domingo, 30 de mayo de 2010

La isla del Tesoro



Hace unos años, las películas, y en especial las producciones de carácter más comercial, poseían una predominancia abrumadora sobre otras formas de ocio. Los videojuegos eran poco menos que un juguete para niños, mientras que la televisión era caldo de cultivo de, con muy honrosas excepciones, productos de mala calidad interpretados por actores de tercera, cuarta o quinta fila.

2004 marcó un momento clave en la historia de estos tres gigantes de fabricar dinero por dos motivos: el primero de ellos es el pistoletazo de salida de la séptima generación de consolas de videojuegos, una industria que ha llegado a barrer al cine como rey de los beneficios económicos del ocio (de todas las edades y sexos). El segundo, y no menos importante, es la aparición de una serie que iba a modificar totalmente el panorama televisivo-cinematográfico: LOST.

Hace sólo unos días que la serie ha puesto punto y final a su andadura, tras seis años en los que su repercusión ha ido en aumento exponencialmente. Después de un comienzo algo titubeante que pronto adquirió categoría de culto gracias a las infinitas posibilidades de Internet y a numerosas reposiciones por televisión. No obstante, fue en los foros de la red, en los chats y en las miles de páginas de aficionados donde Perdidos cobró una dimensión que ni el más optimista de sus creadores había soñado. La serie era seguida en más de 60 países de todo el mundo con una expectación sin precedentes, con millones de descargas semanales, audiencias televisivas que rondaban los quince millones de espectadores (sólo en EEUU) y una auténtica fiebre que tuvo su clímax el pasado 23/24 de mayo, momento en que se emitió en todo el mundo y a la misma hora para evitar filtraciones el último capítulo, titulado, para desgracia de muchos fans, The End.

Como siempre, ante un final tan esperado hubo reacciones de todos los tipos: algunos se dejaron llevar por la decepción, incluso el enfado, sintiéndose defraudados ante lo que consideraban un desenlace demasiado abierto, incluso beato. Una minoría se quedó más bien fría, como si no supieran bien cómo interpretar aquello. Y unos pocos, muy pocos, que nos sentimos satisfechos y pusimos fin, con una sonrisa en la boca, a una experiencia (de ocio: no se vayan a pensar que hablo de nada trascendental) simplemente inolvidable.

Hay muchas razones para sentirse así, y creo que incluso los fans más acérrimos de la serie (en general, los más defraudados) podrán entenderlo. Perdidos tiene una repercusión que excede con creces a los de su propia condición de serie. Es la serie de las series de la época moderna, un verdadero fenómeno al amparo del cual muchos guionistas han visto luz verde para proyectos de lo más dispar. El crecimiento del sector televisivo de los últimos cinco-seis años es algo que no tiene precedentes, y que ha dado frutos de toda clase y condición, algunos soberbios (Breaking Bad, Dexter o En terapia) y otros no tanto, especialmente en sus infumables segundas, terceras o cuartas temporadas (Prison Break, 24, Fringe o House, por citar sólo algunos ejemplos ilustres). Perdidos abrió la veda de ese conejo televisivo que ahora campa a sus anchas con aire triunfal, y ese mérito es tan innegable como, paradójicamente, peligroso (la pregunta que muchos se hacen ahora es: ¿Y ahora, qué?)

Es cierto que la televisión siempre ha gozado de buena salud general, y que hay series que han tenido un reconocimiento generalizado de crítica y público (pienso en Twin Peaks, Expediente X o Los Soprano, tirando de archivo reciente), pero aquello eran excepciones frente a un panorama actual donde la televisión es, claramente, un caballo ganador. Los mejores actores se rifan por tener su serie (Glenn Close, Gabriel Byrne, Tim Roth, Lawrence Fishburne y un larguísimo etcétera), las productoras invierten mucho dinero en medios, decorados, actores y hasta efectos visuales, por no mencionar la cantidad de remakes de series antiguas de los 80 y los 90 (casi todas ellas innecesarias, por cierto. Vean si no la lista: El coche fantástico, 90210, V…)

Toda esa eclosión es mérito de Perdidos, de ese genio llamado J. J. Abrams y de unos guionistas que han manejado con una habilidad soberbia la tensión narrativa necesaria para mantener a millones de seguidores enganchados a las seis temporadas de la serie. Es cierto que hubo altibajos, e incluso serias dudas de que supieran hacia dónde iba todo aquello (la serie es complicada hasta decir basta, e imposible de resumir en unas pocas líneas). Sin embargo, parece que al final todo encaja, o al menos la mayor parte y lo fundamental, que podríamos resumir en tres preguntas básicas (hay muchas más, lo sé): ¿Qué misterio se esconde en la no menos misteriosa isla que sirve de escenario a la serie? ¿Por qué los pasajeros del Oceanic 815 se estrellan ahí? Y, sobre todo, ¿por qué precisamente ellos, que parecen tan unidos por una serie de caprichos del destino, y no otros?


A todo ello se da su debida respuesta (debida a mi juicio, entiéndase), que no es una respuesta necesariamente científica. Ahí está, creo yo, la clave de la decepción de muchos losties (término que designa al fan-talibán de Perdidos): esta serie no se puede explicar racionalmente, por mucho electromagnetismo que se nos quiera meter en alguna que otra temporada. Esta serie, lejos de teorías científicas, ancla sus raíces más profundas en las mitologías cristiana, griega, egipcia, budista… la lista es interminable, como lo es la multitud de interrelaciones entre unas y otras. ¿Ejemplos? A granel: unos hermanos fundacionales que se pelean por un territorio, un ángel caído convertido en el aterrador demonio de la isla, un navegante que naufraga en su vuelta a casa para desposarse con Penélope (nombre literal de personaje), un protagonista con dotes de líder cuyo apellido es Shepherd (pastor), resurrecciones, viajes al más allá… Podría seguir todo el día.
Y a eso une unos personajes complejos y llenos de matices, que evolucionan como pocas veces se ha visto en una serie, acompañados siempre por la acertada partitura de Michael Giaccino y el ojo clínico de Abrams en los momentos más complicados, que los hubo (ay, esos viajes en el tiempo…). En realidad, la clave de la serie no está tanto en saber qué va a pasar como qué les va a pasar, ya que es imposible no entablar vínculos con la mayoría de personajes inolvidables (Locke, Benjamín, Hugo…) y otros algo más tópicos, pero en cualquier caso muy bien interpretados por un elenco acoplado y comprometido con su propósito de hacer un producto de ocio de primer nivel.

Con la marcha de Perdidos se pierde el referente principal del surgimiento televisivo de los últimos años. Ahora mismo se abre un vacío marcado por el clamoroso fracaso de sus supuestos sucesores (como la horripilante Flash-forward y demás memeces pretenciosas). La gran ironía de esta serie no es habernos mantenido en vilo todos estos años en busca de respuestas (o de entretenimiento, que es lo mismo), sino que, precisamente ahora que termina, es cuando más perdidos nos sentimos.

Qué bueno, en cualquier caso, haber sido partícipe de un acontecimiento global, quizás el primero a esta escala, que con toda certeza cambiará los modos y maneras de una industria que, necesariamente, evolucionará para mejor. Y eso, como tantas otras cosas, también es mérito de los locos de la isla del tesoro.

domingo, 23 de mayo de 2010

Campeón de los charlatanes

Hace unos días asistí al Masters de tenis de Madrid, en la jornada de semifinales que enfrentó a Rafael Nadal contra Nicolás Almagro (victoria para Nadal por 4-6, 6-2 y 6-2). Fueron más de dos horas de tenis del más alto nivel, con unos tenistas entregados que en ningún momento perdieron la templanza y demostraron por qué se encuentran en lo más alto del tenis mundial.

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Hace tiempo que Nadal ha traspasado las barreras del deporte de elite para convertirse en un icono mundial a la altura de Messi o el tristemente célebre Tiger Woods. Y esto es así porque, al margen de su palmarés o su impresionante talento, Nadal tiene algo que a muchos les falta: carisma, personalidad, pasión y, sobre todo, las ideas muy claras y un entorno muy favorable que mantiene sus pies en el suelo. Como atleta, es un coloso: verlo en la Caja Mágica defendiéndose como podía ante un Almagro pletórico en el primer set y bravo en los siguientes era toda una gozada. Nadal corría, subía y bajaba, y devolvía los golpes de su adversario con una determinación inquebrantable. Tardó más de lo previsto en ganar pero ganó, y bien. Y al final del partido, agotado tras más de dos horas de gran tenis, atendió a no menos de seis medios de comunicación en la misma pista, regaló pelotas firmadas a los aficionados y se fue ovacionado con una mezcla de admiración, respeto y entrega por parte de un público que lo adora vaya donde vaya.

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Semejante laudatoria viene a cuento no sólo como crónica a deshora del evento deportivo (en la final Nadal arrasó a Federer por 6-4 y 7-6 (t)), sino a propósito de dos sucesos que han tenido lugar en este deporte cuya corona aspira a recuperar el de Manacor. Primero aparece Federer, el gran campeón del tenis contemporáneo, y se descuelga diciendo que “en tierra sólo se necesitan piernas, una derecha y un revés increíbles y aguantar cosas. No quiero decir que en tierra baste con mantener la bola en juego y esperar un error, pero a veces es demasiado fácil” (pero recalcando, eso sí, que no lo dice por quitarle mérito a Nadal, el mayor experto del mundo en dicha superficie). Federer viene a decir que con tener dos piernas fuertes y arrear muletazos con la raqueta, cualquier puede ganar en tierra. Ya. Eso explica por qué ha estado a punto de jubilarse sin ganar Roland Garros, después de perder hasta cuatro finales contra Rafa (la que ganó fue el año pasado, sin Nadal en el camino). Luego concluye afirmando que el manacorí es “su heredero”, para rematar el inútil desprestigio a un jugador que, recordemos, le ha ganado 12 de las 17 finales que han disputado juntos.

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Pero lo peor ha llegado hoy, cuando nuestro segundo top ten español, Fernando Verdasco, ha perdido totalmente los papeles en la final del torneo de Suiza ante el francés Gasquet, al que ha insultado de todas las formas posibles (cito sus amables palabras, tras fallar el 10º revés paralelo seguido de Gasquet: "¡Su puta madre, puto francés de mierda, puto francés de los cojones!"), para después dirigirse con igual cortesía al público, también francés, que estaba cansado de las constantes salidas de tono del español cuando perdía (“Es el peor público del mundo, los putos franceses de los cojones") y cuando ganaba algún que otro punto (Joderos, joderos. A ver quien tiene más cojones"). Luego va y dice, el bueno de “Fer”, que en realidad no se dirigía al público francés, que asegura adorar con locura, sino sólo a un par de energúmenos. Ah, y que lo siente mucho. Qué vergüenza.

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Todo esto, en suma, debería servirnos para no perder la perspectiva cuando se hable de grandes campeones de este deporte. Federer podrá ganar 2.000.000 de grand slam de aquí a que se retire, y Verdasco otros tantos (o no, seguramente), pero mucho me temo que su arrogancia, presunción y divismo les hace perder demasiados enteros. Es posible que, por su especial naturaleza, no haya deporte donde el ego saque a relucir lo peor de un profesional como el tenis, plagado de divos como el inefable letón Gulbis (otro que tal baila). Cuando uno gana, el mérito es 100% suyo. Y lo mismo debería ocurrir cuando uno pierde, pero aquí vemos que, ya sea el número 1 del mundo o el 200, el orgullo lleva a muchos tenistas a perder más fuerza por la boca que por la raqueta.

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Esto explica mi gran admiración hacia Rafael Nadal, un deportista de una honestidad, discreción y humildad hasta ahora intachables, alguien capaz de ganar un Open de Australia a un Federer envuelto en lágrimas y decir que es el más afortunado del mundo por poder disputar encuentros con el mejor tenista de todos los tiempos. Nadal no es grande por su probada calidad como tenista, sino porque a ello suma una educación exquisita, un saber estar y una conciencia clarísima de lo que es y lo que tiene entre manos.

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Y, precisamente por eso, da igual si vuelve a ser número uno o no, o si no levanta ya nunca más trofeos: Rafa es y será siempre el más grande porque con cada golpe de raqueta, cada gesto al vencer un punto o cada atención que tiene con la gente transmite toda su calidad humana. Y los demás que hablen, que así les va

viernes, 14 de mayo de 2010

Un Oasis musical


Más o menos dentro de un mes saldrá a la venta Time flies… 1994-2009, una recopilación de todos los singles de la banda británica Oasis, que allá a mediados de los noventa se autodenominó la “más grande del mundo” empujada por no pocos fans y críticos entusiasmados ante el innegable talento de los hermanos Gallagher y compañía para hacer pop/rock del bueno.

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Oasis surgió en 1994 prácticamente de la nada con el disco Definitely Maybe, una confusa amalgama de sonidos que recogían herencias que iban de T-Rex a Los Beatles, pasando por (no se lo pierdan) ecos de Nirvana. Era un álbum furioso e irregular, incluso en su brillantez, y contenía canciones de indudable calidad, como Live forever o Supersonic, que parecían realmente impropias de una banda tan joven.

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La locura se extendió por toda Inglaterra y buena parte de Europa, acompañada de ventas millonarias. Después de décadas a la caza y captura de unos nuevos Beatles, los mass media británicos se lanzaron a ensalzar las andanzas de una banda inmadura para asimilar tanto halago y, especialmente, tanto éxito. Hasta 50 semanas estuvo en lista el discreto single Whatever (1994), que sirvió de enlace con el siguiente álbum de la banda, What’s the story (morning glory)? (1995).

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Recientemente, los británicos eligieron ambos discos entre los 10 mejores de toda la historia, compitiendo codo a codo con el inmortal cuarteto de Liverpool (Oasis es de Manchester). Puede que sea algo exagerado, pero lo cierto es que …Morning glory? parece, más que un disco, una colección de grandes éxitos. Hasta 6 sencillos fueron extraídos del álbum, entre ellos su canción más representativa y una de las mejores de la historia de la música contemporánea, Wonderwall. Puede que con el tiempo se olvide buena parte de la música de Oasis (por no decir casi toda), pero estoy convencido de que esta canción permanecerá durante décadas en el panteón de las mejores porque es, sencillamente, una obra maestra.

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A pesar de que Liam, el menor de los Gallagher, era el cabeza de portada de todas las revistas, el cantante de casi todas las canciones y el más fotogénico del grupo, realmente el alma del grupo era Noel Gallagher, ya que componía, arreglaba y perfeccionaba cada detalle de cada canción. Su torrente compositivo parecía no tener límites, y por ello acompañaba cada sencillo de una o dos caras-B de una calidad asombrosa, que el grupo recogió en el maravilloso The Masterplan (1998), una marcianada con canciones tan buenas como Acquiesce, Half the world away o la que daba título al disco y que demostró, una vez más, la supremacía creativa del período 1993-96 por parte de Oasis. De las 18 canciones que incluyeron en su recopilación de grandes éxitos de 2006 (Stop the clocks), no por casualidad 13 pertenecen precisamente a estos tres años.

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Después del boom inicial, Oasis entró en barrena. A los continuos problemas de drogadicción de Noel se unieron los de alcohol de Liam, lo que, sumado a su carácter furioso y temperamental, fruto todo ello de una infancia traumática de abusos y palizas, llevó a la banda al borde de la quiebra. Dos de sus miembros fundadores (el batería y el bajo) abandonaron el grupo en 1999, después de la debacle que supuso el fallido Be here now (1997), que se suponía iba a devolver a Oasis a lo más alto.

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No fue así. De hecho, ya nunca fue así. La banda se rehizo algo del golpe contratando nuevos músicos, y ha seguido vendiendo discos (Be here now fue el más rápidamente vendido en sus primeros días en toda la historia del Reino Unido, de hecho), y todos sus discos desde entonces entraron como número 1 de ventas, pero ni estos ni sus canciones han tenido el mismo impacto mediático, comercial, crítico y hasta cultural que la banda cosechó a mediados de los noventa.

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Y mira que lo intentaron. Tanto Noel como Liam aparcaron sus diferencias, dejaron las drogas y dieron lo mejor (que quedaba) de sí mismos, especialmente en The Hindu Times (2002) y Don’t believe the truth (2005), álbumes donde por momentos recordaron sus mejores tiempos (canciones como Little by little, Songbird, The importante of being Idle o Lyla suenan fenomenal), pero al final fue todo inútil. Lejos quedaban ya los tiempos de la guerra del britpop (más que nada porque sus archienemigos de Blur habían desaparecido de la faz de la tierra), bandas más jóvenes y talentosas como Coldplay o los Artic Monkeys llevaban ahora la voz cantante y a nadie, le importaba ya, francamente, lo que los Gallagher tuvieran que decir acerca del mundo.

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Dig out your soul (2008), último intento de Oasis por recuperar el cetro de la música británica, europea y mundial por ese orden, fue la confirmación de que la banda estaba pasada de moda. Ninguno de sus singles llegó al número uno (apenas lograron entrar en el top 5), las ventas fueron un desastre y sus conciertos tuvieron un impacto, por decirlo de un modo suave, menor (qué duro debió ser para los Gallagher, especialmente recordando el multitudinario concierto de 1996, el de mayor asistencia de público de toda la historia de Inglaterra). Quizá por todo ello, Noel y Liam anunciaron la disolución de la banda y confirmaron que estaban ya trabajando en proyectos diferentes. Era el fin de Oasis.

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Puede que la recopilación de Time flies… 1994-2009 sirva para refrescar la memoria de unos años en que, le pese a quien le pese, el trono de los Beatles estuvo tambaleándose. Puede que Oasis no sea la mejor banda de rock del mundo, y que nunca lo fuera. Qué más da. Escuchar sus primeros discos es, aún hoy, un soplo de aire fresco entre tanta rubia de bote enseñando las cachazas mientras balbucea palabras ininteligibles y vende singles a porrillo por i-Tunes. Ay, si John Lennon levantara la cabeza…



martes, 4 de mayo de 2010

No pudo el alba apuntalar su hora...


No pudo el alba apuntalar su hora
levando anclas ya la noche llena,
y quedó a merced de una cadena
la lágrima candente de la aurora.

La frontera entre el sueño y la vigilia
se abrió camino entre hoces de viento,
dejando atrás tristeza y desaliento
por la fe de ampararse en la familia

que un día, en tembloroso resplandor,
la acogió en la forma de tu mano
y arrullaron las palabras de tu voz.

Ellas le revelaron el arcano,
Luz sobre sombra negra de terror
ahuyentada por tu Helios meridiano.

jueves, 29 de abril de 2010

"Fúrbol" hasta en la sopa

Menuda semanita mediática nos espera tras la derrota del Fútbol Club Barcelona en semifinales de la Copa de Europa. Entre el festivo bombo de unos (la prensa nacionalista madrileña) y el no menos estruendoso, en este caso amargo y rencoroso de los otros (los nacionalistas catalanes) creo que ya me he hartado del fútbol, y lo peor es que todo obedece a causas extradeportivas.

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Porque, en lo deportivo, el asunto no merece la menor consideración. Lo único que ha sucedido es que un equipo ha sido eliminado de dos competiciones con toda justicia (copa del Rey y de Europa), que su liderato en la liga se mantiene con una ventaja de un solo punto frente a un perseguidor que parece incansable, y que hay gente en Barcelona que teme que vayan a pasar de ganar 6 títulos a ganar 0 en un solo año. Y de ahí el pánico, y el ruido.

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Porque todo se reduce, en definitiva, a ruido, que es lo que llevan haciendo la prensa catalana y madrileña desde que el mundo es mundo, con su sensacionalismo barato, sus manipuladoras informaciones y sus malintencionados artículos y viñetas, un día tras otro. Qué lamentable resulta que estos periódicos deportivos sean la prensa más vendida y consultada en este país de analfabetos funcionales, qué triste que triunfe ese espíritu de tabloide y horrenda escritura que hace palidecer de infartos gramaticales a todo aquel que osa poner sus ojos sobre ella.

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Claro que todo esto sólo se entiende si se analiza con algo de calma a sus “artífices”, unos periodistas deportivos que son, con excepciones muy honrosas (Alfredo Relaño, Santiago Segurota, Miguel Rico y para de contar) gente con escasa formación cultural, lingüística y, lo peor de todo, deportiva. Su único recurso ante semejante panorama es la apelación al tópico, a la frase hecha y a la argumentación demagógica para ganarse a un público básicamente iletrado que, casi con toda seguridad, ni siquiera entenderá lo que lee (si es que lo lee, que me temo que tampoco).

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Digo prensa deportiva cuando, en realidad, debería decir futbolística. No hay más que comprobar el espacio que en este país se dedica en prensa, radio y televisión al fútbol frente a otros deportes (una relación de 90% a 10% ya se quedaría corta), para darse cuenta de que ni siquiera la cuestión es la afición desmedida al deporte. ¿Quién sabe en este país algo de atletismo o gimnasia en sus múltiples disciplinas, esgrima, halterofilia, esquí, natación, tiro, hípica o patinaje? En todas esas disciplinas tenemos grandes deportistas que merecerían mucha más atención que la enésima repetición de los goles, o los torpes balbuceos mentales de tal o cual futbolista al que se le pregunta hasta por la caída de la hoja, y cuando hasta eso ya no basta nos saturan con imágenes de las gradas de los estadios, con octogenarios que se sacan mocos o escupen sin rubor alguno, como si ello fuera el colmo de la noticia futbolera.

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Y lo siento, pero no me vale lo del baloncesto, el tenis o la fórmula 1. No, señor. Si en este país se habla de eso es única y exclusivamente porque tenemos referentes mundiales (Gasol, Nadal, Alonso), casos aislados que, cuando se jubilen, devolverán a esas disciplinas al cajón de los olvidados donde figura, sin ir más lejos, el golf (dejado de la mano de Dios desde que Ballesteros se fue: fíjense que ahora sólo hablamos de eso por Tiger Woods y sus líos de faldas).

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No se engañen: en el país de la pandereta todo es fútbol, fútbol y más fútbol. Fútbol los sábados, los domingos y los lunes (liga), fútbol los martes y miércoles (copa de Europa), fútbol los jueves (Europa League) y hasta los viernes (segunda división). Es fútbol en el desayuno, a la hora de comer, en la cena y hasta de madrugada, (por no decir la sopa). Es fútbol en verano, otoño, invierno y primavera, y de nuevo verano, (no se olviden del mundial), y luego la pretemporada y los torneos veraniegos, y la supercopa, y la ultra copa y la megahipercopa, y el mundialito de clubes y….

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Y cuantos más partidos y más torneos innecesarios, más titulares, más rotativos, más manolos casposos entrevistando a magnates de la construcción, más programas interrumpidos en cualquier medio y a cualquier hora por los ciento y un mil partidos del siglo que hay cada semana, sin descanso, y así hasta el infinito y más allá porque lo único que importa es vender camisetas, entradas, periódicos, contratos publicitarios y cromos hasta que los casi cinco millones de parados de este país acaben con la lengua fuera y la billetera vacía, pidiendo una tregua de, al menos, un día sin el fútbol de las pelotas dando el coñazo.





P.d: Me perdonen el desahogo. No podía más.

lunes, 12 de abril de 2010

Carta abierta

Estimado señor Rector:


Tengo el gusto de comunicarle que estoy pasando una semana absolutamente deliciosa en el prestigioso campus de su no menos prestigiosa universidad. No sé si está enterado de que el centro educativo que usted regenta acaba de ofrecer una serie de becas que jóvenes entusiastas y con ganas de comernos el mundo como el que esto escribe agradecemos como agua de mayo, entre otras cosas porque de ello depende nuestro futuro.


Con vistas a obtener una carta de aceptación en la universidad de usted, señor Rector, me desplacé el viernes pasado a su alborotado campus, personándome en los mismos despachos donde los días anteriores nadie tuvo a bien cogerme teléfono alguno (imagino que porque la actividad que allí desarrollan es frenética, sin duda). Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que la profesora a la que iba buscando, (a la que de ahora en adelante llamaré Meryl Streep por aquello del anonimato) se encontraba fuera, como así tuvo a bien indicarme su menesterosa secretaria (A, para los amigos), que prometió llamarme en cuanto tuviera nuevas sobre la susodicha.

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Como aquí no terminaba mi ronda de visitas me dirigí al siguiente emplazamiento docente, donde otra nueva profesora, a la sazón directora del departamento (y que llamaré Glenn Close, por aludir a otra gran dama), no sólo no se encontraba en su despacho preceptivo sino que, oh, sorpresa, tampoco allí se hallaba la secretaria que se supone trabaja para ella y que a partir de ahora llamaré B. Otra secretaria que sí estaba allí me indicó que justo en ese momento (oh, casualidad) B acababa de salir, pero que no tardaría más de veinte minutos en regresar.


Cuarenta y cinco minutos después, la menesterosa B regresó de sus ídem para espetarme que, dado que era viernes, no era probable que la directora del departamento para la que no trabajaba tuviera en mente acudir a su puesto de trabajo, como es lógico y normal. No pude menos que asentir y convenir con ella en que, efectivamente, no era de recibo dar el callo en semejantes condiciones y con un sol espléndido blandiendo sus ignífugos rayos en el horizonte mañanero.


Con la promesa de nuevas llamadas que se producirían al mismo ritmo e igual intensidad que los de la secretaria A, B me despidió gentilmente y me garantizó que mi correo electrónico rebosaría de novedades a lo largo del fin de semana.


El lunes por la mañana, y sin haber tenido noticia alguna de sus afanados subordinados, me dirigí de nuevo al campus de su excelencia de usted, donde no encontré rastro alguno ni de la profesora Streep, que se encontraba desayunando en Madrid (a las 11:45 de la mañana, como es natural) ni de la secretaria B ni por supuesto de la profesora Close, que seguramente tendrían cosas más importantes que hacer que perder el tiempo en sus respectivas oficinas.


Preocupado porque la noche anterior, término del plazo para solicitar la beca de su prestigiosa universidad, el sistema informático de solicitud había fallecido sin novedad alguna, decidí ocupar mi ociosa mañana de esperas en averiguar si se ampliaría el plazo de solicitud de la beca de ustedes. Así, me personé en la sede que gestiona las becas, donde una encantadora secretaria C me envió a una cuarta D, que a su vez me remitió a una E y luego a una F, (todo ello sin salir del edificio, pero dando encantadores rodeos por su clara, lógica y accesible arquitectura), para llegar finalmente al secretario G, que me dio el teléfono de una persona que ya no sé si era secretaria, profesora o barrendera, H, cuyo teléfono por supuesto no cogió absolutamente nadie, como es lógico y normal.


Tras esperar durante otros cuarenta y cinco minutos en el despacho de la profesora Close, que no parecía regresar nunca de su clase matinal (seguramente porque estaría ampliando información a sus afortunados pupilos), y en pleno delirio y éxtasis ante tamaña acumulación de casualidades, dirigí mis pasos a la secretaria A, la primigenia, que me informó que la profesora Streep daba clase en un edificio lejano y que seguramente, dado que no servían desayunos en las proximidades, quizás podría encontrarla en su lugar de trabajo.


Me personé en el edificio a las 13:05 horas, abandonando el lugar a las 13:06 dado que la conserje I acababa de salir en ese momento porque se encontraba desayunando (luego por tanto sí servían desayunos, vive Cristo). Por curiosidad, pasé por una de las veinte cafeterías del campus para comprobar el grado de adicción del personal docente universitario y administrativo, pero lo único que observé fueron palmeras de chocolate en dudoso estado de conservación y café aguado, lo cual me llevó a pensar si el personal docente universitario y administrativo no se encontraría en las cafeterías sino en las letrinas contiguas vaciando sus espíritus de semejantes productos inorgánicos.


Retorné al escenario del crimen a las 13:45, donde para mi sorpresa I se encontraba limándose las uñas en su puesto de trabajo. Al pedirle información sobre la profesora me indicó que no podía darme esa información a no ser que le diera el título y código de la asignatura. Fui a visitar a mi amiga del alma A, que al no conocer tampoco dicha información me remitió de nuevo a I. La conserje, bloqueada cual windows vista cualesquiera ante mis complejas inquisiciones, y en un alarde de profesionalidad sin límites, me invitó a visitar aula por aula las 125 aulas del edificio de cinco plantas en el que nos encontrábamos a ver si, por un casual, pillaba a la profesora Streep al salir de su clase.


Ligeramente hasta las pelotas de A, B, C, D, E, F, G, H, la conserje I y mis desconocidas pero amadas profesoras Streep y Close decidí poner punto y final a mi gloriosa búsqueda en pos de mi futuro a eso de las 14:15 horas, tras más de cuatro horas de esperas, paseos y palmeras de chocolate, por no mencionar las decenas de llamadas infructuosas y correos sin responder, y con tanta esperanza de comerme el mundo como de encontrar a una sola persona que, en el prestigioso campus de la no menos prestigiosa universidad de usted, se encuentre donde debe, cuando debe y haciendo lo que debe, es decir: su trabajo.


Atentamente,

K.

jueves, 8 de abril de 2010

Réquiem por el díscolo.



José María Gutiérrez, más conocido por el sobrenombre de “Guti”, ha anunciado que no seguirá más en el Real Madrid, club donde ha militado desde que era un benjamín y en cuya primera plantilla lleva la friolera de 15 años. Aunque ha reconocido que aún tiene la ilusión por seguir jugando uno o dos años más, su destino parece encaminarlo más bien a clubes de Inglaterra, Italia o los países árabes. Ofertas no le van a faltar, desde luego.


A nivel de clubes, Guti lo ha ganado absolutamente todo, como así lo atestigua su impresionante palmarés: 3 Copas de Europa, 5 títulos de la Liga española, 4 Supercopas de España, 2 Intercontinentales y 1 Supercopa de Europa. Semejante currículum sólo está a la altura de los más grandes.

Sin embargo, a nivel individual existen numerosos matices que han empañado la carrera de Guti desde sus inicios hasta estos últimos partidos que está disputando con su equipo de toda la vida. Ni la crítica especializada ni el público han soportado jamás las muchas y variadas excentricidades de un futbolista al que han reprochado su carácter díscolo, altanero, arrogante y presuntuoso, adornado todo ello con una fijación por la estética que, en este país donde el deporte debe ser de machos sudorosos y velludos, alguien como él, tan fino y estilizado, sencillamente no se entiende. Semejante carácter (que, por cierto, suscribe hasta el mismo Guti) le ha llevado a ser uno de los jugadores más detestados por las hinchadas propias y rivales, que siempre lo reciben con un cántico de lo más afectivo (a saber, ¡Guti (x3) maricón!) y lo acompañan durante los 90 minutos de silbidos e imprecaciones a cada balón que toca.

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Lo que muy pocos reconocen, y los que lo hacen es a regañadientes, es que este muchacho es posiblemente el futbolista mejor dotado técnicamente que ha conocido el fútbol español en toda su historia. No ha habido nadie que haya gozado de su visión de juego, de su capacidad para desarmar las defensas rivales, de sus saques de falta, sus antológicos pases al hueco o genialidades en forma de gol o asistencia. Por calidad y aportación a ese aspecto estético siempre tan denostado por los puristas, Guti debería formar parte del panteón del fútbol sin discusión alguna y al lado de los mejores especialistas brasileños, holandeses, franceses e italianos de la historia.

Tampoco hay que perder de vista que su probada falta de constancia y regularidad se ha visto acompañada por una mala suerte que yo he visto pocas veces: prácticamente todas las temporadas los fichajes eran precisamente en el puesto que ocupaba Guti, ya fuera la mediapunta, el centro del campo o la delantera (donde llegó a jugar, de la mano de Vicente del Bosque en la temporada 2000-2001, llegando a la nada despreciable cifra de 15 goles). La presión de saberse constantemente en el punto de mira de técnicos, periodistas y espectadores no ha debido ser fácil de llevar para un chaval de clase humilde y formación escasa, y de ahí sus frecuentes explosiones de carácter.

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Así, toda esa mezcla de rebeldía e incomprensión por parte de todos los entrenadores que han tenido la suerte de dirigirlo, ha llevado a Guti a ocupar un lugar menor en estos quince años de indiscutibles éxitos madridistas. Él ha sido partícipe de una generación que ha devuelto al club más importante de España a la primera plana internacional tras 32 años de sequía en las competiciones europeas (que parece que ya nadie lo recuerda, pero era todo un trauma en su momento). También ha sido, junto a Raúl, el máximo exponente de la cantera madridista durante más de una década, y al igual que el delantero centro, tampoco ha conocido un relevo semejante como sí ha ocurrido en otros grandes clubes, como el Barça con esa magnífica línea sucesoria que une a Guardiola, Xavi, Iniesta y compañía.

Que nadie se lleve a engaño: no hay otro jugador como Guti en el panorama actual, a lo sumo distinto: él mismo ha señalado posibles recambios como Cesc Fábregas o David Silva, pero todo el mundo es consciente de que con él se pierde un talento irrepetible. Por eso, me consta que el Bernabéu lo va a echar de menos como al agua de mayo la temporada que viene y eso es algo que, se pongan los raulistas como se pongan, no sucederá con Raúl, mucho más desgastado, viejo y achacoso que el “14” blanco.


Siempre he sentido una enorme admiración por Guti, lo que me ha llevado a sufrir las burlas de media humanidad: no me importa. Cuando una vez le preguntaron al brasileño Ronaldo quién era el mejor de aquel Madrid galáctico que dio la vuelta al mundo, dijo sin dudar: Guti (y mira que entonces estaban en el vestuario estrellas de la talla de Figo, Zidane o Roberto Carlos). El jugador justificó una respuesta tan inesperada con el argumento más sencillo posible: “es el que mejor juega al fútbol”.


De no haber sido por su irregularidad y un entorno que, me temo, nunca le ha aconsejado del todo bien, estaríamos ante un ocaso mucho más apacible y plagado de reconocimientos. Por desgracia, no es así: Guti se retirará la próxima temporada dejando actuaciones tan lamentables como el día en que se rebeló cuando su equipo fue eliminado de la Copa del Rey por un Segunda B y, en el otro lado, tan gloriosas como el taconazo ante el Deportivo, que dejó maravillado al mundo entero, o el otro día ante el Racing, cuando salió en la segunda parte para desatascar el embarullado, confuso y yermo juego de su equipo con una asistencia prodigiosa y un disparo que, por milímetros, no se coló por toda la escuadra.


Así es Guti, así ha sido siempre y así seguirá siéndolo: tan genial como desaprovechado. Qué lástima.

sábado, 3 de abril de 2010

Olé tus narices, Robin Hood.



Es oficial: la piratería ha adquirido categoría de culto en esta España nuestra. Así lo afirma un reciente reportaje de Los Ángeles Times, que afirma que las ventas de DVD’s y música están haciendo perder una fortuna incalculable a distribuidores, artistas y en definitiva todo aquel implicado en el proceso de creación y producción comercial, hasta el punto de que la todopoderosa Sony haya llegado a plantearse la rentabilidad de un mercado donde (atención, agárrense) cada año se pierde la friolera de 300 millones de euros, mientras casi 10.000 videoclubes han tenido que cerrar sus puertas (no dan la cifra de tiendas de música, imagino que porque esas ya deben estar en los museos arqueológicos junto al T-Rex).

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El reportaje se pregunta cómo es posible que la piratería, que es un robo en toda regla, no sólo goce aquí de una permisividad legal que sobrepasa los límites de lo imaginable en cualquier país europeo, sino que además disfrute de una envidiable salud social: aquí a todo el mundo le parece estupendo descargar de forma fraudulenta cientos y cientos de canciones, películas y series de televisión como si la cosa no fuera con nosotros. Y las justificaciones ante semejante delito son tan variadas como entretenidas: “Total, los únicos que sufren son los distribuidores, que son unos ladrones”, “Porque dejen de ingresar 300 millones qué más da, siguen teniendo una barbaridad de beneficios”, “Los artistas en realidad no cobran por los discos o películas, así que en el fondo no van a dejar de hacer música o cine”, “Esto es compartir cultura”, “La culpa es suya porque los precios son abusivos, y si tuviéramos que pagar ese dineral terminaríamos arruinados”. “Que se adapten, si quieren sobrevivir”.

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Yo, la verdad, no doy crédito. Vaya por delante que detesto los sablazos inmisericordes de ese ente llamado SGAE, cuya labor raya en el límite del surrealismo más vergonzoso, y que las distribuidoras no me merecen mayor simpatía, pero es que lo de la gente de este país no tiene perdón de Dios. ¿Ustedes se imaginan que una persona entrase tranquilamente en un banco, robara un dineral y saliera tan tranquila diciendo: “Total, ya sabemos todos que los bancos son unos ladrones, así que encima no me digan nada, que le estoy haciendo un favor a la sociedad”?

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Bueno, pues entrar en una página de internet y descargarse de forma ILEGAL contenidos del tipo que sean es un ROBO con todas las letras. A mí me da igual si Shakira o Juanes ganan un 0,0000000000000001 por cada disco que venden, que los dueños de las discográficas sean unos mafiosos o que los precios sean abusivos: eso no justifica que yo pueda robarlo, y si no me quiero o no puedo gastar mi dinero en eso, pues me aguanto como se ha hecho siempre.

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Respecto a las justificaciones, déjenme ir una por una. Que las distribuidoras sean las únicas que sufren la piratería es rotundamente falso. Las pérdidas que Nintendo está sufriendo con su consola portátil DS son tan impresionantes que las compañías ya no fabrican juegos de calidad para ella. Simplemente no sale rentable invertir un dinero en producir un juego que antes de que salga al mercado ya tendrán todos los niños en sus tarjetas piratas. Resultado: decenas de compañías han tenido que cerrar, el catálogo de la consola se ha ido al garete de la mediocridad, las novedades salen con cuentagotas y los precios no se han movido un ápice, porque de lo contrario la empresa se iría a la quiebra. Pierde Nintendo, pierden los fabricantes y pierden los distribuidores, sí, pero es que también perdemos los usuarios. Así de claro.

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Es falso, también, que el hecho de que una compañía pase de tener 30% de beneficios a 15% no signifique nada para una empresa ultracapitalista y forrada hasta las cejas, porque nadie dice que el descenso es constante, continuo e imparable año tras año hasta que se termina pasando de un ínfimo porcentaje de beneficios a los números rojos en toda regla. Filmax, una de esas empresillas que facturaban millones de euros hasta la fecha, y que tiene la desgracia de ser la única distribuidora de cine española, está a punto de echar el cierre porque sus pérdidas son desoladoras. El descenso de los beneficios ha dado paso a, directamente, perder dinero con cada película que financian. Si sobrevive será un milagro, y si no adiós a decenas de películas que llegaban a este país dobladas al castellano (por cierto, cuando los dobladores de este país se queden sin trabajo, ¿también acusaremos a las distribuidoras?).


La tercera es aún mejor: a los artistas la piratería no les afecta, porque lo que ellos quieren es que su arte se conozca. Es de locos: ahora mismo es casi imposible que un grupo español salga adelante con su música porque, salvo que la cuelguen en su blog y lo escuche Rita, no hay forma humana de lograr que un disco suyo sea distribuido. Y los artistas consagrados sobreviven dando conciertos, porque de otro modo se estarían comiendo sus secreciones nasales. Madonna, U2 y demás han dado por concluidos sus contratos con Virgen, Sony y demás para firmar por la empresa organizadora de conciertos Live Nation, y ahora dan más conciertos que en toda su vida, mientras sus discos no venden ni un 10% de lo que hacían hace 10 o 15 años. ¿Casualidad?

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Respecto al cine, si no fuera por el dichoso 3-D Cameron, Burton y compañía ya se podían montar un circo de pulgas en Callao, porque en las salas no iban a correr mejor suerte. De la media de 10/12 superproducciones al año hemos pasado a 2/3, y el sinfín de estrellas de hace unas décadas ha dado paso a uno o dos valores seguros en taquilla (Brad Pitt, Clooney y poco más), mientras el resto desaparece (Julia Roberts, Tom Hanks, Tom Cruise) o se reciclan en infumables bodrios televisivos que sobreviven única y exclusivamente por la publicidad, no por una audiencia que, si los ve, lo hace por youtube o demás sucedáneos. Sueldos y presupuestos, sobra decirlo, han caído por los suelos.


Lo de la cultura no sé si merece la pena comentarlo, porque llamar a series de televisión tipo LOST, House o Padre de familia y demás zarandajas cultura me parece hasta ofensivo. El día que la gente se piratee la última antología poética de Gamoneda, el concierto de Aranjuez o El lago de los cisnes, hablamos. Hasta entonces, déjenme tranquila a la cultura en su lugar, en sus teatros, óperas y recitales, que eso no ocupa espacio significativo alguno en los portales de internet ni lo hará jamás en este país de analfabestias funcionales.


Dejémonos de monsergas. Esto no tiene nada que ver con la cultura, sino con dos aspectos muy, muy prosaicos: el dinero y la falta de moralidad de la gente de este país. Lo que no queremos es gastarnos un duro, pudiendo tenerlo todo gratis y al alcance de un clic. Y problemas de conciencia no tenemos, porque para eso primero necesitaríamos conciencia. El colmo de este asunto es que la gente que roba tranquilamente ni siquiera tiene la vergüenza de admitir que está cometiendo una fechoría en toda regla, y como encima los de alrededor aplauden y jalean en lugar de condenar, empezando por los que tienen la autoridad para hacerlo, pues así nos va. Además de burros, ladrones, y a mucha honra.


P.d: El otro día, viendo una de esas novedosísimas películas tridimensionales, nos pusieron un anuncio previo para convencer a la gente de que no robase las gafas, diciendo que nos podríamos quedar ciegos, que no valían en nuestras teles piratas de casa o en otros cines donde también las dan gratis, para terminar diciendo que tenían un chip antirrobo y que, por favor, las devolviésemos al salir. Hasta guardias de seguridad, tuvieron que poner a la salida controlando uno por uno a todo el que salía. Yo, la verdad, no me imagino algo así en un país como Dinamarca o Noruega, pero claro, será que están locos, estos civilizados.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Top 20 Nueva Generación: Heavy Rain

He tenido la suerte de completar uno de los juegos más atípicos, innovadores y diferentes que han pasado por mis manos en los últimos años: Heavy Rain. Se trata, más que de un juego, de una película interactiva donde el jugador toma decisiones que afectan al desarrollo de la trama, con múltiples opciones y una gran libertad de acción. Todo ello se completa con el apartado gráfico más apabullante que recuerdo, en especial con los escenarios y las expresiones faciales de los personajes que, sinceramente, asustan de tan realistas y detalladas. Ahora bien, a pesar de todos los merecidos parabienes que queramos ponerle al juego, junto al hecho de que no existe nada parecido y de que suponga, al fin, un salto evolutivo acorde con la generación a la que pertenece, Heavy Rain tiene también sus defectos, y no son pocos.

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Para empezar, las referencias de este juego hay que buscarlas más en el cine que en los videojuegos, aunque también los hay (Dragon’s Lair, un juego ni más ni menos que de 1992, ya era una película interactiva donde el espectador se limitaba a tomar decisiones en momentos puntuales, aunque con un sistema mucho más elemental, lógicamente). Digo lo del cine porque cualquiera que haya visto Seven, del gran David Fincher, se va a sentir como en una prolongación de dicha película: es imposible no reconocer el mismo ambiente de aquella ciudad fría y gris, con esa lluvia constante y su atmósfera opresiva, los escenarios tétricos y abandonados o la música ambiental inquietante y sórdida, que es clavada a la partitura original de Howard Shore.

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Por supuesto, el hecho de que Heavy Rain sea un refrito de ideas antiguas no le quitaría un ápice de calidad si dicha combinación fuera efectiva. Y aquí es donde este juego encuentra su talón de Aquiles, porque sencillamente no lo es. El argumento, a pesar de haber sido muy alabado por una crítica especializada que seguramente no habrá leído una novela negra en su vida, no es, ni de lejos, digno de elogio: está lleno de tópicos, arquetipos y lugares comunes, como el tipo perseguido por un crimen que no ha cometido, el policía cuasi-retirado, los secundarios de mirada fulminante, la lucha contrarreloj por salvar la vida del inocente de turno, los giros tramposos de guión, unos diálogos bastante torpes y situaciones absolutamente inverosímiles y, en ocasiones, impertinentes (como el cirujano chiflado que aparece a mitad del juego).

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Pero vayamos por partes: la historia, que gira en torno a los asesinatos de unos niños por un asesino que deja en la escena del crimen figuritas de papel (el asesino del Origami: toma ya), mezcla cuatro tramas, una por cada personaje controlable en el juego: un arquitecto cuya vida de postal de IKEA queda destruida tras un trauma familiar, una periodista segura de sí misma, sofisticada y sin escrúpulos, un investigador del FBI con afición a los psicotrópicos y el ya citado policía retirado que ahora trabaja de investigador privado (con diferencia, el peor trazado de todos y el que más topicazos acumula).

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El juego alterna el uso de estos personajes con más variedad que habilidad, en dos modos de juego básico: el principal, donde controlamos al personaje e interactuamos con el entorno al modo de la aventura gráfica tradicional, y el modo de acción, donde la acción transcurre ante nosotros sin que tengamos más que pulsar un determinado botón o combinación de botones en el momento apropiado, y que es la que proporciona las opciones de desenlace múltiple.
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Si alguien tenía alguna duda sobre el potencial técnico de PS3 (errores de calendario al margen), Heavy Rain los solventa de un plumazo: pocas veces se ha visto una física tan realista de objetos y entornos, semejantes efectos de luz y sonido interactuar a la vez como lo hacen aquí. El cuidado y la atención por el detalle rayan la obsesión, de tal modo que podemos afeitar a nuestro personaje, hacer que se duche o incluso que vaya al baño. Acciones que en otros juegos son más automáticas y aceleran la acción, aquí sirven para introducir al jugador aún más en su ambiente, aportando un gran realismo y situaciones tan curiosas como cambiar los pañales a un bebé, maquillarse para una fiesta o poner un vendaje. Especial atención requiere el sistema de investigación del agente del FBI, con unas gafas de realidad virtual que proporcionan momentos de verdadero asombro e interés.

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El sistema, aunque innovador, no es ni mucho menos perfecto, y puede llegar a resultar frustrante. La extrema sensibilidad del control del Dual Shock3 hace que determinadas acciones en apariencia sencillas, como poner una pomada en el pecho de un herido, lleguen a desesperar al más pintado. Seguramente muchos jugadores arrojarán el mando al suelo y maldecirán a los creadores de Quanticdreams al ver que sus personajes mueren una y otra vez en determinados momentos, o que son incapaces de superar pruebas que no deberían entrañar ninguna complejidad, mientras otras se superan casi solas, como cuando conducimos por una autopista en sentido contrario.

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Otro problema que encuentro en este sistema es que, en el fondo, uno no termina de disfrutar de las secuencias de acción porque está más pendiente de qué botón aparecerá en pantalla que de lo que ocurre, perdiéndonos así detalles de gran importancia. Hay momentos impactantes y de gran tensión, sobre todo aquellos en que estamos al borde de la muerte (y son unos cuantos). Menos efectivos son los momentos de tipo afectivo o emocional, quizá porque, a pesar de los inmensos logros técnicos, aún queda mucho por recorrer para que estas criaturas digitales dejen de parecer maniquíes fríos y sin alma (algo que se puede ver con total claridad en los horrendos besos que de cuando en cuando se sueltan las parejas del juego).

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Por otro lado, da la sensación de que a todos los niveles (que son más de cincuenta, aunque de gran brevedad) se les podía haber sacado mucho más partido, y se echa en falta una duración mayor: (el juego se puede terminar en cuatro o cinco horas, si uno se aplica lo suficiente). Es una lástima que niveles tan espectaculares como la discoteca, el centro comercial o la estación de tren aparezcan sólo durante unos minutos, mientras que pasamos ratos tediosos hasta decir basta en las casas de los protagonistas o jugando a los columpios en un parque.

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En cuanto al sistema de libre elección, hay que decir que aquí el marketing hace milagros, en tanto que tal sistema no existe: el juego sólo permite opciones muy concretas y en determinados momentos (y, aún más, si antes hemos hecho determinadas acciones previas). Es algo que limita el juego y, lo que es peor, lo lleva a situaciones absurdas. Por ejemplo: en uno de los niveles debemos cuidar de uno de los hijos del arquitecto, lo cual implica darle de merendar, ayudarle con los deberes o acostarlo. Pues bien, al fallar en una de las acciones de la merienda ya no me fue posible encadenar las siguientes acciones: el crío siguió viendo la televisión hasta las seis de la madrugada sin decir nada, y sin que yo pudiera hacer nada por modificar esa situación porque no me estaba permitido, lo que me obligó a reiniciar el nivel.

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Todos estos fallos, unidos a un control de personajes algo robótica, son sin duda subsanables en futuras entregas que, espero, se produzcan de juegos similares a este. No obstante, hay uno que es primordial y sobre el que hay que reflexionar mucho por parte de los programadores: no puede ser que un producto tan caro y cuidado tenga una historia tan rematadamente mala. (Atención, spoiler:) Uno se siente estafado cuando los personajes se susurran información fundamental al oído, o cuando le escamotean escenas que, en teoría, debería estar viviendo. El asesino del Origami es uno de los personajes que controlamos, y comete un asesinato cuando lo estamos manejando ¡sin que nos enteremos! ¿Cómo demonios se puede aceptar algo así? Además, la trama que motiva los asesinatos es de una imbecilidad suprema (un niño que ve a su hermanito morir ahogado sin que su padre haga nada, y que ya de mayor se venga ahogando niños a ver si sus padres son capaces de rescatarlos superando una gymkhana macabra).
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Porque ésa es la diferencia entre Heavy Rain y Seven, que es de quien bebe su esencia, forma y fondo y con quien realmente hay que compararla. La película de Fincher también tenía a su poli a punto de jubilarse y demás tópicos a granel, pero su historia era fascinante y su asesino es uno de los más gloriosos que ha dado el cine (enorme, Kevin Spacey), con unos diálogos soberbios y unos giros de trama que te ponían los pelos de punta. Heavy Rain está a años luz de ese desarrollo dramático, por más que le copie la estética (esa casa llena de crucifijos…) y ponga lluvias torrenciales desde el título hasta la última escena del juego.


Dicho lo cual, me parece un logro enorme que un juego rebase su propia condición y entre a competir con las mejores películas del género, por mucho que ahora salga perdiendo, que es lógico y esperable. Mucho más allá de su asombroso apartado técnico, Heavy Rain abre una puerta impresionante al sector del videojuego acercándolo a otras formas de narrativa audiovisual, y ya sólo por eso merecería figurar entre los mejores de la historia.







P.d: http://www.youtube.com/watch?v=bnck2oXdxMo&translated=1

viernes, 19 de febrero de 2010

Cinefórum 12+1: The Road



Lo malo que tienen estas épocas invernales es que después de haber aguantado meses de sequía cinematográfica, los grandes estrenos se acumulan ahora con vistas a los premios. En apenas unas semanas han llegado a nuestras carteleras filmes tan diferentes (y buenos) como Up in the air, A single man, Shutter Island o la película que nos ocupa hoy, The road.

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Basada en la oscurísima novela de Cormac MacCarthy, autor también de No es país para viejos, esta adaptación de John Hillcoat posee grandes virtudes y, sobre todo, un enorme respeto al espíritu de la obra, algo que en este caso es muy de agradecer.

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La historia nos sitúa en un futuro apocalíptico y devastado por una plaga que ha asolado toda forma de vida animal y vegetal. La humanidad superviviente a la catástrofe se debate entre la desesperación y el canibalísmo, y en medio de semejante caos un padre y un hijo emprenden un viaje huyendo de las nieves que han comenzado a sepultar toda la tierra.

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No hay respiro en la película, como no la había en la novela. Muy pronto el viaje se convierte en una lucha por la supervivencia, que adquiere matices existencialistas conforme el padre, muy bien interpretado por Viggo Mortensen, intercala sus recuerdos de días más felices con su nueva responsabilidad de protector del futuro encarnado en su hijo. A ello se le añade una crudeza pocas veces vista antes, como la escena de la práctica de suicidio o la bajada a los infiernos de la despensa caníbal, dos momentos de máxima tensión y de una incomodidad casi insoportable para el espectador.

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Resulta una noticia estupenda en estos tiempos de crisis creativa que alguien se atreva a filmar un guión tan duro y contundente, sin ningún tipo de concesión o autocomplacencia. Hillcoat ha cuidado hasta el más mínimo detalle visual, apostando por paisajes naturales frente a la orgía digital esperable en este tipo de filmes, logrando unas imágenes impactantes. A ello contribuye un buen elenco de actores (atención al cameo del irreconocible Robert Duvall), que terminan por redondear una cinta que redefine los códigos del género en términos de rigor, seriedad y oficio.







miércoles, 10 de febrero de 2010

El último viaje




Expiró, y al hacerlo también cerraron sus ojos a la postrera muerte sueños, esperanzas e ilusiones que en vano deambularon a su lado mientras aún tuvo fuerzas para empuñarlas, para esgrimirlas y ondearlas; espada, lanza y bandera de triste figura que rodaron juntas por la arena de la blanca luna, que hubieron de atenerse a las reglas de la andante caballería y realizar el último viaje, el más doloroso y humillante de todos: doloroso, pues se hizo sin encomendarse a la sin par, alta y soberana señora de sus pensamientos; humillante, pues se llevó a cabo con la frente bien baja, la mirada perdida en un lugar de la Mancha y el corazón oprimido por el peso del fracaso.


Expiró, pero al hacerlo abrieron sus ojos las lágrimas, la inmediata nostalgia y el recuerdo de felicísimas desgracias que juntos atravesaron mientras aún pudieron cabalgar a la par rocín y rucio; amo y sirviente que nunca fue tal, que habría sido antes hermano que escudero, antes confesor que vil criado, gobernador de una amistad impagable antes que de una miserable ínsula, y fue esto último el consuelo que quedó en su maltrecho ánimo, saber que durante un tiempo les unió más el fraternal lazo que una apolillada costumbre de capa y espada, y tanto fue así que en el instante final, perdida ya toda esperanza, el amigo pidió lo que nadie haría salvo por un hermano, un confesor y un viejo amigo: que sobre él cayeran la culpa y el peso del fracaso.


Sólo así se evitaría la mayor locura de todas, que no fue, ni mucho menos, el creerse andante caballero.