajero alzó la mirada se vio reflejado a sí mismo en el cristal de la oficina, y sonrió para sus adentros. Luego, con mucho cuidado, dobló y guardó el sobre en su bolsillo, junto al mapa, y salió de allí con la firme intención de dedicar sus últimos días a poner algo de orden en aquella biblioteca. A fin de cuentas, no todo el mundo estaba preparado para semejante labor.

domingo, 6 de febrero de 2011

Quiero besar esos labios...




Quiero besar esos labios tan puros,


ser el testigo de tu aura al albor;


anhelo el contacto contigo en ardor


vibrando los dos en deseos oscuros.



Quiero sentir nuestros cuerpos en danza,


verlos bailar al calor de los sueños;


tornen los aires del norte en sureños


mis ojos bebiendo tu alma de lanza



y alcen violines del tiempo sus alas


si entonas conmigo tan gran melodía,


siendo la envidia de Helios y Palas



tu arco de oro y tu excelsa armonía,


cáliz de plata que brilla en las salas


del templo que a Eros brindamos un día.

viernes, 31 de diciembre de 2010

De balances, saldos y cuentas a destiempo



No tenía pensado tratar este asunto, pero tanto anuario, memorando y listado de grandes momentos del año en todos los terrenos habidos y por haber me ha hecho perder la paciencia. Lo diré claramente: no termino de comprender a santo de qué esa manía, ancestral en estos lares y otros tantos que conozco, de hacer balances al término del año, cuando para la mayoría de los mortales el año, entendido como ciclo de 12 meses, empieza en realidad en septiembre, coincidiendo con el inicio del curso académico y se termina allá por junio/julio, antes del verano.


Y como decían aquellos entrañables policías gemelos de Tintín, aún diré más: al margen de que el refresco de memoria se hiciera en el equinocio o en el solsticio, ¿cuál es realmente su función? En esta sociedad donde la información devora constantemente a la información, sólo se me ocurren dos posibles opciones para tanto decálogo de grandes momentos, películas o fotografías para el recuerdo. La primera de ellas es que los medios de comunicación, en estos días de jolgorio y pandereta no tienen otra cosa que llevarse a la boca como no sea precisamente eso, un puñado de recuerdos aislados. La segunda, seguramente más inquietante, es que en un intento más por manipular a las adocenadas masas, intenten que se nos quede grabada en la retina esa última puñalada ideológica en forma de imagen manoseada por un texto maliciosamente perverso.


Sea como fuere, insisto en que todo esto del deportista del año, el libro del año o la memez del año es una tradición tan absurda como los coleccionables que inundan los quioscos (en septiembre, por cierto, no en enero). Para muestra, un botón: hace poco me asaltaron el correo electrónico unos anuncios de una lista de las diez burradas políticas más gordas del año, y no he podido dejar de pensar que el que haya hecho la selección habrá sudado lo suyo, para descartar tantas y tan buenas piezas de museo.


A nivel particular, yo no puedo evitar hacer un balance propio, que empezó en septiembre de 2009 en diversos frentes y trincheras, pero con unas únicas oposiciones en el horizonte que llegaron, puntuales, a su cita de finales de junio. El problema es que ese balance ya lo hice en su momento, que no es diciembre (embarcado como estoy en nuevas empresas desde hace meses), sino en una entrada veraniega con el alivio de fondo y la plaza en el bolsillo. A ella les remito y les deseo lo mejor para el 2011, (curso en curso, bien es cierto).

Cinefórum 15: El discurso del rey


Recuerdo una conversación, hace ahora algunos meses, en la que unos amigos estaban hablando sobre sus actores y actrices favoritos. Constaté que la práctica totalidad de los intérpretes mencionados eran ingleses o americanos (ya saben, la típica lista compuesta por Marlon Brando, Robert de Niro, Meryl Streep, Sean Connery, etc…). Por otra parte, pronto averigüé que, como temía, dichos gustos nacían de películas vistas en su versión doblada al español.

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Y no hubo manera de sacarlos de su error, por más que intenté hacerles ver que, por bueno que sea el doblador de Brando, Connery o quien sea, no son el actor original y, por tanto, los juicios de valor sobre su valía actoral resultan tan adulterados como inservibles. Por mucho que en la pantalla tengamos la presencia física del actor, no podemos sentir la intensidad de su voz, su temblor en los momentos dramáticos o su fuerza en las escenas más tensas, y para mí eso define tanto más su talento que la imagen (que a fin de cuentas no es más que eso, imagen). Constantino Romero, voz habitual de Clint Eastwood o el mismo Connery es un doblador fabuloso, no lo dudo, pero no resiste la comparación con los originales (y, viceversa, puede hacer que un ladrillo afásico como Arnold Schwarzenegger parezca un buen actor, como también hacía Ramón Langa con Bruce Willis).

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Todo esto viene a cuento de la última película que he tenido (al fin) el placer de ver en una sala de cine, El discurso del rey. Protagonizada por Colin Firth y Geofrey Rush, narra las desventuras del padre de la actual reina de Inglaterra, Jorge VI, por superar unos graves trastornos de dicción. La tartamudez, leit-motiv esencial de la cinta, es el caballo de batalla de un duque de York cuyo logopeda, excelentemente interpretado por Rush, combatirá como un síntoma de su problema real: la falta de autoestima, confianza y seguridad del aspirante a monarca.

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La película de Tom Hopper tiene notables virtudes que, aun en su versión doblada, se mantendrían, no lo dudo: su pulso narrativo, la fuerza de sus imágenes y las excelentes partituras que acompañan a cada escena son un gran argumento para pasar por la taquilla. No obstante, y si se quiere apreciar realmente la labor profesional de Firth y Rush es necesario, a mi juicio, ver la cinta en su versión original. La reproducción de la voz de Jorge VI asusta, mucho más que el posible parecido entre el actor y el personaje real, bastante discutible, por su mimetismo hiperrealista. Su tartamudeo, el modo en que reproduce hasta la más ínfima variación en el tono y la fidelidad con el tono y estilo de los discursos reales (el previo a la entrada en la Segunda Guerra Mundial, que coincide con la escena culminante de la cinta, es sublime), son con diferencia los momentos de mayor brillantez de la cinta, y los que permiten aventurar que, esta vez sí, Firth se alzará con la preciada estatuilla después de la decepción que obtuvo en la pasada edición de los Oscar con Un hombre soltero, donde también brillaba con luz propia.

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Es, no obstante, el personaje del logopeda el que mayores logros reúne, tanto a nivel de guión como de precisión por parte de Geofrey Rush a la hora de abordarlo. La recreación de Lionel Logue, con sus manías, bromas y su afición por Shakespeare, es sólo apreciable desde la óptica de la versión original, con todo el énfasis que su acento australiano es capaz de aportar. Evidentemente que Rush aporta, además, todo su repertorio gestual, irónico y mordaz, pero todo ello quedaría cojo, deslucido, incompleto, de no poder contar con ese poderoso recurso que es su profunda y grave voz.

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Y es que como comenté, a modo de epílogo y rendición a mis amigos en aquella desdichada conversión, fue precisamente la voz del propio Brando la que de Niro trató de imitar (y vaya si lo logró) en esa obra maestra que es El Padrino (parte II). Qué más da si se parecían o no físicamente, cuando uno cerraba los ojos y era el mismísimo Vitto Corleone el que estaba hablando. Y a otro nivel, aunque ya muy alejado del séptimo arte, me vino a la memoria unas cintas, que debo tener por algún lugar, en las que los difuntos Fernando Fernán Gómez y Agustín González hacían verdaderas maravillas interpretando a don Quijote y a Sancho, en unos textos adaptados para la radio donde su sola voz evocaba el texto, el arte y toda la magia de aquellas irrepetibles creaciones cervantinas. Claro que este último ejemplo ya no lo cité, por aquello de que no me mandaran al cuerno de los literatos.