






.Cuando llegué al comedor y vi el panorama que había allí, reconozco que me quedé algo sobrecogido. Hacía mucho tiempo que no veía a tantos niños llorando por una misma causa. Cuatro años, para ser exactos.
.Uno de ellos estaba sentado, solo y abatido, en una esquina. Me acerqué a él y nada más verme se me abrazó. Parecía que no hubiera palabra en el mundo capaz de apartar de sí esa tristeza que lo invadía, pero yo tenía al menos que intentarlo, y así lo hice.
.Comencé diciéndole que en realidad, la marcha de aquella monitora que tanto querían todos no era una mala noticia en todos los sentidos. Desde luego que todos íbamos a extrañar (y yo el primero) aquel buen humor, aquella actitud siempre tan positiva y con aquella capacidad de resolución que tantos problemas y dificultades habían allanado los cinco años anteriores. Desde luego que cada nueva formación sin ella ya no sería lo mismo, que cada noche en que fuéramos a dormir o cada mañana al levantarse ya no sería su voz la que nos deseara buenas noches o buenos días con aquella energía tan contagiosa como necesaria. Desde luego, en fin, que su salida del grupo dejaba un vacío que en ese momento, en aquella noche de lágrima y desconsuelo, a muchos se nos antojaba imposible de llenar.
. Sin embargo, continué diciéndole, no todo eran motivos para el desaliento. Él, por ejemplo, podía presumir de haber sido uno de sus niños durante más de tres años. Durante todos esos días y campamentos de verano, él había sido uno de esos afortunados en compartir tiempo, juegos y veladas con aquella monitora de trato exquisito, que se desvivía por todos y cada uno de los que de ella dependían. Él podía presumir de haber escuchado sus sabios consejos, sus palabras de ánimo en los momentos más tristes o sus felicitaciones en aquellos soleados días de promesa. Él la había visto brillar con luz propia en las veladas del festival de Navidad, se había bañado con ella en las aguas más frías de la montaña y se había reído a carcajada limpia con sus bromas y canciones. Él, en fin, no se iba de vacío de aquella experiencia conjunta, sino todo lo contrario: se iba cargado de tesoros..Así me lo reconoció, una vez que terminé: “con Akela todos los recuerdos son buenos”. Y así era. Con ella no hubo malos modos ni malos gestos, no hubo pérdidas de paciencia ni salidas de tono; con ella jamás hubo una palabra fuera de lugar, una mala cara, un gesto de tristeza o decepción; con ella sólo hubo aquello que cualquier chaval espera de un monitor, aquello que en teoría a todos debería unirnos: el espíritu de hacer feliz y de ayudar a crecer a los demás, a aquellos que nos rodean y se fijan en nosotros para crecer.
.Poco más tarde me encontré a otro niño, y luego a otra, y más tarde a un tercero: todos igual de apenados, todos igual de preocupados por ese futuro que se abría sin la que hasta entonces había sido faro y guía de sus pensamientos, sueños y caminos. A todos ellos traté de convencer con parecidos argumentos, todos ellos me confirmaron lo que yo ya sabía, las razones que a mí también me habían empañado los ojos cuando leyó aquella carta en que nos anunciaba su marcha definitiva.
.Sólo una buena noche de sueño logró apaciguar aquel llanto. Sólo un nuevo día, despertado por otros monitores cargados de ilusión, logró hacer que todo pareciera un sueño. No obstante, los niños tienen mejor memoria de lo que la mayoría de nosotros creemos, y saben que pasará un tiempo hasta que una figura semejante surja para conquistarlos de nuevo.
.Yo, desde luego, lo tengo claro. Desde que la conocí, pocos como ella me trataron igual de bien, compartieron tienda, sueños y anécdotas conmigo. Pocos como ella me inspiraron para seguir haciendo mi labor de voluntariado, y pocos como ella han provocado, con su marcha, que me planteé yo también si el momento de la mía está más cerca.
.Y es que, a fin de cuentas, con Akela todos los recuerdos fueron buenos.


Cuentan que una vez la luna se preguntó, con miedo, qué pasaría si el sol dejara de brillar. Si aquello llegara a suceder, entonces estaba segura de que perdería su resplandor de plata, ese que tantas canciones ha inspirado y que tantos romances ha contemplado, cómplice y confidente. Le aterraba, en definitiva, convertirse en una sombra destinada al olvido.
Cuentan que una vez, cuando el hombre logró mandar al espacio naves del tamaño de un coloso, una de ellas se cruzó en la distancia que separa al sol de la luna. No era como las demás que estaba acostumbrada a ver, sino que tenía dos grandes ojos rectangulares. Con pánico, pudo comprobar que al cabo de unos instantes aquellos paneles se interpondrían totalmente, impidiendo el paso de los rayos del sol.
Inmediatamente, la luna se puso a gritar. Chilló con fuerza “¡No quiero!”, exclamó llena de tormento “¡me perderé para siempre!”, lanzó hasta el último astro de la galaxia su agonía, y fue justo entonces, perdida ya toda esperanza, cuando la luna se contempló a sí misma por primera vez.
No sentía el calor de los rayos de sol, pero eso ya parecía no importar. La luna descubrió, reflejada en aquellos paneles, que tenía luz de sobra para brillar con fuerza propia. Y qué hermosa era. Qué pálido, qué dulce era aquel rostro redondeado que sonreía al otro lado del espejo astral. Cuanto más se miraba, mayor era su asombro y su alegría, pues aunque sabía que en cuestión de segundos la luz del sol volvería a abrazarla con su calor, ya no tenía miedo de nada ni de nadie.
Cuentan que, una vez que la nave siguió rumbo a los astros de los confines del universo, la luna y el sol se miraron, en esa tranquila distancia que se respira en el espacio profundo. Por primera vez, el sol descubrió que la mirada de la luna no era ya de necesidad, sino de firmeza. Por primera vez, el sol descubrió que la luna tenía ya tanta confianza y seguridad en sí misma que su amor no tendría límites ni fronteras, y que hasta el fin de los tiempos seguirían contemplándose, amándose al calor de los rayos de él, buscándose en la pálida mirada de ella, rigiendo un universo donde no importaba nada más que su amor, eterno e inquebrantable.

Sólo en contadas ocasiones logré que aquellos recuerdos me llevaran a un tiempo aún más lejano, pero cuando ocurrió fue algo digno de contar. En una de esas comidas me enteré de que mi abuela, a quien siempre había visto como una tradicional ama de casa, resulta que fue una de aquellas profesoras que se recorrían sendas y caminos para ir a dar clases a escuelas rurales, con aquellos grupos de alumnos de distintas edades y sexos a los que había que tratar de educar en su justa medida.
.En estos tiempos de bipartidismos electorales y otros menos importantes, los futboleros, me llegan las pésimas noticias de que el único equipo que se ha acercado a ser el de mis amores, mi Depor, ha descendido matemáticamente a la segunda división.
Digo lo de los tiempos bipartidistas porque, allá por principios de los años 90, la liga española se la repartían, como ahora, el Madrid y el Barça. La irrupción del Deportivo de la Coruña en aquella situación lo cambió todo, y contribuyó decisivamente a que la liga española ganara un prestigio que goza aún hoy (e inmerecidamente, cabe añadir), porque gracias a equipos como él nació la llamada “clase media”, equipos de no tan gran presupuesto pero muy equilibrados, competitivos y con muchísimas posibilidades no ya sólo de complicar la vida a los gloriosos, sino de arrebatarle muchos y buenos títulos (el Valencia, el Sevilla, a veces hasta el Atlético...)
Aquel Deportivo de los primeros noventa tenía una plantilla corta, pero llena de talento, con Liaño en portería, Nando en el lateral izquierdo, Voro, Paco y Djukic en la defensa y un centro del campo ocupado por Mauro Silva, Donato, Fran y Manjarín, con Claudio y el genial Bebeto en la delantera. Fue subcampeón de liga dos veces, a punto estuvo de ganar una de no ser por el celebérrimo penalti de Djukic ante el Valencia y finalmente logró alzarse con una Copa del Rey, dos Zamoras y una Supercopa, todo ello conducido por el entrañable Arsenio Iglesias.
Aquel equipo se recicló en un segundo “superdepor”, que sería, de la mano de Javo Irureta, aún más fructífero en títulos: una liga, una copa del rey, dos supercopas, dos subcampeonatos y, sobre todo, unas estupendas temporadas en Europa que lo llevaron en
Y ahí seguía Fran, bien escoltado por Valerón, Tristán, el holandés Mackaay, y otros jugadores tan fantásticos como Djalminha, Naybet, Víctor, Sergio, Pandiani o Molina. Fue precisamente con su retirada, la del canterano Fran, cuando el Depor perdió brillo y esplendor. Los grandes jugadores ya no llegaban, sino que más bien se retiraban o fichaban por otros equipos. Las penurias económicas, la mala planificación y un entrenador, Lotina, que no ha terminado de convencer a casi nadie, han sido causas determinantes en que un equipo plagado de anónimas mediocridades consume un descenso que no hace honor, ni de lejos, a la trayectoria de un equipo que, durante unos años, se convirtió en el más simpático, en el ojo derecho de todo aquel que, como yo cuando contaba con apenas diez o doce años, no tenía aún ni idea de lo que era el fútbol, y que aprendió a amarlo viendo a aquellos jugadores humildes y bien avenidos pero sobre todo a Fran y a sus estupendas cabalgadas por la banda izquierda, a sus pases imposibles y a sus goles, (vaya goles), a ese carisma y a esa entrega que tanto he admirado y tratado en vano de lograr cuando jugaba.
Gracias Depor, en cualquier caso, por estos 20 años de recuerdos, de partidazos y de alegrías y a ver si vuelves pronto con ganas de reeditar tus, por desgracia, ya viejas glorias.

Cuentan que un niño tenía como máxima ilusión conocer a la persona más sabia del mundo. No sabía por dónde comenzar su búsqueda de conocimiento, por lo que acudió al único lugar que le pareció apropiado: la biblioteca de su pueblo.
Allí trabajaba el señor Olivier, un hombre algo mayor, paciente y educado, que escuchó atentamente las palabras del muchacho.
- ¿Sabe usted dónde puedo encontrar al hombre más sabio del mundo?
- Es posible. Pero antes de presentártelo, cuéntame por qué quieres conocerlo.
Y el niño le contó que había muchas preguntas que nadie había sabido contestarle nunca, como por ejemplo adónde vamos cuando morimos, o si en todos los lugares del universo existe la misma fuerza de gravedad. El bibliotecario escuchaba, acariciando su barba, hasta que de pronto alzó su mano y se puso a mirar atentamente a su alrededor en busca de un libro. El niño estaba gratamente sorprendido de que aquel hombre no se hubiera reído de él, como solían hacer todos aquellos con quienes había tenido la mala idea de compartir su sueño, así que se sentó y espero a que volviera.
Y a diferencia de lo que esperaba, el señor Olivier no vino cargado con una torre de libros o con una pesada enciclopedia sino, muy al contrario, con un mapa. Y cuando lo puso frente a él y comprobó su cara de decepción, el señor Olivier dijo algo que quedaría grabado en la memoria del chico durante el resto de su vida:
- Aquí puedes leer todos los libros que quieras, siempre podrás hacerlo, pero ahora mismo tu espíritu necesita algo más que tinta sobre papel. Este mapa que ves aquí no es uno corriente: es un mapa de coraje.
Y como el niño lo miró pensando que a lo mejor el loco de los dos era el señor Olivier, el bibliotecario continuó con su explicación:
- En este mapa hay señalados lugares, sitios a los que nunca nadie ha llegado, y no por pereza o desgana, sino porque no han tenido el valor suficiente como para emprender esa tarea. Hagamos un trato: cada vez que consigas llegar a uno de estos lugares marcados, vuelve aquí y yo te daré un libro para que te entretengas en tu siguiente viaje.
El niño asintió, no demasiado convencido, y salió de allí con más preguntas que respuestas. Sin embargo, al abrir el mapa, comprobó que indicaba un lugar no lejos de donde se encontraba. Y cuando hubo llegado y volvió, el bibliotecario le entregó el primer libro.
Y así, día tras día, ambos siguieron honrando aquel pacto de caballeros que se prolongó durante muchos años. Y así, al niño le siguió un joven igualmente ilusionado, que comenzó a hacer viajes cada vez más lejanos, mucho más allá de las fronteras de su provincia. Y, más tarde, a aquel joven le sucedió un adulto entusiasmado por conocer, que leyó aún más libros en sus viajes por otros continentes.
Finalmente llegó un día, una hermosa mañana de primavera, en la que un anciano viajero entró en la biblioteca y preguntó por el señor Olivier. Y la encargada que trabajaba allí le dijo que hacía dos meses que había fallecido.
Apenado, el viajero fue de todos modos hasta el antiguo escritorio del bibliotecario, con la esperanza de encontrar allí un último libro. Y, para su sorpresa, sobre el despacho no había otra cosa que una carta, que decía lo siguiente:
“Si has llegado hasta aquí, significa que tu sueño se ha cumplido: enhorabuena. Ya no hay más lugares que conocer, ni más libros que leer. Mira frente a ti y conocerás al hombre más sabio del mundo”.
Cuando el viajero alzó la mirada se vio reflejado a sí mismo en el cristal de la oficina, y sonrió para sus adentros. Luego, con mucho cuidado, dobló y guardó el sobre en su bolsillo, junto al mapa, y salió de allí con la firme intención de dedicar sus últimos días a poner algo de orden en aquella biblioteca. A fin de cuentas, no todo el mundo estaba preparado para semejante labor.

Quiero besar esos labios tan puros,
ser el testigo de tu aura al albor;
anhelo el contacto contigo en ardor
vibrando los dos en deseos oscuros.
Quiero sentir nuestros cuerpos en danza,
verlos bailar al calor de los sueños;
tornen los aires del norte en sureños
mis ojos bebiendo tu alma de lanza
y alcen violines del tiempo sus alas
si entonas conmigo tan gran melodía,
siendo la envidia de Helios y Palas
tu arco de oro y tu excelsa armonía,
cáliz de plata que brilla en las salas
del templo que a Eros brindamos un día.

No tenía pensado tratar este asunto, pero tanto anuario, memorando y listado de grandes momentos del año en todos los terrenos habidos y por haber me ha hecho perder la paciencia. Lo diré claramente: no termino de comprender a santo de qué esa manía, ancestral en estos lares y otros tantos que conozco, de hacer balances al término del año, cuando para la mayoría de los mortales el año, entendido como ciclo de 12 meses, empieza en realidad en septiembre, coincidiendo con el inicio del curso académico y se termina allá por junio/julio, antes del verano.
Y como decían aquellos entrañables policías gemelos de Tintín, aún diré más: al margen de que el refresco de memoria se hiciera en el equinocio o en el solsticio, ¿cuál es realmente su función? En esta sociedad donde la información devora constantemente a la información, sólo se me ocurren dos posibles opciones para tanto decálogo de grandes momentos, películas o fotografías para el recuerdo. La primera de ellas es que los medios de comunicación, en estos días de jolgorio y pandereta no tienen otra cosa que llevarse a la boca como no sea precisamente eso, un puñado de recuerdos aislados. La segunda, seguramente más inquietante, es que en un intento más por manipular a las adocenadas masas, intenten que se nos quede grabada en la retina esa última puñalada ideológica en forma de imagen manoseada por un texto maliciosamente perverso.
Sea como fuere, insisto en que todo esto del deportista del año, el libro del año o la memez del año es una tradición tan absurda como los coleccionables que inundan los quioscos (en septiembre, por cierto, no en enero). Para muestra, un botón: hace poco me asaltaron el correo electrónico unos anuncios de una lista de las diez burradas políticas más gordas del año, y no he podido dejar de pensar que el que haya hecho la selección habrá sudado lo suyo, para descartar tantas y tan buenas piezas de museo.
A nivel particular, yo no puedo evitar hacer un balance propio, que empezó en septiembre de 2009 en diversos frentes y trincheras, pero con unas únicas oposiciones en el horizonte que llegaron, puntuales, a su cita de finales de junio. El problema es que ese balance ya lo hice en su momento, que no es diciembre (embarcado como estoy en nuevas empresas desde hace meses), sino en una entrada veraniega con el alivio de fondo y la plaza en el bolsillo. A ella les remito y les deseo lo mejor para el 2011, (curso en curso, bien es cierto).

Recuerdo una conversación, hace ahora algunos meses, en la que unos amigos estaban hablando sobre sus actores y actrices favoritos. Constaté que la práctica totalidad de los intérpretes mencionados eran ingleses o americanos (ya saben, la típica lista compuesta por Marlon Brando, Robert de Niro, Meryl Streep, Sean Connery, etc…). Por otra parte, pronto averigüé que, como temía, dichos gustos nacían de películas vistas en su versión doblada al español.
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Y no hubo manera de sacarlos de su error, por más que intenté hacerles ver que, por bueno que sea el doblador de Brando, Connery o quien sea, no son el actor original y, por tanto, los juicios de valor sobre su valía actoral resultan tan adulterados como inservibles. Por mucho que en la pantalla tengamos la presencia física del actor, no podemos sentir la intensidad de su voz, su temblor en los momentos dramáticos o su fuerza en las escenas más tensas, y para mí eso define tanto más su talento que la imagen (que a fin de cuentas no es más que eso, imagen). Constantino Romero, voz habitual de Clint Eastwood o el mismo Connery es un doblador fabuloso, no lo dudo, pero no resiste la comparación con los originales (y, viceversa, puede hacer que un ladrillo afásico como Arnold Schwarzenegger parezca un buen actor, como también hacía Ramón Langa con Bruce Willis).
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Todo esto viene a cuento de la última película que he tenido (al fin) el placer de ver en una sala de cine, El discurso del rey. Protagonizada por Colin Firth y Geofrey Rush, narra las desventuras del padre de la actual reina de Inglaterra, Jorge VI, por superar unos graves trastornos de dicción. La tartamudez, leit-motiv esencial de la cinta, es el caballo de batalla de un duque de York cuyo logopeda, excelentemente interpretado por Rush, combatirá como un síntoma de su problema real: la falta de autoestima, confianza y seguridad del aspirante a monarca.
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La película de Tom Hopper tiene notables virtudes que, aun en su versión doblada, se mantendrían, no lo dudo: su pulso narrativo, la fuerza de sus imágenes y las excelentes partituras que acompañan a cada escena son un gran argumento para pasar por la taquilla. No obstante, y si se quiere apreciar realmente la labor profesional de Firth y Rush es necesario, a mi juicio, ver la cinta en su versión original. La reproducción de la voz de Jorge VI asusta, mucho más que el posible parecido entre el actor y el personaje real, bastante discutible, por su mimetismo hiperrealista. Su tartamudeo, el modo en que reproduce hasta la más ínfima variación en el tono y la fidelidad con el tono y estilo de los discursos reales (el previo a la entrada en la Segunda Guerra Mundial, que coincide con la escena culminante de la cinta, es sublime), son con diferencia los momentos de mayor brillantez de la cinta, y los que permiten aventurar que, esta vez sí, Firth se alzará con la preciada estatuilla después de la decepción que obtuvo en la pasada edición de los Oscar con Un hombre soltero, donde también brillaba con luz propia.
Es, no obstante, el personaje del logopeda el que mayores logros reúne, tanto a nivel de guión como de precisión por parte de Geofrey Rush a la hora de abordarlo. La recreación de Lionel Logue, con sus manías, bromas y su afición por Shakespeare, es sólo apreciable desde la óptica de la versión original, con todo el énfasis que su acento australiano es capaz de aportar. Evidentemente que Rush aporta, además, todo su repertorio gestual, irónico y mordaz, pero todo ello quedaría cojo, deslucido, incompleto, de no poder contar con ese poderoso recurso que es su profunda y grave voz.
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Y es que como comenté, a modo de epílogo y rendición a mis amigos en aquella desdichada conversión, fue precisamente la voz del propio Brando la que de Niro trató de imitar (y vaya si lo logró) en esa obra maestra que es El Padrino (parte II). Qué más da si se parecían o no físicamente, cuando uno cerraba los ojos y era el mismísimo Vitto Corleone el que estaba hablando. Y a otro nivel, aunque ya muy alejado del séptimo arte, me vino a la memoria unas cintas, que debo tener por algún lugar, en las que los difuntos Fernando Fernán Gómez y Agustín González hacían verdaderas maravillas interpretando a don Quijote y a Sancho, en unos textos adaptados para la radio donde su sola voz evocaba el texto, el arte y toda la magia de aquellas irrepetibles creaciones cervantinas. Claro que este último ejemplo ya no lo cité, por aquello de que no me mandaran al cuerno de los literatos.

Hay en la Edad Media una figura, la del juglar, que siempre ha llamado la atención por su importancia dentro de la literatura universal. Estos personajes, artistas de calle, ambulantes y dotados con una especial capacidad de memoria y recitación, recorrían las villas y ciudades sin otro propósito que ganarse la vida cantando las hazañas o gestas de los grandes héroes de los tiempos antiguos (de ahí el término de cantar de gesta, género favorito de aquella época).
Pues bien, hay en la edad moderna una figura, la del trovador de sí mismo, que siempre me ha llamado la atención por sus insuflados aires de importancia dentro de esta España nuestra. Seguramente los habrá en otros lares, no lo dudo, pero los de aquí son modélicos y pueblan nuestras calles, nuestros barrios y nuestros centros de trabajo, sin otro propósito que pasarse la vida cantando sus propias hazañas o gestas como si hablasen del mismo Rodrigo Díaz de Vivar, alias el Cid.
Los juglares de sí mismos son gente que no sabe que lo son, como aquellos fantasmas de hace años, o si lo saben les da igual porque ello no sería sino una virtud más que añadir a su ya amplia lista. Son todos muy altos, muy guapos y muy listos, y enjabonan sus días y sus noches con dulces caramelos para sus propios oídos, donde no faltan referencias a lo importantes que son para todos aquellos que los rodean, lo necesaria que es su presencia allá por donde van, lo insulsa que sería la vida, en definitiva, si ellos faltaren (suma catástrofe donde las haya).
Estos personajes no conocen la autocrítica ni la reflexión, y el silencio tampoco va demasiado con ellos. Una conversación con un juglar de sí mismo se asemeja más a un monólogo del ombligo, donde los temas se van sucediendo sin que cambie el foco de atención: lo bien que a uno se le da tal o cual deporte, afición o pasatiempo; lo bien que uno realiza su labor diaria, lo mucho que su (des)afortunada pareja disfruta con su destacada e ilustre compañía, la lógica envidia que provoca allá por donde va entre ellos, ellas y cualquiera con dos ojos o dos dedos de frente, que para el caso es lo mismo. Llama la atención que, con tanto récord pulverizado a cada paso que dan, a estos personajes aún les quede capacidad de sorpresa respecto de sí mismos, porque hasta eso es en ellos ilimitiado, y es tal el grado de surrealismo que alcanza la autoalabanza, que el trovador puede llegar incluso a emular al César, no sólo en su gloria épica (eso se da por sentado), sino en su autorreferencia en tercera persona, que ya es decir.
Lo que estos poetas ignoran, o igual no lo ignoran y quizá ahí resida la esencia de su incurable complejo de inferioridad, barnizado con tanta loa a sus personas, es que el resto estamos ya muy cansados con nuestros propios problemas, tratando de resolver los obstáculos que la vida nos va planteando día a día, como para encima tener que aguantar semejantes memeces . Uno ya no tiene tiempo, ni ganas ni aguante, para soportar día tras día, hora tras hora, al pelma de turno repasando sin cesar las múltiples cualidades de ese producto sin par que es uno mismo, con esas constantes y molestas coletillas (o epítetos épicos, retornando a la cita inicial) de la falsa modestia, de lo mucho que la vida lo tiene a uno zarandeado (lo cual arroja, sobra es decirlo, más mérito aún a su incalculable valor personal), o de lo increíble, fascinante y deleitoso que es vivir bajo su piel cada minuto de cada hora de su voceada, cansina y agotadora existencia.
Con todos mis respetos para aquellos que sufren estas discapacidades, más que nada por lo ofensivo de la comparación, nunca he considerado a nadie más limitado, ciego, sordo e insensible que a un trovador de sí mismo. Ojalá llegase el día en que el laúd se les quebrase de tanto trino ceremonioso, y vieran que más allá de su ínfimo universo existe otro llamado realidad. (Claro que tal cosa es imposible, pues a fin de cuentas el laúd, como el juglar, son a la par pluscuamperfectos, ¿o no quedó eso claro al comienzo del cantar?)

Desde su creación, ha habido una serie de géneros considerados malditos dentro de los videojuegos. Mientras las compañías solían saturar los catálogos con policías, dinosaurios y zombies, había otros ámbitos donde parecía imposible obtener algún título no ya sobresaliente, sino sencillamente digno.
De todos ellos, a mí siempre me llamó la atención la ausencia de títulos destacados en dos marcos tan proclives a ser adaptados a un juego como la Edad Media y, especialmente, el Salvaje Oeste. Me parece asombroso que no haya una adaptación moderna con calidad de los Caballeros de la Tabla Redonda, por poner un solo ejemplo, pero sobre todo me deja perplejo que hayamos tenido que esperar casi treinta años para ver un juego del Oeste que merezca la pena.
Cierto es que cuando un género tiene como referente más ilustre nada menos que el jurásico Sunset Riders, un arcade de Konami de 1991 lineal y sencillo hasta más no poder, nos encontramos ante un grave problema. Intentos posteriores, ya en generaciones siguientes, dejaron perlas tan mediocres como Wild Arms (1996), Red Dead Revolver (2004) o Call of Juarez (2007), certificando la defunción del género casi antes de su nacimiento.
Tuvo que llegar el equipo de programación de mayor éxito de los últimos tiempos, Rockstar (responsables de los aclamados, aunque a mi juicio bastante discutibles, juegos de la franquicia Grand Theft Auto), para lograr lo que hasta ahora nadie había hecho: convertir un género maldito en la sensación del año gracias a un juego soberbio: Red Dead Redemption.
El parecido con uno de los títulos arriba mencionados obedece a que Rockstar recibió el encargo de realizar una secuela de aquel olvidable título, y se dedicó a lo que mejor sabe: aplicar a tan “ilustre” antecesor el género del sandbox (que llama así a las aventuras de acción que permiten la libre exploración de un amplio mundo y el desarrollo no lineal de la trama). El resultado fue que entre la secuela y la precuela sólo hay de parecido eso, el título.
Y es que, lógicamente, la labor de Rockstar fue mucho más allá de aplicar un patrón ya conocido. Durante nada menos que cinco años, el equipo partió literalmente de cero y creó un vasto universo ambientado en la frontera entre Estados Unidos y México a principios del siglo XX (es decir, en pleno ocaso del mundo en que se ambienta), plagado de desiertos, bosques, lagos, ríos, montañas, pueblos y alguna que otra ciudad perdida en mitad de sus vastas llanuras. El motor gráfico empleado para el juego, similar al de GTA IV (2007), fue mejorado con efectos de luz para los cambios de noche y día, así como para recrear todo tipo de fenómenos atmosféricos que van del calor asfixiante a las lluvias torrenciales, la niebla o el frío de las nieves.
La iluminación y la recreación paisajística son algunos de sus aspectos más destacados, junto a la flora y la fauna que el jugador puede cazar o recolectar, según su antojo, a medida que realiza sus misiones principales o secundarias, y que pueblan ese inmenso, inmenso escenario (nunca había visto nada similar, ni en cantidad ni en calidad, y lo más sorprendente es que los tiempos de carga son ínfimos).
Por otro lado, lejos de contratar al típico compositor de partituras de oficio, Rockstar se hizo con un equipo de artistas que compusieron temas para el juego, algunos con letra y voz y con todo tipo de melodías aplicadas a los diferentes ámbitos, con los mismos instrumentos que por entonces eran conocidos. A esto añadió un potente arsenal de sonidos plenamente reconocibles por los amantes del género, que aprovecha las virtudes de las consolas de nueva generación y termina por redondear el apartado sonoro.
Otro aspecto realmente cuidado por Rockstar fue la historia del juego, que narra las desventuras de un antiguo miembro de una banda de forajidos, que debe capturar a sus compañeros de correrías si quiere ver con vida de nuevo a su mujer e hijo. A lo largo de más de cien horas de juego, el jugador se mete en la piel de John Marston y protagoniza los momentos típicos que cualquiera espera encontrar en toda historia del oeste que se precie. Así, hay miles de tiroteos con todo tipo de armas, asaltos al tren en marcha, la mina de oro, el poblado indio, los mexicanos y sus revoluciones, los duelos al sol junto al saloon, la doma de caballos, cabalgar por los cañones al atardecer o por los desiertos junto a decenas de cactus y peligrosas serpientes… Y lo mejor es que todo ello está hecho con un cuidado, un nivel de detalle y un aprecio por la jugabilidad dignas de los mayores elogios.
Porque por encima de sus indudables logros técnicos, Red Dead Redemption es endiabladamente divertido. Su sistema de juego, de control y de disparos es tan sencillo como intuitivo, y la mecánica, aunque puede llegar a hacerse algo repetitiva, permite un desarrollo libre y abierto.
Conforme avanza el juego, conocemos personajes que nos encargan misiones. Podemos dedicarnos a resolverlas o a recorrer libremente el mundo, encontrando otras tareas o sencillamente haciendo lo que nos dé la gana, eligiendo caminos honrados que nos deportarán fama y dinero o siendo salvajes forajidos que asaltan diligencias y son luego perseguidos por la justicia. Las decisiones del juego afectarán a la forma en que se desarrollarán determinados aspectos, que nos permitirán ser reconocidos y saludados por los vecinos o no tener un momento de respiro ante el constante acoso de los sheriffs.
El juego tiene tantos y tan buenos momentos que resulta complejo quedarse con alguno. A mí me hizo especial ilusión cruzar la frontera a México y cabalgar de noche, a la luz de la luna, acompañado de los acordes del excelente Far Away, tema compuesto expresamente para el juego. Me encantó regresar al rancho familiar, ya terminadas las misiones principales, y dedicarme a la tranquila vida del ganadero o del buen padre y esposo, pero sobre todo me fascinó el giro final del argumento, que no desvelaré aquí por respeto a los que aún no lo hayan jugado, con el carácter solemne de un desenlace digno de las mejores historias.
Red Dead Redemption no es un buen juego del oeste: es el juego definitivo, una obra maestra que a partir de ahora se tomará como referencia ineludible para hablar de un género que, gracias a él, ha dejado al fin de ser maldito.
(P.d: http://www.youtube.com/watch?v=ge3JxWOjqNI Aquí se da una detallada explicación del sistema de armamento, disparos y coberturas del juego, tan complejo como, a la hora de jugar, sencillo. No pierdan detalle de la calidad del juego y, por favor, olvídense del pelma de locutor o bajen el volumen, que para el caso...)

Ayer decidí aceptar, al fin, la llamada de un número desconocido que había estado acosándome los últimos tres días. Cuál no es mi sorpresa al encontrarme al otro lado a un trabajador de la compañía telefónica con la que he decidido finalizar mi contrato, interesado en conocer los motivos de mi marcha y, cómo no, hacerme una estratosférica oferta para que reconsidere la posibilidad de permanecer en ella.
Le explico que los motivos de mi salida son básicamente tres, el menos importante de los cuales es que mi gasto mensual es desproporcionado, algo que no figuraba en la magnífica tarifa que me vendieron. Paso entonces a contarle el segundo motivo, ocurrido en el último año: un largo episodio de carácter surrealista que podría resumirse en que, con intención de obtener un teléfono con mayor duración de batería, acudí a mi oficina más próxima para intercambiar mis numerosos puntos por dicho teléfono.
Tras esperar durante cuarenta y cinco minutos a que el encargado atendiera a dos personas, me asegura que me llegará en unos días y yo, liado como estaba con las oposiciones, lo dejo estar. Dos meses después, acudo a la misma oficina y el mismo encargado me informa de que sigo en lista de espera. Confirma que el pedido está a punto de llegar, pero pasarán otros tres meses sin saber nada.
Decido entonces recorrer las sucursales próximas a mi localidad, con la esperanza de encontrar a alguien más eficiente. Después de dar mil vueltas y escuchar contradicciones como que la compañía no trabaja ya con dicho modelo de móvil y que, en el mismo centro comercial, lo tengan en otro puesto de la misma compañía, lo localizo y decido intercambiarlo por mis puntos, que lógicamente habían ido en aumento desde mi primera visita.
Hete aquí que, sin embargo, debo posponer la operación debido a no sé qué curioso fallo del sistema que me obliga a acudir al mismo sitio al día siguiente. Llegado el día, y tras esperar hora y media a que la encargada regresara de su tercer desayuno, se me informa de que no es posible canjear mis puntos, a pesar de las numerosas llamadas de verificación a teléfonos tipo 902 que, por supuesto, corrían a mi cuenta. Harto de tanta estupidez, decido comprar el móvil a tocateja y olvidarme de los dichosos puntos.
Tras escuchar atentamente mi historia, mi interlocutor me pregunta cuál es el tercer motivo por el que decido abandonar la compañía. Le informo de que, al margen de la irracionalidad de un sistema de puntos que no me está permitido utilizar no se sabe por qué extraña razón, lo que más pesa en mi decisión es que, como es natural, el trato recibido por los numerosos encargados, asistentes y dependientes ha sido defectuoso en todos los sentidos, haciéndome sentir como un tonto en el mejor de los casos, abandonado, ignorado y maltratado, por no decir timado, en el peor.
Una vez finalizada mi exposición, mi amigo pasa a hacerme una oferta que supera, en sus palabras, la que he establecido con mi nueva compañía. Me asegura que mis puntos serán inmediatamente canjeados por el último modelo existente, que se me hará un 40% de descuento durante el próximo año y que los encargados de mi sucursal me harán reverencias nada más verme entrar por la puerta.
Le digo que me parece estupendo, pero que no me interesa. Le digo que no entiendo por qué durante los años que llevo con ellos nadie, jamás, me ha llamado para conocer mi estado de satisfacción con la compañía, pero me abarrotan ahora a llamadas cuando ya he decidido hacer la portabilidad a otra. Le digo que no entiendo por qué narices ahora ya no hay el más mínimo problema en canjear los malditos puntos, cuando hace unos meses parecía misión imposible. Le digo que no me entra en la cabeza que las tarifas solo cumplan lo que prometen haciéndoles un 40% de descuento. Le recomiendo, en suma, que para los clientes que aún continúan siendo de ellos, tengan la deferencia de darles un trato mejor, más humano, considerado y justo, que es en definitiva lo mínimo que se debería pedir.
Y entonces se abren las compuertas y cae la bomba: “esto en definitiva es política de empresa: no esperes recibir un trato mejor en la compañía a la que vas, porque todas vamos a hacer lo mismo”.
- Qué vergüenza –le digo entonces, ya sin contener mi mala leche–, que tu último recurso para retenerme sea lanzar ese conjuro gitano del maltrato generalizado. Qué lamentable que no entiendas que mi marcha no obedece a un tema estrictamente económico, que parece que es lo único que sabéis comprender, sino a unos principios y unos valores que, es evidente, ni tenéis ni os interesan lo más mínimo. Me marcho porque estoy cansado de que me toméis el pelo, algo que habéis decidido hacer hasta el último momento con esta llamada tuya, tan impertinente como inoportuna. Y ahora, tanto si te molesta como si no, te voy a colgar el teléfono, porque tú y yo ya no tenemos nada más que hablar.

Resulta molesto que uno sí sepa, desde el respeto, dejar en su sitio la crucial labor de Einstein, Bohr, Copérnico o Newton, que entienda la importancia de las aportaciones de Arquímedes, Averroes, Darwin o Mendel, y ni se le ocurra pensar que leyendo un simple panfleto está ya a la altura de un científico o un investigador. Los avances de la ciencia han traído consigo mucho más que una revolución técnica o tecnológica, han supuesto el salto de un universo (el medieval, con su mentalidad y sus atrasos) a otro plagado de posibilidades, que crece a un ritmo exponencial. ¿Por qué esa conciencia y ese respeto no puede aplicarse, por igual, a disciplinas que jamás se han distinguido ni distinguirán por su aplicación práctica, sino precisamente por completar las lagunas que las cifras y las ecuaciones no pueden alcanzar, aun con toda su milimétrica precisión?